A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

16Abr/183

Un costoso proyecto ferroviario que merece mayores estudios

Editorial del diario La Nación del 11 de abril de 2018:

El 13 de marzo pasado el gobierno nacional convocó a un numeroso grupo de representantes de empresas desarrolladoras y fondos de inversión para presentarles el proyecto Red de Expresos Regionales (RER) e invitarlos a invertir en él bajo el esquema de participación público-privada (PPP). Este proyecto comprende un mejoramiento del sistema ferroviario metropolitano, y la prolongación bajo tierra de las líneas férreas que llegan a Constitución, Retiro y Once, conectándolas entre sí y dándoles continuidad a los tráficos que atraviesan la ciudad de Buenos Aires. Estas líneas así prolongadas compartirían una gran estación subterránea debajo del Obelisco. Además habría otra estación cercana al Correo Central para la interconexión Once-Retiro.

Sin embargo, su programación debería ser cuidadosamente priorizada, evitando avanzar en proyectos de muy elevado costo e insuficientes beneficios. En este sentido, llamamos la atención sobre el proyecto RER, que dedica su inversión más relevante a la interconexión de líneas férreas en túnel en el centro de Buenos Aires. Solo la obra civil de este componente demandará alrededor de 3500 millones de dólares.

El proyecto RER, con la interconexión bajo nivel de líneas ferroviarias, fue originalmente concebido en el Estudio Preliminar de Transporte de la Región Metropolitana, elaborado en 1972. La directriz de desarrollo urbano de aquel estudio era un crecimiento lineal de la urbe sobre un eje noroeste-sudeste, paralelo a la costa del Río de la Plata. Por lo tanto, tenía sentido imaginar un trazado de líneas ferroviarias continuas a lo largo de aquel eje. La realidad posterior mostró una expansión urbana no lineal sino radial, con flujos de tráfico que contienen una proporción exigua de viajes pasantes en el sentido de aquel supuesto eje. Por otro lado, las tres terminales ferroviarias de la ciudad ya están interconectadas por líneas de subterráneos que, con inversiones de escasa magnitud, admiten incrementos de frecuencia y por lo tanto de capacidad. Estas líneas de metro disponen de estaciones en suficiente cantidad y proximidad para satisfacer los destinos finales de viajes que se completen con cortos desplazamientos de a pie.

Los nuevos y costosísimos tramos en túnel del RER permitirían evitar trasbordos solo a quienes atraviesen enteramente la ciudad, o a los que viajen a destinos cercanos a la futura Estación Obelisco o a la de Correo Central (si vinieran de Once). Pero el tráfico pasante es inferior al 5% del total que llega a las terminales.

El RER fue calificado como Proyecto de Inversión Prioritario y, por lo tanto, en el presupuesto nacional está ubicado "debajo de la línea" y no fue oportunamente sometido a una evaluación económica previa. No se ha hecho público un estudio de factibilidad económico-financiero y solo han trascendido algunos análisis en los que se estiman beneficios sociales, basados en los ahorros por absorber viajes que hoy se realizan en colectivo y en automóvil particular y valuando además las reducciones de contaminación. En estos estudios no se ha analizado a título de proyecto alternativo el mejoramiento de la red ferroviaria existente sin la construcción de los túneles. Debiera contemplarse esta posibilidad por cuanto los beneficios son asignables en una proporción mucho mayor a las demás mejoras en el sistema ferroviario que a los costosísimos túneles de interconexión del RER.

El financiamiento de esta enorme inversión no se apoyará en los ingresos obtenidos por el concesionario o contratista, a quien se desvinculará de ese riesgo. El sistema de PPP aplicado en este caso recurrirá a un fondo alimentado por un impuesto al gas oil. De ahí provendrán los fondos aplicados a un fideicomiso que emitirá los bonos con los que se pagará al contratista la totalidad de los costos de construcción y de operación. Los riesgos serán mitigados totalmente por el Estado, incluidos los de construcción, demanda, conversión de moneda, tipo de cambio, riesgo país, riesgo político y otros. Se trata, en definitiva, de inversión pública y no de riesgo privado. El destino de esos recursos podría tener como alternativa otras inversiones ferroviarias de mayor rentabilidad e impacto en actividades productivas del interior del país o en puertos, escuelas u hospitales.

Debido a que el Estado mitigará todos los riesgos, la empresa privada que contrate el proyecto carecerá del incentivo de ofrecer servicios de la mayor calidad posible para atraer más demanda. La experiencia histórica indica que, en esas circunstancias, tanto los costos de operación como los de inversión suelen resultar mayores que lo previsto.

Ya que se trata de inversiones que recurren a fondos públicos, es necesaria una planificación que asegure el uso de los escasos recursos de forma de optimizar sus beneficios económicos y sociales. La muy comprometida situación fiscal y el peligroso endeudamiento público hacen más imperiosa una eficiente y fundamentada asignación de aquellas inversiones que utilicen recursos o garantías del Estado.

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8Abr/180

El camino de la decadencia de la Argentina

Por Jorge González Schiavi

¿Cuál es la razón de la decadencia argentina? Fuimos una nación próspera e hicimos y hacemos todo lo posible para seguir precipitándonos en el fracaso, porque la Argentina hoy no es sólo un país pobre, injusto; es, sobre todo, un país fracasado.

Como dijera Rogelio Alaniz, somos un país “desdesarrollado”, un caso único en el mundo, que de estar entre los 10 países más próspero del planeta en 1893, en la actualidad ocupamos la posición 41, medida a 2010 (Historical Statistics of de World Economy). Según otras fuentes, la Argentina en 2013 estaba atrás de al menos 60 países.

En una comparación regional, las conclusiones son más desalentadoras: en 1983 la economía argentina era cinco veces la de Chile, dos veces la de Colombia y 5,4 veces la de Perú. En 2013 fue 1,7 veces la de Chile, 1,3 veces la de Colombia y 2,3 veces la de Perú. Es decir, en medio siglo pasamos de ser la primera economía de América latina a ser la tercera, y de seguir la tendencia pronto seremos la quinta o la sexta.

Emilio Ocampo afirma: “La decadencia económica argentina a partir de 1946 es un hecho histórico innegable y casi único en la historia del mundo moderno. Si en las últimas tres décadas hubiéramos crecido a la misma tasa a la que crecieron en promedio nuestros tres vecinos más importantes, hoy no sólo seríamos el país más rico de América latina sino que tendríamos un producto bruto interno per capita comparable con el España”.

