A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

26Jul/160

¿Hacia dónde vamos?

Por Ricardo Lafferriere.

La política tiene dos etapas: la de lucha –agonal- y la de construcción –arquitectónica-. Un año sin elecciones es un buen momento para dialogar. Ya habrá, cuando lleguen los comicios, tiempos de discutir.

El 2015 los argentinos elegimos un rumbo. Debiéramos ahora, en la construcción de ese rumbo, encontrar espacios de diálogo. Y debe reconocerse que, a pesar de las tensiones que trasladan al presente la proliferación de hechos de corrupción del tiempo que se fue, hemos sido aceptablemente exitosos en comenzar a elaborarlos.

El parlamento, donde nadie manda, obliga a responder a los ciudadanos con madurez. Ha dado muestras en este año de una práctica dialoguista aprobando leyes importantísimas –como la de la ratificación de la ley de ministerios, el arreglo de la deuda externa, la designación de los jueces faltantes en la Corte, la ley de autopartes, la ley de promoción de Pequeñas y Medianas Empresas, la ley de blanqueo e incluso la ley de reforma previsional- tratadas y sancionadas con la casi olvidada práctica virtuosa de considerar las iniciativas enriqueciéndolas con el aporte de todas las voces, salvo las que decidan automarginarse y elijan –en todo su derecho- el discurso testimonial.

Las fuerzas políticas con historia y vocación de gobierno han respondido asumiendo la gravedad del momento y la responsabilidad que tienen. Superando sus naturales disensos internos, han sabido lograr resultados. El sistema político argentino se está rearmando girando alrededor del tratamiento de los problemas y dejando libertad para que quienes prefieren situarse en el margen lo hagan, pero sin afectar la marcha de la gestión y de la sociedad.

Es obvio que en política un cambio copernicano como el que se ha producido luego de una gestión de más de una década no podía ser lineal y no lo es. El rumbo de colisión, advertido durante mucho tiempo por quienes fueron oposición en ese lapso pudo evitarse, y con él el estallido del campo minado que el país debió atravesar y aún atraviesa, no sin asumir decisiones que en tiempos normales cualquier gobierno hubiera evitado cuidadosamente por su efecto en el ingreso de los ciudadanos.

Debe reconocerse, sin embargo, que ante el horizonte que se visualizaba hace un año –ejemplificado por el drama que atraviesa el hermano pueblo venezolano- la conducción de estos meses ha sido exitosa en impedir un colapso gigantesco. Es mérito del gobierno, está claro, pero también de la oposición responsable.

El rumbo estratégico es lo que hoy debiera convocar a un diálogo más franco entre quienes, en el gobierno y en la oposición con vocación de gobierno, se sienten responsables de la marcha del país. Unos y otros conducirán la Argentina en los momentos en que el pueblo lo decida. Por eso y sin perjuicio de las naturales luchas “agonales”, el país necesita, de cara al mundo, una orientación permanente de sustentabilidad.

El país no puede empezar de nuevo en cuatro años. Es más: no puede dejar dudas que no intentará empezar de nuevo en cuatro años. Esa tarea no es sólo responsabilidad del gobierno, sino de quienes puedan sucederlo. Y –también debe reconocerse- con rispideces y alguna intemperancia, en la oposición madura esta actitud se insinúa, tanto con el trabajo parlamentario como con los acuerdos entre la Nación y las provincias, que expresan un colorido plural de orígenes políticos pero ello no resulta óbice para el trabajo cooperativo.

Es natural en política que cada uno “busque posicionarse” de cara a sus posibilidades electorales, se encuentre gobernando o aspire a hacerlo en el futuro. Sin embargo, esa búsqueda deja de ser natural si pone en riesgo el horizonte de largo plazo, que debieran aclarar entre las fuerzas mayoritarias con la mayor contundencia posible, para ayudar a definir actitudes de inversión, no sólo externas sino –y principalmente- internas, de aquellos compatriotas que están en condiciones de incidir, con sus decisiones económicas, el país que volveremos a construir.

Hay y habrá siempre innumerables temas para discutir y construir el mensaje electoral de cada uno, en el momento de la lucha. Así ocurrió en tiempos del anterior gran salto adelante, durante el medio siglo que fue de 1880 a 1930. Los protagonistas discutieron duramente por el matrimonio civil, la ley de educación, la ley de servicio militar, la ley de sufragio libre, la ley de arrendamientos y otras iniciativas de diverso orden. Sin embargo, el rumbo estaba claro para todos y el resultado fue la multiplicación de la población y el crecimiento constante del producto, convirtiendo a la Argentina en uno de los países más avanzados de su época.

El escenario global hoy nos muestra una agenda que no podemos evadir y que debemos enfrentar en conjunto, como comunidad nacional. Es una nueva oportunidad, no ya sólo por nuestra coyuntura económica y política, sino por la coyuntura mundial.

Cambios portentosos en el plano tecnológico están diseñando un nuevo mapa productivo, que repercute en un nuevo alineamiento geopolítico.

Grandes de otra época empequeñecen y pequeños de otra época se agrandan. Una gran dinámica binaria de sociedad-rivalidad entre los dos principales protagonistas del escenario mundial –EEUU y China- pone el marco y define los perfiles por los que debemos transitar y aprovechar, según nuestras posibilidades.

Nuevos mercados de financiamiento y de comercio, nuevos competidores y nuevas potencialidades propias indican la necesidad de nuevas actitudes. Los cultivos extensivos que nos permitieron el gran salto de hace un siglo siguen –parece mentira- aportando su fuerza y son aún hoy la última reserva estratégica del país.

Sin embargo, ellos solos ya no nos permiten crecer. Hoy lo dinámico es el conocimiento, la tecnología aplicada, el emprendedurismo con vocación global, la agregación de inteligencia, la incorporación a las cadenas globales de valor construyendo eslabones competitivos basados en la capacidad creadora de nuestra gente, la economía verde, la infraestructura modernizada, la inteligencia artificial y la robótica, el Estado abierto, la gestión en red. En síntesis, la educación, la capacitación permanente, los desafíos tecnológicos.

Y sí. Es obvio que siempre se pueden hacer mejor las tareas desagradables, como la actualización de las tarifas para reconstruir nuestro sistema energético. Y si se mejoran, también serían aún más mejorables. Sólo que es mucho más necesario poner el calor reflexivo en la agenda grande de lo que viene, más que gastarlo en lo que, en pocas semanas más, pertenecerá al anecdotario del que no se recordará nada.

Los argentinos nos merecemos más. Entre otras cosas, no ser tratados como chicos de Jardín, ni por el gobierno, ni por la oposición, ni por los periodistas, ni por los “monos y monas” sabios de la inteligencia criolla.

Fuente: blog del autor

21Jul/161

Es la guerra santa, idiotas

Por Arturo Pérez Reverte

Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».

Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».

Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».

A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

Fuente: blog del autor

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2Jul/160

LOS CORDOBESES Y EL CONGRESO DE TUCUMÁN

Por Prudencio Bustos Argañarás

La grotesca farsa que fue la Asamblea del Año XIII había causado gran malestar en las provincias, que desde 1810 soportaban la dominación de Buenos Aires. Su principal “legado” fue la creación del cargo de director supremo, que como un monarca absoluto concentraba la suma del poder. A los diputados de la Banda Oriental, que llevaban el mandato de declarar la independencia, no los dejaron incorporarse. Posadas declaró a Artigas traidor a la Patria, puso precio a su cabeza y envió una delegación a felicitar a Fernando VII por su restitución en el trono.

Carlos María de Alvear, que sucedió a su tío Posadas, pidió a Gran Bretaña que enviara tropas “que impongan a los genios díscolos y un jefe autorizado que empiece a dar al país las formas que sean del beneplácito del Rey”, perpetrando el peor acto de traición de nuestra historia. Pocos meses después, en abril de 1815, fue obligado a renunciar y el cabildo porteño volvió a asumir el gobierno, designando al nuevo director.

