A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

5Ene/170

La opinión de Cavallo sobre la renuncia de Prat Gay

Les mando el enlace a un artículo del diario La Tercera, de Santiago de Chile, con una entrevista a Domingo Cavallo sobre la renuncia de Alfonso Prat Gay. Vale la pena

Domingo Cavallo, ex ministro de Economía de Argentina: “Es probable que Prat-Gay haya buscado ser el primus inter pares y eso le debe haber disgustado al presidente”

 

12Dic/161

La patria piquetera

Por Raúl Faure.

Padecimos la patria de Evita (el que entonces no era peronista, no era argentino); la patria montonera (que asesinaba por la espada a soldados, policías, obreros y empresarios); la patria terrorista (que oficializó el crimen político); la patria sindical (de los dirigentes convertidos en monarcas de sus gremios); la patria de la tablita, del uno a uno y del corralito (que demolieron el trabajo y la industria). Y, hace poco, la patria de la corrupción, fundada por extravagantes multimillonarios. ¿Y ahora? Ahora padecemos la “patria piquetera”.

Fanáticos “ambientalistas” que deliran retrotraer la sociedad a la edad preindustrial; organizaciones no gubernamentales que tratan de adueñarse de las funciones que las leyes ponen a cargo del Estado; sindicatos con dirigentes designados a perpetuidad, que se valen de patotas de activistas para intimidar a sus compañeros de trabajo a quienes humillan degradándolos a la condición de rebaño; cooperativistas que se adueñan de recursos públicos en forma fraudulenta, como Tupac Amaru y Sueños Compartidos; improvisados e irresponsables decanos de facultades universitarias artificiales que de prepo impiden deliberar a las autoridades legítimas; sectas de izquierda que recitan los dogmas del estalinismo; patotas de enmascarados organizados por militantes nazis, no poco fieles del catolicismo, y algunos prelados que sacan de los templos las imágenes de sus santos milagrosos para sumarse a las marchas.

Hace poco, también lo hizo Juan Grabois, conductor del Movimiento de Trabajadores Excluidos, quien exhibe credenciales de asesor del Vaticano.

Todos, a pesar de la diversidad de sus creencias, unidos por la metodología inspirada en las fuentes fascistas; esto es, la utilización de la fuerza para domesticar a las autoridades legales.

Por eso, esas organizaciones, sin más argumentos que la fuerza, son las que deciden si la población puede o no utilizar los servicios públicos esenciales. Por lo general, al amparo de la inactividad de los organismos encargados de preservar la paz social.

El Ministerio Público, establecido por la Constitución Provincial para promover acciones en defensa del interés público y los derechos de las personas, impertérrito, por lo general se oculta cuando las agresiones afectan a ciudadanos indefensos.

El piquete es la metodología que utilizan los grupos neofascistas como paso previo para asaltar el poder. Así lo revelan las enseñanzas de la historia.

Cuando en Italia, en 1919, aparecieron las primeras formaciones (los llamados fasci di combattimento ), el periodismo preguntó a uno de sus jefes cuál era su programa y recibió esta respuesta: “El puño es la síntesis de nuestro programa”.

Y Benito Mussolini, ya proclamado duce en 1922, cuando se le pidieron precisiones sobre la relación del fascismo con los demócratas contestó: “¿Acaso los demócratas quieren saberlo? Nuestro programa es muy simple: romperle sus huesos”.

Lisandro de la Torre, en 1937, al tomar conocimiento de la alianza comercial entre las dictaduras de Italia y Alemania y la Rusia Soviética, dijo proféticamente: “El fascismo y el nazismo ajustaron los engranajes de sus dictaduras siguiendo las grandes líneas del modelo soviético”.

Por eso, no puede sorprender que en las marchas piqueteras confraternicen filocomunistas como Martín Sabbatella, Hugo Yasky y Carlos Heller, peronistas como Hebe de Bonafini y el exvicepresidente Amado Boudou, patoteros como Luis D’Elía y Fernando Esteche e impresentables dirigentes del cristinismo. Es que, siguiéndolo a De la Torre, “la adhesión al fascismo importa, en esencia, el desconocimiento a la soberanía del pueblo...”.

Todos estos hechos revelan que se ha formado un frente de tormenta que, cuando se desencadene, provocará graves problemas al gobierno democrático.

Los improvisados jefes de los partidos políticos (o, mejor, lo poco que queda de ellos) parecen no advertir el peligro que acecha a nuestra débil república. Ni siquiera lo denuncian, subestimando las claras y muchas evidencias que demuestran la existencia de un siniestro plan para demolerla.

En el radicalismo, casi en soledad, Eduardo Angeloz sobreponiéndose a su avanzada edad (luego de admitir que fue un gran error impulsar la reforma constitucional que le permitió sucederse a sí mismo como gobernador) retornó a las tribunas para evocar que la misión histórica de la UCR es actuar como centinela insobornable de la Constitución.

Hacía falta que se diera ese paso para agitar la conciencia dormida de muchos de sus correligionarios. Cerrarle el paso al neofascismo es el deber republicano de estos días. Antes que sea tarde.

Fuente: La Voz del Interior

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8Dic/161

Impuesto a “la renta financiera”. ¿Ingenuidad o cinismo?

Por Ricardo Lafferriere

Existe una definición primaria de la actividad financiera: es una intermediación que se realiza sobre activos ajenos.

Los Bancos no prestan dinero propio. Tampoco –obviamente- toman dinero a interés de sí mismos. Trabajan intermediando riquezas de otros.

Con esa actividad ganan dinero. Como cualquier empresa, sobre esa ganancia pagan impuestos, específicamente el Impuesto a las Ganancias. El IVA a créditos no lo pagan ellos sino –nuevamente- los tomadores de créditos. Y el impuesto a los “débitos bancarios”, barbaridad establecida para enfrentar una situación de extrema excepcionalidad, golpea igualmente a la actividad económica fomentando las operaciones en negro o no bancarizadas.

Gravar la renta financiera no “le saca plata a los bancos”, a los que les resulta indiferente. Simplemente crea un nuevo impuesto sobre la actividad económica. Lo pagarán quienes necesiten créditos –para financiar su inversión, o su giro corriente- quienes, a su vez, lo trasladarán a los precios, porque será un costo más.

