A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

27Nov/164

La muerte del último tirano

Por Prudencio Bustos Argañarás

CASTRO, Fidel (Q.E.P.D.) Murió el 25 de noviembre de 2016. Que Dios, en su infinita misericordia, le perdone los crímenes que cometió contra su pueblo en medio siglo de tiranía y le conceda la paz que a ellos les arrebató.

Como cristiano no puedo celebrar la muerte de nadie, por perverso que haya sido, pero en el caso de Fidel Castro, no puedo dejar de alegrarme porque el pueblo cubano haya logrado librarse de la cruel tiranía a la que por medio siglo lo tuvo sometido.

Yo era apenas un niño cuando el ejército victorioso comandado por él entró triunfante en La Habana y derrocó la dictadura de Fulgencio Batista, por lo que no estaba en condiciones de dimensionar la importancia del acontecimiento. Recuerdo sí que mi padre –un auténtico liberal– la celebró entusiasmado. Pero también recuerdo que poco tiempo después, cuando Castro comenzó a manifestarse como un dictador, se declaró comunista y se puso bajo la égida de la Unión Soviética, su entusiasmo se fue desvaneciendo, hasta transformarse en decepción.

Más de medio siglo ha pasado desde entonces y en todo ese tiempo Cuba no ha conocido otro gobernante que él y su hermano, reelegidos indefinidamente a través de elecciones en las que sólo puede presentarse el Partido Comunista, del cual fue también jefe perpetuo. De hecho el régimen no admite la existencia de otros partidos, ni tan siquiera de voces que disientan con el pensamiento rector del líder, que son acusadas de “socavar los principios de la revolución” y acalladas con graves penas de prisión. Todos los medios de comunicación pertenecen al estado (es decir, a Castro), que impide al pueblo el acceso a cualquier fuente de información extranjera.

Miles de cubanos han escapado de la prisión en que el tirano convirtió a la magnífica isla caribeña, buscando la libertad a riesgo de sus propias vidas, precio que pagaron muchos de los que lo intentaron. Otros, que fueron apresados en el intento, purgan aún largas condenas en las cárceles del régimen, si es que se salvaron de morir fusilados ¡por el delito de buscar la libertad! Otros por fin, como la Dra. Hilda Molina, deben resignarse a no volver a su tierra, porque su cerebro es “patrimonio del país”.

Estremece leer los relatos de Huber Matos, comandante de la columna 9 del ejército rebelde, quien se distanció de Castro cuando advirtió sus atrocidades. Matos jamás cometió un delito ni hizo nada en contra del gobierno, pero su distanciamiento le costó una condena de veinte años de prisión, durante los cuales sufrió las más horribles torturas y humillaciones, crudamente contadas en su libro Cómo llegó la noche.

Cuesta por ello entender la sinceridad de quiénes, llamándose a sí mismos defensores de los derechos humanos, le han rendido pleitesía a este violador sistemático de los más elementales derechos de quienes no se sometieron a sus caprichos. O la de los que diciéndose democráticos lo ensalzan a él y a su cómplice, ese asesino serial llamado Ernesto Guevara, a los que América Latina les debe ríos de sangre y horror.

Argentina padeció a sus propias expensas los crímenes de las bandas terroristas alentadas, entrenadas y financiadas por ellos. Y como si eso fuera poco, cuando el gobierno militar reprimió esos delitos usando la misma crueldad que aquellos, Castro bloqueó en las Naciones Unidas, en 1979, una condena al régimen de Videla propiciada por la Comisión de Derechos Humanos.

Quienes aplauden al tirano y le cantan loas ¿quieren para nuestro país un régimen de oprobio y sumisión como el que impuso en el suyo? ¿O es que las dictaduras son malas sólo cuando no coinciden con su pensamiento? Y nuestros gobernantes, los de todas las naciones que forman parte del Mercosur, ¿cómo pudieron recibir con honores a un dictador, olvidando que los países ajenos a la democracia están formalmente impedidos de integrar el bloque regional?

La vida del déspota llegó a su fin. Ojalá que sea también el fin del terrorismo de estado que impuso, y que el pueblo de Cuba recupere la libertad que le arrebató. Y que Dios, en su infinita misericordia, le perdone sus crímenes.

Fuente; La Voz del Interior

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12Nov/163

Trump, Rodríguez Saá y el asombroso asombro

Por Adrián Simioni

Desde 2014, en San Luis se festeja la Semana de la Puntanidad y el Sanluisismo. Se destina a festejar, pero sobre todo a construir, una identidad, un 
folklore, un bloque de sentimientos patrióticos políticamente explotables. Esa construcción viene de años. La dinastía Rodríguez Saá es la propietaria del obrador. El resto del país mira a San Luis como se mira a las cosas extravagantes, con un gesto entre divertido e incrédulo.

Desde la semana pasada, hubo nuevos motivos. El gobernador Alberto Rodríguez Saá le propuso al Gobierno nacional una especie de plan para dotar de mayor autonomía a San Luis, que incluiría revertir el pacto impositivo básico del país (que a partir de ahora San Luis cobre impuestos y ceda una parte a la Nación, al revés que hoy) y la posibilidad de establecer legislación penal y civil de fondo propias. Habría que cambiar la Constitución. Un asesinato podría dejar de ser exactamente lo mismo en Justo Daract (San Luis) que en Villa Valeria (Córdoba).

Además, Rodríguez Saá ingresó un proyecto en su Senado para crear un “Registro del Empleo Puntano”, que castiga con un impuesto del 10 por ciento del sueldo bruto a las empresas que tomen empleados que no sean nacidos y criados en San Luis. Y una más: hubo denuncias de que familias no sanluiseñas fueron desadjudicadas o incluso desalojadas de viviendas de planes provinciales.

Si los dejás, los puntanos te hacen un país.

Tantas novedades dieron lugar a muchas reacciones. Unas fueron de burla y desdén. Los medios de comunicación de alcance nacional expresaron “asombro”. O titularon usando la palabra “curioso”. Otros acusaron a Rodríguez Saá de xenofobia, no sin razón, por el apartheid laboral que propuso, que además es ilegal. El diputado provincial por Cambiemos Alejandro Cacace lo denunció al Inadi por discriminación. Cacace se subió a la ola correcta: “Esto expresa lo peor de la derecha reaccionaria, como encarnan hoy Donald Trump y los movimientos neonazis. Son normas fascistas y totalitarias”.

Hasta ahí, todos de acuerdo.

Ahora bien, en la misma semana se informó, sin que eso causara asombro alguno, que Aysa, la empresa estatal nacional que distribuye el agua en la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, amplió su cobertura a otros ocho partidos del conurbano bonaerense. Más plata que pondrán ciudadanos de todo el país, incluidos los argentinos que viven en las zonas más secas de San Luis, para financiar a quienes viven en el distrito más rico del país y al lado del estuario de agua dulce más ancho del mundo. Mauricio Macri anunció que gastará 20 mil millones de pesos de la Nación en el agua y en las cloacas del Gran Buenos Aires, como si fuera el intendente o el gobernador del área. El presupuesto anual total de San Luis para 2016 (que paga maestros, médicos, jueces, policías) es de 15.700 millones de pesos.

