A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

28Sep/162

Hay que transformar los subsidios

Por Marcos Aguinis.

En los últimos años, se han multiplicado en la Argentina subvenciones oficiales que no estimulan el trabajo ni el progreso genuinos y que casi equivalen a dádivas; esas mismas ayudas podrían ser repensadas, sin embargo, para promover el empleo y repoblar el país.

Hace poco, Emilio Cárdenas me recordó una sencilla parábola: si siempre se ara en el mismo surco, el surco dejará de ser fértil. Hace muchas décadas que en la Argentina se ara en el surco de los subsidios y los subsidios se han convertido en un recurso bastante estéril. No resuelven los problemas gigantescos de la Nación, aunque parecieran una herramienta de enorme poder. Hay subsidios para casi todo. Para los pobres y los ricos, para los trabajadores y para los empresarios, para los niños, la salud, la educación, la Justicia.

La palabra subsidio proviene del latín y tiene varios orígenes etimológicos. Uno de ellos deriva de sedere (estar sentado). Me sonó a clara denuncia, porque a menudo estimula la pasividad.

Sin embargo, los subsidios no son iguales en los diversos países donde se aplican. En general rigen por un tiempo limitado y están sujetos a una devolución que implica trabajo. En otras palabras, no equivalen a una dádiva.

En la Argentina, en cambio, nos hemos acostumbrado a considerarlos una dádiva. Para colmo, venenosa, porque no estimula el trabajo ni el progreso genuinos. De ahí la propuesta que sugiero, en el sentido de reformularlos hasta la raíz y convertirlos en una fuente con dos objetivos cardinales: incentivar el empleo y repoblar nuestro país.

Las reparticiones públicas que manejan subsidios deberían revisarlos con arte e imaginación, para que se reciban por un tiempo limitado, razonable, justo y eficaz. Y para que estimulen el trabajo o el estudio, no la quietud. Si no se consiguen los medios para devolverlos, caben las tareas sociales: controlar la entrada y salida de las escuelas, vigilar manzanas de barrios inseguros, limpiar calles y veredas, colaborar en los hospitales, brindar asistencia a centros de discapacitados, distribuir comida en zonas pobres, vigilar y denunciar la producción de paco. Pero no "quedarse sentado".

En cuanto a los subsidios que reciben los sectores afortunados, deberán rendir cuenta de su uso y efectuar la debida devolución en el tiempo correspondiente.

Tendemos a suponer que el subsidio es un regalo del cielo. Grave error: ni viene del cielo ni es gratuito. Esta ilusión fue narrada en la Biblia con el milagro del maná. Cuando los fugitivos de Egipto se creían próximos a perecer de hambre, se produjo una lluvia de copos alimenticios que los salvó. En esa etapa cargada de milagros o sucesos asombrosos nada parecía imposible. Pero no volvió a suceder. La lluvia del maná ocurrió una sola vez y tiene resplandores literarios. El subsidio no es su equivalente. Deriva de los impuestos y las recaudaciones que efectúa el Estado. Es el obsequio que una parte de la población hace a otra parte por decisión de los funcionarios de turno.

Son pocos quienes tienen conciencia de la desproporción que existe entre quienes aportan y quienes reciben. Lo detallo: entre 2002 y 2015, el número de empleados públicos aumentó a 4.100.000. La cantidad de jubilados y pensionados a cargo del Estado se expandió a 7,5 millones después de dos grandes moratorias y la estatización del sistema privado. Los planes sociales se multiplicaron hasta abarcar algo más de 8 millones de beneficiarios. En consecuencia, el total de personas a cargo del Estado pasó a 19,6 millones. En el mismo período, los aportantes privados formales sólo subieron a 8,5 millones. La balanza quedó entonces así: 8,5 millones aportan y 19,6 millones reciben. Una relación así no se observa en ningún otro país del mundo y no es sostenible.

Señalé que el segundo objetivo de los subsidios debería ser repoblar nuestro país. Recordemos que hacia fines del siglo XIX y durante el primer tercio del siglo XX se protagonizó una epopeya: llegaron a nuestra tierra columnas de inmigrantes angustiados y hambrientos. Lo hacían sin dinero ni idioma.

Pero la mayoría no se "quedó sentada" en las grandes metrópolis, sino que fue a colonizar campos vacíos, yermos, despreciados. Con grandes sacrificios nacieron pueblos llenos de esperanza. En pocos años se integraron profundamente. Diversas provincias se enriquecieron con la inmigración multitudinaria de italianos, árabes, judíos, españoles, irlandeses y armenios. La Argentina dejaba de ser una infinita región desierta.

Pero la industrialización provocó una concentración urbana que ahora no suena positiva. Se han formado cinturones insalubres donde rugen la carencia de viviendas, incalculables costos en el transporte, aumento de la inseguridad, basurales contaminados, multiplicación del narcotráfico, falta de empleo, insuficiencia sanitaria y decadencia educativa. Se impone, por lo tanto, pensar, programar y efectivizar la desconcentración para obtener, al menos, dos grandes beneficios: que incontables argentinos puedan prosperar dignamente en el interior y que nuestro país les derrame los tesoros infinitos que guardan sus llanuras y montañas, ríos y paisajes.

Para esto no sólo urge desarrollar de nuevo los ferrocarriles y las rutas, sino favorecer la radicación de inversiones en el interior, no en las metrópolis. Viejas y nuevas poblaciones, que parecen condenadas a la inexistencia, deberían ser provistas de escuelas y hospitales, comisarías y comunicaciones. Todas las pymes que se arriesguen a instalarse en zonas alejadas de las metrópolis deberían ser liberadas de impuestos esterilizantes y bendecidas con estímulos a su producción. Ni hablar de las obras de infraestructura que deberían planificarse con criterio estratégico y ponerse a marcha. Todo esto requiere los talentos de la ingeniería social y económica.

Y aquí entran a jugar los subsidios. ¿Cómo? Mediante un sencillo expediente. Serán más altos mientras más lejos se instale quien los recibe. Por el contrario, si la voluntad del beneficiario es quedarse en los cinturones que asfixian y se asfixian en torno a las grandes metrópolis, entonces bajará al mínimo. Así habrá un incentivo económico contundente a desarrollar una vida sana y productiva donde resulta más oxigenante. Para poner en marcha este sueño hace falta que expertos en la materia se apliquen a diseñar los mecanismos que lo hagan posible.