Y agrega: "El contraste con Chile es ilustrativo de las oportunidades perdidas en los últimos 30 años. Se trata de un país con el que Argentina comparte una historia, una cultura, el lenguaje y una extensa frontera. Entre 1930 y 1975 el PBI per capita de Argentina creció a una tasa del 1,5 por ciento anual mientras que Chile lo hizo al 0,6 por ciento anual. Pero a partir de 1975 el PBI per capita de Argentina creció al 0,7 por ciento anual mientras que Chile lo hizo al tres por ciento anual. ¿En donde estaría hoy la economía argentina si hubiere crecido como la chilena? Muy simple: en 2010 hubiese sido más del doble, y su PBI per capita hubiera sido el doble del de Chile, superior al de España o de Italia y similar al de Australia”.

¿Que hicimos mal? El presente nos agobia de miseria, pobreza y desigualdad; cualquiera sea el factor comparativo, la Argentina está en decadencia desde hace al menos siete décadas.

Existe un criterio amplio sobre que nuestra decadencia ha sido autoinfligida, y básicamente tiene raíces tanto institucionales como culturales, antinómicas con el progreso. Muchos atribuyen como la principal causa de la decadencia al populismo, y agregan que ese populismo surgió de elecciones libres con mayoría de votos.

Así, la decadencia argentina ha sido en gran parte autoinflingida (The Economist). El columnista Roger Cohen, quien fue corresponsal de The New York Times en Buenos Aires, afirma: “Argentina inventó su propia filosofía política: una extraña mezcolanza de nacionalismo, romanticismo, fascismo, socialismo, conservadurismo, progresismo, militarismo, erotismo, fantasía musical, desconsuelo, irresponsabilidad y represión. El nombre que se le dio a todo esto fue peronismo”.

El populismo, más que una forma de la política, es un contenido ideológico de ella. Por eso hay populismos de izquierda, de derecha, pero todos tienen un denominador común: sus líderes promueven el fanatismo, el entusiasmo, la esperanza, el resentimiento y la intolerancia.

Además, la Argentina se hizo de arriba hacia abajo; en esa construcción, el Estado siempre fue vital. Así, el país se estructura en función de un Estado que ocupa un rol fundamental en lo político, económico, social y cultural, hasta llegar al siglo 21 con el Estado implícito: todos los problemas los resuelve el Estado.

El asunto es que hoy el Estado no tiene fuerza para dar respuesta a ese ideal. Pese a ello, los argentinos exigen un modelo de país incompatible con la democracia y con el crecimiento económico.

Además, la anomia tiene profundas raíces culturales con un fuerte impacto en la política, que llevó a Alfredo Katz a decir que "la sociedad ha comenzado a exhibir con arrogancia conductas delictivas que antes se ocultaban, y se devalúa la idea de decencia y respeto por el bien común”.

Cambiar la decadencia por la evolución hacia una sociedad moderna implica avanzar hacia las reformas políticas e institucionales, para que las reformas económicas sean sustentables en el tiempo. El círculo virtuoso necesita tiempo y estabilidad, donde las instituciones, la cultura y la educación se retroalimenten de manera positiva.

Por ello –coincidiendo con Emilio Ocampo–, en la Argentina hay dos períodos claramente diferenciados: uno virtuoso, de crecimiento, seguido por otro de decadencia. La diferencia y transición entre uno y otro fue provocada por la revolución de 1943, que no ha sido otra que la continuación de la que quedó trunca en 1930.

Estamos atrapados en un conflicto desde hace 70 años, que en forma recurrente soporta populismos redistributivos con inevitables ajustes para corregir esos excesos. Nos educamos en un modelo de progreso fácil a través de negociados con el Estado, extorsiones disfrazadas de “juego de intereses”, evasión e impunidad. Esa degradación ha arrastrado a sus dirigentes, ha subvertido la escala de valores y ha devaluado los códigos normativos. Se trata de empezar a recuperar este país de los valores que, como tantas otras cosas, se ha extraviado en su decadencia.

En lugar de los pobres exámenes clínicos que se hacen en torno de síntomas repetidos de nuestra historia, haría falta estudiar –con menos prejuicios– la etiología dura, real, dolorosa de los males que nos carcomen. De lo contrario, seguiremos navegando sin rumbo y lejos de la solución que buscamos.

Fuente: La Voz del Interior

 

2Abr/182

La autoamnistía que nadie se atreve a repudiar

Por Jorge Fernández Díaz

"Lo curioso no es cómo se escribe la historia, sino cómo se borra", refería Manuel Alcántara. El viejo maestro del articulismo español aludía de algún modo a la amnesia personal y también a la colectiva, a esas operaciones de ocultamiento que nos prodiga el inconsciente o que nos imponen los hábiles memorialistas del sentido.

En la Argentina se ha borrado la verdadera historia de los primeros e infaustos años 70, con sus abominables crímenes políticos y bajo la falsa idea de que recordarlos implicaría justificar la última dictadura. Mediante este chantaje eficaz, según el cual quienes objetan aquellas "ejecuciones revolucionarias" están a favor de "la teoría de los dos demonios" y necesariamente trabajan para los genocidas, resulta que los terroristas deben ser evocados como jóvenes inocentes, lúcidos y democráticos, y Perón debe ser despegado de la salvaje persecución de "izquierdistas" que ordenó desde el poder, de los atentados perpetrados por la Juventud Sindical que actuaba bajo su inspiración y de las organizaciones paraestatales de represión ilegal que montó su gobierno.

Durante los últimos actos del 24 de Marzo, quienes jamás pidieron perdón por sus aberraciones, quienes practicaron como soldados el terrorismo en democracia y después se refugiaron como pacifistas en los organismos de derechos humanos, celebraron una nueva misa laica y declararon su autoamnistía. Borrón y cuenta nueva, compañeros; teníamos razón en la lucha armada y no vamos a andar pisándonos el poncho, ni a darle pasto a las fieras.

Somos buenos, nosotros somos buenos, y la "contradicción fundamental" consiste ahora en olvidar los pecados y divergencias, y unirnos para combatir al partido del "antipueblo", reencarnación actual de aquel despotismo sangriento. El "Nunca más" se ha transformado así en un libraco inútil y sospechoso, y campea en nuestro país un nuevo pacto de impunidad para quienes no quieren dar cuenta de sus actos ya no solo ante los tribunales, ni siquiera ante el juicio de la Historia.

