A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

24nov/142

Vuelta de Obligado

Hay que adecuar la idea de soberanía al mundo de hoy

Por Luis Alberto Romero.

La conmemoración del Día de la Soberanía Nacional renueva las discusiones sobre el Combate de Obligado de 1845 y el mito que ha generado. Pero además, el énfasis que el gobierno actual pone en la recordación de esa fecha y los argumentos que esgrime, llevan a otra pregunta, no ya sobre el pasado sino sobre el presente y el futuro: ¿qué significa en el siglo XXI la soberanía nacional?

Hay un mito con el combate de la Vuelta de Obligado. No fue una victoria sino una derrota. Para detener a la flota inglesa, Rosas cerró con cadenas el río Paraná e instaló dos baterías. Los ingleses cortaron las cadenas, hubo cañonazos de ambos lados, algunos muertos ingleses y varios centenares entre los soldados bonaerenses. Muertes inútiles, pues los buques llegaron hasta Corrientes. Tampoco es completamente cierto que Rosas defendió los intereses nacionales contra la agresión imperialista. Esto último es correcto, pero los supuestos "intereses nacionales" son algo muy discutible. Por entonces no existía un Estado argentino unificado, sino provincias en guerra, alineadas en bandos políticos y divididas por cuestiones económicas. ¿Dónde estaba la Nación? Corrientes quería comerciar directamente con los británicos y Rosas defendió el monopolio comercial porteño. El antiimperialismo fue acotado, pues el episodio no enturbió una larga historia de relaciones entre Buenos Aires y Gran Bretaña, mutuamente beneficiosas. En 1852, caído Rosas, todas las provincias aceptaron el principio de la libre navegación de los ríos, incorporado a la Constitución.

Este mito de la Vuelta de Obligado, creado por el revisionismo histórico, forma parte de la nueva "historia oficial", difundida de manera sistemática y abrumadora en la escuela y en los medios. En 2010 se estableció el Día de la Soberanía Nacional, con feriado móvil. Pero además, las consignas revisionistas ocupan un lugar importante en los discursos de la Presidenta, tan abundantes como contundentes. Más allá de la crítica fácil, sus argumentos merecen consideración, pues hablan también sobre quienes la escuchan y la votan.

La Presidenta acude frecuentemente a ejemplos históricos, elegidos de manera un poco desconcertante: para un historiador no es fácil vincular a Monteagudo, Artigas, Dorrego y Rosas, pues en su tiempo casi todos se detestaron. Pero esta desordenada evocación no pretende organizar un discurso histórico. A diferencia del peronismo militante de los años 60, que se colocaba en la culminación de un largo proceso de luchas nacionales y populares, el kirchnerismo no se considera heredero de nadie, ni siquiera de Perón. Son fundadores, y el pasado sólo les interesa como un depósito de hechos memorables que, adecuadamente interpretados, operan como presagios de su llegada y su pasión. En el caso de Obligado aparecen los grandes poderes de siempre conspirando en contra de la Argentina y de su jefe, como hoy lo hacen los buitres. Los cañonazos que entonces dividieron al país son similares a los que hoy separan a los defensores de la nación de sus enemigos. La gesta de Obligado ilustra sobre una lucha eterna, en la que una derrota ocasional anuncia la victoria final.

Parada en el presente, la Presidenta invita a adecuar idea de soberanía a las luchas de hoy. La nación soberana ha de sobrevivir en un mundo que se derrumba, del cual debemos mantenernos saludablemente separados. La economía soberana debe dar inclusión, empleo y prosperidad a los argentinos. La soberanía ideológica consiste en consolidar la unidad de los argentinos y protegerlos de las ideas foráneas, otro instrumento de la gran conspiración.

Todos estos tópicos forman parte de un conjunto discursivo y simbólico compacto y enterrado en nuestro subconsciente, al que la Presidenta interpela con éxito, como lo hicieron tantos otros antes que ella. La soberanía ideológica alude a la conocida "cultura nacional", más postulada que definida. En realidad, todos nuestros productos culturales, hasta el pericón, son resultado de una mezcla, o una adecuación local de lo foráneo. Nuestros pensadores nacionales, igual que los llamados cosmopolitas, leyeron y adaptaron libros que también leían los franceses o los alemanes. La misma idea de una cultura nacional es una traducción del nacionalismo romántico alemán del siglo XIX. En definitiva, las ideas ignoran las fronteras políticas.

La soberanía económica -vieja idea del mercantilismo- fue una aspiración común en el mundo de las guerras mundiales. La autarquía entusiasmó a los planificadores económicos y a los militares. El país debía contener todo lo que necesitaba y cerrarse al mundo, siempre hostil; así, el "hecho en la Argentina" justificó sacrificar la eficiencia y los beneficios del intercambio. Es sabido que desde la segunda posguerra el mundo marcha por otro lado. Las economías crecen sobre la base de la interdependencia y la integración, y el "made in" ha perdido todo sentido. La idea cerril de la soberanía económica cultivada por el Gobierno no aporta nada para facilitar la integración en un mundo donde todos dan y reciben, ni para pensar cuáles son hoy las cuestiones específicas donde un interés de la comunidad nacional debe ser defendido.

Tampoco la soberanía política es hoy un valor absoluto, como lo fue en el pasado. Desde la creación de las Naciones Unidas, esta idea es revisada y matizada por quienes quieren construir instituciones y regulaciones supraestatales, una empresa tan noble como llena de dificultades. Para quienes vivimos en la Argentina, la cuestión de la soberanía estatal tiene una dimensión más acuciante, pues nuestro Estado de Derecho retrocede ante gobiernos arbitrarios, que arrasan con todo lo que los limita. Ante estos avances, las limitaciones y controles internacionales, que el gobierno actual desafía en nombre de la soberanía, constituyen el último recurso de quienes no encuentran amparo en la justicia local. Esto incluye a la Corte de La Haya o a la de Costa Rica, y hasta al modesto juez de Nueva York, que desconoce nuestros folklóricos usos de la justicia.

