A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

16abr/140

El primer derecho del niño: nacer

Por Iriana Ferreyra.

El 25 de marzo se celebró el Día del Niño por Nacer: la vida es el primer derecho humano y, por lo tanto, nacer es el primer derecho del niño, cualquiera sea su condición.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos sostiene que todas las personas –sin distinción–tienen todos los derechos y, en primer lugar, el derecho a la vida.

Los preámbulos de la Declaración y de la Convención de los Derechos del Niño establecen “que el niño, por su falta de madurez física y mental, necesita protección y cuidados especiales, incluso la debida protección legal, tanto antes como después del nacimiento”.

Sostener el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo es justo mientras sea su cuerpo y su vida, pero deja de serlo cuando se trata de otro cuerpo y otra vida, puesto que un embrión –desde el momento en que se forma– cuenta con una carga genética diferente tanto del hombre como de la mujer que lo engendraron.

El aborto es una decisión sobre otro cuerpo y otra vida, atenta contra el primero de los derechos humanos –la vida– y contra el primero de los derechos del niño –el derecho a nacer.

Paradoja legal

Quienes procuran la legalización del aborto –y exigen que pueda efectuarse de forma gratuita en hospitales públicos– argumentan la necesidad de no poner en riesgo la vida de la mujer, olvidando que en realidad esa vida no se pone en riesgo por el embarazo sino por el acto de atentar contra otra vida: la del niño o niña por nacer.

¿Cómo es que mientras juzgamos y encarcelamos a algunos individuos por delitos menores, discutimos la posibilidad de permitir que unas personas atenten contra otras sin consecuencias penales y, además, con fondos públicos?

Desde el punto de vista legal, si se tratara de un niño nacido, el hecho de atentar contra su vida se vería agravado por el vínculo. ¿Cómo es posible semejante salto entre un delito agravado y un “derecho” cuando median sólo unos meses entre una realidad y otra?

Cuando se trata de la vida –derecho inherente a todo ser humano–, no caben excepciones. Legalizar el aborto constituiría una excepción; de permitirla, bajo ciertos argumentos, ¿qué nos preserva de otras excepciones en el futuro, bajo otros argumentos?

En cuanto al uso de los recursos públicos, se omite del debate la posibilidad de utilizarlos para garantizar a todas las personas el acceso a todos los derechos: salud y educación; programas de salud reproductiva y educación sexual; programas para informar y empoderar a las mujeres mediante herramientas para enfrentar la violencia de género –física, psicológica, sexual, económica (patrimonial, simbólica)–; divulgación de espacios gratuitos de asesoramiento legal y acompañamiento psicológico; promoción de la educación, desarrollo profesional e inserción laboral de las mujeres, entre otras muchas posibilidades.

Violación e interrupción

Se considera diferente el caso de una mujer violada, pues se supone que la violencia sufrida justifica el aborto. Sólo con trasladar esta lógica a otros tipos de violencia, ayuda a percibir la falacia: haber sido víctima de un robo, ¿justifica que robe a otro para calmar mi malestar?

Si asesinan a un familiar mío o me hieren, eso no me autorizaría a matar o herir a un tercero para disminuir mi sufrimiento.

Haber sufrido una violación no es motivo para quitarle la vida a un niño o niña inocente, y hacerlo no ayudará a superar la situación traumática vivida.

No significa esto que esa mujer deba responsabilizarse del niño o niña tras el nacimiento; sólo significa que debe respetar su derecho a nacer, para luego confiar a los sistemas de adopción la misión de encontrar una familia en la que el bebé pueda crecer y desarrollarse.

Esta posición puede parecer extrema pero, por sórdidas que sean las condiciones en que fui engendrada o engendrado, mi futuro no pertenece ni a mi padre ni a mi 
madre.

Consecuencias

Existe aún otra omisión respecto del aborto: suponer que no genera consecuencias psicológicas, aun cuando es reconocido por la psicología como un evento traumático que implica gran estrés, miedos, angustia y, en la mayoría de los casos, absoluta soledad.

Además, existe un síndrome posaborto que se presenta en muy altos porcentajes entre las personas que han atravesado esa experiencia; afecta de manera principal y frecuente a la mujer, pero no sólo a ella; también a otros que han participado o estado al tanto: el hombre, profesionales de la salud, familiares, hermanos del bebé.

En general, se presenta dentro de los dos años siguientes, pero en algunos casos sus consecuencias perduran.

El aborto, entonces, no sólo atenta contra los derechos del niño o niña por nacer, tampoco respeta a la mujer ni procura su bienestar, ni siquiera tras una violación, porque ¿a quién someteríamos a dos traumas consecutivos?

Por último, la posición más desventajosa, sin duda, es la del niño o niña por nacer, que no puede defenderse por sí mismo. Si yo estuviera en ese lugar, desearía que mi sociedad defendiera mi derecho a nacer, a vivir y a desarrollarme como persona.

Fuente: diario La Voz del Interior

14abr/145

La historia es más que la memoria

Por Ceferino Reato.

"Una sociedad necesita conocer la Historia, no solamente tener memoria. La memoria colectiva es subjetiva: refleja las vivencias de uno de los grupos constitutivos de la sociedad; por eso, puede ser utilizada por ese grupo como un medio para adquirir o reforzar una posición política. Por su parte, la Historia no se hace con un objetivo político (o si no, es una mala Historia), sino con la verdad y la justicia como únicos imperativos".

La frase pertenece al prestigioso semiólogo, filósofo e historiador búlgaro-francés Tzvetan Todorov y está incluida en un artículo publicado en el diario español El País el 7 de diciembre de 2010, luego de una visita a la Argentina, que se reprodujo en esta página. Es decir, no fue una columna escrita en abstracto, sino una reflexión sobre la política de derechos humanos del gobierno de Cristina Kirchner, que privilegia la memoria a la verdad y, por lo tanto, a la justicia.

Todorov enfatiza que la memoria es siempre parcial, subjetiva: uno recuerda lo que más lo impactó y no siempre en orden cronológico. En cambio, la verdad, en la que se funda la historia, incluye las memorias de grupos diversos sobre hechos comunes.

Vamos a un ejemplo concreto: el lunes 24 de marzo coincidí en un programa de televisión con Horacio Pietragalla, un joven diputado kirchnerista, pero, más importante aún, uno de los nietos recuperados por las Abuelas de Plaza de Mayo, hijo de Horacio Chacho Pietragalla.

Pietragalla padre era un dirigente de peso de la Juventud Peronista, a tal punto que viajó en el chárter que trajo de regreso al general Juan Perón en su primer retorno del exilio, el 17 de noviembre de 1972; tres años después, era "oficial primero" de Montoneros y el jefe de la Columna 26: tenía a su cargo el norte de Santa Fe, Chaco y Formosa; es decir, era el número dos de la Regional Nordeste de esa organización político-militar.

