A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

29ago/150

Cristina & Manuela

Por Luis Ventoso.

Manuela Carmena, una exjuez de 71 años, de personalidad un tanto dispersa y pobre capacidad ejecutiva, es la imagen simpática que eligió Podemos para buscar la alcaldía de Madrid. Quedaron de segundos, pero Pedro Sánchez, hombre siempre fiable, incumplió su promesa solemne de no pactar con Podemos y la convirtió en alcaldesa. No se puede hacer todavía un balance profundo de la gestión de Carmena, porque apenas lleva tres meses, pero hay indicios de que el puesto le cae largo. Al margen del abuso de una palabrería saturada de clichés, carece de ideas significativas para mejorar Madrid y la vida real de los madrileños, que es de lo que va su trabajo.

En la práctica, viene a ser como un guiñol pintoresco de Podemos y de su sobrino. Un mascarón de proa ornamental, que cuando pisa tierra derrapa, como con las madres limpiadoras, o como cuando cuantificó de forma disparatada unas hambrunas infantiles en Madrid que no existían. Dado que mucho no gobierna, le quedaba otra posible función: ejercer de referente moral. Doña Manuela sería como un faro de ejemplaridad frente a lo que el inteligente tertuliano Iglesias, que es quien la maneja, denomina «la casta», la política convencional desprestigiada por la corrupción. Pero ni eso. La gran regeneradora se nos ha ido de excursión a Argentina durante siete días para vender un libro y allí ha visitado alborozada a una política de turbio expediente: Cristina Fernández de Kirchner. Supone una lacerante incongruencia que una persona como Carmena, que se ha pasado años impartiendo lecciones éticas hasta lo empalagoso, acuda a la Casa Rosada a compadrear con una política a la que adornan los siguientes hitos:

—En sus primeros nueve años de Gobierno, según sus declaraciones fiscales, el matrimonio de Néstor y Cristina Kirchner multiplicó por nueve su patrimonio.

—En 2007, un empresario venezolano-estadounidense fue detenido con una maleta con 790.550 dólares en un aeropuerto argentino. El FBI siempre sostuvo que era dinero negro para la campaña electoral de Cristina.

—El fiscal Nisman, que quería involucrar a la presidenta en el encubrimiento de los iraníes que atentaron contra la mutua judía, fue hallado muerto en su piso con un tiro en la cabeza.

—Cristina K, ya de salida, lidia estos días con el llamado Caso Hotesur. En resumen, se trataría de que los Kirchner lavaron durante diez años 800 millones de dólares mediante adjudicaciones a su empresario de cabecera, Lázaro Báez. En paralelo, el jefe de Gabinete de Cristina y ministro de Justicia, Aníbal Fernández, ha sido vinculado con el narco mexicano.

—La presidenta es también una notoria represora de la libertad de prensa, como acreditó con su guerra contra «Clarín». Fomenta además el matonismo con la agrupación seudo juvenil La Campora, que dirige su bronco hijo Máximo.

—El estilo de Cristina es la demagogia populista televisada, con discursos victimistas e hípernacionalistas micro en mano durante horas. Los resultados son malos. El país, bendecido por toda suerte de dones, tiene un 30% de pobreza, el narco va a más y la inflación, como siempre, es una fiesta (23,9 en el 2014 según el Gobierno y 38,5 según los organismos independientes). El crecimiento se ha estancado y el FMI los acusa de manipular todos los indicadores.

Por todo esto, la próxima vez que vea a la señora Carmena en plena arenga ético-social, primero se me escapará una sonrisa apenada y luego apagaré la tele. Hipocresía. Y de la más burda.

Fuente: diario ABC

24ago/153

Deben ser los gorilas, deben ser

Por Rogelio Alaniz.

En la jerga política no hay otra palabra que mantenga una actualidad tan rigurosa en los enrarecidos y agobiantes círculos de la política. Sin exageraciones, y con cierto conocimiento de causa, digo que el vocablo “gorila” es una de las creaciones más genuinas y perdurables del peronismo. Ni Delfor ni Aldo Cammarota pudieron imaginar que una inocente y jocosa canción pasatista podría ser el precedente de un formidable artefacto lingüístico.

Tampoco lo creyeron aquellos políticos antiperonistas de 1963 cuando lanzaron esperanzados la consigna: “Llene de gorilas el Congreso”, con lo cual se prueba además que “gorila” adquirió su actual identidad recién en la segunda mitad de los años sesenta

“Gorila”. La palabra posee la consistencia del insulto, pero incluye una calificación o, según se mire, una descalificación política.

“Gorila” designa -qué duda cabe- al antiperonista, pero eso es más un punto de partida que un punto de llegada. En principio el término no tiene límites históricos, políticos o culturales. “Gorila” puede ser Mauricio Macri como Domingo Faustino Sarmiento; Elisa Carrió como Bernardino Rivadavia; Ernesto Sanz como Bartolomé Mitre.

Tampoco se detiene ante fronteras. “Gorila” incluye a Isaac Rojas y Augusto Pinochet; pero también a Julio Sanguinetti y Fernando Henrique Cardoso. Tampoco se reduce al ámbito exclusivo de la política. “Gorila” es todo creador dispuesto a comprometerse a fondo con su oficio, a ser exigente con su actividad y a no admitir que ella deba someterse a la propaganda del régimen de turno.

A Jorge Luis Borges el peronismo le provocaba un profundo sentimiento de vergüenza; la obsecuencia, la alcahuetería, el culto procaz y obsceno al jefe o la jefa lo deprimía. Para Adolfo Bioy Casares la multitud convocada “espontáneamente” en camiones para adular al líder en Plaza de Mayo era la fiesta del monstruo. Algo parecido pensaba Julio Cortázar y recomiendo más que “Casa tomada”, “Las puertas de cielo”.

“Gorilas” fueron los estudiantes que preferían los libros a las alpargatas; los científicos más preocupados por leer la teoría de la relatividad que La razón de mi vida. “Gorilas” fueron Moisés Lebensohn, el estudiante Bravo, las telefónicas torturadas, los ferroviarios cesanteados, el doctor Ingalinella “desaparecido” en Rosario gracias a las diligencias de la policía peronista. “Gorilas” fueron los diputados opositores desaforados por una mayoría sumisa y obsecuente. Y también merecen ser calificados de “gorilas” los ciudadanos que se negaban a usar el luto obligatorio o hacer un minuto de silencio por la muerte del “hada rubia”.

Por supuesto que a nadie se le ocurriría acusar de “gorila” a Visca, Apold, Juancito Duarte, Jorge Antonio, los cachiporreros bien rentados de la CGU, las chicas mimadas de la UES y la banda de provocadores que clausuraron el diario La Prensa y Nueva Provincia. “Gorila” tampoco alude a Lastiri, Isabel, López Rega, Brito Lima, Norma Kennedy, Felipe Romeo y toda esa exquisita galería de próceres que nos obsequió el movimiento nacional y popular. Los “gorilas” existen, pero no cualquiera lo es.