Como todos

Es asombroso que nos asombre lo que dice Rodríguez Saá y no lo que siguen haciendo, desde hace décadas, los sucesivos gobiernos de un país sin ton ni son, cada vez más injusto e inviable.

Hay ejemplos para tirar para arriba. El actual gobierno tampoco puede evitar el abismo que atrajo a los anteriores. Y volvió a prometer que pagará con plata de todos el soterramiento de trenes de pasajeros que sólo corren en el Gran Buenos Aires. O fastuosidades carísimas que no serían necesarias –como la autopista ribereña– si no fuera porque llevamos 200 años acumulando la riqueza que se esquilma al interior en la misma estancia de 10 mil hectáreas de siempre que forman Retiro, el puerto, Aeroparque, Palermo y el Paseo Colón.

¿Qué espera de la Argentina el mundo biempensante e ilustrado, de izquierda y de derecha? ¿Que los sanluiseños empiecen a hablar directamente de secesión en un país que los confisca y trata como a ciudadanos de segunda?

Parecen republicanos y demócratas papando moscas. Tiene razón Cacace al señalar lo que emerge. Hay riesgos de Trump, y no sólo en San Luis. Pero si la Argentina se quiere ahorrar problemas aun mayores que los que tiene, hay que mirar el mar de fondo. Hay que escuchar, saber mirar y actuar. Si no, tarde o temprano, quedaremos, todos, más sorprendidos que Hillary.

Fuente: La Voz del interior

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11Nov/162

No somos hijos de la resaca

Por Prudencio Bustos Argañarás

Las palabras del senador Miguel Ángel Pichetto acerca de los inmigrantes bolivianos, peruanos y paraguayos, a los que ha calificado de resaca, provocaron fundadas reacciones y acusaciones de discriminación. Entre ellas se cuenta la nota aparecida en este diario el pasado domingo, con la firma de Alejandro Mareco.

En ella, el periodista afirma que todos los argentinos somos “hijos de la resaca” y, mediante el recurso de formular preguntas a la espera de respuestas negativas, ridiculiza a los acompañantes de Cristóbal Colón por no ser “orgullosos marineros que renunciaron a sus respetables puestos en la sociedad, tentados de ser parte de una página de la historia”.

Otro tanto hace con nuestros padres fundadores, subrayando que no fueron “prohombres de gran educación y relieve social que eligieron dejar sus privilegios para venir a sudar incertidumbre en los trópicos y en el último sur”.

No sé con certeza cómo estaba compuesta la tripulación que acompañó a Colón en su gloriosa gesta, pero creo que poco importa a la hora de analizar la procedencia de quienes 80 años más tarde fundaron nuestra ciudad.

Por otra parte, no sé de ninguna familia argentina que lleve la sangre de aquellos pioneros del descubrimiento, pero conozco bien a los integrantes de la hueste que trajo Cabrera en 1573, cuya sangre corre sí por nuestras venas.

Poco importa su “relieve social” a la hora de reconocer sus méritos, a excepción de que una trasnochada concepción clasista considere “resaca” a quienes no tuvieran probada su nobleza.

Por fortuna, vivimos bajo un régimen republicano en el que todos somos iguales ante la ley y valemos por lo que somos y hacemos, y no por lo que fueron e hicieron nuestros antepasados.

Pero por si alguien quisiera insistir en ello, será bueno recordarle que los españoles que fundaron y poblaron nuestras ciudades eran una muestra a escala de la sociedad de la que provenían.

A la par de nobles hidalgos –como don Lorenzo Suárez de Figueroa, nieto del conde de Feria, o el propio don Jerónimo Luis de Cabrera, por cuyas venas corría también sangre de reyes, o don Fernando de Toledo Pimentel, bisnieto del primer duque de Alba y primo de Felipe II–, venían otros de condición humilde, trayendo el invalorable capital de su hombría de bien y su honradez, por lo que calificarlos de resaca resulta inadmisible.

Y si de su formación cultural hablamos, entre los ciento y tantos hombres que dieron vida a Córdoba no se ha encontrado uno solo que no pudiera cuanto menos estampar su firma, en tiempos en que en las principales ciudades europeas el índice de analfabetismo superaba el 70 por ciento.

Por ello, no extraña que a los 50 años de vida, cuando era aún una aldea situada en el confín del mundo conocido, tuviera una universidad real y pontificia donde se graduaban doctores, licenciados y maestros, galardón que no sé si puede exhibir otra ciudad en el mundo.

Los argentinos somos el producto de la mezcla de esos hombres y los pueblos originarios, a los que se sumarían después los esclavos africanos, cuya sangre corre por las venas de muchos de nuestros compatriotas. Y, varios siglos más tarde, la de los inmigrantes, que quizá no serían “profesionales formados en centenarias universidades” ni “obreros altamente calificados de la era industrial”, como despectivamente se pregunta el periodista, pero trajeron ese espíritu de trabajo y esa perseverancia que tanto contribuyeron a engrandecer nuestra patria, lo que por sí solo los exime de ser considerados resaca.

Esa es la raza criolla de la que hablaba el presidente Hipólito Yrigoyen cuando en 1917 impuso la conmemoración del 12 de octubre como fiesta nacional.

La palabra raza ha adquirido connotaciones peyorativas luego de los horrores del nazismo, y por ello resulta más apropiado hablar de encuentro de culturas. Pero cualquiera sea el nombre que le demos, debemos sentirnos orgullosos de formar parte de esa casta de hombres y mujeres nacida de ese portentoso mestizaje, que alguna vez fueron capaces de hacer de la Argentina uno de los países más importantes del mundo.

Yo también condeno por insultantes las palabras de Pichetto al llamar a nuestros vecinos “resaca”, pero contradecirlo calificando con el mismo epíteto degradante a nuestros antepasados, además de falso, resulta tan discriminatorio y agraviante como aquello.

Fuente: La Voz del Interior

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18Oct/165

La Patria del corazón

Discurso de Pilar Rahola en la Sagrada Familia de Barcelona

Excelentísimo Sr. Arzobispo Juan José Omella,
monseñores,
autoridades,
amigas y amigos:

No puedo empezar este pregón sin compartir los sentimientos que, en este preciso momento, me tienen el corazón en un puño. Estoy en la Sagrada Familia, donde, como decía el poeta Joan Maragall, se fragua un mundo nuevo, el mundo de la paz. Y estoy aquí porque he recibido el inmerecido honor de ser la pregonera de un grandioso acto de amor que, en nombre de Dios, nos permite creer en el ser humano. Si me disculpan la sinceridad, pocas veces me he sentido tan apelada por la responsabilidad y, al mismo tiempo, tan emocionada por la confianza.

