A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

18Ago/161

El botin y el ejemplo

Por Ricardo Lafferriere.

No queremos que suban las tarifas.
No queremos que suban los impuestos.
No queremos que suba la deuda.

Con estos “no queremos” debe lidiar el gobierno, al que a la vez se le exige que no haya cortes de luz, que no falte gas y mucho menos agua, que “baje el déficit fiscal” pero, eso sí, que no lo haga deteniendo la obra pública, ni despidiendo empleados, ni reduciendo salarios. Por supuesto: que ni se le ocurra tampoco reducir los fondos enviados a las provincias, a las universidades, a las obras sociales o al sistema de seguridad social.

Ah...y además, que baje la inflación...

Ese es el cuadro. Si cualquiera de esas cosas no queridas pasa, allí están, con las piedras en la mano, los que gestionaron todo durante más de una década para traernos hasta aquí, listos para hacer tronar el escarmiento.

Puede resultar curioso, pero no extraño. Así funciona el razonamiento populista, distribuyendo los flancos de ataque según la situación. El mensaje requiere, para cerrar, un “pueblo jardín de infantes”. En lo posible, con poca o nula ciudadanía, escasa capacidad de análisis y mucho menos pensamiento crítico. Es compatible con una educación mediocre, poco diálogo y mucho ruido, sin ninguna vocación nacional y una obsesión, permanente, constante, visceral: recuperar el botín.

El botín es el Estado. Se han visto en estos meses y se sigue viendo, la capacidad casi infinita de proveer riqueza a quien lo detente sin escrúpulos. Han salido a la luz mecanismos que –se asegura- son sólo la punta del “iceberg”, pero que han impregnado la totalidad de la estructura pública. Estado nacional, provincias, municipios, entes autárquicos, bancos, organismos de la seguridad social, organizaciones asistenciales, justicia, seguridad… una orgía sin antecedentes en el país –y seguramente pocos en el mundo- con tal grado de angurria, por el lado de quienes tenían el botín en sus manos, y de indiferencia por el lado de quienes eran, en teoría, los dueños, adormecidos por un relato canción de cuna tipo “arroz con leche”, mientras se le vaciaba la casa.

En este escenario y este drama algunos van despertando. Otros quieren volver a adormecerse y seguir soñando (es tan lindo ignorar las cosas y. en todo caso, descargar las culpas en otros…). Y otros han asumido como su obligación personal correr los velos y mostrar las lacras, aun enfrentando la tendencia somnolienta de quienes pretenden adormecerse nuevamente porque no se sienten capaces de mirar de frente tal desquicio.

Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”, canta Serrat. Afortunadamente estamos en la Argentina, especialista en salir de situaciones traumáticas. Pero lamentablemente estamos en Argentina, especialista en escaparle a los problemas sin solucionarlos. Esas dos características de la Argentina están jugando hoy en la escena pública, con protagonistas basculando entre la responsabilidad patriótica y la ventaja oportunista. Porque –también hay que decirlo- tantos años de jardín no fueron gratis y muchos parecen querer seguir eternamente en la niñez. Esperando que papá arregle todo. Enojándose con papá si no trae caramelos. Y atormentando con berrinches infantiles la convivencia hogareña.

El país maduro está cerca, pero requiere constancia en el rumbo y un singular patriotismo. En una sociedad tan afecta a los logros deportivos, tal vez hoy sea útil mirar el ejemplo de Del Potro. Hace apenas tres meses, no sabía siquiera si podría volver a las canchas. No se adormeció: con práctica, tesón, sacrificio, profesionalismo y fundamentalmente una voluntad de hierro, trae una medalla olímpica que nadie le regaló.

El otro ejemplo fue el fútbol.

Esas son las opciones para nuestras vidas individuales. También para el futuro colectivo.

Fuente: blog del autor

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15Ago/168

Carta de lector

Con verdadero estupor advierto que la Municipalidad de Alta Gracia planea la creación de un nuevo museo destinado a exaltar la memoria del asesino serial Ernesto Che Guevara, en una casa en donde vivió en dicha ciudad. Mayor es aún mi sopresa al saber que la Agencia Córdoba Turismo y el ministerio de Turismo de la Nación apoyan tan disparatado proyecto.

Parece increíble que mientras el mundo civilizado avanza en la defensa de los derechos humanos, logra sentar en el banquillo de los acusados a quienes los violaron, a la vez que soporta un nuevo embate sangriento por parte de bandas terroristas, en nuestro país haya funcionarios que perseveran en el intento de homenajear a sombríos personajes que atropellaron esos derechos sin el menor miramiento.

Las acciones del “carnicero de la Cabaña” no sólo son cuestionables, sino decididamente repudiables. Su prédica del odio y la violencia, sus aberrantes crímenes y la monarquía dinástica que ayudó a instaurar en Cuba, cuyos habitantes continúan, desde hace más de medio siglo, sometidos a la miseria y a la ausencia de elementales libertades, no pueden jamás merecer el reconocimiento de un pueblo que anhela vivir en paz y gozar del ejercicio de sus derechos.

Me gustaría preguntarles a los impulsores de este despropósito si quieren que en la Argentina se instaure un sistema como el que Guevra y Castro impusieron en Cuba. Que desaparezca la propiedad privada, que los únicos medios de prensa sean del estado, que el partido único sea el del dictador, que quien opine diferente al gobierno sea encarcelado y quien lo critique fusilado, y que el que intente huir –ya que salir libremente no se puede– merezca una condena a cadena perpetua.

Pretender exaltar estas figuras abominables a la categoría de próceres es una dolorosa demostración de nuestra decadencia moral. Difícilmente podremos reconstruir en nuestro país un ámbito de convivencia respetuosa y armónica, mientras rindamos homenaje de héroes y mostremos como ejemplos a nuestros jóvenes a quienes hiceron de la violencia, el terror, la tortura y la tiranía, su medio de vida.

Si queremos afianzar el sistema republicano y la democracia, consolidar la paz y desterrar para siempre las dictaduras, es menester condenar sin eufemismos ni reservas a todos los que las impusieron y usaron del terror para imponer sus ideas, sin importar cuales sean estas. Pretender justificarlas en algunos porque simpatizamos con los regímenes que propiciaron es una flagrante contradicción, que se asemeja más a la venganza ideológica que a la justicia.

Prudencio Bustos Argañarás

(La Voz del Interior, 15 de agosto de 2016).

