A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

25sep/143

Carta abierta al gobernador José Manuel de la Sota

Señor Gobernador:

Con el respeto que me merece su investidura, quiero formularle algunas reflexiones acerca de conductas suyas que estimo reñidas con la ética republicana. Ante todo quiero recordarle que es Ud. nuestro empleado, al que hemos contratado para administrar los bienes comunes en nuestro beneficio, y que para eso le pagamos un importante sueldo, una casa con todas sus instalaciones y gastos, y suntuosas oficinas con miles de empleados que están a su servicio. Asimismo, de nuestro bolsillo salen los recursos para costearle automóviles, choferes, un helicóptero con sus pilotos, combustible, gastos de representación, viajes y varios ítems más.

Va de suyo que el uso de tales recursos debe ser aplicado en beneficio de todos los cordobeses, que somos sus dueños y los que con nuestros impuestos sostenemos el erario público. Por el contrario, su utilización en favor de sus intereses particulares constituye una grave falta de ética.

Advierto, señor gobernador, que Ud. incurre en ella cuando se vale de la publicidad oficial para elogiar las obras realizadas por su gobierno o para exaltar su propia persona, llegando incluso al extremo de haber sustituido el nombre de la Gobernación por su propio apellido. Dicha inconducta está categóricamente prohibida por la ley de ética en el ejercicio de la función pública N° 25.188, cuando en su artículo 42° dice que

 

La publicidad de los actos, programas, obras, servicios y campañas de los órganos públicos deberá tener carácter educativo, informativo o de orientación social, no pudiendo constar en ellas nombres, símbolos o imágenes que supongan promoción personal de las autoridades o funcionarios públicos.

 

También están reñidos con la ética republicana sus públicas participaciones en campañas electorales, a través de la concurrencia a actos partidarios, de las adhesiones y promociones de candidatos y, de un tiempo a esta parte, de los viajes que realiza por el país para tratar de instalar su precandidatura a presidente de la Nación, sin haber renunciado a su cargo de gobernador o, cuanto menos, haber solicitado licencia.

Al respecto es bueno tener presente las palabras de Juan Bautista Alberdi, el autor de las bases de nuestra Constitución, quien en el tomo IX de sus Escritos Póstumos, afirmaba que

 

El mayor ultraje que los gobernantes hacen a la libertad, no está escrito en ninguna Constitución: es el consistente en las candidaturas oficiales, en su intervención en las elecciones, función de soberanía inmediata y directa, exclusiva del pueblo, en el que el gobierno no puede mezclarse sin hacerse culpable del crimen de usurpación de la soberanía popular.

 

A lo que añadía más adelante, en prosa más sintética y contundente: “El gobierno que participa en política partidaria comete un crimen de lesa humanidad”.

Quiero además pensar, señor gobernador, que a esos viajes mencionados los realiza en su automóvil particular o en vuelos regulares, que sus costos salen de su propio peculio y que no que se vale para ello de los bienes y recursos que le hemos confiado. Porque si así no fuera, estaríamos en presencia de hechos de suma gravedad institucional, que constituirían un delito y ameritarían por ende un pedido de juicio político.

En orden a esto es bueno hacerle presente que, entre las numerosas causas penales que enfrenta actualmente el señor vicepresidente de la Nación, se cuenta una por el uso de un helicóptero de Gendarmería Nacional para asistir a un acto partidario en la ciudad de Mercedes.

Por todo lo antedicho, me permito invitarlo a que reflexione acerca de su conducta, se abstenga de reiterar los actos aludidos y dedique su tiempo a administrar la Provincia –objeto para el cual lo hemos contratado– y no a expoliar sus recursos en su provecho. Lo saluda respetuosamente

Prudencio Bustos Argañarás, ciudadano

(La Voz del Interior)

 

Archivado en: Actualidad 3 Comentarios
24sep/145

Formando ciudadanos débiles

por Eduardo García Gaspar.

Es un efecto de la democracia. Una consecuencia indeseable. Un cambio en la mentalidad de las personas. Todo comienza en las elecciones a puestos públicos. La fiera competencia convierte a las campañas en la oferta de remedios a los problemas personales.

Eso transforma a los gobiernos en agencias de soluciones a las dificultades de la vida de los ciudadanos. Y esta vida personal, es redefinida por la persona.

Veamos esto más de cerca, en algo que creo que bien merece una segunda opinión.

Comencemos con las campañas electorales, que se han convertido en ofertas de soluciones a situaciones personales y familiares. Hablo de ofertas de pensión, seguro de desempleo, educación, servicios médicos y lo que se le ocurra a usted.

Los gobiernos se ofrecen como proveedores de soluciones generales de casi cualquier problema.

Es el gobierno que ha sufrido una mutación significativa a un proveedor de vidas placenteras y cómodas. Kenneth Minogue (1930-2013) lo ha expresado muy bien:

“… proveer una experiencia de vida libre de dolor, donde el dolor se encuentra en cosas como reprobar un examen, ser despedido por incompetente, ser juzgado y encontrado deficiente, e incluso, en algunos casos, tener la expectativa de deber trabajar”.

En un esquema normal se esperaría que la gente misma se hiciera cargo de la solución de sus propios problemas, sea el despido del trabajo o el pago de colegiaturas. Cada persona es considerada como capaz de hacerlo, seguramente con ayuda de otros, pero jamás trasladando su responsabilidad a otros.

En el esquema normal, los problemas personales son incentivos que mueven a la persona a valerse por sí misma, a aceptar las consecuencias de sus acciones, las buenas y las malas.

Pero el esquema normal ha sido girado 180 grados sobre su eje. De la responsabilidad personal se ha pasado a la responsabilidad gubernamental. Es ahora el gobierno el que debe proveer esa existencia libre de preocupaciones a sus gobernados.

La mutación gubernamental es detonada por el ansia de permanecer en el poder, el primer objetivo de todo político, el que suele ponerse en la situación de proveedor de felicidad social. Determina problemas a los que convierte en objetivo gubernamental y vende soluciones en las elecciones.

“Si votas por mí, decretaré seguro de desempleo, ayudas a madres solteras, oferta de condones, admisión sin exámenes…”

La oferta de felicidad social lograda por acciones de gobierno se convierte en la medición de buen gobierno. Y buen gobierno ya no es el que bien gobierna, sino el que más responsabilidades quita a los ciudadanos.

El cambio es sustancial y necesita de dosis masivas de recursos inyectadas a actos no productivos en lo general, lo que vuelve al sistema inestable y propenso a crisis de finanzas públicas. No me adentro en esta parte, pero sí en otra que suele ser descuidada.

Me refiero a la transformación significativa de la mentalidad del ciudadano: el ablandamiento de su carácter, el debilitamiento de su potencial.

El traslado de responsabilidades al gobierno lo vuelve endeble y lánguido. Incluso, delicado de tal manera que llega a pensar que si el gobierno no le da más, eso viola sus derechos.

Otra vez cito a K. Minogue:

“ … el advenimiento del estado de bienestar ha erosionado la centralidad no solo de los deseos sexuales, sino también de la prudencia y la temperancia. El estado ha tomado para sí muchas de las funciones de la vida familiar, de las sociedades de amigos y uniones, y de las de caridad, y en todos los casos el proceso ha separado al individuo de las instituciones”.