Todas estas cuestiones sobre la soberanía, que debemos discutir, derivan de la idea de nación. ¿Qué es la nación? No tenemos un conocimiento directo y experiencial. Creemos en ella, afirmamos que es de una cierta manera y construimos representaciones, con palabras o símbolos. Pero a diferencia de una religión, no hay un texto sagrado que consagre una verdad al que remitirse. Se trata de una cuestión opinable, que es de la más alta importancia. Por ejemplo, algunos creen en una nación plural y diversa, tolerante e institucional, y otros, con igual convicción, en una nación homogénea y unida, que se expresa en un liderazgo fuerte.

Esta segunda creencia ha predominado en la Argentina en el siglo XX. En ella confluyeron las ideas del nacionalismo, la Iglesia integrista, las Fuerzas Armadas y los movimientos nacionales y populares. Todos coincidieron en que cada uno de ellos representaba a la nación unida y soberana, y que fuera de ella solo había enemigos, externos e internos, consagrados a conspirar contra la nación. Algo de eso decía Rosas en 1845, cuando convirtió la defensa de intereses sectoriales en una gesta nacional, en la que estaba en juego la soberanía. Es lo mismo que hace el gobierno actual, apelando a la unidad, sobreactuando sus conflictos con parecida intensidad, y con mucha menos preocupación por la coincidencia entre sus dichos y sus prácticas reales.

Mientras existan comunidades nacionales, la soberanía será siempre una cuestión muy importante. Pero también es importante adecuarla a la integración en un mundo cada vez más interdependiente, pues "vivir con lo nuestro" es condenarnos a la mediocridad y la miseria. Sobre todo, es fundamental no separarla de la garantía de los derechos personales frente a gobiernos que utilizan la soberanía como instrumento de disciplinamiento interno. No se trata de negar su valor esencial sino de reconsiderar sus formas, sus símbolos, sus discursos y adecuarlos a una democracia institucional y plural. Quizás entonces elijamos otra fecha para celebrarla.

Fuente: diario La Nación

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21nov/144

Carta abierta a Julio Bárbaro

Sr Julio Bárbaro:

 

Ud. insiste con encomiable pertinacia en la exégesis laudatoria de un hecho que, si bien ha sido y es histórico, no lo es solamente en el sentido bonachón que Ud. pregona. El advenimiento de Juan Domingo Perón al poder trajo una transformación social positiva importantísima, es cierto, pero la suma de perversiones con que la acompañó arruinan largamente el efecto final. Lo peor de todo es que aún hoy los argentinos seguimos mirándonos desde las orillas de la fractura que ese líder construyó y sus seguidores mantuvieron, casi sin excepción.

Es curioso que Ud. mencione el abandono de modelos europeos; lo montado aquí por ese carismático líder no fue sino una copia modificada del fascismo imperante en la Italia que él había visitado en misión militar. Violó cuanto concepto existe de democracia auténtica y propulsó cuanta medida favoreciera la concentración de poder y la sofocación o eliminación de opositores. Montó una central obrera absolutamente adicta y monopólica cuyas conductas mafiosas se hicieron regla y cuya tradición ha sido enriquecer a sus popes (hoy los llaman eufemísticamente "los gordos"). Volteó la Suprema Corte para forzar la gestación de una nueva, adicta. Reformó la Constitución para generar una que permitiera su eternización en el poder, inaugurando lo que es un clásico en casi todo gobierno peronista. Persiguió y anuló diarios no complacientes, invadió el ámbito de la educación de los niños con libros impregnados de mensajes lava-cerebros que los maestros emponzoñados de entonces complementaban gustosamente...... En fin, todo el rosario de perversiones que el actual régimen va haciendo aflorar como yuyos venenosos en una secuencia desgraciadamente esperable.

Las más que verificables mañas manipuladoras del fundador del “movimiento” hacen que uno pueda dudar de la sinceridad del abrazo con Balbín en 1973 así como de la apertura de los micrófonos a voces opositoras en 1955. ¿Cómo no dudar de quien apenas meses antes del abrazo había apañado a las "formaciones especiales" para después, cuando no las necesitaba, echarlas de la Plaza?  ¿Qué bienestar de la Nación es deducible del pensamiento de quien puso como compañera de fórmula a Isabelita, quien por más buena persona que pueda ser estaba absolutamente incapacitada para gobernar esta Nación? ¿Qué puede Ud. macanear respecto a la inclusión de López Rega en el gabinete de ministros, pero con un poder tan especialmente distinguible respecto de sus pares? ¿Qué seriedad pretende que se le asigne a un gobierno que ascendió a López Rega desde sargento a comisario general, pagándole todos los "salarios devengados"?  ¿Ud. espera, Sr Bárbaro, que la repetición de sus exégesis al peronismo nos haga olvidar la hecatombe de sangre y horror devengada del accionar de las fuerzas que J.D.Perón había apañado (“Perón o muerte”, era uno de los lemas legibles en banderas y pancartas; si lo desea, le enviaré fotos) y a cuyos integrantes, aún hoy, debemos soportar enquistados en el gobierno de la Nación, reinvindicados y “resarcidos” monetariamente por ese gobierno y por el partido que lo aportó, partido que no sé si Ud. está enterado de cual se trata?

Sr. Bárbaro, por favor no insulte nuestra inteligencia con los consabidos “esto no es peronismo” o “esta gente está traicionando a Perón”, como lo está haciendo últimamente respecto de los virus venidos de nuestro extremo Sur. Muchos estamos saturados de esas frases exculpatorias esgrimidas cada vez que algún peronista o grupo de peronistas cometen (muy predeciblemente, le comento) actos reñidos con la democracia pura y también con la honestidad pura.  La cruda realidad es que casi todo gobernante salido del peronismo (o justicialismo, si gusta), va a incurrir con total predictibilidad en actos de perversión completamente incompatibles con una auténtica DEMOCRACIA REPUBLICANA (las mayúsculas, adrede).

¿Cómo pretende Ud. que aceptemos el 17 de Octubre como un aniversario de todos los argentinos cuando aún hoy la mitad del país le escupe “gorilas” y “cipayos” a la otra mitad? ¿Cómo aspira Ud. a esa unión si aún persisten la apropiación totalitaria de fechas y símbolos netamente nacionales, como ocurrió en Rosario para el Bicentenario de la creación de nuestra Bandera? ¿Cuántas más efigies de Evita en edificios ministeriales? ¿Cuántas más Dianas Contis proclamando que al peronismo no le preocupan las instituciones sino el poder? ¿Cuánto más patoterismo de la peor clase, como nunca se observó en un funcionario del Estado que, oh casualidad, canta férvidamente la marcha peronista? ¿Cuánto más de confusión entre Estado, gobierno y líder en detrimento de la República y su Democracia? ¿Cuánto más, Sr. Bárbaro?