Por último, el término no respeta procedencias ideológicas. “Gorilas” pueden ser Alsogaray y Santucho; Alfredo Palacios y Emilio Hardoy; Arturo Frondizi y Horacio Sueldo; Agustín Tosco y Federico Pinedo.

Pero uno de los rasgos novedosos del uso, es su capacidad para descalificar en el interior de la propia fuerza política que le dio origen. Se sabe que hay muchas maneras de ser peronista, pero esta diversidad real el peronismo la suele vivir internamente como una disputa facciosa por la verdadera identidad. Quien no respeta estrictamente la representación que cada peronista se hace del peronismo adquiere en el acto la connotación de gorila. De “Gorilas” fueron acusados Menem, Kirchner, Duhalde, los muchachos de la “Jotapé”, los burócratas sindicales, los caudillos populistas de tierra adentro. Todos contra todos para disputar quién es más “gorila”.

“Qué pasa general que está lleno de gorilas el gobierno popular”, cantaban los jóvenes Montoneros desencantados con el gobierno que ellos mismos contribuyeron a forjar. Lo curioso que en ese gobierno no había antiperonistas, sino peronistas y algunos de toda la vida. Pero ellos se negaban a admitir que podía haber un peronismo malo o diferente, motivo por el cual a la complejidad la resolvían imputando la condición de “gorila” a todo peronista que no pensara como ellos. Por supuesto, desde la derecha peronista se pagaba con la misma moneda, es decir calificando con los mismos términos a sus opositores internos, calificación que en aquellos años incluía el exterminio de quien así era señalado.

Pero la proeza más notable del peronismo no fue haber forjado una palabra con atributos salidos de la magia negra, sino en haber convencido al resto de la sociedad que esa palabra valía para todos, que se trataba de un término capaz de evaluar las posiciones políticas de todos. Radicales, socialistas, conservadores, democristianos asumieron públicamente en diversos momentos librar una lucha interna contra las conducciones “gorilas de sus partidos”.

Curioso. Militantes de partidos antiperonistas se acusaban entre ellos de “gorilas”. Hombres y mujeres inteligentes, sensibles, honestos, pierden la línea, se sienten humillados, ofendidos y hasta avergonzados si alguien desde el peronismo los acusa de “gorilas”. Prefieren renegar de sus convicciones, reducir su capacidad de crítica, con tal de no ser calificados con esa palabreja.

Si la victoria cultural de la política se produce en primer lugar con las palabras, admitamos que el peronismo con su artefacto lingüístico ha logrado una victoria en toda la línea. Ya no se trata de una invención del peronismo que, como toda fuerza política tiene derecho a hacer uso y abuso del lenguaje; en el caso que nos ocupa, son los no peronistas los que se descalifican entre ellos recurriendo a una invención que no les pertenece y cuya razón de existir es descalificarlos a ellos. Conozco intelectuales de primer nivel que a la primera imputación de “gorilas” se ruborizan, piden disculpas, explican que no los entendieron bien, etcétera, etcétera, etcétera.

¿Se entiende ahora por qué el peronismo es además de una mayoría política una mayoría cultural? Inútil explicarle a intelectuales y políticos no peronistas que “gorila” carece de entidad teórica, que en el campo de la política y de las ciencias sociales al referirnos a la experiencia peronista podemos hablar de fascismo, populismo, bonapartismo, nacionalismo burgués, todas categorías nítidas, cargadas de sentidos y significados.

“Gorila” en cambio es un exclusivo dispositivo verbal del peronismo, un recurso retórico para definir con un insulto o un grito las diferencias y disidencias, una creación de ellos para imponer su hegemonía.

¿Pero existe el “gorila”? Su existencia es virtual, existe en la medida que el peronismo le da vida y los no peronistas aceptan y consienten ese acto. En la disputa por el poder de las palabras el que se somete a ellas, se intimida ante su supuesta contundencia o justicia, está derrotado antes de dar cualquier batalla. “Gorila” persiste en la política criolla no tanto porque los peronistas así lo desean, sino porque los antiperonistas admiten el insulto con culpa y vergüenza.

Habría que decir, para concluir, que pasando en limpio las manipulaciones, las trampas del lenguaje y el uso oportunista de las palabras, para la cultura peronista el “gorila” traza las líneas de una ética y una estética. Desde esa perspectiva, toda persona que se respete a sí misma, que honre la inteligencia, que se emocione con un poema de Rilke, un acorde de Bach, una pintura de Van Gogh; toda persona a la que le incomode sentirse masa y que no esté dispuesta a delegar su intransferible individualidad a la causa de líder, duce caudillo o jefa, merece ser calificado de “gorila”.

Fuente: diario El Litoral

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24ago/150

Deben ser los gorilas, deben ser

Por Rogelio Alaniz.

En la jerga política no hay otra palabra que mantenga una actualidad tan rigurosa en los enrarecidos y agobiantes círculos de la política. Sin exageraciones, y con cierto conocimiento de causa, digo que el vocablo “gorila” es una de las creaciones más genuinas y perdurables del peronismo. Ni Delfor ni Aldo Cammarota pudieron imaginar que una inocente y jocosa canción pasatista podría ser el precedente de un formidable artefacto lingüístico.

Tampoco lo creyeron aquellos políticos antiperonistas de 1963 cuando lanzaron esperanzados la consigna: “Llene de gorilas el Congreso”, con lo cual se prueba además que “gorila” adquirió su actual identidad recién en la segunda mitad de los años sesenta

“Gorila”. La palabra posee la consistencia del insulto, pero incluye una calificación o, según se mire, una descalificación política.

“Gorila” designa -qué duda cabe- al antiperonista, pero eso es más un punto de partida que un punto de llegada. En principio el término no tiene límites históricos, políticos o culturales. “Gorila” puede ser Mauricio Macri como Domingo Faustino Sarmiento; Elisa Carrió como Bernardino Rivadavia; Ernesto Sanz como Bartolomé Mitre.

Tampoco se detiene ante fronteras. “Gorila” incluye a Isaac Rojas y Augusto Pinochet; pero también a Julio Sanguinetti y Fernando Henrique Cardoso. Tampoco se reduce al ámbito exclusivo de la política. “Gorila” es todo creador dispuesto a comprometerse a fondo con su oficio, a ser exigente con su actividad y a no admitir que ella deba someterse a la propaganda del régimen de turno.

