A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

27Ene/161

Un programa de reformas políticas

Por Roberto Azaretto.

Los problemas económicos graves que heredó el nuevo gobierno, resultado de los errores y horrores de un gobierno que en doce años dilapidó la mejor oportunidad del país en un siglo y deja como marca indeleble doce millones de pobres, no deben postergar afrontar los temas políticos.

La política es lo primero”, decía, Goethe y la historia muestra que la decadencia argentina está vinculada a la incapacidad para construir instituciones sólidas. Las provincias que más se desarrollaron son las que tienen mejor calidad institucional. Las gobernadas por oligarquías que conforman feudos no progresan, a pesar de regímenes especiales de promoción industrial o programas de obras financiadas desde el gobierno nacional.

Son provincias con jueces que actúan como empleados del gobernador, con reelecciones prolongadas o dejan a esposas, hermanos o hijos en las gobernaciones e intendencias, como si fueran parte de un patrimonio privado.

La calidad institucional se ha reducido a nivel nacional, como consecuencia de pretender trasladar esos sistemas feudales y patrimonialistas de la política al Estado nacional. La conversión del Congreso en una escribanía, los intentos de obtener un Poder Judicial sometido al Ejecutivo, los ataques a la libertad de prensa, los manejos sospechosos en el sistema electoral fueron la constante en el ciclo político que culminó.

Se necesita acordar un programa de reformas legislativas, sin descartar una reforma constitucional, limitada a estos tópicos. El que esto escribe sugiere una agenda para plantear un acuerdo político legislativo.

Terminar con las reelecciones eliminándolas para los cargos ejecutivos o a lo sumo limitarlas a un solo período adicional, sin posibilidad de retornos. También, tomando el modelo de la Constitución de Mendoza, los familiares en primer grado y cónyuges de los presidentes, gobernadores, intendentes y sus vice, deberán esperar un período para aspirar a ser electos en los cargos que dejan sus familiares. Si esta cláusula se incorpora a la Constitución Nacional, puede obligar a las provincias cuyas constituciones deben ajustarse a la misma.

Debemos mejorar el balotaje para evitarlo habrá que obtener un voto más que el 50%. El sistema actual es ridículo y fue armado a medida de quien gobernaba en 1994.

El tercer senador es de la minoría, para eso se incorporó a la Cámara alta un nuevo representante por provincia; a pesar de ello, algunos oficialismos presentan colectoras para tener los tres senadores, esa barrabasada la cometió el oficialismo de Santiago del Estero en 2013, avalada por la mayoría del Frente para la Victoria al no rechazar el diploma. Es entonces un tema a dejar bien claro.

Hay que organizar una Agencia Federal de Elecciones, autónoma del Ejecutivo, encargada de todo lo inherente a los comicios. Debe confeccionarse un nuevo padrón, en las poblaciones y parajes de algunas provincias terminan votando personas que hace años no residen en el lugar al “volcarse” los padrones.

Las primarias deben ser obligatorias para todos, no sólo para la oposición, y darse libertad para recomponer las fórmulas. Hay que incluir el voto electrónico en todo el país, mientras tanto debe votarse con boletas separadas de distinto color para elegir autoridades nacionales, provinciales y municipales, como se votó en 1983, facilitando los cortes de boleta.

Despolitización del Consejo de la Magistratura y eliminación de mecanismos arbitrarios, terminando con la gran cantidad de casos de nombrar a quienes han salido en decimotercero o decimocuarto lugar. Quien logre más puntos en los concursos debe ser el propuesto al Senado.
Remoción de fiscales y jueces que han mostrado complicidad con la corrupción.

Imponer a funcionarios y congresistas la obligación de presentar declaraciones juradas de bienes que incluyan a todo el grupo familiar y organizar a través de la Oficina Anticorrupción, que debe ser fortalecida en autarquía y recursos, el control de la evolución patrimonial de los funcionarios. A esto se debe agregar la imprescriptibilidad de los delitos de corrupción, la sanción de la Ley del Arrepentido, reconstitución de la Sindicatura General de la Nación.

Creación de la Policía Judicial para auxiliar a la Justicia sin interferencias en los casos de corrupción, delitos complejos, lavado de dinero.
Profesionalización del Estado promoviendo la carrera administrativa, concursando los cargos que deben dejar de ser botines electorales o premio consuelo de quienes concluyen mandatos legislativos.

Fijar requisitos de idoneidad para los directorios de los bancos oficiales, empresas estatales, organismos descentralizados.

Recuperación de la autonomía del Banco Central.

Reorganización del sistema impositivo y reforma de la ley de Coparticipación Federal para evitar la discrecionalidad del gobierno central y el avasallamiento de las autonomías nacionales y provinciales. Hay que establecer cuáles impuestos son provinciales y cuáles nacionales suprimiendo la coparticipación. A ello se debe agregar un fondo de equipamiento del territorio para mejorar la competitividad de las provincias de menores recursos.

Fuente: diario Los Andes

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20Ene/166

La diversión de Beatriz Sarlo

Por Prudencio Bustos Argañarás.

A través de un amigo, llegó a mis manos días atrás una nota publicada en el diario La Nación de Buenos Aires, en la cual se reproducen declaraciones formuladas en un programa de televisión porteño por Beatriz Sarlo, a la que el periódico llama “filósofa y ensayista”.

Luego de poner de manifiesto su “distancia de la ideología política del PRO”, la entrevistada criticó duramente al presidente de la Nación por haber incorporado a su gabinete a gerentes que pasan, según ella, de una empresa al Gobierno y cuando se aburren, regresan a aquella. Trascartón hizo un elogio de los políticos de carrera, a quienes considera más aptos para conducir los destinos del Estado.

Me temo que a Sarlo se le pasó por alto que a los argentinos no nos fue precisamente bien cuando fuimos gobernados por políticos profesionales –que abundan en el país–, y de lo que los 12 años de gobierno del matrimonio Kirchner ha sido una muestra por demás elocuente. Y que, por el contrario, quien ha acreditado capacidad para administrar de forma eficiente una empresa privada ofrece mejores antecedentes a la hora de conducir una repartición pública o una empresa estatal.

Pero lo que en verdad me llamó la atención fue su opinión respecto al Presidente, de quien dijo que le resulta “aburrido, mortal para usar una palabra suya”.

No conozco personalmente a Mauricio Macri para evaluar su capacidad de divertir a la gente, lo cual, por otra parte, me parece un ingrediente superficial e intrascendente en un balance de su primer mes como primer magistrado.

Resulta sorprendente que personas a quienes los medios de comunicación inscriben en la categoría de intelectuales se pronuncien de manera tan insustancial sobre la capacidad de gestión de un gobernante.

Si lo que Sarlo espera del presidente de la Nación es que la divierta, no puedo menos que asombrarme por la trivialidad de su pretensión. Por mi parte, me tiene sin cuidado la capacidad histriónica de Macri, de quien espero que sea un buen presidente, no un buen comediante.

Me importa sí, por ejemplo, saber si posee las cualidades que debe acreditar quien conduce los destinos de mi país, como son la capacidad, la honradez, el coraje y las convicciones republicanas; lo que podremos ir evaluando a medida que veamos su desempeño.

Que la protagonista de la nota quiera tener a alguien que la entretenga y la distraiga me parece legítimo, pero creo que ha orientado mal su búsqueda, porque el presidente de la Nación no es la persona indicada para ello.

Seguramente en Buenos Aires, donde vive, hay cómicos que pueden desempeñar esa tarea de manera eficiente, y si así no fuera, me permito recomendarle que venga a Córdoba, donde los hay en abundancia y talentosos.