Carlos A. Galvalizi

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15nov/143

Visiones sobre Roca

Por Roberto Azaretto.

La irrupción de Julio Argentino Roca en la política nacional conmocionó a la opinión porteña, que aspiraba a que un hijo de Buenos Aires fuera presidente luego de dos mandatarios provincianos: Sarmiento y Avellaneda. Buenos Aires debía imponer al sucesor.
Porteños recalcitrantes creían en el derecho a tutelar al país, se negaban a federalizar la ciudad de Buenos Aires y sostenían, como el gobernador Carlos Tejedor, que los territorios ganados en la Conquista del Desierto eran de su provincia.
El gobernador de la provincia contaba con más recursos que la Nación.
El diario La Nación, entonces la expresión de un partido, el de Mitre, describía a Roca como un jefe de fronteras que, en sus ratos de ocio, se dedicaba a “varear caballos”.

No mejor parte llevaban los jóvenes de los patriciados provincianos que formaban los cuadros dirigentes del Autonomismo Nacional: “Ahí viene Roca con sus cabecitas negras” se escribía en la prensa de la gran aldea, setenta años antes de que ese calificativo se aplicara a los pobres del Norte argentino que venían al cinturón industrial de Buenos Aires.
Sarmiento, cuando Roca propuso la Campaña al Desierto, pronosticó que era imposible solucionar ese problema en por lo menos un siglo. Cuando se logró el éxito en menos de dos años dijo que fue “un paseo”.
Los porteños que apoyaron al joven general de 37 años soportaron un clima hostil e incluso algunos se apartaron. Por cierto la capitalización de Buenos Aires y el respeto al resultado electoral se logró sobre los cadáveres de tres mil argentinos.
Cuando Roca y Mitre acordaron una salida a la crisis política del noventa que le da dos décadas de estabilidad y las más altas tasas de inversión y crecimiento de la economía nacional en toda su historia, La Nación ve en Roca a un estadista al servicio del país.

El propio Mitre, que le toma el juramento como presidente provisional del Senado en 1898, cuando concluye el estadista norteño su segundo mandato, lo visita para decirle: “Ha cumplido con su juramento, lo felicito”.
Roca y su política han concitado la adhesión de figuras de la política y el pensamiento de corrientes disímiles que exceden el campo de las fuerzas liberales conservadoras que proclamaban sus sucesores.
Jorge Abelardo Ramos, en su libro “Del Patriciado a la Oligarquía” que integra su famosa obra “Revolución y Contrarrevolución”, presenta a Roca como el estadista que representa la voluntad y los intereses de las provincias interiores y logra romper con la hegemonía porteña imponiendo el poder nacional sobre la Provincia que pretende controlar al país todo.

Para Abelardo Ramos, el general Roca es el constructor del Estado nacional, el modernizador de la Nación, explica y justifica la Conquista del Desierto y destaca el origen federal de la mayor parte de sus partidarios.
Alfredo Terzaga escribió dos tomos sobre el general Roca, obra que culmina en 1880, por la muerte del historiador cordobés, adscripto a la corriente del llamado socialismo nacional.

Para Terzaga, Roca encarna las aspiraciones de progreso de las provincias que no aceptan la tutela y la subordinación a los intereses de Buenos Aires; es el vengador de Pavón, batalla en la que participara a los 19 años como oficial artillero de Urquiza.
Arturo Jauretche, en su libro de 1959 “Ejército y Política”, señala que Roca lidera la reconstrucción del Ejército nacional, heredero del de San Martín, remplazando al que denomina “ejército faccioso” de Mitre, y ese liderazgo surge con la victoria de Santa Rosa (Mendoza).

Aprueba la Conquista del Desierto y la construcción del Estado argentino y resalta que se recuperó el concepto del “Espacio” y cierto proteccionismo.
Oscar Alende, en su libro “Marcha al Sur”, señala que las actividades de las tribus indígenas eran el robo y describe la “Ruta de los Chilenos” la rastrillada que partía de Olavarría marcada por centenares de miles de vacas que todos los años eran robadas desde los campos pampeanos para ser engordados en los alfalfares de los grandes hacendados chilenos, con la tolerancia y la complicidad de las autoridades de ese país.
El socialista Nicolás Repetto dice en la Cámara de Diputados (en una de las cuatro sesiones) que en 1930, comparando la crisis del momento con la del Noventa, en cuya revolución participara: “Menos mal que Roca impidió nuestro triunfo. Su destreza y fortaleza impidieron la presidencia revolucionaria de Alem, que hubiera retornado el país a la anarquía y la guerra civil”.
Desde el nacionalismo, Rodolfo Irazusta junto con su hermano Julio, exponentes del nacionalismo rosista, dirá: “Fue la del general Roca la personalidad más vigorosa que ha tenido el país después de Rosas”.
El desarrollista Carlos Florit, ex canciller en el gobierno de Frondizi, escribe: “Hacía falta un líder que diera contenido a la organización constitucional del país, que estructurara un poder político en función de la Nación y que tuviera habilidad y energía para consolidarla. Roca cumplió esa función”.
Natalio Botana, coautor con Ezequiel Gallo de “ El Orden Conservador”, destaca el temperamento de Roca que ejercía la autoridad pero no el autoritarismo, en un cuadro institucional en el que imperaba el respeto a los derechos civiles, la independencia del Poder Judicial, la libertad de expresión y con una idea gradualista en cuanto al pleno ejercicio del sufragio. Los autores definen el período como el de “la democracia posible”.
Félix Luna llevó hace veinte años al gran público la figura de Roca en su libro “Soy Roca” en el que hace escribir una larga carta al personaje. Dejó en los lectores establecida la imagen de un constructor deseoso de convertir a la Argentina en un gran país.