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6Ago/162

Cristina Fernández de Lopez

Por Alejandro Borensztein.
Robar, roba cualquiera. El asunto es escapar y disfrutar de la guita libremente sin que nadie te complique la vida.
El éxito del choreo en la política depende básicamente de que se den las siguientes condiciones: que la Justicia mire para otro lado y usted pueda rapiñar con total tranquilidad.
Que usted sea suficientemente hábil, talentoso y profesional como para que nunca lleguen a atraparlo (no es el caso de estos kirchneristas, obviamente).
Favorecidos durante años por la primera condición, o sea la vista gorda de la Justicia, esta dicharachera gavilla de impostores falso progresistas ahora anda buscando por la Patria dónde corno esconder los últimos dólares que les quedaron sin fugar, sin ningún profesionalismo. O sea, no cumplen con la segunda condición.
Está a la vista que sin la impunidad que da el poder sólo les quedó un especial talento para la impericia y el ridículo. Dos cosas con las que, les aviso, muy lejos no se llega.
Lo que supo ser una década de espeto corrido y canilla libre del choreo, terminó con uno de sus jerarcas esposado, golpeándose la cabeza contra una pared de Comodoro Py, al grito de ¡¡¡quiero merca!!! Hay que reconocer que, a la hora de apagarse, el menemismo fue mucho más digno.
Cuesta entender lo que hicieron. Se sabe que los miembros de una banda delictiva no deben mantener contacto entre ellos. Lo vimos en mil películas. Roban, escapan y después ni se hablan. A lo sumo se sientan a leer en el banco de una plaza y se pispean por arriba del diario. Se supone que Ex Ella era una gran cinéfila.
Acá, estos genios se alquilaban los departamentos… entre ellos!!! Ya apareció un contrato de alquiler entre José López y Báez. Los Cirigliano le pagaban el alquiler a Jaime. Lázaro y Cristóbal López le alquilan departamentos a Ex Ella!!! (con la guita que tiene Cristóbal… ¿qué necesidad tiene de andar alquilando??? ). Boudou le alquilaba a Vanderfrula!!! Y el mismo Báez, con toda la tierra que tiene, construyó un edificio arriba de un terreno de… los Kirchner!! ...y después le pagaba un alquiler!! Explicámela. No entiendo por qué en lugar de meterse en política no se pusieron una inmobiliaria y se dejaban de joder.
La Justicia, que habilitó este zafarrancho, finalmente le embargó a De Vido la famosa chacra y le arruinaron al ex ministro la posibilidad de hacer un negoción. Ubicada en el mejor club de campo del país, con 40.000 metros cuadrados propios de parque, una buena casa, quincho, pileta, arbolitos y pajaritos, no baja de un palo dos, un palo cuatro. Verdes, obviamente. Pero si a eso le sumamos todo lo que la gente imagina que el tipo podría haber enterrado en ese lote, es muy posible que le hubieran pagado más de lo que se pagó por Skorpios, la isla privada de Onassis. Era el momento justo para venderla. Una pena.
Igual situación le cabe al Meriva de José López que hoy vale los mismos 12.000 dólares de mierda que valía el domingo pasado. Pero el martes a las 2 de la mañana esa Meriva valía 9.012.000 dólares, diez Rolex y una ametralladora ideal para quien quisiera liberar Saigón.
Es el grotesco en su máxima expresión. Dicen que en Santa Cruz supo haber tantos dólares enterrados que cuando hacen una perforación el agua sale verde.
Sin embargo, no sería justo que esta inolvidable comedia delictiva nos impida recordar la forma en que gobernaron. No confundamos los males. No sea cosa que pasen a la historia como burdos chorros cuando en realidad fueron los administradores más inútiles de la civilización occidental, tal vez detrás de Calígula.
La cruda realidad es que después de disponer de la mayor bonanza regional de la historia, dejaron más pobreza, más inseguridad, más narcos, más timba, más laburo en negro, más inflación, más déficit, más carga impositiva, más conflictividad con el mundo, menos energía, menos infraestructura, menos reservas en términos relativos, los ricos son más ricos que nunca, ensuciaron la lucha por los derechos humanos, tergiversaron la historia, usaron los medios para propaganda neofascista, se apropiaron de la democracia, se llevaron puesto el Poder Legislativo, casi se llevan puesto el Judicial y quisieron incendiar la Constitución misma. De yapa, armaron una mezcolanza ideológica tal que pretendieron hacernos creer que Margarita, Lilita, Fernández Meijide o Magdalena eran la derecha, mientras Boudou, Larroque, Milani o Insfrán eran la izquierda.
Gobernaron como robaron. Con la misma facilidad que da la abundancia y la misma impericia que provoca la ignorancia.
Todo este espectáculo aplasta la consigna “Vuelve Cristina” que lanzaron algunos patriotas que resisten contra la dictadura de Cambiemos, como D’Elia, Sabbatella, Moreno o ése de barba candado que actúa en C5N.
Yo no les rompería la ilusión de volver al poder, pero me da la impresión que estos últimos episodios no les estarían sumando muchos votos.
De hecho, hay gente que ya los da por terminados y ha anunciado el final del kirchnerismo. Humildemente, no estaría tan seguro.
Aunque cada vez sean menos y ya no tengan chances de ganar una elección de nada, queda un grupo compacto de militantes y votantes de buena fe que sienten un amor incondicional por Ex Ella. No habrá toneladas de dólares escondidos en los colchones de las habitaciones fantasmales del Alto Calafate por descubrir, que apague ese sentimiento.
Sin embargo todos ellos, como el resto del país, saben perfectamente la verdad, aunque jamás lo reconocerían públicamente. Para el núcleo duro kirchnerista, en el fondo el dinero apropiado por sus Jefes era un daño colateral, un mal necesario. Hacía falta mucha guita para derrotar a los grupos concentrados, a Obama y a Majul. A juzgar por los resultados, se ve que no juntaron la suficiente. Para ellos, lo de López y las monjitas, en todo caso, es simplemente la historia de uno que se excedió. Curiosamente, lo mismo que decía Videla.
Al menos, espero que nos eviten la imagen de Cristina Fernández de López corriendo una noche por las calles de Río Gallegos, en bata y pantuflas, arrastrando una Samsonite mal cerrada a la que se le asoman algunos billetes que van flameando con el viento.
La suerte parece echada y la historia se los morfa. El peronismo ya los va dejando en el camino.
Cabe como reflexión final para todos los que ahora se asombran, ¿qué parte de todo esto no sabían?
Reconozco que esta columna no me salió muy divertida que digamos.
Lo que pasa es que a veces, a la hora de intentar hacer humor político en la Argentina, es imposible competir con la realidad.
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29Jul/161

Los godos del emperador Valente

Por Arturo Pérez-Reverte.