Este es un efecto pocas veces notado de manera explícita.

La fuerza activa de cada una de las personas se ha anulado y si acaso es usada, ella se dedica a marchas de protesta que exigen una lista creciente de derechos a la felicidad que el estado debe dar y que están avalados por no sé qué organismo internacional.

La sociedad entera pierde las contribuciones potenciales del ciudadano que acepta sus responsabilidades, una fuente diversificada de prosperidad.

En su lugar, todos comienzan a depender de una manera u otra de acciones gubernamentales como el gasto público creciente, la reducción de tasas de interés, la ampliación de servicios sociales, las ayudas a los segmentos débiles.

Todo comenzó con la distorsión de las campañas electorales convertidas en ofertas crecientes de renuncia a la responsabilidad personal, disfrazadas como derechos sociales que solo el gobierno puede satisfacer.

Puesto de manera políticamente incorrecta, el estado de bienestar tiene un efecto indeseable en el carácter de la persona, volverla frágil, impotente y débil. Una sociedad formada por personas así es la más fácil presa del totalitarismo.

O como expresa un amigo, “el estado de bienestar crea una generación de niños mimados que sólo pueden dejar de reclamar con la pérdida de su libertad”.

Post Scriptum

Quizá deba agregar que el estado de bienestar es económicamente insostenible: reclama el uso de más y más recursos producidos por un grupo cada vez más pequeño de personas que no viven del gobierno.

 

Veamos esto más de cerca, en algo que creo que bien merece una segunda opinión.

Comencemos con las campañas electorales, que se han convertido en ofertas de soluciones a situaciones personales y familiares. Hablo de ofertas de pensión, seguro de desempleo, educación, servicios médicos y lo que se le ocurra a usted.

Los gobiernos se ofrecen como proveedores de soluciones generales de casi cualquier problema.

Es el gobierno que ha sufrido una mutación significativa a un proveedor de vidas placenteras y cómodas. Kenneth Minogue (1930-2013) lo ha expresado muy bien:

“… proveer una experiencia de vida libre de dolor, donde el dolor se encuentra en cosas como reprobar un examen, ser despedido por incompetente, ser juzgado y encontrado deficiente, e incluso, en algunos casos, tener la expectativa de deber trabajar”.

En un esquema normal se esperaría que la gente misma se hiciera cargo de la solución de sus propios problemas, sea el despido del trabajo o el pago de colegiaturas. Cada persona es considerada como capaz de hacerlo, seguramente con ayuda de otros, pero jamás trasladando su responsabilidad a otros.

En el esquema normal, los problemas personales son incentivos que mueven a la persona a valerse por sí misma, a aceptar las consecuencias de sus acciones, las buenas y las malas.

Pero el esquema normal ha sido girado 180 grados sobre su eje. De la responsabilidad personal se ha pasado a la responsabilidad gubernamental. Es ahora el gobierno el que debe proveer esa existencia libre de preocupaciones a sus gobernados.

La mutación gubernamental es detonada por el ansia de permanecer en el poder, el primer objetivo de todo político, el que suele ponerse en la situación de proveedor de felicidad social. Determina problemas a los que convierte en objetivo gubernamental y vende soluciones en las elecciones.

“Si votas por mí, decretaré seguro de desempleo, ayudas a madres solteras, oferta de condones, admisión sin exámenes…”

La oferta de felicidad social lograda por acciones de gobierno se convierte en la medición de buen gobierno. Y buen gobierno ya no es el que bien gobierna, sino el que más responsabilidades quita a los ciudadanos.

El cambio es sustancial y necesita de dosis masivas de recursos inyectadas a actos no productivos en lo general, lo que vuelve al sistema inestable y propenso a crisis de finanzas públicas. No me adentro en esta parte, pero sí en otra que suele ser descuidada.

Me refiero a la transformación significativa de la mentalidad del ciudadano: el ablandamiento de su carácter, el debilitamiento de su potencial.

El traslado de responsabilidades al gobierno lo vuelve endeble y lánguido. Incluso, delicado de tal manera que llega a pensar que si el gobierno no le da más, eso viola sus derechos.

Otra vez cito a K. Minogue:

“ … el advenimiento del estado de bienestar ha erosionado la centralidad no solo de los deseos sexuales, sino también de la prudencia y la temperancia. El estado ha tomado para sí muchas de las funciones de la vida familiar, de las sociedades de amigos y uniones, y de las de caridad, y en todos los casos el proceso ha separado al individuo de las instituciones”.

Este es un efecto pocas veces notado de manera explícita.

La fuerza activa de cada una de las personas se ha anulado y si acaso es usada, ella se dedica a marchas de protesta que exigen una lista creciente de derechos a la felicidad que el estado debe dar y que están avalados por no sé qué organismo internacional.

La sociedad entera pierde las contribuciones potenciales del ciudadano que acepta sus responsabilidades, una fuente diversificada de prosperidad.

En su lugar, todos comienzan a depender de una manera u otra de acciones gubernamentales como el gasto público creciente, la reducción de tasas de interés, la ampliación de servicios sociales, las ayudas a los segmentos débiles.

Todo comenzó con la distorsión de las campañas electorales convertidas en ofertas crecientes de renuncia a la responsabilidad personal, disfrazadas como derechos sociales que solo el gobierno puede satisfacer.

Puesto de manera políticamente incorrecta, el estado de bienestar tiene un efecto indeseable en el carácter de la persona, volverla frágil, impotente y débil. Una sociedad formada por personas así es la más fácil presa del totalitarismo.

O como expresa un amigo, “el estado de bienestar crea una generación de niños mimados que sólo pueden dejar de reclamar con la pérdida de su libertad”.

Post Scriptum

Quizá deba agregar que el estado de bienestar es económicamente insostenible: reclama el uso de más y más recursos producidos por un grupo cada vez más pequeño de personas que no viven del gobierno.

Archivado en: Actualidad 5 Comentarios
18sep/141

Es la guerra santa, idiotas

Por Arturo Pérez-Reverte.

Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».

Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».

Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».

A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

Fuente: Minuto digital.

Archivado en: Actualidad 1 Comentario
14sep/145

La mirada cuyana de San Martín

Por Luis Alberto Romero.

Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires”. La popular frase revela las frustraciones de un federalismo que no fue. En 1852, catorce provincias concurrieron a un acuerdo constitucional basado en una ficción verosímil: la igualdad de derechos. Pero la historia marchó en otro sentido. La formación del Estado y el desarrollo del capitalismo centralizaron al país federal y fortalecieron el papel de la ciudad capital.

Una centralización parecida ocurrió con el relato de la historia de la Nación, usualmente narrada desde la perspectiva de Buenos Aires. Esto resulta inevitable si se comienza, como es habitual, con dos episodios típicamente porteños: las Invasiones Inglesas y la Revolución de Mayo. Con ese arranque, es difícil salir de una senda que, por ejemplo, denomina anarquía al período iniciado en 1820, cuando Buenos Aires perdió su control de las Provincias Unidas.