En suma: lo terminarán pagando los consumidores, con productos más caros.

Si el impuesto es a los plazos fijos, lo pagará el ahorrista –o sea, el mismo que, en el ejemplo anterior, tiene el papel de consumidor-. El efecto es el mismo: se reducirá su ingreso. Y su capacidad de compra residual será menor. O sea, su efecto final será recesivo.

Cuando necesitamos reforzar el ahorro y la inversión para volver a crecer, se les pretende aplicar un nuevo gravamen. Los argentinos pagan ya los precios y los impuestos más caros del mundo.

Ningún economista desconoce estas verdades elementales. De ahí que cuando un dirigente político –o fuerza política- serios proponen esta medida, saben que su efecto es recesivo, no expansivo. Incrementa los costos de producir en el país, sin agregar nada a la justicia distributiva. En rigor, también la afecta, ya que al existir menos actividad económica existirá menos empleo y menos riqueza a distribuir. Y por último, es hipócrita, porque reclaman airadamente la reactivación, mientras impulsan en los hechos medidas que la impiden.

Sí sirve para embaucar incautos. Aquellos que opinan sobre economía más por reacciones viscerales que por razonamientos sólidos y que les encantaría poder distribuir lo que no existe.

Alguna vez he sostenido que la diferencia entre el populismo y las visiones modernas –liberalismo, socialismo, socialdemocracia- es la forma de tratar a la inversión, base del crecimiento.

El liberalismo y el socialismo, ambos subproductos potentes del pensamiento moderno, coinciden en la ética de la producción y el trabajo. Aunque pongan énfasis diferentes en los mecanismos de distribución de la riqueza generada, no descuidan la generación de esa riqueza, a la que consideran central. Saben que sin inversión no hay crecimiento y que la fuente de la inversión es el ahorro.

El populismo se desinteresa de la inversión y del crecimiento. Es por definición rapaz. Su ética no es ni la de la producción ni la del trabajo, sino la del arrebato de lo que producen otros. Eso sí: escondido en un discurso justiciero, que suele desembocar en situaciones como la de Venezuela.

Este debate refleja, una vez más, la naturaleza del populismo. Si a pesar de su intrínseca absurdidad el impuesto a la “renta financiera” pasa los filtros de un debate parlamentario, será la cabal demostración que lo que falla en el país es su capacidad para enfrentar sus problemas sin recurrir al pensamiento mágico.

Sería una lástima.

Fuente: blog del autor

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6Dic/161

La historia no lo absolverá

Por Carlos Alberto Montaner

Fidel Castro ha muerto. ¿Qué leyenda de 10 palabras hay que poner en su lápida? “Aquí yacen los restos de un infatigable revolucionario-internacionalista nacido en Cuba”. Me niego a repetir los detalles conocidos de su biografía. Pueden leerse en cualquier parte. Me parece más interesante responder cuatro preguntas clave.

¿Qué rasgos psicológicos le dieron forma y sentido a su vida, motivando su conducta de conquistador revolucionario, cruce caribeño entre Napoleón y Lenin?

Era inteligente, pero más estratega que teórico. Más hombre de acción que de pensamiento. Quería acabar con el colonialismo y con las democracias, sustituyéndolas por dictaduras estalinistas. Fue perseverante. Voluntarioso. Audaz. Bien informado. Memorioso. Intolerante. Inflexible. Mesiánico. Paranoide. Violento. Manipulador. Competitivo al extremo de convertir el enfrentamiento con Estados Unidos en su leitmotif. Narcisista, lo que incluye histrionismo, falta total de empatía, elementos paranoides, mendacidad, grandiosidad, locuacidad incontenible, incapacidad para admitir errores o aceptar frustraciones, junto a una necesidad patológica de ser admirado, temido o respetado, expresiones de la pleitesía transformadas en alimentos de los que se nutría su insaciable ego. Padecía, además, de una fatal y absoluta arrogancia. Lo sabía todo sobre todo. Prescribía y proscribía a su antojo. Impulsaba las más delirantes iniciativas, desde el desarrollo de vacas enanas caseras hasta la siembra abrumadora de moringa, un milagroso vegetal. Era un cubano extraordinariamente emprendedor. El único permitido en el país.

¿Cómo era el mundo en que se formó?

Revolución y violencia en su estado puro. Fidel creció en un universo convulso, estremecido por el internacionalismo, que no tomaba en cuenta las instituciones ni la ley. Su infancia (n. 1926) tuvo como telón de fondo las bombas, la represión y la caída del dictador cubano Gerardo Machado (1933). Poco después, le llegaron los ecos de la Guerra Civil española (1936-1939), episodio que sacudió a los cubanos, especialmente a alguien, como él, hijo de gallego. La adolescencia, internado en un colegio jesuita dirigido por curas españoles, fue paralela a la Segunda Guerra (1940-1945). El joven Fidel, buen atleta, buen estudiante, seguía ilusionado en un mapa europeo las victorias alemanas. El universitario (1945-1950) vivió y participó en las luchas a tiros de los pistoleros habaneros. Fue un gangstercillo. Hirió a tiros a compañeros de aula desprevenidos. Tal vez mató alguno. Participó en frustradas aventuras guerreras internacionalistas. Se enroló en una expedición (Cayo Confites, 1947) para derrocar al dominicano Trujillo. Era la época de la aventurera “Legión del Caribe”. Durante el bogotazo (1948), en Colombia, trató de sublevar a una comisaría de policías. Los cubanos no tenían conciencia de que el suyo era un país pequeño y subdesarrollado. Como “Llave de las Indias” y plataforma de España en el Nuevo Mundo, los cubanos no conocían sus propios límites. Esa impronta resultaría imborrable el resto de su vida. Sería, para siempre, un impetuoso conspirador dispuesto a cambiar el mundo a tiros. No en balde, cuando llegó a la mayoría de edad se cambió su segundo nombre, Hipólito, por el de Alejandro.

¿En qué creía?