La historia de Pietragalla hijo es conmovedora: la pérdida de su padre y de su madre, ambos detenidos desaparecidos; su condición de nieto recuperado.

En el caso concreto del padre, de Chacho Pietragalla, fue la primera víctima del Comando Libertadores de América, un grupo paraestatal creado en Córdoba en octubre de 1975, en pleno gobierno constitucional de la presidenta Isabel Perón.

Pietragalla padre fue apresado en un bar de la capital cordobesa el 15 de octubre de 1975 junto con otro "oficial" montonero, Eduardo Jensen. El 8 de noviembre sus cuerpos fueron encontrados a 25 kilómetros de la ciudad de Córdoba; los cadáveres presentaban numerosas heridas de bala y estaban parcialmente quemamos y cubiertos con tierra y ramas. Ya durante la dictadura, fueron sepultados en una fosa común en el cementerio San Vicente junto con otras víctimas de la represión ilegal.

Lógicamente, la memoria de Pietragalla hijo se concentra en la detención, el asesinato y la desaparición del cuerpo de su padre, y en su recuerdo de niño que creció con una identidad robada, junto a personas que lo criaron, pero que no eran sus progenitores, como terminó descubriendo.

Pero hay otras memorias. Por ejemplo, los recuerdos de los padres y hermanos de los diez formoseños de 21 años que fueron muertos en el ataque de Montoneros a un cuartel ubicado en los suburbios de la ciudad de Formosa. Esos diez jóvenes estaban cumpliendo con el servicio militar, que en aquella época era obligatorio, y estaban de guardia el domingo 5 de octubre de 1975, cuando el flamante Ejército Montonero intentó copar ese regimiento.

Los montoneros imaginaban que los soldados formoseños se iban a rendir, pero resistieron y se produjo un combate en el que murieron 24 jóvenes: doce guerrilleros y doce defensores del cuartel (los diez soldados, un sargento primero y un subteniente de 21 años). Todos eran peronistas.

Pietragalla y Jensen participaron de ese ataque, como lo indican distintas fuentes en mi libro Operación Primicia. Fue el debut del Ejército Montonero, con el cual la guerrilla de origen peronista pensaba derrotar al ejército formal, al que señalaban como el instrumento armado de la oligarquía criolla y el imperialismo norteamericano. No les importaba que ese ataque pudiera deteriorar aún más al desfalleciente gobierno de la viuda de Perón, porque el objetivo prioritario de Montoneros era, precisamente, evitar que Isabelita se consolidara en el poder, según un documento de esa organización político-militar, de 1977, titulado "Curso de formación de cuadros".

Luego del ataque al cuartel, hubo un repliegue de los "oficiales" montoneros instalados en el nordeste del país para eludir la represión policial y militar. Pietragalla y Jensen escaparon a Córdoba, donde fueron capturados.

La memoria de los padres y parientes de los soldados formoseños es distinta de la de Pietragalla hijo. Ocurre con, por ejemplo, la mamá de Marcelino Torales, uno de los conscriptos abatidos. Marcelino era albañil, cantaba en los bailes y admiraba a Sandro; murió en el dormitorio de la Guardia, destrozado por un disparo de FAL.

Cuando la entrevisté en el patio de tierra de su casa, esa señora inspiraba una profunda tristeza, agravada por una decisión estatal avalada por los organismos de derechos humanos: mientras los parientes de los guerrilleros muertos en aquel ataque habían cobrado millonarias indemnizaciones como "víctimas del terrorismo de Estado", ella y su marido sobrevivían con una mísera pensión.

Sobrevivían literalmente, seguían siendo pobres. Es que los soldados muertos eran los más pobres del regimiento; muchos de ellos habían "vendido" sus francos de fin de semana por unas monedas o unos vasos de vino o de Coca-Cola porque no tenían dinero ni para viajar al interior a visitar a sus familias.

¿Cómo unir esas memorias tan distintas? Todorov propone un camino: la verdad histórica, que reúne los recuerdos y los sufrimientos de los distintos grupos de una misma comunidad.

Conviene tener en cuenta que hablar de una sola memoria indica una pretensión hegemónica; refleja la intención de un determinado grupo político de reconstruir la historia de acuerdo con sus intereses del presente.

Más concreto aún. La memoria nos encierra en "una ilusión maniquea", dice Todorov, a la que define como "la división de la humanidad en dos compartimientos estancos: buenos y malos, víctimas y verdugos, inocentes y culpables. La Historia nos libera de esa ilusión maniquea".

La historia, si está fundada en la verdad, es mucho más que la memoria.

Fuente: diario La Nación de Buenos Aires

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12abr/140

Kicillof, ajuste y espejismo

Por Claudio Fantini.

En materia económica, el Gobierno nacional parece un médico que mientras amputa una pierna gangrenada, dice estar masajeando un músculo con desgarro. Lo que hace no tiene que ver con lo que dice hacer.

Si las palabras coincidieran con los hechos, debería admitir públicamente que lleva años transitando un camino equivocado y asumir errores gravísimos, como falsear las estadísticas, ignorar el problema inflacionario y mantener subsidios injustificables.

Tal admisión implicaría darles la razón a quienes llevan tiempo criticando la deriva económica. Entre tantos, los exministros de Economía Roberto Lavagna, Miguel Peirano y Martín Lousteau.

Es raro ver que alguien hace algo totalmente diferente a lo que dice estar haciendo. También es raro usar otras palabras para hablar de lo que, aquí, siempre se llamó “ajuste”, “inflación” y “tarifazo”.

Es sencillamente absurdo y resulta contraproducente, porque impide una explicación coherente y global de las medidas que se toman, los problemas que intentan solucionar y las metas que permitiría alcanzar su implementación.

Sin esa explicación, persisten incertidumbres que dificultan los buenos resultados que el Gobierno espera lograr con el giro copernicano que está dando.

Entonces, ¿por qué Cristina Fernández no llama a las cosas por su nombre, admite el viraje de la política económica y presenta lo que hace como un programa, para que no parezcan medidas sueltas?

Por la misma razón que la llevó a designar a Axel Kicillof en el Ministerio de Economía, en lugar de darle el cargo a un economista más acorde con el nuevo rumbo. Por ejemplo, Mario Blejer.

El sinceramiento de las estadísticas, el aumento de los combustibles, la reducción de subsidios y demás medidas de ese tipo no podrían haber sido ejecutadas por alguien como Blejer sin que las bases percibieran el final calamitoso del “modelo” kirchnerista. A semejante viraje tenía que hacerlo alguien de izquierda, para poder sostener el espejismo.

Ahora está claro que la Presidenta cambió la dirección de la economía, pero no cambió la dirección del discurso. En las palabras, reina la hiperheterodoxia, pero sobre las acciones gravitan ideas más cercanas a la ortodoxia.

Para que la militancia kirchnerista se quede con el espejismo y no con la realidad, Cristina Fernández nombró a un ministro formado en el marxismo y abrazado a una versión radical del keynesianismo.