Tengo para mí que los argentinos deberíamos debatir e intentar ponernos de acuerdo acerca del alcance del estatus de intelectual, que suele prodigarse entre nosotros con alguna ligereza.

Ese atributo fue, por caso, asignado a un grupo de militantes oficialistas del gobierno saliente, que bajo el nombre de Carta Abierta pontificaban desde el Olimpo de su pretendida eminencia, y en un lenguaje rebuscado y jactancioso exaltaban las acrisoladas virtudes de la expresidenta y el incontrovertible acierto de sus decisiones, e intentaban justificar –con complicados argumentos supuestamente eruditos– sus desaciertos y sus caprichos.

De los auténticos intelectuales es dable esperar juicios críticos, despojados de banderías partidarias y más aún de conveniencias personales. La militancia rentada, la obsecuencia y el servilismo no se cuentan, sin duda alguna, entre las virtudes de quienes pretenden formar parte de ese colectivo. No es este el caso de Sarlo, pero tampoco la frivolidad se inscribe como un rasgo distintivo que deba adornar el carácter de un auténtico intelectual.

Fuente: La Voz del Interior

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18Ene/161

El Club del Helicóptero

Por Fernando Iglesias.

Quiero hablar con la mano en el corazón porque este es un manual para saqueos, violencia y desestabilización de gobiernos que tiene su historia... se inauguró el primer tomo de este manual en el final del gobierno del doctor Alfonsín... sectores políticos, y fundamentalmente sectores del Pejota, todos lo sabemos perfectamente... Lo mismo pasó en 2001... Sabemos cómo se organizó eso. Sabemos quiénes eran los actores. Sabemos que comenzó en la Provincia de Buenos Aires... Bueno, toda la vieja historia que ya conocemos los argentinos”.

Quien así hablaba en diciembre de 2012 (ver https://www.youtube.com/watch?v=7ctktaLNWRA&x-yt-ts=1422579428&x-yt-cl=85114404#t=12 ) no era un opositor al peronismo sino la mismísima y peronista Presidente de la Nación, Cristina Kirchner, quien en medio del pánico provocado por los saqueos de Bariloche tuvo un súbito ataque de memoria. O de amnesia, si prefieren, ya que olvidó que en diciembre de 2001 había pedido la renuncia de De la Rúa y denominado a las acciones recomendadas por el “manual para saqueos, violencia y desestabilización de gobiernos peronista” como “revocatoria popular de mandato” (ver https://www.youtube.com/watch?v=ZTTZFAp8UtU)

El repentino ataque de memoria se le pasó, en todo caso, porque en noviembre de 2015, en plena campaña sucia contra Macri, desahució sus capacidades de gobernabilidad diciendo: “Estoy preocupada porque la Ciudad de Buenos Aires tuvo tres jefes de Gobierno, y uno fue presidente en el ’99 pero en el 2001 se fue en helicóptero”. Y luego: “Quiero que cada uno vote con mucha reflexión (sic). Después no vengan con el que se vayan todos”.

Conectar la reconocida trayectoria destituyente de la señora Kirchner con sus actitudes posteriores a la elección de Macri es un ejercicio que todo ciudadano avispado debería acometer luego de recordar que el último presidente no peronista que terminó su mandato fue Alvear, en 1928.

Esta vez, el intento kirchnerista de desgastar a un gobierno no peronista comenzó antes de su asunción, con una oposición cerrada a toda transferencia organizada del poder que fue desde el ocultamiento de información vital sobre el caótico estado del país hasta la negativa a participar de la ceremonia de entrega del bastón de mando. Quienes redujeron el episodio a mero capricho de despechada desconocen la realidad y subestiman el peligro: la inexistencia de la foto de entrega del bastón presidencial tiene un significado transparente para la militancia K. Su ausencia explicita que el kirchnerismo no considera la asunción de Macri como parte de la natural alternancia democrático-republicana sino como un acto de destitución del único poder popular legítimo, el kirchnerista, lo que autoriza y da inicio a la resistencia contra un poder que consideran extraño, extranjero. Estamos hablando, claro, de una tradición política que se considera heredera de quienes, en plenos Setenta, tomaron las armas y pasaron a la clandestinidad frente a un gobierno que habían votado.

Aquel pasaje de consignas entre Cristina y Macri nunca efectuado fue el acto fundacional del Club del Helicóptero. Le siguieron toda una serie de actitudes y declaraciones destinadas a erosionar hasta donde fuera posible al gobierno democráticamente elegido. El levantamiento del cepo y los -por ahora- exitosos intentos de destrabar el caos económico que es la Argentina fueron calificados, en plazas y programas de la TV Pública, como parte de una restauración neoliberal por los responsables y autores del desastre. La discontinuidad de 6-7-8, un programa goebbeliano de persecución y calumnias cuyo nivel de audiencia y costos salariales lo hacen inviable para cualquier emisora, fue presentada como un intento de censura gubernamental, así como el despido de Víctor Hugo Morales de una emisora privada.

Un soldado a las órdenes de la anterior presidente se atrincheró en un organismo público invocando la vigencia de una ley cuyo único artículo que había respetado era el referente a su propia continuidad, mientras una andanada de bombas de tiempo económicas era disparada desde el estribo del poder. La misma incluyó la devolución de los fondos que el kirchnerismo había negado a las provincias por seis años hasta a aquellas provincias que no lo habían solicitado, con cargo a Macri; un endeudamiento de última hora a ritmo y tasas noventistas, con cargo a Macri; la venta de dólares a futuro a precios regalados, con cargo a Macri; y una epidemia de contratación de ñoquis como nunca se había visto en los abundantes anales del Estado argentino, con cargo a Macri.

A continuación, la no renovación de contratos que a último momento incorporaron al Estado a miles de jóvenes kirchneristas fue calificada de “despidos arbitrarios”, y el carácter de militantes de todos ellos, prueba indudable de la arbitrariedad partidaria con que el kirchnerismo ha manejado al Estado, fue presentada como prueba de persecución ideológica y macartismo.

Un festival de la hipocresía encabezado por lo peor del kirchnerismo, plagado de cretinos políticos que por doce años violaron conscientemente la Constitución y la Ley y que, con admirable sentido de la oportunidad, descubrieron la República hace dos semanas. El mundo al revés. Un show de cinismo, vulgaridad y obsecuencia en el que solo faltó Luisito Delira citando a Montesquieu y abogando por la independencia de poderes.

Es el Club del Helicóptero, compañeros, y sus performances más espectaculares tuvieron lugar en la Provincia de Buenos Aires, núcleo central de la gobernabilidad argentina. Hablo de la orden de Cristina que desbarató el acuerdo sobre el presupuesto provincial alcanzado entre el oficialismo y los legisladores del Frente para la Victoria, y de la espectacular fuga de los Lanatta y Schillaci que dejó en evidencia que la cadena de la Policía Bonaerense no termina en las autoridades estatales legítimamente constituidas sino en el Partido Justicialista de la Provincia de Buenos Aires.

Nadie que haya prestado atención a los hechos puede creer que los tres fugitivos, condenados a cadena perpetua por el triple crimen de la efedrina que bancó la campaña kirchnerista de 2011, hayan podido escapar y permanecer prófugos dos semanas sin la declaración de zonas liberadas por parte de las fuerzas de “la mejor policía del mundo”, como las calificó el compañero Duhalde. Vaya casualidad, se trata de la misma fuerza policial que en diciembre de 2001 le abrió a Duhalde el camino a la Presidencia y habilitó el posterior ciclo kirchnerista liberando zonas para los saqueos “espontáneos” que acabaron con el gobierno de De la Rúa. Gobernaba la Provincia, justo es recordarlo, el compañero Ruckauf del “meta bala”; su secretario de seguridad era Juanjo Álvarez, ascendido luego a secretario de seguridad de la Nación de Rodríguez Saá; y formaba parte del elenco ministerial de Ruckauf un tal Aníbal Fernández, quien salió de la reunión en el Banco Provincia con Ruckauf, Álvarez y los intendentes peronistas del conurbano en la que se decidió la política de zonas liberadas justificándolas con la siguiente declaración: “Decidimos evitar muertes”.