A Jorge Luis Borges el peronismo le provocaba un profundo sentimiento de vergüenza; la obsecuencia, la alcahuetería, el culto procaz y obsceno al jefe o la jefa lo deprimía. Para Adolfo Bioy Casares la multitud convocada “espontáneamente” en camiones para adular al líder en Plaza de Mayo era la fiesta del monstruo. Algo parecido pensaba Julio Cortázar y recomiendo más que “Casa tomada”, “Las puertas de cielo”.

“Gorilas” fueron los estudiantes que preferían los libros a las alpargatas; los científicos más preocupados por leer la teoría de la relatividad que La razón de mi vida. “Gorilas” fueron Moisés Lebensohn, el estudiante Bravo, las telefónicas torturadas, los ferroviarios cesanteados, el doctor Ingalinella “desaparecido” en Rosario gracias a las diligencias de la policía peronista. “Gorilas” fueron los diputados opositores desaforados por una mayoría sumisa y obsecuente. Y también merecen ser calificados de “gorilas” los ciudadanos que se negaban a usar el luto obligatorio o hacer un minuto de silencio por la muerte del “hada rubia”.

Por supuesto que a nadie se le ocurriría acusar de “gorila” a Visca, Apold, Juancito Duarte, Jorge Antonio, los cachiporreros bien rentados de la CGU, las chicas mimadas de la UES y la banda de provocadores que clausuraron el diario La Prensa y Nueva Provincia. “Gorila” tampoco alude a Lastiri, Isabel, López Rega, Brito Lima, Norma Kennedy, Felipe Romeo y toda esa exquisita galería de próceres que nos obsequió el movimiento nacional y popular. Los “gorilas” existen, pero no cualquiera lo es.

Por último, el término no respeta procedencias ideológicas. “Gorilas” pueden ser Alsogaray y Santucho; Alfredo Palacios y Emilio Hardoy; Arturo Frondizi y Horacio Sueldo; Agustín Tosco y Federico Pinedo.

Pero uno de los rasgos novedosos del uso, es su capacidad para descalificar en el interior de la propia fuerza política que le dio origen. Se sabe que hay muchas maneras de ser peronista, pero esta diversidad real el peronismo la suele vivir internamente como una disputa facciosa por la verdadera identidad. Quien no respeta estrictamente la representación que cada peronista se hace del peronismo adquiere en el acto la connotación de gorila. De “Gorilas” fueron acusados Menem, Kirchner, Duhalde, los muchachos de la “Jotapé”, los burócratas sindicales, los caudillos populistas de tierra adentro. Todos contra todos para disputar quién es más “gorila”.

“Qué pasa general que está lleno de gorilas el gobierno popular”, cantaban los jóvenes Montoneros desencantados con el gobierno que ellos mismos contribuyeron a forjar. Lo curioso que en ese gobierno no había antiperonistas, sino peronistas y algunos de toda la vida. Pero ellos se negaban a admitir que podía haber un peronismo malo o diferente, motivo por el cual a la complejidad la resolvían imputando la condición de “gorila” a todo peronista que no pensara como ellos. Por supuesto, desde la derecha peronista se pagaba con la misma moneda, es decir calificando con los mismos términos a sus opositores internos, calificación que en aquellos años incluía el exterminio de quien así era señalado.

Pero la proeza más notable del peronismo no fue haber forjado una palabra con atributos salidos de la magia negra, sino en haber convencido al resto de la sociedad que esa palabra valía para todos, que se trataba de un término capaz de evaluar las posiciones políticas de todos. Radicales, socialistas, conservadores, democristianos asumieron públicamente en diversos momentos librar una lucha interna contra las conducciones “gorilas de sus partidos”.

Curioso. Militantes de partidos antiperonistas se acusaban entre ellos de “gorilas”. Hombres y mujeres inteligentes, sensibles, honestos, pierden la línea, se sienten humillados, ofendidos y hasta avergonzados si alguien desde el peronismo los acusa de “gorilas”. Prefieren renegar de sus convicciones, reducir su capacidad de crítica, con tal de no ser calificados con esa palabreja.

Si la victoria cultural de la política se produce en primer lugar con las palabras, admitamos que el peronismo con su artefacto lingüístico ha logrado una victoria en toda la línea. Ya no se trata de una invención del peronismo que, como toda fuerza política tiene derecho a hacer uso y abuso del lenguaje; en el caso que nos ocupa, son los no peronistas los que se descalifican entre ellos recurriendo a una invención que no les pertenece y cuya razón de existir es descalificarlos a ellos. Conozco intelectuales de primer nivel que a la primera imputación de “gorilas” se ruborizan, piden disculpas, explican que no los entendieron bien, etcétera, etcétera, etcétera.

¿Se entiende ahora por qué el peronismo es además de una mayoría política una mayoría cultural? Inútil explicarle a intelectuales y políticos no peronistas que “gorila” carece de entidad teórica, que en el campo de la política y de las ciencias sociales al referirnos a la experiencia peronista podemos hablar de fascismo, populismo, bonapartismo, nacionalismo burgués, todas categorías nítidas, cargadas de sentidos y significados.

“Gorila” en cambio es un exclusivo dispositivo verbal del peronismo, un recurso retórico para definir con un insulto o un grito las diferencias y disidencias, una creación de ellos para imponer su hegemonía.

¿Pero existe el “gorila”? Su existencia es virtual, existe en la medida que el peronismo le da vida y los no peronistas aceptan y consienten ese acto. En la disputa por el poder de las palabras el que se somete a ellas, se intimida ante su supuesta contundencia o justicia, está derrotado antes de dar cualquier batalla. “Gorila” persiste en la política criolla no tanto porque los peronistas así lo desean, sino porque los antiperonistas admiten el insulto con culpa y vergüenza.

Habría que decir, para concluir, que pasando en limpio las manipulaciones, las trampas del lenguaje y el uso oportunista de las palabras, para la cultura peronista el “gorila” traza las líneas de una ética y una estética. Desde esa perspectiva, toda persona que se respete a sí misma, que honre la inteligencia, que se emocione con un poema de Rilke, un acorde de Bach, una pintura de Van Gogh; toda persona a la que le incomode sentirse masa y que no esté dispuesta a delegar su intransferible individualidad a la causa de líder, duce caudillo o jefa, merece ser calificado de “gorila”.

Fuente: diario El Litoral

15ago/150

Un regalo para la nena

Tengo tres hijas y reconozco que hacerles un regalo siempre entraña algo de perplejidad, de indecisión. Uno se plantea invariablemente ¿qué les compro? Y la brecha generacional siempre entraña incertidumbre, vacilación, duda. Me pregunto si esto o aquello les gustará, si no estará fuera de moda, o será una extravagancia inaceptable. También está el otro factor, el de la insoportable levedad de mi presupuesto, porque el cielo está lleno de estrellas pero son casi tan inalcanzables como lo que muestran las vidrieras de Van Cleff & Arpels.