En torno a esto corresponde subrayar la fuerza pedagógica de la nota que se difundió hace poco sobre el padre Pedro y su tarea en la isla de Madagascar. Lo llaman "la Madre Teresa de Madagascar". Es un sacerdote católico argentino que hace cuatro décadas resolvió instalarse en ese país, devastado por la pobreza y la erosión, maltrecho por gobiernos irresponsables y con una población diezmada por el hambre y las enfermedades. Se aplicó a enfrentar esos males con una vocación ejemplar. Logró ganarse la confianza de cientos de miles de habitantes. Puso en marcha tareas sociales bajo la consigna del trabajo, la educación y la disciplina. Nada de dádivas ni favores indebidos. Con la participación de todos se construyeron miles de viviendas, centros de salud, escuelas, cocinas públicas.

Asombra la cantidad de obras producidas por el trabajo sistemático, que ha fortalecido los valores de la moral y la solidaridad. Además de construir viviendas, incluso sobre basurales, el padre Pedro insiste en estimular la educación: no sólo atender la currícula elemental, sino enseñar inglés y francés, además del idioma del país. Conmueve cómo lo rodean y aman los niños, los jóvenes, y cómo lo siguen y escuchan los adultos. Como si fuera poco, ya sacó del hambre a medio millón de criaturas. Hasta consiguió obtener agua potable y, de esa forma, detener epidemias que segaban millares de vidas. El padre Pedro no utiliza otro subsidio que el trabajo y la disciplina. Con la ayuda de algunos subsidios, que abundan en la Argentina, seguro que obtendría mucho más. Es el modelo que deberían observar y seguir muchos líderes sociales.

¿Cómo empezar? Lo sugiere esta nota: habría que "revolucionar los subsidios".

Fuente: diario La Nación.

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15Sep/168

Está volviendo a volver lo que nunca se fue

Macri no ha logrado reparar desigualdades regionales.

Por Adrián Simioni.

La verdad es que hubo mucho entusiasmo. Al principio. Se pensó que Cambiemos iba a revertir la exacción fiscal y financiera que sufren en forma creciente y desde hace décadas las provincias centrales del país, incluyendo el interior bonaerense, en beneficio del Gran Buenos Aires, ese monstruo que siempre alquila con algunas migajas a patagónicos y norteños, para no poner jamás en riesgo su colonización de todas las instituciones. Empezando, por supuesto, por el Congreso.

Lo más evidente era empezar por desmontar los grotescos subsidios a los servicios. Pero poco a poco eso fue languideciendo. Hasta que volvimos a escuchar los fantásticos proyectos que planifica el Gobierno nacional para... el Área Metropolitana de Buenos Aires (Amba). Que se van a pagar con impuestos... nacionales. Y que van a seguir bajo jurisdicción... nacional.

Aflojen con los trenes

El presidente de Ferrocarriles Argentinos, Marcelo Orfila, dijo que la Nación va a invertir 14 mil millones de dólares en siete años (a plata de hoy, el doble del presupuesto anual de Córdoba) para renovar los vagones de pasajeros –¿otra vez? ¿no los había renovado Florencio Randazzo, también con plata de todos nosotros?–, eliminar todos los pasos a nivel, construir una nueva supermegaestación –¿dónde si no bajo el Obelisco?– y dejar una joya digna de Amsterdam en un país que sigue con caminos interiores africanos, con perdón del África.

Nadie preguntó si van a aumentar los boletos para que esa infraestructura deje de ser pagada por los tamberos que no pueden sacar la leche cada vez que caen dos gotas. O si piensan comenzar a exigir que los pasajeros los paguen.

Mauricio Macri le dio al interior, apenas asumió, la retención cero para un trigo que ya no se exportaba, una baja importante para el maíz y una baja modesta de cinco puntos para la soja. Y fue prácticamente asaltado por los gobernadores, en una maniobra que no equilibró las inequidades sino que les permitirá aumentar a todos en la misma proporción sus gastos públicos.

Aunque es importante la volun­tad de restituir un mínimo de re­a­lismo al precio de los servicios públicos, su política no tuvo hasta ahora un efecto de reparación de desigualdades regionales.

Empezaron por la electricidad. En febrero, aumentaron el precio de la energía en sí, que impactó en todo el país aunque se frenó judicialmente sólo en el Amba hasta el fallo de la Corte de esta semana. O sea que en estos meses el interior fue para atrás.

También aumentaron la tarifa de distribución para Edenor y Edesur (prestatarias del Amba que dependen de la Nación), pero a niveles que están aún muy por debajo de los que fueron autorizando desde hace ocho años. Es probable que el subsidio nacional a la distribución (exclusivo por una década para el Amba) continúe, aunque disminuido.

Siguieron con la quita de subsidios al gas. Lo que está muy bien. Pero ese era el sistema menos desigual de todos, desde el punto de vista de que la única autoridad regulatoria es la Nación. No le queda otra que tratar por igual a granbonaerenses y kelpers.

Al menos paguen el agua

Pero de los subsidios más desequilibrados de todos, no hay noticias. El agua, por ejemplo. Porteños y conurbanistas tienen agua prácticamente gratis, porque los subsidios nacionales a Aguas y Servicios Sociedad Anónima –que depende de la Nación, mientras en todo el país ese servicio depende de provincias y municipios– son grotescos.

En cuanto al transporte, los boletos del Amba siguen siendo, lejos, los más baratos, porque también en ese rubro la inequidad es rampante. A lo que se suma el caso perdido de ferrocarriles de pasajeros. Mientras tanto, las rutas –que necesitamos en el interior– siguen en la espera.

De manera que, en general, se están tocando las tarifas de los sectores menos desequilibrados. Y en uno de esos casos, el de la luz, el ajuste hacia arriba se empezó a pagar desde antes en el interior. Es cruel el destino. Al final siempre vuelve a volver lo que nunca se fue.

