A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

17oct/143

El gran arquitecto de la República

Por Raúl Faure.

Julio Argentino Roca fue el primer presidente de la República definitivamente organizada luego de que se declarara a la ciudad de Buenos Aires como capital, tras siete décadas de enfrentamientos entre porteños y provincianos.

Para que las jóvenes generaciones comprendan el significado histórico de la designación de Buenos Aires como capital y asiento de las autoridades nacionales debe decirse que en las batallas libradas en junio y julio de 1880, entre los partidarios de su nacionalización y los partidarios de su autonomía, murieron más compatriotas que durante todos los años que insumieron las guerras por la independencia de la corona española, entre 1810 y 1824.

La significación política y moral de su gobierno, Roca la explicó brevemente ante la Asamblea Legislativa que le tomó juramento con estas palabras: “El secreto de nuestra prosperidad consiste en la conservación de la paz; puedo deciros, sin jactancia, que mi divisa será paz y administración”

No pretendió ser, ni lo fue, un gobernante providencial. No em­baucó a la población con fábulas autorreferenciales ni con falsos relatos, no fue jefe de un clan rentado por el Estado, y jamás utilizó la mofa para humillar a sus adversarios. Solo prometió paz y administración. Y cumplió.

Una obra singular

Era Argentina, entonces, una vasta extensión ubicada en los confines australes, desgarrada por el desierto, las distancias y la incomunicación entre sus diversas regiones. Al cabo de los seis años que duró su mandato, aun hoy la obra ejecutada causa asombro y admiración.

Se duplicó la extensión de las vías férreas que, de 2.500 kilómetros (km) pasaron a cinco mil kilómetros y se tendieron seis mil km de líneas telegráficas para conectar entre sí y con el litoral a las provincias del interior y se protegió la soberanía nacional sobre los confines de la Patagonia y las zonas limítrofes con Chile, Paraguay y Bolivia, en los actuales territorios de Misiones, Chaco, Formosa y Neuquén.

Roca utilizó los únicos recursos básicos con los que se contaba, en esa época, para impulsar la producción, incorporando capitales y mano de obra europea y los más modernos adelantos tecnológicos bajo el amparo de las leyes y el honor nacional. Para tener una idea de la magnitud de esos aportes, debe decirse que el 40 por ciento de las inversiones del Reino Unido en el exterior fueron destinadas a nuestro país, y que se radicaron medio millón de inmigrantes.

En 1878 importábamos trigo y harina. En 1880 logramos auto­abastecernos. Y en 1886, las 100 colonias agrícolas fundadas en Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba ya pro­ducían granos para exportar. En Cuyo, las bodegas nativas produ­jeron más vino que las de España y Francia sumadas.

En la llanura, escenario de malones y depredaciones que destruyeron familias de colonos y poblaciones levantadas junto a los viejos fortines, se fundó la pampa gringa. James Scobie, el historiador norteamericano que consagró parte de su vida al estudio de esa época tituló uno de sus más ­célebres libros Revolución de las pampas para poner de relieve las hondas transformaciones y el progreso que convirtieron al país, en solo dos décadas, en una potencia mundial.

Educación, salud y cultura

La unificación del sistema monetario, el crédito bancario dirigido a la producción rural, las leyes que garantizaron la libertad de cultos, la enseñanza primaria obligatoria, laica, gratuita y la divulgación de ciencias aplicadas en las universidades, entre otras medidas adoptadas por el gobierno de Roca, permitieron que Argentina se convirtiera en un “crisol de razas”.

El Estado tomó a su cargo de la edición de las obras de Sarmiento, de Alberdi, de Mitre, de Vicente López y de los científicos europeos que investigaron la geología, la geografía, la botánica, y la zoología y se sancionaron las leyes de procedimientos penales y civiles en reemplazo de los códigos heredados de 
la colonia.

En la ciudad portuaria, ahora sede de las autoridades nacionales, se realizaron obras de salubridad, se abrieron nuevas calles y avenidas, se modernizaron plazas y paseos, se inició la construcción del nuevo puerto y se habilitó el Hospital de Clínicas, el primero y más avanzado de América del Sur. La vieja ciudad virreinal dio paso a una metrópoli pujante, que contaba con servicios desconocidos aun para muchas ciudades europeas. Al cabo de dos décadas Buenos Aires fue bautizada como “la París del Plata”.

Y se acometió la proeza de edi­ficar una nueva ciudad diseñada por urbanistas europeos, para sede de las autoridades bonaerenses, la ciudad de La Plata, orgullo de los argentinos.

El legado

Con excepción de los profesionales contratados por el actual gobierno para falsear y desfigurar nuestra historia, todos los investigadores objetivos de nuestra historia coinciden en que Roca fue el presidente que necesitaba el país en su etapa fundacional.

Recibió una nación en ciernes y dejó una nación verdadera. Con imperfecciones y errores, como toda obra humana. Pero con cimientos firmes. No impuso su autoridad a los golpes ni se rodeó de genuflexos ni de adulones.

Al concluir su mandato, el 12 de octubre de 1886, no necesitó hablar durante horas, ni recibir aplausos forzados para hacer su balance. Dijo serena y sencillamente: “Concluyo mi gobierno sin haber tenido que informar de guerras civiles, de intervenciones sangrientas, de levantamientos de caudillos, de empréstitos gastados en contener desórdenes y sofocar rebeliones, de depredaciones de indios, de partidos armados contra la autoridad de la Nación, sin haber decretado, un solo día, el estado de sitio, ni condenado a un solo ciudadano a la proscripción pública”.

Roca nació en San Miguel de Tucumán en 1843 y murió en Buenos Aires el 19 de octubre de 1914.

Fuente: La Voz del Interior

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12oct/141

El guiñol

Por Pilar Rahola
Como todo país de sustrato mediterráneo, Argentina tiene tendencia al histrionismo. Es cierto que esa característica ha sido, para el mundo de la creación, una fuente inagotable de talento, no en vano el exceso tiende a la creatividad. Pero, y en igual proporción, ha sido históricamente letal para la política porque ha producido algunos engendros de difícil digestión.
El último espectáculo histriónico, y quizás el más guiñolesco, es el que perpetra desde hace años la presidenta Cristina Fernández, cuya derivación hacia el absurdo está llevando al país hacia el vacío. Hace muchos años, en su casa de Montevideo, la mente incisiva de Sanguinetti respondió con munición cargada a mi poco inocente pregunta.
"¿Hacia dónde va Argentina, presidente?", y el notable pensador me dijo: "Querida, Argentina no va a ninguna parte".
Si esa ácida respuesta fue verdad en algún momento, ese momento es ahora, con un país al borde de la quiebra económica, pero sobre todo, en quiebra política, democrática y moral. Quizás Sanguinetti se equivocaba y Argentina iba hacia algún lugar, pero sin duda es un lugar inhóspito.

