A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

10Dic/170

Las tarifas, muy lejos de un equilibrio federal

Por Laura González

La Nación sigue asumiendo, con impuestos que pagan todos los argentinos, las tarifas sociales que benefician a Buenos Aires. El transporte de Córdoba tiene un subsidio de 25%. El bonaerense, de 70%.

Algunas cosas cambiaron en el mapa de los servicios públicos que consumen los argentinos desde la llegada de Mauricio Macri, pero el sistema sigue siendo profundamente antifederal y, por lo tanto, demasiado injusto. ¿Por qué?

Porque las tarifas sociales que benefician la población más vulnerable se pagan, para los usuarios del área metropolitana de Buenos Aires, con el presupuesto nacional; es decir, con los impuestos que pagan todos los argentinos que también pagan las tarifas sociales que asumen sus gobiernos provinciales para los usuarios de esas provincias. Pagan doble.

Sigue siendo injusto porque si bien Cambiemos descongeló los irrisorios precios que los porteños pagaban por la luz, por el colectivo y por el agua, la actualización no alcanza a empardar el aumento que en el interior del país se registra desde hace más de 10 años.

 Y es antifederal porque, en algunos servicios, el Estado nacional asume los servicios de mejora de infraestructura para Buenos Aires en detrimento del interior.Trenes. El caso más ilustrativo es el de Trenes Argentinos: el presupuesto operativo para 2017 fue de 26 mil millones de pesos, todos consumidos en la provincia de Buenos Aires. Además, ejecuta un plan de inversiones por 14.123 millones de dólares (con crédito del BID, del Bndes y de la Nación), que incluyen el soterramiento del Sarmiento, electrificación de ramales y mejoras de estaciones y de trenes. En Argentina se mueven por tren 400 millones de pasajeros: 398 millones están en Buenos Aires. El resto, casi nada, por la sencilla razón de que no hay trenes. Cambiemos priorizó la recuperación de un sistema metropolitano abandonado, pero el interior no aparece en esa hoja de trabajo ni siquiera con una partida simbólica. El pasaje todavía tiene un subsidio del 90 por ciento, que financian todos los argentinos.

La tarifa social abarata la energía mayorista para todo el país, pero, como Edenor y Edesur están en la órbita del Estado nacional, las rebajas en el tramo de distribución son asumidas por la Nación y no por la provincia de Buenos Aires, que es donde viven esos usuarios. Tampoco está claro si parte de las inversiones que están encarando esas empresas se hace con plata de la tarifa: la duda es que la Nación sigue aportando. Ergo, todos.

Colectivos. El caso más escandaloso es el del boleto urbano: los subsidios de la Nación (vía gasoil barato y sueldos) cubren en la ciudad de Córdoba 25 por ciento del boleto que paga el usuario. En Buenos Aires, es el 70 por ciento.

Para los interurbanos, hay subsidios específicos para los colectivos que recorren hasta 60 kilómetros: son todos los del área metropolitana bonaerense.

Con un agravante: el ministro de transporte, Guillermo Dietrich, decidió en 2017 no aplicar la suba del 33 por ciento que estaba prevista. O sea que el boleto vale allí seis pesos desde abril de 2016, con lo que el Estado nacional (o sea, todos los argentinos) asume el aumento que no se trasladó más a la tarifa subsidiada para una larga lista de beneficiarios que pagan 2,70 pesos.

Agua. En el servicio de agua existía una distorsión casi obscena por tres razones: la tarifa estuvo congelada desde 2006 hasta 2016, cuando Cambiemos la subió de un promedio de 30 pesos a 300, cifra similar a la que se paga en el interior del país. Esa es una corrección importante, pero siguen otras dos distorsiones: la tarifa social sigue siendo pagada por la Nación (los beneficiarios pasaron de 19 mil a 300 mil) y el déficit que todavía tiene Aysa es cubierto con el presupuesto nacional. Las inversiones también.

Y si bien es cierto que en el interior la Nación ha encarado la construcción de cloacas, como es el caso de Córdoba, en la zona de concesión de Aysa se ejecutaron 360 obras por 31 mil millones entre 2016 y 2017.

Gas. En el gas las cosas no cambiaron: con el kirchnerismo estuvo el precio congelado para todo el país y las fuertes subas que dispuso Cambiemos afectan a todos por igual. La inequidad, muy compleja de ser corregida, está en los que no tienen gas, que pagan hasta tres veces más, además del menor confort y seguridad que significa la garrafa. La población que no tiene gas es del 49,3 por ciento en la provincia de Córdoba, del 35 por ciento en Buenos Aires y del ocho por ciento en Capital Federal. El Plan Hogar, que subsidia la garrafa, va directo al usuario.

Fuente: La Voz del Interior

3Dic/170

Espejismos de la historia

"Esto solamente se puede revertir con violencia política de los de abajo contra la violencia política de los de arriba. Con la resistencia popular, con la resistencia de los oprimidos. Con un estallido social para echar a la mierda a estos fachos asquerosos, a estas mugres, a estos asesinos, a estos mafiosos de miércoles que están en el poder: Macri, Bullrich, a toda esta manga de porquerías y a la Gendarmería". Jones Huala

"Ellos tienen mucha metodología para matar, tal vez murió ahogado, ¿después saben de qué? De que lo torturaron. Porque a nuestros hijos les hacían así. Les hacían infinidad de torturas, terribles, internas, que no se pueden explicar. Y al final les metían la cabeza en el agua y para respirar, para ver si se resucitan, pobrecitos, se ahogaban ellos mismos. Sí, a lo mejor murió ahogado, pero en un balde. No nos van a engañar, no les vamos a creer". Hebe de Bonafini

La democracia de los años 80 se puso como meta cambiar sustancialmente la cultura política de los 70, repudiando las formas de violencia con las que se discutió el poder durante esa década más que trágica. Por eso se juzgó a todas sus expresiones violentas, de derecha o de izquierda, militar o guerrillera.

Sin embargo, eran muchos aún los que querían seguir viviendo en los 70 o los que aún sin querer vivirla, suponían que seguían dadas las condiciones para que se pudiera volver.

Por eso, a pesar de todo el esfuerzo que se hizo desde las nuevas élites políticas y del inmenso rechazo popular al pasado inmediato, al poco tiempo apareció Aldo Rico con sus carapintadas para exigir el fin del juicio por genocidio a los militares.