Fuente: La Voz del Interior

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11Sep/163

Sobre víctimas, victimarios y neomarxismo

Por Agustín Laje

Un médico encuentra a un delincuente invadiendo su propiedad, queriendo llevarse su automóvil. El médico es amenazado. Le golpean la cabeza con un culatazo de una pistola calibre 16. No es la primera vez que lo asaltan: es la enésima vez. Jamás el Estado le proveyó Justicia. El delincuente no sabe bien cómo manejar el vehículo. El médico busca una pistola y acaba con la vida de su atacante. La sociedad queda moralmente desconcertada frente al hecho: el ladrón pasa a ser la víctima, el médico pasa a ser el victimario. Al menos eso es lo que los medios de comunicación, en su mayoría, enseñan.
El caso evidencia la metástasis ideológica que ha hecho en nuestra sociedad el marxismo cultural. Sí; marxismo cultural. Es decir, un marxismo que abandona la definición economicista de sus sujetos revolucionarios y las traslada sobre superficies culturales. Un marxismo que ya no define los sujetos por su relación con los medios de producción; se definen, para el neomarxismo, por su relación cultural desviante respecto del orden vigente.
Veamos muy sencillamente cómo opera esta lógica respecto de los delincuentes. La clave está en un análisis colectivista de la situación. Se dirá, pues, que un delincuente, en rigor de verdad, no es victimario toda vez que antes fue “víctima”. ¿Víctima de quién? Pues de la “sociedad”, esa entidad metafísica, esa abstracción que, arrebatándole toda posibilidad de llevar una vida decente, lo empujó a la delincuencia. Evidente ficción colectivista que anula cualquier margen de volición individual.
Explicitemos esta lógica argumentativa, tan típica de los tiempos “progresistas” (?) que corren, con un ejemplo concreto. Imaginemos que el señor López ataca y roba al señor García. Inmediatamente se nos dirá que la responsabilidad no es de López, sino de “la sociedad”, lo cual suena al mismo tiempo sofisticado y humanitario. Pero lo que esconde esta estratagema ideológica es que, al endilgar la responsabilidad no a quien comete el acto delictual sino a “la sociedad”, lo que se quiere decir en definitiva es que todos tienen la culpa (incluyendo a la víctima, el señor García), excepto, por supuesto, quien cometió el delito, el señor López. Llevada la lógica en cuestión a última instancia, en una sociedad guiada por estos principios ideológicos todos los hombres honestos terminan siendo victimarios, y todos los delincuentes víctimas.
Cuando esta forma tergiversada de analizar los problemas de seguridad penetra en el “sentido común” de una sociedad, el neomarxismo se hace de un nuevo sujeto desviante para su causa: el delincuente. ¿Cómo? Pues a través de dos efectos prácticos: 1) Los delincuentes encuentran una base de legitimación social para delinquir; 2) Las víctimas de la delincuencia son desmoralizadas por presiones ideológicas que, en caso de que aquéllas pretendan resistir con éxito el ataque, saben de antemano que serán perseguidas no sólo por la familia del malviviente, sino por una moralidad pro-delincuente que se está haciendo carne en la sociedad.
Los conflictos de clase toman así nuevas texturas. La tradicional lucha entre la “clase explotada y la explotadora” se traslada a una lucha, ya no de clases sino cultural, entre delincuentes revestidos de víctimas y víctimas revestidos de delincuentes. El “sistema económico y social” aparece como el motor del conflicto; guiño de ojo para el neomarxismo. En efecto, para detener el motor del conflicto no habría que reforzar el respeto de lo ajeno para garantizar seguridad; hay que “socializar” lo ajeno para sentirnos seguros. Es decir, hay que darle al Estado el trabajo del delincuente para que, una vez todos seamos esquilmados, no haya necesidad de robar. Inmejorable propuesta que, con nuevos actores, suena a un viejo cuento aggiornado a nuevos contextos.
Pero que este breve análisis no parezca tremebundo. Es apenas una ilustración de algo que está aquí y que se llama ideología. Es esa misma que nos hace pasar inadvertidos los cotidianos casos en los que un delincuente asesina a su víctima, pero la misma que nos pone los pelos de punta cuando la víctima mata al delincuente; la que hace que un transeúnte asesinado por un ladrón deseoso de hacerse de su billetera sea apenas un frío dígito más de alguna base de datos burocrática que ya a nadie conmueve, mientras que convierte en escándalo nacional el caso del médico que decidió gatillar contra quien, luego de atacarlo, pretendió hacerse de su automóvil.

Fuente: Prensa Republicana

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7Sep/165

SOBRE EL “CHE”, PARA MI AMIGO JAVIER

Por Alberto E. Moro

Como sucede con todos los mitos, solo es necesario rascar un poco su frágil pátina dorada para descubrir las contradicciones entre lo que se supone y la realidad incontrastable de los hechos.

Ya sabemos que Facebook, el genial invento que hizo multimillonario a Marck Zuckerberg, es una autopista informática libertaria donde se postean las más diversas opiniones e imágenes, se comparten música, fotos ideas y diatribas, con la posibilidad de un “me gusta” como adhesión espontánea al alcance de la mano con un simple click. Para mi gusto, sería necesario también incluir la alternativa del “no me gusta”, para ciertas guarangadas que algunos exhiben sin pudor, sin darse cuenta de que ellos mismos están exponiendo su propio perfil psicológico y el grado de narcisismo o agresividad que los afecta. Como será, que por una grosería del mismo Javier que motiva este texto hacia una muy respetable señora artista plástica de la ciudad donde vivo, ésta se ofendió conmigo “porque no la defendí”, como si yo fuera culpable de lo que escriben otros, o lo que se publica en Facebook fuera trascendente y digno de reacciones airadas. Pero dejemos estas disquisiciones y vayamos al grano.

Como al descuido, compartí una vez hace ya varios meses uno de esos “posteos” en el que se comentaba que el famoso “Che” Guevara en una ocasión había matado a una persona joven, disparándole como era su costumbre de gatillo fácil, según hoy bien se sabe y está perfectamente documentado.