Kicillof no era una señal del rumbo elegido, sino el señuelo para hacer un viraje abrupto sin perder el respaldo de una militancia que parece más adicta al discurso y a la simbología del kirchnerismo que a la realidad.

Polarización cultural

Por cierto, los votantes de clase baja se guían por el poder adquisitivo de sus ingresos y no por el discurso. Quienes votan al Gobierno, lo hacen por el subsidio o por el trabajo, pero no por la descripción ideológica que el Gobierno hace de sí mismo.

El panegírico está destinado a la adhesión político-cultural, algo propio de la clase media. Es en esa franja donde la procedencia política de un ministro importa más que lo que está haciendo.

Al iniciar su presidencia, Néstor Kirchner dijo a un grupo de empresarios: “No se fijen en lo que digo sino en lo que hago”. Pues bien, el espejismo consiste en decir a la clase media exactamente lo inverso: “No se fijen en lo que hago sino en lo que digo”.

Hasta aquí, el espejismo actuaba hacia el pasado, ocultando entre otras cosas el protagonismo de Kirchner en la privatización y extranjerización de YPF, así como los elogios y respaldos del matrimonio santacruceño al modelo económico de Carlos Menem y Domingo Cavallo.

Pero en esta etapa de giro espectacular, el espejismo consiste en algo más sorprendente aún: la prestidigitación retórica del presente.

En ambos casos, se trata de un placebo que sólo surte efecto en un sector de la clase media. Por eso el extraño fenómeno certifica el tipo de polarización generado por el kirchnerismo.

En las naciones divididas por una fractura social, es legítimo generar polarización política, porque las oligarquías cuentan con instrumentos para mantener dividida a la mayoría pobre, de modo de retener su poder y privilegios.

Hugo Chávez polarizó a partir de la fractura social. Pero la polarización kirchnerista (que en Argentina es llamada “la grieta”) no se basó en una fractura social, sino en una fractura cultural que tienen todas las sociedades: la cultura política liberal y la cultura política autoritaria.

Sencillamente, las mentes liberales rechazan el verticalismo, el personalismo y el poder excesivo y omnipresente del Gobierno, mientras que las mentes autoritarias dan prioridad a los objetivos que se plantea el poder por sobre las formas con que procura alcanzarlos.

Estas culturas políticas tienen sus respectivas izquierdas y derechas, pero la gravitación de ambas se da de forma predominante en las clases medias. Por eso, polarizar sobre la fractura cultural es una forma ilegítima y artera de construir poder.

En las clases altas y bajas, las cosas tienden a prevalecer sobre los símbolos. Por mezquindad en unas y por necesidad en las otras, lo que obtienen tiende a importar más que los mecanismos políticos que permiten la obtención.

Pero en las clases medias, los símbolos tienen más peso, debido a que hay una mayor gravitación de las culturas políticas. Por eso, es allí donde está el bastión de adhesiones que el espejismo procura sostener.

Fuente: La Voz del Interior

8abr/143

Declararse “progre” ofrece impunidad

por Marcos Aguinis.

A Mario Vargas Llosa, en una de sus visitas a Buenos Aires, le preguntaron si era progresista. Sonó agresiva la consulta, como si se infiriese a priori que no lo era. Así se desnudaba antes a quien era negro, judío, gitano, homosexual o alguna de las muchas condiciones que se discriminaban (y discriminan) en el mundo. Ahora, no ser “progre” implica un estigma infernal. El escritor se limitó a una respuesta educada. Hubiera sido conveniente que preguntase a la entrevistadora qué entendía ella por progresismo. Entonces le hubiera transferido la carga de explicar algo que se ha convertido en un nudo gordiano.

En efecto, el progresismo se asocia a los partidos políticos llamados de izquierda, en oposición a los conservadores, llamados de derecha. Preconizan el progreso (valga la redundancia) en todos los órdenes. Pero resulta que muchos de los partidos y líderes que se proclaman de izquierda llevan a cabo políticas crudamente opuestas al progreso: tiranizan sus naciones, cercenan la libertad de opinión, generan pobreza, someten la justicia a los miserables intereses del grupo dominante, son hipócritas, desprecian la dignidad individual, corrompen la democracia, quiebran la recta senda del derecho y otras calamidades por el estilo.

No obstante, por el hecho de proclamarse “de izquierda” o “progresistas”, quedan protegidos por el escudo de una excepcional impunidad. Sin ese escudo, hubieran sido objeto de impugnaciones muy severas. Imaginemos que el gobierno actual de Venezuela estuviese compuesto por figuras que no se llaman a sí mismas “progres” y se las considerase “de derecha”. Y que, como el actual, haya surgido de elecciones poco claras. Supongamos que un gobierno desprovisto del maravilloso título de “progre” cercena el disenso, mete en la cárcel a los opositores, cierra medios de comunicación que le resultan molestos, reprime manifestaciones en las que mueren decenas de ciudadanos en la calle. ¿Qué ocurriría? Seguro que habría incontables y muy sonoras expresiones de condena. Líderes que en este momento son tibios o cómplices activarían a las organizaciones internacionales para detener los abusos de ese poder satánico. Se enviarían comisiones investigadoras, se escucharía a los disidentes, se difundirían con más intensidad los crímenes, se implementarían sanciones políticas y económicas. No hay duda de que se haría todo eso y aún más. Pero resulta que el gobierno de Venezuela se llama “progre”. Nació con la arrogante pretensión de crear un hombre nuevo (pretensión mesiánica que se repite de tanto en tanto y adquirió febril intensidad en 1917, con la fundación de la Unión Soviética). Cambió el nombre de LA NACION con el agregado de “bolivariana” y se proclamó adalid del “socialismo del siglo XXI”, que sanaría las fallidas experiencias autoritarias del pasado. Desgraciadamente, igual que en las experiencias anteriores, fue hundiendo al país en las ciénagas de una dictadura empobrecedora, ignorante y brutal, que sólo mantiene como fachada la convocatoria a elecciones, a las que se contamina de fraude antes de que se realicen.

La revolución cubana también fue “progre”. Muy “progre”. Millones creyeron en ella con juvenil esperanza. Modestamente, yo también. Pero los ideales sólo flamearon en los discursos y las racionalizaciones. La gran revolución que devastó esa hermosa isla y ensangrentó con aventuras guerrilleras América latina, África y otros continentes degeneró pronto en una dictadura unipersonal férrea, asesina y estéril. Los hermanos que la conducen son los tiranos más viejos del mundo, son los que más duran en el poder, sin amagos de una mínima consulta popular. Pero a ese gobierno inepto, delirante, corrupto y asesino se lo sigue considerando “progre”, es decir, de izquierda. La razón es simple: como se ha proclamado “progre” y sigue diciendo que es “progre”, brinda certificado de “progre” a quienes lo apoyan, aunque ese apoyo cause náuseas. Hace poco desfilaron ante el senil monstruo que supo engañar a su pueblo y a la humanidad casi todos los presidentes de América latina. Fue un espectáculo bochornoso que ofende el concepto de democracia que se pretende cultivar. Fue una traición y una mofa a ese concepto.