También la de un guerrero que privilegiaba la paz por sobre los laureles recogidos sobre cadáveres y la destrucción. Vale la pena contar que Luna tenía en su juventud animadversión por su biografiado, pues uno de sus antecesores no llegó al Senado nacional en representación de La Rioja por la oposición del dos veces presidente.
Vicente Massot, en su libro “Las ideas de estos hombres”, compara a Roca con el general e ingeniero Agustín Justo y el general Perón, en cuanto a tres militares que fueron hábiles políticos y con sentido de la estrategia y la geopolítica.
En estos años se ha desatado una campaña contra Roca, siendo su principal ideólogo Osvaldo Bayer quien ha sostenido que la Patagonia no debería ser argentina ni chilena, y plantea el disparate de un genocidio banalizando la palabra y su significado.

Bayer es un anarquista, es lógico que pretenda mancillar el recuerdo del prócer, pues fue el constructor del Estado, institución que la corriente que integra el escritor ha pretendido destruir recurriendo a todo tipo de crímenes en otros tiempos.
Los Kirchner, a pesar de un discurso de reconstrucción del Estado, han tomado parte de los puntos de vista del autor de la Patagonia Rebelde, porque pretenden borrar toda idea de una Argentina que fue exitosa.

Ante el fracaso de su modelo, a pesar de los inmensos recursos en divisas e ingresos fiscales percibidos, gracias a los altos precios de la producción agropecuaria, se obsesionan con mostrar la historia nacional como la de un fracaso hasta que ellos llegaron desde el sur. Por cierto la ignorancia de Cristina en historia es tan ostensible como su desconocimiento del mundo.
Julio Argentino Roca falleció el 18 de octubre de 1914, año del tercer censo nacional. El contraste con el país de 1880 es impresionante.
En 1914, ocho millones de habitantes, de los cuales tres millones eran inmigrantes que vinieron tan pobres e ignorantes como la inmensa mayoría de los criollos, vivían en una nación pujante con sus ferrocarriles, puertos, obras sanitarias, ciudades espléndidas, una educación pública que fomentaba la movilidad social y con su democracia perfeccionada con la Ley Sáenz Peña en vigencia.

Una parte de esos criollos e inmigrantes ya eran de clase media y los pobres tenían la igualdad de oportunidades que da la escuela de calidad.
Eso que hoy añoramos ante el fracaso de los detractores de Roca que se ufanan del crecimiento de las villas miseria y del desastre de la educación pública argentina.

Fuente: diario Los Andes

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12nov/143

El actual desprecio argentino por el mérito

Por Laura Sesma*

La equidad es la cualidad que mueve a dar a cada uno lo que se merece. Y el mérito, resultado de las buenas acciones que hacen digna de aprecio a una persona, aquello que hace que tengan valor las cosas.

La sociedad argentina debe recuperar imperiosamente el valor del mérito, que fue lentamente dinamitado a partir de la demagogia y el populismo como formas de gobierno.

No sólo el peronismo en el poder como concepción y práctica errónea de la justicia social, sino sectores que se autodenominan progresistas han asimilado el mérito a una idea de elite y de discriminación. Por ejemplo, creer que es más “justo” un sorteo que brindar instrucción para un examen de ingreso a una escuela es tan absurdo como mezquino. Nada más alejado del progreso y de la justicia.

Negar la capacidad de superarse, de esforzarse aun en condiciones difíciles, es negar nuestra esencia, nuestra condición humana. El humanismo y la libertad son la contracara de los totalitarismos de izquierda o de derecha que siempre negaron a la persona como individuo.

La exigencia basada en la creencia de que el otro puede, como la oportunidad justa, nos obliga a potenciar lo mejor de cada uno. Por el contrario, cuando se iguala para abajo, cuando se borran las diferencias esenciales, cuando no se contraponen obligaciones a los derechos, cuando no se demanda esfuerzo colectivo o personal para mejorar, se condena a una sociedad pobre e ignorante a seguir siéndolo.

La permisividad suele asociarse a la comodidad o, lo que es peor aún, a la necesidad de ganarse el apoyo o simpatía sin importar los resultados.

La mayoría de las políticas públicas de esta última década –algunas importantes– han estado teñidas de esta nefasta concepción, porque el objetivo ha sido usar y no empoderar al ciudadano.

El ingreso universal, los subsidios, las políticas educativas, las políticas gremiales, el uso de los espacios públicos, la vida universitaria, las políticas de derechos humanos, todo ha sido utilizado y manoseado como medios para conseguir poder y una supuesta legitimidad que sólo es real cuando se basa en el ejercicio de la autoridad justa, en la coherencia, en la verdad y en el ejemplo, principios ausentes en quienes han tenido la alta responsabilidad de gobernar el país por más de 20 años desde 1990.

La permisividad maliciosa y la corrupción deben ser combatidas. Es tanto o más importante en el futuro inmediato del país consensuar medios que fines, porque recuperar la decencia, la esperanza y la confianza es nuestro principal desafío.

El próximo gobierno deberá promover el mérito y el premio a las buenas prácticas, en primer lugar entre sus funcionarios y en el funcionamiento del propio Estado, para luego poder exigir a la sociedad los esfuerzos necesarios para reconstruir valores y niveles de convivencia basados en la tolerancia, el respeto a la diversidad y la responsabilidad individual por acción u omisión.

*Subsecretaria de Capacitación y Formación de Recursos Humanos de la Municipalidad de Córdoba

Fuente: La Voz del Interior

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17oct/143

El gran arquitecto de la República

Por Raúl Faure.

Julio Argentino Roca fue el primer presidente de la República definitivamente organizada luego de que se declarara a la ciudad de Buenos Aires como capital, tras siete décadas de enfrentamientos entre porteños y provincianos.

Para que las jóvenes generaciones comprendan el significado histórico de la designación de Buenos Aires como capital y asiento de las autoridades nacionales debe decirse que en las batallas libradas en junio y julio de 1880, entre los partidarios de su nacionalización y los partidarios de su autonomía, murieron más compatriotas que durante todos los años que insumieron las guerras por la independencia de la corona española, entre 1810 y 1824.

La significación política y moral de su gobierno, Roca la explicó brevemente ante la Asamblea Legislativa que le tomó juramento con estas palabras: “El secreto de nuestra prosperidad consiste en la conservación de la paz; puedo deciros, sin jactancia, que mi divisa será paz y administración”

No pretendió ser, ni lo fue, un gobernante providencial. No em­baucó a la población con fábulas autorreferenciales ni con falsos relatos, no fue jefe de un clan rentado por el Estado, y jamás utilizó la mofa para humillar a sus adversarios. Solo prometió paz y administración. Y cumplió.