No soy creyente, aunque algún buen amigo me dice que soy la no creyente más creyente que conoce. Pero tengo que ser sincera, porque, aunque me conmueve la espiritualidad que percibo en un lugar santo como este y admiro profundamente la elevada trascendencia que late el corazón de los creyentes, Dios me resulta un concepto huidizo y esquivo. Sin embargo, esta dificultad para entender la divinidad no me impide ver a Dios en cada acto solidario, en cada gesto de entrega y estima al prójimo que realizan tantos creyentes, precisamente porque creen. ¡Qué idea luminosa, qué ideal tan elevado sacude la vida de miles de personas que un día deciden salir de su casa, cruzar fronteras y horizontes, y aterrizar en los lugares más abandonados del mundo, en aquellos agujeros negros del planeta que no salen ni en los mapas! ¡Qué revuelta interior tienen que vivir, qué grandeza de alma deben de tener, mujeres y hombres de fe, qué amor a Dios que los lleva a entregar la vida al servicio de la humanidad! No imagino ninguna revolución más pacífica ni ningún hito más grandioso.

Vivimos tiempos convulsos, que nos han dejado dañados en las creencias, huérfanos de ideologías y perdidos en laberintos de dudas y miedos. Somos una humanidad frágil y asustada que camina en la niebla, casi siempre sin brújula. En este momento de desconcierto, amenazados por ideologías totalitarias y afanes desaforados de consumo y por el vaciado de valores, el comportamiento de estos creyentes, que entienden a Dios como una inspiración de amor y de entrega, es un faro de luz, ciertamente, en la tiniebla.

Hablo de ellos, de los misioneros, y esta palabra tan antigua como la propia fe cristiana —no en vano los cristianos empezaron a salir de su tierra, para ir a la tierra de todos, desde los principios de los tiempos—, esta palabra, decía, ha sido ensuciada muchas veces, arrastrada por el fango del desprecio. Es cierto que los misioneros tienen un doble deseo, una doble misión: son portadores de la palabra cristiana y, a la vez, servidores de las necesidades humanas. Es decir, ayudan y evangelizan, y pongo el acento en este último verbo, porque es el que ha sufrido los ataques más furibundos, sobre todo por parte de las ideologías que se sienten incómodas con la solidaridad, cuando se hace en nombre de Cristo. De esta incomodidad atávica, nace el desprecio de muchos.

Es evidente que las críticas históricas a determinadas prácticas en nombre de la evangelización son pertinentes y necesarias. Estoy convencida, leyendo el Nuevo Testamento, de que el mismo Jesús las rechazaría. Pero no estamos en la Edad Media, ni hace siglos, cuando, en nombre del Dios cristiano, se perpetraron acciones poco cristianas. Desgraciadamente, el nombre de todos los dioses se usa en vano para hacer el mal, y este hecho tan humano tiene muy poco que ver con la idea trascendente de la divinidad. Pero, al mismo tiempo, hay que poner en valor la entrega de miles y miles de cristianos que, a lo largo de los siglos, han hecho un trabajo de evangelización, convencidos de que difundir los valores fraternales, la humildad, la entrega, la paz, el diálogo, difundir, pues, los valores del mensaje de Jesús, era bueno para la humanidad. Si es pertinente hacer proselitismo político, cuando quien lo hace cree que defiende una ideología que mejorará el mundo, ¿por qué no ha de ser pertinente llevar la palabra de un Dios luminoso y bondadoso, que también aspira a mejorar el mundo? ¿Por qué, me pregunto —y es una pregunta retórica—, hacer propaganda ideológica es correcto, y evangelizar no lo es? Es decir, ¿por qué ir a ayudar al prójimo es correcto cuando se hace en nombre de un ideal terrenal, y no lo es cuando se hace en nombre de un ideal espiritual? Y me permito la osadía de responder: porque los que lo rechazan lo hacen también por motivos ideológicos y no por posiciones éticas.

Quiero decir, pues, desde mi condición de no creyente: la misión de evangelizar es, también, una misión de servicio al ser humano, sea cual sea su condición, identidad, cultura, idioma..., porque los valores cristianos son valores universales que entroncan directamente con los derechos humanos. Por supuesto, me refiero a la palabra de Dios como fuente de bondad y de paz, y no al uso de Dios como idea de poder y de imposición. Pero, con esta salvedad pertinente, el mensaje cristiano, especialmente en un tiempo de falta de valores sólidos y trascendentes, es una poderosa herramienta, transgresora y revolucionaria; la revolución del que no quiere matar a nadie, sino salvar a todos.

Permítanme que lo explicite una manera gráfica: si la humanidad se redujera a una isla con un centenar de personas, sin ningún libro, ni ninguna escuela, ni ningún conocimiento, pero se hubiera salvado el texto de los Diez Mandamientos, podríamos volver a levantar la civilización moderna. Todo está allí: amarás al prójimo como a ti mismo, no robarás, no matarás, no hablarás en falso...; ¡la salida de la jungla, el ideal de la convivencia! De hecho, si me disculpan la broma, solo sería necesario que los políticos aplicaran las leyes del catecismo para que no hubiera corrupción ni falsedad ni falta de escrúpulos. El catecismo, sin duda, es el programa político más sólido y fiable que podamos imaginar.

Y de la idea menospreciada, criticada y tan a menudo rechazada de la evangelización, a otro concepto igualmente demonizado: el concepto de la caridad. ¿Cuántas personas de bien que se sienten implicadas en la idea progresista de la solidaridad, y alaban las bondades indiscutibles que la motivan, no soportan, en cambio, el concepto de la caridad cristiana? Y uso el término con todas sus letras: caridad cristiana, consciente de cómo molesta esa motivación en determinados ambientes ideológicos. Sin embargo, esta idea, que personalmente encuentro luminosa, pero que otros consideran paternalista e incluso prepotente, ha sido el sentimiento que ha motivado a millones de cristianos, a lo largo de los siglos, a servir a los demás. Y cuando hablamos de los demás, hablamos de servir a los desarraigados, a los olvidados, a los perdidos, a los marginados, a los enfermos, a los invisibles. ¡Quiénes somos nosotros, gente acomodada en nuestra feliz ética laica, para poner en cuestión la moral religiosa, que tanto bien ha hecho a la humanidad! La caridad cristiana ha sido el sentimiento pionero que ha sacudido la conciencia de muchos creyentes, decididos a entregar la vida propia para mejorar la vida de todos.