Por lo general recurro a algo pequeño y simple, que dé más lugar al recuerdo que al valor específico, que represente un poco de mi afecto, en fin. Pero siempre nos queda ese gusto a poco.

Hay gente que no tiene esos problemas.  El Ministro de Defensa, Agustín Rossi, es uno de ellos, María Delfina Rossi, su hija, fue designada como directora del Banco Nación, según un decreto publicado hoy en el Boletín Oficial.
Tiene 26 años, se recibió de licenciada en Economía en Barcelona, donde vive desde el 2002 cuando se mudó con su madre. De hecho, la hija del ministro de Defensa tomó trascendencia pública el año pasado, cuando integró la lista de la Izquierda Popular de España en las elecciones para el Parlamento Europeo, aunque no logró los votos necesarios para alcanzar una banca. Ergo, es comprensible que decidida a reintegrarse al país, tenga una posibilidad al ser un cerebro repatriado.

María Delfina Rossi realizó un master en Economía en Florencia, Italia, y tiene en España una activa participación política en movimientos de izquierda, justo es entonces que la Argentina, país generoso, le dé una oportunidad.

Como era de suponer, el decreto publicado hoy en el Boletín Oficial, lleva la firma de la presidente, Cristina Fernández, del jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, y del ministro de Economía, Axel Kicillof, quien estará feliz de contar con alguien de experiencia a su lado.

Feminista, ecologista y de izquierda. Nacida en Argentina, politizada en        Barcelona”, según se define en su cuenta de Twitter, María Delfina Rossi declaró que no tiene “títulos de parentesco, sino títulos académicos”. “Llegué al Banco por mi trayectoria académica y profesional. Pareciera que algunos miraron más los datos de mi DNI que mis antecedentes”.

Uno lee eso y supone que el Directorio del Banco de la Nación debe estar abarrotado de veinteañeros desconocidos y sin padrinos políticos, entonces, ¿por qué no ella? Después de todo un cargo así sólo deben ser unos $120.000 pesos por mes.

Ahora, su perfil se ha ampliado: “Economist. Nacida en Rosario, Argentina. Politizada en Barcelona. Learning at UT Austin, TX. Working in D.C. at @thegfcc”. Una bella demostración de Spanglish que termina con su pertenencia a The Global Federation of Competitiveness Councils. Una red social que se define como: una red global de líderes de los consejos de competitividad de todo el mundo. ¡Estamos salvados!

La Argentina debería ser dirigida y reconfigurada por un especialista en Programación Neuro Lingüística. Es que hemos perdido o tergiversado el sentido de las palabras mintiéndonos que somos un país de oportunidades, cuando en realidad somos un país de oportunistas.

Me pongo a pensar qué les podré regalar a mis hijas ahora que se acercan sus cumpleaños… y me dan unas ganas de pedir consejo a Rossi.

Fuente: diario castellanos.net

 

9ago/150

Restar de la masa

Por Gladys Seppi Fernández.

La educación de las masas se hace fundamental entre nosotros. Educación que, libre de alienación, sea una fuerza para el cambio y para la libertad. La opción, por lo tanto, está entre una educación para la domesticación alienada y una educación para la libertad.

Paulo Freire

Cada vez que los ciudadanos argentinos somos convocados a votar, volvemos a los conceptos del libro de José Ortega y Gasset La rebelión de las masas. Las ideas siempre vigentes de este notable pensador español describen las características de multitudes que predominan en mayor o menor medida en los países de casi todo el mundo, y su influencia directa en la calidad de vida de las naciones. Lamentablemente, los argentinos bien lo sabemos.

¿Qué caracteriza al hombre masa? El hombre masa es el que se siente contenido e identificado con grandes grupos; siente completo su haber moral e intelectual; cree saberlo todo y de todo opina; le preocupan las necesidades básicas; no está dispuesto a escuchar ideas, y no razona porque su mente no ha desarrollado ese ejercicio.

Este hombre que se siente a salvo en una identidad común es quien no ha logrado diferenciarse, está bien en su tribu, piensa como el común de la gente, se afirma en las acciones colectivas porque le resulta cómodo y fácil.

Este tipo humano no intenta ser él mismo, pensar por sí y actuar desde su propia conciencia –que desconoce– ni desde su libertad personal, su autonomía, que le son ajenas.

Se contrapone así a las minorías que están integradas por personas que, al cultivarse, educación mediante, han transitado el camino difícil de su desarrollo personal, del descubrimiento de sí mismos como seres diferenciados, dotados de señas personales únicas y de un talento, una vocación que se empeñan en descubrir y desplegar.

Estos difíciles logros –que se inician en la adolescencia, acompañados por un permanente cuestionar, pensar y pensarse a través del espejo de los otros– se enriquecen a través de la lectura y el estudio de las asignaturas de la escuela y de la vida y le permiten al individuo ponerse en el camino de su superación, construirse y ascender.

El individualismo, entonces, es lo que distingue a las minorías de personas pensantes, exigentes de sí mismas, puestas en un camino de autosuperación, de proyectos de crecimiento que se expanden desde sí al ámbito en que se desarrollan y que pueden aportar desde la riqueza de su ser distinto.

De la obra de Ortega y Gasset deducimos que “la división de la sociedad en hombres masa y minorías no es una división en clases sociales, sino en clases de hombres”. Y fácil es deducir qué tipo de hombre necesita el territorio que llamamos Argentina para transformarse en una República, y qué tipo de hombres necesitan los demagogos para tener más poder, sustentado, precisamente, en la mayoría de votos.

La preocupación por mejorar la educación –en el sentido de formar identidades propias, pensantes y creativas– es fundamental y debe llevar a acciones urgentes, porque la tarea es restar de la masa en la que están subsumidos al mayor número de personas, para que dejen de ser objetos y se transformen en sujetos activos.

“Para superar la masificación, el hombre debe hacer una reflexión sobre su condición de masificado”, según dice Paulo Freire, y de este primer paso podrá ascender a una genuina calidad ciudadana.

El hombre masa, según Ortega y Gasset, es el niño mimado de la historia. Y vemos que es verdad, que se lo mima, que se lo considera como a un niño porque así se lo domina y parasita. Es verdad que satisfaciendo sólo sus necesidades básicas se le ciega, a cambio, la posibilidad de descubrir lo que le impide ascender a un estatus social y espiritual más alto.

El hombre masa no ve, no puede advertir las consecuencias de un hacer más iluminado, más inteligente, más asertivo. La contracción al trabajo, al estudio, al esfuerzo, a una moral genuina, le permitiría llegar a una escala social y cultural más elevada, contrapuesta a la facilidad y fugacidad de la elemental satisfacción de sus deseos y placeres primarios en que permanece adormecido, para mal de todos.