Fidel aseguró que se convirtió en marxista-leninista en la universidad. Probablemente. Es la edad y el sitio para esos ritos de paso. El marxismo-leninismo es un disparate perfecto para explicarlo todo. Es la pomada china de las ideologías. Fidel tomó un cursillo elemental. Le bastaba. Le impresionó mucho ¿Qué hacer?, el librito de Lenin. Incluso, los escritos de Benito Mussolini y de José Antonio Primo de Rivera. No hay grandes contradicciones entre fascismo y comunismo. Por eso Stalin y Hitler, llegado el momento, cogiditos de mano, pactaron el desguace de Polonia. Los comunistas cubanos, como todos, eran antiyanquis y estaban convencidos de que los problemas del país derivaban del régimen de propiedad y de la explotación imperialista auxiliada por los lacayos locales. Fidel se lo creyó. Sus padrinos ideológicos fueron otros jóvenes comunistas: Flavio Bravo y Alfredo Guevara. Fidel no militó públicamente en el pequeño Partido Socialista Popular (comunista), pero su hermano Raúl, apéndice obediente, sí lo hizo. Allí se quedó en prenda hasta el ataque al cuartel Moncada (1953). Fidel se reservó para el Partido Ortodoxo, una formación socialdemócrata con opciones reales de llegar al poder que lo postuló para congresista. Batista dio un golpe (1952) y Fidel se reinventó para siempre, con barba y uniforme verde oliva encaramado en una montaña. Era su oportunidad. Había nacido el Comandante. El Máximo Líder. Sólo se quitó el disfraz cuando lo sustituyó por un extravagante mameluco deportivo marca Adidas.

¿Cuál es el balance de su gestión?

Desastroso. Les prometió libertades a los cubanos, los traicionó y calcó el modelo soviético de gobierno. Acabó con uno de los países más prósperos de América Latina y diezmó y dispersó a la clase empresarial, pulverizando el aparato productivo. Tres generaciones de cubanos no han conocido otros gobernantes durante cincuenta y tantos años de partido único y terror. Extendió la educación pública y la salud, pero ese dato lo incrimina aún más. Confirma el fracaso de un sistema con mucha gente educada y saludable incapaz de producir, hambrienta y entristecida por no poder vivir siquiera como clase media, lo que los precipita a las balsas. Fusiló a miles de adversarios. Mantuvo en las cárceles a decenas de miles de presos políticos durante muchos años. Persiguió y acosó a los homosexuales, a los cultivadores del jazz o el rock, a los jóvenes de pelo largo, a quienes escuchaban emisoras extranjeras o leían libros prohibidos. Impuso un macho feroz y rural como estereotipo revolucionario. El 20% de la sociedad acabó exiliada. Creó una sociedad coral dedicada públicamente a las alabanzas del Jefe y de su régimen. Por su enfermiza búsqueda de protagonismo, miles de soldados cubanos resultaron muertos en guerras y guerrillas extranjeras dedicadas a crear paraísos estalinistas o a destruir democracias como la uruguaya, la venezolana o la peruana de los años sesenta. Carecía de escrúpulos políticos. Se alió a Corea del Norte y a la Teocracia iraní. Apoyó la invasión soviética a Checoslovaquia. Defendió a los gorilas argentinos en los foros internacionales. El 90% de su tiempo lo dedicó a jugar a la revolución planetaria. Deja un país mucho peor del que lo recibió como a un héroe. La historia lo condenará. Es cuestión de tiempo.

 

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27Nov/164

La muerte del último tirano

Por Prudencio Bustos Argañarás

CASTRO, Fidel (Q.E.P.D.) Murió el 25 de noviembre de 2016. Que Dios, en su infinita misericordia, le perdone los crímenes que cometió contra su pueblo en medio siglo de tiranía y le conceda la paz que a ellos les arrebató.

Como cristiano no puedo celebrar la muerte de nadie, por perverso que haya sido, pero en el caso de Fidel Castro, no puedo dejar de alegrarme porque el pueblo cubano haya logrado librarse de la cruel tiranía a la que por medio siglo lo tuvo sometido.

Yo era apenas un niño cuando el ejército victorioso comandado por él entró triunfante en La Habana y derrocó la dictadura de Fulgencio Batista, por lo que no estaba en condiciones de dimensionar la importancia del acontecimiento. Recuerdo sí que mi padre –un auténtico liberal– la celebró entusiasmado. Pero también recuerdo que poco tiempo después, cuando Castro comenzó a manifestarse como un dictador, se declaró comunista y se puso bajo la égida de la Unión Soviética, su entusiasmo se fue desvaneciendo, hasta transformarse en decepción.

Más de medio siglo ha pasado desde entonces y en todo ese tiempo Cuba no ha conocido otro gobernante que él y su hermano, reelegidos indefinidamente a través de elecciones en las que sólo puede presentarse el Partido Comunista, del cual fue también jefe perpetuo. De hecho el régimen no admite la existencia de otros partidos, ni tan siquiera de voces que disientan con el pensamiento rector del líder, que son acusadas de “socavar los principios de la revolución” y acalladas con graves penas de prisión. Todos los medios de comunicación pertenecen al estado (es decir, a Castro), que impide al pueblo el acceso a cualquier fuente de información extranjera.

Miles de cubanos han escapado de la prisión en que el tirano convirtió a la magnífica isla caribeña, buscando la libertad a riesgo de sus propias vidas, precio que pagaron muchos de los que lo intentaron. Otros, que fueron apresados en el intento, purgan aún largas condenas en las cárceles del régimen, si es que se salvaron de morir fusilados ¡por el delito de buscar la libertad! Otros por fin, como la Dra. Hilda Molina, deben resignarse a no volver a su tierra, porque su cerebro es “patrimonio del país”.

Estremece leer los relatos de Huber Matos, comandante de la columna 9 del ejército rebelde, quien se distanció de Castro cuando advirtió sus atrocidades. Matos jamás cometió un delito ni hizo nada en contra del gobierno, pero su distanciamiento le costó una condena de veinte años de prisión, durante los cuales sufrió las más horribles torturas y humillaciones, crudamente contadas en su libro Cómo llegó la noche.

Cuesta por ello entender la sinceridad de quiénes, llamándose a sí mismos defensores de los derechos humanos, le han rendido pleitesía a este violador sistemático de los más elementales derechos de quienes no se sometieron a sus caprichos. O la de los que diciéndose democráticos lo ensalzan a él y a su cómplice, ese asesino serial llamado Ernesto Guevara, a los que América Latina les debe ríos de sangre y horror.