Y no me refiero solo a los misioneros actuales, a los más de quinientos catalanes, o a los casi trece mil de todo el Estado, repartidos por todo el mundo, allí donde hay necesidad más extrema, sino también a aquellos lejanos cristianos que, por amor a su fe, protagonizaron gestas heroicas. ¿Qué podemos decir, por ejemplo, de los mercedarios que se intercambiaban por personas que estaban presas en tierras musulmanas, como acto sublime de sacrificio propio, en favor de los demás? El mismo ideal espiritual que motivaba a san Serapión a ir hasta el Magreb, entrar en la prisión de un sultán y liberar a un desconocido, convencido de que aquel acto de amor era un tributo a Dios, es el que motivó a Isabel Solà Matas, una joven enfermera catalana, perteneciente a la Congregación de Jesús-María, a estar dieciocho años en Guinea y ocho en Haití, hasta que fue asesinada. Durante todos estos años de entrega, dejó su estela de bondad y servicio, y, gracias a ella, por ejemplo, existe ahora el Proyecto Haití, un centro de atención y rehabilitación de mutilados que fabrica prótesis para los haitianos que no tienen recursos. La conocían como «la monja de los pies», porque, gracias a ella, muchos haitianos pobres habían tenido una segunda oportunidad. Casi ochocientos años separaban a san Serapión de Isabel Solà, y, en ocho siglos, el mismo alto ideal de servicio y entrega los motivaba, empujados por la creencia en un Dios de amor.

Y como Isabel, tantos otros misioneros, monjas, curas y seglares, muertos en cualquier rincón del mundo, asesinados, abatidos por virus terribles, caídos en las guerras de la oscuridad. Cómo no recordar al hermano Manuel García Viejo, miembro de la Orden de San Juan de Dios, que, después de 52 años dedicados a la medicina en África, se infectó del ébola en Sierra Leona y murió. O a su compañero de Orden Miguel Pajares, que desde los doce años dedicaba su vida a los más pobres y que regentaba un hospital en una de las zonas de Liberia más castigadas por el virus. Todos ellos, caídos en el servicio a la humanidad, motivados por su fe religiosa y por la bondad de su alma. Isabel, Manuel, Miguel son la metáfora de lo que significa el ideal del misionero: el de amar sin condiciones, ni concesiones. Si Dios es el responsable de tal entrega completa, de tal sentimiento poderoso que atraviesa montañas, identidades, idiomas, culturas, religiones y fronteras, para aterrizar en el corazón mismo del ser humano, si Dios motiva tal viaje extraordinario, cómo no querer que esté cerca de nosotros, incluso cerca de aquellos que no conocemos el idioma para hablarle.

Decía Isabel Solà en 2011, en un vídeo-blog para pedir ayuda para su centro de prótesis: «Os preguntaréis cómo puedo seguir viviendo en Haití, entre tanta pobreza y miseria, entre terremotos, huracanes, inundaciones y cólera. Lo único que podría decir es que Haití es ahora el único lugar donde puedo estar y curar mi corazón. Haití es mi casa, mi familia, mi trabajo, mi sufrimiento y mi alegría, y mi lugar de encuentro con Dios».

No encuentro palabras más intensas para describir la fuerza grandiosa del amor. He dicho al inicio de este pregón que no soy creyente en Dios, y esta afirmación es tan sincera como, seguramente, triste. ¡Estamos tan solos ante la muerte los que no tenemos a Dios por compañía! Pero soy una creyente ferviente de todos estos hombres y mujeres que, gracias a Dios, nos dan intensas lecciones de vida, apóstoles infatigables de la creencia en la humanidad. El papa Francisco ha pedido, en su Mensaje para este DOMUND, que los cristianos «salgan» de su tierra y lleven su mensaje de entrega, pero no porque los obliga una guerra o el hambre o la pobreza o la desdicha, como tantas víctimas hay en el mundo, sino porque los motiva el sentido de servicio y la fe trascendente. Es un viaje hacia el centro de la humanidad. Esta llamada nos interpela a todos: a los creyentes, a los agnósticos, a los ateos, a los que sienten y a los que dudan, a los que creen y a los que niegan, o no saben, o querrían y no pueden. Las misiones católicas son una ingente fuerza de vida, un inmenso ejército de soldados de la paz, que nos dan esperanza a la humanidad, cada vez que parece perdida.

Solo puedo decir: gracias por la entrega, gracias por la ayuda, gracias por el servicio; gracias, mil gracias, por creer en un Dios de luz, que nos ilumina a todos.

Fuente: Pregón Domund

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11Oct/162

¿Ya empezó el gobierno macristinista?

Por Adrián Simioni

Para unos, es porque tiene que sí o sí ganar las legislativas de 2017. De nada le serviría a Mauricio Macri mantener fijo el rumbo con que inició su gobierno si en 12 meses no logra solidificar el poder de Cambiemos en el Congreso. Para otros, no ha cambiado nada y, más allá de algunas medidas puntuales, el Presidente mantiene sin cambios la dirección.

Lo cierto es que, en las últimas semanas, hubo varios volantazos. Si el gobierno inicial tendía a tomar medidas que apuntaban a reducir el saqueo del interior del país y del sector privado a manos del Gran Buenos Aires y del sector estatal (reducir retenciones o subsidios a los servicios públicos, por ejemplo), en las últimas semanas esa orientación muy general ha comenzado a variar. Apuntamos:

1. La baja de impuestos al sector privado terminó. Se morigera el cambio en Ganancias para el año entrante, se anuló la proyectada quita de cinco puntos adicionales en las retenciones a la soja para 2017 y la gobernadora María Eugenia Vidal, por ejemplo, anunció una suba de impuestos inmobiliarios en Buenos Aires. Daniel Scioli había subido las valuaciones fiscales, apretado por el kirchnerismo.

2. La reducción del gasto y, en consecuencia, del déficit también está suspendida. El kirchnerismo se financiaba con un combo de emisión inflacionaria, impuestos asfixiantes, confiscación de dólares del Central, endeudamiento interno descabellado (en dólares, la deuda pública llegó al récord de 250 mil millones de dólares con Cristina Fernández) y acumulación de juicios de jubilados. El macrismo ha variado un poco la fuente de financiamiento y se recuesta menos en la emisión y más en la colocación de deuda en moneda extranjera.

3. Se frenó la tímida reducción de los exorbitantes privilegios que el conjunto del país ofrenda a los votantes del Gran Buenos Aires bajo la forma de servicios públicos. En parte, eso fue por sentencias judiciales de magistrados que ignoran más de lo que sospechan. Pero es obvio que el macrismo elige cuidadosamente no poner todos los dedos en el enchufe del Conurbano. Se deduce claramente de un informe de la Asociación Argentina de Presupuesto (Asap) sobre el Presupuesto 2017. Mientras los subsidios a los servicios públicos en total (inversiones y gastos corrientes) decrecen 12 por ciento, los dos más inequitativos (son exclusivos para el Gran Buenos Aires) crecen 17 por ciento (trenes de pasajeros) y tres por ciento (el agua y las cloacas gratis que todo el país paga a través de Aysa).