Las cosas serían diferentes si se mirara simultáneamente lo que ocurrió en Chuquisaca, Montevideo o Asunción; en Santiago de Chile, Caracas, Bogotá o México, pues entre 1808 y 1810 el Imperio hispánico se resquebrajó en varios puntos simultáneamente, También serían diferentes si se privilegiara, antes que la Revolución de Mayo, la Declaración de la Independencia en Tucumán, en 1816.

Contar las cosas desde Buenos Aires es algo difícil de evitar, aun para quienes se lo proponen. Muchos historiadores de las provincias suelen reivindicar con energía la especificidad de sus circunstancias, ya se trate de 1810 o de 1945, pero finalmente terminan ubicando su relato como una variante de la gran narración nacional con centro en Buenos Aires.

Como escribió el historiador Fernand Braudel, es difícil evadirse de estas “cárceles mentales”.

Para los mendocinos, y no solo para ellos, la conmemoración del bicentenario de la llegada de San Martín a Mendoza abre la posibilidad de desarrollar otra mirada. ¿Cómo fue esa historia desde la perspectiva de San Martín?

Recuérdese que nunca estuvo cómodo en Buenos Aires, ni Buenos Aires lo trató con mucha estima. Desde la Logia Lautaro ayudó a cambiar el rumbo del gobierno revolucionario, luego dio pruebas de su pericia profesional, pero debió ceder el campo a Carlos de Alvear, hijo dilecto de los porteños. En Cuyo, en cambio, se sintió a sus anchas. Desde allí miró a Tucumán y al Congreso, y jugó todas sus cartas.

ambién miró a Santiago, siguiendo atentamente los avatares de la política chilena, en la que intervino muy activamente. Atisbó a Lima, su objetivo final, y a Buenos Aires. En este caso, le bastó saber que su amigo Pueyrredón exprimiría los recursos locales para solventar al ejército en formación. No le interesó la política porteña, ni consideró que su gran proyecto estuviera ligado a la suerte de sus facciones o al enfrentamiento con el artiguismo. Su negativa a defender al Directorio es un hecho difícil de colocar en la historia de una nación argentina narrada desde Buenos Aires. Pero en rigor, en 1820 la Argentina era apenas un esbozo de proyecto, que muchos interpretaban de manera diferente.

Uno de ellos era San Martín, para quien la ciudad rioplatense era una pieza más en el gran rompecabezas hispanoamericano que tenía en mente. No es extraño que así fuera. Basta pensar que este hijo de españoles, luego de vivir cinco años en Yapeyú -un lugar cuya argentinidad estaba lejos de ser evidente por entonces- volvió a la tierra de sus padres, ingresó en el ejército y sirvió al rey durante casi treinta años. Allí se hizo liberal e ilustrado, trató con muchos otros hispanoamericanos, como él, y entre ellos al general Solano, caraqueño, muerto en Cádiz por una turba partidaria de Fernando VII.

Hispanoamérica no era una colonia sino una parte del Imperio español, y poco después, en 1812, las Cortes de Cádiz declararon que con España formaban una sola nación. Hispanoamericano en España, liberal y masón, sumergido en las guerras desatadas por la invasión francesa, incómodo en un bando que incluía a quienes gritaban “vivan las cadenas”, San Martín depositó sus esperanzas en una Hispanoamérica liberada y liberal, donde construir un Estado fundado en la libertad y el orden.

Con esa mirada hispanoamericana concibió todo su proyecto, y asistió, quizá con cierto desconcierto, a la confusa emergencia de nuevos Estados, que comenzaban a privilegiar sus intereses locales. Resistió a la tentación, común a otros militares de entonces, de intervenir en los conflictos civiles. Fundó Estados, pero no perdió la esperanza en alguna forma futura de integración. Hizo lo posible para que todos tuvieran una matriz común, liberal y republicana. Estoy convencido de que no fue un prócer argentino, sino mucho más que eso.

La mirada de San Martín, cuyana e hispanoamericana, puede ayudarnos a entender la de Artigas, quien no imaginó estar fundando la República Oriental del Uruguay. O la de Güemes y la élite salteña, con el alma dividida entre Buenos Aires y el Alto Perú. O o la del General Paz, que buscó asentar en Córdoba un proyecto nacional, o la de Estanislao López, que tenía la misma esperanza con Santa Fe.

Esto es apenas el comienzo de un ejercicio que puede repetirse respecto de muchos otros momentos del pasado, sobre todo antes de que se generalizara la convicción de que Dios atendía en Buenos Aires. Pero además, ese relato complejo debe ser puesto en sintonía con las perspectivas del conjunto de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, con trayectorias parecidas y diferentes. No es tan difícil reconstruir cada una de estas miradas. El desafío para los historiadores es componerlas en un relato común y plural, como una fuga de Bach o un motete renacentista.

Ilusiones, quizá. Pero una historia más plural es parte de la construcción de un país plural en su dimensión regional, con muchos centros que desarrollen, cada uno, sus propias potencialidades, que se liberen de la tutela y las dádivas del gobierno central y que aporten, cada uno con lo suyo, a la construcción de una nación. Entonces Dios comenzará a atender en todas partes.

Fuente: diario Los Andes

Archivado en: Historia 5 Comentarios
5sep/142

NO ESTOY DE ACUERDO y lo GRITO a los cuatro vientos

Por Cristian Sosa Barreneche.

Si abrió este mail es porque ha pensado que lo que va a leer será (probablemente) algo duro, fuerte, definitorio, o tal vez trágico o contundente.
Juzgará el lector al final del artículo.

Dice la noticia (1) que "Buscan imponer la obligatoriedad de la sala de 4 del nivel inicial" y nos comenta que la Presidente dijo que enviará el proyecto al Congreso y destacó que "como siempre vamos por más" al anunciar la extensión de la iniciativa a los chicos más pequeños.

El Ministro de Educación de la Nación cree que descubrió la pólvora cuando dijo que "los cinco primeros años de vida son fundamentales para el desarrollo infantil". Agregó que "la escolarización temprana representa el primer ingreso de los niños y sus familias en la esfera de lo público, y destacó el rol que cumplen las instituciones de nivel inicial de cara a la incorporación, cada vez más marcada, de las mujeres en el
mercado laboral
". "Hoy hablamos de escuela de nivel inicial, con objetivos educativos propios y una propuesta de formación integral que favorece el desarrollo cognitivo, afectivo, lúdico, corporal y social", explicó el ministro.

El proyecto, al modificar el artículo 16 de la Ley de Educación Nacional Nro. 26206 extiende la obligatoriedad escolar desde la edad de 4 años. Pero, además, modifica los artículos 18 y 19 de la Ley al fijar que la Educación Inicial constituye una unidad pedagógica y comprende los niños desde los 45 días de vida hasta los cinco años.

¿En qué no estoy de acuerdo?

Es cierto que los primeros cinco años de edad son "imborrables" y que quedan grabados como en una cinta cuyas marcas nunca se van. Es cierto que en esa etapa es gravitante en lo que a desarrollo cognitivo, afectivo, lúdico, corporal y social se refiere.

Pero, ¿qué tiene que hacer el Estado en esa personita desde los 45 días de edad hasta los 5 años?

Personalmente, creo que NADA, absolutamente NADA.