¿Cómo es posible que un país tan importante, con tanto capital humano, tantos recursos naturales y tanto empuje haya caído en manos tan simples y sórdidas? Lo último, en medio de una crisis político-judicial de gran envergadura, es el sainete folletinesco de doña Cristina Fernández avisando de complots yanquis para matar a su ínclita persona.
En una derivación bolivariana al uso, la presidenta ha montado un circo con espías americanos, conspiradores argentinos e intentos de magnicidio.
Como era de esperar, los norteamericanos aún intentan vislumbrar si se trata de un tango con mala letra, una estrategia a lo bestia para ganar enteros en el mercado del populismo, o sencillamente se ha vuelto loca.
Y todas las hipótesis están abiertas, porque siguiendo el recorrido de sus amigos venezolanos y cubanos-modelo hacia el cual viaja, a pasos acelerados, Argentina-, nadie tiene la certeza de si el mejunje ideológico de la presidenta no contiene los tres elementos.

Sea como sea, lo peor del Gobierno argentino, el peor de la historia, no son los errores de bulto, que han llevado a su economía al borde del abismo; ni sus planteamientos maniqueos, que intentan dividir al país entre buenos y malos ciudadanos; ni sus persecuciones políticas, cada vez menos disimuladas; ni la lista de sus aliados preferentes, donde parece estar lo mejor de cada casa; ni tan sólo lo peor es el deterioro sistemático de la democracia argentina.
Lo peor de lo peor es que este país tan orgulloso de su imagen está perdiendo, Cristina mediante, el sentido del ridículo. La historia asegura que nadie, en el mundo, hizo más el ridículo que Calígula cuando nombró cónsul a su caballo. Quizá sea cierto, pero Cristina Fernández se está entrenando mucho para superar cualquier ridículo histórico. ¡Qué triste, para un país tan digno!
Guiñol= Representación teatral por medio de títeres movidos con las manos.

Fuente: La Vanguardia.com

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10oct/141

Carta Abierta 17 (o el triste papel de los intelectuales orgánicos)

Por Ricardo Lafferriere

Varias ediciones anteriores del grupo kirchnerista “Carta Abierta” fueron comentadas en este espacio. En todos los casos, rebatimos medularmente sus conceptos, enlazados en oraciones tan interminables como herméticas cuya conclusión inexorable era siempre el aplauso a cualquier medida surgida de la actual administración.

Los firmantes de Carta Abierta han decidido abiertamente asumir el papel que, en el siglo pasado, desempeñaban en las dictaduras stalinistas los “intelectuales orgánicos”. Se trataba de personas con indudable formación personal que, sin embargo, la ponían al servicio del poder en forma absolutamente acrítica. Justificaron los veinte millones de muertos que Joseph Stalin produjera en la Unión Soviética, ensalzaron los “juicios-espectáculo” en los que sometían al escarnio a honorables ciudadanos en los que detectaban algún matiz de diferencia de criterio con la línea oficial del Partido, los que eran remitidos a la muerte en el destierro siberiano, la desaparición o el fusilamiento clandestino. O, simplemente, justificaban con afirmaciones vacías impostadamente letradas las “purgas” producidas en alguna lucha interna del partido del gobierno, o la “caída en desgracia” por el capricho personal del dictador al que servían.

No les interesaban las consecuencias, ni los derechos de las personas, ni los reales objetivos perseguidos por el poder. No expresaban cuestionamiento alguno al enriquecimiento de los jerarcas del partido, ni a la inexistencia de una justicia imparcial. Olvidaron los valores que sus antecesores en la inteligencia rusa antes de la Revolución de Octubre escribieron en páginas inolvidables de denuncia a las injusticias y a la prepotencia del poder omnímodo del zarismo. Dejaron de defender la libertad, convertida en un valor “burgués”, retrocediendo a tiempos anteriores a las propias revoluciones democráticas de los siglos XVIII y XIX.

Éstos, los nuestros, por supuesto que no llegan a esos extremos. Algo lleva sin embargo intuir que si el gobierno que los apaña y ellos defienden decidiera recurrir a métodos parecidos, encontrarían frases grandilocuentes y sesudas construcciones semánticas para explicarlos y justificarlos. Su silencio ante el trato inhumano conferido a los “detenidos por delitos de lesa humanidad” es un indicio de esta convicción.También su exculpación de funcionarios procesados por hechos de corrupción, la masacre de la etnia Qom en Formosa y Chaco, o su silencio ante la complicidad de altos funcionarios con la trata de personas y el narcotráfico o las muertes de Once, de La Plata o durante los reclamos de diciembre del 2013.

Uno de sus principales exponentes, hace aproximadamente un año, descalificaba a un juez norteamericano por su aspecto físico, al más puro estilo de los ataques raciales del nazismo. En estos días ha sido la propia presidenta la que ha caído en la misma bajeza, discriminando al mismo juez –ante la ausencia de argumentos jurídicos válidos- por su edad y consecuente fragilidad física. Despreciables actitudes, indignas de personas cultas y repugnantes en personas con poder.

Hoy, ese mismo conglomerado reitera afirmaciones cuya desmentida es realizada por la propia realidad. A esta altura del proceso económico y social argentino, seguir ensalzando una gestión quecoloniza la justicia, reduce el salario, aumenta la desocupación, vacía las reservas, entrega por migajas la riqueza petrolera, agiganta la deuda, incrementa la inseguridad, se mimetiza con el narcotráfico, desarma la infraestructura, fortalece el aislamiento internacional, ensalza la violencia en la convivencia y divide a la sociedad artificialmente es más una pérdida de tiempo que un desafío intelectual. Es imposible debatir con quienes, a sabiendas, construyen juicios sobre la mentira.