4. La misma Asap muestra, en obras públicas, el privilegio a la misma zona. Una provincia como Córdoba tendrá la menor inversión nacional por habitante. Las partidas destinadas a la Buenos Aires de María Eugenia Vidal crecen 98 por ciento. La Nación construirá en el Gran Buenos Aires las tres obras más caras de todas: pondrá 3.000 millones de pesos para reformar el ramal ferroviario Constitución-La Plata; destinará 2.392 millones para “mejorar el transporte” en el Área Metropolitana, y para que no se diga que el interior es miserable, también empezará a construirle al distrito más rico la autopista del Camino del Buen Ayre, con 1.284 millones de pesos.

5- Como un símbolo, volvieron los gendarmes y prefectos de todo el país a cuidar el Gran Buenos Aires, donde sigue el caos de múltiples policías superpuestas (Federal, Metropolitana, Bonaerense y el simulacro demagógico que Daniel Scioli le permitió crear a cada partido del conurbano), porque no alcanza que todo el país pague desde hace décadas la Federal, que no existe en el resto del territorio.

Lo que el kirchnerismo hizo con pasión, alegría y sin vergüenza –beneficiar al inequitativo Partido de la Casta Estatal con casa central en Capital Federal y el Conurbano bonaerense y en alianza con las provincias más medievales, a fuerza de clientelismo e improductividad–, 
el macrismo parece haber empezado a hacerlo por necesidad de supervivencia.

Fuente: la Voz del Interior

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8Oct/160

Cristina Bajo: “Hay un mundo paralelo, muchas cosas que no vemos”

Entrevista del diario La Nación

"Mi casa es interna: verás un pasaje ancho que termina en una arboleda y una casona antigua, la del prólogo de mi libro; la mía es una más modesta, primera y única a la derecha del pasaje", escribió Cristina Bajo a esta cronista en el mail en el que aceptaba recibir a LA NACION en la casa en la que vive, en la ciudad de Córdoba, desde hace cuarenta y cuatro años. Una casa llena de libros en la que convive con cuatro gatos, un perro y... un fantasma.

A los 79 años, la mujer que a los 50 -cuando comenzó a publicar novelas sobre la historia cordobesa- se convirtió en una escritora exitosa, está llena de proyectos. Ella que es ganadora del Premio Literario de la Academia Argentina de Letras por , que te escondes, un libro de "cuentos raros", acaba de publicar Alguien llama a la ventana, una antología de doce cuentos góticos escritos todos, menos uno que es suyo, por autores clásicos como Henry James, Emily Dickinson, Edward Frederic Benson, Saki, Edith Wharton y Gustavo Adolfo Bécquer. En una edición muy cuidada, con ilustraciones elegidas por la escritora y la editora Paula Viale, Edhasa publica relatos que, según afirma Bajo, no están incluidos en las clásicas antologías de cuentos extraños y con los cuales tuvo alguna historia personal.

En una especie de prólogo que antecede cada cuento, Bajo describe esa circunstancia que le hizo conocer el relato o a sus autor a cuya vida y obra introduce con la misma delicadeza con la que orientó a esta cronista a llegar a su casa.

-¿Cómo explica la vigencia del género del gótico en siglo XXI?

-Considero que este tipo de literatura es una especie de rebelión contra la intelectualidad y contra el raciocinio. Nació así y sigue siéndolo. Es como burlarte de quien está escribiendo un gran libro. El clásico en general puede leerse en todo momento porque debe tener algo que es sencillo de leer y que perdura a través de las modas. Si mirás los ebook, tanto los pagos como los gratis, hay miles de terror y ciencia ficción. Quiere decir que la gente sigue leyendo eso; quiere seguir creyendo en el hombre lobo, en los marcianos, en los fantasmas.

-¿Por qué cree que ejercen tanta atracción en los jóvenes las historias de terror, vampiros y fantasmas?

-Creo que así como hay gente que necesita creer en el cielo o que hay vida después de ésta o en la reencarnación, la gente joven sobre todo necesita creer que algo mágico puede pasar, que no todo está determinado. Que no tenés que estudiar lo que te dicen tus padres, que no tenés que trabajar en una oficina; que a lo mejor hay algo más, lo imprevisto, lo raro, lo que no tiene explicación.

-Usted escribió que hace bien tener "un buen encuentro con aparecidos y elementales". ¿A qué se refiere?

-A que no sea algo terrorífico, sino algo como lo que yo viví con el fantasma que vi.

-¿Cómo fue eso?

-Hace muchos años, un día que estaba parada hablando por teléfono con una amiga, vi a través de la ventana a una anciana con un vestido blanco y el pelo suelto. Creí que era una de las alumnas de yoga de la casa de al lado que, como no habíamos hecho aún la tapia que dividiera las dos casas, se había pasado. Pero abrí la ventana y no había nada. La imagen estaba detrás de mí. Me santigüé, recé un padrenuestro, fui a la cocina y cuando volví vi la misma imagen, de espalda, que se iba para el patio caminando. Yo la vi sólo una vez más, pero se le ha aparecido en mi casa a dos personas a las que no había contado nada sobre esto. No soy yo la única loca que la ha visto..., pero es un buen encuentro porque nunca sentí que hubiera onda mala.

-Cuando se dicen estas cosas se piensa que quien las dice no está en sus cabales. ¿Cómo las explica?

-Sí, piensan que estoy loca, pero no lo estoy. Creo que hay un mundo paralelo, un montón de cosas que no vemos y que algunas personas tenemos más predisposición para ver cosas y asimilarlas. En su libro El hombre y sus símbolos, Jung documentó varios casos durante la Primera Guerra Mundial de madres que veían a su hijo entrar en el dormitorio y hablar con ellas, y después recibían la comunicación de que ese día habían muerto en el campo de batalla.

-¿Premoniciones, telepatía?

-Sí. Hay un montón de cosas que todavía no conocemos y no creo que sean mágicas, sino que son físicas. Algo físico-químico que de alguna manera, de vez en cuando, se ve; como si fuese una abertura en el tiempo. Las experiencias que he tenido y sobre las que he conocido han sido benévolas. Pero te aclaro que con mis alumnas hicimos una novena para las ánimas acá.

-¿Usted es creyente?

-Sí. Y eso ayuda. Aparte de tener fe leo sobre religión y sobre religiones comparadas.

-El católico común piensa que eso es cosa de brujos.

-Sí, pero yo pienso que una persona que puede creer que Jesús resucitó, nació de una mujer virgen y se apareció a sus amigos después de muerto -cosas en las que yo creo-, y cree en un Dios a quien no conoce la cara -porque los católicos no tenemos imágenes de Dios padre-, esas personas somos más proclives a que las cosas fantásticas nos parezcan menos fantásticas, y más familiares y cotidianas.

-¿Sigue escribiendo?