Quien piensa mal comete pecado pero acierta, solía decir un tal Giulio Andreotti, que no por nada fue la principal figura política italiana de la posguerra. Haría bien en escucharlo el actual gobierno, para que no crea que la grieta se cierra con voluntarismo. En su defecto, podría recordar aquella publicidad de Canal 13 que intentaba sostener la audiencia entre programa y programa al grito de “No se vaya, que ahora viene lo mejor”. Y es que, a no dudarlo, lo mejor del Club del Helicóptero comenzará a continuación, el primero de marzo, cuando ambas cámaras vuelvan de sus vacaciones.

Mayoría kirchnerista en el Senado. Primera minoría en Diputados. Son los títulos del nuevo drama que prepara el Club del Helicóptero. Quienes aún piensan que el kirchnerismo desaparecerá por haber perdido una elección sufrirán con sus capítulos a partir del inicio de las sesiones. Acaso entonces, aquellos que creen que el acceso a la República es un evento automático comprenderán la estrategia de Macri de no llamar a sesiones extraordinarias y avanzar con un programa de reformas que ha reconocido como únicos límites la Constitución y la Ley, durante la corta luna de miel de este verano.

La táctica debe incluir, forzosamente, la colaboración del Frente Renovador y de los sectores no kirchneristas del Partido Justicialista, obligados hoy a garantizar la gobernabilidad por responsabilidad institucional, en el mejor de los casos, y por conveniencia política, en el peor; ya que cualquier traspié del Gobierno significaría su derrota a manos del Club del Helicóptero, su adversario político interno.

¿Podrán Massa, Urtubey, De la Sota y los caciques provinciales peronistas evitar la adhesión del Pejota a ese Club del Helicóptero que ha hecho de la erosión del poder macrista su única estrategia? ¿Serán capaces de tener éxito en la democratización republicana del justicialismo, en la que fracasó Cafiero? ¿Se mantendrán inmunes a la tentación del poder inmediato si el Gobierno de Cambiemos sufre un traspié económico o una caída de su popularidad, por ahora en alza, durante sus cuatro años de mandato?

Yo no lo creo, pero lo espero, y estoy dispuesto a dejarme convencer por los hechos. En tanto, no estaría mal que quienes proclaman que el kirchnerismo no es peronismo recurran a la institucionalidad de la que tanto hablan y propongan la expulsión del Partido Justicialista de personajes lamentables como Aníbal Fernández; que para eso existen los tribunales de disciplina partidarios. Que lo hicieran no constituiría una prueba definitiva de la negativa del peronismo no kirchnerista a integrar el Club del Helicóptero, pero sería, al menos, un comienzo.

Fuente: Diario Los Andes

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28Dic/150

Calma amigo kirchnerista, falta menos

Por Alejandro Borensztein.

Ni en las fiestas tenemos paz. Así es la vida de los que andamos por ahí, preocupados por la política. Me pasé años conteniendo a los atormentados que no entendían las maravillas del kirchnerismo. Me cansé de explicarles durante todo el 2015 que ya podían relajarse porque, en el fondo, el gobierno de Ex Ella había terminado.

Las últimas genialidades que intentaron en la retirada eran por la chinche que les daba saberse fuori de la copa. Siempre le dije, amigo lector: “Calma, lo que está haciendo el kirchnerismo le va a servir como ventosa al muerto”. Y no me equivoqué.

Piense en las cosas lindas que intentaron en tantos años: desde el plan “Merluza para Todos” hasta la Reforma Judicial, pasando por la Ley de Medios, la persecución al fiscal Campagnoli, los CEDINES, la Cristina eterna, la conquista de Angola, el acuerdo con Irán o la designación de jueces subrogantes. No embocaron una.

Si cuando el kirchnerismo tenía la suma del poder político, las cosas le salían como el orto, imagínese cómo les iban a salir ahora que ya tenían las valijas hechas, los canastos en la puerta y los militantes embalando platos y vasos.

Sin embargo, usted no terminaba de creerme. Semana a semana, lo fui chamuyando, tranquilizándolo, mimándolo, eventalmente medicándolo cuando la cosa se complicaba, hasta que finalmente lo convencí y se calmó.

Y justo ahora que ya lo tengo a usted y a medio país más tranquilo, controlado y estable, se me empezó a emputecer la otra mitad.

Mientras por un lado hay millones festejando la llegada del Compañero Mauri, por el otro hay un montón de tipos enloquecidos y en llamas, pidiendo que se vaya el dictador Macri. No paran ni en las Fiestas.

En realidad, los sacados son sólo una parte de esa mitad. Si hacemos los números bien, el núcleo duro, el que resiste en las plazas de la Patria, el que está domando caballos para marchar sobre Plaza de Mayo y el que venera a la Familia Real Kirchner, es un grupo muy chiquito pero que rompen los kinotos sin parar y no te dejan ni comer un turrón en paz. El resto mira traquilo.

Por eso, ahora hay que ocuparse de los kirchneristas no fanáticos de buena voluntad y llevarles un mensaje de amor, paz y esperanza.

Si usted es un kirchnerista razonable, lo primero que debe hacer es mirar la parte positiva: por suerte, el quilombo que dejaron Ex Ella, Kicillof y compañía lo va a tener que arreglar otro.

Zafaron todos. Tanto Scioli y Zannini que iban a hacer exactamente lo mismo que está haciendo Macri, como usted, que iba a tener que tragarse el sapo de la devaluación y la negociación con los Buitres.
Lo mismo que hizo Kicillof cuando asumió y al toque devaluó la moneda de 6 a 8 mangos por dólar, cerró un acuerdo leonino con el Club de Paris, le pagó a Repsol e intentó negociar con Griesa, Pollack y Singer. Por supuesto, les salió mal. Como siempre.

Kicillof intentó hacer en nombre de la causa nacional y popular lo mismo que ahora va a hacer Prat-Gay, seguramente en nombre de alguna causa escandinava.

Tranquilo, amigo kirchnerista. Si lo piensa bien, éste es un buen momento para aprovechar y sacarse algunos plomos de encima.

Por ejemplo, ¿para qué corno lo necesitan a Sabbatella? El tipo le hizo perder las elecciones a Kirchner en 2009 cuando lo enfrentó y le mordió 5 puntitos que le dieron el triunfo a De Narváez. No conforme con eso, en 2015 le hizo perder a todo el peronismo, nada más y nada menos que la provincia de Buenos Aires. Por supuesto con la invalorable ayuda de Aníbal. Y de Ex Ella, obviamente.

Avívese amigo. En el fondo, Macri les está haciendo un favor. A Sabbatella lo desalojaron de la AFSCA el 24 de diciembre mientras gritaba que tenía que quedarse de guardia a custodiar el cumplimiento de la Ley de Medios. Ridículo. ¡¡No la pudo hacer cumplir en 4 años y la quería hacer cumplir justo en Nochebuena!!

¿Es legal la maniobra? Massa y Margarita dicen que sí. Y si no lo fuera, Sabbatella no puede patalear. Ejerció un cargo en el que se supone debe ser imparcial y lo usó ilegalmente para perseguir medios críticos y ayudar a los medios oficialistas. Calavera no chilla, macho.