Es tiempo de elecciones. Se necesitan ciudadanos en quienes se haya encendido la llama transformadora que les permita participar de forma activa y a conciencia, tener proyectos y marchar hacia una empresa grandiosa para sí mismos y para la nación, ya que esos son los rasgos distintivos del correcto ciudadano que genera y sostiene a una gran república.

Fuente: La Voz del Interior

26jul/150

La demonización de los 90 obliga a los candidatos a esconder lo que realmente piensan

Por Domingo Cavallo.
Ni Scioli ni Macri piensan lo que dicen sobre las privatizaciones de los 90. Ambos mienten y lo hacen inducidos por las encuestas de quienes les organizan sus respectivas campañas.Yo he hablado muchas veces, tanto con Scioli como con Macri. Ambos fueron fuertes entusiastas de las privatizaciones de la energía, los transportes y los servicios públicos. Sobre la privatización de Aerolíneas Argentinas y de los teléfonos, que se hicieron cuando todavía había un enorme desorden inflacionario, nunca fueron más críticos que lo que fui yo mismo.
Y los contratos originales de Aerolíneas y de la vieja Entel fueron renegociados luego de la puesta en marcha de la convertibilidad, de tal forma que se corrigieron muchos de los errores iniciales.Por supuesto que todo el mundo sabe que los Kirchner, en particular Néstor, fue más entusiasta aún que Scioli y que Macri, porque él jugó un rol activo muy especial, tanto en la sanción de las leyes de reestructuración y privatización de YPF como, en general, de todas las reformas del Estado de los 90.
También fueron entusiastas de la convertibilidad y de la apertura de la economía. Son conscientes, como lo era también Néstor Kirchner, que gracias al clima de confianza que logramos a partir de 1991 se produjeron importantes inversiones que modernizaron la economía y crearon la capacidad productiva que nos ha permitido crecer, no sólo en aquella década, sino también durante los últimos 15 años. Y me refiero no sólo a las inversiones en el sector de la energía y la infraestructura en general, sino también a la inversión en el campo y en la industria. La innovación tecnológica que produjo una verdadera revolución verde se dio en los 90s y todas las nuevas plantas de producción de automóviles también se instalaron en aquella década.
Cuando entre 1999 y 2001, el exceso de gasto y endeudamiento de las provincias con el sistema bancario y los bajos precios internacionales de nuestros productos de exportación llevaron al país a la recesión, los tradicionales intereses proteccionistas y las empresas fuertemente endeudadas en dólares hicieron un lobby descomunal para achacar todos los problemas a la convertibilidad, a la apertura de la economía, a las privatizaciones y a la desregulación. Con gran apoyo mediático, aprovecharon un grave error del FMI, que nos quitó el apoyo justo cuando estábamos en medio de un complejo proceso de reestructuración ordenada de la deuda, para dar un golpe institucional y conquistar el poder.
A partir de allí, para justificar el ajuste brutal y tremendamente injusto que provocaría la pesificación compulsiva de la economía y la extrema devaluación que le sucedió, tuvieron que demonizar a la década del 90. Néstor Kirchner no compartía esta interpretación, pero como su objetivo probó ser más la acumulación de poder que la búsqueda del bien común, cuando vio la posibilidad de hacer campaña para Presidente compitiendo con Menem y Lopez Murphy, se sumó a la interpretación demonizante de los 90, contradiciendo todo lo que había pensado y contribuido a hacer en la década anterior.
Los dos años de Duhaldismo y los 12 años de Kirchnerismo han dado lugar a una interpretación de la historia que, lamentablemente, se va a constituir en una mochila muy pesada, probablemente por muchos años.
Lo estamos viendo. No sólo asistimos al increíble relato Kirchnerista, predicado por Scioli como si fuera un creyente fervoroso, sino que nos quedamos perplejos frente a pronunciamientos de Macri que desconciertan hasta el más alertado. Justo cuando miles de pasajeros sufrían el caos generado por la pésima administración demagógica e irresponsable de Aerolíneas Argentinas, Mauricio Macri aparece como abanderado de la estatización y crítico de las privatizaciones de los 90s. También desconcierta que no sostenga el argumento con el que se opuso a la confiscación de los fondos de los futuros jubilados para aceptar ahora la idea de que es bueno que esos fondos hayan pasado al pozo común de la Anses, desde el que distraen los ahorros de los trabajadores para financiar un alevoso esquema de clientelismo político.
No se va a preparar un buen gobierno con mentiras. Seguro que no con las mentiras del Kirchnerismo. Para ver lo que puede ocurrir cuando la realidad de 2016 le haga descubrir a Scioli (si es elegido Presidente) la necesidad de introducir ajustes impostergables, le va a pasar lo que le está ocurriendo a Dilma Rousseff.
Pero tampoco le va a resultar fácil a Macri, sobre todo si en lugar de sacar al pueblo del engaño al que ha sido sometido, acepta la presión amordazante de las encuestas en las que la gente vuelca opiniones que se formaron sobre la base de la repetición goebelliana de mentiras durante 14 años.
Fuente: blog personal del autor
23jul/152

Ay, Mauricio…

Por Vicente Massot.

Si a alguien se le ocurriese —con base en el resultado de la segunda vuelta electoral que se substanció el pasado domingo en la capital federal— calificar la performance de Horacio Rodríguez Larreta de victoria pírrica, estaría exagerando. Pero si, en lugar de tomar al próximo jefe de gobierno porteño como objeto de análisis, centrase en Mauricio Macri el argumento, llevaría alguna razón. Pirro, rey de Epiro, se hizo famoso en la antigüedad por el costo final de sus victorias en los campos de batalla de lo que luego sería Italia: triunfaba sobre sus enemigos pero, a la postre, las consecuencias que se seguían de su acción bélica transformaban el éxito en fracaso. Por eso se habla de victorias a lo Pirro.

No le caben las generales de la ley a Rodríguez Larreta porque —más allá de lo apretada que fue la elección— tiene por delante cuatro años para administrar una ciudad que conoce como pocos, con una situación acomodada en la Legislatura porteña. Lousteau no volverá a competir con él y difícilmente podría sumar la misma cantidad de votos en un comicio futuro. Por lo tanto, en este caso ganar por tres puntos no significa haber dejado jirones de su integridad en el camino. Todos preveían —y los del Pro antes que ninguno— una diferencia de, cuando menos, ocho puntos. Con lo cual todos se equivocaron. Pero, de ahora en más, el horizonte del futuro lord mayor luce despejado.

Distinto resulta el caso de su jefe y candidato a la presidencia. La magra diferencia que no afectó a su delfín sí, en cambio, hizo mella en la estrategia de campaña de un partido que el domingo no salía de su asombro y que reflejó la preocupación que lo embargaba al dar la cara sus principales dirigentes.