-¡Claro! Estoy escribiendo una ficción sobre la caída de Rosas que será la última de la saga de la familia Osorio. Tengo pensado escribir sobre las primeras capillas en Córdoba y también tengo otros proyectos.

Alguien llama a la ventana

Autora: Cristina Bajo

Editorial: Edhasa

7Oct/161

Del Abasto a Ansenuza, de vergüenzas y sospechas

Por Roberto Battaglino

El agua que les sobra y las obras que les faltan volvieron a ligar esta semana a las distanciadas gestiones de Juan Schiaretti y Ramón Mestre.

Por redes sociales y declaraciones políticas, los principales funcionarios del gobernador y el intendente capitalino se encargaron de señalarse con el dedo sobre la ciudad anegada, sucia y oscura y sobre la provincia con vastas zonas inundadas y falencias varias en prestación de servicios esenciales.

El agua volvió a tener la capacidad de desnudar el marketing de dos gestiones que se ocupan bastante de la autopromoción.

Y volvió a poner frente a nosotros postales de la Córdoba del atraso y el fracaso. Por caso, esa imagen del Concejo Deliberante de la ciudad con su recinto lleno de agua. El cuerpo municipal tiene una sede a la que el adjetivo “precario” le queda exageradamente chico. Ni los baños se pueden usar.

Más allá de que haya o no prioridades más urgentes, que la segunda ciudad del país no haya podido tener, en 33 años de democracia, aunque sea un modesto lugar propio para una de sus instituciones más importantes habla mucho de incapacidades y otros vicios de las administraciones que pasaron en tres décadas.

En una ciudad en la que a los gobiernos nacional, provincial y municipal les lleva más de 60 años hacer una avenida de circunvalación y aún no la terminan, cómo esperar que el Concejo Deliberante tenga una sede propia. Suena a iluso.

La historia del edificio del Concejo está atada a la postergación de la ciudad de Córdoba, con sucesivas administraciones que se disputan cuál es más frustrante que la otra.

Después de un largo peregrinar, que incluyó hasta un incendio, se comenzó a construir una sede en el abandonado predio del ex Mercado de Abasto. La pensó Luis Juez y la comenzó a ejecutar la dupla Daniel Giacomino-Carlos Vicente, quienes, pese a gastar una buena cantidad de pesos, la hicieron mal. Muy mal. Graves falencias estructurales, dictaminó un peritaje de la Universidad Nacional de Córdoba.

O sea, tuvimos y tenemos intendentes a los que no les sale ni poner cuatro ladrillos en fila para armar un edificio en el que cumplan funciones unas 250 a 300 personas. Pero es tal el nivel de deterioro que esa imagen de una obra parada al lado del río en un amplio terreno no nos sorprende ni nos escandaliza.

Y, de repente, salta que esta vergüenza capitalina tiene un hilo que la une con una de las grandes polémicas y sospechas provinciales, el hotel Ansenuza en Miramar, construido por la Provincia por un monto varias veces superior al presupuestado... Y aún está sin terminar.

La empresa que hizo mal el edificio que iba a ser para el Concejo de Córdoba, Sadic SA, es la misma que tiene a su cargo la segunda etapa del hotel a orillas de la Mar Chiquita.

El escándalo llama al escándalo, mientras el agua nos tapa y las obras, como el poncho, no aparecen.

Fuente: La Voz del Interior

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2Oct/163

La ciudad del Suquía

Por Cristina Bajo

Quizá debí escribir esta nota en julio, cuando festejamos la fundación de nuestra ciudad, pero a veces nos sentimos reacios a hacerlo cuando es “obligatorio” y otras, aunque no venga al caso, queremos escribir sobre un tema.
Estos días he estado con amigos nacidos acá pero que hace años viven en el exterior. Esas charlas me dejaron el regusto de pensar en esa ciudad secreta que sólo captamos los que hemos vivido casi sin interrupciones en ella, fundada –entre el Atlántico y los Andes– por don Jerónimo Luis de Cabrera a mediados de 1573: Córdoba de la Nueva Andalucía, también llamada “Córdoba la Llana” por cierta semejanza con la de España, situadas ambas en una llanura y con las sierras a la vista. Y, como el Guadalquivir en la lejana patria, a esta ciudad la ciñe otro río: el que los naturales llamaban Suquía.
Entre los hombres que vinieron a fundarla, el grupo más numeroso fue el de los andaluces, pero ninguno oriundo de la Córdoba española. Quizá la explicación de tal nombre se debiera a una historia de amor, de aquellas que recuerdan a la del Cid con doña Jimena: la de don Jerónimo Luis, que se distinguió por ser mesurado, justo con nativos y generoso con sus compañeros, de quien no se conocen desafueros o crueldades –justificados o sin justificar–, y la de una mujer excepcional, doña Luisa Martel de los Ríos, que unía a Córdoba con Sevilla en su persona.
Hay quien pretende negar la singularidad de su fundación, pero los documentos hablan. Prudencio Bustos Argañarás, estudioso de nuestra historia, asentó: “Entre los ciento once hombres que acompañaron al Fundador, no se ha detectado un solo analfabeto”, cuando el índice de analfabetismo era sumamente alto. Eso explica que, a los pocos años, cuando era aún una pequeña aldea en el confín de la tierra, Córdoba tuviera una universidad real y pontificia que a fines del siglo XVII estaba entre las primeras del mundo. Córdoba es una ciudad extraña: sus fundadores eran estudiosos, algunos leían el latín y traían cajas con libros. Sus mujeres y sus hijos los siguieron apenas unos meses después, con un maestro de primeras letras, con damas de compañía y jóvenes casaderas.

Llegaron con muebles de calidad cuando aún no tenían techo, con enseres y canastos de labores, con alguna obra de arte. Y plantas: vides, higueras, limoneros y los rosales de Blas de Rosales.
Así nació esta ciudad: cosmopolita en pocos años –y por varios siglos– por la universidad y por su posición geográfica, ya que era paso obligado de comerciantes, ejércitos y viajeros que atravesaron el territorio argentino en cualquier sentido de los puntos cardinales.
Una ciudad y un territorio contradictorios, nacida de una desobediencia, síntesis de las culturas regionales. Durante la mayor parte de la Historia, vivimos a contrapelo del país, “en una coexistencia no siempre pacífica y sí dialéctica, de un clericalismo monacal en contradicción de un laicismo ateo; de una tendencia populista contrapuesta a fuertes resabios clasistas; de un conservadorismo quietista enfrentado con un liberalismo progresista, posibles de encontrar en el seno mismo de cada uno de sus partidos políticos”, puntualizó Bustos Argañarás en el prólogo de Antología burlesca.
Pero, como dije hace algunos años, lo que nos distinguió y nos distingue es el humor: sarcástico, socarrón, agudo, transgresor, bien cordobés.
Sugerencias: leer Laberintos y escorpiones, de Prudencio Bustos Argañarás, novela histórica sobre Luis de Tejeda, primer poeta argentino, cordobés.