Para entender la gravedad simbólica e institucional que implica rehabilitar de manera heroica y con adulteraciones grotescas aquellas aventuras a puro gatillo y trotyl, solo habría que imaginar qué ocurriría si en España se realizara hoy un acto celebratorio de la ETA o en Colombia se organizara una marcha para ensalzar la lucha de las FARC, cuyos dirigentes han tenido al menos la honestidad de pedirles disculpas a sus víctimas por los secuestros y masacres. Aquí nadie se arrepiente y a nadie le importa nada; cunden la cobardía, la hipocresía y la indiferencia entre la clase dirigente (cuando no directamente el analfabetismo histórico), y una parte relevante de la intelectualidad actúa por acción o por omisión como facilitadora de este peligroso fraude convertido en doctrina. Porque si bien es verdad que cuanto más se achica un grupo más se radicaliza, y que por lo tanto estos discursos son ignorados por su pequeñez sectaria, no es menos cierto que ese "relato" penetra en algunas aulas con fuerza pedagógica. Militantes de este gran camelo son invitados por centros de estudiantes para bajar línea en las escuelas, y docentes agremiados divulgan la historia amañada bajo la aquiescencia de directores y de progenitores acojonados por el clima general, o con la mirada complaciente de esos otros padres que integran el orgulloso "Progresismo 4x4" de los barrios más paquetes. No se trata únicamente de manipular la memoria, sino de transmitir la ocurrencia de que vivimos en la actualidad bajo un nuevo orden represor. Que como a Maldonado, a cualquiera lo pueden eliminar del mapa. Nadie explica el monumental montaje político que se armó con ese drama, y entonces se suceden anécdotas como las que sufrió recientemente un amigo; su nieta de seis años llegó temblando del colegio, su madre la abrazó y le preguntó por qué estaba angustiada, y la nena le dijo: "Tengo miedo de que me desaparezcan". Seis años.

No solo es necesario ocultar los homicidios setentistas y disfrazar a los guerrilleros de algo que nunca fueron (demócratas), sino que es preciso vincular el más tenebroso gobierno de facto con un simple gobierno constitucional. El pasado con el presente. Y esa jugada se puede observar en el documento del 24: su propósito fue demonizar a Macri y convertir a los presos comunes de la política en presos políticos de una nueva tiranía. Ellos no son entonces los grandes corruptos que le robaron al pueblo, sino abnegados militantes del campo popular que están siendo proscriptos. En ese texto se lamenta que no hayan ido a la cárcel los directores de los principales diarios, y se sigue acusando a los periodistas de las peores calamidades. Denuncian lo que callaban con Cristina (la penosa situación de las cárceles), mencionan razonablemente el asunto Chocobar (un error político del Presidente) y gritan "basta de matar", pero hacen la vista gorda con los pobres que asesinan en las calles esos mismos delincuentes prohijados por su abolicionismo jurídico. Y se mantienen, obviamente, solidarios con Venezuela, brillante laboratorio de su propio fracaso. Cualquiera, sin embargo, puede acordar con ellos en que la muerte de Nahuel Rafael es todavía una mancha y una duda, aunque parece que ya se olvidaron de las múltiples víctimas de violencia institucional ocurridas durante "la década ganada" -hechos aún impunes-, y naturalmente del escandaloso encubrimiento por la muerte del fiscal Nisman, cuyos principales sospechosos se encuentran dentro de su propia tropa.

La opinión que Graciela Fernández Meijide, en nombre de la ley y contra toda medida que implique comerse al caníbal aun en el extremo caso de Astiz (con cáncer y con pedido de prisión domiciliaria), mereció no solo insultos antes y después del acto, sino hasta la orden de hostigarla por parte de algunos exmontoneros. A este articulista, como también a cualquier miembro del Club Político Argentino, le repugnan los criminales de lesa humanidad (mantengo por Astiz la misma simpatía que por una cucaracha voladora), y desearía que los beneficios que los asisten a él o a cualquiera de sus socios sean lo más restrictivos posibles. Pero el ataque a Graciela fue una demostración más de que este colectivo que acaba de autoamnistiarse no tolera disidencias ni acepta el acuerdo democrático. No tienen por qué aceptarlo; en realidad nunca creyeron en él. Siempre fueron fascistas de izquierda. Pero fascistas al fin.

Fuente: diario La Nación

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26Mar/189

ANTE OTRO 24 DE MARZO

Por Prudencio Bustos Argañarás

Un nuevo aniversario del último golpe de estado exitoso en el país parece oportuno para someter a análisis las debilidades de nuestra democracia republicana. A lo largo de nuestra historia constitucional, los argentinos hemos exhibido una curiosa tendencia a intentar el derrocamiento de gobiernos por la fuerza. Así ocurrió, con suerte diversa, en 1861, 1874, 1880, 1890, 1893 (dos intentos), 1905, 1930, 1943, 1955, 1962, 1966, 1976, 1987 y 1988 (dos intentos). Es decir, un intento cada diez años de vida constitucional, aunque si contamos los que Eduardo Ibáñez Padilla llama “golpes dentro del golpe” –como los ocurridos en 1943, 1944, 1956, 1970, 1971, 1980, 1981 y 1982–, nos da uno cada 6,66 años. Una plusmarca digna del Libro de los récords Guinness.

Pero pecaríamos de hipócritas si descargáramos toda la culpa de esos golpes y destituciones sobre las Fuerzas Armadas. Los militares fueron el brazo ejecutor de esos atropellos a la Constitución, pero es menester recordar que la mayor parte de ellos contaron con el apoyo –cuando no con la instigación y participación– de importantes sectores de la sociedad, de partidos políticos democráticos y hasta de la Suprema Corte de Justicia, que en 1865, 1930 y 1943 los legitimó. En el primer caso invocando con cinismo “el derecho de la revolución triunfante y asentida por los pueblos y en virtud de los graves deberes que la victoria le imponía” y en los otros dos con el falaz argumento de tratarse de “un gobierno de facto cuyo título no puede judicialmente ser discutido con éxito por las personas, por cuanto ejercita la función administrativa y política derivadas de su posesión de la fuerza, como resorte de orden y seguridad social”.

A tal extremo llegó el embeleso de los argentinos con los golpes de estado, que los dos partidos políticos más importantes del país, la Unión Cívica Radical y el Peronismo, se jactan de haber nacido de uno de ellos, aquel en 1890 y este en 1943. El doble patrón moral al que solemos mostrarnos afectos, proporciona argumentos para demostrar que los protagonizados por nuestros amigos estaban justificados.

Sin duda ha habido avances positivos en estas últimas cuatro décadas, en las que parece que hemos comprendido que por malo que sea un gobierno, la ruptura del orden constitucional solo trae aparejados graves retrocesos, cuando no verdaderas tragedias. Ya no estamos dispuestos a tolerar otro golpe, pero aún no hemos logrado consolidar una firme convicción republicana y democrática que aleje del todo la posibilidad de interrumpir por otros medios una gestión gubernamental. La prueba de ello es que desde la restitución de la democracia dos presidentes no han logrado terminar su mandato.