La sanción de un Estatuto Provisional abiertamente centralista colmó la paciencia de las provincias, que lo rechazaron, con excepción de la cláusula que convocaba a un congreso general constituyente en San Miguel de Tucumán. La Banda Oriental, Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos, por su parte, formaron la Liga Federal para resistir los atropellos del Puerto.

Los cordobeses forzaron la renuncia de Ortiz de Ocampo y el 29 de marzo de 1815 un cabildo abierto eligió gobernador a José Javier Díaz, poniendo fin a la lamentable práctica, instaurada en 1810, de designar los gobernadores desde Buenos Aires. Nueve días más tarde la Provincia se declaró independiente y pasó a integrar la Liga Federal, “bajo los auspicios y protección del digno jefe de los orientales”.

Reunida en el Congreso de Oriente, la Liga decidió no asistir a Tucumán, con lo que Córdoba no estuvo de acuerdo. Para intentar revertir tal decisión, envió ante Artigas una comisión, con el mandato de procurar “remover todos cuantos obstáculos sean impeditivos de la más pronta reunión del Congreso general”.

La Liga aceptó mandar a Buenos Aires una comisión para negociar, de la que Córdoba formó parte, pero llegados allí fueron encarcelados en un barco, mientras el director Álvarez Thomas enviaba un ejército contra Santa Fe y alentaba a los portugueses a invadir el Uruguay, aventando todo intento de conciliación.

A pesar de ello, Córdoba decidió participar en el Congreso, a cuyo fin eligió diputados a los doctores José Antonio Cabrera, Miguel Calixto de Corro y Gregorio Funes –que no aceptó–, al licenciado Jerónimo Salguero de Cabrera y a Eduardo Pérez Bulnes. Corro fue enviado por el Congreso para intentar la firma de un tratado de paz entre Santa Fe y Buenos Aires, logrando un preacuerdo que los porteños se negaron a ratificar.

Por primera vez se logró reunir un congreso fuera de Buenos Aires con representación proporcional de todas las provincias, y su consecuencia fue la declaración de nuestra independencia de España “y de toda otra dominación extranjera”.

Abierto el debate sobre la forma de gobierno que se adoptaría, los cuatro cordobeses se manifestaron en favor de la republicana, en particular Cabrera, a quien Ambrosio Funes, hombre cercano a los intereses del Puerto, ridiculizaba en carta a su hermano el deán. “Cabrerita anda siempre gritando y porfiando por la república democrática”, le decía.

Los republicanos se dividían entre quienes propiciaban el sistema unitario y el federal. Estos últimos contaban con el liderazgo de los cordobeses y el apoyo de hombres de otras provincias e incluso de algunos porteños, como Tomas Manuel de Anchorena.

Entre los monárquicos había quienes propiciaban la coronación de un descendiente de los incas, sostenida por Manuel Belgrano, y quienes se inclinaban en favor de un príncipe portugués. Se distinguían asimismo los partidarios de establecer la capital en el Cuzco, encabezados por el catamarqueño Manuel Antonio Acevedo, de los que se inclinaban por instalarla en Buenos Aires, capitaneados por el porteño Esteban Agustín Gascón.

El doctor Corro fue acusado de haber ayudado a sustraer correspondencia dirigida desde Buenos Aires al Congreso en la posta de Cabeza de Tigre. La falsedad del cargo fue debidamente probada gracias a la firme defensa de sus coterráneos, pero el tema generó una fuerte tensión.

En agosto de 1816 se levantó en armas Juan Pablo Bulnes y derrocó a José Javier Díaz, lo que fue aprovechado por los centralistas para retomar la nefasta práctica de impedir a los cordobeses la elección de su gobernador, designando arbitrariamente a Ambrosio Funes, suegro de Bulnes, mientras que el diputado Pérez Bulnes, fue expulsado por ser “hermano del jefe de los insurrectos”.

Fracasada la elección de la forma de gobierno, los congresales porteños comenzaron a presionar para que el Congreso se trasladara a su ciudad. Unos argumentaban que debía alejarse del campo de operaciones del ejército peruano, mientras otros sostenían la conveniencia de aproximarlo al Río de la Plata, a causa de la invasión de los portugueses a la Banda Oriental. Curiosa contradicción con la que el centralismo pretendía justificar la mudanza tanto en la necesidad de distanciarse del frente de batalla como de acercarse a él.

Con la firme oposición de Cabrera, Corro y Salguero de Cabrera, el Congreso aprobó finalmente el traslado. El 4 de febrero de 1817 se realizó la última sesión tucumana y el 12 de mayo tuvo lugar la primera en Buenos Aires. Cabrera y Corro se negaron a trasladarse, por lo que Córdoba quedó con un solo diputado hasta el 6 de noviembre de dicho año, en que la Asamblea Electoral eligió al doctor Alejo de Villegas y al licenciado Benito Lazcano. La guerra civil volvería pronto a estallar.

Fuente: La Voz del Interior

30Jun/161

Las banderas de Belgrano

Por Prudencio Bustos Argañarás

Los ejércitos enviados por la Junta porteña constituida en 1810 para someter a los pueblos del virreinato en nombre de Fernando VII, enarbolaban la misma bandera que las tropas a las que se enfrentaban, es decir, la española. Ello era así por cuanto la contienda que se estaba librando era una guerra civil entre súbditos del mismo rey, lo que creaba grandes problemas para identificar en la batalla a propios y ajenos.[1]

Advertido de ello, el 27 de febrero de 1812 Manuel Belgrano escribió al Triunvirato desde las cercanías de Rosario, informándole que “siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional”.[2]

Los triunviros desaprobaron la decisión por considerarla “una influencia capaz de destruir los fundamentos con que se justifica nuestras operaciones”, le exigieron “la reparación de tamaño desorden” y le ordenaron que

haga pasar como un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente y subrogándola con la que se le envía, que es la que hasta ahora se usa en esta fortaleza y que hace el centro del Estado, procurando en adelante no prevenir las deliberaciones del gobierno en materia de tanta importancia.[3]

La enviada por el Triunvirato, “que hasta ahora se usa en esta fortaleza”, no era otra que la española, como lo demuestra la carta del ingeniero militar inglés Juan de Rademaker, enviado a Buenos Aires por la corte lusitana. Está fechada el 10 de junio de ese mismo año, y al relatar su partida de regreso, dice que “a bandeira espanhola ainda se ve nas baterias, despendindose pela ultima vez do Rio da Prata”.[4]

El 27 de junio siguiente, al enterarse de que Belgrano, ya jefe del Ejército del Norte, había vuelto a izar su bandera en Jujuy, lo amonestó severamente advirtiéndole que “esta será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad”. La reacción del Triunvirato era congruente con el tratado firmado el 20 de octubre del año anterior con Francisco Javier de Elío, al que se lo reconocía como virrey, se reafirmaba la unidad de la nación española y se reiteraba el compromiso de no admitir otro monarca que Fernando VII. Belgrano respondió disculpándose y aclarando, respecto a la bandera, que “la he recogido y la desharé para que no haya ni memoria de ella”.[5]

No he hallado ningún documento en que se mencionen el orden y la distribución de los colores de esa primitiva bandera, pero existen dos que fueron usadas por Belgrano en el Alto Perú, una blanca con una banda celeste en medio y otra celeste con una banda blanca en medio. Ambas fueron halladas en 1885 en la capilla de Titiri, perteneciente a la parroquia de Macha, en la Provincia de Potosí, en donde fueron escondidas después de la derrota de Ayohuma. La primera se exhibe en el Museo de la Casa de la Libertad de la ciudad de Sucre, mientras que la segunda fue donada a la Argentina por el gobierno de Bolivia en 1896 y se encuentra en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires.

BanderaRéplica de la bandera de Macha obsequiada por Bolivia a Salta

En lo personal, opino que la bandera enarbolada por Belgrano en las márgenes del Paraná tenía dos franjas, blanca arriba y celeste abajo, como la que aparece en el retrato que el general se hizo pintar en Londres por Francois Casimir Carbonnier en 1815. Fundamento mi presunción en que la lógica indica que el artista reprodujo la enseña que el mismo Belgrano le indicó.