Esto motivó que mi amigo Javier, que fuera uno de mis queridos alumnos cuando era pequeño, momento en que yo rondaba ya el medio siglo de existencia, me invitara por el mismo medio a “que cambiara las pastillas que estaba tomando”. Una manera elegante de decir que yo estaba desvariando al compartir esa afirmación que, como dije, ni siquiera era mía. Como él ya no vive en esta ciudad, le ofrecí entonces hacer un debate serio por escrito en correo electrónico, que es una posibilidad mucho menos frívola y más adecuada para exponer las ideas e intercambiar conocimientos. Como no recibí respuesta, pasados ya varios meses, en este escrito digo lo que hay que decir para desenmascarar a uno de esos ídolos con pies de barro al que tan afectos somos los argentinos.

El famoso “Che”, amigo Javier, es más famoso por la extraordinaria imagen que obtuvo por casualidad, según sus propias manifestaciones, el fotógrafo Alberto Korda, y también por otra “símil Cristo” obtenida tras su trágica muerte, ocurrida por sus acciones pretendidamente revolucionarias y teñidas de sangre que son francamente repudiables. Hay horas de entrevistas filmadas en las que sus propios compañeros de lucha, militares y civiles perfectamente identificados en el papel que desempeñaba cada uno, hacen afirmaciones lapidarias acerca de su inclinación al asesinato fácil de pobres campesinos que ni siquiera sabían que es lo que verdaderamente estaba sucediendo en la historia de su país. Incluso, hacen hincapié en la desmesurada obsecuencia y servilismo del Che hacia Fidel Castro, quien como todos los psicópatas de su calaña, se regodeaba con los aduladores que le rendían pleitesía, aunque recelaba de él por su excesiva agresividad, según el mismo déspota ha reconocido.

Hoy está toda la documentación disponible acerca de la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, donde el Che se erigió en una especie de Tribuno Supremo que decidía a quien se fusilaba y quien sobreviviría, no privándose él mismo de ejecutar personalmente a muchos de esos pobres infelices. Poseo un listado elaborado trabajosamente por investigadores cubanos que pudieron eludir la vigilancia y la represión ideológica del régimen y que determinan con nombre y apellido a las 14 personas ejecutadas por el “Che” en sierra Maestra durante la lucha contra el dictador Fulgencio Batista (1957-1958), las 23 personas ejecutadas o enviadas a ejecutar por el “Che” durante su breve comando en Santa Clara (1 al 3 de Enero de 1959), y las 164 personas con ejecución documentada en la prisión Fortaleza de la Cabaña bajo su comando (3 de Enero al 26 de Noviembre de 1959). Y se aclara que son muchas más, siendo éstos casi 200 asesinatos tan solo los fehacientemente documentados. Todos ellos gente común con escasa instrucción, entre los cuales, policías, funcionarios y campesinos. Los familiares de los cubanos asesinados no olvidan a sus muertos por “el carnicero de La Cabaña”, apodo con el que se lo recuerda allá. Quien esto escribe conoció el lugar y habló con la gente en tres ciudades a lo largo de la isla, por lo que podría contar mucho más de lo que va en esta escueta nota sobre la triste realidad que desde hace tantos años oprime y sojuzga al pueblo cubano.

Pero es sabido que no todo el mundo analiza en profundidad los hechos, conformándose con lo que le inculcaron o aprendió en el seno de su familia, porque no se puede ser profundo en todos los temas, y generalmente cada uno es o puede llegar a serlo tan solo en las áreas de su especialidad laboral o profesional. Una de las características del mamífero humano, único en portar la capacidad del pensamiento abstracto, ha sido siempre crear dioses y héroes a su imagen y semejanza con la íntima sensación de sentirse así más protegido ante las azarosas y a veces muy peligrosas contingencias de la vida. Con esas creencias hace más soportable su ingénita indefensión y la certeza de su finitud: una muerte segura en un plazo impredecible.

El mismo mecanismo parece operar en la gestación de los mitos, cuando las circunstancias políticas y sociales, la propaganda y la circulación de las ideas erigen a alguna persona como ejemplo de vida, lo que no siempre supone la posesión de ideales nobles. Es éste el caso de Ernesto Guevara, un niño menoscabado en su salud respiratoria durante la infancia, y un adulto probablemente resentido y ávido de aventuras que le den trascendencia, como surge de la simple observación de su trayectoria vital y de la abundante bibliografía existente al respecto, incluyendo sus propios textos. Según algunos relatos, su intención era viajar a Francia, pero quiso la mala suerte que se encontrara con Fidel Castro y su proyecto de liberar a Cuba de la dictadura, sin percibir este último, que él mismo se convertiría en un férreo dictador que quitaría a su pueblo la posibilidad de integrarse al mundo y progresar por más de medio siglo, arrojándolo a la pobreza, coartando sus libertades esenciales, y haciéndolo dependiente de las dádivas de la Unión Soviética primero, y de la Venezuela chavista después. Y actualmente clama por la ayuda de Estados Unidos… ¿Qué ironía, no? (*)

Hay algunas dudas flotando entre los investigadores acerca del Che. No parece haber constancias, y la cronología de su vida y sus recorridos por el mundo lo hacen prácticamente imposible, que haya podido cursar la carrera de medicina y haberse recibidos como profesional, condición que se le atribuye. Por otra parte hay muchos que piensan que, molesto por la fama creciente del Che, como es común en este tipo de personalidades mesiánicas, su mentor lo envió a la aventura en Bolivia, estratégicamente suicida para todos los especialistas, sin apoyo logístico alguno, que fue lo que finalmente le costó la vida a manos de una paupérrima soldadesca, tan precaria como el estado en que él mismo se encontraba. Murió sin heroísmo, sin pena ni gloria, sin épica alguna más que la fantaseada por sus ingenuos admiradores devotos del mito.

De lo que no cabe duda –mal que les pese a quienes lo idolatran- es que el Che Guevara se convirtió en un despiadado asesino capaz de matar a seres inocentes por nimias cuestiones de orden ideológico o supuestas contravenciones que se oponían a sus designios. Llegó a matar a sus compañeros cuando querían abandonar la lucha en Sierra Maestra. En una carta a su padre, de la cual hay constancias fidedignas, llegó a expresarle a su progenitor: “He descubierto que me gusta matar”. Por si algo más es necesario para aseverarlo, transcribo algunas de sus conocidas, ingeniosas y bien elaboradas frases, que lo hubieran hecho sin duda un muy buen escritor, si no fuera por la violencia que contienen:

“…aullando como poseído, asaltaré las barricadas o trincheras, teñiré en sangre mi arma y, loco de furia, degollaré a cuanto vencido caiga en mis manos. Ya siento en mis narices dilatadas, saboreando el acre sabor a pólvora y sangre de la muerte enemiga.” (Notas al margen, 1952).