Corea del Norte es una dictadura que ha elegido el aislamiento monacal. Es de izquierda porque nació con las bendiciones de la URSS y China, y sus líderes se proclaman marxistas-leninistas. Pero su socialismo ha optado por una forma de sucesión que debe convulsionar los huesos de Marx y Lenin, porque impuso el reaccionario modelo de la monarquía absoluta. Algo que ni siquiera en estado de delirio aquellas grandes cabezas hubieran sospechado. El Abuelo fundador fue seguido por su Hijo consolidador y su Nieto con cara de bebe perverso. Corea del Norte funciona como un colchón entre China y Corea del Sur y quizás por eso la dejan sobrevivir. El pueblo tiene hambre y debe mendigar comida, pero se gastan enormes cifras en bombas atómicas. Contra ese régimen no hay manifestaciones universitarias, ni políticas, ni de organismos humanitarios, porque evidencia su condición de “progre” mediante su odio al gran enemigo que encarna el imperialismo yanqui. Desde hace décadas ser enemigo de Estados Unidos condecora de inmediato con la credencial de “progre”. No hace falta más. No importa si prevalece un salvajismo equivalente a las etapas más primitivas de la humanidad. No importa que el Amado Líder, para consolidar su fuerza basada en el terror, haya hecho devorar vivo por perros hambrientos a su tío.

Llama la atención la escasa fortuna que ha tenido una obra mayúscula como El libro negro del comunismo. Con una documentación farragosa y estilo subyugante, pasa revista a las experiencias de izquierda, “progres”, que se concretaron desde comienzos del siglo XX. Los conflictos entre los reformistas socialdemócratas y los revolucionarios comunistas dieron por mucho tiempo ventaja a los comunistas. Tanta ventaja que ahora, cuando el comunismo ya está desenmascarado como una corriente ciega, que en la práctica nunca genera más libertad ni justa inclusión, todavía sigue gozando de tolerancia o silencio. No abundan las condenas a Stalin, a los gulags, a Mao, a Pol Pot y a los dictadores de las mal llamadas “democracias populares”. No son recordados como etapas tenebrosas de las que se deben sacar enseñanzas para no repetirlas ni por asomo.

Con gran acierto, Horacio Vázquez Rial calificó a estos “progres” como la “izquierda reaccionaria”. ¡Gran definición! Los discursos de esa izquierda son falsos y engañosos, aunque no usen la palabra comunismo, sino socialismo, progresismo, nac&pop u otras variantes. No conducen a una mejor democracia ni a la consolidación de los derechos individuales, ni estimulan el pensamiento crítico, no consiguen un desarrollo económico sostenido, faltan el respeto a las opiniones diversas, destruyen la meritocracia en favor de la burocracia y la ineptocracia nutridas por el poder de turno. Operan como la trampa de almas ingenuas u oportunistas, que no son pocas. Sigue operando la palabra “progre” como el ademán hipnótico de un desactualizado Mandrake.

Como observación final, hago votos para que la palabra progresismo sólo se aplique a quienes de veras quieren el progreso (no lo contrario), la modernidad, la justicia, la decencia, el respeto, la ética, las instituciones de una vigorosa democracia y los derechos asociados siempre a las obligaciones.

Fuente: Libetad y Progreso

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30mar/144

De la civilización a la barbarie

Por Carlos Salvador La Rosa.

La civilización es una construcción social que los seres humanos pactan entre ellos, para -entre otras cosas- no seguir matándose todos contra todos como cuando predomina la barbarie, esos tiempos en los que el hombre es lobo del hombre. Dicho contrato productor de paz, a veces -muy pocas y envidiables veces- se firma porque las facciones en pugna encontraron un acuerdo, una síntesis o una reconciliación que les hace superar los odios pasados, por convicciones íntimas. Allí la obligación contractual es apenas un documento que avala desde afuera lo que ya se alcanzó desde adentro.

Sin embargo, en la mayoría de los casos, los hombres firman el contrato cuando se cansan de guerrear, cuando las partes se convencen de que es imposible que una se imponga a las otras, que no les queda más remedio que convivir aun odiándose, so pena de seguir matándose hasta que no quede nadie en pie. Por eso la civilización casi siempre tiene algo de hipocresía social. Implica ir agregando capas, pátinas un tanto fingidas o forzadas de civilidad sobre la barbarie, cuando el hartazgo de los enfrentamientos sin triunfador posible impone la necesidad de la sobrevivencia por sobre la del combate.La esperanza es que al cubrir la desnudez del odio con las ropas de la tolerancia jurídica, el mismo se vaya desgastando. Pero a no engañarse: la barbarie así tapada con la “hipocresía” civilizatoria puede ocultar o cubrir la guerra de todos contra todos pero nunca hacerla desaparecer enteramente. Por ende, la comunidad siempre está expuesta a que un aprendiz de brujo haga regresar los tiempos de guerra a partir del mero trámite de extirpar las capas de civilización en nombre de la lucha contra la hipocresía, para supuestamente volver a la “verdad” primera que los poderes “dominantes” que se apropiaron de la civilización, taparon.

Pero esa verdad primitiva no es más que la involución hacia la selva donde el hombre lobo sigue reinando, a la espera de ser convocado para un nuevo retorno. El aprendiz de brujo lo que desea es poner esas fuerzas renacidas al servicio de su facción para, otra vez, buscar imponerse sobre las demás. O sea, incorporar las sustancias bárbaras a las formas civilizadas, sabedor de que el hombre siempre está dispuesto a ser tentado por su pecado original si le quitan todas las inhibiciones que lo mantuvieron lejos de él.

Desde este esquema, la Argentina no es un país propenso a las síntesis históricas sino a la construcción de civilización, por cansancio de barbarie. Por eso, detrás de las instituciones que pretenden superar los enfrentamientos faccionales, estos nunca mueren sino que simplemente se ocultan.

Pasado

El ejemplo más impresionante de este drama argentino ocurrió con el retorno de Perón en 1973 cuando éste probó realizar uno de los pocos intentos de reconciliación histórica que la Argentina viviera en dos siglos. Vino en serio a romper con la dicotomía peronismo-antiperonismo aceptando su parte de culpa en la vieja división y tuvo un inusual éxito porque casi todo el país se sintió identificado con esa propuesta. Sin embargo, la tragedia yacía agazapada en el más inesperado de los lugares: Mientras Perón, Balbín y muchos otros iban cerrando las puertas del desencuentro pasado, otras puertas se iban abriendo dentro del mismo movimiento mayoritario que propiciaba la reconciliación.