Del otro lado, luego, se perpetró el copamiento al cuartel de La Tablada en un intento por revivir las metodologías guerrilleras. Finalmente, bajo la dirección ideológica de Mohamed Alí Seineldín, ya durante el gobierno de Menem, ocurrió el último intento de golpe de Estado, cuando los sublevados, en su infinita torpeza, hasta aplastaron con tanques a civiles que viajaban en bus.

El fracaso estrepitoso de todos estos conatos criminales demostró que aunque la democracia aún no se hubiera solidificado, la sociedad ya había superado la tradición cíclica de que frente a la menor crisis civil venía un golpe militar. Por su lado, la propuesta guerrillera quedó huérfana hasta del más mínimo apoyo popular.

El país objetivamente había avanzado más que la conciencia que se tenía del mismo. Ya no era más setentista, aunque algunos pocos intentaron el retorno y el resto de los argentinos, la inmensa mayoría, aún tuviera miedo de que pudiera volver.

Sin embargo, entrado el siglo XXI ocurrió un extraño fenómeno político de retroceso cultural que tuvo relativamente más éxito que Rico, el Movimiento Todos por la Patria y Seineldín: el intento de recuperar desde lo más alto del poder político la cultura setentista. Aunque ya no vía la violencia explícita, sino desde el discurso de confrontación. Traduciendo al lenguaje las luchas de ese entonces. Reivindicando como heroica la lucha de la guerrilla y llamando enemigo, no adversario, al que pensara diferente.

El relato oficial fue el de perfilar un gobierno que venía a continuar por otros medios la lucha “liberadora” de los 70 en contra de los que, también por otros medios, continuaban levantando la ideología militar.

De nuevo se estaba en un lado u otro, en una simulación teatral de los 70, con sus mismos héroes o villanos. O más bien, como si fuéramos hijos de aquellos héroes o villanos.

Que a partir de tan delirante concepción de la historia se creara una nueva grieta cultural era lo menos que se podía esperar.

Claro que, como en los años 80, la realidad del siglo XXI tampoco tenía nada que ver con la de los 70, pese a los aprendices de brujo que querían restaurar pasados tenebrosos. Pero eso no fue óbice para que enfrentamientos estériles volvieran. Aunque al menos el retorno de las viejas ideologías sin su violencia no nos hizo retroceder al ayer sino más bien congelarnos en la historia. Ideologías vanas que nos tuvieron discutiendo una década sobre las nubes de Úbeda, sobre la nada misma.

Porque en los años 70 la lucha ideológica era la excusa pero el sustantivo era la violencia, el deseo de exterminio mutuo era más poderoso que cualquier debate de ideas.

En fin, lo cierto es que terminado el gobierno anterior, desapareció el impulso de revivir la infausta década desde las altas esferas del poder. El setentismo dejó de ocupar esos espacios, aunque no por eso sucumbió.

Porque lamentablemente son muchos todavía los que proponen seguir alzando las banderas setentistas para librar la lucha política. Con una argumentación patológica pero que en ciertos sectores suscita credibilidad: que así como con el gobierno anterior estaban en el poder los continuadores de los “revolucionarios” de los 70, ahora están los continuadores de los “genocidas” de los 70. Y desde esa lógica tratan de interpretar los acontecimientos políticos actuales. En particular la cuestión mapuche ha sido tomada como experimento por los que sostienen ese regreso a los 70.

Como se ve en las citas del principio de esta nota, Jones Huala quiere ser la reencarnación del Che Guevara en su apostolado de la violencia, aunque lo único que lo haga recordar al legendario revolucionario es que como el Che en Bolivia, este supuesto alter ego quiere comprometer con la violencia a miles de mapuches pacíficos que nada tienen que ver con esas metodologías de los marginales de la RAM.

Pero tan grave como eso es lo que expresa Hebe de Bonafini al querer comparar el destino de Sergio Maldonado con el de sus hijos. Eso incluye la loca intención de identificar al gobierno de Macri con la dictadura militar de los 70 y a los mapuches con la resistencia popular liderada por los que piensan como Jones Huala.

Una tergiversación histórica superior sostenida aun por varios sectores políticos que se niegan a enterrar definitivamente esa vieja época que sólo mal nos produjo.

Pero aunque no fuera así, nada bueno tiene para aportarnos hacia el futuro. No lo tuvo en los 80, no lo tuvo hace una década, no la tiene ahora. Es un mero espejismo del pasado que, a pesar de ser un espejismo, no nos quiere dejar vivir en paz. Como que anhelara seguir cobrándose víctimas. Un gran misterio nacional, que precisa de una profunda respuesta política y cultural.

Fuente: diario Los Andes

29Nov/171

Delirio nacionalista: el mito del combate de Obligado

Por Luis Alberto Romero

¿Quién ganó el Combate de la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845? Muchos argentinos creen que fue una victoria nacional. Para los ingleses fue solo un pequeño combate, pero sus historiadores serios, como John Lynch, saben bien cómo fueron las cosas. En cambio los franceses lo han recordado. En 1868, en tiempos de los sueños imperiales de Luis Napoleón, la Rue de la Pelouse de  París fue rebautizada como Rue d’Obligado. La calle desemboca en la Avenue de la Grande-Armée, la de Napoleón y de Austerlitz, a pocas cuadras del Arco de Triunfo, que celebra las grandes victorias. Más aún, en 1900 el nombre se impuso a la nueva estación del Metro. Así fueron las cosas hasta 1947, cuando Eva Perón visitó Francia y pidió que ambas fueras rebautizadas como Argentina.

A fuerza de leer a José María Rosa, a Pacho O’Donnell o a sus repetidores, muchos argentinos han quedado envueltos en un mito que, comenzando por exaltar la “gesta heroica” concluyó convirtiendo la derrota en victoria. Desde 2010, asesorados por el Instituto Nacional del Revisionismo Histórico, celebramos su aniversario como el Día de la Soberanía Nacional, con feriado incluido.

Los hechos son claros. En noviembre de 1845 la flota anglo francesa, que en ese momento sitiaba Buenos Aires, decidió remontar el Paraná y llegar hasta Corrientes, acompañando a buques mercantes cargados de mercaderías. Para impedirlo, el gobernador de Buenos Aires, J.M. de Rosas, dispuso bloquear el río Paraná en la Vuelta de Obligado, con cadenas protegidas por dos baterías. Se intercambiaron disparos, los buques cortaron las cadenas y siguieron su navegación hasta Corrientes.

Los mitos se desentienden de los hechos simples y comprobables, pero en cambio interpelan a los sentimientos y las emociones. El relato revisionista de Obligado, que se viene perfeccionando desde los años treinta, incluye algunas verdades, otras tergiversaciones y muchas cosas inventadas.