Una obra singular

Era Argentina, entonces, una vasta extensión ubicada en los confines australes, desgarrada por el desierto, las distancias y la incomunicación entre sus diversas regiones. Al cabo de los seis años que duró su mandato, aun hoy la obra ejecutada causa asombro y admiración.

Se duplicó la extensión de las vías férreas que, de 2.500 kilómetros (km) pasaron a cinco mil kilómetros y se tendieron seis mil km de líneas telegráficas para conectar entre sí y con el litoral a las provincias del interior y se protegió la soberanía nacional sobre los confines de la Patagonia y las zonas limítrofes con Chile, Paraguay y Bolivia, en los actuales territorios de Misiones, Chaco, Formosa y Neuquén.

Roca utilizó los únicos recursos básicos con los que se contaba, en esa época, para impulsar la producción, incorporando capitales y mano de obra europea y los más modernos adelantos tecnológicos bajo el amparo de las leyes y el honor nacional. Para tener una idea de la magnitud de esos aportes, debe decirse que el 40 por ciento de las inversiones del Reino Unido en el exterior fueron destinadas a nuestro país, y que se radicaron medio millón de inmigrantes.

En 1878 importábamos trigo y harina. En 1880 logramos auto­abastecernos. Y en 1886, las 100 colonias agrícolas fundadas en Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba ya pro­ducían granos para exportar. En Cuyo, las bodegas nativas produ­jeron más vino que las de España y Francia sumadas.

En la llanura, escenario de malones y depredaciones que destruyeron familias de colonos y poblaciones levantadas junto a los viejos fortines, se fundó la pampa gringa. James Scobie, el historiador norteamericano que consagró parte de su vida al estudio de esa época tituló uno de sus más ­célebres libros Revolución de las pampas para poner de relieve las hondas transformaciones y el progreso que convirtieron al país, en solo dos décadas, en una potencia mundial.

Educación, salud y cultura

La unificación del sistema monetario, el crédito bancario dirigido a la producción rural, las leyes que garantizaron la libertad de cultos, la enseñanza primaria obligatoria, laica, gratuita y la divulgación de ciencias aplicadas en las universidades, entre otras medidas adoptadas por el gobierno de Roca, permitieron que Argentina se convirtiera en un “crisol de razas”.

El Estado tomó a su cargo de la edición de las obras de Sarmiento, de Alberdi, de Mitre, de Vicente López y de los científicos europeos que investigaron la geología, la geografía, la botánica, y la zoología y se sancionaron las leyes de procedimientos penales y civiles en reemplazo de los códigos heredados de 
la colonia.

En la ciudad portuaria, ahora sede de las autoridades nacionales, se realizaron obras de salubridad, se abrieron nuevas calles y avenidas, se modernizaron plazas y paseos, se inició la construcción del nuevo puerto y se habilitó el Hospital de Clínicas, el primero y más avanzado de América del Sur. La vieja ciudad virreinal dio paso a una metrópoli pujante, que contaba con servicios desconocidos aun para muchas ciudades europeas. Al cabo de dos décadas Buenos Aires fue bautizada como “la París del Plata”.

Y se acometió la proeza de edi­ficar una nueva ciudad diseñada por urbanistas europeos, para sede de las autoridades bonaerenses, la ciudad de La Plata, orgullo de los argentinos.

El legado

Con excepción de los profesionales contratados por el actual gobierno para falsear y desfigurar nuestra historia, todos los investigadores objetivos de nuestra historia coinciden en que Roca fue el presidente que necesitaba el país en su etapa fundacional.

Recibió una nación en ciernes y dejó una nación verdadera. Con imperfecciones y errores, como toda obra humana. Pero con cimientos firmes. No impuso su autoridad a los golpes ni se rodeó de genuflexos ni de adulones.

Al concluir su mandato, el 12 de octubre de 1886, no necesitó hablar durante horas, ni recibir aplausos forzados para hacer su balance. Dijo serena y sencillamente: “Concluyo mi gobierno sin haber tenido que informar de guerras civiles, de intervenciones sangrientas, de levantamientos de caudillos, de empréstitos gastados en contener desórdenes y sofocar rebeliones, de depredaciones de indios, de partidos armados contra la autoridad de la Nación, sin haber decretado, un solo día, el estado de sitio, ni condenado a un solo ciudadano a la proscripción pública”.

Roca nació en San Miguel de Tucumán en 1843 y murió en Buenos Aires el 19 de octubre de 1914.

Fuente: La Voz del Interior

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12oct/141

El guiñol

Por Pilar Rahola
Como todo país de sustrato mediterráneo, Argentina tiene tendencia al histrionismo. Es cierto que esa característica ha sido, para el mundo de la creación, una fuente inagotable de talento, no en vano el exceso tiende a la creatividad. Pero, y en igual proporción, ha sido históricamente letal para la política porque ha producido algunos engendros de difícil digestión.
El último espectáculo histriónico, y quizás el más guiñolesco, es el que perpetra desde hace años la presidenta Cristina Fernández, cuya derivación hacia el absurdo está llevando al país hacia el vacío. Hace muchos años, en su casa de Montevideo, la mente incisiva de Sanguinetti respondió con munición cargada a mi poco inocente pregunta.
"¿Hacia dónde va Argentina, presidente?", y el notable pensador me dijo: "Querida, Argentina no va a ninguna parte".
Si esa ácida respuesta fue verdad en algún momento, ese momento es ahora, con un país al borde de la quiebra económica, pero sobre todo, en quiebra política, democrática y moral. Quizás Sanguinetti se equivocaba y Argentina iba hacia algún lugar, pero sin duda es un lugar inhóspito.

¿Cómo es posible que un país tan importante, con tanto capital humano, tantos recursos naturales y tanto empuje haya caído en manos tan simples y sórdidas? Lo último, en medio de una crisis político-judicial de gran envergadura, es el sainete folletinesco de doña Cristina Fernández avisando de complots yanquis para matar a su ínclita persona.
En una derivación bolivariana al uso, la presidenta ha montado un circo con espías americanos, conspiradores argentinos e intentos de magnicidio.
Como era de esperar, los norteamericanos aún intentan vislumbrar si se trata de un tango con mala letra, una estrategia a lo bestia para ganar enteros en el mercado del populismo, o sencillamente se ha vuelto loca.
Y todas las hipótesis están abiertas, porque siguiendo el recorrido de sus amigos venezolanos y cubanos-modelo hacia el cual viaja, a pasos acelerados, Argentina-, nadie tiene la certeza de si el mejunje ideológico de la presidenta no contiene los tres elementos.