En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila.

Por diversas razones –entre otras, que Roma ya no era lo que había sido– se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces.

En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.

Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte.

El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso –Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire– tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.

Pagamos nuestros pecados. La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais –religión mezclada con liderazgos tribales– hacen difícil la democracia, pusieron a hervir la caldera. Cayeron los centuriones –bárbaros también, como al fin de todos los imperios– que vigilaban nuestro limes.

Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros –en el sentido histórico de la palabra– que cabalgan detrás. Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo.

Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron. Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados. Los condenan nuestro egoísmo, nuestro buenismo hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros.

A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada.

La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa –y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia– queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939.

Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias.

Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción. El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio.

Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida. Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades.

Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre. Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse.

Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho.

Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder.

El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa.

Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana –no todos eran bárbaros– ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa.

Ninguna pax romana beneficia a todos por igual. Y es que no hay forma de parar la Historia. «Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo, en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros.

Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables. Una es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo.

Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar.

La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes. Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene.

Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue. Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso. Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual.

Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes –llegado el caso– de la digna altivez del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney. Ya es hora de que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos.

Fuente: Patente de corso (blog del autor)

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26Jul/161

¿Hacia dónde vamos?

Por Ricardo Lafferriere.

La política tiene dos etapas: la de lucha –agonal- y la de construcción –arquitectónica-. Un año sin elecciones es un buen momento para dialogar. Ya habrá, cuando lleguen los comicios, tiempos de discutir.

El 2015 los argentinos elegimos un rumbo. Debiéramos ahora, en la construcción de ese rumbo, encontrar espacios de diálogo. Y debe reconocerse que, a pesar de las tensiones que trasladan al presente la proliferación de hechos de corrupción del tiempo que se fue, hemos sido aceptablemente exitosos en comenzar a elaborarlos.

El parlamento, donde nadie manda, obliga a responder a los ciudadanos con madurez. Ha dado muestras en este año de una práctica dialoguista aprobando leyes importantísimas –como la de la ratificación de la ley de ministerios, el arreglo de la deuda externa, la designación de los jueces faltantes en la Corte, la ley de autopartes, la ley de promoción de Pequeñas y Medianas Empresas, la ley de blanqueo e incluso la ley de reforma previsional- tratadas y sancionadas con la casi olvidada práctica virtuosa de considerar las iniciativas enriqueciéndolas con el aporte de todas las voces, salvo las que decidan automarginarse y elijan –en todo su derecho- el discurso testimonial.

Las fuerzas políticas con historia y vocación de gobierno han respondido asumiendo la gravedad del momento y la responsabilidad que tienen. Superando sus naturales disensos internos, han sabido lograr resultados. El sistema político argentino se está rearmando girando alrededor del tratamiento de los problemas y dejando libertad para que quienes prefieren situarse en el margen lo hagan, pero sin afectar la marcha de la gestión y de la sociedad.

Es obvio que en política un cambio copernicano como el que se ha producido luego de una gestión de más de una década no podía ser lineal y no lo es. El rumbo de colisión, advertido durante mucho tiempo por quienes fueron oposición en ese lapso pudo evitarse, y con él el estallido del campo minado que el país debió atravesar y aún atraviesa, no sin asumir decisiones que en tiempos normales cualquier gobierno hubiera evitado cuidadosamente por su efecto en el ingreso de los ciudadanos.

Debe reconocerse, sin embargo, que ante el horizonte que se visualizaba hace un año –ejemplificado por el drama que atraviesa el hermano pueblo venezolano- la conducción de estos meses ha sido exitosa en impedir un colapso gigantesco. Es mérito del gobierno, está claro, pero también de la oposición responsable.

El rumbo estratégico es lo que hoy debiera convocar a un diálogo más franco entre quienes, en el gobierno y en la oposición con vocación de gobierno, se sienten responsables de la marcha del país. Unos y otros conducirán la Argentina en los momentos en que el pueblo lo decida. Por eso y sin perjuicio de las naturales luchas “agonales”, el país necesita, de cara al mundo, una orientación permanente de sustentabilidad.

El país no puede empezar de nuevo en cuatro años. Es más: no puede dejar dudas que no intentará empezar de nuevo en cuatro años. Esa tarea no es sólo responsabilidad del gobierno, sino de quienes puedan sucederlo. Y –también debe reconocerse- con rispideces y alguna intemperancia, en la oposición madura esta actitud se insinúa, tanto con el trabajo parlamentario como con los acuerdos entre la Nación y las provincias, que expresan un colorido plural de orígenes políticos pero ello no resulta óbice para el trabajo cooperativo.

Es natural en política que cada uno “busque posicionarse” de cara a sus posibilidades electorales, se encuentre gobernando o aspire a hacerlo en el futuro. Sin embargo, esa búsqueda deja de ser natural si pone en riesgo el horizonte de largo plazo, que debieran aclarar entre las fuerzas mayoritarias con la mayor contundencia posible, para ayudar a definir actitudes de inversión, no sólo externas sino –y principalmente- internas, de aquellos compatriotas que están en condiciones de incidir, con sus decisiones económicas, el país que volveremos a construir.

Hay y habrá siempre innumerables temas para discutir y construir el mensaje electoral de cada uno, en el momento de la lucha. Así ocurrió en tiempos del anterior gran salto adelante, durante el medio siglo que fue de 1880 a 1930. Los protagonistas discutieron duramente por el matrimonio civil, la ley de educación, la ley de servicio militar, la ley de sufragio libre, la ley de arrendamientos y otras iniciativas de diverso orden. Sin embargo, el rumbo estaba claro para todos y el resultado fue la multiplicación de la población y el crecimiento constante del producto, convirtiendo a la Argentina en uno de los países más avanzados de su época.

El escenario global hoy nos muestra una agenda que no podemos evadir y que debemos enfrentar en conjunto, como comunidad nacional. Es una nueva oportunidad, no ya sólo por nuestra coyuntura económica y política, sino por la coyuntura mundial.

Cambios portentosos en el plano tecnológico están diseñando un nuevo mapa productivo, que repercute en un nuevo alineamiento geopolítico.

Grandes de otra época empequeñecen y pequeños de otra época se agrandan. Una gran dinámica binaria de sociedad-rivalidad entre los dos principales protagonistas del escenario mundial –EEUU y China- pone el marco y define los perfiles por los que debemos transitar y aprovechar, según nuestras posibilidades.