Argentina padeció a sus propias expensas los crímenes de las bandas terroristas alentadas, entrenadas y financiadas por ellos. Y como si eso fuera poco, cuando el gobierno militar reprimió esos delitos usando la misma crueldad que aquellos, Castro bloqueó en las Naciones Unidas, en 1979, una condena al régimen de Videla propiciada por la Comisión de Derechos Humanos.

Quienes aplauden al tirano y le cantan loas ¿quieren para nuestro país un régimen de oprobio y sumisión como el que impuso en el suyo? ¿O es que las dictaduras son malas sólo cuando no coinciden con su pensamiento? Y nuestros gobernantes, los de todas las naciones que forman parte del Mercosur, ¿cómo pudieron recibir con honores a un dictador, olvidando que los países ajenos a la democracia están formalmente impedidos de integrar el bloque regional?

La vida del déspota llegó a su fin. Ojalá que sea también el fin del terrorismo de estado que impuso, y que el pueblo de Cuba recupere la libertad que le arrebató. Y que Dios, en su infinita misericordia, le perdone sus crímenes.

Fuente; La Voz del Interior

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12Nov/163

Trump, Rodríguez Saá y el asombroso asombro

Por Adrián Simioni

Desde 2014, en San Luis se festeja la Semana de la Puntanidad y el Sanluisismo. Se destina a festejar, pero sobre todo a construir, una identidad, un 
folklore, un bloque de sentimientos patrióticos políticamente explotables. Esa construcción viene de años. La dinastía Rodríguez Saá es la propietaria del obrador. El resto del país mira a San Luis como se mira a las cosas extravagantes, con un gesto entre divertido e incrédulo.

Desde la semana pasada, hubo nuevos motivos. El gobernador Alberto Rodríguez Saá le propuso al Gobierno nacional una especie de plan para dotar de mayor autonomía a San Luis, que incluiría revertir el pacto impositivo básico del país (que a partir de ahora San Luis cobre impuestos y ceda una parte a la Nación, al revés que hoy) y la posibilidad de establecer legislación penal y civil de fondo propias. Habría que cambiar la Constitución. Un asesinato podría dejar de ser exactamente lo mismo en Justo Daract (San Luis) que en Villa Valeria (Córdoba).

Además, Rodríguez Saá ingresó un proyecto en su Senado para crear un “Registro del Empleo Puntano”, que castiga con un impuesto del 10 por ciento del sueldo bruto a las empresas que tomen empleados que no sean nacidos y criados en San Luis. Y una más: hubo denuncias de que familias no sanluiseñas fueron desadjudicadas o incluso desalojadas de viviendas de planes provinciales.

Si los dejás, los puntanos te hacen un país.

Tantas novedades dieron lugar a muchas reacciones. Unas fueron de burla y desdén. Los medios de comunicación de alcance nacional expresaron “asombro”. O titularon usando la palabra “curioso”. Otros acusaron a Rodríguez Saá de xenofobia, no sin razón, por el apartheid laboral que propuso, que además es ilegal. El diputado provincial por Cambiemos Alejandro Cacace lo denunció al Inadi por discriminación. Cacace se subió a la ola correcta: “Esto expresa lo peor de la derecha reaccionaria, como encarnan hoy Donald Trump y los movimientos neonazis. Son normas fascistas y totalitarias”.

Hasta ahí, todos de acuerdo.

Ahora bien, en la misma semana se informó, sin que eso causara asombro alguno, que Aysa, la empresa estatal nacional que distribuye el agua en la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, amplió su cobertura a otros ocho partidos del conurbano bonaerense. Más plata que pondrán ciudadanos de todo el país, incluidos los argentinos que viven en las zonas más secas de San Luis, para financiar a quienes viven en el distrito más rico del país y al lado del estuario de agua dulce más ancho del mundo. Mauricio Macri anunció que gastará 20 mil millones de pesos de la Nación en el agua y en las cloacas del Gran Buenos Aires, como si fuera el intendente o el gobernador del área. El presupuesto anual total de San Luis para 2016 (que paga maestros, médicos, jueces, policías) es de 15.700 millones de pesos.

Como todos

Es asombroso que nos asombre lo que dice Rodríguez Saá y no lo que siguen haciendo, desde hace décadas, los sucesivos gobiernos de un país sin ton ni son, cada vez más injusto e inviable.

Hay ejemplos para tirar para arriba. El actual gobierno tampoco puede evitar el abismo que atrajo a los anteriores. Y volvió a prometer que pagará con plata de todos el soterramiento de trenes de pasajeros que sólo corren en el Gran Buenos Aires. O fastuosidades carísimas que no serían necesarias –como la autopista ribereña– si no fuera porque llevamos 200 años acumulando la riqueza que se esquilma al interior en la misma estancia de 10 mil hectáreas de siempre que forman Retiro, el puerto, Aeroparque, Palermo y el Paseo Colón.

¿Qué espera de la Argentina el mundo biempensante e ilustrado, de izquierda y de derecha? ¿Que los sanluiseños empiecen a hablar directamente de secesión en un país que los confisca y trata como a ciudadanos de segunda?

Parecen republicanos y demócratas papando moscas. Tiene razón Cacace al señalar lo que emerge. Hay riesgos de Trump, y no sólo en San Luis. Pero si la Argentina se quiere ahorrar problemas aun mayores que los que tiene, hay que mirar el mar de fondo. Hay que escuchar, saber mirar y actuar. Si no, tarde o temprano, quedaremos, todos, más sorprendidos que Hillary.

Fuente: La Voz del interior

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11Nov/162

No somos hijos de la resaca

Por Prudencio Bustos Argañarás

Las palabras del senador Miguel Ángel Pichetto acerca de los inmigrantes bolivianos, peruanos y paraguayos, a los que ha calificado de resaca, provocaron fundadas reacciones y acusaciones de discriminación. Entre ellas se cuenta la nota aparecida en este diario el pasado domingo, con la firma de Alejandro Mareco.

En ella, el periodista afirma que todos los argentinos somos “hijos de la resaca” y, mediante el recurso de formular preguntas a la espera de respuestas negativas, ridiculiza a los acompañantes de Cristóbal Colón por no ser “orgullosos marineros que renunciaron a sus respetables puestos en la sociedad, tentados de ser parte de una página de la historia”.