Con lo cual a la postre el remedio resultó peor que la enfermedad: los argentinos pasamos a matarnos en nombre del mismo líder como antes nos matábamos a favor o en contra de él. Y con saña aún peor. Por lo tanto, el retorno del Perón conciliador fue un progreso que nos hizo retroceder. La vieja división que peronistas y antiperonistas armaron en el 45 y que el General quiso desarmar en el 73, le estalló dentro de su propio espacio. Y, para peor, su respuesta no fue mejor a la que usó cuando respondió con odio a la división en el 45. La tolerancia que Perón mostró hacia afuera de su partido en el 73 no la tuvo hacia adentro, por más que en muchas de sus críticas contra los belicosos tuviera gran parte de razón.

Luego de ese encuentro que no pudo ser y de la tragedia genocida que estalló después, el país entró en una democracia, más producto del cansancio histórico que de síntesis alguna. No obstante, entre avances y retrocesos, la democracia se fortalecía con el Juicio a las Juntas durante el alfonsinismo o con la primera represión en serio a un conato de golpe militar durante el menemismo. Pero, en un caso u otro, queriendo clausurar el debate sobre los años bárbaros de la década del 70 o, al menos, olvidarlo o tornarlo periférico. En la democracia previa al kirchnerismo, deseosos de no hacer resurgir los viejos enfrentamientos, lo que se intentó fue aprovechar ese contrato social reiniciado en 1983 para cerrar el pasado en vez de abrirlo, políticamente hablando.

Presente

Con Kirchner eso cambió ciento ochenta grados. Desde el principio su propuesta fue la de abrir en vez de cerrar, pero no en nombre de intentar alguna síntesis histórica sino de reconstruir la “verdad” desnuda de nuestros viejos enfrentamientos en una nueva época y con nuevos métodos. Por eso fue, quizá, el primer gobierno que ideológicamente puso el conflicto como un valor superior al encuentro.

Kirchner abrió las heridas que se creían cerradas porque descubrió que aunque parecían cicatrizadas, yacían ocultas pero vivas. Pero eso de abrirlas para buscar la verdad desde la política fue una mera excusa disfrazada de ideología. Lo que quiso proseguir fue la guerra, por otros medios, al servicio del reforzamiento de una facción del presente.

Kirchner nos convocó astutamente a una tentación agradable; ésa de decir: “¡basta de hipocresías, digamos las cosas por su nombre!”. Y tenía razón aunque fuera para malas razones. Los años 70 latían dentro nuestro con todo furor. Ni el olvido ni la reconciliación podían con ellos, y con el cansancio sólo se puede tapar pero no destruir. Entonces se abrieron las puertas para acusar de culpables a todos menos a los que se pararan del lado “justo”, representado por el gobierno. Se impuso una ideología según la cual no importa en qué bando estuviste en los ‘70 si hoy estás en el correcto.

Una democracia con lógica de guerra pero como -a diferencia de los viejos tiempos- hoy no nos podemos matar entre nosotros, hay que recuperar la mayor cantidad de odio histórico para batir al enemigo eterno ése que, aunque se disfrace de algo nuevo, siempre es el mismo, desde 1810 . Hay que desvestir al “gorila” que todos tenemos dentro y que parecía medio oculto por la “hipocresía” democrática practicada por Alfonsín y Menem con sus intentos de olvido.

Para que quede bien claro, la original apuesta de Kirchner fue la de haber querido llegar a la verdad total, la que taparon Alfonsín con las leyes de obediencia y Menem con el indulto. Hasta que de tanto insistir, el kirchnerismo descubrió la verdad verdadera: que si nos inyectan buenas dosis de memoril, es posible que el odio renazca en toda su magnitud y entonces, como no podemos dejar de odiarnos, pues intentemos de nuevo que un bando le gane al otro. En algo el tiro les salió por la culata, puesto que los Kirchner buscaban un odio “patriótico”, ése que hiciera nuevamente que el pueblo odiara a la “oligarquía” y a las “corporaciones”.

O sea un odio político, pero lo que le resultó fue inesperado hasta para el propio gobierno K:  el odio instalado desde el poder fue penetrando hacia abajo pero no en forma política sino en nuevos modos de violencia e intolerancia social crecientes. No encontramos la justicia o la verdad sino que -aunque de otro modo- volvimos al hombre, lobo del hombre. Otra vez las pátinas aún débiles de civilización están siendo arrasadas por las fuerzas profundas de la barbarie. Es que lo que el kirchnerismo no entendió es que no hay verdad si hay uso político de ella, no hay justicia si hay venganza y no hay memoria si se la pone al servicio de la facción que reinterpreta la historia de acuerdo a sus necesidades del presente.

Pero para peor, esa supuesta “verdad” se acabó definitivamente con Milani, que es la máxima expresión de la “hipocresía” K, ya que dicho militar representa para este gobierno una summa de las claudicaciones de Menem y Alfonsín. Milani es la obediencia debida, el punto final y el indulto de la era K. Con él se inicia el perdón faccioso como continuación del odio faccioso, con el indulto a un “culpable” (no se sabe si es culpable en la lógica de la  Justicia pero definitivamente sí lo es en la lógica política K que, con igual o menos que las sospechas que hay sobre Milani, acusa de “tener las manos manchadas de sangre” a todo quien lo critica).

Por lo tanto, si estás con los K  todo es perdonable incluso los delitos de lesa humanidad. Milani es perdonado por jurar pertenecer al proyecto nacional y popular, como antes lo fueran Timerman o Alicia Kirchner por su participación en el proceso militar,  mientras que Bonasso o Pino Solanas, son escupidos al bando de los cómplices de la oligarquía y el genocidio, sólo por disentir con los K.

Futuro

La pregunta que nos espera hacia el futuro no es la de si debemos seguir abriendo o cerrando puertas, porque más que de reconciliar al pasado, de lo que se trata es de no seguir usando el pasado al servicio de los intereses del presente. No se requiere abrazar guerrilleros con militares, cosa que ya algunos intentaron y no sirvió para nada porque ninguno de ambos grupos representa hoy a nadie más que a ellos mismos.

Ni tampoco sirvió el indulto, porque aún después de él los militares siguieron intentando golpes. Hay que dejar que los muertos entierren a los muertos mientras que la Justicia se ocupa de juzgar lo juzgable, sin intromisión política alguna.

De lo que se trata, políticamente hablando, es de reconciliarse de los odios del presente que en nombre del pasado abrió este gobierno. Si no, el odio se reproducirá en los odiados (ya está pasando) y entonces los que odian serán odiados y unos odios serán remplazados por otros. Per sécula seculorum.

Fuente: diario Los Andes, Mendoza

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26mar/1417

El derecho de la fuerza

por Prudencio Bustos Argañarás.