Ahora bien, más allá de su distribución, resulta pertinente preguntarse cuáles fueron las razones que movieron a Belgrano a elegir esos colores que hoy lleva nuestra bandera nacional. Habida cuenta de que el prócer no dejó ninguna indicación al respecto, solo nos es permitido exponer conjeturas. Algunos afirman que se inspiró en los colores del cielo, mientras otros sostienen que tomó los del manto de la Virgen María en las imágenes en que se la venera como la Inmaculada Concepción.

Como tercera hipótesis, me inclino a pensar que la elección provino del proyecto de Belgrano de coronar como rey de estas tierras a un vástago de la Casa de Borbón, lo que enseguida relataré. Fundo dicha sospecha en que esta dinastía tiene como propios los citados colores, al punto que la banda de los caballeros de la Orden de Carlos III es exactamente igual a la que llevan los presidentes argentinos.

La Real y Muy Distinguida Orden de Carlos III, instituida por dicho monarca el 19 de setiembre de 1771 para premiar notables servicios prestados a la Corona y confirmada por el Papa Clemente XIV el 21 de febrero de 1772, dispone que los caballeros que pertenecen a ella lleven “una banda de seda de 101 milímetros de ancho de color azul celeste, con una franja central de color blanco, de 33 milímetros de ancho. Dicha banda se unirá en sus extremos mediante un rosetón picado, confeccionado con la misma tela que la banda, del cual penderá la venera de la Real Orden. La venera es una cruz ensanchada con cuatro flores de lis, que lleva en el centro un óvalo con la imagen de la Inmaculada Concepción, Patrona de la Orden, lo que abona una de las teorías antes expuestas. La rodea la divisa “Virtuti et merito”.

BandaVenera

 

Banda, rosetón y venera de la Orden de Carlos III

Esto puede confirmarse a través de los retratos de Carlos IV y sus hijos, de Fernando VII, del duque de San Carlos, del cardenal Luis María de Borbón y Villabriga, etc., en los que todos ellos, hasta el más pequeño, aparecen con una banda cruzada sobre su pecho con los mismos colores de nuestra bandera, como así también de las de Guatemala, Nicaragua y El Salvador.

Carlos IVGoya   Fernando VII

Carlos IV, su familia y Fernando VII, pintados por Francisco de Goya

            La vocación monárquica de Belgrano fue una constante a lo largo de su vida. Ya en 1808 militaba en el grupo de los carlotinos, que propiciaban la designación como regente de la infanta Carlota Joaquina de Borbón, hija de Carlos IV y mujer del entonces infante don Juan de Portugal. En un informe dirigido al conde de Linhares el 15 de noviembre de 1808, el agente lusitano Felipe Contucci incluía en dicho grupo a más de un centenar de personas. Además de Belgrano, la lista comprendía a Mariano Moreno, Saavedra, Paso, Azcuénaga, Chiclana, Posadas, Beruti, los Pueyrredón, los hermanos Gregorio y Ambrosio Funes y muchos más.[6]

También estaban Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Castelli e Hipólito Vieytes, quienes el 20 de setiembre de 1808 enviaron, junto con Belgrano y Beruti, una Memoria a la princesa, acusando al vizcaíno Martín de Álzaga de no haber cesado, desde 1806, “de promover partidos para constituirse en gobierno republicano so color de ventajas, inspirando estas ideas a los incautos e inadvertidos”.[7] Es bien sabido que Álzaga fue ahorcado cuatro años más tarde junto con otros treinta y siete hombres, acusados de preparar una de las tantas conspiraciones que hubo en esa etapa de nuestra historia.

Como el plan de nombrar regente a Carlota Joaquina se complicaba a causa de la oposición de su marido y del gobierno inglés, que en definitiva lo harían fracasar, Belgrano probó suerte con el infante don Pedro Carlos de Borbón y Braganza, primo hermano de aquella. Esta vez fue él mismo quien le escribió al conde de Linhares el 13 de octubre de 1808 pidiéndole que “no se difiera un instante su venida”, ante el temor de que “corra la sangre de nuestros hermanos, sin más estímulo que el de una rivalidad mal entendida y una vana presunción de dar existencia a un proyecto de independencia demócrata”.[8]

Tampoco prosperó este proyecto y un año más tarde Belgrano retomó el intento de persuadir a Carlota Joaquina. El 13 de agosto de 1809 le informaba alarmado acerca de la revuelta ocurrida en La Paz, a la vez que le advertía que “si V.A.R. no se digna tomar la determinación de venir a apagar el incendio (…) han de crecer los males que ya estamos padeciendo. Los momentos son los más preciosos para que V.A.R. tome la mano en estos dominios”.[9]

El 23 de junio de 1810, siendo ya vocal de la Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata a nombre del Rey Nuestro Señor don Fernando VII[10], escribía en El Correo de Comercio: “por patricios entendemos a cuantos han tenido la gloria de nacer en los dominios españoles, sean de Europa o sean de América, pues que formamos todos una misma Nación y una misma monarquía, sin distinción alguna de nuestros derechos y obligaciones”.[11]

Dos meses más tarde partió al mando de un ejército destinado a someter al Paraguay. Luego de salir airoso de una escaramuza en el pueblo de Candelaria, arengó a la tropa con estas palabras:

Soldados: vais a entrar en territorios de nuestro amado Rey Fernando VII que se hallan oprimidos por unos cuantos facciosos (…) manifestad con vuestra conducta, que sois verdaderos soldados de nuestro desgraciado Rey (…) haced palpable a los pueblos y habitadores de la banda septentrional del Paraná, la notable diferencia que hay de los soldados del Rey Fernando VII, que le sirven y aman de corazón y son gobernados por jefes que están poseídos sinceramente de esos sentimientos nobles, a los que solo tienen el nombre del Rey en la boca, para conseguir sus malvados e inicuos fines. Soldados: paz, unión, verdadera amistad con los españoles amantes de la Patria y del Rey; guerra, destrucción y aniquilamiento a los agentes de José Napoleón, que son los que encienden el fuego de la guerra civil (…) haced que estos pueblos os deban el uso de sus derechos, arrancadles las cadenas y haceos dignos de la patria a quien servís y del infeliz Rey a quien aclamáis.[12]

Él mismo relató años después que durante la batalla de Tacuarí, al ser intimado a rendirse por parte del coronel Manuel Atanasio Cabañas, “contesté que por primera y segunda vez había dicho a sus intimaciones que las armas de Su Majestad el señor don Fernando VII no se rinden en nuestras manos”.[13] Luego de ser derrotado le escribía al mismo Cabañas, asegurándole ser “vasallo de Su Majestad el Señor don Fernando séptimo”, y añadiendo que “aspiro a que se conserve la monarquía española en nuestro patrio suelo”.[14]

A fines de 1814, el director Posadas envió a Belgrano y a Bernardino Rivadavia a España, con la misión de felicitar al rey por su restitución en el trono y manifestarle “las más reverentes súplicas para que se digne dar una mirada generosa sobre estos inocentes y desgraciados pueblos, que de otro modo quedarán sumergidos en los horrores de una guerra interminable y sangrienta”. A causa de la actitud cerrada de Fernando, que se negó a recibirlos, Rivadavia y Belgrano le escribieron a su padre Carlos IV, exiliado en Roma, “a fin de conseguir del Justo y Piadoso Ánimo de su Majestad la institución de un Reino en aquellas provincias y cesión de él al Serenísimo señor Infante don Francisco de Paula, en toda y la más necesaria forma”.[15]

La petición, que fue llevada por el conde de Cabarrús, iba acompañada de un proyecto de Constitución para el Reino Unido del Río de la Plata, Perú y Chile redactada por Belgrano, cuyo artículo 1° disponía que “los colores de su pabellón serán blanco y azul celeste”.[16] Huelga aclarar que la petición no fue concedida, a pesar de las presiones que sobre el ex monarca ejercieron su mujer, María Luisa de Parma, y Manuel Godoy.