Sea como sea, lo peor del Gobierno argentino, el peor de la historia, no son los errores de bulto, que han llevado a su economía al borde del abismo; ni sus planteamientos maniqueos, que intentan dividir al país entre buenos y malos ciudadanos; ni sus persecuciones políticas, cada vez menos disimuladas; ni la lista de sus aliados preferentes, donde parece estar lo mejor de cada casa; ni tan sólo lo peor es el deterioro sistemático de la democracia argentina.
Lo peor de lo peor es que este país tan orgulloso de su imagen está perdiendo, Cristina mediante, el sentido del ridículo. La historia asegura que nadie, en el mundo, hizo más el ridículo que Calígula cuando nombró cónsul a su caballo. Quizá sea cierto, pero Cristina Fernández se está entrenando mucho para superar cualquier ridículo histórico. ¡Qué triste, para un país tan digno!
Guiñol= Representación teatral por medio de títeres movidos con las manos.

Fuente: La Vanguardia.com

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10oct/141

Carta Abierta 17 (o el triste papel de los intelectuales orgánicos)

Por Ricardo Lafferriere

Varias ediciones anteriores del grupo kirchnerista “Carta Abierta” fueron comentadas en este espacio. En todos los casos, rebatimos medularmente sus conceptos, enlazados en oraciones tan interminables como herméticas cuya conclusión inexorable era siempre el aplauso a cualquier medida surgida de la actual administración.

Los firmantes de Carta Abierta han decidido abiertamente asumir el papel que, en el siglo pasado, desempeñaban en las dictaduras stalinistas los “intelectuales orgánicos”. Se trataba de personas con indudable formación personal que, sin embargo, la ponían al servicio del poder en forma absolutamente acrítica. Justificaron los veinte millones de muertos que Joseph Stalin produjera en la Unión Soviética, ensalzaron los “juicios-espectáculo” en los que sometían al escarnio a honorables ciudadanos en los que detectaban algún matiz de diferencia de criterio con la línea oficial del Partido, los que eran remitidos a la muerte en el destierro siberiano, la desaparición o el fusilamiento clandestino. O, simplemente, justificaban con afirmaciones vacías impostadamente letradas las “purgas” producidas en alguna lucha interna del partido del gobierno, o la “caída en desgracia” por el capricho personal del dictador al que servían.

No les interesaban las consecuencias, ni los derechos de las personas, ni los reales objetivos perseguidos por el poder. No expresaban cuestionamiento alguno al enriquecimiento de los jerarcas del partido, ni a la inexistencia de una justicia imparcial. Olvidaron los valores que sus antecesores en la inteligencia rusa antes de la Revolución de Octubre escribieron en páginas inolvidables de denuncia a las injusticias y a la prepotencia del poder omnímodo del zarismo. Dejaron de defender la libertad, convertida en un valor “burgués”, retrocediendo a tiempos anteriores a las propias revoluciones democráticas de los siglos XVIII y XIX.

Éstos, los nuestros, por supuesto que no llegan a esos extremos. Algo lleva sin embargo intuir que si el gobierno que los apaña y ellos defienden decidiera recurrir a métodos parecidos, encontrarían frases grandilocuentes y sesudas construcciones semánticas para explicarlos y justificarlos. Su silencio ante el trato inhumano conferido a los “detenidos por delitos de lesa humanidad” es un indicio de esta convicción.También su exculpación de funcionarios procesados por hechos de corrupción, la masacre de la etnia Qom en Formosa y Chaco, o su silencio ante la complicidad de altos funcionarios con la trata de personas y el narcotráfico o las muertes de Once, de La Plata o durante los reclamos de diciembre del 2013.

Uno de sus principales exponentes, hace aproximadamente un año, descalificaba a un juez norteamericano por su aspecto físico, al más puro estilo de los ataques raciales del nazismo. En estos días ha sido la propia presidenta la que ha caído en la misma bajeza, discriminando al mismo juez –ante la ausencia de argumentos jurídicos válidos- por su edad y consecuente fragilidad física. Despreciables actitudes, indignas de personas cultas y repugnantes en personas con poder.

Hoy, ese mismo conglomerado reitera afirmaciones cuya desmentida es realizada por la propia realidad. A esta altura del proceso económico y social argentino, seguir ensalzando una gestión quecoloniza la justicia, reduce el salario, aumenta la desocupación, vacía las reservas, entrega por migajas la riqueza petrolera, agiganta la deuda, incrementa la inseguridad, se mimetiza con el narcotráfico, desarma la infraestructura, fortalece el aislamiento internacional, ensalza la violencia en la convivencia y divide a la sociedad artificialmente es más una pérdida de tiempo que un desafío intelectual. Es imposible debatir con quienes, a sabiendas, construyen juicios sobre la mentira.

Que sigan con sus letanías. A diferencia de ellos, sostenemos su derecho a decir lo que piensan. Digan las sandeces que digan, y en el lugar que sea. Aunque también decimos que si en algún momento fueran censurados, levantaríamos la voz en su defensa en nombre de una civilización política y de valores morales que consideramos vigente cualquiera sea el color ideológico de quienes lo sufrieran.

Fuente: Notiar

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25sep/143

Carta abierta al gobernador José Manuel de la Sota

Señor Gobernador:

Con el respeto que me merece su investidura, quiero formularle algunas reflexiones acerca de conductas suyas que estimo reñidas con la ética republicana. Ante todo quiero recordarle que es Ud. nuestro empleado, al que hemos contratado para administrar los bienes comunes en nuestro beneficio, y que para eso le pagamos un importante sueldo, una casa con todas sus instalaciones y gastos, y suntuosas oficinas con miles de empleados que están a su servicio. Asimismo, de nuestro bolsillo salen los recursos para costearle automóviles, choferes, un helicóptero con sus pilotos, combustible, gastos de representación, viajes y varios ítems más.