Con respecto al resultado, no hay duda de que fue una derrota: los ingleses pasaron, y llegaron felizmente a Corrientes. Se dice que fue una victoria “pírrica”, por las bajas ocasionadas; pero los ingleses y franceses perdieron solo siete hombres y los porteños doscientos. Podrá aceptarse que fue una gesta heroica y hasta una victoria moral -una especialidad argentina-, pero en los hechos fue una derrota.

En el núcleo del mito está la idea de que en Obligado Rosas resistió al imperialismo y defendió los intereses nacionales. Es cierto que el gobernador de Buenos Aires enfrentó a la “diplomacia de las cañoneras” y defendió la soberanía de su provincia. La tergiversación consiste en identificar esta forma de imperialismo, propia de mediados del siglo XIX, con la idea posterior de imperialismo -popularizada inicialmente Lenin- que aplicada a nuestro caso identifica toda la relación anglo argentina con la dominación y la explotación. Por ejemplo, muchos argentinos están convencidos de que los ferrocarriles han sido el peor de los instrumentos de esa explotación. Pero en tiempos de Rosas nadie confundía la agresión militar con las relaciones económicas. Toda la prosperidad de Buenos Aires se basó en una estrecha relación con Gran Bretaña, y el propio Restaurador, que la cultivó cuidadosamente, eligió exiliarse en Southampton.

El punto central del mito reside en la idea de que allí se defendieron los intereses nacionales. Pero en 1845 la nación y el Estado argentinos no existían. Había provincias, guerra civil y discusión de proyectos contrapuestos, basados en intereses distintos. El Combate de Obligado, y todo el conflicto en la Cuenca del Plata, es un ejemplo de esas diferencias. Rosas aspiraba a someter a las provincias, incluyendo a la Banda Oriental y a Paraguay, cuya independencia no reconocía. Corrientes defendía su autonomía y pretendía comerciar directamente con ingleses y franceses. En cambio Rosas quería que todo el comercio pasara por el puerto de Buenos Aires y su Aduana. El río Paraná, abierto o cerrado, estaba en el epicentro de las diferencias.

En Corrientes creían en el federalismo y la libre navegación de los ríos. La flota anglo francesa fue recibida amistosamente; hubo fiestas, los hombres admiraron los buques de vapor -los primeros que veían- y las señoras correntinas se empeñaron en hacer grata la estadía de los marinos. Rosas, que también trataba muy amistosamente a los ingleses de Buenos Aires, parece haber tenido una idea unitaria de la nación, construida en torno de la hegemonía porteña. ¿Cuál de los dos era el auténticamente nacional? Admitamos que sea opinable. Pero cuando las provincias acordaron en 1853 crear un Estado nacional, establecieron que el interés de la nación incluía la libre navegación de los ríos. Y así quedó.

Es curioso que sobre esta situación, que puede leerse en cualquier libro serio, se haya constituido el mito de la victoria -una verdadera trampa cazabobos- y el de la defensa de la soberanía nacional. Celebrar una derrota -como ocurre hoy con Malvinas- es la quintaesencia de nuestro enfermizo nacionalismo, soberbio y paranoico. Se encuentra en el sustrato de nuestra cultura política, y aflora cuando es adecuadamente convocado. Este gobierno, que vive envuelto en su propio mito, ha apelado con éxito al relato del revisionismo, adecuado a su política de enfrentamiento.

Desmontar estos mitos es una parte de la batalla cultural que deberemos encarar.

Fuente: diario Clarín, de Buenos Aires

12Nov/170

Julio tiene mucho para decir

Por Edgardo Moreno

La investigación de la corrupción es incipiente. Acaso también los jueces temen las cosas que julio pueda contar. Aunque ahora ya sea un simple meme, esa estrella fugaz que la urgencia mediática bautizó en estos días como “la cheta de Nordelta” es una cirujana plástica que no conoce a Richard Dawkins.

Dawkins es un teórico de la Universidad de Oxford que hace más de cuatro décadas inventó la palabra meme. Es un neologismo para identificar la unidad mínima de información cultural.

Es como el gen para la biología. Una información memorable en el más breve formato.

Pero lo que es memorable depende de las audiencias.Para la sociología de barricada que azotó al país en los últimos años, la breve historia de Cinthia Solange Dhers, la cirujana en cuestión, es una tomografía de los prejuicios de clase que animan a buena parte del país. Para la política del país real, en cambio, el recuerdo que hizo historia fue el de Alessandra Minnicelli, la esposa de Julio De Vido.

Minnicelli se acordó con amargura de la frase con que Cristina Kirchner se lavó las manos evitando ponerlas en el fuego por su exministro. Puede pensarse que es sólo un despecho más. El problema es que agregó una advertencia: Julio tiene mucho para contar.

Ante la amenaza de esa información memorable, de una secuencia de breves historias que develen la trama de un país más oscuro que la piscina de Nordelta, a Minnicelli le comenzaron a llegar pedidos de visita que incluyen a la primera línea del peronismo preocupado con su rencor. Una delación desesperada sería la estética moral y visual menos favorable.

Quienes fueron los dueños del poder en el pasado reciente se cruzan entre sí miradas recelosas por la intensa presión social que despertó a los jueces federales de su molicie.

El camino de investigación y castigo de los hechos de corrupción perpetrados es, sin embargo, incipiente. Acaso porque también muchos jueces y fiscales tienen sus temores personales sobre las cosas que Julio pueda contar.

Legisladores de Córdoba han señalado el contraste con lo que ocurre en Brasil, donde ya se dictaron 177 condenas tras el estallido del caso Lava Jato.

La presión por la transparencia de los asuntos públicos es un signo de los tiempos actuales.

Xi Jinping, el hombre más poderoso de China, ha conseguido en el último congreso del Partido Comunista que su doctrina sea elevada a los altares donde reposa el legado de Mao Tsé Tung.

Ha llegado hasta allí un lustro después de prometer una limpieza a fondo de la gigantesca burocracia china. Xi Jinping anticipó que pisaría las cabezas de los tigres y de las moscas. De los grandes funcionarios que se corrompieron con el vuelco al capitalismo. Y también de los más pequeños.

Más del uno por ciento de los miembros del PC Chino han sido sancionados desde entonces: más de un millón de funcionarios.

Zhou Yongkang es el dirigente más notorio que terminó en prisión. Integraba la mesa chica del Partido Comunista. Dirigió la compañía de petróleo y gas más importante. Fue el ministro de seguridad durante los Juegos Olímpicos de 2008.