“Estoy en la manigua cubana, vivo y sediento de sangre…” (Carta a su mujer, Aleida March, 1957).

“Hemos fusilado, estamos fusilando, y seguiremos fusilando mientras sea necesario: pero asesinatos no… Nuestra lucha es una lucha a muerste.” (Discurso en la ONU, 1964).

“Para enviar hombres al pelotón de fusilamiento, la prueba judicial es innecesaria. Estos procedimientos son un detalle burgués arcaico.”

“Es preciso, por encima de todo, mantener vivo nuestro odio, y alimentarlo hasta el paroxismo, […] un odio implacable al enemigo que transforma al hombre en una eficaz, violenta, fría y selectiva máquina de matar. Así deben ser nuestros soldados…” (Revista Tricontinental, 1967).

Sin duda fue un hombre inteligente, con muchas lecturas en su haber, ansioso de alcanzar la gloria, pero desinteresado de la política y la militancia, según él mismo ha manifestado en sus escritos. En su condición de aventurero revolucionario con declarados propósitos humanistas, la fuerza de las circunstancias lo convirtió en la antítesis de lo que decía o creía ser. Su intención original de viajar a Francia con su madre y anotarse en algún estudio superior quedaron en la nada cuando se encontró con la aventura de su vida, la que finalmente también le costaría la suya convirtiéndolo en un mito. Pero como sucede con todos los mitos, solo es necesario rascar un poco su frágil pátina dorada para descubrir las contradicciones entre lo que se supone fervorosa y hasta fanáticamente, y la realidad incontrastable de los hechos.

Al margen de la seducción que supo ganarse como personaje romántico y un tanto loco, es muy difícil comprender por qué ha sido colocada su efigie junto a nuestros próceres en la Casa Rosada, cuando absolutamente nada hizo nunca este personaje por su país. Solo una mente ideológicamente desquiciada y autoritaria, encumbrada en el poder de la Argentina pudo llegar a tanto, con el silencio cómplice de quienes debieron disuadirla.

De modo que, estimado Javier, mi pensamiento no es el fruto de una pastilla equivocada, sino del seguimiento directo y consciente a lo largo de muchos años de hechos que sucedieron antes de tu nacimiento, que solo conoces por lo que te contaron y por la difusión del mito, siempre superficial, generalmente falso.

Hablando de pastillas y fármacos… No te vendrían mal unas buenas dosis de humildad, estudio, respeto y consideración antes de opinar con tanta ligereza, como casi todos lo hacen sin embargo, en Facebook. Quizás descubras más adelante, cuando Alberto ya no esté, que tenía razón… Es sabido que el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo…

P.D.: Como este escrito se publica en un medio gráfico, y quizás ofenda la sensibilidad de quienes son proclives a creer en los tigres de papel, quedo a entera disposición de los mismos para un debate esclarecedor, si es que estiman oportuno refutar mis argumentos. Por escrito, claro, pues ya sabemos que a las palabras se las lleva el viento, mientras que lo escrito permanece. Mi compromiso es con la verdad, y esto es historia, no mito.

La Falda, Febrero de 2016.

(*) Che Guevara: “Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria.”

Fuente: gentileza del autor

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18Ago/161

El botin y el ejemplo

Por Ricardo Lafferriere.

No queremos que suban las tarifas.
No queremos que suban los impuestos.
No queremos que suba la deuda.

Con estos “no queremos” debe lidiar el gobierno, al que a la vez se le exige que no haya cortes de luz, que no falte gas y mucho menos agua, que “baje el déficit fiscal” pero, eso sí, que no lo haga deteniendo la obra pública, ni despidiendo empleados, ni reduciendo salarios. Por supuesto: que ni se le ocurra tampoco reducir los fondos enviados a las provincias, a las universidades, a las obras sociales o al sistema de seguridad social.

Ah...y además, que baje la inflación...

Ese es el cuadro. Si cualquiera de esas cosas no queridas pasa, allí están, con las piedras en la mano, los que gestionaron todo durante más de una década para traernos hasta aquí, listos para hacer tronar el escarmiento.

Puede resultar curioso, pero no extraño. Así funciona el razonamiento populista, distribuyendo los flancos de ataque según la situación. El mensaje requiere, para cerrar, un “pueblo jardín de infantes”. En lo posible, con poca o nula ciudadanía, escasa capacidad de análisis y mucho menos pensamiento crítico. Es compatible con una educación mediocre, poco diálogo y mucho ruido, sin ninguna vocación nacional y una obsesión, permanente, constante, visceral: recuperar el botín.

El botín es el Estado. Se han visto en estos meses y se sigue viendo, la capacidad casi infinita de proveer riqueza a quien lo detente sin escrúpulos. Han salido a la luz mecanismos que –se asegura- son sólo la punta del “iceberg”, pero que han impregnado la totalidad de la estructura pública. Estado nacional, provincias, municipios, entes autárquicos, bancos, organismos de la seguridad social, organizaciones asistenciales, justicia, seguridad… una orgía sin antecedentes en el país –y seguramente pocos en el mundo- con tal grado de angurria, por el lado de quienes tenían el botín en sus manos, y de indiferencia por el lado de quienes eran, en teoría, los dueños, adormecidos por un relato canción de cuna tipo “arroz con leche”, mientras se le vaciaba la casa.

En este escenario y este drama algunos van despertando. Otros quieren volver a adormecerse y seguir soñando (es tan lindo ignorar las cosas y. en todo caso, descargar las culpas en otros…). Y otros han asumido como su obligación personal correr los velos y mostrar las lacras, aun enfrentando la tendencia somnolienta de quienes pretenden adormecerse nuevamente porque no se sienten capaces de mirar de frente tal desquicio.

Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”, canta Serrat. Afortunadamente estamos en la Argentina, especialista en salir de situaciones traumáticas. Pero lamentablemente estamos en Argentina, especialista en escaparle a los problemas sin solucionarlos. Esas dos características de la Argentina están jugando hoy en la escena pública, con protagonistas basculando entre la responsabilidad patriótica y la ventaja oportunista. Porque –también hay que decirlo- tantos años de jardín no fueron gratis y muchos parecen querer seguir eternamente en la niñez. Esperando que papá arregle todo. Enojándose con papá si no trae caramelos. Y atormentando con berrinches infantiles la convivencia hogareña.

El país maduro está cerca, pero requiere constancia en el rumbo y un singular patriotismo. En una sociedad tan afecta a los logros deportivos, tal vez hoy sea útil mirar el ejemplo de Del Potro. Hace apenas tres meses, no sabía siquiera si podría volver a las canchas. No se adormeció: con práctica, tesón, sacrificio, profesionalismo y fundamentalmente una voluntad de hierro, trae una medalla olímpica que nadie le regaló.

El otro ejemplo fue el fútbol.

Esas son las opciones para nuestras vidas individuales. También para el futuro colectivo.

Fuente: blog del autor

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15Ago/169

Carta de lector

Con verdadero estupor advierto que la Municipalidad de Alta Gracia planea la creación de un nuevo museo destinado a exaltar la memoria del asesino serial Ernesto Che Guevara, en una casa en donde vivió en dicha ciudad. Mayor es aún mi sopresa al saber que la Agencia Córdoba Turismo y el ministerio de Turismo de la Nación apoyan tan disparatado proyecto.

Parece increíble que mientras el mundo civilizado avanza en la defensa de los derechos humanos, logra sentar en el banquillo de los acusados a quienes los violaron, a la vez que soporta un nuevo embate sangriento por parte de bandas terroristas, en nuestro país haya funcionarios que perseveran en el intento de homenajear a sombríos personajes que atropellaron esos derechos sin el menor miramiento.

Las acciones del “carnicero de la Cabaña” no sólo son cuestionables, sino decididamente repudiables. Su prédica del odio y la violencia, sus aberrantes crímenes y la monarquía dinástica que ayudó a instaurar en Cuba, cuyos habitantes continúan, desde hace más de medio siglo, sometidos a la miseria y a la ausencia de elementales libertades, no pueden jamás merecer el reconocimiento de un pueblo que anhela vivir en paz y gozar del ejercicio de sus derechos.

Me gustaría preguntarles a los impulsores de este despropósito si quieren que en la Argentina se instaure un sistema como el que Guevra y Castro impusieron en Cuba. Que desaparezca la propiedad privada, que los únicos medios de prensa sean del estado, que el partido único sea el del dictador, que quien opine diferente al gobierno sea encarcelado y quien lo critique fusilado, y que el que intente huir –ya que salir libremente no se puede– merezca una condena a cadena perpetua.

Pretender exaltar estas figuras abominables a la categoría de próceres es una dolorosa demostración de nuestra decadencia moral. Difícilmente podremos reconstruir en nuestro país un ámbito de convivencia respetuosa y armónica, mientras rindamos homenaje de héroes y mostremos como ejemplos a nuestros jóvenes a quienes hiceron de la violencia, el terror, la tortura y la tiranía, su medio de vida.

Si queremos afianzar el sistema republicano y la democracia, consolidar la paz y desterrar para siempre las dictaduras, es menester condenar sin eufemismos ni reservas a todos los que las impusieron y usaron del terror para imponer sus ideas, sin importar cuales sean estas. Pretender justificarlas en algunos porque simpatizamos con los regímenes que propiciaron es una flagrante contradicción, que se asemeja más a la venganza ideológica que a la justicia.

Prudencio Bustos Argañarás

(La Voz del Interior, 15 de agosto de 2016).