Nuevos mercados de financiamiento y de comercio, nuevos competidores y nuevas potencialidades propias indican la necesidad de nuevas actitudes. Los cultivos extensivos que nos permitieron el gran salto de hace un siglo siguen –parece mentira- aportando su fuerza y son aún hoy la última reserva estratégica del país.

Sin embargo, ellos solos ya no nos permiten crecer. Hoy lo dinámico es el conocimiento, la tecnología aplicada, el emprendedurismo con vocación global, la agregación de inteligencia, la incorporación a las cadenas globales de valor construyendo eslabones competitivos basados en la capacidad creadora de nuestra gente, la economía verde, la infraestructura modernizada, la inteligencia artificial y la robótica, el Estado abierto, la gestión en red. En síntesis, la educación, la capacitación permanente, los desafíos tecnológicos.

Y sí. Es obvio que siempre se pueden hacer mejor las tareas desagradables, como la actualización de las tarifas para reconstruir nuestro sistema energético. Y si se mejoran, también serían aún más mejorables. Sólo que es mucho más necesario poner el calor reflexivo en la agenda grande de lo que viene, más que gastarlo en lo que, en pocas semanas más, pertenecerá al anecdotario del que no se recordará nada.

Los argentinos nos merecemos más. Entre otras cosas, no ser tratados como chicos de Jardín, ni por el gobierno, ni por la oposición, ni por los periodistas, ni por los “monos y monas” sabios de la inteligencia criolla.

Fuente: blog del autor

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21Jul/161

Es la guerra santa, idiotas

Por Arturo Pérez Reverte

Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».

Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».

Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».

A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

Fuente: blog del autor

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2Jul/160

LOS CORDOBESES Y EL CONGRESO DE TUCUMÁN

Por Prudencio Bustos Argañarás

La grotesca farsa que fue la Asamblea del Año XIII había causado gran malestar en las provincias, que desde 1810 soportaban la dominación de Buenos Aires. Su principal “legado” fue la creación del cargo de director supremo, que como un monarca absoluto concentraba la suma del poder. A los diputados de la Banda Oriental, que llevaban el mandato de declarar la independencia, no los dejaron incorporarse. Posadas declaró a Artigas traidor a la Patria, puso precio a su cabeza y envió una delegación a felicitar a Fernando VII por su restitución en el trono.

Carlos María de Alvear, que sucedió a su tío Posadas, pidió a Gran Bretaña que enviara tropas “que impongan a los genios díscolos y un jefe autorizado que empiece a dar al país las formas que sean del beneplácito del Rey”, perpetrando el peor acto de traición de nuestra historia. Pocos meses después, en abril de 1815, fue obligado a renunciar y el cabildo porteño volvió a asumir el gobierno, designando al nuevo director.

La sanción de un Estatuto Provisional abiertamente centralista colmó la paciencia de las provincias, que lo rechazaron, con excepción de la cláusula que convocaba a un congreso general constituyente en San Miguel de Tucumán. La Banda Oriental, Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos, por su parte, formaron la Liga Federal para resistir los atropellos del Puerto.

Los cordobeses forzaron la renuncia de Ortiz de Ocampo y el 29 de marzo de 1815 un cabildo abierto eligió gobernador a José Javier Díaz, poniendo fin a la lamentable práctica, instaurada en 1810, de designar los gobernadores desde Buenos Aires. Nueve días más tarde la Provincia se declaró independiente y pasó a integrar la Liga Federal, “bajo los auspicios y protección del digno jefe de los orientales”.

Reunida en el Congreso de Oriente, la Liga decidió no asistir a Tucumán, con lo que Córdoba no estuvo de acuerdo. Para intentar revertir tal decisión, envió ante Artigas una comisión, con el mandato de procurar “remover todos cuantos obstáculos sean impeditivos de la más pronta reunión del Congreso general”.

La Liga aceptó mandar a Buenos Aires una comisión para negociar, de la que Córdoba formó parte, pero llegados allí fueron encarcelados en un barco, mientras el director Álvarez Thomas enviaba un ejército contra Santa Fe y alentaba a los portugueses a invadir el Uruguay, aventando todo intento de conciliación.

A pesar de ello, Córdoba decidió participar en el Congreso, a cuyo fin eligió diputados a los doctores José Antonio Cabrera, Miguel Calixto de Corro y Gregorio Funes –que no aceptó–, al licenciado Jerónimo Salguero de Cabrera y a Eduardo Pérez Bulnes. Corro fue enviado por el Congreso para intentar la firma de un tratado de paz entre Santa Fe y Buenos Aires, logrando un preacuerdo que los porteños se negaron a ratificar.

Por primera vez se logró reunir un congreso fuera de Buenos Aires con representación proporcional de todas las provincias, y su consecuencia fue la declaración de nuestra independencia de España “y de toda otra dominación extranjera”.

Abierto el debate sobre la forma de gobierno que se adoptaría, los cuatro cordobeses se manifestaron en favor de la republicana, en particular Cabrera, a quien Ambrosio Funes, hombre cercano a los intereses del Puerto, ridiculizaba en carta a su hermano el deán. “Cabrerita anda siempre gritando y porfiando por la república democrática”, le decía.

Los republicanos se dividían entre quienes propiciaban el sistema unitario y el federal. Estos últimos contaban con el liderazgo de los cordobeses y el apoyo de hombres de otras provincias e incluso de algunos porteños, como Tomas Manuel de Anchorena.

Entre los monárquicos había quienes propiciaban la coronación de un descendiente de los incas, sostenida por Manuel Belgrano, y quienes se inclinaban en favor de un príncipe portugués. Se distinguían asimismo los partidarios de establecer la capital en el Cuzco, encabezados por el catamarqueño Manuel Antonio Acevedo, de los que se inclinaban por instalarla en Buenos Aires, capitaneados por el porteño Esteban Agustín Gascón.

El doctor Corro fue acusado de haber ayudado a sustraer correspondencia dirigida desde Buenos Aires al Congreso en la posta de Cabeza de Tigre. La falsedad del cargo fue debidamente probada gracias a la firme defensa de sus coterráneos, pero el tema generó una fuerte tensión.

En agosto de 1816 se levantó en armas Juan Pablo Bulnes y derrocó a José Javier Díaz, lo que fue aprovechado por los centralistas para retomar la nefasta práctica de impedir a los cordobeses la elección de su gobernador, designando arbitrariamente a Ambrosio Funes, suegro de Bulnes, mientras que el diputado Pérez Bulnes, fue expulsado por ser “hermano del jefe de los insurrectos”.