El corresponsal español en Beijing, Javier Borrás, lo explica de este modo: “Durante varias décadas, la legitimidad del poder autoritario en China estuvo ligada al crecimiento económico. La mentalidad imperante era mirar a otro lado si, gracias a eso, todo el mundo se hacía un poco más rico. Ahora, cuando la economía ya no crece tanto, los dirigentes chinos deben justificar su presencia en base a un virtuosismo que los sitúe como los mejores preparados para dirigir el país”.

Xi sabe que tanto la corrupción como el estancamiento económico fueron factores muy importantes en la caída de la Unión Soviética. Su campaña pretende demostrar que se puede ser efectivo contra la corrupción sin necesidad de un liberalismo político”.

Huelga aclarar que China no es una democracia. No hubo sólo una vasta lucha contra la corrupción, sino una gigantesca purga política de los dirigentes que en el futuro podrían amenazar al poder actual. Ese es curiosamente el argumento que utiliza en Argentina el sector político sobre el cual llueven las denuncias de corrupción.

Todos los casos, desde Milagro Sala hasta Amado Boudou, son purga política. Todos los políticos presos son denominados presos políticos. Aunque las pruebas de sus delitos comunes estén a la vista.

Ante esa falacia, el país debe afirmarse en el principio inverso al del comunismo chino. Demostrar que el liberalismo político es posible, mientras se es efectivo combatiendo la corrupción.

Fuente: La Voz del Interior

29Oct/172

A cien años de la Revolución Rusa

Por Roberto Azaretto

Hace cien años, la revolución rusa, conmovió al mundo y marcó el siglo pasado. En marzo de 1917, el zar Nicolás II abdica, ante las dificultades, para reprimir las revueltas en la capital imperial de San Petersburgo.

Las tropas se negaron a atacar a los manifestantes y muchos soldados se sumaron a las protestas. Los generalesdijeron al soberano de un régimen autocrático, que era difícil restablecer la disciplina con su permanencia en el trono.

Al día siguiente, el hermano del zar, el Archiduque Miguel, rechazó el trono y la Duma -un parlamento con poderes acotados, surgido de las sublevaciones de 1905- asumió el poder con un gabinete de liberales y socialistas dirigidos por el príncipe Liow.

En 1913, los rusos, celebraron el tricentenario de la dinastía Romanov como autócratas de Rusia. El vasto Imperio había acelerado, desde 1905, un proceso de industrialización y modernización que llevó a Rusia a tener las tasas de crecimiento más altas de ese tiempo, siguiendo un plan reformista a cargo del conde White. Las reformas no alcanzaban al régimen político, que seguía basado en el absolutismo.

El zar emprendió, como parte de los festejos, una gira en ferrocarril por todo el imperio y cuando Lenín, en su exilio de Ginebra, veía, en los noticieros cinematográficos a las multitudes exultantes ante la presencia del emperador, escribió desalentado: "Hay un siglo más de Romanoff en Rusia".

Lenín regresó a su país luego de los acontecimientos de marzo, gracias a los dirigentes del Imperio Alemán. El gabinete de Berlín y el Estado mayor imperial del ejército germano llegaron a la conclusión de que para ganar la Guerra había que lograr la defección de Rusia liberando divisiones para trasladarlas al frente occidental.

A casi tres años de guerra había cansancio ante las bajas, la escasez y las derrotas, pero el nuevo gobierno quería proseguir las operaciones y su ministro de guerra, el socialista Kerensky, lanzó una ofensiva que terminó en un fracaso y deterioró a la nueva administración.

Lenín era un líder comunista, francamente minoritario en la población rusa. Llegado a San Petersburgo inició una campaña de agitación con el lema de paz, pan y tierra y en octubre se hizo con el poder y canceló las elecciones para elegir constituyentes, sabiendo que las perdía.

La Revolución Rusa es una secuela de la guerra mundial, que también, terminó con los tronos del Imperio Alemán, el de los Habsburgo del Imperio Austro Húngaro y el de la dinastía otomana de Turquía y trajo convulsiones revolucionarias en todo el mundo, incluso en nuestro país como la semana trágica y los sucesos de Santa Cruz.

Así comenzó un totalitarismo que gobernó Rusia, convertida en la Unión Soviética, hasta 1989. Un régimen despótico, consolidado luego de una feroz guerra civil de tres años, la muerte por hambre de veinte millones de campesinos, otros millones de disidentes desplazados de sus tierras, por limpiezas étnicas o por ser pequeños propietarios y el cercenamiento de todas las libertades y derechos individuales. Ni siquiera los altos dirigentes del partido comunista estaban a salvo de la cárcel o el asesinato.

En su momento fue saludada con entusiasmo por los que creían que era una revolución fundada en los valores de la libertad, que terminaba con la autocracia zarista.

Otros la defendieron porque creyeron en el presunto igualitarismo que implantarían, terminando con privilegios originados en el nacimiento o en la riqueza.

Algunos, por la indudable contribución a la destrucción de otro totalitarismo siniestro, el nazi fascista, con millones de muertos en defensa, no del comunismo, sino de la "sagrada madre tierra rusa", como lo admitiera el propio Stalin, disimulaban o se negaban a ver los crímenes del régimen que la propia dirigencia soviética reconocería a la muerte del tirano georgiano.

Los ataques a la libertad de los zares fueron poca cosa si los comparamos con las atrocidades del régimen comunista que, luego de la Segunda Guerra Mundial, se extendió por Europa Oriental, avanzó sobre el Asia e intentó -desde su satélite Cuba- subvertir a la América Latina.

El sistema no tuvo éxito económico y se desmoronó ante su fracaso en 1989. Ya Von Mises había advertido, ante la "planificación centralizada" anunciada por Lenín, que esto llevaría a Rusia al desastre.

Por cierto que el propio Lenín, ante el derrumbe económico y el hambre que se extendía por todos los territorios de la URSS, dio marcha atrás con la NEP, nueva política económica, que reconocía la propiedad campesina de la tierra y actividades privadas en el comercio y la industria.

Pero a su muerte, Stalin volvió a imponer la colectivización forzosa y sacar la tierra a los campesinos. Fue así como Rusia, de exportador de alimentos antes de la revolución, se convirtió en un continuo importador de cereales.