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6Ago/164

Cristina Fernández de Lopez

Por Alejandro Borensztein.
Robar, roba cualquiera. El asunto es escapar y disfrutar de la guita libremente sin que nadie te complique la vida.
El éxito del choreo en la política depende básicamente de que se den las siguientes condiciones: que la Justicia mire para otro lado y usted pueda rapiñar con total tranquilidad.
Que usted sea suficientemente hábil, talentoso y profesional como para que nunca lleguen a atraparlo (no es el caso de estos kirchneristas, obviamente).
Favorecidos durante años por la primera condición, o sea la vista gorda de la Justicia, esta dicharachera gavilla de impostores falso progresistas ahora anda buscando por la Patria dónde corno esconder los últimos dólares que les quedaron sin fugar, sin ningún profesionalismo. O sea, no cumplen con la segunda condición.
Está a la vista que sin la impunidad que da el poder sólo les quedó un especial talento para la impericia y el ridículo. Dos cosas con las que, les aviso, muy lejos no se llega.
Lo que supo ser una década de espeto corrido y canilla libre del choreo, terminó con uno de sus jerarcas esposado, golpeándose la cabeza contra una pared de Comodoro Py, al grito de ¡¡¡quiero merca!!! Hay que reconocer que, a la hora de apagarse, el menemismo fue mucho más digno.
Cuesta entender lo que hicieron. Se sabe que los miembros de una banda delictiva no deben mantener contacto entre ellos. Lo vimos en mil películas. Roban, escapan y después ni se hablan. A lo sumo se sientan a leer en el banco de una plaza y se pispean por arriba del diario. Se supone que Ex Ella era una gran cinéfila.
Acá, estos genios se alquilaban los departamentos… entre ellos!!! Ya apareció un contrato de alquiler entre José López y Báez. Los Cirigliano le pagaban el alquiler a Jaime. Lázaro y Cristóbal López le alquilan departamentos a Ex Ella!!! (con la guita que tiene Cristóbal… ¿qué necesidad tiene de andar alquilando??? ). Boudou le alquilaba a Vanderfrula!!! Y el mismo Báez, con toda la tierra que tiene, construyó un edificio arriba de un terreno de… los Kirchner!! ...y después le pagaba un alquiler!! Explicámela. No entiendo por qué en lugar de meterse en política no se pusieron una inmobiliaria y se dejaban de joder.
La Justicia, que habilitó este zafarrancho, finalmente le embargó a De Vido la famosa chacra y le arruinaron al ex ministro la posibilidad de hacer un negoción. Ubicada en el mejor club de campo del país, con 40.000 metros cuadrados propios de parque, una buena casa, quincho, pileta, arbolitos y pajaritos, no baja de un palo dos, un palo cuatro. Verdes, obviamente. Pero si a eso le sumamos todo lo que la gente imagina que el tipo podría haber enterrado en ese lote, es muy posible que le hubieran pagado más de lo que se pagó por Skorpios, la isla privada de Onassis. Era el momento justo para venderla. Una pena.
Igual situación le cabe al Meriva de José López que hoy vale los mismos 12.000 dólares de mierda que valía el domingo pasado. Pero el martes a las 2 de la mañana esa Meriva valía 9.012.000 dólares, diez Rolex y una ametralladora ideal para quien quisiera liberar Saigón.
Es el grotesco en su máxima expresión. Dicen que en Santa Cruz supo haber tantos dólares enterrados que cuando hacen una perforación el agua sale verde.
Sin embargo, no sería justo que esta inolvidable comedia delictiva nos impida recordar la forma en que gobernaron. No confundamos los males. No sea cosa que pasen a la historia como burdos chorros cuando en realidad fueron los administradores más inútiles de la civilización occidental, tal vez detrás de Calígula.
La cruda realidad es que después de disponer de la mayor bonanza regional de la historia, dejaron más pobreza, más inseguridad, más narcos, más timba, más laburo en negro, más inflación, más déficit, más carga impositiva, más conflictividad con el mundo, menos energía, menos infraestructura, menos reservas en términos relativos, los ricos son más ricos que nunca, ensuciaron la lucha por los derechos humanos, tergiversaron la historia, usaron los medios para propaganda neofascista, se apropiaron de la democracia, se llevaron puesto el Poder Legislativo, casi se llevan puesto el Judicial y quisieron incendiar la Constitución misma. De yapa, armaron una mezcolanza ideológica tal que pretendieron hacernos creer que Margarita, Lilita, Fernández Meijide o Magdalena eran la derecha, mientras Boudou, Larroque, Milani o Insfrán eran la izquierda.
Gobernaron como robaron. Con la misma facilidad que da la abundancia y la misma impericia que provoca la ignorancia.
Todo este espectáculo aplasta la consigna “Vuelve Cristina” que lanzaron algunos patriotas que resisten contra la dictadura de Cambiemos, como D’Elia, Sabbatella, Moreno o ése de barba candado que actúa en C5N.
Yo no les rompería la ilusión de volver al poder, pero me da la impresión que estos últimos episodios no les estarían sumando muchos votos.
De hecho, hay gente que ya los da por terminados y ha anunciado el final del kirchnerismo. Humildemente, no estaría tan seguro.
Aunque cada vez sean menos y ya no tengan chances de ganar una elección de nada, queda un grupo compacto de militantes y votantes de buena fe que sienten un amor incondicional por Ex Ella. No habrá toneladas de dólares escondidos en los colchones de las habitaciones fantasmales del Alto Calafate por descubrir, que apague ese sentimiento.
Sin embargo todos ellos, como el resto del país, saben perfectamente la verdad, aunque jamás lo reconocerían públicamente. Para el núcleo duro kirchnerista, en el fondo el dinero apropiado por sus Jefes era un daño colateral, un mal necesario. Hacía falta mucha guita para derrotar a los grupos concentrados, a Obama y a Majul. A juzgar por los resultados, se ve que no juntaron la suficiente. Para ellos, lo de López y las monjitas, en todo caso, es simplemente la historia de uno que se excedió. Curiosamente, lo mismo que decía Videla.
Al menos, espero que nos eviten la imagen de Cristina Fernández de López corriendo una noche por las calles de Río Gallegos, en bata y pantuflas, arrastrando una Samsonite mal cerrada a la que se le asoman algunos billetes que van flameando con el viento.
La suerte parece echada y la historia se los morfa. El peronismo ya los va dejando en el camino.
Cabe como reflexión final para todos los que ahora se asombran, ¿qué parte de todo esto no sabían?
Reconozco que esta columna no me salió muy divertida que digamos.
Lo que pasa es que a veces, a la hora de intentar hacer humor político en la Argentina, es imposible competir con la realidad.
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29Jul/163

Los godos del emperador Valente

Por Arturo Pérez-Reverte.

En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila.

Por diversas razones –entre otras, que Roma ya no era lo que había sido– se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces.

En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.

Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte.

El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso –Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire– tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.

Pagamos nuestros pecados. La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais –religión mezclada con liderazgos tribales– hacen difícil la democracia, pusieron a hervir la caldera. Cayeron los centuriones –bárbaros también, como al fin de todos los imperios– que vigilaban nuestro limes.

Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros –en el sentido histórico de la palabra– que cabalgan detrás. Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo.

Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron. Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados. Los condenan nuestro egoísmo, nuestro buenismo hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros.

A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada.

La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa –y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia– queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939.

Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias.

Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción. El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio.

Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida. Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades.

Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre. Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse.

Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho.

Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder.

El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa.

Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana –no todos eran bárbaros– ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa.

Ninguna pax romana beneficia a todos por igual. Y es que no hay forma de parar la Historia. «Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo, en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros.

Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables. Una es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo.

Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar.

La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes. Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene.

Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue. Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso. Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual.

Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes –llegado el caso– de la digna altivez del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney. Ya es hora de que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos.

Fuente: Patente de corso (blog del autor)

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26Jul/161

¿Hacia dónde vamos?

Por Ricardo Lafferriere.

La política tiene dos etapas: la de lucha –agonal- y la de construcción –arquitectónica-. Un año sin elecciones es un buen momento para dialogar. Ya habrá, cuando lleguen los comicios, tiempos de discutir.

El 2015 los argentinos elegimos un rumbo. Debiéramos ahora, en la construcción de ese rumbo, encontrar espacios de diálogo. Y debe reconocerse que, a pesar de las tensiones que trasladan al presente la proliferación de hechos de corrupción del tiempo que se fue, hemos sido aceptablemente exitosos en comenzar a elaborarlos.