Sería incorrecto sostener que a tal punto lo ha a afectado a Macri el resultado que ya no podrá recomponerse de cara al duelo que sostiene con Daniel Scioli por el máximo galardón. Dicho lo cual, no lo es decir que tuvo algo o bastante de pírrica su victoria frente a Lousteau. En primera instancia, el Pro fue víctima de las expectativas generadas desde hace un par de meses. De no haber montado tamaño triunfalismo, el impacto habría sido diferente. Sobre el particular podría trazarse —sin faltar a la verdad— una comparación entre lo que sucedió en Santa Fe y lo que acaba de ocurrir en Buenos Aires. Es cierto que allá perdió y acá salió airoso; pero ello no quita que en uno y otro distrito las expectativas le jugaron en contra. En el litoral tanto como en la capital todo indicaba que ganaría el Pro. Cuando perdió Del Sel, y ahora que apenas superó a Lousteau por escasos tres puntos, parte de su estrategia se desmoronó.

Piénsese tan solo en este dato que no es antojadizo, ni mucho menos: por sólo tres puntos no naufragó la candidatura de Mauricio Macri. Es que si el artífice de la famosa 125 hubiese doblegado a Rodríguez Larreta, en el estrado donde Macri pronunció su discurso el domingo a la noche hubiera tenido que anunciar el fin de sus aspiraciones presidenciales. Esto habla a las claras de una improvisación que el Pro ya había puesto de manifiesto desde abril —cuando dieron comienzo los comicios provinciales— y que ahora se halla fuera de duda.

¿En qué cabeza cabe darle la espalda a la principal candidata posicionada en términos de votos y de imagen en la Capital —nos referimos a Gabriela Michetti— para respaldar a un excelente gerenciador con escaso carisma político? Los resultados están a la vista: casi pierden la pulseada. ¿A quién se le ocurre llevar a Carlos Reutemann en la boleta del Pro sin la exigencia de que recorriese la provincia en apoyo a Miguel del Sel? Porque el ex–corredor de Fórmula 1 no se movió de su casa y hasta se permitió dudar del candidato a gobernador del Pro. ¿Qué lógica tiene confrontar con un candidato que —en teoría— pertenece al mismo espacio, cuya primera declaración luego de cerrados los comicios y conocidos los resultados fue un torpedo lanzado en contra de Macri? …Con aliados así mejor hubiera sido convocarlo a Aníbal Fernández y a Máximo Kirchner para que le diesen consejos. ¿Cómo explicar la rotunda negativa a cerrar un acuerdo con Sergio Massa cuando el dirigente de Tigre estaba entregado y aceptar que un Lousteau públicamente hiciese saber su preferencia a la hora de votar: primero Sanz, y luego Stolbizer, nunca Macri.

En el Pro convive un conjunto de improvisados que se considera a sí mismo inteligente en grado superlativo —con Jaime Durán Barba a la cabeza— y un pequeño equipo, liderado por Emilio Monzó, que tiene estaño político y conoce los entresijos de éste tipo de campañas. El problema es que la última palabra la tiene Macri, imantado intelectualmente, desde hace años, a un gurú ecuatoriano cuya suficiencia no se corresponde bien con su track record de éxitos. Por momentos, el Pro se parece, más que a un partido político, a un casting en donde sus dos socios se encierran, discuten y finalmente deciden qué rumbo corresponde tomar, haciendo caso omiso de la experiencia.

Mauricio Macri no está acabado. Al fin y al cabo su pollo ganó en la ciudad y retuvo el bastión. Sigue midiendo bien en las encuestas; y en las elecciones a las cuales se presentó —solo o acompañado— al Pro le fue mejor hasta ahora que al Frente para la Victoria y que al Frente Renovador. No hay razón, pues, para trazar un cuadro catastrofista ni pintar un futuro negro que Macri no estaría en condiciones de evitar. Sergio Massa, fruto de sus errores inconcebibles, ha rifado definitivamente sus posibilidades y no tiene retorno. A Macri no le ha pasado lo mismo aunque lo del domingo haya sido más que un susto. En realidad, ha sido un toque de atención que no debería desatender si es que realmente desea llegar a la Casa Rosada.

Su reacción inmediata después del triunfo de Rodríguez Larreta no pudo ser más desafortunada, al extremo de que se convirtió en el puching–ball de todo el oficialismo por el cambio de discurso vertebrado, entre gallos y medianoche, sin ninguna necesidad. Si quería hablar de Aerolíneas Argentinas en el mismo momento que la empresa estatal había generado un verdadero caos por la sobreventa de pasajes en plenas vacaciones de invierno, lo indicado hubiera sido evitar el tema de la estatización y pegarle a la administración de Recalde donde más le dolía: su incompetencia. Pero no: con una lógica difícil de entender se metió en una atolladero de manera gratuita. Otro tanto hizo con la asignación universal por hijo, y así podrían seguirse dando ejemplos de las torpezas, gazapos y errores que lo pusieron en ridículo.

En compensación con estas andanzas de inexpertos, la campaña de Daniel Scioli luce, por ahora, más sólida. Como el peronismo —y ni qué decir el kirchnerismo— no se anda con vueltas cuando lo que está en juego es el poder; y como la necesidad es ganar las elecciones, actúa como una máquina, en una sola dirección, sin que le tiemble el pulso. ¿Alguien se imaginaría una confrontación de las características de la que protagonizaron Rodríguez Larreta y Lousteau en el FPV? —La sola idea sería inconcebible— ¿O que el perdedor dijera que no votaría por Scioli y sí por Stolbizer, como si tal cosa? Lo hubieran puesto de patitas en la calle.

Macri no perdió aunque el triunfo de Rodríguez Larreta a él no le haya servido de mucho. Scioli por ahora no ganó aunque eso digan sus voceros, encuestadores y periodistas amigos. De ahora en más, estarán solos en la cancha con un mismo objetivo. Las PASO, a medida que se acercan, acrecientan su importancia en todos los órdenes. La pelea, a suerte y verdad, ha comenzado.