¿Cuántas divisiones tiene el Papa? Le dijo con ironía Stalin a Churchill en Moscú. Un Papa polaco, Juan Pablo II, que sufrió los dos totalitarismos, el nazi y el comunista, aparentemente distintos pero de la misma raíz intelectual supo, con un político estadounidense sin pretensiones académicas, lo que otros, con prestigio intelectual, no supieron o no pudieron ver: La maldad del sistema y la inevitabilidad de su caída, porque contrariaba la naturaleza humana, a la que le es inherente conceptos como, el libre albedrío, la dignidad de la persona, que cada persona humana es sagrada o, para resumirlo en una frase, que ningún hombre es un medio sino que es un fin en sí mismo.

El siglo pasado, a la par de grandes progresos materiales y de inclusión social, fue abominable en muchos aspectos, con genocidios enormes fruto de los intentos de ingeniería social por parte de los enemigos de la libertad.

Fuente: diario Los Andes

28Oct/170

Oscurantistas del ambiente, nos deben U$S 30 millones

Por Adrián Simioni

No se sabe cómo podrían hacerlo. Pero los ambientalistas que frenaron la radicación de una semillera de Monsanto en Malvinas Argentinas deberían empezar a juntar lo antes posible unos 30 millones de dólares.

Un poco más que eso es lo que va a invertir un consorcio privado para construir una planta de energía renovable en Rojas (Buenos Aires), donde finalmente Monsanto amplió la planta que tenía al frustrarse su instalación en Córdoba. La usina, que alcanzará para abastecer más o menos a un tercio de la ciudad, estaba desde hace tiempo en barbecho. Pero ahora acaba de presentarse a las licitaciones de energía renovable del Renovar II.

La chala y los marlos, dos de los residuos que aquí demonizó un ambientalismo de Edad Media para prohibir la inversión de una marca ya considerada diabólica, será el insumo fundamental.

La cuestión es sencilla de entender si no hay anteojeras: en lugar de sacar gas natural o petróleo y lanzar a la atmósf era millones de toneladas adicionales de carbono que hasta ahora estaban atrapadas en las entrañas de la Tierra, quemar marlos y chala no agrega carbono extra al aire porque, previamente, debió haber crecido una planta de maíz que, para producir marlos y chala, le robó al aire la misma cantidad de carbono.O sea: Córdoba, la mayor productora relativa de maíz en el país y una de las grandes zonas productoras en el mundo de ese grano, no sólo debe seguir importando las semillas que siembra cada año.

También se perdió una usina limpia. Estas generadoras serían inviables si tuvieran que juntar chalas y marlos y acarrearlos. Por eso sólo se instalan donde alguien más ya los juntó. Como en un semillero.

Pero además, Córdoba ahuyentó inversiones parecidas. Como la que analizaba Syngenta. De hecho, el mismo consorcio de Rojas –formado por BAS, Global Dominion Access y ADBlick Agro– instalará una generadora igual en Venado Tuerto (Santa Fe), donde hay cuatro semilleras, entre ellas la de Syngenta.

O sea que es probable que nuestro ambientalismo de acné debiera reunir 65 millones de dólares (que es lo que costarán las dos plantas de Venado Tuerto y Rojas) para resarcir a los cordobeses por la carencia, no de una, sino de dos potenciales generadoras. Si no se tratara de energías renovables, no les reclamaríamos nada. Pero como lo son, cabe al menos recriminarles el daño a los líderes de esas movidas, a los pequeños partidos políticos de izquierda y a los sectores universitarios que les dieron manija y a los “expertos” que les dieron letra.

También hay que reclamar a todos los partidos de gobierno concretos y potenciales de la provincia y del país, al Gobierno provincial del momento y a los organismos estatales encargados de verificar, controlar y certificar los estándares ambientales, que se dejaron apretar con cobardía por un grupo que portaba cuatro pancartas.

Reconocimiento especial para el exintendente de Río Cuarto, Juan Jure, que, con la ayuda de la poco iluminista Universidad Nacional de Río Cuarto, casi seguro violó la Constitución. Fue por prohibir, en un perímetro industrial, la actividad no de una planta productora de nada sino de un mero laboratorio, que finalmente se instaló también en Rojas, sin que hasta el momento se hayan reportado víctimas ni deformaciones genéticas en esa población.

El oscurantismo riocuartense no sólo perdió un laboratorio. Los vecinos de la ciudad también pueden ir agradeciendo a Jure el juicio que casi seguro se van a ligar, dado que el Tribunal Superior de Justicia habilitó hace poco a Monsanto para demandar un resarcimiento por daños.

Mientras, ambientalistas y no ambientalistas podemos seguir consumiendo, en el altar de nuestro atraso, electricidad generada con carbono que estaba atrapado, en lugar de hacerlo con el que ya está en el aire.

Salud para todos.

Fuente; La Voz del Interior

24Oct/171

La inutilidad del Ministerio Público

Por Raúl Faure

El episodio que motiva estas reflexiones no fue un relámpago en un día soleado. La apropiación del espacio público por quienes recurren a la violencia para imponer su voluntad es un hábito.

Hace dos semanas, unas 20 personas impidieron la circulación sobre avenida Vélez Sársfield, en el Centro de la ciudad de Córdoba. Cientos de miles no pudieron ejercer los derechos reconocidos por los artículos 14 de la Constitución Nacional y 19 de la Provincial. Es decir, no pudieron transitar. Es grave. Pero también lo es la ausencia y la pasividad de las autoridades, a quienes se les confirió la facultad y el deber de “defender el interés público y los derechos de las personas”.

El episodio que motiva estas reflexiones no fue un relámpago en un día soleado. La apropiación del espacio público por quienes recurren a la violencia para imponer su voluntad es un hábito. “Piqueteros” (que a menudo ocultan su identidad y amenazan con garrotes y bombas incendiarias), desorbitados delegados de sindicatos, militantes que cultivan dogmas y prácticas fascistas. Y, naturalmente, los nostálgicos partidarios del kirchnerismo que pretenden alterar la paz social e intimidar a la población.

Para ello, siembran el terror bloqueando calles, impidiendo la prestación de servicios esenciales y ocupando violentamente los establecimientos administrativos del Estado y las aulas escolares y universitarias. En una palabra, profanando los templos del sistema republicano.

Son procedimientos extorsivos, delitos tipificados en las leyes penales. Y sus organizadores y participantes están alcanzados por lo dispuesto por el artículo 22 de la Constitución Nacional: “Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuyen los derechos del pueblo y peticiones en nombre de este cometen delito de sedición”.El lector, a esta altura, se estará interrogando: ¿cómo es posible que esos delitos se cometan a diario? ¿Por qué la autoridad no impide que se cometan?

Desde luego, el primer responsable es el gobernador, a quien la ley le impone la obligación de “ejecutar las leyes” (artículo 144 de la Constitución Provincial), pero no es el único.