Además, no sirve ni para hacer mandados. Su mayor éxito fue llevarle un telegrama a Clarín y conseguir que el portero del diario le diera 100 mangos de propina y un Olé de regalo. Listo. Mándelo a pérdida.
Lo mismo pasa con Gils Carbó. Si lo hubieran dejado como Procurador a Esteban Righi, al que echaron en 2012 para proteger a Boudou, nadie lo cuestionaría. Es más, de haber seguido Righi, Boudou ya hubiera cumplido 3 años en cana, lo estarían por soltar y no tendría más problemas. Pero la pusieron a Carbó para ejercer un cargo que, como el de Sabbatella, exige independencia. No tiene defensa. Todos sabemos que esta señora, cuando se va a dormir, arriba del camisón se pone una pechera de La Cámpora y canta “Nunca Menos”. Ahora, a llorar a la Iglesia.

Otro que insiste es Timerman. Reabrió su cuenta de twitter con una frase histórica: “Me sumo a las redes sociales con el mismo ánimo militante de quienes pintaban los paredones en el 55”. Posta. Tipos como Dante Gullo o Julio Bárbaro tienen autoridad para decir algo así. Pero este ñato, que mezcla a Macri con Leonardi, Rojas o Aramburu, lo único que pintó durante los 18 años de resistencia peronista son las paredes de su casa en Punta del Este. Sáqueselo de encima, amigo kirchnerista.

Por eso, le sugiero que este verano aproveche para hacer limpieza de placares. Tire todo lo que ya no usa y descanse. Faltan 3 años, 11 meses y 20 días para intentarlo otra vez. Por supuesto, primero se las va a tener que ver con el peronismo profundo. El de verdad. Ahí te quiero ver.

Si usted es muy apegado y extraña, busque en la cartelera de espectáculos de los diarios porque la falange de propaganda de Gvirtz y sus muchachos anda por las plazas haciendo neofascismo a la gorra.
Y si no, ábrase una buena sidra, cómprese un pan dulce y relájese. Soplan tiempos de cambio en la Rosada. Arrancaron bien. La gente tiene esperanza, que es lo más importante. Se los ve sólidos. Si Kicillof levantaba el cepo, le explotaba todo. Estos tipos lo abrieron en dos minutos y no pasó naranja. Es la diferencia entre la inoperancia y la confianza.

Brindemos por usted y por mi. Y por el Compañero Mauri y su familia. Si usted quiere, brinde también por Ex Ella. Lamentablemente, después de Nisman, yo no puedo.

Le tiendo mi mano y le deseo un mejor 2016. Felicidades para todos. Fin de temporada.

Fuente: diario Clarín

20Dic/150

Confiar en uno mismo es el jaquemate contra el populismo

Por María Marty.
Nacemos, y en cuanto podemos, intentamos gatear, trepar, caminar, correr, leer, nadar, escribir y subirnos al árbol más alto. Nos gustan los desafíos y la aventura. Queremos probarnos y hacer las cosas por nosotros mismos.
No importan los moretones, raspones y errores. Preguntamos el por qué de todo y esperamos explicaciones. Queremos entender la naturaleza y sus leyes. Queremos experimentar el mundo, dominarlo y disfrutarlo. Y sentimos, consciente o inconscientemente, que estamos equipados con las herramientas necesarias para lograrlo: una mente y un cuerpo eficaces.
En un hogar y en una escuela, a unos les confirman lo anterior. Los felicitan ante un logro. Les hablan de un mundo aprehensible y lógico. Les presentan la vida como algo digno de ser vivido. Los incentivan a tomar decisiones, a explorar, a cuestionar. Sus errores no se convierten en drama, pero tampoco en culpa del vecino.
Les enseñan, más con el ejemplo que con la palabra, a respetar la libertad y la propiedad, propia y ajena. Para cuando están listos para votar, ya no sólo sienten, sino que también piensan que son adecuados para cruzar la maravillosa puerta que los conducirá hacia la independencia.
En otra casa y en otra escuela, a otros les dan una respuesta diferente. A sus preguntas, les responden con un “porque lo digo yo y punto”; a sus intentos con un “no vas a poder”, a su creatividad con un “mejor hazlo como todos”, a sus sueños con un “mejor ir por lo seguro”. Toda aventura se convierte en peligro, toda desobediencia en castigo, todo error en desilusión.
El sentido de propiedad es etiquetado de egoísmo, y el amor por la libertad es considerado rebeldía. El mundo que parecía lógico y benévolo se derrumba, junto con la confianza en sí mismos. Para cuando están listos para votar, están convencidos de que la mejor receta para no fallar, es poner sus vidas en manos de alguien que “sepa” más.
Llegan las elecciones. ¿Por quién votarán unos y otros? La respuesta es simple: por el candidato que coincida con su autoconcepto. Si creen que son valiosos, votarán por quien respete su dignidad. Si piensan que son inútiles, votarán por quien los trate como tales. Crudo pero cierto.
Si alguien piensa que no está capacitado para hacerse cargo de su vida, ¿votará acaso por alguien que le prometa libertad, competencia, dejarlo solo y en paz? ¿O se sentirá más atraído a votar por el asistencialismo, subsidios, defensa contra potenciales enemigos y distribución de riqueza ajena? ¿Eligirá a quien le diga que es el único responsable por su futuro y por los hijos que decida traer al mundo, o por alguien que le ofrezca subirse a una espalda ajena?
Y cuando haya elegido al populista de turno, el círculo vicioso habrá comenzado a girar, porque una vez que el “salvador” está en el poder, hará lo imposible para que lo sigan votando, generando una continua necesidad de él. Como cualquier estupefaciente, se nutrirá de la debilidad para generar adicción.
Si escuchamos los discursos de todos nuestros políticos, es fácil —y triste— deducir qué piensan de sus votantes. Todos parecen pelearse por ser el que más viviendas, escuelas y hospitales hizo. Por ser el autor intelectual de las asignaciones universales por hijo. Por haber implementado los centenares de planes sociales que existen hoy en día. Por haber subsidiado, por haber protegido, por haber cuidado.
Pero el asistencialismo está lejísimos de ser un triunfo. Es, más bien, una clara demostración de un fracaso rotundo; la evidencia absoluta de que no han sabido generar un sistema que permita a la gente salir de la pobreza y la dependencia, parándose en sus propios pies. Un Gobierno exitoso diría: “Acabamos con todos los planes sociales y servicios públicos. Ya nadie los necesita. Todo ciudadano está ahora en condiciones de pagar por los productos y servicios que necesitan y desean para su vida”.
Fuente: Panam Post en español
18Dic/152

Una acción equivocada

Por Carlos Ríos.

Mauricio Macri ha decidido, por sí solo y sin contar con el acuerdo del Senado, nombrar a dos jueces para la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

Lo hizo amparándose en el artículo 99 inciso 19 de la Constitución Nacional, que lo autoriza a llenar las vacantes de los empleos que requieren acuerdo del Senado y que ocurran durante su receso.

Como siempre pasa en estos casos, los constitucionalistas ya están debatiendo sobre los alcances de la norma y la legitimidad de estas designaciones. Mientras un sector de expertos se ha pronunciado en contra, otro lo ha hecho a favor. Desde la misma Corte se las ha consentido sin ningún reparo.

Por lo pronto, la lectura de los pobres fundamentos del ­decreto y la invocación de precedentes y doctrina de dudosa aplicación al caso revelan que quienes asesoran al Gobierno en estas lides sabían de ante­mano que la medida es jurídi­camente objetable y que provocaría un considerable revuelo. No obstante, procedieron a concretarla.

En términos políticos, se la ha justificado en la necesidad del Presidente de mostrar que maneja las riendas del poder y que ha de usarlo de modo conveniente en un momento en el cual el país requiere fuertes señales de gobernabilidad.