Aún se advierte entre nosotros la presencia frecuente de metáforas castrenses que invitan a la confrontación y parecen impropias de la convivencia respetuosa que supone el sistema republicano. Expresiones cargadas de resonancias bélicas como militancia, lucha, conquista, enemigo, vanguardia, tropa, disciplina o corrientes combativas, impregnan el lenguaje cotidiano del escenario político argentino, exponiendo la vigencia de esa tendencia autoritaria. A ellas se suman explícitas manifestaciones públicas en favor de la caída del actual gobierno, aun de parte de magistrados judiciales.

Creo que para terminar definitivamente con esa inclinación son menester algunos cambios en nuestras conductas colectivas. Debemos abandonar ese doble patrón moral al que he aludido, según el cual hay golpes buenos (los dados por los que piensan como nosotros) y malos (los que dan los otros). Mientras no entendamos que todo golpe es malo, lo dé quien lo dé y cualesquiera sean los motivos que invoque, y en consecuencia dejemos de conmemorar algunos que nos resultan simpáticos, seguiremos incubando el huevo de la serpiente.

Debemos rechazar todas las dictaduras, incluso las que accedieron al poder por vía democrática. Ya no se escuchan voces en favor de Hitler, Stalin, Mussolini o Franco, pero subsisten aún panegiristas de Fidel Castro, Nicolás Maduro, el Che Guevara y de grupos terroristas que desataron baños de sangre. Todos aquellos que utilizaron la violencia como instrumento de acción política, que cometieron secuestros, torturas y asesinatos, son condenables sin importar el color ideológico con que vistieron sus atropellos. Y todas las víctimas valen lo mismo y merecen idéntico respeto.

Solo lograremos desterrar para siempre los intentos de destituir un gobierno legítimamente constituido cuando erradiquemos de cuajo las actitudes agresivas para con nuestros adversarios. Cuando el insulto y el agravio sean reemplazados por el debate de ideas sereno y respetuoso, cuando comprendamos que quien busca el bien común por un camino diferente no es un ser perverso y que el adversario político no es un enemigo, sino alguien que puede aportar buenas ideas que enriquezcan nuestras propuestas.

Invito a mis conciudadanos a reflexionar en tono a estas cuestiones, evitando la utilización de la fecha en beneficio de un sector político y sin caer en la contradicción de condenar los golpes de estado mientras se promueve la ruptura del orden constitucional, se exalta la violencia, se insulta y degrada al que piensa diferente, se eleva a dictadores a la categoría de próceres y se usan palabras que invitan al enfrentamiento. Tampoco es lícito invocar la defensa de los derechos humanos mientras se atropellan los derechos constitucionales de miles de personas, pues la regla principal de la convivencia civilizada es que el derecho de uno termina en donde comienza el de los demás.

Comprender esto nos permitirá reestablecer el diálogo y la concordia entre adversarios y acordar políticas de estado que perduren en el tiempo, para recuperar la prosperidad y el bienestar que alguna vez supimos conseguir.

10Mar/181

Inaceptable modestia

Por Enrique Guillermo Avogadro

Me pregunto cada día a qué se debe que el Gobierno calle u oculte las cosas que hace bien; por supuesto, no todo lo que hace es correcto pero, al no hablar de los hechos positivos, sigue dando pasto a la peor oposición, ganando quejas de sus propios votantes, y permitiendo que la prensa sólo hable de los aspectos más incómodos de la realidad, que también los hay y muchos.

El lunes pasado, en el diario La Nación, un economista de nota y el mayor experto en consumo de nuestro país, Guillermo Oliveto, publicó una excelente y exhaustiva nota a la que tituló Para evaluar mejor, datos duros antes que las sensaciones (https://tinyurl.com/y76rb8ry), cuya lectura considero imprescindible para que todos entendamos qué está sucediendo realmente en la economía nacional y evitemos caer en especulaciones, casi siempre mal informadas, cuando no mal intencionadas.

Obviamente, no soy quién para criticar la política de comunicación de la Casa Rosada porque sus actuales inquilinos ganaron, desde 2007, elecciones imposibles mientras que yo, la última vez que lo hice fue en el centro de estudiantes de mi facultad. Pero me parece que debería informar mejor y más consistentemente sus logros porque, al no hacerlo, permite que el escepticismo permee en la ciudadanía, sobre todo en la clase media urbana, que fue su mayor sostén en las contiendas electorales.

Como formo parte de ella, escucho todos los días quejas de aquéllos que, durante el kirchnerismo, gozaron de masivos subsidios a la electricidad, al gas y al transporte, mientras engrosaban las multitudinarias filas de quienes reclamaron una jubilación para la cual no habían hecho aportes, aunque destinaran su magro estipendio mensual a pequeños gustos absolutamente superfluos.

La clase media porteña, egoísta e hipócrita, nunca tuvo en consideración que al recibir todas esas injustificadas prebendas, de las que no gozaban quienes habitan en el interior del país, permitía que la economía fuera depredada y que los recursos, siempre escasos, no alcanzaran para mejorar la situación de miles de compatriotas que sobreviven en la pobreza pero que, con sus impuestos, habilitaban el despilfarro.

En cambio, la clase humilde del conurbano, en especial del bonaerense, está comenzando a notar que se realizan todos los días obras que, literalmente, están cambiando sus vidas. Para quienes han chapaleado en el barro de sus calles para ir a trabajar, han debido pagar sumas estrafalarias por el gas que se regalaba a los hogares más acomodados del país, que carecían de cloacas y, en muchos casos, de agua potable, esos signos mínimos de elevación social están llegando.

Por supuesto, no creo que, de un día para otro, dejen de votar al peronismo que los sumergió en esa condición y en ella los mantuvo desde que asumiera sus destinos en 1987. Sólo una extraña combinación de factores permitió que los planetas se alinearan en 2015 y, bajo el mando del mariscal Anímal Fernández, fueran expulsados de su eterno baluarte. Pero es altamente probable que, a partir de 2019, con el monstruoso impacto que provocará la coparticipación federal que recuperó María Eugenia Vidal, las reminiscencias de un pasado imaginario y feliz dejen de tener peso.

Si eso sucede, comenzará sin duda un nuevo país, y el viejo y populista PJ será reemplazado por un indispensable partido moderno, democrático y respetuoso de las instituciones; habremos dado así un fenomenal paso adelante como nación civilizada.

En el ínterin, todavía nos queda mucho por sufrir y muchas culpas por pagar. Si bien quienes condujeron al peronismo a la mayor derrota desde aquélla que le impuso Ricardo Alfonsín en 1983, están hoy contra las cuerdas del ring judicial y muchos ya miran la pelea desde la cárcel, mientras varios más se presentan todos los días para acompañarlos tras las rejas, lo cierto es que todavía conservan bastante poder de fuego, en especial en la calle.