Otro tanto hace con nuestros padres fundadores, subrayando que no fueron “prohombres de gran educación y relieve social que eligieron dejar sus privilegios para venir a sudar incertidumbre en los trópicos y en el último sur”.

No sé con certeza cómo estaba compuesta la tripulación que acompañó a Colón en su gloriosa gesta, pero creo que poco importa a la hora de analizar la procedencia de quienes 80 años más tarde fundaron nuestra ciudad.

Por otra parte, no sé de ninguna familia argentina que lleve la sangre de aquellos pioneros del descubrimiento, pero conozco bien a los integrantes de la hueste que trajo Cabrera en 1573, cuya sangre corre sí por nuestras venas.

Poco importa su “relieve social” a la hora de reconocer sus méritos, a excepción de que una trasnochada concepción clasista considere “resaca” a quienes no tuvieran probada su nobleza.

Por fortuna, vivimos bajo un régimen republicano en el que todos somos iguales ante la ley y valemos por lo que somos y hacemos, y no por lo que fueron e hicieron nuestros antepasados.

Pero por si alguien quisiera insistir en ello, será bueno recordarle que los españoles que fundaron y poblaron nuestras ciudades eran una muestra a escala de la sociedad de la que provenían.

A la par de nobles hidalgos –como don Lorenzo Suárez de Figueroa, nieto del conde de Feria, o el propio don Jerónimo Luis de Cabrera, por cuyas venas corría también sangre de reyes, o don Fernando de Toledo Pimentel, bisnieto del primer duque de Alba y primo de Felipe II–, venían otros de condición humilde, trayendo el invalorable capital de su hombría de bien y su honradez, por lo que calificarlos de resaca resulta inadmisible.

Y si de su formación cultural hablamos, entre los ciento y tantos hombres que dieron vida a Córdoba no se ha encontrado uno solo que no pudiera cuanto menos estampar su firma, en tiempos en que en las principales ciudades europeas el índice de analfabetismo superaba el 70 por ciento.

Por ello, no extraña que a los 50 años de vida, cuando era aún una aldea situada en el confín del mundo conocido, tuviera una universidad real y pontificia donde se graduaban doctores, licenciados y maestros, galardón que no sé si puede exhibir otra ciudad en el mundo.

Los argentinos somos el producto de la mezcla de esos hombres y los pueblos originarios, a los que se sumarían después los esclavos africanos, cuya sangre corre por las venas de muchos de nuestros compatriotas. Y, varios siglos más tarde, la de los inmigrantes, que quizá no serían “profesionales formados en centenarias universidades” ni “obreros altamente calificados de la era industrial”, como despectivamente se pregunta el periodista, pero trajeron ese espíritu de trabajo y esa perseverancia que tanto contribuyeron a engrandecer nuestra patria, lo que por sí solo los exime de ser considerados resaca.

Esa es la raza criolla de la que hablaba el presidente Hipólito Yrigoyen cuando en 1917 impuso la conmemoración del 12 de octubre como fiesta nacional.

La palabra raza ha adquirido connotaciones peyorativas luego de los horrores del nazismo, y por ello resulta más apropiado hablar de encuentro de culturas. Pero cualquiera sea el nombre que le demos, debemos sentirnos orgullosos de formar parte de esa casta de hombres y mujeres nacida de ese portentoso mestizaje, que alguna vez fueron capaces de hacer de la Argentina uno de los países más importantes del mundo.

Yo también condeno por insultantes las palabras de Pichetto al llamar a nuestros vecinos “resaca”, pero contradecirlo calificando con el mismo epíteto degradante a nuestros antepasados, además de falso, resulta tan discriminatorio y agraviante como aquello.

Fuente: La Voz del Interior

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18Oct/165

La Patria del corazón

Discurso de Pilar Rahola en la Sagrada Familia de Barcelona

Excelentísimo Sr. Arzobispo Juan José Omella,
monseñores,
autoridades,
amigas y amigos:

No puedo empezar este pregón sin compartir los sentimientos que, en este preciso momento, me tienen el corazón en un puño. Estoy en la Sagrada Familia, donde, como decía el poeta Joan Maragall, se fragua un mundo nuevo, el mundo de la paz. Y estoy aquí porque he recibido el inmerecido honor de ser la pregonera de un grandioso acto de amor que, en nombre de Dios, nos permite creer en el ser humano. Si me disculpan la sinceridad, pocas veces me he sentido tan apelada por la responsabilidad y, al mismo tiempo, tan emocionada por la confianza.

No soy creyente, aunque algún buen amigo me dice que soy la no creyente más creyente que conoce. Pero tengo que ser sincera, porque, aunque me conmueve la espiritualidad que percibo en un lugar santo como este y admiro profundamente la elevada trascendencia que late el corazón de los creyentes, Dios me resulta un concepto huidizo y esquivo. Sin embargo, esta dificultad para entender la divinidad no me impide ver a Dios en cada acto solidario, en cada gesto de entrega y estima al prójimo que realizan tantos creyentes, precisamente porque creen. ¡Qué idea luminosa, qué ideal tan elevado sacude la vida de miles de personas que un día deciden salir de su casa, cruzar fronteras y horizontes, y aterrizar en los lugares más abandonados del mundo, en aquellos agujeros negros del planeta que no salen ni en los mapas! ¡Qué revuelta interior tienen que vivir, qué grandeza de alma deben de tener, mujeres y hombres de fe, qué amor a Dios que los lleva a entregar la vida al servicio de la humanidad! No imagino ninguna revolución más pacífica ni ningún hito más grandioso.

Vivimos tiempos convulsos, que nos han dejado dañados en las creencias, huérfanos de ideologías y perdidos en laberintos de dudas y miedos. Somos una humanidad frágil y asustada que camina en la niebla, casi siempre sin brújula. En este momento de desconcierto, amenazados por ideologías totalitarias y afanes desaforados de consumo y por el vaciado de valores, el comportamiento de estos creyentes, que entienden a Dios como una inspiración de amor y de entrega, es un faro de luz, ciertamente, en la tiniebla.