Fuente: Revista Rumbos

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1Oct/160

Y resulta que ahora el Indec inventa pobres

Por Carlos M. Reymundo Roberts.

Cristina está devastada. No puede creer que en sólo 10 meses Macri haya llevado el índice de pobreza del 5% en que ella lo dejó al 32,2%. Kicillof está consternado. Desde el miércoles hay 13 millones de argentinos que al enterarse de que son pobres sufren una espantosa depresión. Toda esa gente sabe que vive en condiciones lamentables, pero una cosa es que no te alcance la plata para comer y otra, muy distinta, es que lo certifique una estadística. Moreno, el más pícaro, sospecha que el Indec está mintiendo al revés: sobredimensiona el problema para que "el modelo" quede en la historia como una extraordinaria máquina de producción de pobres e indigentes. Máximo Kirchner y medio peronismo, calculadora en mano, piensan en términos electorales: 13 millones de votos. También festejan los alemanes. Se les estaba haciendo insoportable formar parte del club de las grandes potencias y tener más pobreza que la Argentina.

Las cifras que acaba de revelar el Indec muestran una realidad angustiante, y lo peor es que no sabemos si incluyen a los nuevos pobres. ¿Estarán los Kirchner, que con su fortuna inmovilizada por la Justicia acaso no estén pudiendo parar la olla? ¿Estará la familia de Josecito López, un desaprensivo que arrojó al convento todo lo que tenía? ¿Y las monjas truchas que vivían de esas donaciones? ¿Y el Caballo Suárez, preso en Marcos Paz, que seguramente perderá sus campos, sus empresas, sus yates, su espectacular casa-barco en Puerto Madryn? ¿Figurará como desposeído Carlos Daniel Tomeo, acusado de ser testaferro de Aníbal Fernández, ahora que una investigación de TN reveló que 150 sociedades que se creían de él en realidad están a nombre de una desconocida jubilada de 76 años? El cambio de gobierno tiene su correlato económico, con gente que ha quedado en la ruina. Es el caso de Walter Carbone, ex funcionario de Scioli. La caja fuerte que tenía en la estatua de un dragón, en el jardín de su casa, estaba dolorosamente vacía.

Cuando el concejal kirchnerista David Cáceres, de Paraná, pidió esta semana que las FARC secuestren a Macri "y lo tengan un tiempo guardado" seguramente estaba pensando en evitar que este gobierno siga convirtiendo a la legión de nuevos ricos del modelo en nuevos pobres. Pero las FARC no le van a hacer caso porque acaban de deponer la lucha armada y firmar la paz. Por cierto, deberíamos seguir el camino de Colombia, que logró ponerle punto final a una guerra de 50 años y miles de muertos. No hay brecha que no pueda ser cerrada. ¿Cuál fue la fórmula del presidente Santos y Timochenko? Diálogo, renuncia a la violencia e incorporación de las FARC al sistema democrático. Diálogo: ¿qué está esperando Macri para convocar a Cristina, que los jueces que la juzgan digan que es culpable? Renuncia a la violencia: es hora de que en los actos del Frente Comodoro Py las principales figuras dejen de ser D'Elía y Esteche. Incorporación al sistema: soy optimista y creo que en algún momento al kirchnerismo le va a interesar sumarse a la vida democrática.

Odio ponerme de ejemplo, pero esta semana me invitaron a Intratables y fui de lo más cordial y generoso con Diego Brancatelli, que está en las antípodas de mi pensamiento político. El desafío de estos tiempos es la reconciliación. Luis Juez, embajador en Ecuador, puso el grito en el cielo por la condecoración que anteayer recibió Cristina de la Asamblea Nacional de ese país. Debería haber sido más diplomático y escuchar los argumentos que dio la presidenta de la Asamblea, Gabriela Rivadeneira, al fundamentar el premio. Dijo (y qué oportuno que lo haya hecho días antes de que se conocieran las cifras del Indec) que durante los gobiernos de Néstor y Cristina salieron de la pobreza "9.000 millones de personas". Por si quedaba alguna duda, repitió dos veces lo de los 9.000 millones. Ese número supera la población mundial, lo que habla, a juicio de esta señora, de que el modelo fue replicado con singular éxito en toda la faz de la Tierra y en las galaxias circundantes. Explicó que también se distinguía a la ex presidenta por su "ética" y "transparencia", y que hoy disfruta de "una intención de voto del 50%". Rivadeneira y las matemáticas, un solo corazón. El columnista ecuatoriano José Hidalgo Pallares escribió que hay que tomarse en serio el premio de una Asamblea Nacional que tiempo atrás condenó la muerte del Che Guevara porque "fue asesinado estando vivo".

Paz, diálogo, reconciliación. No hay otra salida. Hillary y Trump -la bella y la bestia- se saludaron amablemente antes del debate, después se mataron y finalmente volvieron a saludarse y sonreír. Lo mismo Scioli: le pega a Macri, después calla, después le pega, después calla. No es que siempre le pega. No sangra por la herida. Lo mismo Lilita: sucesivamente intercala palos para el Gobierno (su gobierno) y palos para Cristina y sus secuaces. Súper equitativa. Me gustaría que en la política argentina haya más gestos, más abrazos. Kicillof con Nelson Castro. Milani con Stiuso. El Papa con Massa. Patricia Bullrich con Gómez Centurión. Aníbal con la verdad. Hebe con la vida. Moreno con el nuevo Indec. El país con los inversores.

Y me gustaría también que la pobreza deje de abrazar a tantos argentinos.

Fuente: diario La Nación

28Sep/162

Hay que transformar los subsidios

Por Marcos Aguinis.

En los últimos años, se han multiplicado en la Argentina subvenciones oficiales que no estimulan el trabajo ni el progreso genuinos y que casi equivalen a dádivas; esas mismas ayudas podrían ser repensadas, sin embargo, para promover el empleo y repoblar el país.

Hace poco, Emilio Cárdenas me recordó una sencilla parábola: si siempre se ara en el mismo surco, el surco dejará de ser fértil. Hace muchas décadas que en la Argentina se ara en el surco de los subsidios y los subsidios se han convertido en un recurso bastante estéril. No resuelven los problemas gigantescos de la Nación, aunque parecieran una herramienta de enorme poder. Hay subsidios para casi todo. Para los pobres y los ricos, para los trabajadores y para los empresarios, para los niños, la salud, la educación, la Justicia.

La palabra subsidio proviene del latín y tiene varios orígenes etimológicos. Uno de ellos deriva de sedere (estar sentado). Me sonó a clara denuncia, porque a menudo estimula la pasividad.

Sin embargo, los subsidios no son iguales en los diversos países donde se aplican. En general rigen por un tiempo limitado y están sujetos a una devolución que implica trabajo. En otras palabras, no equivalen a una dádiva.