Fuente: La Prensa Popular

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16jul/151

¿Y quién dijo que Francisco tiene razón? (Una deuda del pontífice)

Por Roberto Cachanosky.
El papa Francisco acaba de lanzar una serie de afirmaciones en el campo de la economía que dan para el debate. No son nuevas estas cuestiones para mí. Habiendo estudiado en la Universidad Católica Argentina, estudié, entre otros temas, Doctrina Social de la Iglesia en la cual veíamos los contenidos de las encíclicas papales ligados a nuestra materia además de participar de los intensos debates en ESEADE, allá por la década del 80
Creo que no tiene ningún sentido tratar de encasillar a la doctrina católica en una corriente de pensamiento económico. En el evangelio hay párrafos en los que uno puede decir que la Iglesia es liberal, como es el caso de la parábola de los talentos, encontrar otros párrafos en que no es liberal o encontrar otros en los que puede ser una cosa o la otra. Ahora bien, más allá de ser estéril el esfuerzo por encasillar a la Iglesia en una corriente política u otra, si es importante insistir, hasta el cansancio, que cuando el Papa habla de cuestiones económicas no es otra cosa que la opinión de una persona más, con lo cual hasta el cristiano más ferviente puede estar en desacuerdo con lo que diga el papa en ese sentido.
Insisto, cuando el Papa formula una afirmación sobre economía, no es ex cátedra, es decir, que sí o sí tal afirmación tiene que ser acatada por los católicos. Recordemos que el Concilio Vaticano I, en 1870, estableció que cuando el Romano Pontífice define una doctrina de fe, es asistido por el Espíritu Santo y sus postulados no pueden ser reformados. Todos los católicos tienen que acatarlos. Esto quiero decir que la infalibilidad del papa solo corre para las cuestiones de fe. Lo que sí sabemos, es que no es infalible el papa cuando habla del crecimiento económico, la distribución del ingreso u otras cuestiones económicas como acaba de ocurrir con Francisco en su viaje por América Latina.
En mi opinión, Francisco tiene varias afirmaciones que uno puede tomarlas para un lado o para el otro, como por ejemplo cuando habla de un sistema que ha impuesto la lógica de la ganancia a toda costa. Uno podría decir que los privilegios que otorgan los gobiernos a determinados sectores productivos, como el proteccionismo, la corrupción en la obra pública o las restricciones a la competencia encuadran en ese concepto de ganancia a toda costa, por lo tanto podríamos afirmar que Francisco es liberal. ¿Se referirá a eso Francisco o querrá decir otra cosa? Lo cierto es que su mensaje deja abierta la puerta para interpretar sus palabras de una manera o de otra totalmente opuesta. Una de esas interpretaciones es que Francisco parce dar a entender que hay pobres porque otros lograron su riqueza haciendo componendas con el poder. La otra interpretación es hay pobres porque hubo gente que se ganó el favor de los consumidores, haciendo un trabajo honesto que beneficia a sus semejantes.
Lo preocupante del mensaje de Francisco es que deja abierta la puerta para el conflicto social. Veamos, hay dos formas de obtener ganancias, una consiste en invertir y producir algo en el precio y la calidad que el consumidor demanda. Esas ganancias no solo benefician al empresario sino también a los consumidores. Ambos salen ganando y hay cooperación pacífica entre las partes. Todos trabajan en paz y armonía buscando su propio beneficio pero en base a beneficiar al consumidor.
La otra forma de ganar dinero a toda costa, como dice Francisco, es logrando que el Estado le quite a otros para darme a mí, sea vía subsidios, protecciones, restricciones a la competencia, etc. El problema de este sistema es que, además de ser ineficiente desde el punto de vista económico, es profundamente inmoral y genera conflicto social. ¿Por qué? Porque para obtener mi utilidad tengo que convencer al Estado para que utilice el monopolio de la fuerza para quitarle a otro su ingreso o patrimonio para dármelo a mí.
Cuando el Estado utiliza el monopolio de la fuerza para atacar a los indefensos ciudadanos en vez de utilizarlo para defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad, entramos en un sistema de organización social en la cual solo gano si logro que el Estado le quite a otro para darme a mí. Así, si el Estado le quita parte de sus ingresos a A para dárselos a B, A va protestar y para tranquilizarlo el Estado le quitará sus ingresos a C para conformar a A. Pero C también protestará y, por lo tanto, el Estado le quitará a D para calmar a C y así seguirá la historia en la cual el que más gana es el que más poder de lobby tiene. Lo cierto es que ninguno puede progresar si no es a costa de sus semejantes. Bajo ese sistema es que, además de inmoral, impera el conflicto social permanente porque pocos son los que se dedican a producir y muchos los que usan al Estado para saquear al resto de la sociedad. Es una sociedad de saqueadores en la que todos luchan contra todos.
Ese es el modelo que en última instancia parece estar pregonando Francisco. Un modelo de conflicto social permanente, aunque su objetivo sea el opuesto. Desconozco porque impulsa un sistema de enfrentamiento social, pero en los hechos es lo que termina proponiendo.
Salvo un cretino y los populistas que necesitan generar pobres para mantenerse en el poder, nadie puede querer que aumente la pobreza. De manera que aquí no se trata de formular enunciados diciendo que queremos que haya menos pobres, desocupados o indigentes. Lo constructivo es formular las propuestas que permitan disminuir la pobreza, la indigencia y la desocupación en forma permanente. Y eso se consigue con calidad institucional, que atraiga inversiones para crear puestos de trabajo, mejorar la productividad y así incrementar los salarios reales en forma sostenida.
Mal asesorado, o tal vez por tener una ideología peronista, Francisco hace un discurso que lleva al camino opuesto, incrementando la pobreza, la indigencia y la desocupación. Y si no es así, deja abierta la puerta para que la gente interprete mal sus palabras y su laboral pastoral termine incentivando el conflicto social.
En síntesis, su discurso en su viaje por América Latina lejos estuvo de contribuir a disminuir la pobreza. Más bien tiende a incrementarla. Y en ese discurso no hay infalibilidad que valga. Francisco se equivoca de medio a medio proponiendo el camino de la pobreza y, lamentablemente, el de la confrontación entre hermanos al hacerle creer a los pobres que ellos son pobres porque otros trabajan honradamente.
Gran favor le haría a la humanidad el Romano Pontífice si denunciara con firmeza a los gobiernos corruptos y autoritarios que pululan por América Latina, en vez de recibir a esos aspirantes a tiranos como si fueran grandes estadistas y empezar a tratarlos como lo que son: descarados ladrones que no respetan los derechos humanos. La cabeza de la Iglesia sigue estando en deuda con los oprimidos por estos déspotas latinoamericanos.
Fuente: Urgente 24
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12jul/152

Un papa propenso a abrazar las raíces del populismo latinoamericano

Por Loris Zanatta.

En dos años, Francisco ya visitó varios países de América latina. Y no lo duden: él causa un gran temblor político. ¿Por qué? ¿No son visitas pastorales? Así es. Y precisamente por eso causan temblores. Guste o no, la religión está en la base de las civilizaciones. Es la sal de la cultura, ordena los valores de las sociedades; como tal, orienta la política. El Papa lo sabe muy bien: no casualmente se casó con la "teología de la cultura". El temblor, en realidad, ya se siente. Se ve en Roma, donde los presidentes latinoamericanos se precipitan para pedir audiencias, sacarse una foto, llevarse una bendición. Algunos de ellos, varias veces?