Una vez más hemos asistidos atónitos al triste espectáculo de una Legislatura claudicante que suspendió, amedrentada por la violencia intimidatoria de un grupo faccioso, el debate sobre un tema de vital importancia para la vida en comunidad. Toma de calles y avenidas, cortes de tránsito que provocan el caos, detonación de peligrosos e intimidantes explosivos arrojados por morteros, gritos e insultos, asustaron a nuestros representantes y provocaron su vergonzosa rendición. El derecho de la fuerza volvió a imponerse sobre la fuerza del Derecho, y los derechos de todos sucumbieron ante la prepotencia de quienes se atribuyen el privilegio de atropellarlos impunemente.

El tema que debían tratar los legisladores no era menor. Se trata nada menos que de garantizar a los ciudadanos la prestación de servicios públicos esenciales, afectados con preocupante frecuencia por los mismos que el miércoles impusieron sus prebendas mediante la agresión y la amenaza.

El problema no es nuevo. Ya en octubre de 1989 presenté en la Cámara de Senadores, de la que entonces formaba parte, un proyecto de ley que intentaba regular el ejercicio del derecho de huelga, principalmente en los servicios públicos esenciales “que afecten la Justicia, la seguridad, la salud, el transporte y la educación (…) adoptando medidas que aseguren el nivel indispensable de funcionamiento del servicio”. Huelga señalar que también entonces las mayorías amedrentadas se negaron tan siquiera a tratarlo.

Desde 1957 el derecho de huelga tiene jerarquía constitucional y por tanto debe ser preservado por el estado y garantizado su ejercicio, “conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio”. Pero de ello se desprende que, al igual que todos los derechos consagrados en la Carta Magna debe ser objeto de reglamentación, porque ningún derecho es absoluto y porque el derecho de cada uno termina donde comienza el de los demás. El sometimiento a ese límite, establecido por la ley, revela el grado de respeto que tenemos por nuestros conciudadanos.

La colisión entre dos o más derechos debe ser previsto por la ley y, en caso de controversia, resuelto por la Justicia. Por caso, el derecho –también constitucional– de transitar libremente, no se ve menoscabado porque al ejercerlo no podamos atravesar la propiedad de otro, ni circular de contramano, o porque debamos detenernos cuando la luz roja del semáforo está encendida.

Cuando dos derechos entran en conflicto, el legislador –o en su defecto el juez– debe otorgar prioridad al de mayor jerarquía, por lo que el derecho a la vida y a la salud de quien concurre a un hospital público, prevalece sobre el derecho de huelga. Si ambos derechos tienen jerarquía equivalente, debe darse preferencia al mayor número de afectados. Por ello predomina el derecho de la totalidad de los ciudadanos por sobre el de una facción que les impide ejercerlo.

En el caso de marras se añade un nuevo elemento que hace indispensable la regulación. A diferencia del sector privado, en donde el perjuicio provocado por la huelga afecta al patrón, cuando se trata de servicios públicos en el que el empleador es el estado, los perjudicados no son los gobernantes a quienes se les formula el reclamo, sino el pueblo en su conjunto, que no tiene poder de decisión en el conflicto.

De allí entonces que debamos exigir a nuestros legisladores que sancionen una ley que nos defienda de los abusos cometidos por quienes, amparados en irritantes privilegios y una inexplicable impunidad, atropellan nuestros derechos e imponen, a través de la violencia, la intimidación y el caos, sus intereses sectoriales por sobre los de toda la comunidad.

Esos métodos coercitivos deben ser asimismo motivo de regulación. La protesta callejera es una forma legítima de peticionar a las autoridades –aunque a mi juicio un procedimiento de excepción que supone agotadas las formas más civilizadas–, a condición de que no avance sobre los también legítimos derechos del resto de los habitantes. Si esta condición no se cumple y la protesta afecta la tranquilidad de otros, su legitimidad comienza a resentirse. Esto ocurre cuando se altera el orden, se producen deliberadamente tumultos y explosiones, se interrumpe ex profeso el tránsito, se encienden fogatas o peor aún, se causa daño a bienes públicos o privados. El código de faltas y el código penal tipifican las contravenciones y los delitos en que incurren quienes así proceden y es obligación –no facultad– de las autoridades garantizar su vigencia.

Por noble y digna de respeto que sea la causa que se defiende, nadie puede vulnerar al hacerlo, el derecho que tenemos el resto de los habitantes a vivir en paz y a no ser molestados. El trabajador que busca el ómnibus que lo lleva o lo trae de su trabajo, el taxista que necesita ejercer su tarea cotidiana, el automovilista que quiere circular sin inconvenientes, el comerciante que arriesga su capital y su esfuerzo para ganarse la vida, el enfermo que requiere tranquilidad en su reposo o que debe ser trasladado a un centro de salud para ser atendido, e incluso el jubilado que quiere gozar en paz de su bien ganado descanso o la mujer que dejó su casa para ir de compras, merecen consideración.

El actual gobernador de la Provincia anunció en el año 2000 que impulsaría la sanción de una ley que pusiera fin a dichos excesos, pero catorce años más tarde parece haber abandonado esa idea. Sería saludable que lo hiciera, para que el bienestar de los cordobeses deje de estar en manos de quienes creen que pueden ignorar la ley y avasallar a los demás cuando les venga en gana.

Fuente: La Voz del Interior

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24mar/147

Decadencia económica y preferencias electorales

Por Alejandro Sala.

La amplia mayoría de los argentinos rechaza la vigencia de la economía de mercado. Ese es el factor que explica, en última instancia, la decadencia persistente y los elevados índices de pobreza que se aprecian en nuestro país.

La relación entre el rechazo popular a la economía de mercado, y la mala situación general del país y la baja calidad de vida de la población, radica en que, como la economía de mercado es impopular, los partidos que ganan elecciones sostienen posiciones contrarias al libre mercado. Y como los sistemas basados en la planificación estatal no son eficientes para asignar los recursos económicos, el resultado es la decadencia y la pobreza. Para que la situación cambie, sería necesario que las elecciones sean ganadas por partidos que defiendan la economía de mercado. Pero para que eso suceda, la gente tendría que creer que el libre mercado es un sistema apropiado para promover el progreso y el bienestar.

La deducción que extraemos de todo este análisis es que el núcleo de la decadencia y la pobreza argentinas está en la ideología predominante. De lo cual se desprende que, para encontrar la senda de la prosperidad, debería invertirse la creencia de que la economía de mercado es un sistema contrario al progreso de la sociedad y al bienestar de sus integrantes. Evidentemente, si la gente comprendiera que la prosperidad está vinculada con la aplicación de un sistema basado en los principios del mercado, votaría a partidos que defiendan a la economía libre y esa sería la política que los gobiernos aplicarían. Los votantes no se inclinan por partidos propensos al dirigismo porque deseen que la economía colapse, sino porque creen que de ese modo la situación general de la nación y de sus habitantes mejorará. Esta es, naturalmente, una creencia equivocada, pero no está escrito en ningún lado que las mayorías electorales tengan que tener preferencias acertadas.