Que sigan con sus letanías. A diferencia de ellos, sostenemos su derecho a decir lo que piensan. Digan las sandeces que digan, y en el lugar que sea. Aunque también decimos que si en algún momento fueran censurados, levantaríamos la voz en su defensa en nombre de una civilización política y de valores morales que consideramos vigente cualquiera sea el color ideológico de quienes lo sufrieran.

Fuente: Notiar

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25sep/143

Carta abierta al gobernador José Manuel de la Sota

Señor Gobernador:

Con el respeto que me merece su investidura, quiero formularle algunas reflexiones acerca de conductas suyas que estimo reñidas con la ética republicana. Ante todo quiero recordarle que es Ud. nuestro empleado, al que hemos contratado para administrar los bienes comunes en nuestro beneficio, y que para eso le pagamos un importante sueldo, una casa con todas sus instalaciones y gastos, y suntuosas oficinas con miles de empleados que están a su servicio. Asimismo, de nuestro bolsillo salen los recursos para costearle automóviles, choferes, un helicóptero con sus pilotos, combustible, gastos de representación, viajes y varios ítems más.

Va de suyo que el uso de tales recursos debe ser aplicado en beneficio de todos los cordobeses, que somos sus dueños y los que con nuestros impuestos sostenemos el erario público. Por el contrario, su utilización en favor de sus intereses particulares constituye una grave falta de ética.

Advierto, señor gobernador, que Ud. incurre en ella cuando se vale de la publicidad oficial para elogiar las obras realizadas por su gobierno o para exaltar su propia persona, llegando incluso al extremo de haber sustituido el nombre de la Gobernación por su propio apellido. Dicha inconducta está categóricamente prohibida por la ley de ética en el ejercicio de la función pública N° 25.188, cuando en su artículo 42° dice que

 

La publicidad de los actos, programas, obras, servicios y campañas de los órganos públicos deberá tener carácter educativo, informativo o de orientación social, no pudiendo constar en ellas nombres, símbolos o imágenes que supongan promoción personal de las autoridades o funcionarios públicos.

 

También están reñidos con la ética republicana sus públicas participaciones en campañas electorales, a través de la concurrencia a actos partidarios, de las adhesiones y promociones de candidatos y, de un tiempo a esta parte, de los viajes que realiza por el país para tratar de instalar su precandidatura a presidente de la Nación, sin haber renunciado a su cargo de gobernador o, cuanto menos, haber solicitado licencia.

Al respecto es bueno tener presente las palabras de Juan Bautista Alberdi, el autor de las bases de nuestra Constitución, quien en el tomo IX de sus Escritos Póstumos, afirmaba que

 

El mayor ultraje que los gobernantes hacen a la libertad, no está escrito en ninguna Constitución: es el consistente en las candidaturas oficiales, en su intervención en las elecciones, función de soberanía inmediata y directa, exclusiva del pueblo, en el que el gobierno no puede mezclarse sin hacerse culpable del crimen de usurpación de la soberanía popular.

 

A lo que añadía más adelante, en prosa más sintética y contundente: “El gobierno que participa en política partidaria comete un crimen de lesa humanidad”.

Quiero además pensar, señor gobernador, que a esos viajes mencionados los realiza en su automóvil particular o en vuelos regulares, que sus costos salen de su propio peculio y que no que se vale para ello de los bienes y recursos que le hemos confiado. Porque si así no fuera, estaríamos en presencia de hechos de suma gravedad institucional, que constituirían un delito y ameritarían por ende un pedido de juicio político.

En orden a esto es bueno hacerle presente que, entre las numerosas causas penales que enfrenta actualmente el señor vicepresidente de la Nación, se cuenta una por el uso de un helicóptero de Gendarmería Nacional para asistir a un acto partidario en la ciudad de Mercedes.

Por todo lo antedicho, me permito invitarlo a que reflexione acerca de su conducta, se abstenga de reiterar los actos aludidos y dedique su tiempo a administrar la Provincia –objeto para el cual lo hemos contratado– y no a expoliar sus recursos en su provecho. Lo saluda respetuosamente

Prudencio Bustos Argañarás, ciudadano

(La Voz del Interior)

 

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24sep/145

Formando ciudadanos débiles

por Eduardo García Gaspar.

Es un efecto de la democracia. Una consecuencia indeseable. Un cambio en la mentalidad de las personas. Todo comienza en las elecciones a puestos públicos. La fiera competencia convierte a las campañas en la oferta de remedios a los problemas personales.

Eso transforma a los gobiernos en agencias de soluciones a las dificultades de la vida de los ciudadanos. Y esta vida personal, es redefinida por la persona.

Veamos esto más de cerca, en algo que creo que bien merece una segunda opinión.

Comencemos con las campañas electorales, que se han convertido en ofertas de soluciones a situaciones personales y familiares. Hablo de ofertas de pensión, seguro de desempleo, educación, servicios médicos y lo que se le ocurra a usted.

Los gobiernos se ofrecen como proveedores de soluciones generales de casi cualquier problema.

Es el gobierno que ha sufrido una mutación significativa a un proveedor de vidas placenteras y cómodas. Kenneth Minogue (1930-2013) lo ha expresado muy bien:

“… proveer una experiencia de vida libre de dolor, donde el dolor se encuentra en cosas como reprobar un examen, ser despedido por incompetente, ser juzgado y encontrado deficiente, e incluso, en algunos casos, tener la expectativa de deber trabajar”.

En un esquema normal se esperaría que la gente misma se hiciera cargo de la solución de sus propios problemas, sea el despido del trabajo o el pago de colegiaturas. Cada persona es considerada como capaz de hacerlo, seguramente con ayuda de otros, pero jamás trasladando su responsabilidad a otros.

En el esquema normal, los problemas personales son incentivos que mueven a la persona a valerse por sí misma, a aceptar las consecuencias de sus acciones, las buenas y las malas.

Pero el esquema normal ha sido girado 180 grados sobre su eje. De la responsabilidad personal se ha pasado a la responsabilidad gubernamental. Es ahora el gobierno el que debe proveer esa existencia libre de preocupaciones a sus gobernados.

La mutación gubernamental es detonada por el ansia de permanecer en el poder, el primer objetivo de todo político, el que suele ponerse en la situación de proveedor de felicidad social. Determina problemas a los que convierte en objetivo gubernamental y vende soluciones en las elecciones.