Error grave

La Constitución sancionada en 1987 no sólo es un modelo de banalidad jurídica, al consagrar disposiciones demagógicas y, por ello, impracticables. Quienes la aprobaron cometieron el error, entre otros, de poner fin a la tradición republicana de la provincia al autorizar la reelección del gobernador. Pero, tal vez, el más grave fue el de instalar al Ministerio Público fuera del Poder Judicial.

Desde 1923, el Ministerio Público integró el Poder Judicial y su jefe era el fiscal General, parte del Tribunal Superior. De ese modo se cerró el ciclo anterior, durante el cual el ejercicio de la acción pública en defensa de los derechos y garantías constitucionales dependía de la voluntad del Poder Ejecutivo.

Hasta el antidemocrático gobierno peronista, que en 1949 modificó la constitución de 1923, mantuvo al Ministerio Público dentro de la órbita judicial.

El Ministerio Público es ahora un “extrapoder”, como de manera irresponsable lo calificaron los convencionales de la mayoría. Esto es, un planeta con una órbita fuera del sistema judicial. Su jefe, llamado fiscal General, cuenta con facultades omnímodas: es quien fija las políticas de persecución penal e instruye a los fiscales inferiores sobre el cumplimiento de sus funciones.

O sea: es el jefe del Ministerio Público quien decide si se investiga o no se investiga un hecho que puede configurar un delito, y prepara y promueve la acción judicial si considera que está en riesgo el interés público y los derechos de las personas.

Es cierto que ni el fiscal General ni sus subordinados dictan sentencias. Pero es innegable que cumplen funciones jurisdiccionales en todo lo relativo a la promoción de la acción penal y en la instrucción de las causas originadas en ilícitos penales.

No son jueces a quienes la Constitución les garantiza independencia funcional. Son funcionarios que, como tales, dependen de las instrucciones que le imparte o puede impartir el fiscal General.

 Que la ley se aplique

¿Que el fiscal de Instrucción de turno mira para otro lado cuando los violentos se apoderan del espacio público? Lo hace habitualmente. Nunca actúa de oficio para restablecer el orden quebrantado, sea porque su jefe no se lo ordena o no lo autoriza.

¿Y la autoridad policial? También está habituada a “mirar para otro lado” cuando la prepotencia de unos pocos somete y humilla a la población.

Desde luego, ni el gobernador, ni el Ministerio Público, ni el jefe de Policía pueden ser considerados cómplices de los violentos. Pero deben, de una buena vez, adoptar medidas para que la ley se aplique. La inactividad puede configurar encubrimientos o complicidades.

¿Hay soluciones para sancionar el incumplimiento de los funcionarios a sus obligaciones legales? Sí. “Cualquiera del pueblo” (articulo 159 de la Constitución Provincial) puede denunciarlo ante un Jurado de Enjuiciamiento.

Si se quiere ir al fondo, hay que reformar la Constitución, eliminar al Ministerio Público como “extrapoder” y retornar al sistema adoptado en 1923. O sea, que forme parte del Poder Judicial y que el fiscal General integre el Tribunal Superior, obligado, moral e institucionalmente, a desempeñarse con imparcialidad e independencia.

Fuente: La Voz del Interior

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21Oct/171

El progresismo ignorado

Por Claudio Fantini

El progresismo parece huérfano de dirigencia en la Argentina. Al menos, está claro que no existen partidos que, como tales, posean discursos que transmitan pensamiento progresista. Y también está claro que las fuerzas que se autodenominan progresistas expresan el viejo nacionalismo estatista, con líderes personalistas, o bien izquierdismos modelo siglo 20.

Los nacionalismos estatistas con liderazgos hegemónicos –hoy inspirados por pensadores como Ernesto Laclau– pertenecen a la cultura política autoritaria y desprecian la institucionalidad republicana y la democracia liberal.

También aborrecen todo lo que provenga de la cultura liberal aquellas izquierdas que aún idolatran las dictaduras burocráticas que condujeron el fallido modelo colectivista de planificación centralizada.

Ni los neopopulistas ni las izquierdas tienen en cuenta a los líderes y los discursos del único progresismo posible, que pertenece a la cultura liberal. Por cierto, el progresismo es también despreciado por los conservadores, las derechas ideologizadas y los libremercadistas ortodoxos.

A las izquierdas totalitarias, el ensayista Alejandro Katz les recordó, en un artículo publicado en La Nación, de Buenos Aires, que José Aricó vinculó directamente los rasgos “autoritarios y burocráticos” de los regímenes comunistas con “el pensamiento marxista”.

Aquel notable intelectual gramsciano escribió en 1979 una definición contundente: “Sin instituciones democráticas, el capitalismo de Estado no es la antesala del socialismo, sino el fundamento de una inédita y monstruosa dictadura sobre las masas”.

Es imposible considerarse “progresista” y al mismo tiempo idolatrar a figuras ligadas a esas “inéditas y monstruosas dictaduras”.

También incurre en apropiación indebida del término el populismo que confunde Estado con burocracia; acepta la sumisión al verticalismo y venera los liderazgos personalistas de carácter hegemónico.

Igual que los conservadores y los libremercadistas ortodoxos, la izquierda y el populismo desprecian la vertiente liberal que nutre al progresismo, desde que John Rawls publicó en 1971 su monumental Teoría de la justicia.

Por entonces, igual que ahora, al progresismo liberal que plantea la equidad sin renunciar a la libertad total, izquierdas y populismos lo consideran un disfraz de mansedumbre que oculta la naturaleza salvaje del capitalismo.

La realidad muestra que el “socialismo real” no había alcanzado la igualdad, sino alterado las causales de la desigualdad, creando una pirámide encabezada por la nomenclatura que detenta el poder, seguida por la burocracia intermedia y, en la base, una mayoría sin poder ni privilegios.

Ante esa realidad, Rawls propuso una desigualdad justa para superar desigualdades injustas.

La desigualdad es justa si el empuje de los favorecidos sirve a los desfavorecidos; mientras que la desigualdad es injusta si, como la que impera en Argentina y en la mayor parte del planeta, encumbra a quienes no lo merecen ni generan nada para los desfavorecidos.

Los conservadores justifican y defienden la desigualdad injusta. Las izquierdas nostálgicas y los neopopulismos prometen igualdades inexistentes y ocultan la desigualdad que caracteriza a las nomenclaturas, las burocracias y el “capitalismo de amigos”.

En cambio, el progresismo propone un capitalismo equitativo, que promueva la iniciativa individual y favorezca a los emprendedores, en lugar de las grandes corporaciones.