En realidad, sí tiene que hacer, pero no sobre los niños. Podría ser, en todo caso, sobre los padres. Formándolos y capacitándolos en cuestiones técnicas para ayudarlos a colaborar en su misión.

No estoy de acuerdo por las siguientes razones:

  • Porque son los padres quienes tienen la responsabilidad de la educación de sus hijos, tal como lo señalan la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), la Convención Americana sobre Derechos Humanos (1969), el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU (1966), la Ley de Educación Nacional, el Código Civil Argentino y la Constitución Nacional Argentina (2).
  • Otra razón es porque opino que el mejor lugar en donde puede estar un niño de ese rango de edad es con su madre -o quien cumpla ese rol- y que el Estado tiene la obligación de que esto sea posible. Y, si por las dudas alguien supone que ello es muy difícil o imposible (el famoso "no se puede") por razones económicas, le respondo que el dinero del Estado está justamente para eso. Que reoriente sus partidas presupuestarias y haga lo que tenga que hacer.
  • Por otra parte, el objetivo del Ministerio de Educación no es favorecer que las mujeres puedan trabajar. Ha perdido el foco el Sr. Ministro. Lo que tiene que lograr el Ministerio es que los niños, jóvenes, adultos y mayores de la Argentina aprendan lo que tienen que aprender para poder desempeñarse con éxito en sus vidad. Es lo que llamo la creación de un Nuevo Orden Educativo.
  • ¿Se hace en otros lados del mundo? ... Sí, hay sistemas educativos cuyo inicio escolar lo tienen previsto para los 7 años de edad y la causa es muy simple: los niños no están maduros antes de esa edad. Y les va muy bien por lo que se ve en sus resultados.

Cada vez que leo noticias o documentos que se refieren a este tema me pregunto:

  • ¿Cuáles pueden ser los contenidos o estrategias pedagógicas que un Ministerio puede desarrollar paraun chico de 45 días de edad o de 4 años?
  • ¿Qué es lo que le tiene que enseñar el sistema educativo formal a ese niño que no sea el amor puro, tierno, directo de su madre?
  • ¿Qué puede saber un docente o funcionario que no sepa naturalmente la madre?

Sostengo enfáticamente que los ciudadanos tenemos que parar esta inadmisible intromisión del Estado en la vida de las familias y en el atropello de los derechos de los padres en decidir el futuro de los hijos.

Si alguno no lo hace, o lo hace dolosamente, o perjudica o daña al niño, pues, para eso está la Justicia.

¿Cuándo seremos gobernados por las Instituciones y la Ley?

Por eso NO ESTOY DE ACUERDO y lo GRITO a los cuatro vientos.

¿Qué opina usted?

Archivado en: Actualidad 2 Comentarios
5sep/146

Apuntes sobre el relativismo posmoderno

Por Agustín Laje.

El fenómeno de la moda, entendido como tendencia homogeneizante, también hace pie sobre el mundo de las ideas. Y es que los costes inherentes a la información hacen de la adopción masiva y acrítica de ciertas ideas, un hecho verdaderamente racional para la inmensa mayoría de la gente que no dispone del tiempo que se precisa para adoptar una idea de manera verdaderamente consciente y fundada.

Atento a esta lógica, el último grito de la moda en términos ideológicos es lo que podríamos denominar como el “relativismo posmoderno”, esto es, en términos muy simplificados, la idea de que todo valor moral es relativo, incontrastable e inconmensurable. Así las cosas, siguiendo la lógica relativista hasta sus últimas consecuencias, sería imposible establecer la superioridad moral de la tolerancia respecto de la intolerancia; de la libertad frente a la servidumbre; del respeto frente a la agresión; de la vida respecto de la muerte.

En efecto, es el ideal ético el que perece bajo el ideal relativista. Claro es que si todo vale lo mismo, entonces nada vale nada pues la idea de valor pierde todo sentido. Los valores tienen significancia sólo en virtud de la diferencia; nuestra capacidad de diferenciar estados es la que nos conduce a valorar. El valor de la libertad, por ejemplo, sólo tiene sentido en contraposición al hecho de la servidumbre; si ésta fuese una imposibilidad metafísica, entonces ya no el valor, sino incluso la mera idea de la libertad carecería de todo sentido. Lo mismo podría decirse del valor vida: sin la muerte como realidad opuesta, hablar de vida como estado y valor no tendría sentido.

Lo que enseña el relativismo es, en definitiva, a eliminar el hecho de la diferencia entre estados opuestos. Todo vale lo mismo porque es, en última instancia, imposible diferenciar una cosa de la otra. Como vemos, bajo este relativismo se esconde un igualitarismo extremo llevado al campo ético que acaba por destrozarlo, y que constituye ese “neomarxismo cultural” del que muchos hablan.

Lo interesante del relativismo es que en su prédica de que “todo es relativo” cae, sin darse cuenta, en un absoluto. Y ese absoluto es, precisamente, que todo es relativo. O podemos invertir la paradoja: si todo es relativo, entonces esta proposición también debiera relativizarse.

A un nivel macro, el relativismo moral deviene en relativismo cultural, cuya idea fundamental consiste en que las distintas culturas no pueden ser valoradas y, por añadidura, comparadas o criticadas. Como mostró Juan José Sebreli en El asedio a la modernidad, el relativismo cultural se desprende de las visiones particularistas sobre las civilizaciones, propias de los romanticismos e irracionalismos que condujeron a los totalitarismos colectivistas no tan lejanos en el tiempo.

Para el relativismo cultural toda cultura vale en definitiva lo mismo, y quien ose efectuar críticas a culturas que le son ajenas merece ser calificado con el estigmatizante mote de “etnocéntrico”. No podríamos pronunciarnos sobre una cultura externa a nosotros mismos, nos dicen los relativistas culturales, porque sus pautas nos son incomprensibles por el hecho de no vivirlas. Lo interesante del caso es que las acusaciones sobre el etnocentrismo hacen de la cultura entidades autónomas, cerradas en sí mismas, completamente independientes del resto de las culturas, algo que, por supuesto, es completamente falso.

Hitler compartía esta idea hermética de las culturas. En el octavo discurso del Congreso del Partido nacional-socialista, aquél expresó esta idea particularista de la imposibilidad de comunicación entre las culturas: “Ningún ser humano puede tener relaciones íntimas con una realización cultural si no emana de los elementos de su propio origen”.

Lévi-Strauss, desde la antropología, es uno de los autores más importantes para las ideas del relativismo cultural. Entre otras cosas, ha afirmado que “habrá que admitir que en la gama de posibilidades abierta a las sociedades humanas cada una ha hecho una cierta elección y que esas elecciones son incomparables entre ellas: son equivalentes”. Mejor no podría explicarse el relativismo: las culturas necesariamente son equivalentes e incomparables entre sí, simplemente porque han sido “escogidas” por las sociedades. Es decir, las culturas valen simplemente porque son culturas.

Sebreli, con gran lucidez, ha anotado al respecto que “la falacia lógica del relativismo cultural consiste en deducir la validez moral de toda costumbre o tradición por el mero hecho de ser aprobada por determinada cultura, es decir por el mero hecho de existir”. Esta falacia nos conduce a un camino peligroso que hace del ser un deber ser automático, es decir, obnubila la posibilidad de pensar un deber ser al margen de lo que es o, como dijimos anteriormente, sencillamente destroza el ideal ético de valores universales.