Va de suyo que el uso de tales recursos debe ser aplicado en beneficio de todos los cordobeses, que somos sus dueños y los que con nuestros impuestos sostenemos el erario público. Por el contrario, su utilización en favor de sus intereses particulares constituye una grave falta de ética.

Advierto, señor gobernador, que Ud. incurre en ella cuando se vale de la publicidad oficial para elogiar las obras realizadas por su gobierno o para exaltar su propia persona, llegando incluso al extremo de haber sustituido el nombre de la Gobernación por su propio apellido. Dicha inconducta está categóricamente prohibida por la ley de ética en el ejercicio de la función pública N° 25.188, cuando en su artículo 42° dice que

 

La publicidad de los actos, programas, obras, servicios y campañas de los órganos públicos deberá tener carácter educativo, informativo o de orientación social, no pudiendo constar en ellas nombres, símbolos o imágenes que supongan promoción personal de las autoridades o funcionarios públicos.

 

También están reñidos con la ética republicana sus públicas participaciones en campañas electorales, a través de la concurrencia a actos partidarios, de las adhesiones y promociones de candidatos y, de un tiempo a esta parte, de los viajes que realiza por el país para tratar de instalar su precandidatura a presidente de la Nación, sin haber renunciado a su cargo de gobernador o, cuanto menos, haber solicitado licencia.

Al respecto es bueno tener presente las palabras de Juan Bautista Alberdi, el autor de las bases de nuestra Constitución, quien en el tomo IX de sus Escritos Póstumos, afirmaba que

 

El mayor ultraje que los gobernantes hacen a la libertad, no está escrito en ninguna Constitución: es el consistente en las candidaturas oficiales, en su intervención en las elecciones, función de soberanía inmediata y directa, exclusiva del pueblo, en el que el gobierno no puede mezclarse sin hacerse culpable del crimen de usurpación de la soberanía popular.

 

A lo que añadía más adelante, en prosa más sintética y contundente: “El gobierno que participa en política partidaria comete un crimen de lesa humanidad”.

Quiero además pensar, señor gobernador, que a esos viajes mencionados los realiza en su automóvil particular o en vuelos regulares, que sus costos salen de su propio peculio y que no que se vale para ello de los bienes y recursos que le hemos confiado. Porque si así no fuera, estaríamos en presencia de hechos de suma gravedad institucional, que constituirían un delito y ameritarían por ende un pedido de juicio político.

En orden a esto es bueno hacerle presente que, entre las numerosas causas penales que enfrenta actualmente el señor vicepresidente de la Nación, se cuenta una por el uso de un helicóptero de Gendarmería Nacional para asistir a un acto partidario en la ciudad de Mercedes.

Por todo lo antedicho, me permito invitarlo a que reflexione acerca de su conducta, se abstenga de reiterar los actos aludidos y dedique su tiempo a administrar la Provincia –objeto para el cual lo hemos contratado– y no a expoliar sus recursos en su provecho. Lo saluda respetuosamente

Prudencio Bustos Argañarás, ciudadano

(La Voz del Interior)

 

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24sep/145

Formando ciudadanos débiles

por Eduardo García Gaspar.

Es un efecto de la democracia. Una consecuencia indeseable. Un cambio en la mentalidad de las personas. Todo comienza en las elecciones a puestos públicos. La fiera competencia convierte a las campañas en la oferta de remedios a los problemas personales.

Eso transforma a los gobiernos en agencias de soluciones a las dificultades de la vida de los ciudadanos. Y esta vida personal, es redefinida por la persona.

Veamos esto más de cerca, en algo que creo que bien merece una segunda opinión.

Comencemos con las campañas electorales, que se han convertido en ofertas de soluciones a situaciones personales y familiares. Hablo de ofertas de pensión, seguro de desempleo, educación, servicios médicos y lo que se le ocurra a usted.

Los gobiernos se ofrecen como proveedores de soluciones generales de casi cualquier problema.

Es el gobierno que ha sufrido una mutación significativa a un proveedor de vidas placenteras y cómodas. Kenneth Minogue (1930-2013) lo ha expresado muy bien:

“… proveer una experiencia de vida libre de dolor, donde el dolor se encuentra en cosas como reprobar un examen, ser despedido por incompetente, ser juzgado y encontrado deficiente, e incluso, en algunos casos, tener la expectativa de deber trabajar”.

En un esquema normal se esperaría que la gente misma se hiciera cargo de la solución de sus propios problemas, sea el despido del trabajo o el pago de colegiaturas. Cada persona es considerada como capaz de hacerlo, seguramente con ayuda de otros, pero jamás trasladando su responsabilidad a otros.

En el esquema normal, los problemas personales son incentivos que mueven a la persona a valerse por sí misma, a aceptar las consecuencias de sus acciones, las buenas y las malas.

Pero el esquema normal ha sido girado 180 grados sobre su eje. De la responsabilidad personal se ha pasado a la responsabilidad gubernamental. Es ahora el gobierno el que debe proveer esa existencia libre de preocupaciones a sus gobernados.

La mutación gubernamental es detonada por el ansia de permanecer en el poder, el primer objetivo de todo político, el que suele ponerse en la situación de proveedor de felicidad social. Determina problemas a los que convierte en objetivo gubernamental y vende soluciones en las elecciones.

“Si votas por mí, decretaré seguro de desempleo, ayudas a madres solteras, oferta de condones, admisión sin exámenes…”

La oferta de felicidad social lograda por acciones de gobierno se convierte en la medición de buen gobierno. Y buen gobierno ya no es el que bien gobierna, sino el que más responsabilidades quita a los ciudadanos.

El cambio es sustancial y necesita de dosis masivas de recursos inyectadas a actos no productivos en lo general, lo que vuelve al sistema inestable y propenso a crisis de finanzas públicas. No me adentro en esta parte, pero sí en otra que suele ser descuidada.

Me refiero a la transformación significativa de la mentalidad del ciudadano: el ablandamiento de su carácter, el debilitamiento de su potencial.

El traslado de responsabilidades al gobierno lo vuelve endeble y lánguido. Incluso, delicado de tal manera que llega a pensar que si el gobierno no le da más, eso viola sus derechos.