“Si votas por mí, decretaré seguro de desempleo, ayudas a madres solteras, oferta de condones, admisión sin exámenes…”

La oferta de felicidad social lograda por acciones de gobierno se convierte en la medición de buen gobierno. Y buen gobierno ya no es el que bien gobierna, sino el que más responsabilidades quita a los ciudadanos.

El cambio es sustancial y necesita de dosis masivas de recursos inyectadas a actos no productivos en lo general, lo que vuelve al sistema inestable y propenso a crisis de finanzas públicas. No me adentro en esta parte, pero sí en otra que suele ser descuidada.

Me refiero a la transformación significativa de la mentalidad del ciudadano: el ablandamiento de su carácter, el debilitamiento de su potencial.

El traslado de responsabilidades al gobierno lo vuelve endeble y lánguido. Incluso, delicado de tal manera que llega a pensar que si el gobierno no le da más, eso viola sus derechos.

Otra vez cito a K. Minogue:

“ … el advenimiento del estado de bienestar ha erosionado la centralidad no solo de los deseos sexuales, sino también de la prudencia y la temperancia. El estado ha tomado para sí muchas de las funciones de la vida familiar, de las sociedades de amigos y uniones, y de las de caridad, y en todos los casos el proceso ha separado al individuo de las instituciones”.

Este es un efecto pocas veces notado de manera explícita.

La fuerza activa de cada una de las personas se ha anulado y si acaso es usada, ella se dedica a marchas de protesta que exigen una lista creciente de derechos a la felicidad que el estado debe dar y que están avalados por no sé qué organismo internacional.

La sociedad entera pierde las contribuciones potenciales del ciudadano que acepta sus responsabilidades, una fuente diversificada de prosperidad.

En su lugar, todos comienzan a depender de una manera u otra de acciones gubernamentales como el gasto público creciente, la reducción de tasas de interés, la ampliación de servicios sociales, las ayudas a los segmentos débiles.

Todo comenzó con la distorsión de las campañas electorales convertidas en ofertas crecientes de renuncia a la responsabilidad personal, disfrazadas como derechos sociales que solo el gobierno puede satisfacer.

Puesto de manera políticamente incorrecta, el estado de bienestar tiene un efecto indeseable en el carácter de la persona, volverla frágil, impotente y débil. Una sociedad formada por personas así es la más fácil presa del totalitarismo.

O como expresa un amigo, “el estado de bienestar crea una generación de niños mimados que sólo pueden dejar de reclamar con la pérdida de su libertad”.

Post Scriptum

Quizá deba agregar que el estado de bienestar es económicamente insostenible: reclama el uso de más y más recursos producidos por un grupo cada vez más pequeño de personas que no viven del gobierno.

 

Veamos esto más de cerca, en algo que creo que bien merece una segunda opinión.

Comencemos con las campañas electorales, que se han convertido en ofertas de soluciones a situaciones personales y familiares. Hablo de ofertas de pensión, seguro de desempleo, educación, servicios médicos y lo que se le ocurra a usted.

Los gobiernos se ofrecen como proveedores de soluciones generales de casi cualquier problema.

Es el gobierno que ha sufrido una mutación significativa a un proveedor de vidas placenteras y cómodas. Kenneth Minogue (1930-2013) lo ha expresado muy bien:

“… proveer una experiencia de vida libre de dolor, donde el dolor se encuentra en cosas como reprobar un examen, ser despedido por incompetente, ser juzgado y encontrado deficiente, e incluso, en algunos casos, tener la expectativa de deber trabajar”.

En un esquema normal se esperaría que la gente misma se hiciera cargo de la solución de sus propios problemas, sea el despido del trabajo o el pago de colegiaturas. Cada persona es considerada como capaz de hacerlo, seguramente con ayuda de otros, pero jamás trasladando su responsabilidad a otros.

En el esquema normal, los problemas personales son incentivos que mueven a la persona a valerse por sí misma, a aceptar las consecuencias de sus acciones, las buenas y las malas.

Pero el esquema normal ha sido girado 180 grados sobre su eje. De la responsabilidad personal se ha pasado a la responsabilidad gubernamental. Es ahora el gobierno el que debe proveer esa existencia libre de preocupaciones a sus gobernados.

La mutación gubernamental es detonada por el ansia de permanecer en el poder, el primer objetivo de todo político, el que suele ponerse en la situación de proveedor de felicidad social. Determina problemas a los que convierte en objetivo gubernamental y vende soluciones en las elecciones.

“Si votas por mí, decretaré seguro de desempleo, ayudas a madres solteras, oferta de condones, admisión sin exámenes…”

La oferta de felicidad social lograda por acciones de gobierno se convierte en la medición de buen gobierno. Y buen gobierno ya no es el que bien gobierna, sino el que más responsabilidades quita a los ciudadanos.

El cambio es sustancial y necesita de dosis masivas de recursos inyectadas a actos no productivos en lo general, lo que vuelve al sistema inestable y propenso a crisis de finanzas públicas. No me adentro en esta parte, pero sí en otra que suele ser descuidada.

Me refiero a la transformación significativa de la mentalidad del ciudadano: el ablandamiento de su carácter, el debilitamiento de su potencial.

El traslado de responsabilidades al gobierno lo vuelve endeble y lánguido. Incluso, delicado de tal manera que llega a pensar que si el gobierno no le da más, eso viola sus derechos.

Otra vez cito a K. Minogue:

“ … el advenimiento del estado de bienestar ha erosionado la centralidad no solo de los deseos sexuales, sino también de la prudencia y la temperancia. El estado ha tomado para sí muchas de las funciones de la vida familiar, de las sociedades de amigos y uniones, y de las de caridad, y en todos los casos el proceso ha separado al individuo de las instituciones”.

Este es un efecto pocas veces notado de manera explícita.

La fuerza activa de cada una de las personas se ha anulado y si acaso es usada, ella se dedica a marchas de protesta que exigen una lista creciente de derechos a la felicidad que el estado debe dar y que están avalados por no sé qué organismo internacional.

La sociedad entera pierde las contribuciones potenciales del ciudadano que acepta sus responsabilidades, una fuente diversificada de prosperidad.

En su lugar, todos comienzan a depender de una manera u otra de acciones gubernamentales como el gasto público creciente, la reducción de tasas de interés, la ampliación de servicios sociales, las ayudas a los segmentos débiles.