Fracasada la elección de la forma de gobierno, los congresales porteños comenzaron a presionar para que el Congreso se trasladara a su ciudad. Unos argumentaban que debía alejarse del campo de operaciones del ejército peruano, mientras otros sostenían la conveniencia de aproximarlo al Río de la Plata, a causa de la invasión de los portugueses a la Banda Oriental. Curiosa contradicción con la que el centralismo pretendía justificar la mudanza tanto en la necesidad de distanciarse del frente de batalla como de acercarse a él.

Con la firme oposición de Cabrera, Corro y Salguero de Cabrera, el Congreso aprobó finalmente el traslado. El 4 de febrero de 1817 se realizó la última sesión tucumana y el 12 de mayo tuvo lugar la primera en Buenos Aires. Cabrera y Corro se negaron a trasladarse, por lo que Córdoba quedó con un solo diputado hasta el 6 de noviembre de dicho año, en que la Asamblea Electoral eligió al doctor Alejo de Villegas y al licenciado Benito Lazcano. La guerra civil volvería pronto a estallar.

Fuente: La Voz del Interior

30Jun/161

Las banderas de Belgrano

Por Prudencio Bustos Argañarás

Los ejércitos enviados por la Junta porteña constituida en 1810 para someter a los pueblos del virreinato en nombre de Fernando VII, enarbolaban la misma bandera que las tropas a las que se enfrentaban, es decir, la española. Ello era así por cuanto la contienda que se estaba librando era una guerra civil entre súbditos del mismo rey, lo que creaba grandes problemas para identificar en la batalla a propios y ajenos.[1]

Advertido de ello, el 27 de febrero de 1812 Manuel Belgrano escribió al Triunvirato desde las cercanías de Rosario, informándole que “siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional”.[2]

Los triunviros desaprobaron la decisión por considerarla “una influencia capaz de destruir los fundamentos con que se justifica nuestras operaciones”, le exigieron “la reparación de tamaño desorden” y le ordenaron que

haga pasar como un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente y subrogándola con la que se le envía, que es la que hasta ahora se usa en esta fortaleza y que hace el centro del Estado, procurando en adelante no prevenir las deliberaciones del gobierno en materia de tanta importancia.[3]

La enviada por el Triunvirato, “que hasta ahora se usa en esta fortaleza”, no era otra que la española, como lo demuestra la carta del ingeniero militar inglés Juan de Rademaker, enviado a Buenos Aires por la corte lusitana. Está fechada el 10 de junio de ese mismo año, y al relatar su partida de regreso, dice que “a bandeira espanhola ainda se ve nas baterias, despendindose pela ultima vez do Rio da Prata”.[4]

El 27 de junio siguiente, al enterarse de que Belgrano, ya jefe del Ejército del Norte, había vuelto a izar su bandera en Jujuy, lo amonestó severamente advirtiéndole que “esta será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad”. La reacción del Triunvirato era congruente con el tratado firmado el 20 de octubre del año anterior con Francisco Javier de Elío, al que se lo reconocía como virrey, se reafirmaba la unidad de la nación española y se reiteraba el compromiso de no admitir otro monarca que Fernando VII. Belgrano respondió disculpándose y aclarando, respecto a la bandera, que “la he recogido y la desharé para que no haya ni memoria de ella”.[5]

No he hallado ningún documento en que se mencionen el orden y la distribución de los colores de esa primitiva bandera, pero existen dos que fueron usadas por Belgrano en el Alto Perú, una blanca con una banda celeste en medio y otra celeste con una banda blanca en medio. Ambas fueron halladas en 1885 en la capilla de Titiri, perteneciente a la parroquia de Macha, en la Provincia de Potosí, en donde fueron escondidas después de la derrota de Ayohuma. La primera se exhibe en el Museo de la Casa de la Libertad de la ciudad de Sucre, mientras que la segunda fue donada a la Argentina por el gobierno de Bolivia en 1896 y se encuentra en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires.

BanderaRéplica de la bandera de Macha obsequiada por Bolivia a Salta

En lo personal, opino que la bandera enarbolada por Belgrano en las márgenes del Paraná tenía dos franjas, blanca arriba y celeste abajo, como la que aparece en el retrato que el general se hizo pintar en Londres por Francois Casimir Carbonnier en 1815. Fundamento mi presunción en que la lógica indica que el artista reprodujo la enseña que el mismo Belgrano le indicó.

Ahora bien, más allá de su distribución, resulta pertinente preguntarse cuáles fueron las razones que movieron a Belgrano a elegir esos colores que hoy lleva nuestra bandera nacional. Habida cuenta de que el prócer no dejó ninguna indicación al respecto, solo nos es permitido exponer conjeturas. Algunos afirman que se inspiró en los colores del cielo, mientras otros sostienen que tomó los del manto de la Virgen María en las imágenes en que se la venera como la Inmaculada Concepción.

Como tercera hipótesis, me inclino a pensar que la elección provino del proyecto de Belgrano de coronar como rey de estas tierras a un vástago de la Casa de Borbón, lo que enseguida relataré. Fundo dicha sospecha en que esta dinastía tiene como propios los citados colores, al punto que la banda de los caballeros de la Orden de Carlos III es exactamente igual a la que llevan los presidentes argentinos.

La Real y Muy Distinguida Orden de Carlos III, instituida por dicho monarca el 19 de setiembre de 1771 para premiar notables servicios prestados a la Corona y confirmada por el Papa Clemente XIV el 21 de febrero de 1772, dispone que los caballeros que pertenecen a ella lleven “una banda de seda de 101 milímetros de ancho de color azul celeste, con una franja central de color blanco, de 33 milímetros de ancho. Dicha banda se unirá en sus extremos mediante un rosetón picado, confeccionado con la misma tela que la banda, del cual penderá la venera de la Real Orden. La venera es una cruz ensanchada con cuatro flores de lis, que lleva en el centro un óvalo con la imagen de la Inmaculada Concepción, Patrona de la Orden, lo que abona una de las teorías antes expuestas. La rodea la divisa “Virtuti et merito”.

BandaVenera

 

Banda, rosetón y venera de la Orden de Carlos III

Esto puede confirmarse a través de los retratos de Carlos IV y sus hijos, de Fernando VII, del duque de San Carlos, del cardenal Luis María de Borbón y Villabriga, etc., en los que todos ellos, hasta el más pequeño, aparecen con una banda cruzada sobre su pecho con los mismos colores de nuestra bandera, como así también de las de Guatemala, Nicaragua y El Salvador.