La conclusión a la que llegamos, finalmente, es que no hay margen para tener una visión optimista respecto del futuro del país dentro de un plazo previsible. No se vislumbra la posibilidad de que se produzca un vuelco en las preferencias de la ciudadanía en relación a la orientación de la economía. Es lamentable tener que decir esto, pero tampoco es posible negar la realidad. Por lo demás, siempre es conveniente clarificar las causas de los problemas con el propósito de poder actuar eficazmente para intentar resolverlos. La pregunta que surge, a partir de estas consideraciones, es si hay margen como para esperar que la situación cambie en algún momento.

Es impensable que se produzca un cambio abrupto y repentino. Menos utópico es, en cambio, que comience, en algún momento, a producirse algún tipo de evolución en ciertos segmentos minoritarios de la población que permitan, al menos, que alguna corriente que exprese a la economía de mercado tenga cierta representación marginal en algunos cuerpos deliberativos, quizá particularmente en la Cámara de Diputados de la Nación. Si algo así sucediera, el liberalismo podría llegar a cumplir, dentro de un tiempo no tan lejano, un papel moderador dentro de la dinámica política del país.

Sería seguramente excesivo esperar que algo así ocurra antes de las elecciones de 2015. Pero hay síntomas, que se apreciaron en el resultado de las elecciones de 2013, de que nuestro país está volcándose hacia posturas moderadas, que probablemente tiendan a acentuarse una vez que el ciclo kirchnerista, con todas sus desmesuras, haya concluido. En ese contexto, cabe conjeturar que la posibilidad de que una voz liberal comience a hacerse escuchar, podría aparecer. No hay certeza alguna de que así vaya a suceder, pero está dentro de lo posible que sobrevengan, al menos, mejores oportunidades que las que hubo durante los últimos doce años. En un contexto político menos beligerante y más dialoguista, una corriente basada en la argumentación racional, como la economía de mercado, tiene más posibilidades de encontrar cabida en la vida política.

Por el momento, esta evaluación no es más que una especulación, aunque basada, naturalmente, en consideraciones que cuentan con una cierta consistencia. El desarrollo de los acontecimientos pondrá de manifiesto si la hipótesis aquí consignada se confirma, o aparecen obstáculos imprevistos que tornan impracticable un desembarco liberal en el escenario político.

Fuente: Federalismo y Libertad

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19mar/140

Pendientes del yuyo

Por Sergio Serrichio

Casi once años de políticas económicas y sociales emancipadoras, prodigiosas, de resultados extraordinarios, los mejores en dos siglos de historia argentina -en fin, eso que la propaganda oficial llama “década ganada”- penderán durante los próximos dos a tres meses de cuánto “yuyo” decida vender el campo.

Si los yuyeros venden suficiente, de modo que alcance para enjugar las importaciones de energía, aflojar el cepo a las importaciones y recomponer en parte las menguadas reservas del Banco Central, habrán servido de puente hasta el próximo paso: la forzada entrada del kirchnerismo en los mercados internacionales de capital, para financiar con nueva deuda su última etapa de gobierno y desmentir el “desendeudamiento”, un neologismo del Relato.

Desendeudamiento, aclaremos, que no fue tal, sino un cambio de acreedores: lo que durante los ’90 el Tesoro argentino recibía del exterior emitiendo bonos a cambio de rendimientos cada vez más altos, a partir de 2008 el crisnerismo lo suplió estatizando y usando a piacere los fondos previsionales -la proverbial “plata de los jubilados”- y, a partir de 2010, desvalijando también el Banco Central.

Pero volvamos al presente. El lunes, el mismo día en que un enojado Axel Kicillof presentaba el índice oficial de inflación de febrero y Cristina Fernández almorzaba en el Vaticano con el Papa (no, el Francisco que en el último año Cristina vio tres veces -dos en Roma y otra en Río de Janeiro- no es el Bergoglio que se negó a recibir o visitar entre marzo de 2010 y marzo de 2013, cuando lo tenía calle de por medio) las reservas del Banco Central alcanzaron su punto más bajo en lo que va de 2014: 27.371 millones de dólares. Más relevante aún: son U$S 2.034 millones menos que cuando Kicillof, hace menos de dos meses, decidió devaluar, precisamente para detener la sangría de reservas.

¿Qué puede aportar el rescatista? Según las más recientes informaciones y proyecciones, la cosecha de soja alcanzará este año entre 54 y 55 millones de toneladas, aportará cerca de 25.000 millones de dólares en exportaciones y cerca de 80.000 millones de pesos sólo en concepto de retenciones a la exportación. Para el conjunto de la producción agrícola, las cifras son 39.000 millones de dólares y cerca de 120.000 millones de pesos, sólo en concepto de retenciones.

En la campaña 1999/2000 la soja no llegaba a constituir un tercio de la cosecha agrícola argentina. A partir de 2003, a medida que el kirchnerismo fue cada vez más hostil con otras alternativas productivas del campo (carne, leche, trigo y, en menor medida, maíz y girasol) la proporción de la soja creció, gracias a cualidades que al gobierno le venían de perillas: como su consumo interno es escaso, no afectaba los índices de precios y engordaba los volúmenes de exportación y recaudación fiscal.

Pero el kirchnerismo se engolosinó. Antes de dejar el gobierno y a poco de iniciada la siembra, Néstor Kirchner dispuso un fuerte aumento de las retenciones sojeras y, cuatro meses después, antes de iniciarse la cosecha, Cristina bendijo las “retenciones móviles” que llevaban la tasa marginal de mordida fiscal a más de 90 % y la media a cerca de 45 por ciento. Así se inició “la guerra del campo”. La presidenta explicó entonces que la soja era un “yuyo”. Había que “desojizar” la agricultura y la economía argentinas. Hoy el yuyo explica 63% del área cultivada y similar proporción de la cosecha agrícola. Magias del “Relato”.

Por estos días, la reestatizada YPF inició una campaña publicitaria con el slogan “orgullosos del producto de nuestro suelo” en la que, para ir poniéndonos en clima con el Mundial de Fútbol, compara a algunos jugadores de la Selección -en particular, Messi- con la reestatizada petrolera.

Que la propaganda oficial insista con el relato emancipador de la YPF Nac&Pop mientras la alcahuetería paraoficial, como el programa 6,7,8, demonice a los yuyeros por su supuesta reticencia a vender el maná salvador, es otra notable paradoja.

Pese a las baladronadas que profirieron Kicillof y Julio De Vido cuando explicaron en el Congreso la expropiación de Repsol para “recuperar la soberanía energética” de la mano de YPF, al final acordaron con  la compañía española un flujo de pagos de casi 11.000 millones de dólares, de los cuales el actual gobierno afrontará 9%; los próximos dos, 66 % y los que vengan a partir de 2024, 25%. El kirchnerismo no es mezquino con la herencia.