Se dijo que estos nombramientos en comisión le darían ventaja al Ejecutivo en el momento de discutirlos en el Congreso, pues forzarían a los se­nadores a negociar sobre los hechos consumados. Si esta fue la estrategia, la torpeza es de antología.

No tardará la flamante administración en comprender 
la magnitud de su error, cuando 
la oposición le pase la cuenta al terminar el receso legislativo.

El error

La equivocación política e institucional del Presidente es ostensible y se configura aunque todo un comité académico dictamine que el procedimiento adoptado es constitucional. Sencillamente, porque no es una acción que se esperaba de él.

La ley del garrote –que supone la omnipotencia para imponer la propia voluntad sin la anuencia de sus destinatarios– podían aplicarla Néstor Kirchner y Cristina Fernández con eficacia, porque contaban con la mayoría absoluta en ambas cámaras, mandaban en el peronismo y tenían sometidos por extorsión a casi todos los gobernadores. Hacían, además, ostentación de un estilo feudal en el que sobresalían la prepotencia, el trato irrespetuoso y el autoritarismo.

Macri no tiene tales atributos y si llegó a la Casa Rosada fue, precisamente, por no tenerlos. Al contrario, su contrato con los electores se basó en la promesa de una república más transparente y democrática, 
en la cual se establecieran políticas de Estado por consenso. Con casi la mitad del país en la vereda de enfrente, la fortaleza del nuevo presidente está en la obtención de ese consenso, no en los palos.

La experiencia de Kirchner, que no tenía un pelo de estúpido y conocía sus debilidades, de­bería servirle de ejemplo –valga la paradoja– en estas horas ­inaugurales.

Cuando asumió impulsado por un exiguo caudal de votos a favor, interpeló de forma adecuada a la sociedad y actuó en consecuencia con los reclamos latentes. Uno de los cuales era la independencia de la Corte Suprema copada en la década de 1990 por el menemismo.

Yendo para el lado que soplaba el viento, dictó un decreto para crear un procedimiento para la selección de los candi­datos al Tribunal que, en cierta forma, limitaba las facultades presidenciales, y propuso a prestigiosos juristas para el cargo.

La opinión pública aplaudió esa actitud y hasta hoy se la recuerda como un hito. Lo que pasó después es otra historia.

Pero Macri pretende recorrer el camino inverso: demostrar poder desde el comienzo haciendo lo contrario al discurso republicano que pregonó. Corre el riesgo de que sus adherentes se vayan decepcionando al comprobar que el cambio es gatopardismo puro, que una parte considerable de sus socios circunstanciales lo abandone más temprano que tarde y 
que el arco político opositor no kirch­nerista –del cual debe valerse para gobernar– tome este procedimiento heterodoxo como blanco de sus críticas y consiga horadar con buenos argumentos a la flamante gestión.

El valor del precedente

Hay un aspecto, sin embargo, que quienes defienden la constitucionalidad del decreto de­berían ponderar con seriedad: el valor de los precedentes ge­nerados por la práctica cons­titucional.

Un gobierno puede valerse siempre de lo hecho por otro anterior para apoyar sus de­cisiones. Por eso el estadista bienintencionado no debe ceder a la tentación de usar herramientas susceptibles de configurar un antecedente peligroso que en el futuro, cuando él ya no esté, sean usadas para justificar conductas autoritarias o que pongan en peligro las instituciones fundamentales de la República o la seguridad de sus habitantes.

Durante años, el país vivió a merced del capricho de una administración ciclotímica con veleidades absolutistas, que estuvo a punto de desmantelar a la Justicia independiente y arrasar todo aquello opuesto a sus designios.

No lo consiguió porque todavía existía una masa crítica importante y un Poder Judicial sobreviviente que resistió a los embates más enérgicos. No hace mucho, la Corte invalidó la ley de subrogancias a cuyo resguardo los abogados militantes, contados por decenas, tomaron por asalto los tribunales.

Pero si Cristina Fernández hubiera contado con el aval de un precedente como el que hoy se deja impreso en los anales, todos los artilugios y vericuetos normativos para designar jueces adictos y controlarlos hubiesen sido innecesarios.

Le habría bastado, simplemente, con nombrarlos en comisión invocando la autoridad de un gobierno anterior preciado de ser legalista y republicano, respaldado, por si fuera poco, por la mejor doctrina constitucional. Entonces, nadie se atrevería a reprocharlo.

Ese es el valor ejemplar del precedente, en este caso funesto si, por ventura, tenemos que padecer de nuevo la vesania ­populista.

Fuente: La Voz del Interior

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18Dic/150

La peligrosa tentación de sobreactuar autoridad

Por Mario Fiore.

Mauricio Macri sucumbió a la tentación de demostrar que es él quien conduce la política, más allá de los "círculos" políticos y económicos que buscan influirlo en sus primeros días como presidente. Es por ello que el mandatario sacrificó las formas y las instituciones que durante la campaña prometió recuperar del maltrato kirchnerista. Prefirió transgredir la palabra empeñada ante la opinión pública para garantizarse fortaleza política en sus primeros meses, aunque todo esto pueda conllevar un serio error de cálculo.

La decisión de nombrar nada menos que a dos miembros de la Corte Suprema en comisión a través de un decreto, mecanismo que ningún presidente utilizó en los últimos 153 años, quizás pueda entenderse (aunque difícilmente justificarse) si se toman en cuenta dos hechos que seguramente el jefe del Estado sopesó en su mente. El primero es la larga tradición de presidencialismos fuertes que tenemos los argentinos (que tanto Néstor Kirchner como Cristina Fernández de Kirchner no hicieron más que exacerbar). El segundo es que él llegó a la Casa Rosada con un poder acotado: ganó el balotaje por escaso margen, no controla el Congreso y la mayoría de los gobernadores no le responden.

Esta necesidad de hacerse fuerte e inscribirse en la tradición de los súper-presidentes, llevó a Macri a hacer crujir las instituciones en el inicio de su gobierno. En este sentido, las auspiciosas fotos que cosechó el viernes pasado con sus ex rivales electorales (Daniel Scioli, Sergio Massa, Margarita Stolbizer y Adolfo Rodríguez Saá) y el sábado con los gobernadores de todas las provincias perdieron el aura de optimismo y concordia que habían dejado.

Aunque el martes, el propio titular de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, convalidó la decisión del Presidente ya que admitió que les tomará juramento a los dos nuevos miembros provisionales del Alto Tribunal, el decreto de Macri sienta precedentes preocupantes.

Básicamente porque haciendo uso de un resabio de la Constitución de 1860, que permitía designar en comisión a jueces, embajadores o militares mientras el Congreso estaba en receso (eran los tiempos de las carretas), se transgrede una de las garantías más importantes que consagra la misma Carta Magna: la del juez independiente.

Es por eso que el mismo artículo 99° de la Constitución al que apeló Macri para salirse con la suya en su inciso 4° exige que un juez de la Corte Suprema tenga el aval de dos tercios -al menos- del Senado, para que la estabilidad en el cargo sea total y no hayan dudas sobre su imparcialidad. Sin embargo, el titular del PEN prefirió escudarse en el inciso 19, y haciendo jugar a su favor las contradicciones del Derecho, puso en el Máximo Tribunal del país a dos personas que no tienen el imprescindible acuerdo del Congreso y que, por lo tanto, no pueden manejarse de forma independiente ya que responden exclusivamente a una decisión del Presidente y no poseen estabilidad en el cargo.