Hablo de ellos, de los misioneros, y esta palabra tan antigua como la propia fe cristiana —no en vano los cristianos empezaron a salir de su tierra, para ir a la tierra de todos, desde los principios de los tiempos—, esta palabra, decía, ha sido ensuciada muchas veces, arrastrada por el fango del desprecio. Es cierto que los misioneros tienen un doble deseo, una doble misión: son portadores de la palabra cristiana y, a la vez, servidores de las necesidades humanas. Es decir, ayudan y evangelizan, y pongo el acento en este último verbo, porque es el que ha sufrido los ataques más furibundos, sobre todo por parte de las ideologías que se sienten incómodas con la solidaridad, cuando se hace en nombre de Cristo. De esta incomodidad atávica, nace el desprecio de muchos.

Es evidente que las críticas históricas a determinadas prácticas en nombre de la evangelización son pertinentes y necesarias. Estoy convencida, leyendo el Nuevo Testamento, de que el mismo Jesús las rechazaría. Pero no estamos en la Edad Media, ni hace siglos, cuando, en nombre del Dios cristiano, se perpetraron acciones poco cristianas. Desgraciadamente, el nombre de todos los dioses se usa en vano para hacer el mal, y este hecho tan humano tiene muy poco que ver con la idea trascendente de la divinidad. Pero, al mismo tiempo, hay que poner en valor la entrega de miles y miles de cristianos que, a lo largo de los siglos, han hecho un trabajo de evangelización, convencidos de que difundir los valores fraternales, la humildad, la entrega, la paz, el diálogo, difundir, pues, los valores del mensaje de Jesús, era bueno para la humanidad. Si es pertinente hacer proselitismo político, cuando quien lo hace cree que defiende una ideología que mejorará el mundo, ¿por qué no ha de ser pertinente llevar la palabra de un Dios luminoso y bondadoso, que también aspira a mejorar el mundo? ¿Por qué, me pregunto —y es una pregunta retórica—, hacer propaganda ideológica es correcto, y evangelizar no lo es? Es decir, ¿por qué ir a ayudar al prójimo es correcto cuando se hace en nombre de un ideal terrenal, y no lo es cuando se hace en nombre de un ideal espiritual? Y me permito la osadía de responder: porque los que lo rechazan lo hacen también por motivos ideológicos y no por posiciones éticas.

Quiero decir, pues, desde mi condición de no creyente: la misión de evangelizar es, también, una misión de servicio al ser humano, sea cual sea su condición, identidad, cultura, idioma..., porque los valores cristianos son valores universales que entroncan directamente con los derechos humanos. Por supuesto, me refiero a la palabra de Dios como fuente de bondad y de paz, y no al uso de Dios como idea de poder y de imposición. Pero, con esta salvedad pertinente, el mensaje cristiano, especialmente en un tiempo de falta de valores sólidos y trascendentes, es una poderosa herramienta, transgresora y revolucionaria; la revolución del que no quiere matar a nadie, sino salvar a todos.

Permítanme que lo explicite una manera gráfica: si la humanidad se redujera a una isla con un centenar de personas, sin ningún libro, ni ninguna escuela, ni ningún conocimiento, pero se hubiera salvado el texto de los Diez Mandamientos, podríamos volver a levantar la civilización moderna. Todo está allí: amarás al prójimo como a ti mismo, no robarás, no matarás, no hablarás en falso...; ¡la salida de la jungla, el ideal de la convivencia! De hecho, si me disculpan la broma, solo sería necesario que los políticos aplicaran las leyes del catecismo para que no hubiera corrupción ni falsedad ni falta de escrúpulos. El catecismo, sin duda, es el programa político más sólido y fiable que podamos imaginar.

Y de la idea menospreciada, criticada y tan a menudo rechazada de la evangelización, a otro concepto igualmente demonizado: el concepto de la caridad. ¿Cuántas personas de bien que se sienten implicadas en la idea progresista de la solidaridad, y alaban las bondades indiscutibles que la motivan, no soportan, en cambio, el concepto de la caridad cristiana? Y uso el término con todas sus letras: caridad cristiana, consciente de cómo molesta esa motivación en determinados ambientes ideológicos. Sin embargo, esta idea, que personalmente encuentro luminosa, pero que otros consideran paternalista e incluso prepotente, ha sido el sentimiento que ha motivado a millones de cristianos, a lo largo de los siglos, a servir a los demás. Y cuando hablamos de los demás, hablamos de servir a los desarraigados, a los olvidados, a los perdidos, a los marginados, a los enfermos, a los invisibles. ¡Quiénes somos nosotros, gente acomodada en nuestra feliz ética laica, para poner en cuestión la moral religiosa, que tanto bien ha hecho a la humanidad! La caridad cristiana ha sido el sentimiento pionero que ha sacudido la conciencia de muchos creyentes, decididos a entregar la vida propia para mejorar la vida de todos.

Y no me refiero solo a los misioneros actuales, a los más de quinientos catalanes, o a los casi trece mil de todo el Estado, repartidos por todo el mundo, allí donde hay necesidad más extrema, sino también a aquellos lejanos cristianos que, por amor a su fe, protagonizaron gestas heroicas. ¿Qué podemos decir, por ejemplo, de los mercedarios que se intercambiaban por personas que estaban presas en tierras musulmanas, como acto sublime de sacrificio propio, en favor de los demás? El mismo ideal espiritual que motivaba a san Serapión a ir hasta el Magreb, entrar en la prisión de un sultán y liberar a un desconocido, convencido de que aquel acto de amor era un tributo a Dios, es el que motivó a Isabel Solà Matas, una joven enfermera catalana, perteneciente a la Congregación de Jesús-María, a estar dieciocho años en Guinea y ocho en Haití, hasta que fue asesinada. Durante todos estos años de entrega, dejó su estela de bondad y servicio, y, gracias a ella, por ejemplo, existe ahora el Proyecto Haití, un centro de atención y rehabilitación de mutilados que fabrica prótesis para los haitianos que no tienen recursos. La conocían como «la monja de los pies», porque, gracias a ella, muchos haitianos pobres habían tenido una segunda oportunidad. Casi ochocientos años separaban a san Serapión de Isabel Solà, y, en ocho siglos, el mismo alto ideal de servicio y entrega los motivaba, empujados por la creencia en un Dios de amor.