Hugo Moyano se ha quedado más solo que Adán en el Día de la Madre, sus colegas lo han abandonado en masa y el único apoyo que aún le resta son las deshilachadas tropas del kirchnerismo y algunos movimientos sociales que, a su vez, lo usan para intentar ganar fuerzas para sus propios reclamos de planes, para mantener e incrementar el latrocinio que aplican a los beneficiarios finales. Sin embargo, seríamos estúpidos si pusiéramos en duda la capacidad del camionero y de los piqueteros de complicar la vida de los argentinos, tanto como si negáramos a Roberto Baradel su peso a la hora de sacrificar a los chicos en el altar del poder sindical de los "trabajadores de la educación", o a Sergio Palazzo idénticos propósitos con los bancarios como huestes.

Agradezco a Oliveto, ya que me permite conservar y explicar el optimismo por el futuro que me embarga, aún cuando todavía muchos la están pasando mal. Pero alguna vez, aunque sea una sola, los argentinos deberíamos pensar que no hay milagros en la economía, como no lo hay en la educación ni en la cultura, y que cada paso que demos, por pequeño y doloroso que sea, nos acercará a la meta.

Esta no puede ser otra que volver a ser un país normal, serio y confiable, capaz de sentarse en cualquier mesa de negociación, comercial o política, y ser respetado por el resto de las naciones. Llevamos añares sin que eso suceda, pero también en ese terreno se nota un cambio positivo.

Para concluir, cumplo en agradecer también a Cristina Elisabet Fernández, viuda de Kirchner, que me ha hecho recuperar mi capacidad de asombro -una característica de los niños- esta semana. La actual Senadora, que ya tiene tres procesamientos confirmados por tres instancias y que sólo permanece en libertad por el escudo humano que construyeron sus colegas de casi todos los partidos, presentó un proyecto de ley para que se expulse de sus cargos, retroactivamente, a los funcionarios que tengan dinero en paraísos fiscales. He visto el texto y, sorprendemente, no contiene explicación alguna para la injustificada y sospechosa escala técnica que realizara en las islas Seychelles, un paraíso no exclusivamente paisajístico, ni para el viaje a Angola, segundo productor de diamantes del mundo.

Fuente: blog del autor

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22Feb/186

Legalicemos el homicidio

Por Prudencio Bustos Argañarás

Una encuesta realizada recientemente en Córdoba ha dado como resultado que el 65% de los consultados está a favor de la legalización del aborto, pero paradójicamente, un 49% lo considera un atentado contra la vida. Semejante contradicción lleva a pensar que las preguntas estuvieron mal formuladas o que la encuesta fue deliberadamente manipulada para obtener una respuesta favorable al aborto. De otra manera no puede entenderse cómo una persona sensata pueda estar a favor de legalizar algo que considera un homicidio.

En una nota aparecida en La Voz del Interior del domingo pasado, un abogado y sociólogo celebra dicho resultado y califica a la legalización del aborto como un avance moral y cultural y una señal de madurez de la población, al incorporar el pluralismo y el derecho de la mujer a matar a su propio hijo para evitar un riesgo de su salud o porque simplemente el embarazo le provoca molestias y estrés.

Sin duda el tema es materia de controversia, pero sorprende que quienes defienden la legalización lo hacen destacando los beneficios que obtiene una mujer al realizarse un aborto, pero nada dicen del costo que paga el hijo muerto, que es nada menos que su vida. Parece que para ellos el derecho a la vida de esa criatura no cuenta a la hora de hacer el frío balance mercantil de costos y beneficios. O bien que el derecho al bienestar de una persona está por encima del derecho a la vida de otra.

En la ciencia médica se discute acerca de cuál es el momento en que aparece la vida humana y hay sobre el particular dos teorías. La primera –consagrada en los artículos 4°, 19° y 59° de nuestra Constitución y en el juramento hipocrático que hacemos los médicos al recibir nuestro título–, considera que la vida comienza en el momento en que los gametos femenino y masculino se unen para crear un nuevo ser. La otra entiende que el inicio se da cuando ese nuevo ser anida en el endometrio materno, lo que ocurre entre el séptimo y el décimo día consecutivo a la fecundación.

El diagnóstico de embarazo es siempre posterior a ambas circunstancias, por lo que cuando se realiza un aborto, cualquiera sea la teoría aceptada existe ya una vida diferente, con identidad propia y con su propio perfil genético, único e irrepetible. Si por no estar aún desarrollado en plenitud y depender de su madre para sobrevivir, el niño no mereciera gozar del derecho a la vida, deberíamos concluir que es también lícito matarlo después del nacimiento, pues tampoco está totalmente desarrollado ni capacitado para valerse por sí mismo.

Es cierto que el Código Penal contempla en el artículo 86º atenuantes y excusas absolutorias en casos especiales, pero ellas no modifican la condición criminal que dicho cuerpo normativo atribuye al aborto, sino que permiten al juez eximir de la pena prevista a quienes lo cometan bajo determinadas circunstancias, a semejanza de lo que ocurre con el homicidio cometido en defensa propia o en estado de emoción violenta. A nadie en su sano juicio se le ocurriría, por ejemplo, solicitar autorización a un juez para matar a su vecino, bajo el argumento de que lo insulta, creándole violencia moral.

De nada sirven en este debate los argumentos de naturaleza religiosa, ni a favor ni en contra, pues las conclusiones obtenidas a partir de ellos solo serían valederas para quienes profesan determinadas creencias, y la ley debe ser hecha para todos los ciudadanos, cualquiera sea su religión.

Por todo lo dicho, entiendo que legalizar el aborto –un homicidio intrauterino– no solo no constituye un avance moral y cultural, sino que es un marcado retroceso en ambos órdenes, pues implica renunciar a la defensa del primero de los derechos humanos, que es el de la vida, que tantos siglos nos costó consagrar. Con el agravante que se trata de la de un ser inocente e indefenso, lo que nos retrotrae a dos mil años atrás, cuando los espartanos arrojaban desde el monte Taigeto a los niños que nacían defectuosos. Ellos habrán creído tal vez que defender de esa manera la pureza de su pujante civilización era también un avance.

Fuente: La Voz del Interior

18Feb/182

Un café con Cristina

Por Carlos Salvador La Rosa

Uno de los primeros que se alejó de Cristina fue Felipe Solá, quien ya en 2009 se alió con Mauricio Macri y Francisco de Narváez, imponiendo este último la primera derrota al imperio K. En  2013 Sergio Massa fue quien pegó el portazo y también le ganó al kirchnerismo.