Por otro lado, debería llamarse la atención sobre el ocultamiento de los mecanismos que llevan a moldear las culturas, tomadas tan a la ligera por los relativistas culturales como entidades continuas y democráticas (atiéndase al papel de la “elección” que le confiere Lévi-Strauss a las configuraciones culturales en nuestra cita de más arriba). Afirmar a la ligera que determinadas pautas culturales son moralmente intachables porque las personas que bajo estas pautas viven “las eligieron”, constituye una ingenuidad tendiente a invisibilizar la opresión que acontece hacia el interior de las culturas en cuestión.

En muchas sociedades primitivas existen ritos para asesinar a los ancianos, como los shilluks del Nilo Blanco o los dinka del sur de Sudán. En una veintena de países africanos se practica la mutilación del clítoris en las jóvenes. Los mahometanos someten a sus mujeres de innumerables maneras. Los sacrificios humanos han sido prácticas comunes de muchos de los llamados “pueblos originarios” de nuestra región. Sentenciar que “la sociedad escogió esas pautas culturales” enmudece a las víctimas de tales pautas, colocándolas al margen de esa “sociedad que eligió”.

El relativismo posmoderno es, en resumen, una de las caras que muestra la complejizada nueva izquierda culturalista que se ha puesto como objetivo la destrucción de los valores de la libertad mediante la previa destrucción de la idea misma de valor.

Fuente: La Prensa Popular

Archivado en: Actualidad 6 Comentarios
27ago/140

El odio religioso acorrala a los cristianos

Por Marcos Aguinis.

Un volcán escupe lava y amenaza multitudes. El ala fundamentalista del islam, tras varias décadas de latencia, se ha erguido con furia y avanza al ritmo de diversas intensidades, métodos y justificaciones. Pretende devolver el mundo a la oscuridad de la Edad Media.La ONG llamada Mechric (Comité Cristiano del Medio Oriente), formada por instituciones de Irak, Líbano, Sudán, Irán, Siria y todo el norte de África, fue fundada en 1981 para monitorear las agresiones que se venían cometiendo contra las poblaciones cristianas desde el Atlántico hasta el océano Índico. La masacre contra la iglesia copta de Alejandría determinó que esa entidad publicase un documento en el que -¡por fin palabras claras!- condenó a sus autores directos e intelectuales. "Este acto atroz fue realizado por los seguidores jihadistas de una ideología criminal corporizada por Al Qaeda, la red Salafi y sus aliados, que están infiltrando las elites de toda la región." Mechric urge a los pueblos cristianos del orbe a movilizarse en favor de sus hermanos del Medio Oriente gravemente amenazados por una permanente discriminación y persecución. "También convocamos a los sectores democráticos y las organizaciones defensoras de los derechos humanos de los países árabes y musulmanes a condenar la barbarie cometida contra los coptos de Egipto y contra los cristianos de Irak y otras regiones de la zona." Desde entonces la situación ha empeorado.No es un secreto que en Arabia Saudita está terminantemente prohibido construir una iglesia o exhibir una cruz, pese a que ese país construye mezquitas suntuosas por doquier (en la Argentina se le donó un valiosísimo terreno). Bajo la Autoridad Palestina, el hijo de un peluquero en la ciudad de Qalkilia fue encarcelado por el "crimen" de haber formulado dudas respecto del islam; los intendentes cristianos de varias ciudades cisjordanas fueron reemplazados por musulmanes. Un lento y permanente éxodo vacía de cristianos a todos los territorios llamados "palestinos". Los católicos también están desapareciendo de Irán. No cesan de disminuir los maronitas en el Líbano. Casi no quedan en Siria.

Las matanzas ocurridas en Sudán a lo largo de muchos años por hordas que irrumpían en las aldeas cristianas conforman una muestra del más extremo horror. Ni hablar sobre el genocidio de Darfur. Pero Sudán y otros países que oprimen a la mujer y discriminan a sus minorías religiosas, siguen formando parte de las Naciones Unidas y ¡hasta integran comisiones vinculadas con los derechos humanos! En Eritrea se propagó la fantasía de que los cristianos deseaban voltear la junta dictatorial y se puso en marcha una campaña para limpiar el país de "los subversivos que portan una cruz". En Bagdad hubo un asalto a la catedral, en medio de la misa, y se asesinó a 58 personas. Durante la dictadura del general Muhammad Zia, en Pakistán, se sancionó una ley contra la blasfemia, término vago que incluye desde una expresión insultante hasta una ingenua duda sobre las verdades del Corán. En Nigeria fueron secuestradas centenares de niñas, forzadas a convertirse al islam y ser esclavas sexuales. La misma técnica, pero agravada, ocurre en Irak: después de asesinar a todos los varones de la familia, son secuestradas sus mujeres para que también sirvan de esclavas sexuales. El espanto es más intenso al enorgullecerse los fanáticos por la decapitación de sus prisioneros y someter a otras víctimas al suplicio de la crucifixión. ¡En pleno siglo XXI!

Estos sectarios aspiran a un Medio Oriente Christenrein (limpio de cristianos), así como ya lograron que sea Judenrein (limpio de judíos) cuando expulsaron de sus países a todos los judíos en 1949, que terminaron refugiándose en Israel. Se estima que la población cristiana del Medio Oriente hasta fines del siglo XX se acercaba a un 20%. Los últimos censos la han reducido a un 5%. Y su número sigue bajando. Ahora se ha exacerbado el odio contra los inermes azeríes y otras minorías, que son objeto de un exterminio sistemático. Aquí corresponde emplear la palabra "genocidio", que se ha banalizado en boca de muchos ignorantes. Genocidio es precisamente eso: liquidar a un vasto grupo humano por razones de nacionalidad, raza, etnia o religión. Exterminarlo, hacerlo desaparecer de la faz de la tierra. El siglo XX sufrió el genocidio del pueblo armenio y otro más atroz, el del judío. Luego llegaron las matanzas africanas. Ahora se destacan los crímenes perpetrados por la rama asesina del islam. Algunos líderes, envalentonados por sus éxitos, han manifestado que también recuperarán España y, en la misma España, ciertos imanes respaldan ese "derecho", para lo cual se reproducen imágenes de la antigua presencia musulmana en el país. En otras palabras, el infierno del Medio Oriente, para estos sicarios, no se reducirá al Medio Oriente. Su ambición es planetaria, aunque parezca absurda.

El delirio ya se ha extendido más de lo sospechado. Crece bajo el calor de la tolerancia religiosa que floreció en Occidente. Pero esa tolerancia no es asumida por muchos líderes musulmanes. En Italia, el ministro del Interior acaba de expulsar al imán Raoudi Aldelbar con este mensaje: "Es inaceptable que se hagan explícitas invitaciones a la violencia y el odio religioso. Por eso he dispuesto su inmediata expulsión del territorio nacional. Que mi decisión sirva de advertencia a todos quienes piensen que en Italia se puede predicar el odio". La medida fue adoptada tras una serie de investigaciones del Servicio Central Antiterrorista Italiano. Durante sus alocuciones el imán maldijo a Israel y pidió la intercesión de Alá para que "muera hasta el último judío". "Israel es un pueblo que merece ser encadenado y maldito. Alá: búscalos de uno a uno y mata hasta el último de ellos. Haz que su comida se convierta en veneno y se convierta en llamas el aire que respiran".