Carlos IVGoya   Fernando VII

Carlos IV, su familia y Fernando VII, pintados por Francisco de Goya

            La vocación monárquica de Belgrano fue una constante a lo largo de su vida. Ya en 1808 militaba en el grupo de los carlotinos, que propiciaban la designación como regente de la infanta Carlota Joaquina de Borbón, hija de Carlos IV y mujer del entonces infante don Juan de Portugal. En un informe dirigido al conde de Linhares el 15 de noviembre de 1808, el agente lusitano Felipe Contucci incluía en dicho grupo a más de un centenar de personas. Además de Belgrano, la lista comprendía a Mariano Moreno, Saavedra, Paso, Azcuénaga, Chiclana, Posadas, Beruti, los Pueyrredón, los hermanos Gregorio y Ambrosio Funes y muchos más.[6]

También estaban Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Castelli e Hipólito Vieytes, quienes el 20 de setiembre de 1808 enviaron, junto con Belgrano y Beruti, una Memoria a la princesa, acusando al vizcaíno Martín de Álzaga de no haber cesado, desde 1806, “de promover partidos para constituirse en gobierno republicano so color de ventajas, inspirando estas ideas a los incautos e inadvertidos”.[7] Es bien sabido que Álzaga fue ahorcado cuatro años más tarde junto con otros treinta y siete hombres, acusados de preparar una de las tantas conspiraciones que hubo en esa etapa de nuestra historia.

Como el plan de nombrar regente a Carlota Joaquina se complicaba a causa de la oposición de su marido y del gobierno inglés, que en definitiva lo harían fracasar, Belgrano probó suerte con el infante don Pedro Carlos de Borbón y Braganza, primo hermano de aquella. Esta vez fue él mismo quien le escribió al conde de Linhares el 13 de octubre de 1808 pidiéndole que “no se difiera un instante su venida”, ante el temor de que “corra la sangre de nuestros hermanos, sin más estímulo que el de una rivalidad mal entendida y una vana presunción de dar existencia a un proyecto de independencia demócrata”.[8]

Tampoco prosperó este proyecto y un año más tarde Belgrano retomó el intento de persuadir a Carlota Joaquina. El 13 de agosto de 1809 le informaba alarmado acerca de la revuelta ocurrida en La Paz, a la vez que le advertía que “si V.A.R. no se digna tomar la determinación de venir a apagar el incendio (…) han de crecer los males que ya estamos padeciendo. Los momentos son los más preciosos para que V.A.R. tome la mano en estos dominios”.[9]

El 23 de junio de 1810, siendo ya vocal de la Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata a nombre del Rey Nuestro Señor don Fernando VII[10], escribía en El Correo de Comercio: “por patricios entendemos a cuantos han tenido la gloria de nacer en los dominios españoles, sean de Europa o sean de América, pues que formamos todos una misma Nación y una misma monarquía, sin distinción alguna de nuestros derechos y obligaciones”.[11]

Dos meses más tarde partió al mando de un ejército destinado a someter al Paraguay. Luego de salir airoso de una escaramuza en el pueblo de Candelaria, arengó a la tropa con estas palabras:

Soldados: vais a entrar en territorios de nuestro amado Rey Fernando VII que se hallan oprimidos por unos cuantos facciosos (…) manifestad con vuestra conducta, que sois verdaderos soldados de nuestro desgraciado Rey (…) haced palpable a los pueblos y habitadores de la banda septentrional del Paraná, la notable diferencia que hay de los soldados del Rey Fernando VII, que le sirven y aman de corazón y son gobernados por jefes que están poseídos sinceramente de esos sentimientos nobles, a los que solo tienen el nombre del Rey en la boca, para conseguir sus malvados e inicuos fines. Soldados: paz, unión, verdadera amistad con los españoles amantes de la Patria y del Rey; guerra, destrucción y aniquilamiento a los agentes de José Napoleón, que son los que encienden el fuego de la guerra civil (…) haced que estos pueblos os deban el uso de sus derechos, arrancadles las cadenas y haceos dignos de la patria a quien servís y del infeliz Rey a quien aclamáis.[12]

Él mismo relató años después que durante la batalla de Tacuarí, al ser intimado a rendirse por parte del coronel Manuel Atanasio Cabañas, “contesté que por primera y segunda vez había dicho a sus intimaciones que las armas de Su Majestad el señor don Fernando VII no se rinden en nuestras manos”.[13] Luego de ser derrotado le escribía al mismo Cabañas, asegurándole ser “vasallo de Su Majestad el Señor don Fernando séptimo”, y añadiendo que “aspiro a que se conserve la monarquía española en nuestro patrio suelo”.[14]

A fines de 1814, el director Posadas envió a Belgrano y a Bernardino Rivadavia a España, con la misión de felicitar al rey por su restitución en el trono y manifestarle “las más reverentes súplicas para que se digne dar una mirada generosa sobre estos inocentes y desgraciados pueblos, que de otro modo quedarán sumergidos en los horrores de una guerra interminable y sangrienta”. A causa de la actitud cerrada de Fernando, que se negó a recibirlos, Rivadavia y Belgrano le escribieron a su padre Carlos IV, exiliado en Roma, “a fin de conseguir del Justo y Piadoso Ánimo de su Majestad la institución de un Reino en aquellas provincias y cesión de él al Serenísimo señor Infante don Francisco de Paula, en toda y la más necesaria forma”.[15]

La petición, que fue llevada por el conde de Cabarrús, iba acompañada de un proyecto de Constitución para el Reino Unido del Río de la Plata, Perú y Chile redactada por Belgrano, cuyo artículo 1° disponía que “los colores de su pabellón serán blanco y azul celeste”.[16] Huelga aclarar que la petición no fue concedida, a pesar de las presiones que sobre el ex monarca ejercieron su mujer, María Luisa de Parma, y Manuel Godoy.

Durante las sesiones del Congreso de Tucumán, antes de ser declarada la Independencia, Belgrano propuso la creación en estas tierras de un reino y la coronación de un descendiente de la dinastía incaica. Es obvio que la idea no tuvo éxito, a pesar de que fue apoyada por muchos congresales, pues de inmediato el grupo que lo apoyaba se fracturó entre quienes propiciaban instalar la capital en el Cuzco y los porteños, que querían que estuviera en Buenos Aires.