Todo comenzó con la distorsión de las campañas electorales convertidas en ofertas crecientes de renuncia a la responsabilidad personal, disfrazadas como derechos sociales que solo el gobierno puede satisfacer.

Puesto de manera políticamente incorrecta, el estado de bienestar tiene un efecto indeseable en el carácter de la persona, volverla frágil, impotente y débil. Una sociedad formada por personas así es la más fácil presa del totalitarismo.

O como expresa un amigo, “el estado de bienestar crea una generación de niños mimados que sólo pueden dejar de reclamar con la pérdida de su libertad”.

Post Scriptum

Quizá deba agregar que el estado de bienestar es económicamente insostenible: reclama el uso de más y más recursos producidos por un grupo cada vez más pequeño de personas que no viven del gobierno.

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18sep/141

Es la guerra santa, idiotas

Por Arturo Pérez-Reverte.

Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».

Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».

Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».

A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

Fuente: Minuto digital.

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14sep/145

La mirada cuyana de San Martín

Por Luis Alberto Romero.

Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires”. La popular frase revela las frustraciones de un federalismo que no fue. En 1852, catorce provincias concurrieron a un acuerdo constitucional basado en una ficción verosímil: la igualdad de derechos. Pero la historia marchó en otro sentido. La formación del Estado y el desarrollo del capitalismo centralizaron al país federal y fortalecieron el papel de la ciudad capital.

Una centralización parecida ocurrió con el relato de la historia de la Nación, usualmente narrada desde la perspectiva de Buenos Aires. Esto resulta inevitable si se comienza, como es habitual, con dos episodios típicamente porteños: las Invasiones Inglesas y la Revolución de Mayo. Con ese arranque, es difícil salir de una senda que, por ejemplo, denomina anarquía al período iniciado en 1820, cuando Buenos Aires perdió su control de las Provincias Unidas.

Las cosas serían diferentes si se mirara simultáneamente lo que ocurrió en Chuquisaca, Montevideo o Asunción; en Santiago de Chile, Caracas, Bogotá o México, pues entre 1808 y 1810 el Imperio hispánico se resquebrajó en varios puntos simultáneamente, También serían diferentes si se privilegiara, antes que la Revolución de Mayo, la Declaración de la Independencia en Tucumán, en 1816.

Contar las cosas desde Buenos Aires es algo difícil de evitar, aun para quienes se lo proponen. Muchos historiadores de las provincias suelen reivindicar con energía la especificidad de sus circunstancias, ya se trate de 1810 o de 1945, pero finalmente terminan ubicando su relato como una variante de la gran narración nacional con centro en Buenos Aires.

Como escribió el historiador Fernand Braudel, es difícil evadirse de estas “cárceles mentales”.

Para los mendocinos, y no solo para ellos, la conmemoración del bicentenario de la llegada de San Martín a Mendoza abre la posibilidad de desarrollar otra mirada. ¿Cómo fue esa historia desde la perspectiva de San Martín?

Recuérdese que nunca estuvo cómodo en Buenos Aires, ni Buenos Aires lo trató con mucha estima. Desde la Logia Lautaro ayudó a cambiar el rumbo del gobierno revolucionario, luego dio pruebas de su pericia profesional, pero debió ceder el campo a Carlos de Alvear, hijo dilecto de los porteños. En Cuyo, en cambio, se sintió a sus anchas. Desde allí miró a Tucumán y al Congreso, y jugó todas sus cartas.

ambién miró a Santiago, siguiendo atentamente los avatares de la política chilena, en la que intervino muy activamente. Atisbó a Lima, su objetivo final, y a Buenos Aires. En este caso, le bastó saber que su amigo Pueyrredón exprimiría los recursos locales para solventar al ejército en formación. No le interesó la política porteña, ni consideró que su gran proyecto estuviera ligado a la suerte de sus facciones o al enfrentamiento con el artiguismo. Su negativa a defender al Directorio es un hecho difícil de colocar en la historia de una nación argentina narrada desde Buenos Aires. Pero en rigor, en 1820 la Argentina era apenas un esbozo de proyecto, que muchos interpretaban de manera diferente.

Uno de ellos era San Martín, para quien la ciudad rioplatense era una pieza más en el gran rompecabezas hispanoamericano que tenía en mente. No es extraño que así fuera. Basta pensar que este hijo de españoles, luego de vivir cinco años en Yapeyú -un lugar cuya argentinidad estaba lejos de ser evidente por entonces- volvió a la tierra de sus padres, ingresó en el ejército y sirvió al rey durante casi treinta años. Allí se hizo liberal e ilustrado, trató con muchos otros hispanoamericanos, como él, y entre ellos al general Solano, caraqueño, muerto en Cádiz por una turba partidaria de Fernando VII.

Hispanoamérica no era una colonia sino una parte del Imperio español, y poco después, en 1812, las Cortes de Cádiz declararon que con España formaban una sola nación. Hispanoamericano en España, liberal y masón, sumergido en las guerras desatadas por la invasión francesa, incómodo en un bando que incluía a quienes gritaban “vivan las cadenas”, San Martín depositó sus esperanzas en una Hispanoamérica liberada y liberal, donde construir un Estado fundado en la libertad y el orden.

Con esa mirada hispanoamericana concibió todo su proyecto, y asistió, quizá con cierto desconcierto, a la confusa emergencia de nuevos Estados, que comenzaban a privilegiar sus intereses locales. Resistió a la tentación, común a otros militares de entonces, de intervenir en los conflictos civiles. Fundó Estados, pero no perdió la esperanza en alguna forma futura de integración. Hizo lo posible para que todos tuvieran una matriz común, liberal y republicana. Estoy convencido de que no fue un prócer argentino, sino mucho más que eso.

La mirada de San Martín, cuyana e hispanoamericana, puede ayudarnos a entender la de Artigas, quien no imaginó estar fundando la República Oriental del Uruguay. O la de Güemes y la élite salteña, con el alma dividida entre Buenos Aires y el Alto Perú. O o la del General Paz, que buscó asentar en Córdoba un proyecto nacional, o la de Estanislao López, que tenía la misma esperanza con Santa Fe.