En la Argentina, en cambio, nos hemos acostumbrado a considerarlos una dádiva. Para colmo, venenosa, porque no estimula el trabajo ni el progreso genuinos. De ahí la propuesta que sugiero, en el sentido de reformularlos hasta la raíz y convertirlos en una fuente con dos objetivos cardinales: incentivar el empleo y repoblar nuestro país.

Las reparticiones públicas que manejan subsidios deberían revisarlos con arte e imaginación, para que se reciban por un tiempo limitado, razonable, justo y eficaz. Y para que estimulen el trabajo o el estudio, no la quietud. Si no se consiguen los medios para devolverlos, caben las tareas sociales: controlar la entrada y salida de las escuelas, vigilar manzanas de barrios inseguros, limpiar calles y veredas, colaborar en los hospitales, brindar asistencia a centros de discapacitados, distribuir comida en zonas pobres, vigilar y denunciar la producción de paco. Pero no "quedarse sentado".

En cuanto a los subsidios que reciben los sectores afortunados, deberán rendir cuenta de su uso y efectuar la debida devolución en el tiempo correspondiente.

Tendemos a suponer que el subsidio es un regalo del cielo. Grave error: ni viene del cielo ni es gratuito. Esta ilusión fue narrada en la Biblia con el milagro del maná. Cuando los fugitivos de Egipto se creían próximos a perecer de hambre, se produjo una lluvia de copos alimenticios que los salvó. En esa etapa cargada de milagros o sucesos asombrosos nada parecía imposible. Pero no volvió a suceder. La lluvia del maná ocurrió una sola vez y tiene resplandores literarios. El subsidio no es su equivalente. Deriva de los impuestos y las recaudaciones que efectúa el Estado. Es el obsequio que una parte de la población hace a otra parte por decisión de los funcionarios de turno.

Son pocos quienes tienen conciencia de la desproporción que existe entre quienes aportan y quienes reciben. Lo detallo: entre 2002 y 2015, el número de empleados públicos aumentó a 4.100.000. La cantidad de jubilados y pensionados a cargo del Estado se expandió a 7,5 millones después de dos grandes moratorias y la estatización del sistema privado. Los planes sociales se multiplicaron hasta abarcar algo más de 8 millones de beneficiarios. En consecuencia, el total de personas a cargo del Estado pasó a 19,6 millones. En el mismo período, los aportantes privados formales sólo subieron a 8,5 millones. La balanza quedó entonces así: 8,5 millones aportan y 19,6 millones reciben. Una relación así no se observa en ningún otro país del mundo y no es sostenible.

Señalé que el segundo objetivo de los subsidios debería ser repoblar nuestro país. Recordemos que hacia fines del siglo XIX y durante el primer tercio del siglo XX se protagonizó una epopeya: llegaron a nuestra tierra columnas de inmigrantes angustiados y hambrientos. Lo hacían sin dinero ni idioma.

Pero la mayoría no se "quedó sentada" en las grandes metrópolis, sino que fue a colonizar campos vacíos, yermos, despreciados. Con grandes sacrificios nacieron pueblos llenos de esperanza. En pocos años se integraron profundamente. Diversas provincias se enriquecieron con la inmigración multitudinaria de italianos, árabes, judíos, españoles, irlandeses y armenios. La Argentina dejaba de ser una infinita región desierta.

Pero la industrialización provocó una concentración urbana que ahora no suena positiva. Se han formado cinturones insalubres donde rugen la carencia de viviendas, incalculables costos en el transporte, aumento de la inseguridad, basurales contaminados, multiplicación del narcotráfico, falta de empleo, insuficiencia sanitaria y decadencia educativa. Se impone, por lo tanto, pensar, programar y efectivizar la desconcentración para obtener, al menos, dos grandes beneficios: que incontables argentinos puedan prosperar dignamente en el interior y que nuestro país les derrame los tesoros infinitos que guardan sus llanuras y montañas, ríos y paisajes.

Para esto no sólo urge desarrollar de nuevo los ferrocarriles y las rutas, sino favorecer la radicación de inversiones en el interior, no en las metrópolis. Viejas y nuevas poblaciones, que parecen condenadas a la inexistencia, deberían ser provistas de escuelas y hospitales, comisarías y comunicaciones. Todas las pymes que se arriesguen a instalarse en zonas alejadas de las metrópolis deberían ser liberadas de impuestos esterilizantes y bendecidas con estímulos a su producción. Ni hablar de las obras de infraestructura que deberían planificarse con criterio estratégico y ponerse a marcha. Todo esto requiere los talentos de la ingeniería social y económica.

Y aquí entran a jugar los subsidios. ¿Cómo? Mediante un sencillo expediente. Serán más altos mientras más lejos se instale quien los recibe. Por el contrario, si la voluntad del beneficiario es quedarse en los cinturones que asfixian y se asfixian en torno a las grandes metrópolis, entonces bajará al mínimo. Así habrá un incentivo económico contundente a desarrollar una vida sana y productiva donde resulta más oxigenante. Para poner en marcha este sueño hace falta que expertos en la materia se apliquen a diseñar los mecanismos que lo hagan posible.

En torno a esto corresponde subrayar la fuerza pedagógica de la nota que se difundió hace poco sobre el padre Pedro y su tarea en la isla de Madagascar. Lo llaman "la Madre Teresa de Madagascar". Es un sacerdote católico argentino que hace cuatro décadas resolvió instalarse en ese país, devastado por la pobreza y la erosión, maltrecho por gobiernos irresponsables y con una población diezmada por el hambre y las enfermedades. Se aplicó a enfrentar esos males con una vocación ejemplar. Logró ganarse la confianza de cientos de miles de habitantes. Puso en marcha tareas sociales bajo la consigna del trabajo, la educación y la disciplina. Nada de dádivas ni favores indebidos. Con la participación de todos se construyeron miles de viviendas, centros de salud, escuelas, cocinas públicas.

Asombra la cantidad de obras producidas por el trabajo sistemático, que ha fortalecido los valores de la moral y la solidaridad. Además de construir viviendas, incluso sobre basurales, el padre Pedro insiste en estimular la educación: no sólo atender la currícula elemental, sino enseñar inglés y francés, además del idioma del país. Conmueve cómo lo rodean y aman los niños, los jóvenes, y cómo lo siguen y escuchan los adultos. Como si fuera poco, ya sacó del hambre a medio millón de criaturas. Hasta consiguió obtener agua potable y, de esa forma, detener epidemias que segaban millares de vidas. El padre Pedro no utiliza otro subsidio que el trabajo y la disciplina. Con la ayuda de algunos subsidios, que abundan en la Argentina, seguro que obtendría mucho más. Es el modelo que deberían observar y seguir muchos líderes sociales.

¿Cómo empezar? Lo sugiere esta nota: habría que "revolucionar los subsidios".

Fuente: diario La Nación.

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