No es un estilo nuevo. Prédicas similares abundan en Irán y son propaladas a diario por Hezbollá y Hamás.

Urge que la porción civilizada del mundo ponga las manos en el fuego. Lo acaba de hacer el papa Francisco con su habitual valentía. Falta que también eleven su voz los gobiernos y las organizaciones internacionales. Pero, sobre todo, falta que haya condenas explícitas contra esta versión canallesca del islam por parte de los mismos musulmanes. Es decisivo. A éstos les corresponde defender los aspectos nobles de su religión. Hacerlo con fuerza. Es comprensible que los atraviese el miedo a represalias cargadas de salvajismo. Pero su silencio los hace cómplices. No alcanza con poner las culpas afuera. Las matanzas en Siria, Irak, Nigeria y otros países no dan lustre a las enseñanzas del Corán ni corresponden a las palabras con las que empieza cada una de sus suras: "En el nombre de Alá, clemente, misericordioso". En esos crímenes no hay clemencia ni misericordia, sino agravio a los cielos, si se considera que Alá es el creador de la vida.

Lamentablemente, en el Corán existen versículos reñidos con la paz, la pluralidad y la tolerancia, que citan los jihadistas. Es obligatorio decirlo y reconocerlo. Como también es obligatorio decir y reconocer que también existe ese tipo de versículos en la Biblia. Pero la civilización ha logrado que se haga abstracción de las porciones hostiles y se acentúen las piadosas y fraternales. Ellas convierten a las religiones en un motor de la paz exterior e interior, luego de siglos en que parecían condenadas a lo contrario.

Fuente: diario La Nación

21ago/140

Otra peligrosa bufonada

Por Ricardo Lafferriere.

La última iniciativa kirchnerista cambiando la jurisdicción de pago de los bonos emitidos bajo ley norteamericana a fin de eludir la sentencia en el juicio que el Estado perdió con los bonistas “holds out” en las cortes de Nueva York avanza un paso más en la descomposición del régimen.
Pretender eludir la justicia a la que el país se sometió voluntariamente –o, más simplemente, evadir la justicia- no sólo afecta la relación crediticia vigente, objeto del juicio respectivo. Se agrega al historial del país, que de este modo afianzaría su imagen internacional de evasor crónico de sus obligaciones contractuales. Sus efectos se prolongarían en el tiempo, condenando a todos a sufrir un ajuste sin atenuantes proyectado hacia varios años por delante. Golpeará a los argentinos, como una herencia macabra de esta década infame.
Sus consecuencias se proyectan en este caso más allá del propio kirchnerismo. Si el Congreso lo aprobara, sus consecuencias serían patéticas. La gravedad alcanzaría un nivel extremo si  concitara el apoyo de legisladores opositores, porque se demostraría ante el mundo que la enfermedad no alcanza sólo a un sector político –y en consecuencia, tendría remedio cuando este sector fuera desplazado-, sino que se ha extendido más allá de sus límites, hasta la propia oposición.
En cualquier sociedad civilizada, el Estado es quien da el ejemplo. Aunque entre nosotros el valor del compromiso estatal hace tiempo que había entrado en un cono permanente de merecidas sospechas y desconfianzas –como lo podrían testimoniar decenas de miles de jubilados con sentencia firme, ignoradas por la ANSES o de los acreedores internos –proveedores y contratistas- con sentencia contra el Estado, demorados sin fin ni justificación en sus cobros-, en la comunidad internacional la palabra de un Estado todavía tiene la presunción de certeza.
 La actitud de evadir las normas y los compromisos empeñados en un contrato formal –que no otra cosa son los títulos de deuda- y hacer alarde de ello demuele esta presunción, colocando al país en una situación más grave que el default involuntario: el de un deudor mendaz, serial y sistemático.
Poca relación tiene la iniciativa con el interés nacional, al que se quiere recurrir para fundamentarla. Hemos repetido varias veces la sentencia de Samuel Johnson: “El patrioterismo es el último argumento de los bribones”. En eso pretende convertir el kirchnerismo a la Nación Argentina. En un Estado Bribón.
La situación del mundo no admite este atajo. Si era inviable desde hace décadas, hoy es sencillamente atentatorio contra las posibilidades de desarrollo del país, de la generación de empleo genuino, de la imbricación virtuosa con el mercado global de bienes, y con la asociación con los actores comerciales, tecnológicos, financieros y de inversión de la economía global. Por no hablar de los más que desvastadores efectos internos.
No es cierto que el país –ningún país, ni siquiera los más desarrollados- esté en condiciones de desarrollarse aisladamente en el actual momento del mundo. Hoy sólo lo ensaya Corea del Norte, chantajeando con el desarrollo nuclear para conseguir limosnas. Hasta Cuba abre su economía y convoca capitales, respetando las reglas. Si fuera cierta la afirmación presidencial, no se explicaría su obsesión para la aprobación del contrato con Chevrón, ni su pretendida asociación con China modificando legislación local, ni su mega-indemnización a Repsol, o su reconocimiento de insólitos intereses punitorios en la renegociación con el Club de París.
Hasta Cristina necesita del mundo, aunque en una inexplicable calesita de giros sin destino un día entregue lo que al día siguiente niegue.
Afortunadamente, hay quienes tienen el patriotismo suficiente para no ceder a la infantil prédica del nacionalismo bribón. Mauricio Macri fue el primero. Ernesto Sanz luego. Cobos y Binner se han pronunciado en forma similar. Son las voces del sentido común, a las que el estancamiento, la pobreza, la inflación galopante, la disolución de la moneda nacional y la creciente desocupación que sobrevendrá por la “gesta” infantil del kirchnerismo no les parece  “nacional y popular” sino profundamente enfrentada a los intereses de los argentinos, de la nación y de su futuro.
Una nueva y peligrosa bufonada. O una infamia, contra el país y contra nuestra gente.

Fuente: Sentaku (blog del autor)

18ago/145

La brutal ensoñación de Kicillof y la presidente

Por Carlos Pagni.

Encandilada por las teoría estatistas de Axel Kicillof, Cristina Kirchner está produciendo una gran innovación: por primera vez desde 2003 la totalidad del empresariado enfrenta una decisión del Gobierno. Mañana, en la sede de la UIA , se reunirá el Grupo de los Seis, del que participan las principales cámaras del país, para oponerse a la sanción de la ley de regulación de las relaciones de producción y consumo.

La novedad se debe a que Kicillof se propuso llevar la intervención del Estado sobre las empresas  a una frontera no alcanzada en estos años. El kirchnerismo se venía conformando con controlar los precios finales de bienes y servicios. La nueva "eey de abastecimiento" pretende regir "todas las etapas del proceso económico". De modo que ahora no hay compañía que no quede sometida a la vigilancia oficial.