Durante las sesiones del Congreso de Tucumán, antes de ser declarada la Independencia, Belgrano propuso la creación en estas tierras de un reino y la coronación de un descendiente de la dinastía incaica. Es obvio que la idea no tuvo éxito, a pesar de que fue apoyada por muchos congresales, pues de inmediato el grupo que lo apoyaba se fracturó entre quienes propiciaban instalar la capital en el Cuzco y los porteños, que querían que estuviera en Buenos Aires.

Tres años más tarde Belgrano seguía empeñado en reinstaurar una monarquía. En 1819, luego de sancionada la constitución unitaria que las provincias rechazaron, le decía en carta a José María Paz que se había opuesto al sistema republicano, pues “no teníamos ni las virtudes ni la ilustración necesarias para ser República y que era una monarquía moderada lo que nos convenía. No me gusta ese gorro y esa lanza en nuestro escudo de armas, y quisiera ver un cetro entre esas manos”.[17]

A nadie debe sorprender que Manuel Belgrano, al igual que José de San Martín y la mayor parte de los próceres de aquellos años, fuesen partidarios del régimen monárquico, el único que habían conocido y el que existía por entonces en todo el mundo, con la sola excepción de los Estados Unidos, cuyo futuro era aún una incógnita. Aclaremos por otra parte que el sistema que propiciaban, a diferencia del absolutismo que Fernando VII había restablecido en España, era una monarquía atemperada y controlada por un parlamento, a semejanza del que imperaba en Inglaterra, y que rige hoy en todas las monarquías europeas.

[1] La visión del autor acerca de los acontecimientos de mayo de 1810 está expuesta en el libro Luces y sombras de Mayo (Córdoba 2012, 2ª edición).

[2] El mismo Belgrano había sido quien, catorce días antes, había enviado una nota al triunvirato pidiendo autorización para sustituir la escarapela roja que llevaban sus hombres por una con los colores blanco y azul-celeste. El gobierno accedió a ello el día 18, disponiendo que de allí en más “deberá componerse de los dos colores blanco y azul celeste, quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían”.

[3] Cfr. CALVO, Charles, Annales historiques de la révolution de l'Amérique latine, volumen 2, París 1865, pág. 28.

[4] Cfr. GANDÍA, Enrique de, Historia de las ideas políticas en la Argentina, tomo III, Las ideas políticas de los hombres de Mayo, Buenos Aires 1965, págs. 213 y 214.

[5] Cfr. CALVO, Charles, op. cit., págs. 28 y 29.

[6] Cfr. LOZIER ALMAZÁN, Bernardo, Proyectos monárquicos en el Río de la Plata 1808-1825, Buenos Aires 2011, pág. 53.

[7] Cfr. INSTITUTO NACIONAL BELGRANIANO, Documentos para la Historia del general don Manuel Belgrano, vol. 3, parte 1, Buenos Aires 1998, pág. 20.

[8] Cfr. ibíd., pág. 61.

[9] Cfr. CORIGLIANO, Francisco, “Buenos Aires y Boston: dos focos revolucionarios, dos ciudades pioneras en el camino hacia la Independencia”, en El bicentenario de la Revolución de Mayo, Mar del Plata 2010, pág. 22.

[10] El propio Belgrano confiesa que no formó parte de quienes promovieron la Revolución de Mayo. “Aunque no siguió la cosa por el rumbo que me había propuesto –relata en su autobiografía–, apareció una junta de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por donde” (cfr. BELGRANO, Manuel, Fragmentos autobiográficos, Buenos Aires 2007, pág. 24).

[11] Cfr. GANDÍA, Enrique de, op. cit., tomo III, pág. 193.

[12] Cfr. Gazeta de Buenos Ayres, 3 de enero de 1811.

[13] Cfr. Ibíd., pág. 187.

[14] Cfr. Biblioteca de Mayo…, op, cit. tomo 14, Buenos Aires 1963, pág. 66.

[15] Cfr. GANDÍA, Enrique de, op. cit., tomo III, págs. 221 a 227.

[16] Cfr. MÁRQUEZ, Armando Mario, "Manuel Belgrano jurista: Proyecto de Constitución para el Reino Unido del Río de la Plata, Perú y Chile", en Segundo Congreso Nacional Belgraniano, Buenos Aires 1994, pág. 287.

[17] Cfr. Anales del Instituto Belgraniano Central, Nos 1 a 4, Buenos Aires 1979, pág. 137.

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14Jun/161

Al amparo del pensamiento mágico

Por Adrián Simioni

Si el lunes los dueños de las estaciones de GNC de 
Córdoba logran frenar con un amparo la suba del combustible, con el argumento de que así se garantiza la viabilidad de sus negocios, habrá sido otro gran día para el pensamiento mágico argentino. Capaz que se queden cortos. Ya que todo es tan sencillo, deberían exigir que directamente les suministren gratis el GNC. De ese modo, 
podrían vender incluso más.

Total, el mismo sujeto abstracto que ellos pretenden que cubra la diferencia entre lo que cuesta producir gas y el precio que ellos pagan seguramente podría hacerse cargo también de esa brecha. Total, acá se dicen y se hacen cosas así todo el tiempo, después de todo.

No son los únicos. En los barrios, los grupos de WhatsApp arden con arengas para firmar amparos colectivos contra las subas del gas residencial.

“El mes pasado pagué $ 69; hoy tengo que pagar $ 1.758”, cuenta una mujer en uno de esos grupos. A todos sorprende la segunda cifra, pero no la primera: el precio de menos de dos paquetes de cigarrillos al mes para calefaccionar, calentar el agua y cocinar en una vivienda estándar.

Cristina Fernández nos dejó gas. Pero qué mágica fue la década en la que vivimos como si el crudo costara 30 dólares el barril, cuando en realidad costaba más de 100. También fue mágica para la familia Kirchner y sus conocidos.

Entre otras cosas, esos precios deprimidos llevaron a Repsol a invertir en cualquier lugar del mundo menos acá, con la venia oficial. Néstor le permitió no reinvertir las utilidades y repartirlas. A cambio, Repsol debía “prestarles” parte de esas utilidades a los Eskenazi, unos viejos amigos de los Kirchner, que las usaron para “comprar” un cuarto de YPF.

Los mismos a los que todo aquello no sorprendió en su momento hoy se rasgan las vestiduras porque el ministro de Energía y Minería, Juan José Aranguren, tiene acciones en Shell. Por suerte, la Justicia ya interviene para definir si hay incompatibilidad y si se violó la Ley de Ética Pública.

No como pasó con Lázaro Báez o Cristóbal López, que como jamás habían tenido nada que ver con el petróleo, no tuvieron necesidad de ser investigados cuando, en 2006 y sin ninguna trayectoria, les ganaron 14 concesiones petroleras de Santa Cruz a YPF, Tecpetrol, Enap Sipetrol, Petrobras, Pluspetrol, Roch y Geopark.

Aranguren tiene, declarados, 16 millones de pesos en acciones clase A de Royal Dutch Shell PLC, que es la central multinacional de Shell en Holanda. No son acciones de Shell Argentina, que, como todo el mundo sabe, no cotiza en Bolsa alguna. Shell Argentina es una parte minúscula de Royal Dutch Shell.

Para lograr que el valor de las acciones de la séptima mayor compañía de cotización bursátil en el mundo se incremente, Aranguren debería darle beneficios infinitos a una sección tan marginal como Shell Argentina.

En 2009, la Shell mundial facturó 279 mil millones de dólares (el peor nivel en 15 años). Shell Argentina facturó unos 2.070 millones de dólares. El 0,7 por ciento del total. O sea: para incrementar el valor de sus acciones en menos del uno por ciento, Aranguren debería lograr que sus medidas multipliquen por dos el valor de Shell Argentina.