Tres años más tarde Belgrano seguía empeñado en reinstaurar una monarquía. En 1819, luego de sancionada la constitución unitaria que las provincias rechazaron, le decía en carta a José María Paz que se había opuesto al sistema republicano, pues “no teníamos ni las virtudes ni la ilustración necesarias para ser República y que era una monarquía moderada lo que nos convenía. No me gusta ese gorro y esa lanza en nuestro escudo de armas, y quisiera ver un cetro entre esas manos”.[17]

A nadie debe sorprender que Manuel Belgrano, al igual que José de San Martín y la mayor parte de los próceres de aquellos años, fuesen partidarios del régimen monárquico, el único que habían conocido y el que existía por entonces en todo el mundo, con la sola excepción de los Estados Unidos, cuyo futuro era aún una incógnita. Aclaremos por otra parte que el sistema que propiciaban, a diferencia del absolutismo que Fernando VII había restablecido en España, era una monarquía atemperada y controlada por un parlamento, a semejanza del que imperaba en Inglaterra, y que rige hoy en todas las monarquías europeas.

[1] La visión del autor acerca de los acontecimientos de mayo de 1810 está expuesta en el libro Luces y sombras de Mayo (Córdoba 2012, 2ª edición).

[2] El mismo Belgrano había sido quien, catorce días antes, había enviado una nota al triunvirato pidiendo autorización para sustituir la escarapela roja que llevaban sus hombres por una con los colores blanco y azul-celeste. El gobierno accedió a ello el día 18, disponiendo que de allí en más “deberá componerse de los dos colores blanco y azul celeste, quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían”.

[3] Cfr. CALVO, Charles, Annales historiques de la révolution de l'Amérique latine, volumen 2, París 1865, pág. 28.

[4] Cfr. GANDÍA, Enrique de, Historia de las ideas políticas en la Argentina, tomo III, Las ideas políticas de los hombres de Mayo, Buenos Aires 1965, págs. 213 y 214.

[5] Cfr. CALVO, Charles, op. cit., págs. 28 y 29.

[6] Cfr. LOZIER ALMAZÁN, Bernardo, Proyectos monárquicos en el Río de la Plata 1808-1825, Buenos Aires 2011, pág. 53.

[7] Cfr. INSTITUTO NACIONAL BELGRANIANO, Documentos para la Historia del general don Manuel Belgrano, vol. 3, parte 1, Buenos Aires 1998, pág. 20.

[8] Cfr. ibíd., pág. 61.

[9] Cfr. CORIGLIANO, Francisco, “Buenos Aires y Boston: dos focos revolucionarios, dos ciudades pioneras en el camino hacia la Independencia”, en El bicentenario de la Revolución de Mayo, Mar del Plata 2010, pág. 22.

[10] El propio Belgrano confiesa que no formó parte de quienes promovieron la Revolución de Mayo. “Aunque no siguió la cosa por el rumbo que me había propuesto –relata en su autobiografía–, apareció una junta de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por donde” (cfr. BELGRANO, Manuel, Fragmentos autobiográficos, Buenos Aires 2007, pág. 24).

[11] Cfr. GANDÍA, Enrique de, op. cit., tomo III, pág. 193.

[12] Cfr. Gazeta de Buenos Ayres, 3 de enero de 1811.

[13] Cfr. Ibíd., pág. 187.

[14] Cfr. Biblioteca de Mayo…, op, cit. tomo 14, Buenos Aires 1963, pág. 66.

[15] Cfr. GANDÍA, Enrique de, op. cit., tomo III, págs. 221 a 227.

[16] Cfr. MÁRQUEZ, Armando Mario, "Manuel Belgrano jurista: Proyecto de Constitución para el Reino Unido del Río de la Plata, Perú y Chile", en Segundo Congreso Nacional Belgraniano, Buenos Aires 1994, pág. 287.

[17] Cfr. Anales del Instituto Belgraniano Central, Nos 1 a 4, Buenos Aires 1979, pág. 137.

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14Jun/161

Al amparo del pensamiento mágico

Por Adrián Simioni

Si el lunes los dueños de las estaciones de GNC de 
Córdoba logran frenar con un amparo la suba del combustible, con el argumento de que así se garantiza la viabilidad de sus negocios, habrá sido otro gran día para el pensamiento mágico argentino. Capaz que se queden cortos. Ya que todo es tan sencillo, deberían exigir que directamente les suministren gratis el GNC. De ese modo, 
podrían vender incluso más.

Total, el mismo sujeto abstracto que ellos pretenden que cubra la diferencia entre lo que cuesta producir gas y el precio que ellos pagan seguramente podría hacerse cargo también de esa brecha. Total, acá se dicen y se hacen cosas así todo el tiempo, después de todo.

No son los únicos. En los barrios, los grupos de WhatsApp arden con arengas para firmar amparos colectivos contra las subas del gas residencial.

“El mes pasado pagué $ 69; hoy tengo que pagar $ 1.758”, cuenta una mujer en uno de esos grupos. A todos sorprende la segunda cifra, pero no la primera: el precio de menos de dos paquetes de cigarrillos al mes para calefaccionar, calentar el agua y cocinar en una vivienda estándar.

Cristina Fernández nos dejó gas. Pero qué mágica fue la década en la que vivimos como si el crudo costara 30 dólares el barril, cuando en realidad costaba más de 100. También fue mágica para la familia Kirchner y sus conocidos.

Entre otras cosas, esos precios deprimidos llevaron a Repsol a invertir en cualquier lugar del mundo menos acá, con la venia oficial. Néstor le permitió no reinvertir las utilidades y repartirlas. A cambio, Repsol debía “prestarles” parte de esas utilidades a los Eskenazi, unos viejos amigos de los Kirchner, que las usaron para “comprar” un cuarto de YPF.

Los mismos a los que todo aquello no sorprendió en su momento hoy se rasgan las vestiduras porque el ministro de Energía y Minería, Juan José Aranguren, tiene acciones en Shell. Por suerte, la Justicia ya interviene para definir si hay incompatibilidad y si se violó la Ley de Ética Pública.

No como pasó con Lázaro Báez o Cristóbal López, que como jamás habían tenido nada que ver con el petróleo, no tuvieron necesidad de ser investigados cuando, en 2006 y sin ninguna trayectoria, les ganaron 14 concesiones petroleras de Santa Cruz a YPF, Tecpetrol, Enap Sipetrol, Petrobras, Pluspetrol, Roch y Geopark.

Aranguren tiene, declarados, 16 millones de pesos en acciones clase A de Royal Dutch Shell PLC, que es la central multinacional de Shell en Holanda. No son acciones de Shell Argentina, que, como todo el mundo sabe, no cotiza en Bolsa alguna. Shell Argentina es una parte minúscula de Royal Dutch Shell.

Para lograr que el valor de las acciones de la séptima mayor compañía de cotización bursátil en el mundo se incremente, Aranguren debería darle beneficios infinitos a una sección tan marginal como Shell Argentina.