En 2015 Florencio Randazzo se negó a bajarse de candidato presidencial a candidato gubernamental y selló el fracaso de Cristina cuando su candidato en Buenos Aires, Aníbal Fernández, fue el piantavotos más grande de toda la historia del peronismo desde Herminio Iglesias en 1983.

Mientras todos ellos se alejaban -discretamente o no- de Cristina, también lo hacía en fecha imprecisa el que se enojó porque en vez de hacerlo socio, el matrimonio Kirchner lo consideró empleado, Alberto Fernández, quien se fugó sin hacerse autocrítica alguna, y pasó por tantos lados que terminó superando al legendario Borocotó en su capacidad de saltimbanqui.

Así, Solá, Massa, Randazzo y Alberto Fernández se presentaron como el postkirchnerismo, los que venían a salvar la  herencia del peronismo rescatándolo del kirchnerismo.

Se vendieron como civilizados, modernos, abiertos, liberales en el sentido político del término, como los continuadores de la vieja renovación peronista, aquella que junto con Alfonsín sembró las bases sólidas de una nueva democracia y que intentó construir un peronismo republicano antes de que fuera reemplazada por las nuevas hordas de caudillos provinciales y feudales que se apoderaron  del movimiento nacional y popular de los 90 en adelante: Menem, Duhalde, los Rodríguez Saá y los Kirchner.

Todos patrones de estancia que le borraron hasta el menor sesgo de modernización al incipiente peronismo ochentoso intentando copiar en la Nación lo que hicieron en sus provincias.

En nombre de las más variadas e incluso contrapuestas ideologías, que a la postre no significaban nada, trasladaron sus prácticas nepotistas, prebendarias, caudillescas, autoritarias y populistas a sus respectivas presidencias. Prácticas que unificaron a todos estos gobiernos oligárquicos de familia, por más que unos mantuvieran relaciones carnales con EEUU y otros con Irán.

Con la decadencia de estos caudillos, los Massa, los Randazzo, dijeron venir a pelear contra  esas feas costumbres localistas en nombre de un peronismo universal y abierto al cual ellos se habían ganado el derecho a pertenecer por haberle dicho una vez No a la presidenta, aunque antes le hubieran dicho un millón de veces Sí. Hablaban como iluminados, dictaban clases de moral y de buenas costumbres.

Alberto Fernández lo hacía con sus artículos en todos los diarios críticos al gobierno. Sergio Massa con sus anchas avenidas del medio y sus críticas a la corrupción, Stolbizer mediante.

Randazzo mostrándose como la flor de la mafia, la cara pura del burdel, el salvador de trenes. Y Felipillo con su pinta de galán maduro que jamás se ensucia aunque haya frecuentado todos los más bravos lodazales como elegante y permanente habitué de los mismos.

Los cuatro son paquetes, perfumados, presentables, hablan lindo y fino. No asustan como otros.

Pero les fue muy mal en las últimas elecciones. A Solá y Massa se les achicó al mínimo la ancha avenida. Y Randazzo, aunque contara con el apoyo intelectual del Alberto Fernández, apenas figuró.

A Cristina le fue mejor que a todos los chicos finolis que algunos vez se le atrevieron. Y entonces, los que vinieron a cambiar la historia, se empezaron a asustar.

Se  comenzaron a dar cuenta que estaban más atados a la historia K de lo que ellos superficialmente creían. Que la sociedad no era tonta y que sabía que volverían por más que juraran mil veces no. Que eran iguales a los que criticaban.

Entonces se resignaron a volver.

Los peronistas duros, por su parte, en vez de tratar de explicar racionalmente lo irracional como nuestros nuevos renovadores, intentaron ver si Macri se caía como De la Rúa y conste que hicieron todo para lograrlo.

La nueva guerrilla semiológica proveyó los fusiles simbólicos, tal como Horacio Verbistky que acusó a Macri de desaparecedor de personas o Raúl Eugenio Zaffaroni que le pidió que se vaya por una razón sustancial: porque a él no le gustan las políticas que está aplicando Cambiemos.

Por su parte, los sindicalistas más pesados, los Barrionuevo y Moyano, también se sumaron a la prédica golpista, pero por razones menos espirituales que los ideólogos de la revolución: para no caer entre rejas. Entre presidiarios se entienden.

Todos juntos, presentes o ausentes, presentables e impresentables, duros o finos, coincidieron en la toma del Congreso de diciembre cuando -aliados nuevamente al kirchnerismo- buscaron acabar con la democracia a pedradas a ver si diciembre de 2017 se transformaba en diciembre de 2001.

Estaban muy lejos de lograrlo, muy lejos, pero ellos no lo sabían y pusieron el alma en la patriada. Hasta que entendieron lo poquitito que eran. Que ni subiéndose a la muerte de Maldonado ni apoyando las piedras de los delirantes ni proponiendo todos los días un golpe por la razón que sea, nada les quitaba su impotencia. El de ser definitivamente lo viejo aunque todavía no surgiera lo nuevo.

Entonces dejaron de lado todo intento de diferenciarse, y se dejaron tentar por los kirchneristas con más cara presentable, los más parecidos a ellos: Daniel Filmus y sobre todo Agustín Rossi. Hicieron un acto donde se juntaron para olvidar viejos agravios, y también para olvidar todo lo que dijeron contra el kirchnerismo cuando se fueron del kirchnerismo. Emocionados, cantaron abrazados la marchita peronista y el Alberto Fernández hasta le fue a pedir la bendición al Papa Francisco para el reencuentro de la sagrada familia.

El Sergito Massa todavía no dice nada porque la Marga Stolbizer que le creyó cuando él le juró que jamás volvería al peronismo, y menos con Cristina, hoy lo quiere matar. Pero él, como buen marido engañador le dice que no tiene nada con Cristina, aunque, como los otros, se muere por volver.

Quisieron armar una alternativa por fuera y hacia el futuro con la vieja táctica del peronismo de decir que ellos no estaban de acuerdo con lo que hicieron sus jefes aunque ellos hayan sido sus brazos ejecutores.

Y porque no estaban de acuerdo, ahora se proponían ser los nuevos jefes como si nunca hubieran tenido nada que ver con los anteriores. Pero esta vez no lo lograron. Y además, ¿para qué irse si los K están cayendo todos presos? Y los impresentables son mayoría. Por eso ellos ahora ofrecen sus caras presentables, de gente bien y razonable, para ver si Cristina, que perdió con Macri pero les ganó a todos ellos, les permite heredarla.

Y, así como el duro de Moyano, tal cual un gorrioncito apichonado la invita a tomar un café a Cristina, estos  peronistas refinados (petiteros se decía antes) la invitan a tomar té con masitas. Como si se tratara de la tía rica y ellos fueron los sobrinitos que la quieren heredar. ¡Cómo los debe despreciar la señora! ¡Y con cuánta y justa razón! Pero lo más seguro es que les acepte el invite.