Es como querer agrandar la superficie terrestre ganándole margen al río Suquía. Aun terraplenándolo, no agregaríamos nada. Pero, además, la medida más importante tomada hasta ahora por Aranguren debe haber afectado en forma negativa a Shell.

El ministro ratificó el precio ficcionalmente superior que antes de irse había establecido Cristina Fernández para el crudo argentino y que beneficia a las principales extractoras (YPF, Panam, Total), por un lado, y a los gobernadores y los gremios petroleros, por el otro.

A Shell (que sólo refina y prácticamente no extrae crudo ni gas) le hubiera convenido que se abriera la importación del barato crudo internacional y listo. Pero Aranguren mantuvo el alto costo del petróleo interno para beneficiar a los gobernadores y a los gremialistas petroleros que, perdidos en la paradoja, también meten amparos para frenar aumentos de los cuales son brutales beneficiarios. Otros grandes cultores del pensamiento mágico nacional.

Fuente: La Voz del Interior

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1Jun/162

La política económica y la grieta

Por Roberto Cachanosky

El desafío del PRO no es terminar con la brecha dejada por el kirchnerismo, sino con la brecha que genera este sistema económico. Hace rato que se viene hablando de la grieta, palabra que entiendo quiere significar que estamos divididos entre argentinos k y argentinos no k.

En rigor no es la primera vez que en nuestro país se produce este tipo de divisiones feroces, ya en el siglo XIX estuvo el famoso unitarios versus federales. A mitad de siglo XX Perón, con su política fascista dividió a los argentinos diciendo que unos eran pobres porque otros eran ricos. Lo que se olvidó de decir es que muchos de los nuevos ricos habían hecho plata con la corrupción de los gastos estatales. Perón dividió a la sociedad al punto de gritar desde el balcón 5×1 y vamos a distribuir “alambre de enfardar para colgar a nuestros enemigos”. Como puede verse, el hombre no se andaba con muchas vueltas. Era un “pacificador” nato.

Tampoco el Perón del 73, viejo y cansado, vino con mucho espíritu de pacificación. Desde el exilio él había contribuido a dividir a la sociedad estimulando las andanzas de los terroristas. Claro que cuando llegó a la Argentina y vio que los terroristas querían coparle el PJ buscó frenarlos. Pero los terroristas le asesinaron a su amigo Rucci y se desató el pandemónium de la violencia con la Triple A comandada por López Rega que perseguía a los terroristas y los terroristas que tiraban bombas y mataban gente por doquier. Una vez más el peronismo dividía a la sociedad con altos grados de violencia.

Ya de entrada, cuando Perón volvió al país, se produjo un enfrentamiento a los tiros en Ezeiza entre diferentes sectores del peronismo. El ala fascista contra el ala zurda. Hubo varios muertos en los bosques de Ezeiza ese día.

El kirchnerismo no hizo otra cosa que seguir con esa división de la sociedad buscando culpables imaginarios para señalarlos como los responsables de la pobreza de la gente, pobreza que en rigor era producto de las políticas populistas aplicadas por ellos que generaban un tsunami de destrucción del stock de capital produciendo desocupación, caída de la productividad, pobreza, indigencia y desocupación. Hoy se ve con toda claridad como esas políticas populistas no son otra cosa que una cortina de humo para esconder, en el caso del kirchnerismo, uno de los mayores latrocinios de la historia Argentina.

Pero desde la instauración del populismo en Argentina, con Perón a la cabeza, lo que hoy llamamos grieta, ya existía como resultado de la política económica que se viene aplicando desde hace décadas. Es una política económica que, por definición, lleva a la famosa grieta o al enfrentamiento social.

Es que se ha instaurado en Argentina una política económica por la cual un sector solo puede avanzar a costa de otro sector de la sociedad. Sectores empresariales utilizan al estado para que cierre la economía y así tener una renta extraordinaria vendiendo productos de mala calidad y a precios descomunales. Para que los dirigentes sindicales no protesten, entonces el estado establece salarios mínimos imposibles de pagar y una serie de beneficios “sociales”.

En Argentina un sector de la sociedad no logra avanzar económicamente gracias a que produce algo que beneficia a otros sectores de la sociedad, sino que logra avanzar consiguiendo que el estado les quite a otros para darme a mí. Las reglas de juego son muy claras. Yo le pido al estado que use el monopolio de la fuerza para quitarle su riqueza o su ingreso a otro sector, me lo de a mí en nombre de la justicia social y mediante una ley del Congreso para darle un aspecto legal al robo. El sector perjudicado reacciona y entonces el estado utiliza el monopolio de la fuerza para quitarle a un tercer sector y transferirle el producto del robo legalizado al sector perjudicado que me transfiere a mí. Y luego el tercer sector protesta, con lo cual el estado lo “conforma” con alguna ley social que le quita a un cuarto sector su ingreso para dárselo al tercero. En definitiva, es una lucha de todos contra todos. El conflicto social es permanente y ahí se produce la grieta social o el enfrentamiento social.

Con este esquema económico, que los argentinos venimos aplicando desde hace décadas, siempre hay enfrentamientos, recelos, conflictividad en la sociedad. Unos ganan y otros pierden y, dependiendo del momento y las circunstancias, en determinados momentos a algunos les toca perder más que a otros.

El desafío del PRO no es terminar con la brecha dejada por el kirchnerismo, sino con la brecha que genera este sistema económico que conduce al conflicto social permanente y al enfrentamiento de la sociedad. Es el sistema económico populista el que produce la brecha.

Por eso hay que pasar de este sistema populista, a la cooperación libre y voluntaria por la cual un sector solo puede mejorar si produce algo que beneficia a otros sectores de la sociedad. Mi mayor ingreso deja de depender de que el estado le robe su ingreso a otro y comienza a depender de mi capacidad para producir algo que beneficia a los demás.

La brecha no la inventaron los k. Los k ampliaron la brecha hasta llevarla niveles insoportables. Pero la brecha va a seguir existiendo mientras tengamos este sistema de robo legalizado por el cual todos quieren usar al estado para robarle a otros sectores el fruto de su trabajo en nombre de la justicia social y de las políticas estatales “solidarias”.

Fuente: Economía para todos.

25May/162

Fragmentación y decadencia del Estado provincial

Por Raúl Faure

Si el destino no dispone lo contrario, en 2019 el peronismo habrá gobernado la Provincia durante dos décadas ininterrumpidas, con los mismos métodos que convirtieron a Córdoba en un Estado semifeudal.

No porque sus dos gobernadores designaran a sus respectivas esposas en altos cargos oficiales, apenas un detalle menor, sino porque demolieron las instituciones republicanas para reemplazarlas por una incontrolable trama de órganos y asociaciones corporativas, factor directo y decisivo, entre otros, que contribuyó a profundizar la crisis cada día mas visible.

No debe sorprender, entonces, que se hayan construido caminos y edificios de manera improvisada e irresponsable, o que se desarrollara el frívolo y costoso plan de construir un hotel de lujo en la ribera de Mar Chiquita o que se tomara deuda que compromete la totalidad de los recursos de tres presupuestos.

Pero más grave es que el Estado peronista cedió sus responsabilidades eminentes –garantizar el bienestar general y la seguridad– a una legión de corporaciones que, al margen y aun contra la ley, imponen sus intereses facciosos sobre el conjunto de la sociedad.

Entre ellas, y sin agotar la nómina, se destacan las llamadas agencias, los sindicatos de empleados del sector público y el ministerio al que el artículo 172 de la Constitución le atribuye con exclusividad la promoción de las acciones judiciales en defensa del interés público.

Las agencias actúan como un Estado paralelo. No están sometidas a la observancia de las reglas contables y presupuestarias de la administración central y disponen de forma discrecional de sus ingresos y egresos.

Su labor es sigilosa y pocos conocen los resultados de sus planes. Han sido, por lo general, vanos los esfuerzos legislativos para conocerlos y evaluarlos.

Sindicatos

Otro Estado paralelo –o, más bien, un supraestado– es el de los sindicatos de empleados del sector público y de los servicios esenciales.