Si este precedente es preocupante es porque podría no ser un caso aislado. Recordemos que Macri no tiene poder de fuego en el Senado, donde Cambiemos tiene 16 bancas y el peronismo-kirchnerismo posee 43 escaños. De modo que si el Frente para la Victoria (FpV) llegara a bochar, cuando arranquen las sesiones ordinarias, los pliegos de Horacio Rosatti y de Carlos Rosenkrantz, el Presidente podría recurrir al mismo artilugio y mandar en comisión a dos nuevos jueces. Esto podría ocurrir sucesivamente (dos, tres o diez veces) de modo de sostener en la Corte a abogados que pese a no tener el acuerdo del Senado, es decir sin ser jueces, firmaran sentencias sobre los temas más candentes. Nada más lejos de la normalidad institucional.

En los pasillos del Congreso corren todo tipo de interrogantes y versiones sobre la génesis de una decisión tan arriesgada que provocó el primer cortocircuito serio entre el Pro, el partido del Presidente, y el radicalismo, la columna vertebral de Cambiemos. Algunas voces se inclinan por pensar que Macri no sólo buscó sobreactuar autoridad en el inicio de su mandato ante una Corte Suprema en la que no confía -Ricardo Lorenzetti y Juan Carlos Maqueda firmaron el fallo que devolvió a tres provincias el 15% de la coparticipación sólo dos días después del balotaje-, sino que también apunta a tener, a través de Rosatti y de Rosenkrantz, dos firmas que hagan de contrapeso al excesivo protagonismo de Lorenzetti.

Otras gargantas piensan todo lo contrario: que sin el guiño de los tres integrantes de la Corte actual -hay que sumar a Elena Highton-, Macri no podría haberse animado a designar en comisión dos nuevos miembros porque sobran los elementos en el polémico decreto que podrían haberle permitido al Alto Tribunal frenar las designaciones, considerándolas reñidas con la Constitución. Algunos fallos recientes de los actuales cortesanos repelieron embestidas del kirchnerismo contra la Justicia basándose en el argumento de que éstas violaban la garantía del juez natural e independiente. El ejemplo más claro fue la Ley de Subrogancias, que fue considerada inconstitucional porque le permitía al Consejo de la Magistratura -por simple mayoría- colocar abogados o secretarios judiciales -conjueces- al frente de tribunales, en detrimento de jueces del mismo fuero e instancia (que sí tienen respaldo senatorial y estabilidad en el cargo).

La otra pregunta que flota es por qué Macri decidió tomar semejante decisión el cuarto día de su gobierno. No hay ninguna causa de interés superlativo para la nueva administración nacional que los jueces supremos estén a tiro de fallar (sobre todo porque en enero la Corte no funciona en plenario). La sorpresiva medida no tuvo en cuenta estos elementos y, en cambio, dinamitó los primeros puentes que desde el Congreso el Pro y los radicales estaban tendiendo hacia el justicialismo a fin de garantizar la gobernabilidad.

Un último ingrediente aporta más extrañeza a toda esta novela: Macri no comunicó a sus principales espadas legislativas la decisión de llenar la Corte de ese particularísimo modo. Esto le valió un reproche del presidente provisional del Senado, Federico Pinedo, quien venía intentando arrimar posiciones con los senadores del FpV luego de que estos decidieron desairar al nuevo presidente faltando a la Asamblea Legislativa.

Durante una década, el Pro cuestionó la verticalidad del kirchnerismo y el papel de "escribanía" que el Gobierno le dio al Congreso y ahora, los mismos legisladores macristas se encontraron con la desagradable novedad de que, como otrora los diputados y senadores K, tampoco fueron consultados. Su opinión de nada valía.

Para superar esta innecesaria crisis auto-provocada, en el macrismo buscan por estas horas lanzar señales de concordia con la oposición. Sin embargo, en el kirchnerismo se están refregando las manos y disfrutan de este primer gran error político de Macri. No sólo el antiguo oficialismo está convocando a una marcha para hoy a fin de repudiar el decreto y defender la Corte que tantas veces Cristina Kirchner puso en la mira de sus cañones, sino que los popes K en el Senado y en Diputados están dispuestos a pelear por controlar las principales comisiones de ambas cámaras, de modo de condicionar en extremo al Gobierno.

En este sentido, la puja está ya disparada por el control de la comisión bicameral que dictamina sobre la legalidad de los DNU, esos instrumentos que Macri ya usó incansablemente en su primera semana. Si el kirchnerismo logra juntar fuerza para rechazar algunos de estos DNU en las dos cámaras -no alcanza con que sea una sola-, Macri no tendrá más opción que transformar su aventura súper-presidencialista en un gobierno de consenso legislativo, más parecido a un parlamentarismo europeo que a la idea de ese Ejecutivo todopoderoso que los argentinos han sabido premiar con votos y paciencia.

Fuente: diario Los Andes

13Dic/152

El Gran Simulador

Por Javier Cámara.
Se fue El Gran Simulador. El ruido de los berrinches adolescentes de la expresidenta y de la apresurada cautelar del nuevo inquilino del Poder político en Argentina -entre otras cosas- hicieron que el dato pasara desapercibido en una provincia a la que le gusta que le mientan, que la engañen, que le hagan pagar la tasa vial y que le pongan lucecitas de colores en edificios y puentes.
Se fue El Gran Simulador. Jamás en la historia de la Argentina un gobernante de provincia gastó tanto dinero público (miles de millones de pesos) en su propia imagen, en hacerse omnipresente, en poner la foto con su cara en cada obra, su apellido en cada cartel, en cada spot, en cada espacio publicitario, en cada propaganda y hasta en cada tarjeta del boleto obrero social.
Millones y millones de pesos que no fueron a más viviendas, ni a erradicar las aulas contenedores que en los largos años de sus mandatos cocinaron o frizaron alumnos de acuerdo con el clima. De la Sota hizo un montón de cosas. Tantas como Néstor y Cristina Kirchner. Pero también, como ellos, gastó millones y millones en una suerte de culto a su personalidad, a minimizar lo grave y a maximizar lo normal. Porque debiera ser normal que una gestión de gobierno haga escuelas, rutas, viviendas, hospitales y muchísimas cosas más. Pero, para El Gran Simulador, que fue elegido para eso –para hacer obras- lo importante y lo normal no fue tanto hacerlas, sino mostrar y multiplicar que las hizo.
Alguna vez, uno más vivo que él, le demostró y lo convenció de qué era la política moderna: “Una inversión”, le dijo. Y él invirtió: invirtió dinero (muchísimo y público, por supuesto) e invirtió la perspectiva de la verdad. Hasta dar la impresión de que hizo las obras que hizo no por las obras en sí mismas, no por la necesidad que de ellas tienen los ciudadanos, sino, simplemente, para decir que las hizo y obtener reconocimiento útil, reconocimiento-votos, reconocimiento-bronce.
Así, el necesario nudo vial del Tropezón fue “inaugurado” varias veces antes de ser inaugurado completamente. Lo mismo que el Hospital de Villa María. O la autovía a Río Cuarto: cada 100 metros nuevos, una inauguración. Con calidad cinematográfica y firma digital: “Gobernación De la Sota”.
El Gran Simulador siempre dejó la sensación de que simulaba. Siendo opositor simuló ser oficialista; siendo menemista simuló ser renovador; siendo gobernador simuló ser presidente.
El Gran Simulador presumió de su republicanismo, pero convirtió el Poder Legislativo provincial en una escribanía que él mismo se encargó de menoscabar cada vez que pudo; como cuando llevó la reforma jubilatoria sin avisar y ordenó aprobarla prácticamente sin debate, en unos minutos. Eso es republicanismo.
Presumió de su federalismo y se hartó de cuestionar al kirchnerismo, con razón, por discriminar a la Provincia. Pero a su turno, cuando su enemigo Luis Juez era intendente, el federalismo del Gran Simulador valió tanto como un peso. Durante años, ese fue el monto que el ahora exgobernador le pasó al que entonces era intendente. ¡Eso es simular!
Un día, para diferenciarse del autoritarismo kirchnerista, el Gran Simulador firmó un decreto a favor de la libertad de prensa; hizo un acto público y contrató la difusión nacional –en vivo y en directo a todo el país- de ese acto de Gobierno. ¿Estaba simulando? Es un hecho. Durante años, el mismo Gran Simulador había impulsado en Córdoba, a través de sus propios “periodistas militantes” (que ahora son funcionarios), lo que 678 patentó para el kirchnerismo: acusar y menoscabar a los periodistas críticos. Cuando esa patente expiró, directamente compró voluntades mediáticas a costa de más millones.
El Gran Simulador simuló luchar contra la corrupción, hasta premios internacionales se hizo dar por eso. Su lucha fue tanta que reformó el Poder Judicial para crear un Fuero Especializado en el combate a la corrupción; un fuero especializado que en todos estos años se especializó en no investigar ni condenar a ninguno de los amigos del Gran Simulador con participación directa o indirecta en el mecanismo del poder, casi todos ellos millonarios.
Últimamente, el Gran Simulador simuló actuaciones memorables con un perro, con su pareja (ahora diputada nacional) cocinando en la casa del country riocuartense en la que habita. Hasta su forzada (y desentonada) tonada cordobesa se dio el gusto de estampar en el sonido digital de un disco de boleros. Y mandó escribir un libro sobre sí mismo para reverberar los ecos de su personalidad mesiánica: “El Hombre”. El Hombre que no pudo, agregamos. Menos mal. Demasiada simulación hemos tenido los argentinos en estos años. Demasiado relato comprado, invertido. Demasiado.
El Gran Simulador perdió con Massa. Y él se creía mejor que Massa. Perdió con Scioli y con Macri. Y él se creía mejor que ambos. Terminó creyéndose su propio relato. Como Cristina. Tan distintos y tan iguales.
A veces, sólo a veces y cada tanto, la verdad se toma revancha.
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12Dic/152