Fuente: diario Los Andes

16Feb/186

Entre el cielo y el barrio

Por Julio María Sanguinetti

La palabra de un Papa siempre es parte relevante del debate internacional. Robustece su eco no solo la dimensión de la Iglesia católica sino la circunstancia de que las demás corrientes religiosas, cristianas, judías o aun musulmanas, no tienen un vocero único y formal.

Juan Pablo II, con su incuestionable carisma, fue el centro de una vigorosa corriente, claramente definida. Conservadora en los temas de familia y bioética, liberal en el enfrentamiento de las democracias a las caducas estructuras del comunismo europeo, fue influyente y protagónica.

El papa Francisco, en cambio, navega en medio de extrañas contradicciones: a cada rato desciende de la universalidad de su posición a minúsculos combates políticos de un inexplicable provincianismo argentino, al tiempo que no oculta la raíz populista-peronista que el historiador italiano Loris Zanatta reveló no bien fue ungido.

Estos días avaló de un modo desconcertante a la señora Hebe de Bonafini, líder de las Madres de Mayo y ferviente kirchnerista, que ha degradado una noble causa con su radicalismo y la corrupción de la entidad que dirige. Esa buena señora celebró el atentado contra las Torres Gemelas, en tiempos en que llamaba fascista al entonces cardenal Bergoglio. Cuando éste llegó a Papa la recibió ostentosamente, para que en la puerta vaticana despotricara con violencia contra el presidente Macri, el compatriota electo por su pueblo, al que por entonces había recibido con una frialdad tan notoria que asombró al mundo. El hecho es que ahora, en el mismo instante en que la señora de Bonafini se resistía a acatar un mandato judicial, pudo ella leer una carta de Su Santidad en que le decía: "No hay que tener miedo a las calumnias. Jesús fue calumniado y lo mataron después de un juicio dibujado con calumnias. La calumnia solo ensucia la conciencia y de quienes la arroja". La destinataria pudo regodearse comentando en la televisión: "Casi no me compara con nadie."

En estos días no ha cosechado muchos aplausos en un Chile que no entendió su actitud ante las situaciones de pedofilia. También es incomprensible que no atendiera un reiterado pedido del presidente electo Sebastián Piñera para un encuentro personal. Hasta sus colegas jesuitas no fueron complacientes con él.

En Perú, país más católico, le fue mejor. Allí trató muy bien al presidente peruano Kuczynski, tan liberal o más que Piñera y en muy malos días por su indulto a Fujimori. Allí, en cambio, fue ideológicamente bien claro: "Se estaba buscando un camino hacia la Patria Grande y de golpe cruzamos hacia un capitalismo liberal inhumano que hace daño a la gente". En una palabra, con Cristina Kirchner, Correa, Dilma, Evo y Maduro, íbamos hacia la Patria Grande bolivariana que hoy solo sustenta el venezolano. En cambio, habla de un "liberalismo inhumano" que ¿quién sostiene hoy? ¿Acaso el gradualista Macri, que trabajosamente va enderezando a la Argentina con el cuestionamiento de muchos economistas liberales? ¿El traidor Lenín Moreno que ha impedido la monarquía de Correa? ¿Piñera, que ya fue presidente y no desmontó la obra social de los gobiernos de la Concertación?

Su populismo ha sido reiteradamente expresado, cuando se indignaba porque "todo entra dentro del juego de la competitividad", como si fuera posible superar la pobreza en una economía incomunicada. O abjurando del "mercado libre, la globalización, el crecimiento económico o el consumo". Por cierto, se ha negado reiteradamente a entender el valor social y democrático del desarrollo de las "clases medias" y hoy por hoy diluye las esperanzas de un mundo, creyente o no, que esperaba reformas éticas que superaran la condenación anacrónica de los divorciados o del uso de anticonceptivos, que ayudan a que la maternidad sea algo querido y no una fatalidad a la que resignarse.

El Papa Francisco es populista y diluye las esperanzas de los que esperaban reformas éticas

No siendo católico, no incurro en el atrevimiento de mirar al Papa desde esa perspectiva religiosa. Como ciudadano, en cambio, desearía que ayudara a defender la libertad individual, los sistemas democráticos y una economía moderna que -regulada por reparadoras leyes sociales- genere riqueza para poder distribuir. Es desde ese ángulo que lamento que los Gobiernos, aun socialdemócratas, no encuentren esa voz de apoyo para luchar contra la pobreza mediante un real desarrollo, basado en la productividad, bien lejos de la demagogia que condena a los pobres, como ocurre en la doliente Venezuela de hoy.

Fuente: diario El País

2Feb/181

¿Alguien, alguna vez, podrá pisarle la cola al león?

Por Carlos Salvador La Rosa

Así como la democracia se va perfeccionando a través de los diversos ensayos de prueba y error, los intentos de desestabilizarla o clausurarla también actúan de la misma manera, hasta que una de las tendencias se impone sobre la otra.

En la Semana Santa de Alfonsín, allá por abril de 1987, un grupo de oficiales del Ejército se alzó contra la Constitución. Su reclamo no era aún la caída del gobierno pero pretendían el fin de los juicios a los militares por delitos de lesa humanidad. Cosa que lograron, al principio con límites, y luego con el indulto total de Menem.

Como les fue tan bien, entonces siguieron intentando golpes con cualquier excusa, tal cual el coronel Seineldin en diciembre de 1990 por razones que ya nadie recuerda.

Pero esta vez se actuó sin contemplaciones contra los militares golpistas. Algo parecido había ocurrido en enero de 1989 con el copamiento del regimiento de la Tablada por guerrilleros que pretendían recrear el clima insurreccional de los años 70.

El efecto práctico de ambos conatos destituyentes fue que al negarse las autoridades a negociar con los sublevados, tanto militares como guerrilleros, jamás se repetiría en las décadas siguientes ningún hecho de este tipo. Los violentos 70 finalizaban, y la democracia se imponía sobre sus enemigos como único sistema de gobierno. A partir del ensayo y error.

Los sindicatos, por su lado, fueron implacables con los gobiernos no peronistas de Alfonsín y De la Rúa, mientras que con el más grande privatizador del siglo, Carlos Menem, fueron absolutamente contemplativos por el solo hecho de ser éste peronista. A Alfonsín no lo dejaron en paz con infinitas huelgas salvajes. Y a De la Rúa se le sublevaron cuando éste postuló una reforma laboral y llegaron al paroxismo cuando la entonces ministra de Trabajo, Patricia Bullrich, les pidió la declaración jurada de bienes.