Son los que con huelgas, paros sorpresivos, retenciones de servicios, asambleas y hasta sabotajes que causan daños a los bienes comunes, deciden cuándo los escolares pueden asistir a clases, los enfermos concurrir a los hospitales, la población utilizar los servicios básicos y transitar libremente.

A este sindicalismo intolerante y agresivo, los convencionales de 1987 le otorgaron la facultad de participar en la determinación de las remuneraciones que deben percibir los empleados públicos, quitándole a la Legislatura la potestad de aprobar o desaprobar las sumas que el presupuesto anual destina para esos fines, si no media conformidad de la autoridad sindical.

Esta disparatada disposición fue reglamentada por una ley de 1992 que le impuso a los poderes públicos –con excepción del Poder Judicial– la obligación de celebrar convenciones colectivas con los gremios. De ese modo, el Estado quedó equiparado a la condición de empleador del sector privado.

Extrapoder

Otro Estado paralelo es el Ministerio Público, al que la Constitución provincial le confiere con exclusividad “la facultad de preparar y promover la acción judicial en defensa del interés general y de los derechos de las personas”.

Hasta 1987, cuando se reformó el texto de la Constitución vigente desde 1923, esa facultad era ejercida por el llamado fiscal General, que integraba el Poder Judicial. Era la garantía de imparcialidad en el ejercicio de sus funciones.

Fue entonces cuando la fértil pero errónea imaginación de los convencionales acudió a esta indescifrable figura retórica: denominó al Ministerio Público como extrapoder.

A buen entendedor, pocas palabras: es un organismo que actúa fuera del sistema constitucional, cual si fuera un cuerpo celeste que vaga por el espacio sin conocerse a ciencia cierta cuál es su rumbo.

Como los fiscales subalternos dependen del fiscal General y deben someterse a sus instrucciones, carecen de independencia. De allí que, si el fiscal General considera y ordena que se investigue al o a los autores, la causa se instruye. De lo contrario, se archiva, sin más.

Por eso, no es un capricho que la opinión pública barrunte que cuando está comprometido un funcionario en la comisión de un ilícito, se opte por el segundo camino, esto es, por el archivo de las actuaciones.

Corporativismo

La desintegración del Estado se completó con la decisión de radicales y de peronistas de eliminar el Senado como cuerpo legislativo.

Hasta el 2000, la llamada Cámara Alta prestaba acuerdo para la designación de magistrados y se encargaba de controlar las decisiones de la Cámara de Diputados, para impedir que mayorías electorales circunstanciales pudieran imponerlas sin más trámite.

La honda crisis que afecta a la Provincia no debe asombrar. No es un relámpago que estalla en un día soleado. Fue provocada por la ejecución del plan antes descripto, inspirado por el corporativismo que intoxicó a la sociedad.

Plan que ha sido tolerado y profundizado por muchos funcionarios, legisladores, cátedras universitarias, magistrados judiciales, asesores y dirigentes políticos que carecen de la debida preparación para darse cuenta de que con sus consejos y sus decisiones terminaron reemplazando el Estado republicano por el actual Estado corporativo.

En otro contexto histórico, ante la descomposición moral y política de la antigua Roma, Cicerón dijo estas palabras, que bien pueden aplicarse a la realidad contemporánea: “No hay mayor plaga que la imaginación sin talento y la omnipotencia sin sentido”.

Fuente: La Voz dcl Interior

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23May/160

Hijo de los ´70

Por Arturo Larrabure*.

¿Cuánta verdad es capaz de soportar un hijo sobre sus padres? ¿Hasta dónde se puede incomodar con una pregunta cuando esos padres han sido víctimas de lo peor o acusados de lo peor?
Estos acuciantes interrogantes son planteados por Carolina Arenes y Astrid Pikielny en el valioso libro Hijos de los 70, que reúne el testimonio de hijos de guerrilleros y militares, y de víctimas civiles asesinados por el terrorismo guerrillero o la Triple A.
Hay hijos, como Eva Donda, que admiten en sus páginas haber ido a hablar con la familia de aquellos a quienes pudieron haber matado sus padres desaparecidos, porque todos somos víctimas de la violencia de los años setenta. Otros hijos, como Alberto Saavedra, confesaron no resultarles relevante saber ni preguntar sobre lo que sus padres hicieron durante la militancia armada.
Hernán Vaca Narvaja desea saber qué piensan los hijos de los torturadores, sin trasladar el interrogante a los descendientes de su tío Fernando, partícipe en el secuestro y asesinato del general Pedro Aramburu.
Mariana Eva Leis recuerda con admiración a su padre Héctor, que, poco antes de morir, conmovió el falso relato de la memoria con sus confesiones y su pedido de perdón.
En Testamento de los años 70, Leis reveló: "Es falso afirmar la existencia de un terrorismo de Estado, como si fuera una entidad pura y separada del resto de la sociedad, tal como pretenden las organizaciones de derechos humanos y el Gobierno de los Kirchner. Un terrorismo no es más o menos terrorista en función de su origen, sino de su contribución a la dinámica de terror dentro de una comunidad política. [...]"
En el caso argentino, tanto el terrorismo que venía del Estado como el que se practicaba desde la sociedad civil eran ejercidos en contra de la comunidad política argentina. Por lo tanto, a pesar de que los crímenes individuales puedan ser diferenciados por sentencias y puniciones legales mayores o menores, el terrorismo de los montoneros, la Triple A y la dictadura militar son igualmente graves, ya que contribuyeron solidariamente a una ascensión a los extremos de la violencia. Montoneros tenía "un programa de asesinatos que no era pensado desde la política, sino desde el deseo, transformando el resultado de la acción en una ruleta rusa".
¿Cuántos ex guerrilleros han revelado, como Leis, que existía en montoneros "un cálculo inconfeso de medio millón de víctimas —entre prisión y fusilamientos— que serían necesarias luego de tomar el poder para que el socialismo pudiera sobrevivir"? ¿Cuántos miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) han admitido ante sus hijos que Mario Roberto Santucho elevaba esa cifra a un millón de muertos? ¿Piensan los hijos de los guerrilleros en el baño de sangre que pudieron haber generado sus padres de haber obtenido la victoria?
Al cumplirse cuarenta años del último golpe militar, nada tengo, felizmente, que reprochar al mío. Al coronel Argentino del Valle Larrabure, el ERP lo secuestró, torturó y asesinó antes del 24 de marzo de 1976, en pleno Gobierno constitucional.
Juan Arnold Kremer, uno de los miembros más importantes del buró político del ERP, ha reconocido: "Se le propuso a Larrabure que se ganara la libertad y le pedimos que dé cursos de explosivos y de ciertas técnicas a nuestros compañeros. Larrabure se puso en patriota y dijo que jamás iba a colaborar [...] Ya no sabíamos más que hacer, estábamos en tensión. Venían los compañeros que decían 'es una situación insostenible' [...] Larrabure en ese sentido nos derrotó".
No pudieron quebrarlo. Murió fiel a su patria y a su ejército, y los derrotó, pero no sólo una vez, Kremer, dos veces. Hoy su heroico ejemplo los acosa como un fantasma, que les pregunta: "¿Ustedes que pretendían sustituir la república por un régimen marxista, por qué guardaron un sepulcral silencio frente a la corrupción del gobierno kirchnerista? ¿Por qué el gobierno que integraron o apoyaron no disminuyó la pobreza, la desnutrición y la indigencia? ¿Cuál es el mundo más justo y menos corrupto que ha construido? ¿El de los patrimonios de funcionarios públicos obscenamente enriquecidos? ¿El de Lázaro Báez, socio comercial de Néstor y Cristina Kirchner? ¿El de los hoteles creados presuntamente para lavar dinero? Al fin y al cabo, ¿qué fueron ustedes? ¿Idealistas o farsantes?".
El 24 de marzo de 2016 propongo a los argentinos reflexionar estos interrogantes, releyendo la memorable carta que escribiera Oscar del Barco, y que dice: "Ningún justificativo nos vuelve inocentes. No hay causas ni ideales que sirvan para eximirnos de culpa. Se trata, por lo tanto, de asumir ese acto esencialmente irredimible, la responsabilidad inaudita de haber causado intencionalmente la muerte de un ser humano. Responsabilidad ante los seres queridos, responsabilidad ante los otros hombres [...].
Más allá de todo y de todos, incluso hasta de un posible dios, hay el No matarás. Repito, no existe ningún ideal que justifique la muerte de un hombre, ya sea del general Aramburu, de un militante o de un policía. El principio que funda toda comunidad es el No matarás. No matarás al hombre, porque todo hombre es sagrado y cada hombre es todos los hombres. La maldad, como dice [Emmanuel] Levinas, consiste en excluirse de las consecuencias de los razonamientos, el decir una cosa y hacer otra, el apoyar la muerte de los hijos de los otros y levantar el No matarás cuando se trata de nuestros propios hijos.
En este sentido podría reconsiderarse la llamada teoría de los dos demonios, si por demonio entendemos al que mata, al que tortura, al que hace sufrir intencionalmente. Si no existen buenos que sí pueden asesinar y malos que no pueden asesinar, ¿en qué se funda el presunto derecho a matar? 
¿Qué diferencia hay entre Santucho, [Mario] Firmenich, [Roberto] Quieto y [Rodolfo] Galimberti, por una parte, y [Luciano] Menéndez, [Jorge Rafael] Videla o [Emilio] Massera, por la otra? Si uno mata, el otro también mata. Esta es la lógica criminal de la violencia. Siempre los asesinos, tanto de un lado como del otro, se declaran justos, buenos y salvadores. Pero si no se debe matar y se mata, el que mata es un asesino, el que participa es un asesino, el que apoya, aunque sólo sea con su simpatía, es un asesino. Y mientras no asumamos la responsabilidad de reconocer el crimen, el crimen sigue vigente".