Esto es apenas el comienzo de un ejercicio que puede repetirse respecto de muchos otros momentos del pasado, sobre todo antes de que se generalizara la convicción de que Dios atendía en Buenos Aires. Pero además, ese relato complejo debe ser puesto en sintonía con las perspectivas del conjunto de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, con trayectorias parecidas y diferentes. No es tan difícil reconstruir cada una de estas miradas. El desafío para los historiadores es componerlas en un relato común y plural, como una fuga de Bach o un motete renacentista.

Ilusiones, quizá. Pero una historia más plural es parte de la construcción de un país plural en su dimensión regional, con muchos centros que desarrollen, cada uno, sus propias potencialidades, que se liberen de la tutela y las dádivas del gobierno central y que aporten, cada uno con lo suyo, a la construcción de una nación. Entonces Dios comenzará a atender en todas partes.

Fuente: diario Los Andes

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5sep/142

NO ESTOY DE ACUERDO y lo GRITO a los cuatro vientos

Por Cristian Sosa Barreneche.

Si abrió este mail es porque ha pensado que lo que va a leer será (probablemente) algo duro, fuerte, definitorio, o tal vez trágico o contundente.
Juzgará el lector al final del artículo.

Dice la noticia (1) que "Buscan imponer la obligatoriedad de la sala de 4 del nivel inicial" y nos comenta que la Presidente dijo que enviará el proyecto al Congreso y destacó que "como siempre vamos por más" al anunciar la extensión de la iniciativa a los chicos más pequeños.

El Ministro de Educación de la Nación cree que descubrió la pólvora cuando dijo que "los cinco primeros años de vida son fundamentales para el desarrollo infantil". Agregó que "la escolarización temprana representa el primer ingreso de los niños y sus familias en la esfera de lo público, y destacó el rol que cumplen las instituciones de nivel inicial de cara a la incorporación, cada vez más marcada, de las mujeres en el
mercado laboral
". "Hoy hablamos de escuela de nivel inicial, con objetivos educativos propios y una propuesta de formación integral que favorece el desarrollo cognitivo, afectivo, lúdico, corporal y social", explicó el ministro.

El proyecto, al modificar el artículo 16 de la Ley de Educación Nacional Nro. 26206 extiende la obligatoriedad escolar desde la edad de 4 años. Pero, además, modifica los artículos 18 y 19 de la Ley al fijar que la Educación Inicial constituye una unidad pedagógica y comprende los niños desde los 45 días de vida hasta los cinco años.

¿En qué no estoy de acuerdo?

Es cierto que los primeros cinco años de edad son "imborrables" y que quedan grabados como en una cinta cuyas marcas nunca se van. Es cierto que en esa etapa es gravitante en lo que a desarrollo cognitivo, afectivo, lúdico, corporal y social se refiere.

Pero, ¿qué tiene que hacer el Estado en esa personita desde los 45 días de edad hasta los 5 años?

Personalmente, creo que NADA, absolutamente NADA.

En realidad, sí tiene que hacer, pero no sobre los niños. Podría ser, en todo caso, sobre los padres. Formándolos y capacitándolos en cuestiones técnicas para ayudarlos a colaborar en su misión.

No estoy de acuerdo por las siguientes razones:

  • Porque son los padres quienes tienen la responsabilidad de la educación de sus hijos, tal como lo señalan la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), la Convención Americana sobre Derechos Humanos (1969), el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU (1966), la Ley de Educación Nacional, el Código Civil Argentino y la Constitución Nacional Argentina (2).
  • Otra razón es porque opino que el mejor lugar en donde puede estar un niño de ese rango de edad es con su madre -o quien cumpla ese rol- y que el Estado tiene la obligación de que esto sea posible. Y, si por las dudas alguien supone que ello es muy difícil o imposible (el famoso "no se puede") por razones económicas, le respondo que el dinero del Estado está justamente para eso. Que reoriente sus partidas presupuestarias y haga lo que tenga que hacer.
  • Por otra parte, el objetivo del Ministerio de Educación no es favorecer que las mujeres puedan trabajar. Ha perdido el foco el Sr. Ministro. Lo que tiene que lograr el Ministerio es que los niños, jóvenes, adultos y mayores de la Argentina aprendan lo que tienen que aprender para poder desempeñarse con éxito en sus vidad. Es lo que llamo la creación de un Nuevo Orden Educativo.
  • ¿Se hace en otros lados del mundo? ... Sí, hay sistemas educativos cuyo inicio escolar lo tienen previsto para los 7 años de edad y la causa es muy simple: los niños no están maduros antes de esa edad. Y les va muy bien por lo que se ve en sus resultados.

Cada vez que leo noticias o documentos que se refieren a este tema me pregunto:

  • ¿Cuáles pueden ser los contenidos o estrategias pedagógicas que un Ministerio puede desarrollar paraun chico de 45 días de edad o de 4 años?
  • ¿Qué es lo que le tiene que enseñar el sistema educativo formal a ese niño que no sea el amor puro, tierno, directo de su madre?
  • ¿Qué puede saber un docente o funcionario que no sepa naturalmente la madre?

Sostengo enfáticamente que los ciudadanos tenemos que parar esta inadmisible intromisión del Estado en la vida de las familias y en el atropello de los derechos de los padres en decidir el futuro de los hijos.

Si alguno no lo hace, o lo hace dolosamente, o perjudica o daña al niño, pues, para eso está la Justicia.

¿Cuándo seremos gobernados por las Instituciones y la Ley?

Por eso NO ESTOY DE ACUERDO y lo GRITO a los cuatro vientos.

¿Qué opina usted?

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5sep/146

Apuntes sobre el relativismo posmoderno

Por Agustín Laje.

El fenómeno de la moda, entendido como tendencia homogeneizante, también hace pie sobre el mundo de las ideas. Y es que los costes inherentes a la información hacen de la adopción masiva y acrítica de ciertas ideas, un hecho verdaderamente racional para la inmensa mayoría de la gente que no dispone del tiempo que se precisa para adoptar una idea de manera verdaderamente consciente y fundada.

Atento a esta lógica, el último grito de la moda en términos ideológicos es lo que podríamos denominar como el “relativismo posmoderno”, esto es, en términos muy simplificados, la idea de que todo valor moral es relativo, incontrastable e inconmensurable. Así las cosas, siguiendo la lógica relativista hasta sus últimas consecuencias, sería imposible establecer la superioridad moral de la tolerancia respecto de la intolerancia; de la libertad frente a la servidumbre; del respeto frente a la agresión; de la vida respecto de la muerte.