Otra vez cito a K. Minogue:

“ … el advenimiento del estado de bienestar ha erosionado la centralidad no solo de los deseos sexuales, sino también de la prudencia y la temperancia. El estado ha tomado para sí muchas de las funciones de la vida familiar, de las sociedades de amigos y uniones, y de las de caridad, y en todos los casos el proceso ha separado al individuo de las instituciones”.

Este es un efecto pocas veces notado de manera explícita.

La fuerza activa de cada una de las personas se ha anulado y si acaso es usada, ella se dedica a marchas de protesta que exigen una lista creciente de derechos a la felicidad que el estado debe dar y que están avalados por no sé qué organismo internacional.

La sociedad entera pierde las contribuciones potenciales del ciudadano que acepta sus responsabilidades, una fuente diversificada de prosperidad.

En su lugar, todos comienzan a depender de una manera u otra de acciones gubernamentales como el gasto público creciente, la reducción de tasas de interés, la ampliación de servicios sociales, las ayudas a los segmentos débiles.

Todo comenzó con la distorsión de las campañas electorales convertidas en ofertas crecientes de renuncia a la responsabilidad personal, disfrazadas como derechos sociales que solo el gobierno puede satisfacer.

Puesto de manera políticamente incorrecta, el estado de bienestar tiene un efecto indeseable en el carácter de la persona, volverla frágil, impotente y débil. Una sociedad formada por personas así es la más fácil presa del totalitarismo.

O como expresa un amigo, “el estado de bienestar crea una generación de niños mimados que sólo pueden dejar de reclamar con la pérdida de su libertad”.

Post Scriptum

Quizá deba agregar que el estado de bienestar es económicamente insostenible: reclama el uso de más y más recursos producidos por un grupo cada vez más pequeño de personas que no viven del gobierno.

 

Veamos esto más de cerca, en algo que creo que bien merece una segunda opinión.

Comencemos con las campañas electorales, que se han convertido en ofertas de soluciones a situaciones personales y familiares. Hablo de ofertas de pensión, seguro de desempleo, educación, servicios médicos y lo que se le ocurra a usted.

Los gobiernos se ofrecen como proveedores de soluciones generales de casi cualquier problema.

Es el gobierno que ha sufrido una mutación significativa a un proveedor de vidas placenteras y cómodas. Kenneth Minogue (1930-2013) lo ha expresado muy bien:

“… proveer una experiencia de vida libre de dolor, donde el dolor se encuentra en cosas como reprobar un examen, ser despedido por incompetente, ser juzgado y encontrado deficiente, e incluso, en algunos casos, tener la expectativa de deber trabajar”.

En un esquema normal se esperaría que la gente misma se hiciera cargo de la solución de sus propios problemas, sea el despido del trabajo o el pago de colegiaturas. Cada persona es considerada como capaz de hacerlo, seguramente con ayuda de otros, pero jamás trasladando su responsabilidad a otros.

En el esquema normal, los problemas personales son incentivos que mueven a la persona a valerse por sí misma, a aceptar las consecuencias de sus acciones, las buenas y las malas.

Pero el esquema normal ha sido girado 180 grados sobre su eje. De la responsabilidad personal se ha pasado a la responsabilidad gubernamental. Es ahora el gobierno el que debe proveer esa existencia libre de preocupaciones a sus gobernados.

La mutación gubernamental es detonada por el ansia de permanecer en el poder, el primer objetivo de todo político, el que suele ponerse en la situación de proveedor de felicidad social. Determina problemas a los que convierte en objetivo gubernamental y vende soluciones en las elecciones.

“Si votas por mí, decretaré seguro de desempleo, ayudas a madres solteras, oferta de condones, admisión sin exámenes…”

La oferta de felicidad social lograda por acciones de gobierno se convierte en la medición de buen gobierno. Y buen gobierno ya no es el que bien gobierna, sino el que más responsabilidades quita a los ciudadanos.

El cambio es sustancial y necesita de dosis masivas de recursos inyectadas a actos no productivos en lo general, lo que vuelve al sistema inestable y propenso a crisis de finanzas públicas. No me adentro en esta parte, pero sí en otra que suele ser descuidada.

Me refiero a la transformación significativa de la mentalidad del ciudadano: el ablandamiento de su carácter, el debilitamiento de su potencial.

El traslado de responsabilidades al gobierno lo vuelve endeble y lánguido. Incluso, delicado de tal manera que llega a pensar que si el gobierno no le da más, eso viola sus derechos.

Otra vez cito a K. Minogue:

“ … el advenimiento del estado de bienestar ha erosionado la centralidad no solo de los deseos sexuales, sino también de la prudencia y la temperancia. El estado ha tomado para sí muchas de las funciones de la vida familiar, de las sociedades de amigos y uniones, y de las de caridad, y en todos los casos el proceso ha separado al individuo de las instituciones”.

Este es un efecto pocas veces notado de manera explícita.

La fuerza activa de cada una de las personas se ha anulado y si acaso es usada, ella se dedica a marchas de protesta que exigen una lista creciente de derechos a la felicidad que el estado debe dar y que están avalados por no sé qué organismo internacional.

La sociedad entera pierde las contribuciones potenciales del ciudadano que acepta sus responsabilidades, una fuente diversificada de prosperidad.

En su lugar, todos comienzan a depender de una manera u otra de acciones gubernamentales como el gasto público creciente, la reducción de tasas de interés, la ampliación de servicios sociales, las ayudas a los segmentos débiles.

Todo comenzó con la distorsión de las campañas electorales convertidas en ofertas crecientes de renuncia a la responsabilidad personal, disfrazadas como derechos sociales que solo el gobierno puede satisfacer.

Puesto de manera políticamente incorrecta, el estado de bienestar tiene un efecto indeseable en el carácter de la persona, volverla frágil, impotente y débil. Una sociedad formada por personas así es la más fácil presa del totalitarismo.

O como expresa un amigo, “el estado de bienestar crea una generación de niños mimados que sólo pueden dejar de reclamar con la pérdida de su libertad”.

Post Scriptum

Quizá deba agregar que el estado de bienestar es económicamente insostenible: reclama el uso de más y más recursos producidos por un grupo cada vez más pequeño de personas que no viven del gobierno.

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18sep/141

Es la guerra santa, idiotas

Por Arturo Pérez-Reverte.

Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».

Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».

Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».

A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

Fuente: Minuto digital.

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