Otra peculiaridad: también por primera vez, un funcionario puede obligar a una firma a producir a pérdida una mercancía. La tercera variación es la aplicación de multas que pueden alcanzar el triple de la ganancia irregular de tal o cual empresa, calculada por quien aplica la multa. En consecuencia, los funcionarios pueden disponer la quiebra de una compañía con sólo incrementar su pasivo a través de penalizaciones.

Kicillof propone inaugurar otro régimen económico en el que la iniciativa privada sea sustituida por las decisiones de un burócrata. Su ley es brutal: no define las restricciones o sanciones con parámetros objetivos, sino que las hace depender de la sensatez de los funcionarios. Los subsidios se adjudicarán "cuando sea necesario". Y un empresario puede ser castigado si intermedió "innecesariamente", si vendió o produjo menos "sin causa justificada", si acaparó stock "más de lo necesario" o si obtuvo ganancias "abusivas". Misericordioso, el ministro advirtió que no incluirá sanciones penales. Ni falta que hace: el gobierno ya desenfundó la ley antiterrorista.

Kicillof vive una ensoñación. La presidente colocó a sus pies la gran maquinaria peronista para que él ponga a prueba su tesis más controvertida: la que afirma que la Unión Soviética fracasó por un déficit de software. Para esta concepción, la inflación y la recesión no se deben a un desequilibrio impersonal de las variables económicas, sino a la perversidad constitutiva del mercado. El precio, para Kicillof, no es el resultado de la oferta y la demanda. Es el lugar donde se libra la lucha de clases. Donde el poderoso se apropia de la plusvalía del oprimido. Por lo tanto, es imposible que haya precio justo. Salvo que intervenga el Estado. En este caso, él.

La señora de Kirchner está hipnotizada por estas lucubraciones. Kicillof pone en un pentagrama un tarareo que suena en su cabeza desde los fogones universitarios de La Plata. Ella recibe del ministro argumentos para intuiciones que tiene por seguras antes de cualquier verificación. La idea de que los desarreglos de la economía se corrigen con más planificación estructura una creencia atávica del kirchnerismo: la presunción de que no hay en la vida social dinámica alguna que no pueda ser disciplinada por la voluntad del que manda. Según esta premisa, todo es política. Por eso, donde muchos ven desequilibrios sistémicos, Cristina Kirchner ve un complot.

Ante la adversidad, los seres humanos suelen emprender un repliegue defensivo hacia las convicciones más arcaicas. No debería sorprender, entonces, que las interpretaciones conspirativas de la Presidenta estén alcanzando una dimensión casi galáctica. El jueves, en la Casa Rosada, detalló cómo funciona la confabulación a la que está siendo sometida en estos días. Reconstruyó el rompecabezas, dijo, con el apoyo de la AFIP. El primer motor inmóvil es Mark Brodsky, del fondo Aurelius, que comunicó el final de las negociaciones de los holdouts con los bancos. Brodsky, que según la Presidenta hacía de "policía bueno" en las tratativas con el Gobierno, amenazó: "Lo peor está por venir".

La señora de Kirchner explicó cómo el plan se puso en marcha. La empresa Donnelley and Sons -que ella tradujo "and hermanos"-pidió la quiebra y echó a 400 empleados. La vinculación entre un hecho y otro, para ella, salta a la vista. Paul Singer, el titular del fondo NML, había tenido acciones de Donnelley. Es verdad, Singer no es Brodsky. Además, sólo tuvo el 7% de las acciones. Y en diciembre del año pasado, en vez de ampliar su participación para socavar mejor a la Argentina, las vendió. Pero aquí está la clave: se las vendió a Blackrock. Y Blackrock es un fondo. No "buitre", es verdad. Es un fondo de inversión. Tipo The Old Fund. Uno de los que apostaron a Miguel Galuccio y compraron acciones de YPF. Además, Blackrock se presentó como amicus curiae en Nueva York para defender a la Argentina frente a Singer y Brodsky. Pero son imperfecciones de la teoría, que para la señora de Kirchner corroboran lo del policía bueno y el policía malo. En este caso, serían el mismo policía. Lo relevante es que Blackrock, con el 7% de las acciones, dispuso el cierre de Donnelley "and hermanos" por orden del pirómano Brodksy. Un ataque terrorista cuyo objetivo es evidente: desestabilizar a un gobierno que se va dentro de 500 días.

La Presidenta dejó algunas hebras sueltas en este "entramado mafioso". No mencionó que los "buitres" consiguieron que la justicia norteamericana investigue los movimientos de dinero de Lázaro Báez, su socio patagónico. Es la táctica con la que estas aves de rapiña pretenden disfrazarse de adalides contra la corrupción. Ya lo hicieron cuando litigaron contra Congo, en otro caso de default. Filtraban en The New York Times los gastos de tarjetas de crédito del presidente Denis Christel Sassou-Nguesso y sus hijos, es decir, brothers, en Vuitton, Dior y Gucci.

A las preguntas del juez Cam Ferenbach, de Nevada, seguirían las de otro juez californiano. Singer recurrió a los tribunales de ese estado para revelar el contrato secreto de YPF y Chevron. Tal vez por eso la Presidenta llamó a "que venga todo el capital que tenga que venir a explotar Vaca Muerta antes que otros quieran quedarse con el yacimiento".

Creatividad presidencial

Invitar a invertir en el mismo discurso en el que se presenta una quiebra como un acto terrorista es de una gran creatividad. Porque "los que tienen que venir a explotar Vaca Muerta" corren el riesgo de ser vistos algún día como "los que se quieren quedar con el yacimiento". Más llamativo es que la señora de Kirchner se ufane: "Ya no tenemos superávits gemelos, pero estamos importando combustibles por entre 12.000 y 14.000 millones de dólares".

La afirmación es significativa porque demuestra el fracaso del decreto 1277, con el que Kicillof quiso regular la energía. Es la semilla de la ley de abastecimiento. El descalabro energético está en el centro del problema macroeconómico que Kicillof promete resolver interviniendo empresas. El déficit de hidrocarburos produjo una caída en las reservas monetarias que obliga a reducir importaciones. El miércoles pasado, por orden del Banco Central, una empresa debió repartir en dos días un pago de 600.000 dólares. Por esas horas, Juan Carlos Fábrega dijo a directivos de varias automotrices: "Si el swap de reservas con China no llega a funcionar, dejo el cargo; no quiero soportar otro enero". Los expertos sostienen que el swap no se activará por más de 2000 millones de dólares.

La inflación está garantizada: el gasto público interanual creció en junio 56%. El déficit se cuadruplicó y se financiará con emisión. Quiere decir que el deterioro del salario y del nivel de actividad adquieren una dimensión superior a la capacidad de Brodsky y de Blackrock.

El Gobierno conseguirá su ley de abastecimiento. Pero el malestar determinará el ajedrez electoral. En las compañías anotan las declaraciones de los políticos. Sobre todo una de la Presidenta: "No queremos que los empresarios nos fundan a los argentinos". A "patria o buitres" sigue ahora "empresarios o argentinos".

El G-6 podría pedir definiciones a los candidatos. Un problema para Scioli, Randazzo o Domínguez. Carlos Zanini sabrá esta noche lo que piensan los hombres de negocios. Su amigo Gustavo Cinosi convocó para hoy a varios. La oposición piensa sacar ventaja. En Pro, por ejemplo, planean la captura de Héctor Méndez, el titular de la UIA. Buscan a su Mendiguren.