El reencuentro con la verdad

Por Daniel Gustavo Montamat

Tras muchos años en los que el relato oficial veló la realidad a través de la manipulación y la mentira, el país necesita asumir las dificultades del presente a fin de reconciliarse con el futuro en un proyecto consensuado para el siglo XXI

Fueron muchos años en los que el relato del kirchnerismo se erigió como expresión de la realidad en el país. Un relato que combinó la negación de una realidad objetiva con la articulación retórica de "verdades líquidas" para construir poder sobre los viejos cimientos de la manipulación y la mentira.

Muchos argentinos cedieron a la farsa seductora de exculpar los males en otros y vivir el presente ignorando la verdad. Son los más expuestos al sacudón del desengaño. Están los que resistieron el relato pero creen que una nueva desilusión colectiva retroalimentará el escepticismo resignado. Pero también están los que han propiciado un reencuentro con la verdad para que el conjunto de los argentinos recupere la esperanza en un proyecto alternativo de república y desarrollo inclusivo. De ese proyecto pende nuestro futuro como nación.

Cuando Popper publicó su famosa obra La lógica de la investigación científica (1934) todavía no conocía la teoría de la verdad desarrollada por Alfred Tarski. Éste en definitiva rehabilita la vieja teoría de la verdad como correspondencia entre los enunciados y los hechos (una teoría es verdadera si y sólo si corresponde a los hechos). Popper no niega esto, pero sostiene que nunca es posible saber con certeza si algo es verdadero. Por eso, prefiere hablar de "aproximación a la verdad". Hay una realidad objetiva y la verdad se establece como "verosimilitud" entre el enunciado y el hecho. Un enunciado es verdadero hasta que un nuevo dato empírico de la realidad lo desacredite como falso.

En el fondo, lo que propone la verosimilitud de la razón crítica es una correspondencia atenuada entre el enunciado y el hecho de la realidad, para evitar los desvíos dogmáticos del racionalismo y sus "verdades" indiscutibles de las que se han nutrido tantos fundamentalismos políticos y económicos. Otro problema serio surge cuando se niega una realidad objetiva contra la cual contrastar el enunciado de verdad, porque entonces desaparece todo criterio de correspondencia o verosimilitud. La "verdad" se vuelve subjetiva y se impone por criterio de relevancia temporal sobre otras "verdades" subjetivas. El relato de estos años combinó fundamentalismo y "verdades subjetivas", en desmedro de la verdad que reflejaba la realidad.

El deber con la verdad de la nueva administración es mucho más que restablecer un sistema estadístico confiable que vuelva a mostrarnos la evidencia de lo que nos pasa. Hay que cambiar la actitud colectiva frente a ese reencuentro con la realidad. El análisis clínico puede mostrar hiperglucemia, colesterol elevado y uremia alterada; el electrocardiograma, fibrilación auricular, y el chequeo clínico, hipertensión arterial, pero todos esos signos son alertas que se vuelven irrelevantes en un paciente que los ignora, que se enoja con el médico o que considera que todo el mundo convive con ellos sin pasar a mayores. Resultado: no hay diagnóstico ni remedio posible.

Venimos de años en los que el relato eludió los signos del cuerpo social y le dijo a la sociedad que era "estigmatizante" medir la pobreza, que era discriminatorio comparar en público el rendimiento de los establecimientos educativos, que los delincuentes eran víctimas de la sociedad y que la inflación y el estancamiento eran "sensaciones". La sociedad fue anestesiada, a fuerza de relato, de los signos de anomia, corrupción, exclusión social, transgresión institucional y marginalidad.

El reencuentro con la verdad requiere dejar de exculparnos frente a lo que señala la evidencia y tomar medidas correctivas. Para eso es terapéutico comparar nuestra verdad con la de otras sociedades. ¿En que quedó la experiencia chavista que el modelo "nac & pop" promovió como referencia de las aspiraciones latinoamericanas? ¿Qué datos nos provee la realidad de aquel país hermano donde los principales líderes opositores están presos? ¿Por qué en Brasil un juez pudo introducir el bisturí hasta los tejidos más profundos de la corrupción sistémica y aquí no se puede? ¿Por qué en Chile a nadie se le ocurre malversar el uso de los fondos del sistema de pensión y aquí es moneda corriente? ¿Por qué en la región las monedas han ajustado su competitividad al dólar con mínimo traslado a los precios y nosotros seguimos apreciando el peso con inflación de dos dígitos? La inflación tampoco es un problema en ninguno de los países de la región, salvo Venezuela. La comparación de los datos de nuestra realidad con los datos de otras realidades no sólo es necesaria para terminar con la actitud social negadora o exculpatoria, sino también para someter la verosimilitud de nuestra verdad con la verosimilitud de otras verdades en la experiencia comparada y tomar lo que funciona. ¿Qué es lo que ha permitido el desarrollo económico y social en otros países? ¿Cuáles son las instituciones que actúan como catalizadoras del proceso de desarrollo?

La razón crítica debe apelar a la comparación para evitar los fundamentalismos del pensamiento único y de las verdades axiomáticas. Ya hemos probado el fundamentalismo del mercado y el fundamentalismo estatista y no hemos podido zafar de los ciclos de "ilusión y desencanto". Ya pasamos de las "relaciones carnales" al recelo antiyanqui, sin entender que en las relaciones internacionales priman los intereses a las conveniencias ideológicas de ocasión. Ya deambulamos del barquinazo proteccionista al de la apertura extrema con fracasos productivos, y de la "inflación cero" a la hiperinflación, para volver a la inflación crónica. Desde hace décadas, perdemos posiciones relativas en el conjunto de las naciones; desde hace décadas, vivimos aferrados a nuestro potencial y nostálgicos de riquezas pasadas que ya fueron.