El parlamento, donde nadie manda, obliga a responder a los ciudadanos con madurez. Ha dado muestras en este año de una práctica dialoguista aprobando leyes importantísimas –como la de la ratificación de la ley de ministerios, el arreglo de la deuda externa, la designación de los jueces faltantes en la Corte, la ley de autopartes, la ley de promoción de Pequeñas y Medianas Empresas, la ley de blanqueo e incluso la ley de reforma previsional- tratadas y sancionadas con la casi olvidada práctica virtuosa de considerar las iniciativas enriqueciéndolas con el aporte de todas las voces, salvo las que decidan automarginarse y elijan –en todo su derecho- el discurso testimonial.

Las fuerzas políticas con historia y vocación de gobierno han respondido asumiendo la gravedad del momento y la responsabilidad que tienen. Superando sus naturales disensos internos, han sabido lograr resultados. El sistema político argentino se está rearmando girando alrededor del tratamiento de los problemas y dejando libertad para que quienes prefieren situarse en el margen lo hagan, pero sin afectar la marcha de la gestión y de la sociedad.

Es obvio que en política un cambio copernicano como el que se ha producido luego de una gestión de más de una década no podía ser lineal y no lo es. El rumbo de colisión, advertido durante mucho tiempo por quienes fueron oposición en ese lapso pudo evitarse, y con él el estallido del campo minado que el país debió atravesar y aún atraviesa, no sin asumir decisiones que en tiempos normales cualquier gobierno hubiera evitado cuidadosamente por su efecto en el ingreso de los ciudadanos.

Debe reconocerse, sin embargo, que ante el horizonte que se visualizaba hace un año –ejemplificado por el drama que atraviesa el hermano pueblo venezolano- la conducción de estos meses ha sido exitosa en impedir un colapso gigantesco. Es mérito del gobierno, está claro, pero también de la oposición responsable.

El rumbo estratégico es lo que hoy debiera convocar a un diálogo más franco entre quienes, en el gobierno y en la oposición con vocación de gobierno, se sienten responsables de la marcha del país. Unos y otros conducirán la Argentina en los momentos en que el pueblo lo decida. Por eso y sin perjuicio de las naturales luchas “agonales”, el país necesita, de cara al mundo, una orientación permanente de sustentabilidad.

El país no puede empezar de nuevo en cuatro años. Es más: no puede dejar dudas que no intentará empezar de nuevo en cuatro años. Esa tarea no es sólo responsabilidad del gobierno, sino de quienes puedan sucederlo. Y –también debe reconocerse- con rispideces y alguna intemperancia, en la oposición madura esta actitud se insinúa, tanto con el trabajo parlamentario como con los acuerdos entre la Nación y las provincias, que expresan un colorido plural de orígenes políticos pero ello no resulta óbice para el trabajo cooperativo.

Es natural en política que cada uno “busque posicionarse” de cara a sus posibilidades electorales, se encuentre gobernando o aspire a hacerlo en el futuro. Sin embargo, esa búsqueda deja de ser natural si pone en riesgo el horizonte de largo plazo, que debieran aclarar entre las fuerzas mayoritarias con la mayor contundencia posible, para ayudar a definir actitudes de inversión, no sólo externas sino –y principalmente- internas, de aquellos compatriotas que están en condiciones de incidir, con sus decisiones económicas, el país que volveremos a construir.

Hay y habrá siempre innumerables temas para discutir y construir el mensaje electoral de cada uno, en el momento de la lucha. Así ocurrió en tiempos del anterior gran salto adelante, durante el medio siglo que fue de 1880 a 1930. Los protagonistas discutieron duramente por el matrimonio civil, la ley de educación, la ley de servicio militar, la ley de sufragio libre, la ley de arrendamientos y otras iniciativas de diverso orden. Sin embargo, el rumbo estaba claro para todos y el resultado fue la multiplicación de la población y el crecimiento constante del producto, convirtiendo a la Argentina en uno de los países más avanzados de su época.

El escenario global hoy nos muestra una agenda que no podemos evadir y que debemos enfrentar en conjunto, como comunidad nacional. Es una nueva oportunidad, no ya sólo por nuestra coyuntura económica y política, sino por la coyuntura mundial.

Cambios portentosos en el plano tecnológico están diseñando un nuevo mapa productivo, que repercute en un nuevo alineamiento geopolítico.

Grandes de otra época empequeñecen y pequeños de otra época se agrandan. Una gran dinámica binaria de sociedad-rivalidad entre los dos principales protagonistas del escenario mundial –EEUU y China- pone el marco y define los perfiles por los que debemos transitar y aprovechar, según nuestras posibilidades.

Nuevos mercados de financiamiento y de comercio, nuevos competidores y nuevas potencialidades propias indican la necesidad de nuevas actitudes. Los cultivos extensivos que nos permitieron el gran salto de hace un siglo siguen –parece mentira- aportando su fuerza y son aún hoy la última reserva estratégica del país.

Sin embargo, ellos solos ya no nos permiten crecer. Hoy lo dinámico es el conocimiento, la tecnología aplicada, el emprendedurismo con vocación global, la agregación de inteligencia, la incorporación a las cadenas globales de valor construyendo eslabones competitivos basados en la capacidad creadora de nuestra gente, la economía verde, la infraestructura modernizada, la inteligencia artificial y la robótica, el Estado abierto, la gestión en red. En síntesis, la educación, la capacitación permanente, los desafíos tecnológicos.

Y sí. Es obvio que siempre se pueden hacer mejor las tareas desagradables, como la actualización de las tarifas para reconstruir nuestro sistema energético. Y si se mejoran, también serían aún más mejorables. Sólo que es mucho más necesario poner el calor reflexivo en la agenda grande de lo que viene, más que gastarlo en lo que, en pocas semanas más, pertenecerá al anecdotario del que no se recordará nada.

Los argentinos nos merecemos más. Entre otras cosas, no ser tratados como chicos de Jardín, ni por el gobierno, ni por la oposición, ni por los periodistas, ni por los “monos y monas” sabios de la inteligencia criolla.

Fuente: blog del autor

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21Jul/161

Es la guerra santa, idiotas

Por Arturo Pérez Reverte

Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».

Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».

Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».

A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

Fuente: blog del autor

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