En 2009, la Shell mundial facturó 279 mil millones de dólares (el peor nivel en 15 años). Shell Argentina facturó unos 2.070 millones de dólares. El 0,7 por ciento del total. O sea: para incrementar el valor de sus acciones en menos del uno por ciento, Aranguren debería lograr que sus medidas multipliquen por dos el valor de Shell Argentina.

Es como querer agrandar la superficie terrestre ganándole margen al río Suquía. Aun terraplenándolo, no agregaríamos nada. Pero, además, la medida más importante tomada hasta ahora por Aranguren debe haber afectado en forma negativa a Shell.

El ministro ratificó el precio ficcionalmente superior que antes de irse había establecido Cristina Fernández para el crudo argentino y que beneficia a las principales extractoras (YPF, Panam, Total), por un lado, y a los gobernadores y los gremios petroleros, por el otro.

A Shell (que sólo refina y prácticamente no extrae crudo ni gas) le hubiera convenido que se abriera la importación del barato crudo internacional y listo. Pero Aranguren mantuvo el alto costo del petróleo interno para beneficiar a los gobernadores y a los gremialistas petroleros que, perdidos en la paradoja, también meten amparos para frenar aumentos de los cuales son brutales beneficiarios. Otros grandes cultores del pensamiento mágico nacional.

Fuente: La Voz del Interior

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1Jun/162

La política económica y la grieta

Por Roberto Cachanosky

El desafío del PRO no es terminar con la brecha dejada por el kirchnerismo, sino con la brecha que genera este sistema económico. Hace rato que se viene hablando de la grieta, palabra que entiendo quiere significar que estamos divididos entre argentinos k y argentinos no k.

En rigor no es la primera vez que en nuestro país se produce este tipo de divisiones feroces, ya en el siglo XIX estuvo el famoso unitarios versus federales. A mitad de siglo XX Perón, con su política fascista dividió a los argentinos diciendo que unos eran pobres porque otros eran ricos. Lo que se olvidó de decir es que muchos de los nuevos ricos habían hecho plata con la corrupción de los gastos estatales. Perón dividió a la sociedad al punto de gritar desde el balcón 5×1 y vamos a distribuir “alambre de enfardar para colgar a nuestros enemigos”. Como puede verse, el hombre no se andaba con muchas vueltas. Era un “pacificador” nato.

Tampoco el Perón del 73, viejo y cansado, vino con mucho espíritu de pacificación. Desde el exilio él había contribuido a dividir a la sociedad estimulando las andanzas de los terroristas. Claro que cuando llegó a la Argentina y vio que los terroristas querían coparle el PJ buscó frenarlos. Pero los terroristas le asesinaron a su amigo Rucci y se desató el pandemónium de la violencia con la Triple A comandada por López Rega que perseguía a los terroristas y los terroristas que tiraban bombas y mataban gente por doquier. Una vez más el peronismo dividía a la sociedad con altos grados de violencia.

Ya de entrada, cuando Perón volvió al país, se produjo un enfrentamiento a los tiros en Ezeiza entre diferentes sectores del peronismo. El ala fascista contra el ala zurda. Hubo varios muertos en los bosques de Ezeiza ese día.

El kirchnerismo no hizo otra cosa que seguir con esa división de la sociedad buscando culpables imaginarios para señalarlos como los responsables de la pobreza de la gente, pobreza que en rigor era producto de las políticas populistas aplicadas por ellos que generaban un tsunami de destrucción del stock de capital produciendo desocupación, caída de la productividad, pobreza, indigencia y desocupación. Hoy se ve con toda claridad como esas políticas populistas no son otra cosa que una cortina de humo para esconder, en el caso del kirchnerismo, uno de los mayores latrocinios de la historia Argentina.

Pero desde la instauración del populismo en Argentina, con Perón a la cabeza, lo que hoy llamamos grieta, ya existía como resultado de la política económica que se viene aplicando desde hace décadas. Es una política económica que, por definición, lleva a la famosa grieta o al enfrentamiento social.

Es que se ha instaurado en Argentina una política económica por la cual un sector solo puede avanzar a costa de otro sector de la sociedad. Sectores empresariales utilizan al estado para que cierre la economía y así tener una renta extraordinaria vendiendo productos de mala calidad y a precios descomunales. Para que los dirigentes sindicales no protesten, entonces el estado establece salarios mínimos imposibles de pagar y una serie de beneficios “sociales”.

En Argentina un sector de la sociedad no logra avanzar económicamente gracias a que produce algo que beneficia a otros sectores de la sociedad, sino que logra avanzar consiguiendo que el estado les quite a otros para darme a mí. Las reglas de juego son muy claras. Yo le pido al estado que use el monopolio de la fuerza para quitarle su riqueza o su ingreso a otro sector, me lo de a mí en nombre de la justicia social y mediante una ley del Congreso para darle un aspecto legal al robo. El sector perjudicado reacciona y entonces el estado utiliza el monopolio de la fuerza para quitarle a un tercer sector y transferirle el producto del robo legalizado al sector perjudicado que me transfiere a mí. Y luego el tercer sector protesta, con lo cual el estado lo “conforma” con alguna ley social que le quita a un cuarto sector su ingreso para dárselo al tercero. En definitiva, es una lucha de todos contra todos. El conflicto social es permanente y ahí se produce la grieta social o el enfrentamiento social.

Con este esquema económico, que los argentinos venimos aplicando desde hace décadas, siempre hay enfrentamientos, recelos, conflictividad en la sociedad. Unos ganan y otros pierden y, dependiendo del momento y las circunstancias, en determinados momentos a algunos les toca perder más que a otros.

El desafío del PRO no es terminar con la brecha dejada por el kirchnerismo, sino con la brecha que genera este sistema económico que conduce al conflicto social permanente y al enfrentamiento de la sociedad. Es el sistema económico populista el que produce la brecha.

Por eso hay que pasar de este sistema populista, a la cooperación libre y voluntaria por la cual un sector solo puede mejorar si produce algo que beneficia a otros sectores de la sociedad. Mi mayor ingreso deja de depender de que el estado le robe su ingreso a otro y comienza a depender de mi capacidad para producir algo que beneficia a los demás.

La brecha no la inventaron los k. Los k ampliaron la brecha hasta llevarla niveles insoportables. Pero la brecha va a seguir existiendo mientras tengamos este sistema de robo legalizado por el cual todos quieren usar al estado para robarle a otros sectores el fruto de su trabajo en nombre de la justicia social y de las políticas estatales “solidarias”.

Fuente: Economía para todos.