No es estatista ni antiestatista; tampoco privatista ni antiprivatista. Es partidario de un Estado activo, que lejos de ser una inútil burocracia o un obstáculo para la potencialidad creativa de los individuos, se dedica a abrir caminos a la creatividad individual y grupal.

El progresismo es contrario al Estado castrador y al Estado títere de las grandes corporaciones. Lo que propugna es el Estado que, en lugar de ser una carga o una obstrucción, es instrumento para desarrollar las potencialidades creativas y productivas de las personas.

En Argentina, nadie está mirando a líderes inspirados en ese progresismo, como Justin Trudeau, defensor del multiculturalismo tan liberal como socialdemócrata de su padre, Pierre Trudeau. El primer ministro canadiense es capaz de expresar “vergüenza” por el país que ignoró culturas nativas como la inuit, y también impugnar el autoritarismo que empobreció a Venezuela.

Aún no se puede juzgar su gestión, pero sí valorar el discurso del presidente francés Emanuel Macron criticando a cierta intelectualidad que, por antiliberal, resulta retardataria: “Miran el mundo de hoy con ojos de ayer y hacen ruido con viejos instrumentos”.

Fuente: La Voz del Interior

8Oct/170

La inesperada rebelión de los argentinos

Por Jorge Fernández Díaz

El cambio es la única cosa inmutable de esta vida, pensaba Schopenhauer. Parece una boutade o el principio de un retruécano, pero expresa la gran verdad que sacude al planeta: hasta no hace mucho la política imitaba a la geografía; las culturas y las relaciones de los países del Norte y del Sur parecían tan estáticas como una cordillera, un valle o una llanura. Hoy las placas tectónicas se mueven, las rocas eternas se derrumban y el paisaje muta de manera sorprendente: Estados Unidos encarna el proteccionismo; Rusia, el nacionalismo imperial, y el Partido Comunista Chino, la globalización capitalista.

La Unión Europea es acechada por neopopulismos burdos y secesionismos inquietantes, y la Argentina marcha a contramano de casi todos ellos, tratando de construir precisamente aquello que muchos "vanguardistas" de España, Francia y Alemania consideran que ha entrado en crisis y debe ser descartado. El rocambolesco escenario sirve para que los kirchneristas castiguen ese rumbo y para que Alain Rouquié, pensador francés que se enamoró imprudentemente de su objeto de estudio, se pregunte si no será "la hora de los peronismos" para algunos países europeos. Vale la pena analizar un poco algunas de estas espinas y zonceras.

El marxismo-leninismo y sus subproductos regionales fueron el dispositivo político que durante décadas recogió la indignación, el inconformismo social y la oposición al "sistema", entendido éste como una democracia institucionalista en busca de un Estado de bienestar que la izquierda creyó siempre imposible o en todo caso decadente. No se trataba de una revolución delirante, sino de un proyecto muy serio: la Unión Soviética era una superpotencia y dominaba medio mundo; las otras formas del socialismo real, aunque a veces antagónicas, operaban de algún modo bajo esa sombra gigante y verosímil. La conquista de la prosperidad por parte de los europeos y sus imitadores y la implosión del proyecto soviético con la consecuente caída del Muro de Berlín pulverizaron esa bipolaridad y abrieron las puertas al trasnochado concepto del "fin de la historia". La historia nunca se acaba, y la pulsión antisistema, refundido el aparato que le daba cauce, buscó una nueva alternativa. El neopopulismo, revival de experiencias anacrónicas y peligrosas, hijo dilecto de la tara anticosmopolita y pariente atolondrado del fascismo, ocupó entonces ese lugar vacante aprovechando los inesperados estragos que la globalización total les iba provocando progresiva y paradójicamente a los países poderosos. Ernesto Laclau, gurú de Cristina Kirchner pero también sumo pontífice de las nuevas fuerzas populistas europeas, mamó su teoría de la larga peripecia peronista; provenía de la izquierda nacional de Jorge Abelardo Ramos. Ninguno de los dos le hizo mucho caso a Albert Camus: "Amo demasiado a mi país como para ser nacionalista". Ni a Cela o a Pío Baroja: "El nacionalismo se cura viajando".

El neopopulismo, con los manuales de Laclau, fabrica divisionismos binarios, ataca en el Viejo Continente el republicanismo desde adentro, propugna en secreto al partido único (representación del pueblo y la patria), insinúa la necesidad de implantar una democracia hegemónica a la manera de Perón y denuncia a las "castas" (la dirigencia) y a sus amos corporativos, antes denominados la sinarquía internacional. Y por increíble que parezca, con tan pobre formulario y tan gastados clichés, logra encarnar "la rebelión".

La Argentina fue, como contrapartida, la cuna de aquel mismo movimiento que es visto hoy como el padre intelectual y fáctico de toda esta operación ideológica. Y que desde 1943 colonizó la lengua política, se apropió del Esta-do, cooptó a los sindicatos y a muchos otros sectores económicos, gobernó a derecha y a izquierda más que nadie y torció a su gusto el sentido común. Aquí el partido antisistema triunfó y se convirtió en el mismísimo sistema. La corporación peronista creó principados y barones, y volvió millonarios a muchos de sus jerarcas; se transformó así en el statu quo, y los resultados concretos, número a número, de su performance completa no dejan espacio para la duda: fabricó con profusión una decadencia pronunciada y una alta pobreza estructural. La novedad de las dos últimas elecciones radica tal vez en que un segmento importante de la sociedad parece levantarse hoy contra ese hegemonismo en el que nos habíamos acostumbrado a vivir, indignada por su secuela de corrupción e insatisfecha con su progreso. También se trata de "una rebelión", pero en sentido contrario a la europea: aquí hay, a su vez, "castas" que deben ser denunciadas y un cambio de régimen que debe ser consumado, pero los rebeldes disruptivos acusan a las oligarquías peronistas del poder permanente y reclaman ahora la instauración no ya de una "anomalía" (como se jacta Ricardo Forster) sino de un "país normal", el modelo clásico que llevó bonanza a las repúblicas más evolucionadas. En esta historia de dos orillas, conformismo y rebeldía son, según pueden apreciarse, realidades espejadas, es decir: equivalencias exactas, pero invertidas.