"Usan al Papa", gritan los inocentes. Pero no crean que un viejo jesuita se deja manipular. Al revés. Todo presidente que sintió necesidad de arrodillarse frente a su autoridad admitió que el fundamento antropológico de la cultura latinoamericana y la legitimidad de sus sistemas políticos no radican en el pacto político: por encima de él está su herencia católica, cuyo custodio es el pueblo, comunidad pura y sin fisuras.

El Papa piensa o desea reconquistar América latina para la cristiandad; es su oficio. ¿Quién solucionará el diferendo entre Estados Unidos y Cuba? El Papa. ¿Quién logrará devolverle a Bolivia la salida al mar? El Papa. ¿Quién unirá a la "patria grande"? El Papa. Como corresponde: ¿sobre qué puede basarse, al final, si no sobre el acervo católico?

A primera vista, Francisco dice cosas que quien tenga un poco de sensatez suscribe: garantizar la paz, combatir el hambre, proteger la naturaleza, priorizar al humano y su dignidad, luchar contra la explotación, la desigualdad, la cultura del descarte.

Claro, se puede objetar que sus diatribas en contra de la economía de mercado son simplistas y no ayudan a combatir la pobreza, y que su forma de demonizar el dinero recuerda la que en un tiempo la Iglesia reservaba al sexo. Pero las palabras del Papa son populares, reflejan el sentido común.

Si se las mira en una perspectiva histórica, sin embargo, son menos inocuas. En ese sentido, Francisco tiene enemigos: para Jorge Bergoglio, eran "la racionalidad iluminista" y las clases medias de América latina, enfermas de "mentalidad colonial", laicas, consumistas.

Y tiene preferencias: "Los movimientos populares de signo nacional", vehículos de la cultura católica. ¿La política, la Constitución, la democracia, el Estado de Derecho? Muy bien. Pero antes está la "cultura", sobre la cual deben inspirarse las instituciones políticas para conservar su legitimidad.

¿Sorprende la preferencia del Papa por los gobiernos populistas? Claro, no son todos iguales entre ellos. Pero es secundario: los Morales, los Castro, los Correa, los peronistas, los chavistas y los sandinistas encarnan lo nacional y lo popular. Los otros son de otro palo. Son éstas las raíces del populismo en América latina y Bergoglio siempre adhirió a ellas.

Es cierto, hubo un tiempo en que el populismo se fue por otro camino. Pero ya el comunismo pasó y el Papa está feliz de poder reconducir al redil a las ovejas desorientadas. ¿Acaso la fe comunista no había sido la herejía cristiana del siglo XX? ¡Así que nadie le pida a Rafael Correa aprobar una ley sobre el aborto! Y qué rápido fue Evo Morales en marginar sus rituales incaicos.

Nicolás Maduro hoy, como Hugo Chávez ayer, invoca a Cristo, y el "enemigo colonial" es el opositor Henrique Capriles, demasiado laico. ¿Y Raúl Castro? Ya volvió a las fuentes jesuíticas que siempre inspiraron al régimen cubano. ¿Cristina Kirchner? Mutatis mutandis, lo mismo.

Más que las palabras de Francisco, sin embargo, hacen ruido sus silencios. ¿Por qué tanto escándalo contra la "cultura del descarte" y ni una palabra para las víctimas de la represión en Cuba o en Venezuela? ¿Acaso no tienen dignidad? ¿El papa político le gana en esos casos al pastor? Qué decir del arzobispo de La Habana, Jaime Ortega, hombre cercano al Papa, y de sus grotescas declaraciones: en Cuba no hay prisioneros políticos. Mientras, una conocida artista era llevada a la cárcel por leer a Hannah Arendt en la calle.

¿Por qué el Papa lleva flores a la isla de Lampedusa, lugar simbólico del egoísmo europeo frente a la inmigración, y nunca pensó hacerlo en el Malecón de La Habana? ¡Miles de personas han muerto en el estrecho de Florida tratando de evadir la isla! Silencio.

Y raras y tímidas palabras sobre las violaciones de la independencia del Poder Judicial, los ataques a la prensa, el clientelismo descarado, el uso del Estado como patrimonio del poder en nombre del pueblo.

¿Habrá entendido la Iglesia el drama del populismo, el grado de destrucción institucional, de descalabro económico, de división social e ideológica causados en nombre del monopolio sobre "lo popular"? ¿O repetirá el error pensando que ha sido un éxito?

El autor es profesor de historia en la Universidad de Bolonia.

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10jul/153

Éramos tan progres

PRESENTA

“ÉRAMOS TAN PROGRES”, de Adrián Simioni.

 

 JUEVES 16 DE JULIO - 19 horas - Aula Magna de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la UNC, Av. Vélez Sarsfield 299.
Acompañará al autor: Mario Pereyra.

A Adrián Simioni no le tiembla el pulso. El típico argentino es cínico y simplón. Lo llama populista, progrepopulista, progre nac & pop, escondido en el closet de la corrección política.
La palabra, que es pluma y espada, se hunde en el corazón de la última década y se revuelve a sus anchas en las entrañas de las vacas sagradas, los mitos mal curados, las frases hechas, las historias tuertas y los chicos expiatorios del progresismo argentino.
¿Por qué se glorifica al Estado y se demoniza al empresariado en un país con un sector público disfuncional y empresas raquíticas? ¿Por qué esa defensa cerrada de las corporaciones estatales en las que se reproduce una casta social hegemónica, temerosa de cualquier cambio, inmune a la autocrítica y negadora de su obligación de contribuir con eficiencia a la torta social?
Simioni tiene una tesis: el monopolio de la bondad marketinera y el humanitarismo sin riesgos que ha escriturado el progresismo, se pone al servicio de la extorsión moral a los que no se someten a un relato “mediocre y, en el fondo, conservador”.
Pero el mérito del libro no se agota en su valentía. Es un ejercicio inteligente y agudo que insta a la polémica, una “ciencia” que parece perdida en la Argentina de los últimos años, en los que el enfrentamiento suplantó a la discusión.
Éramos tan progres no cae en ese error. Detrás de cada idea hay un fundamento, detrás de cada fundamento, un dato. Sea sobre la educación, Cuba, Aerolíneas o YPF. Con un objetivo claro: poner en cuestión un sistema de valores que ha gobernado los últimos años pero que atravesó con éxito narrativo buena parte de la historia argentina.
Adrián Simioni nació en Charras, provincia de Córdoba. Graduado en la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Nacional de Córdoba.
Ganó los premios Adepa y Citibank.
Es columnista y editor adjunto de Política y Negocios en el diario La Voz del Interior, de la ciudad de Córdoba.
Conductor de Algo Ha Fallado, en Radio Continental Córdoba. Éste es su primer libro.

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