Y como Isabel, tantos otros misioneros, monjas, curas y seglares, muertos en cualquier rincón del mundo, asesinados, abatidos por virus terribles, caídos en las guerras de la oscuridad. Cómo no recordar al hermano Manuel García Viejo, miembro de la Orden de San Juan de Dios, que, después de 52 años dedicados a la medicina en África, se infectó del ébola en Sierra Leona y murió. O a su compañero de Orden Miguel Pajares, que desde los doce años dedicaba su vida a los más pobres y que regentaba un hospital en una de las zonas de Liberia más castigadas por el virus. Todos ellos, caídos en el servicio a la humanidad, motivados por su fe religiosa y por la bondad de su alma. Isabel, Manuel, Miguel son la metáfora de lo que significa el ideal del misionero: el de amar sin condiciones, ni concesiones. Si Dios es el responsable de tal entrega completa, de tal sentimiento poderoso que atraviesa montañas, identidades, idiomas, culturas, religiones y fronteras, para aterrizar en el corazón mismo del ser humano, si Dios motiva tal viaje extraordinario, cómo no querer que esté cerca de nosotros, incluso cerca de aquellos que no conocemos el idioma para hablarle.

Decía Isabel Solà en 2011, en un vídeo-blog para pedir ayuda para su centro de prótesis: «Os preguntaréis cómo puedo seguir viviendo en Haití, entre tanta pobreza y miseria, entre terremotos, huracanes, inundaciones y cólera. Lo único que podría decir es que Haití es ahora el único lugar donde puedo estar y curar mi corazón. Haití es mi casa, mi familia, mi trabajo, mi sufrimiento y mi alegría, y mi lugar de encuentro con Dios».

No encuentro palabras más intensas para describir la fuerza grandiosa del amor. He dicho al inicio de este pregón que no soy creyente en Dios, y esta afirmación es tan sincera como, seguramente, triste. ¡Estamos tan solos ante la muerte los que no tenemos a Dios por compañía! Pero soy una creyente ferviente de todos estos hombres y mujeres que, gracias a Dios, nos dan intensas lecciones de vida, apóstoles infatigables de la creencia en la humanidad. El papa Francisco ha pedido, en su Mensaje para este DOMUND, que los cristianos «salgan» de su tierra y lleven su mensaje de entrega, pero no porque los obliga una guerra o el hambre o la pobreza o la desdicha, como tantas víctimas hay en el mundo, sino porque los motiva el sentido de servicio y la fe trascendente. Es un viaje hacia el centro de la humanidad. Esta llamada nos interpela a todos: a los creyentes, a los agnósticos, a los ateos, a los que sienten y a los que dudan, a los que creen y a los que niegan, o no saben, o querrían y no pueden. Las misiones católicas son una ingente fuerza de vida, un inmenso ejército de soldados de la paz, que nos dan esperanza a la humanidad, cada vez que parece perdida.

Solo puedo decir: gracias por la entrega, gracias por la ayuda, gracias por el servicio; gracias, mil gracias, por creer en un Dios de luz, que nos ilumina a todos.

Fuente: Pregón Domund

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11Oct/162

¿Ya empezó el gobierno macristinista?

Por Adrián Simioni

Para unos, es porque tiene que sí o sí ganar las legislativas de 2017. De nada le serviría a Mauricio Macri mantener fijo el rumbo con que inició su gobierno si en 12 meses no logra solidificar el poder de Cambiemos en el Congreso. Para otros, no ha cambiado nada y, más allá de algunas medidas puntuales, el Presidente mantiene sin cambios la dirección.

Lo cierto es que, en las últimas semanas, hubo varios volantazos. Si el gobierno inicial tendía a tomar medidas que apuntaban a reducir el saqueo del interior del país y del sector privado a manos del Gran Buenos Aires y del sector estatal (reducir retenciones o subsidios a los servicios públicos, por ejemplo), en las últimas semanas esa orientación muy general ha comenzado a variar. Apuntamos:

1. La baja de impuestos al sector privado terminó. Se morigera el cambio en Ganancias para el año entrante, se anuló la proyectada quita de cinco puntos adicionales en las retenciones a la soja para 2017 y la gobernadora María Eugenia Vidal, por ejemplo, anunció una suba de impuestos inmobiliarios en Buenos Aires. Daniel Scioli había subido las valuaciones fiscales, apretado por el kirchnerismo.

2. La reducción del gasto y, en consecuencia, del déficit también está suspendida. El kirchnerismo se financiaba con un combo de emisión inflacionaria, impuestos asfixiantes, confiscación de dólares del Central, endeudamiento interno descabellado (en dólares, la deuda pública llegó al récord de 250 mil millones de dólares con Cristina Fernández) y acumulación de juicios de jubilados. El macrismo ha variado un poco la fuente de financiamiento y se recuesta menos en la emisión y más en la colocación de deuda en moneda extranjera.

3. Se frenó la tímida reducción de los exorbitantes privilegios que el conjunto del país ofrenda a los votantes del Gran Buenos Aires bajo la forma de servicios públicos. En parte, eso fue por sentencias judiciales de magistrados que ignoran más de lo que sospechan. Pero es obvio que el macrismo elige cuidadosamente no poner todos los dedos en el enchufe del Conurbano. Se deduce claramente de un informe de la Asociación Argentina de Presupuesto (Asap) sobre el Presupuesto 2017. Mientras los subsidios a los servicios públicos en total (inversiones y gastos corrientes) decrecen 12 por ciento, los dos más inequitativos (son exclusivos para el Gran Buenos Aires) crecen 17 por ciento (trenes de pasajeros) y tres por ciento (el agua y las cloacas gratis que todo el país paga a través de Aysa).

4. La misma Asap muestra, en obras públicas, el privilegio a la misma zona. Una provincia como Córdoba tendrá la menor inversión nacional por habitante. Las partidas destinadas a la Buenos Aires de María Eugenia Vidal crecen 98 por ciento. La Nación construirá en el Gran Buenos Aires las tres obras más caras de todas: pondrá 3.000 millones de pesos para reformar el ramal ferroviario Constitución-La Plata; destinará 2.392 millones para “mejorar el transporte” en el Área Metropolitana, y para que no se diga que el interior es miserable, también empezará a construirle al distrito más rico la autopista del Camino del Buen Ayre, con 1.284 millones de pesos.