En estos términos deberían leerse algunas convulsiones que experimenta el mundo y, mientras tanto, el lento desmoronamiento en la Argentina de una urdimbre que parecía inmortal, formada por la divinización caudillista, el estatismo bobo y parasitario, las mafias enquistadas y una impotencia adolescente para jugar el juego de los adultos. La connivencia del peronismo bonaerense con el hampa policial y el negocio narco, y también con las diversas bandas que se refugian en el gremialismo, la Justicia, el fútbol, los punteros, los contratistas y el funcionariado, se combinó con la desidia gestionaria, la inseguridad, el atraso bananero y la tolerancia a la miseria crónica. Y produjo una verdadera rebelión que se cargó hace dos años a los patrones invictos de la cuadra y encumbró una perestroika impensable de final abierto. La Salada, el "Pata" Medina, y la extensa galería de personajes que protagonizan los escándalos y los juicios orales son ladrillos de ese otro Muro que se derrumba.

Primera lección para los europeos: el populismo se hace fuerte denunciando ampulosamente el latrocinio y las prerrogativas de los liberales, los socialcristianos y los socialdemócratas, pero cuando se consagra y se asienta, elude el control aplastando las instituciones, comete múltiples venalidades embozado en su enorme poder y se crea una batería de privilegios propios, que justifica con relativizaciones más o menos disimuladas de la "moral burguesa"; algo que en su último libro el filósofo Miguel Wiñazki califica como "la posmoralidad, o la indiferencia en torno a la ética".

Segunda lección: todo populismo también involuciona hacia su irresistible radicalización autoritaria. Se encuentra inscripto en su genoma el imperativo "revolucionario" de no reconocer los límites, por considerarlos trampas de la "derecha", y arrasar con todos los que pueda en nombre de la "emancipación nacional" y el "bienestar del pueblo". Su vocación, aunque a veces solapada, implica generar antagonismos sectoriales, malos de película, obras maestras de la posverdad y masa crítica suficiente como para gobernar en un permanente estado de excepción y de censura encubierta. Esta semana y a pesar de su perezosa desmentida, Axel Kicillof repitió el concepto que arde desde hace rato entre los ex estalinistas del peronismo: la información es un bien público y por ello la debería brindar sólo el Estado, porque es el único que puede publicar información objetiva. Cuando tuvieron los medios, lo que hicieron fue ofrendar esa "objetividad" al capricho personal de la presidenta de la Nación.

Cambiemos es el instrumento circunstancial que han elegido los rebeldes para combatir el sistema de estancamiento y sus filosofías despóticas. Macri tiene la fatal responsabilidad de no defraudar expectativas, y de demostrar que la democracia republicana será el verdugo de la desigualdad o no será nada. Porque como decía Roosevelt: "Una gran democracia debe progresar o pronto dejará de ser o grande o democracia".

Fuente: diario La Nación

7Oct/174

Lea la medalla, presidente Macri

Por Adrián Simioni

Había una vez un rey que, en su lecho de muerte, convocó a su hijo. Allí, le dio al príncipe una medalla guardada en un sobre sellado, con una instrucción sencilla: cuando estuviera en el peor momento de su vida, el heredero debía abrir el sobre y leer el mensaje en el anverso de la medalla, cuidando de no leer el reverso; y cuando estuviera en el mejor momento de su vida, debía reabrir el sobre y leer el reverso.

El rey murió y el príncipe lo sucedió. Una crisis asoló a su país, sus súbditos odiaron al nuevo monarca, que perdió su reino y partió con su familia a un exilio de miseria. Era el momento. El monarca sin trono abrió el sobre y leyó en el anverso: “Esto no durará por siempre”. Guardó la medalla. Pasaron los años, el rey fue restaurado en su reino, recuperó el cariño de su pueblo y su familia era feliz. Había llegado otra vez el momento. El rey tomó la medalla y leyó en el reverso: “Esto no durará por siempre”.

No sabemos en qué orden debería leer su medalla Mauricio Macri. Pero es casi seguro que es en este preciso momento en que debería echarle un ojo al reverso.

Su gobierno está llegando a las legislativas –donde se ahogaron los gobiernos democráticos no peronistas– en su cenit.La inflación está bajo relativo control, la economía empieza a dar señales de vida, el kirchnerismo boquea en el suelo, el resto de la oposición está dividida, el sindicalismo ondea una bandera blanca y la Justicia actúa en coherencia con ese rumbo.

Es un montón para un Presidente que casi no designó jueces, que es minoría en las dos cámaras legislativas, que heredó un cruento déficit fiscal sin acceso al crédito y un estancamiento de años, y que administra un país plagado de gobernadores de otros signos partidarios.

Es el punto justo en el que el optimismo suele convertirse en exitismo. Ha pasado. Hay un punto inasible pero muy real en el cual los gobernantes suelen pasar de la humildad a la soberbia. A la creencia de que se pueden cruzar los límites.

En las últimas semanas, fueron notorias algunas señales. De golpe, medios respetables titulan, como si fuera lo más natural del mundo, que “ahora es el turno” judicial de tal o cual sindicalista; o cuentan que la ofensiva judicial contra el gremialista Juan Pablo Medina fue “conversada” en el avión presidencial junto al máximo jefe sindical de la Uocra, Gerardo Martínez; o narran que en la Casa Rosada le ponen un número inventado (pero con ánimo contable) a la cantidad de argentinos (562 es la cifra) que, según el Gobierno, son los que traban el desarrollo.

Hay más. Ciertas crónicas dan por sentado que “los jueces” investigan la corrupción pasada de acuerdo con las necesidades del Gobierno, aunque con divergencias sobre si lo hacen porque los magistrados “huelen” para dónde tienen que proceder sin que les digan nada o si, directamente, siguen órdenes y sugerencias.

En el Congreso, se levantan quinielas apostando sobre si Elisa Carrió querrá, sabrá o podrá impedir que Cristina Fernández llegue a asumir en el Senado, como si el voto soberano de la ciudadanía bonaerense fuera un mero accidente o la Justicia no tuviera nada que decir antes de semejante movida.

Este es el momento justo para que Macri salga a decir que –y a convencer de que– no llegó a la Rosada para perseguir a nadie, para manipular jueces ni para burlar la voluntad democrática.

El gobierno macrista está en la cúspide. Es hora de que abra el sobre, lea el reverso de la medalla y la guarde de nuevo. Va a necesitar leer el anverso cuando tenga que domar de verdad el potro del déficit fiscal con una liga de gobernadores sedientos al frente, a menos que se resigne a transitar el resto de su gobierno financiándolo con una toma de deudas que, en tal caso, habrá perdido su sentido de puente gradual hacia una economía sustentable.

Lea la medalla, presidente Macri. Es la hora precisa, el momento perfecto. Allí dice: “Esto no durará por siempre”.

Fuente: La Voz del Interior