*El autor es hijo del coronel Argentino del Valle Larrabure, asesinado por la guerrilla del ERP. Escribió el libro Un canto a la patria.

Fuente: Infobae
17Abr/160

La aclamación de Cristina, un problema cultural

Por Eduardo Fidanza

La aclamación de Cristina Kirchner, durante un discurso en la puerta de los juzgados, donde concurrió a declarar como sospechosa de un delito, excede a la política. Su naturaleza paradójica rebasa la lucha por el poder, para convertirse en un síntoma idiosincrático de la sociedad. Es una cuestión de su cultura, más que de su coyuntura; del mediano y del largo plazo, antes que de la actualidad; e involucra a muchos más actores, además de la protagonista. El juez que la cita también es sospechoso; la presunción de conducta no transparente involucra a otros miembros del poder, incluido el Presidente. Todos son figuras conocidas, y varios cuentan con importante apoyo popular.

¿Qué significa esta anomalía? ¿Por qué el lugar del prestigio lo ocupa la popularidad sospechada? La primera hipótesis es sombría: en la Argentina, el Poder Judicial es incapaz de atribuir a los dirigentes sanciones o absoluciones creíbles y acatables, por encima de las adhesiones políticas o las creencias personales. Está impotencia es una expresión de anomia colectiva. Cuando la ley no impera para todos, moderando las conductas, cada uno la interpreta según sus aspiraciones y deseos. Por eso la multitud cristinista desafió a los jueces y se burló de ellos, al pie de uno de los edificios emblemáticos de la Justicia. En rigor, lo ocurrido el miércoles es una escenificación del fracaso de la ley: idolatrando al sospechoso, la masa dicta su propio veredicto, contrario al de las instituciones. El líder ovacionado lo justificará según la ideología que sustente. En este caso, el populismo llega a conclusiones inspiradas en el marxismo: las leyes las elaboran los poderosos para defender sus propios intereses, en contra del pueblo o de la clase trabajadora.

El Poder Judicial resiste mal este embate, potenciando las críticas. Su funcionamiento burocrático es deficiente y la percepción social no resulta favorable. Según un sondeo de Poliarquia e Idea Internacional realizado a fines de 2014, más del 70% de la población que recurrió a la Justicia consideró que ésta respondió regular o mal a sus requerimientos. Respecto del rol de los jueces, el resultado fue también negativo: el 60% estimó que no toman sus decisiones en forma independiente. Por otra parte, la Justicia está asediada por el periodismo de investigación, que indaga los negocios sucios con rigor profesional y sin discriminación. Sus denuncias constituyen el requisito indispensable para que la corrupción derive en escándalo. La narrativa de los detectives mediáticos resulta atractiva para el público: "La ruta del dinero K" o "Los Panamá Papers" tienen alto rating. Concientizan y entretienen.

La consagración del presunto corrupto posee otras razones, más próximas. El kirch-nerismo concluyó con una sociedad dividida casi por mitades. Quedaron de un lado los que querían la alternancia, asumiendo riesgos, y del otro, los que prefirieron la continuidad, premiando los logros o temiendo un ajuste. Unos eligieron el partido moderno, estético y con fama de eficaz; los demás abrazaron el populismo, quizás aceptando, con fatalidad, que "roba, pero hace". Como el ajuste inevitable lo está llevando a cabo, con poca anestesia, el partido novedoso, se reactualizó el mandato histórico del líder populista, que otorga aire a Cristina, disimulando su corrupción. Ella, una Evita rediviva, representará a los más humildes y no los abandonará. En esa deriva mítica podrá ir presa, pero no la silenciarán. Parece una reminiscencia de los rebeldes primitivos que tan bien retrató Eric Hobsbawm.

Las causas culturales de la corrupción son muy complejas. Debe buscárselas en la elite del poder y en las costumbres sociales. La investigación demoscópica arroja resultados paradójicos: la preocupación por el tema es estacional, espoleada por los escándalos y el malestar económico. Por eso, la sociedad no ejerce una fuerza de sanción suficiente y perdurable. Visto desde arriba, es una práctica generalizada de las elites, que excede la esfera política. La red transversal de nombres y negocios, de lazos familiares, económicos y políticos, da cuenta del fenómeno estructural que subyace al poder y la dominación. Al describir la corrupción de su país, a mediados del siglo pasado, el sociólogo Charles Wright Mills fue crudo: "La inmoralidad mayor es un rasgo sistemático de la elite norteamericana; su aceptación general constituye la característica esencial de una sociedad de masas".

En la Argentina, una pregunta inquietante recorre las entrañas del poder: ¿Mani pulite o pacto de impunidad? Según los estudiosos, la célebre campaña de moralización italiana no fue un rapto individual de funcionarios probos, sino el resultado contingente de una alianza tácita entre jueces independientes, poderosos empresarios y medios de comunicación vinculados a ellos. Tal vez el Gobierno quiera facilitar algo parecido. Si se decide, Macri puede tener una oportunidad histórica: ser el primer miembro de la elite económica que contribuye, desde la presidencia, a adecentar las prácticas de los poderosos de este país. Sería un acto de refundación de su identidad. Y un aporte decisivo para bajar las banderas míticas, pero muchas veces justificadas, del populismo.

Fuente: diario La Nación de Buenos Aires

15Abr/160

Más sobre coyuntura y las ideas de fondo

Por Alberto Benegas Lynch (h).

Parece una perogrullada insistir en el hecho de que para que se entiendan los fundamentos éticos, económicos y jurídicos de una sociedad de hombres libres es indispensable trasmitir con claridad esas fundamentaciones con todo el rigor que resulte posible ya que el receptor es en general hospitalario y sensible a la argumentación y no a las simples afirmaciones.

Es por ello que resulta indispensable contar con espacios para elaborar sobre ideas de fondo. Esa es la manera de correr el eje del debate al efecto de abrir plafones para que el político pueda articular discursos compatibles con la sociedad abierta ya que no puede proponer políticas que la opinión pública no entiende ni acepta.