El reencuentro con la verdad implica también la capacidad de reconciliarnos con el futuro. La mentira tergiversa el pasado y aferra al presente. La verdad asume el presente y tiende puentes al futuro. Con fundamento en la verdad y en la razón crítica, la Argentina se debe un proyecto para el siglo XXI. Un proyecto que traduzca consensos básicos y que canalice la energía social en la superación de aquellos males que hemos querido negar o ignorar durante demasiado tiempo. Un proyecto que rescate los valores del esfuerzo, la decencia, el mérito y la solidaridad social. Un proyecto que restablezca la confianza entre nosotros, para que volvamos a ser confiables en la región y el mundo. Un nuevo proyecto "para nosotros, para nuestros hijos y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino".

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1Dic/151

Crítica a la razón utopista

Por Mario Vargas Llosa.

La semana pasada dos cosas espléndidas ocurrieron en América latina. La primera es, desde luego, el triunfo de Mauricio Macri en la Argentina, una severa derrota para el populismo de los Kirchner que abre una promesa de modernización, prosperidad y fortalecimiento de la democracia en el continente; es, también, un duro revés para el llamado "socialismo del siglo XXI" y el gobierno de Venezuela, a quien el nuevo mandatario elegido por el pueblo argentino ha criticado sin complejos por su violación sistemática de los derechos humanos y sus atropellos a la libertad de expresión. Ojalá que esta victoria de una alternativa genuinamente democrática y liberal a la demagogia populista inaugure en América latina una etapa donde no vuelvan a conquistar el poder mediante elecciones caudillos tan nefastos para sus países como el ecuatoriano Correa, el boliviano Morales o el nicaragüense Ortega, quienes deben estar en estos momentos profundamente afectados por la derrota de un gobierno aliado y cómplice de sus desafueros.

La otra excelente noticia es la aparición en Chile de un libro, Diálogo de conversos (Editorial Sudamericana), escrito por Roberto Ampuero y Mauricio Rojas, que es, también, en el plano intelectual, un jaque mate a las utopías estatistas, colectivistas y autoritarias del presidente Maduro de Venezuela y compañía, y de quienes creen todavía que la justicia social puede llegar a América latina a través del terrorismo y las guerras revolucionarias.

Roberto Ampuero y Mauricio Rojas creyeron en esa utopía en su juventud y militaron, el primero en la Juventud Comunista, y el segundo en el MIR, desde cuyas filas contribuyeron a crear el clima de crepitación social y caos económico y político que fue el gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular. Al ocurrir el golpe militar de Pinochet e iniciarse una era de represión, torturas y terror en Chile, ambos debieron huir. Se refugiaron en Europa, Roberto Ampuero en Alemania Oriental, desde donde iría luego a Cuba, y Mauricio Rojas, en Suecia. En el exilio siguieron militando en la izquierda más radical contra la dictadura, pero la distancia, el contacto con otras realidades políticas e ideológicas, y, en el caso de Ampuero, conocer y padecer en carne propia el "socialismo real" (de pobreza, burocratización, censura y asfixia política), los llevó a ambos a aquella "conversión" a la democracia, primero, y al liberalismo después. Sobre esto dialogan largamente en este libro que, aunque es un ensayo político y de filosofía social, se lee con el interés y la curiosidad con que se leen las buenas novelas.

Ambos hablan con extraordinaria franqueza y fundamentan todo lo que dicen y creen con experiencias personales, lo que da a su diálogo una autenticidad y realismo de cosa vivida, de reflexiones y convicciones que muerden carne en la historia real y que están por lo mismo a años luz de ese ideologismo tan frecuente en los ensayos políticos, sobre todo de la izquierda aunque también de la derecha, que se mueve en un plano abstracto, de confusa y ampulosa retórica, y que parece totalmente divorciado del aquí y del ahora.

La "conversión" de Ampuero y Rojas no significa haberse pasado con armas y bagajes al enemigo de antaño: ninguno de los dos se ha vuelto conservador ni reaccionario. Todo lo contrario. Ambos son muy conscientes del egoísmo, la incultura y lo relativo de las proclamas a favor de la democracia de una cierta derecha que en el pasado apoyó a las dictaduras militares más corruptas, confundía el liberalismo con el mercantilismo y sólo entendía la libertad como el derecho a enriquecerse valiéndose de cualquier medio. Y ambos, también, aunque son muy categóricos en su condena del estatismo y el colectivismo, que empobrecen a los pueblos y cercenan la libertad, reconocen la generosidad y los ideales de justicia que animan muchas veces a esos jóvenes equivocados que creen, como el Che Guevara o Mao, que el verdadero poder sólo se alcanza empuñando un fusil.

Sería bueno que algunos liberales recalcitrantes, que ven en el mercado libre la panacea milagrosa que resuelve todos los problemas, lean en este Diálogo de conversos los argumentos con que Mauricio Rojas, que aprovechó tan bien la experiencia sueca -donde llegó a ser por unos años diputado por el Partido Liberal-, defiende la necesidad de que una sociedad democrática garantice la igualdad de oportunidades para todos mediante la educación y la fiscalidad de modo que el conjunto de la ciudadanía tenga la oportunidad de poder realizar sus ideales y desaparezcan esos privilegios que en el subdesarrollo (y a veces en los países avanzados) establecen una desigualdad de origen que anula o dificulta extraordinariamente que alguien nacido en sectores desfavorecidos pueda competir de veras y alcanzar éxito en el campo económico y social. Para Mauricio, que defiende ideas muy sutiles para lo que llama "moralizar el mercado", el liberalismo es más la "doctrina de los medios que de los fines", pues, como creía Albert Camus, no son estos últimos los que justifican los medios sino al revés: los medios indignos y criminales corrompen y envilecen siempre los fines.

Roberto Ampuero cuenta, en una de las más emotivas páginas de este libro, lo que significó para él, luego de vivir en la cuarentena intelectual de Cuba y Alemania Oriental, llegar a los países libres del Occidente y darse un verdadero atracón de libros censurados y prohibidos. Mauricio Rojas lo corrobora refiriendo cómo fue, en las aulas y bibliotecas de la Universidad de Lund, donde experimentó la transformación ideológica que lo hizo pasar de Marx a Adam Smith y Karl Popper.

Ambos se refieren extensamente a la situación de Chile, a ese curioso fenómeno que ha llevado al país que ha progresado más en América latina haciendo retroceder la pobreza y con el surgimiento de una nueva y robusta clase media gracias a políticas democráticas y liberales, a un cuestionamiento intenso de ese modelo económico y político. Y ambos concluyen, con razón, que el desarrollo económico y material acerca a un país a la justicia y a una vida más libre pero no a la felicidad, y que incluso puede alejarlo más de ella si el egoísmo y la codicia se convierten en el norte exclusivo y excluyente de la vida. La solución no está en retroceder a los viejos esquemas y entelequias que han empobrecido y violentado a los países latinoamericanos sino en reformar y perfeccionar sin tregua la cultura de la libertad, enriqueciendo las conquistas materiales con una intensa vida cultural y espiritual, que humanice cada vez más las relaciones entre las personas, estimule la solidaridad y la voluntad de servicio entre los jóvenes, y amplíe sin tregua esa tolerancia para la diversidad que permita cada vez más a los ciudadanos elegir su propio destino, practicar sus costumbres y creencias, sin otra limitación que la de no infligir daño a los demás.

Hace tiempo que no aparecía en nuestra lengua un ensayo político tan oportuno y estimulante. Ojalá Diálogo de conversos tenga los muchos lectores que se merece.

Fuente: diario La Nación.

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