A ambos gobiernos los sindicatos les hicieron todas las zancadillas posibles y les fue bien ya que su contribución fue clave para que ninguno de los dos terminara su mandato. Y no lo decimos nosotros, lo dice Barrionuevo claramente:  “A los sindicatos los atacaron los militares, Alfonsín y De la Rúa, y terminaron mal”, advirtió. Para finalizar con un amenazante: “No le pisen la cola al león”.

O sea que, a diferencia de militares y guerrilleros que ya no lo intentan más por haber fracasado, los sindicatos siguen con la prueba de ensayo y error para ver si les sigue yendo bien con sus pretensiones de mantener privilegios corporativos desestabilizando gobiernos.

Así, de modo inconcebible más parecido a una republiqueta bananera que a una auténtica república democrática, ahora proponen una movilización gigantesca de todos los trabajadores por una sola razón: para que la Justicia no siga investigando más los bienes de Hugo Moyano. Una amenaza brutal a la Justicia y al Gobierno juntos. Y no por reivindicaciones obreras, sino para salvar el pellejo de un capo.

A ellos se les suman los políticos que también tienen miedo de ir presos (o ya están presos), quienes tienen su propio vocero judicial, el ex juez Raúl Zaffaroni, el cual desea que el gobierno  de Macri “se vaya lo antes posible”.

Pero hay una diferencia, los políticos destituyentes ya tuvieron su oportunidad a fines del año pasado cuando primero con la utilización del joven Maldonado y luego con el intento de copamiento del Congreso a las pedradas, buscaron desenfadadamente que Macri se fuera en helicóptero, pero les fue horriblemente mal. Mientras que a los sindicalistas hasta ahora siempre les fue bien cuando jugaron a que los gobiernos que ellos no quieren no terminen su mandato.

Por eso están cebados, por eso lo seguirán intentando hasta que alguna vez fracasen en su intento.

Y es la democracia (lo que es mucho más que el gobierno de turno) la que, a través de sus pruebas de ensayo y error, deberá ponerse firme contra todos sus adversarios y/o enemigos hasta que el sistema se consolide definitivamente. Y todos acepten disputar poder nada más que dentro del mismo, jamás afuera.

Fuente: diario Los Andes

 

27Ene/186

Ese extraño exhibicionismo ideológico del Papa

Por Claudio Fantini

Se estaba buscando un camino hacia la Patria Grande y de golpe cruzamos hacia un capitalismo liberal deshumano que hace daño a la gente”, dijo el papa Francisco en Perú. Fue su definición política más explícita.

Por cierto, el clero es adverso al capitalismo y al pensamiento liberal porque sus raíces están en el corporativismo medieval. Aunque tampoco es socialista, la Doctrina Social de la Iglesia es antiliberal. Pero nunca un Papa había sido tan explícito en su condena.

Igual que con las otras religiones, la iglesia maneja lenguajes elípticos, eludiendo mencionar ideologías o doctrinas por sus nombres. Condena la pobreza, la injusticia o el egoísmo social. Pero nunca había condenado, expresamente, el “capitalismo liberal”, llamándolo “deshumano” y causante de sufrimiento.

Juan XXIII adoptó la “opción por los pobres”, pero no la convirtió en una doctrina política sino en una mirada humana sobre el otro. Juan Pablo II embistió contra el totalitarismo comunista, pero no mencionaba el “socialismo” para condenarlo.

Por eso llama la atención el repudio explícito que hizo Francisco. Implica una condena al liberalismo. Es obvio que la Iglesia no comparte muchos principios y dogmas del Islam, pero nunca condena al islamismo. Incluso se cuida (y con razón) de hablar de Islam cuando repudia una masacre del terrorismo ultra islamista. Ni siquiera habla de ultraislamismo; se limita a decir “terrorismo”.

Si el Papa tiene ese cuidado con el Islam ¿por qué no lo tiene con una doctrina que desciende de un pensamiento filosófico, el de John Locke?

Francisco confunde al liberalismo con su vertiente económica ortodoxa. Eso que llaman “neoliberalismo”. El pensamiento liberal cimienta la democracia pluralista, los derechos humanos, las libertades públicas e individuales, la división de poderes y el Estado de derecho. Y la democracia liberal sigue siendo lo que describió Winston Churchill: “El peor de todos los sistemas, con excepción de todos los demás”.

Por eso es inquietante que un líder religioso, que también es un jefe de Estado, aborrezca de un pensamiento político, describiéndolo sólo en su faz económica ortodoxa. Es como confundir al Islam con el ultraislamismo o al cristianismo con el fanatismo inquisidor.

Rara contradicción

Referirse a gobiernos elegidos democráticamente como “capitalismo liberal deshumano que hace mal a la gente”, más que explicar la situación de Latinoamérica, explica algunas de sus actitudes controversiales. Por caso, el frío saludo a Sebastián Piñera y el rechazo a la reunión que le pidió el presidente electo de Chile.

Es inevitable que su repudio al “capitalismo liberal” sea relacionado con el destrato a Piñera y con la insólita cara de enojado con que recibió a Mauricio Macri. También con su demora en venir a Argentina y su silencio al respecto.

Con la alusión a la “Patria Grande” que “se estaba buscando” hasta que “de golpe cruzamos hacia” la vereda “que hace daño a la gente”, Francisco se “confesó” ideológicamente. Pero sólo en teoría, porque en la práctica su proclama exhibe extrañas contradicciones.

Si hace gestos de desprecio a Piñera y a Macri por ser ricos empresarios liberales, ¿por qué visitó Paraguay invitado por el mandatario de ese país, con quien estuvo muy a gusto? Horacio Cartes también es un rico empresario liberal.

Igualmente extraño es que, tras desairar a los “liberales” de Chile y de Argentina, haya sido muy amigable con su anfitrión peruano, tan liberal como los desairados. Con un agravante: Pedro Pablo Kuczynski acababa de indultar a Alberto Fujimori, liberando de su condena por violaciones a los derechos humanos al déspota que encaminó a Perú hacia la economía de mercado. Y lo hizo cumpliendo un pacto para no ser destituido.

Es curioso que no tenga reparos ideológicos con los liberales que gobiernan Perú y Paraguay. Cartes amasó su fortuna con industrias de tabaco y de bebidas alcohólicas, mientras acumulaba denuncias por turbios negociados.

El contraste con sus gestos y silencios hacia Piñera y hacia Macri hace que esos desaires sean una enigmática contradicción.

También es extraño que proclame de forma abierta la aversión a una doctrina. Ni Karol Wojtila había sido tan explícito para referirse al enemigo que enfrentó. Y aquel enemigo no era un gobernante elegido libremente, sino el totalitarismo.

Fuente: La Voz del Interior