En efecto, es el ideal ético el que perece bajo el ideal relativista. Claro es que si todo vale lo mismo, entonces nada vale nada pues la idea de valor pierde todo sentido. Los valores tienen significancia sólo en virtud de la diferencia; nuestra capacidad de diferenciar estados es la que nos conduce a valorar. El valor de la libertad, por ejemplo, sólo tiene sentido en contraposición al hecho de la servidumbre; si ésta fuese una imposibilidad metafísica, entonces ya no el valor, sino incluso la mera idea de la libertad carecería de todo sentido. Lo mismo podría decirse del valor vida: sin la muerte como realidad opuesta, hablar de vida como estado y valor no tendría sentido.

Lo que enseña el relativismo es, en definitiva, a eliminar el hecho de la diferencia entre estados opuestos. Todo vale lo mismo porque es, en última instancia, imposible diferenciar una cosa de la otra. Como vemos, bajo este relativismo se esconde un igualitarismo extremo llevado al campo ético que acaba por destrozarlo, y que constituye ese “neomarxismo cultural” del que muchos hablan.

Lo interesante del relativismo es que en su prédica de que “todo es relativo” cae, sin darse cuenta, en un absoluto. Y ese absoluto es, precisamente, que todo es relativo. O podemos invertir la paradoja: si todo es relativo, entonces esta proposición también debiera relativizarse.

A un nivel macro, el relativismo moral deviene en relativismo cultural, cuya idea fundamental consiste en que las distintas culturas no pueden ser valoradas y, por añadidura, comparadas o criticadas. Como mostró Juan José Sebreli en El asedio a la modernidad, el relativismo cultural se desprende de las visiones particularistas sobre las civilizaciones, propias de los romanticismos e irracionalismos que condujeron a los totalitarismos colectivistas no tan lejanos en el tiempo.

Para el relativismo cultural toda cultura vale en definitiva lo mismo, y quien ose efectuar críticas a culturas que le son ajenas merece ser calificado con el estigmatizante mote de “etnocéntrico”. No podríamos pronunciarnos sobre una cultura externa a nosotros mismos, nos dicen los relativistas culturales, porque sus pautas nos son incomprensibles por el hecho de no vivirlas. Lo interesante del caso es que las acusaciones sobre el etnocentrismo hacen de la cultura entidades autónomas, cerradas en sí mismas, completamente independientes del resto de las culturas, algo que, por supuesto, es completamente falso.

Hitler compartía esta idea hermética de las culturas. En el octavo discurso del Congreso del Partido nacional-socialista, aquél expresó esta idea particularista de la imposibilidad de comunicación entre las culturas: “Ningún ser humano puede tener relaciones íntimas con una realización cultural si no emana de los elementos de su propio origen”.

Lévi-Strauss, desde la antropología, es uno de los autores más importantes para las ideas del relativismo cultural. Entre otras cosas, ha afirmado que “habrá que admitir que en la gama de posibilidades abierta a las sociedades humanas cada una ha hecho una cierta elección y que esas elecciones son incomparables entre ellas: son equivalentes”. Mejor no podría explicarse el relativismo: las culturas necesariamente son equivalentes e incomparables entre sí, simplemente porque han sido “escogidas” por las sociedades. Es decir, las culturas valen simplemente porque son culturas.

Sebreli, con gran lucidez, ha anotado al respecto que “la falacia lógica del relativismo cultural consiste en deducir la validez moral de toda costumbre o tradición por el mero hecho de ser aprobada por determinada cultura, es decir por el mero hecho de existir”. Esta falacia nos conduce a un camino peligroso que hace del ser un deber ser automático, es decir, obnubila la posibilidad de pensar un deber ser al margen de lo que es o, como dijimos anteriormente, sencillamente destroza el ideal ético de valores universales.

Por otro lado, debería llamarse la atención sobre el ocultamiento de los mecanismos que llevan a moldear las culturas, tomadas tan a la ligera por los relativistas culturales como entidades continuas y democráticas (atiéndase al papel de la “elección” que le confiere Lévi-Strauss a las configuraciones culturales en nuestra cita de más arriba). Afirmar a la ligera que determinadas pautas culturales son moralmente intachables porque las personas que bajo estas pautas viven “las eligieron”, constituye una ingenuidad tendiente a invisibilizar la opresión que acontece hacia el interior de las culturas en cuestión.

En muchas sociedades primitivas existen ritos para asesinar a los ancianos, como los shilluks del Nilo Blanco o los dinka del sur de Sudán. En una veintena de países africanos se practica la mutilación del clítoris en las jóvenes. Los mahometanos someten a sus mujeres de innumerables maneras. Los sacrificios humanos han sido prácticas comunes de muchos de los llamados “pueblos originarios” de nuestra región. Sentenciar que “la sociedad escogió esas pautas culturales” enmudece a las víctimas de tales pautas, colocándolas al margen de esa “sociedad que eligió”.

El relativismo posmoderno es, en resumen, una de las caras que muestra la complejizada nueva izquierda culturalista que se ha puesto como objetivo la destrucción de los valores de la libertad mediante la previa destrucción de la idea misma de valor.

Fuente: La Prensa Popular

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27ago/140

El odio religioso acorrala a los cristianos

Por Marcos Aguinis.

Un volcán escupe lava y amenaza multitudes. El ala fundamentalista del islam, tras varias décadas de latencia, se ha erguido con furia y avanza al ritmo de diversas intensidades, métodos y justificaciones. Pretende devolver el mundo a la oscuridad de la Edad Media.La ONG llamada Mechric (Comité Cristiano del Medio Oriente), formada por instituciones de Irak, Líbano, Sudán, Irán, Siria y todo el norte de África, fue fundada en 1981 para monitorear las agresiones que se venían cometiendo contra las poblaciones cristianas desde el Atlántico hasta el océano Índico. La masacre contra la iglesia copta de Alejandría determinó que esa entidad publicase un documento en el que -¡por fin palabras claras!- condenó a sus autores directos e intelectuales. "Este acto atroz fue realizado por los seguidores jihadistas de una ideología criminal corporizada por Al Qaeda, la red Salafi y sus aliados, que están infiltrando las elites de toda la región." Mechric urge a los pueblos cristianos del orbe a movilizarse en favor de sus hermanos del Medio Oriente gravemente amenazados por una permanente discriminación y persecución. "También convocamos a los sectores democráticos y las organizaciones defensoras de los derechos humanos de los países árabes y musulmanes a condenar la barbarie cometida contra los coptos de Egipto y contra los cristianos de Irak y otras regiones de la zona." Desde entonces la situación ha empeorado.No es un secreto que en Arabia Saudita está terminantemente prohibido construir una iglesia o exhibir una cruz, pese a que ese país construye mezquitas suntuosas por doquier (en la Argentina se le donó un valiosísimo terreno). Bajo la Autoridad Palestina, el hijo de un peluquero en la ciudad de Qalkilia fue encarcelado por el "crimen" de haber formulado dudas respecto del islam; los intendentes cristianos de varias ciudades cisjordanas fueron reemplazados por musulmanes. Un lento y permanente éxodo vacía de cristianos a todos los territorios llamados "palestinos". Los católicos también están desapareciendo de Irán. No cesan de disminuir los maronitas en el Líbano. Casi no quedan en Siria.