En el PJ la preocupación se extiende. Kicillof ha tomado el gabinete y aislado a la Presidenta. Lo advierte un habitué a los actos oficiales: "Cuando ella habla de economía lo mira a él buscando aprobación". Como Fábrega, que ve otro enero en el horizonte, muchos gobernadores temen volver a perder las elecciones. Hay señales: el rionegrino Alberto Weretilneck aca de sumarse a Sergio Massa.

Los mercados tienen miedo. Se cansaron de perder por no calcular las jugadas del Gobierno. Se parecen a Nicolino Locche, quien, cuando Abel Laudonio le infligió una derrota, dijo: "El otro peleó tan mal que no pude adivinarle un solo golpe".

Fuente: dierio La Nación.

Archivado en: Actualidad 5 Comentarios
14ago/141

¿Qué pasa en Chile?

Por Mauricio Rojas.

Hace no mucho participé en una reunión convocada por Mario Vargas Llosa en Madrid donde el tema de Chile ocupó un lugar central. La pregunta que rondaba en el ambiente era “¿Qué le pasa a Chile?”, y surgía de la incapacidad de comprender cómo el país que durante décadas fue un ejemplo de progreso en América Latina pueda estar hoy planteándose la revisión de las bases mismas de ese progreso. La explicación de algo tan sorprendente no está, sin embargo, en el fracaso del modelo chileno sino, paradojalmente, en su éxito.

Chile ha experimentado un desarrollo extraordinario durante las últimas tres décadas. Su crecimiento económico ha superado largamente los promedios latinoamericanos o de los países desarrollados, multiplicado más de tres veces el ingreso real per cápita de la ciudadanía y provocado una enorme transformación social. Tal como muestra un estudio del Banco Mundial, Chile fue el país que más movilidad social ascendente experimentó en América Latina entre 1992 y 2009. En este lapso, casi dos tercios de la población chilena cambió de clase, pasando de una situación de pobreza a una de vulnerabilidad o de la vulnerabilidad a la clase media. Incluso ser pobre ha cambiado radicalmente durante estas últimas décadas. Los pobres de hoy disponen, en términos reales, de un ingreso que multiplica 2,5 veces el que tenían en 1990.

Todo este cambio socioeconómico ha llevado aparejada una verdadera revolución educativa que ha tenido su expresión más clara en la educación superior, cuyo número de estudiantes aumentó diez veces entre 1980 y 2013. Paralelamente, se ha ampliado de manera extraordinaria el acceso a viviendas mejores, bienes de consumo durables, medios modernos de transporte y comunicación, viajes dentro y fuera del país y otros componentes de un estándar de vida que se acerca a aquel de los países de altos ingresos.

Estos cambios han redimensionado el horizonte de aspiraciones y problemas de los chilenos. Atrás han ido quedando las demandas e inquietudes propias de una sociedad marcada por la pobreza y se han abierto paso las de los nuevos sectores emergentes. Ahora bien, el rápido progreso tiene una característica que fácilmente lo torna insuficiente por más exitoso que sea en el plano objetivo: las expectativas tienden a crecer más rápidamente que la capacidad de satisfacerlas y se genera así un malestar que, a simple vista, no guarda relación con los progresos alcanzados. Este malestar del éxito es lo que Émile Durkheim llamó “crisis felices” (crises heureuses), provocadas por un progreso tan rápido que “exalta los deseos”, haciéndolos “más exigentes, más impacientes”, pero también imposibles de colmar ya que “las ambiciones sobreexcitadas van siempre más allá de los resultados obtenidos, cualesquiera que ellos sean”.

Esta evolución ha cambiado el foco de atención de la sociedad chilena, que pone hoy el acento no ya en los logros sino en las carencias del camino recorrido. Con ello se han hecho visibles las deficiencias de un crecimiento que, efectivamente, dejó mucho que desear en el aspecto cualitativo y que albergó, además, una serie de situaciones de abuso rampante. Ello se debió –especialmente durante los veinte años de gobiernos de izquierda que van de 1990 a 2010– tanto a un sinfín de fallas regulatorias como a una escasa voluntad política de aplicar la normativa vigente. Lo paradojal es que estas fallas del Estado y la regulación, es decir, de la política, terminaron siendo achacadas almodelo en sí, como si una economía abierta de mercado fuese por necesidad sinónimo de negociado, abuso y lucro ilícito.

Otra perspectiva crítica que se instaló fuertemente en el debate público fue la de la desigualdad. Se trata de otra de las paradojas del éxito alcanzado. Atrás quedó el eterno debate sobre cómo derrotar a la pobreza y se pasó a discutir la distribución de los beneficios del progreso. Ahora bien, lo que a las claras nos dice que se trata de un cambio de perspectiva es que los altos niveles de desigualdad de la sociedad chilena son de larga data, sin por ello haber dominado el escenario político como lo han hecho recientemente. Más aun, el protagonismo del tema de la desigualdad coincide con una reducción sostenida de las desigualdades reales. Pero el progreso es así, lo que era tolerable en presencia de necesidades más apremiantes se hace intolerable cuando nuestro horizonte pasa de las carencias absolutas a las relativas y a la comparación con lo que otros tienen.

Es en este contexto que se instala, a partir de 2011, un discurso que cuestiona frontalmente todo lo realizado y llama a la refundación de Chile sobre bases muy distintas a aquellas que tanto progreso le han dado. Este salto a “otro modelo” es lo que hoy se le está proponiendo en Chile. A nombre de reivindicar “lo público” y luchar por una sociedad “más justa”, se propone la instauración de un modelo estatista –el del gran Estado benefactor– que en Europa ha sido abandonado por aquellos países, como Suecia, que más avanzaron en esa dirección. En esta perspectiva, resulta patético ver cómo el gobierno de Michelle Bachelet trata de hacer de soluciones fracasadas y descartadas por sus creadores una panacea para el consumo local.

En todo caso, ya se comienzan a ver, claramente, las consecuencias del accionar del nuevo gobierno: el crecimiento económico prácticamente se ha paralizado, el desempleo aumenta, los inversionistas extranjeros comienzan a elegir otros destinos y el peso se debilita frente al dólar. En lo político, la coalición gobernante se ve remecida por fuertes tensiones entre sus alas más moderadas, representadas por la Democracia Cristiana, y aquellas más extremas, lideradas por el Partido Comunista. Incluso la popularidad de Bachelet, que parecía intocable, se ha resentido notoriamente, para no hablar de la de su gobierno, que cae en picado en las últimas encuestas. A ello se suma un elemento decisivo: las amplias clases medias comienzan a reaccionar ante laspropuestas socializantes del gobierno, en particular la reforma educacional que abiertamente busca la estatalización de la educación chilena.

Así, todo indica que los chilenos están pasando, aceleradamente, del malestar del éxito al miedo al fracaso. Es de esperar, por el bien de Chile, que el mensaje le llegue con claridad a Michelle Bachelet.

Fuente: La Prensa Popular

Archivado en: Actualidad 1 Comentario