5- Como un símbolo, volvieron los gendarmes y prefectos de todo el país a cuidar el Gran Buenos Aires, donde sigue el caos de múltiples policías superpuestas (Federal, Metropolitana, Bonaerense y el simulacro demagógico que Daniel Scioli le permitió crear a cada partido del conurbano), porque no alcanza que todo el país pague desde hace décadas la Federal, que no existe en el resto del territorio.

Lo que el kirchnerismo hizo con pasión, alegría y sin vergüenza –beneficiar al inequitativo Partido de la Casta Estatal con casa central en Capital Federal y el Conurbano bonaerense y en alianza con las provincias más medievales, a fuerza de clientelismo e improductividad–, 
el macrismo parece haber empezado a hacerlo por necesidad de supervivencia.

Fuente: la Voz del Interior

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8Oct/160

Cristina Bajo: “Hay un mundo paralelo, muchas cosas que no vemos”

Entrevista del diario La Nación

"Mi casa es interna: verás un pasaje ancho que termina en una arboleda y una casona antigua, la del prólogo de mi libro; la mía es una más modesta, primera y única a la derecha del pasaje", escribió Cristina Bajo a esta cronista en el mail en el que aceptaba recibir a LA NACION en la casa en la que vive, en la ciudad de Córdoba, desde hace cuarenta y cuatro años. Una casa llena de libros en la que convive con cuatro gatos, un perro y... un fantasma.

A los 79 años, la mujer que a los 50 -cuando comenzó a publicar novelas sobre la historia cordobesa- se convirtió en una escritora exitosa, está llena de proyectos. Ella que es ganadora del Premio Literario de la Academia Argentina de Letras por , que te escondes, un libro de "cuentos raros", acaba de publicar Alguien llama a la ventana, una antología de doce cuentos góticos escritos todos, menos uno que es suyo, por autores clásicos como Henry James, Emily Dickinson, Edward Frederic Benson, Saki, Edith Wharton y Gustavo Adolfo Bécquer. En una edición muy cuidada, con ilustraciones elegidas por la escritora y la editora Paula Viale, Edhasa publica relatos que, según afirma Bajo, no están incluidos en las clásicas antologías de cuentos extraños y con los cuales tuvo alguna historia personal.

En una especie de prólogo que antecede cada cuento, Bajo describe esa circunstancia que le hizo conocer el relato o a sus autor a cuya vida y obra introduce con la misma delicadeza con la que orientó a esta cronista a llegar a su casa.

-¿Cómo explica la vigencia del género del gótico en siglo XXI?

-Considero que este tipo de literatura es una especie de rebelión contra la intelectualidad y contra el raciocinio. Nació así y sigue siéndolo. Es como burlarte de quien está escribiendo un gran libro. El clásico en general puede leerse en todo momento porque debe tener algo que es sencillo de leer y que perdura a través de las modas. Si mirás los ebook, tanto los pagos como los gratis, hay miles de terror y ciencia ficción. Quiere decir que la gente sigue leyendo eso; quiere seguir creyendo en el hombre lobo, en los marcianos, en los fantasmas.

-¿Por qué cree que ejercen tanta atracción en los jóvenes las historias de terror, vampiros y fantasmas?

-Creo que así como hay gente que necesita creer en el cielo o que hay vida después de ésta o en la reencarnación, la gente joven sobre todo necesita creer que algo mágico puede pasar, que no todo está determinado. Que no tenés que estudiar lo que te dicen tus padres, que no tenés que trabajar en una oficina; que a lo mejor hay algo más, lo imprevisto, lo raro, lo que no tiene explicación.

-Usted escribió que hace bien tener "un buen encuentro con aparecidos y elementales". ¿A qué se refiere?

-A que no sea algo terrorífico, sino algo como lo que yo viví con el fantasma que vi.

-¿Cómo fue eso?

-Hace muchos años, un día que estaba parada hablando por teléfono con una amiga, vi a través de la ventana a una anciana con un vestido blanco y el pelo suelto. Creí que era una de las alumnas de yoga de la casa de al lado que, como no habíamos hecho aún la tapia que dividiera las dos casas, se había pasado. Pero abrí la ventana y no había nada. La imagen estaba detrás de mí. Me santigüé, recé un padrenuestro, fui a la cocina y cuando volví vi la misma imagen, de espalda, que se iba para el patio caminando. Yo la vi sólo una vez más, pero se le ha aparecido en mi casa a dos personas a las que no había contado nada sobre esto. No soy yo la única loca que la ha visto..., pero es un buen encuentro porque nunca sentí que hubiera onda mala.

-Cuando se dicen estas cosas se piensa que quien las dice no está en sus cabales. ¿Cómo las explica?

-Sí, piensan que estoy loca, pero no lo estoy. Creo que hay un mundo paralelo, un montón de cosas que no vemos y que algunas personas tenemos más predisposición para ver cosas y asimilarlas. En su libro El hombre y sus símbolos, Jung documentó varios casos durante la Primera Guerra Mundial de madres que veían a su hijo entrar en el dormitorio y hablar con ellas, y después recibían la comunicación de que ese día habían muerto en el campo de batalla.

-¿Premoniciones, telepatía?

-Sí. Hay un montón de cosas que todavía no conocemos y no creo que sean mágicas, sino que son físicas. Algo físico-químico que de alguna manera, de vez en cuando, se ve; como si fuese una abertura en el tiempo. Las experiencias que he tenido y sobre las que he conocido han sido benévolas. Pero te aclaro que con mis alumnas hicimos una novena para las ánimas acá.

-¿Usted es creyente?

-Sí. Y eso ayuda. Aparte de tener fe leo sobre religión y sobre religiones comparadas.

-El católico común piensa que eso es cosa de brujos.

-Sí, pero yo pienso que una persona que puede creer que Jesús resucitó, nació de una mujer virgen y se apareció a sus amigos después de muerto -cosas en las que yo creo-, y cree en un Dios a quien no conoce la cara -porque los católicos no tenemos imágenes de Dios padre-, esas personas somos más proclives a que las cosas fantásticas nos parezcan menos fantásticas, y más familiares y cotidianas.

-¿Sigue escribiendo?

-¡Claro! Estoy escribiendo una ficción sobre la caída de Rosas que será la última de la saga de la familia Osorio. Tengo pensado escribir sobre las primeras capillas en Córdoba y también tengo otros proyectos.

Alguien llama a la ventana

Autora: Cristina Bajo

Editorial: Edhasa