Las matanzas ocurridas en Sudán a lo largo de muchos años por hordas que irrumpían en las aldeas cristianas conforman una muestra del más extremo horror. Ni hablar sobre el genocidio de Darfur. Pero Sudán y otros países que oprimen a la mujer y discriminan a sus minorías religiosas, siguen formando parte de las Naciones Unidas y ¡hasta integran comisiones vinculadas con los derechos humanos! En Eritrea se propagó la fantasía de que los cristianos deseaban voltear la junta dictatorial y se puso en marcha una campaña para limpiar el país de "los subversivos que portan una cruz". En Bagdad hubo un asalto a la catedral, en medio de la misa, y se asesinó a 58 personas. Durante la dictadura del general Muhammad Zia, en Pakistán, se sancionó una ley contra la blasfemia, término vago que incluye desde una expresión insultante hasta una ingenua duda sobre las verdades del Corán. En Nigeria fueron secuestradas centenares de niñas, forzadas a convertirse al islam y ser esclavas sexuales. La misma técnica, pero agravada, ocurre en Irak: después de asesinar a todos los varones de la familia, son secuestradas sus mujeres para que también sirvan de esclavas sexuales. El espanto es más intenso al enorgullecerse los fanáticos por la decapitación de sus prisioneros y someter a otras víctimas al suplicio de la crucifixión. ¡En pleno siglo XXI!

Estos sectarios aspiran a un Medio Oriente Christenrein (limpio de cristianos), así como ya lograron que sea Judenrein (limpio de judíos) cuando expulsaron de sus países a todos los judíos en 1949, que terminaron refugiándose en Israel. Se estima que la población cristiana del Medio Oriente hasta fines del siglo XX se acercaba a un 20%. Los últimos censos la han reducido a un 5%. Y su número sigue bajando. Ahora se ha exacerbado el odio contra los inermes azeríes y otras minorías, que son objeto de un exterminio sistemático. Aquí corresponde emplear la palabra "genocidio", que se ha banalizado en boca de muchos ignorantes. Genocidio es precisamente eso: liquidar a un vasto grupo humano por razones de nacionalidad, raza, etnia o religión. Exterminarlo, hacerlo desaparecer de la faz de la tierra. El siglo XX sufrió el genocidio del pueblo armenio y otro más atroz, el del judío. Luego llegaron las matanzas africanas. Ahora se destacan los crímenes perpetrados por la rama asesina del islam. Algunos líderes, envalentonados por sus éxitos, han manifestado que también recuperarán España y, en la misma España, ciertos imanes respaldan ese "derecho", para lo cual se reproducen imágenes de la antigua presencia musulmana en el país. En otras palabras, el infierno del Medio Oriente, para estos sicarios, no se reducirá al Medio Oriente. Su ambición es planetaria, aunque parezca absurda.

El delirio ya se ha extendido más de lo sospechado. Crece bajo el calor de la tolerancia religiosa que floreció en Occidente. Pero esa tolerancia no es asumida por muchos líderes musulmanes. En Italia, el ministro del Interior acaba de expulsar al imán Raoudi Aldelbar con este mensaje: "Es inaceptable que se hagan explícitas invitaciones a la violencia y el odio religioso. Por eso he dispuesto su inmediata expulsión del territorio nacional. Que mi decisión sirva de advertencia a todos quienes piensen que en Italia se puede predicar el odio". La medida fue adoptada tras una serie de investigaciones del Servicio Central Antiterrorista Italiano. Durante sus alocuciones el imán maldijo a Israel y pidió la intercesión de Alá para que "muera hasta el último judío". "Israel es un pueblo que merece ser encadenado y maldito. Alá: búscalos de uno a uno y mata hasta el último de ellos. Haz que su comida se convierta en veneno y se convierta en llamas el aire que respiran".

No es un estilo nuevo. Prédicas similares abundan en Irán y son propaladas a diario por Hezbollá y Hamás.

Urge que la porción civilizada del mundo ponga las manos en el fuego. Lo acaba de hacer el papa Francisco con su habitual valentía. Falta que también eleven su voz los gobiernos y las organizaciones internacionales. Pero, sobre todo, falta que haya condenas explícitas contra esta versión canallesca del islam por parte de los mismos musulmanes. Es decisivo. A éstos les corresponde defender los aspectos nobles de su religión. Hacerlo con fuerza. Es comprensible que los atraviese el miedo a represalias cargadas de salvajismo. Pero su silencio los hace cómplices. No alcanza con poner las culpas afuera. Las matanzas en Siria, Irak, Nigeria y otros países no dan lustre a las enseñanzas del Corán ni corresponden a las palabras con las que empieza cada una de sus suras: "En el nombre de Alá, clemente, misericordioso". En esos crímenes no hay clemencia ni misericordia, sino agravio a los cielos, si se considera que Alá es el creador de la vida.

Lamentablemente, en el Corán existen versículos reñidos con la paz, la pluralidad y la tolerancia, que citan los jihadistas. Es obligatorio decirlo y reconocerlo. Como también es obligatorio decir y reconocer que también existe ese tipo de versículos en la Biblia. Pero la civilización ha logrado que se haga abstracción de las porciones hostiles y se acentúen las piadosas y fraternales. Ellas convierten a las religiones en un motor de la paz exterior e interior, luego de siglos en que parecían condenadas a lo contrario.

Fuente: diario La Nación