Ahora bien, si nos dedicamos solo a la coyuntura nunca salimos del pantano. Más aun, con este procedimiento cada vez la coyuntura se hace más negra, precisamente porque nadie se dedicó a explicar las ideas de fondo y se dejan terrenos abiertos para que el espíritu totalitario avance con sus ideas colectivistas.

Es cierto que a la gente en general le resulta más atractivo y más fácil leer sobre la coyuntura que bucear en ideas de fondo pero, como queda dicho, es necesario hacer que las raíces de la libertad se exhiban en todas sus facetas. El dedicarse exclusivamente a la coyuntura es poner el carro delante de los caballos, es ocuparse de los efectos sin prestar atención a las causas. Por ello es que con toda razón el marxista Antonio Gramsci ha reiterado “tomen la cultura y la educación y el resto se dará por añadidura”. La coyuntura es el resultado de las ideas de fondo que prevalecen para bien o para mal.

No hay conflicto ni incompatibilidad entre ideas e intereses que en no pocas ocasiones se suelen presentar en conflicto. Los intereses son también ideas, por lo que debe prestarse especial atención a este campo. En la mayor parte de las acciones y propuestas no hay maldad sino buena voluntad y las mejores intenciones, el tema estriba en la idea que se encuentra tras las conductas, es decir, como se conciben los nexos causales correspondientes, en otros términos, cual es la teoría que fundamenta tal o cual política. “Nada hay más práctico que una buena teoría” ha dicho con mucha razón Paul Painlavé.

Todo lo que ha creado el hombre se basa en una teoría, si el resultado en bueno quiere decir que la teoría es correcta si es malo significa que la teoría es equivocada. Esto va desde el método para sembrar y cosechar, la fabricación de una computadora, hasta la plataforma de un partido político.

Ideas y teorías son conceptos que interpretan diversos sucesos, como se ha apuntado tantas veces no se trata para nada de “ideologías” esa palabreja que en su acepción corriente significa propuestas cerradas e inexpugnables, por el contrario, se trata de procesos abiertos dado que el conocimiento tiene el carácter de la provisionalidad sujeto a refutaciones y en un contexto siempre evolutivo.

Entonces, si la raíz del asunto estriba en las ideas es allí donde debe concentrarse el trabajo: en debates abiertos y en el estudio desapasionado de diversas corrientes de pensamiento ya que la cultura forma parte de un entramado de préstamos y donativos, de recibos y entregas múltiples que se alimentan entre sí conformando una textura que no tiene término.

Sin embargo, se observa que la mayoría de quienes desean de buena fe terminar con la malaria paradójicamente se dedican a la coyuntura y a repetir lo que está en los diarios y que todo el mundo sabe. Los que comentan coyunturas son espectadores pasivos de la agenda que determinan otros, los que se preocupan y ocupan de las ideas de fondo marcan su propia agenda.

El relato de la coyuntura no escarba en el fondo del asunto, se limita a mostrar lo que ocurre lo cual ni siquiera puede interpretarse si no se dispone de un adecuando esqueleto conceptual. Más bien es pertinente subrayar que la buena coyuntura se dará por añadidura si se comprende y comparte la teoría que permite corregir lo que haya que corregir.

Por parte de los que se dicen partidarios de la sociedad abierta hay un gran descuido de las faenas educativas, muy especialmente en lo que hace a la gente joven en ámbitos universitarios que constituye el microclima del que parirá el futuro. En cambio, se dirigen a quienes al momento tienen posiciones de poder sin percatarse de la futilidad de la tarea. Se dice que no hay tiempo que perder y que el trabajo estudiantil es a muy largo plazo, lo cual se viene repitiendo desde tiempo inmemorial. Por otra parte, los espíritus totalitarios operan con notable éxito en colegios y casas de estudio universitarias desde siempre, con lo que han logrado un plafón intelectual de enormes proporciones que naturalmente empujan a la articulación de un discurso político en sintonía con esa tendencia.

Está bien ilustrar la idea algunas veces con la coyuntura como anclaje para algún ejemplo, pero sin perder de vista que es aquella la que marca el rumbo y nada se gana con inundar de series estadísticas si no se tiene clara la teoría que subyace. Es que son pocos los que se circunscriben a los datos de coyuntura  que conocen los fundamentos de la propia filosofía que dicen suscribir. Esto se percibe ni bien surgen en el debate temas de fondo de la tradición liberal.

La dedicación a la enseñanza es tanto más necesaria cuanto que los socialismos de diversas tonalidades apuntan a sentimientos de superficie y evitan hurgar en razonamientos que permiten vislumbrar las ventajas de la libertad. En este mismo sentido, el premio Nobel en economía Friedrich Hayek nos advierte que “la economía es contraintuitiva” y el decimonónico Bastiat insistía en que el buen analista hurga en “lo que se ve y lo que no se ve”, lo cual demanda esfuerzos adicionales.

Como la energía es limitada y los recursos disponibles también lo son, conviene establecer prioridades para enfrentar los crecientes desmanes de los gobiernos, supuestos defensores de las autonomías individuales. Correr tras las coyunturas es equivocar las prioridades, se requiere como el pan de cada día el prestar debida atención al debate de ideas ya que son éstas precisamente las que generan tal o cual coyuntura.

Debe subrayarse que en el plano político se requiere el consenso y la negociación entre posturas diferentes al efecto de permitir la convivencia, pero lo que destacamos en esta nota es la imperiosa necesidad de esforzarse en incentivar debates de ideas en la esperanza de que la comprensión de los beneficios de la libertad se hagan más patentes, para lo que el enfrascarse en  mediciones y estadísticas no contribuye al objetivo de marras.

Es clave comprender y compartir el esqueleto conceptual de la sociedad abierta puesto que las estadísticas favorables son el resultado. Por el contrario, si se tratara de demostrar las ventajas de la libertad a puro rigor de estadísticas ya hace mucho tiempo que se hubiera probado la superioridad del liberalismo, el asunto es que, en definitiva, con cifras no se prueba nada, las pruebas anteceden a las series estadísticas, el razonamiento adecuado es precisamente la base para interpretar correctamente las estadísticas. Es por eso que resulta tan esencial la educación y no perder el tiempo y consumir glándulas salivares y tinta con números que desprovistos del esquema conceptual adecuado son meras cifras arrojadas al vacío.

El oxígeno vital es la libertad, si los debates se centran exclusivamente en las cifras se está desviando la atención del verdadero eje y del aspecto medular de las relaciones sociales. Como bien ha escrito Wilhelm Röpke en Más allá de la oferta y la demanda: “La diferencia entre una sociedad abierta y una sociedad autoritaria no estriba en que en la primera haya más hamburguesas y refrigeradoras. Se trata de sistemas ético-institucionales opuestos. Si se pierde la brújula en el campo de la ética, además, entre otras muchas cosas, nos quedaremos sin hamburguesas y sin refrigeradoras”.

En otras palabras, correr tras la coyuntura es un certamen destinado al completo fracaso puesto que los números serán cada vez peores debido, precisamente, a que no se han comprendido las ideas que posibilitan la corrección de datos que constituyen la expresión de lo que ocurre. Comprendo que en la desesperación -porque la barranca abajo puede es muy empinada- haya quienes se empeñan en batallar con cifras con la pretensión de que se entienda el desastre pero, como queda dicho, es equivalente a correr tras la sombra de uno mismo con el sol a las espaldas que nunca se alcanza, hasta que en nuestro caso se decida “tomar el toro por las astas” y encarar el problema de fondo y aclarar las ideas que subyacen en los datos de coyuntura.

Sin duda que los diarios y equivalentes se alimentan de noticias, es decir, de coyuntura puesto que de eso se trata y las columnas de opinión en gran medida se focalizan en torno a ese material, lo cual no excluye que una proporción de esas columnas inviten a los lectores al ejercicio de pensar y abrir cauce con ideas de fondo al efecto asegurar un futuro más despejado rumbo a la sociedad libre, lo cual tiene lugar en los medios de mayor peso ya que son conscientes que no puede comenzarse por el final.

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