A diferencia del agro, YPF no “produce” sino que “extrae” recursos naturales, emplea menos gente, moviliza menos pueblos y actividades y está lejísimo de aportar los casi 40.000 millones de dólares anuales de exportación, no ya del campo argentino sino de la soja solita. Por el contrario, las importaciones energéticas siguen aumentando (en enero, por caso, las compras de GNL aumentaron 76% respecto de igual mes de 2013), insumirán este año entre 12.000 y 15.000 millones de dólares y su “balance externo” será un déficit cercano a los 8.000 millones.

Más paradójico aún es que, desde su reestatización, YPF aumentó 90% el precio promedio de sus combustibles, bien por sobre la inflación. En eso no está sola. Si hay dos empresas cuasimonopólicas, “formadoras de precios” en la Argentina actual, ésas son YPF y Aerolíneas Argentinas, que desde su reestatización lideraron los incrementos de precios.

Como plantea el economista Federico Muñoz, ¿acaso Kicillof y Mariano Recalde son dos conspiradores? Buena pregunta para los campeones del Relato.

Fuente: diario Los Andes, Mendoza

15mar/142

Cry for me, Argentina

Por Roger Cohen (original en inglés)
 
Una ocurrencia que recorre los pasillos de la Sudámerica post-boom de los commodities dice que Brasil está en proceso de convertirse en Argentina , Argentina está en proceso de convertirse en Venezuela, y Venezuela está en proceso de convertirse en Zimbabwe. Eso es un poco duro para Brasil y Venezuela.
 
Argentina, sin embargo, es un caso perverso en sí mismo. Se trata de una nación todavía narcotizada por ese quijotesco brebaje político  llamado peronismo; involucrada en una guerra total contra los datos económicos fiables; jugueteando con su tipo de cambio multinivel; excluida de los mercados de capitales globales; pisoteando los derechos de propiedad cuando lo desea; obsesionada con una perdida pequeña guerra en las Malvinas   hace más de tres décadas, y convencida de que la causa de todo este fracaso recae en los poderes especulativos que buscan forzar a una nación orgullosa -en palabras de su líder- "para volver a comer sopa de nuevo, pero esta vez con un tenedor " .
 
Hace un siglo, Argentina era más rica que Suecia, Francia, Austria e Italia. Era mucho más rica que Japón. Despreciaba al pobre Brasil como inferior. Vasta y vacía, con el suelo más rico del mundo en la Pampa, le pareció a los inmigrantes europeos que la inundaron que contaba con todo el potencial de los Estados Unidos (el ingreso per cápita es ahora un tercio o menos del norteamericano). Ellos no sabían que un coronel llamado Juan Domingo Perón y su esposa Eva ( "Evita" ) daría forma al "ethos" de un poder delirante.
 
"Argentina es un caso único de país que ha completado la transición hacia el subdesarrollo", dijo Javier Corrales, politólogo de la Universidad de Amherst .
 
En términos psicológicos -y Buenos Aires está lleno de gente en sillones derramando su angustia a los psicoterapeutas- Argentina es, entre las naciones, el niño que nunca creció. La responsabilidad no era lo suyo. ¿Por qué debería serlo? Había tanto para ser saqueado, tantas riquezas en grano y ganado, que las instituciones sólidas y el imperio de la ley -por no hablar de un sistema de impuestos que funcionara - parecía una pérdida de tiempo.
 
Los inmigrantes llegaron a la Argentina con pasaportes extranjeros en lugar de ser absorbidos por el país como sucede en Brasil o Estados Unidos. Argentina estaba muy lejos en la parte inferior del mundo, una masa de tierra fértil lo suficientemente distante de los centros de poder para vivir sus propias fantasías periféricas o ahogar su pena en la que es probablemente la danza más triste (e hipnótica) del mundo. Luego, para dar expresión a su singularidad , Argentina inventó su propia filosofía política: una extraña mezcolanza de nacionalismo, romanticismo, fascismo, socialismo, conservadurismo, progresismo, militarismo , erotismo, fantasía, musical, desconsuelo, irresponsabilidad y represión. El nombre que se lo dio a todo esto fue peronismo . Ha resultado imposible de hacerlo cambiar.
 
Perón, el militar que descubrió el beneficio político que podría derivar de la creación de vínculos con los desposeídos de América Latina y la distribución de dinero en efectivo (una lección absorbida por Hugo Chávez), fue depuesto en el primero de los cuatro golpes de la posguerra. La Argentina que cubrí en la década de 1980 estaba emergiendo del trauma del régimen militar. Si tengo una sola imagen emblemática del continente, es de los sollozos incontrolables de las mujeres argentinas aferradas a las fotografías de los niños que habían sido arrebatados por los militates para un " breve interrogatorio ", sólo para desaparecer . Las Juntas militares de la región convirtieron "desaparecer " en un verbo transitivo. Es lo que hicieron con los que consideraban enemigos - 30.000 de ellos en Argentina .
 
Desde 1983, Argentina ha cesado su latigazo cívico-militar, juzgó a algunos de los autores de crímenes contra los derechos humanos y ha gobernado democráticamente. Pero la mayor parte de ese tiempo ha sido dirigido por los peronistas, más recientemente por Néstor Kirchner y su viuda, Cristina Fernández de Kirchner (reminiscente de la viuda de Perón, Isabel) , que han vuelto a descubrir la redistribución después de un aluvión peronista neoliberal en la década de 1990. El latigazo económico está vivo y en buena forma, al igual que el gasto imprudente en los buenos tiempos y las medidas fuera de la ley en los malos. También en saludable forma las evocaciones cursis de Perón y Evita e Isabel: En la tierra como en los cielos .
 
LLora por mí, mi nombre es Argentina y soy demasiado rica para mi propio bien.
 
Hace veinticinco años, me fui de un país de hiperinflación ( 5.000 por ciento en 1989 ), fuga de capitales, inestabilidad monetaria, intervencionismo estatal de mano dura, disminución de las reservas, la industria no competitiva, fuerte dependencia de las exportaciones de materias primas,  algo que reaviva fantasías peronistas y un complejo de sentirse en el fondo del mundo. Hoy la inflación es alta y no híper. Fuera de eso, no mucho ha cambiado.
 
Cuando arribé a Ushuaia,en el extremo sur de Argentina, lo primero que vi fue un cartel diciendo que las islas " Malvinas" estaban bajo la ocupación ilegal por parte del Reino Unido desde 1833. Lo segundo fue un cartel diciendo que Irlanda se encontraba a 13.199 kilometros de distancia (sin mención de Gran Bretaña ). Lo tercero fue un paquete de galletas "hecho en Ushuaia, el fin del mundo". La cuarta era una calculadora de bolsillo utilizado por un comerciante para averiguar las tasas dolar-peso.
 
La esperanza es difícil de desterrar del corazón del hombre, pero tiene que ser dicho que Argentina hace todo lo posible para hacerlo.
Publicado en The New York Times el 27 de febrero de 2014.
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10mar/142

Venezuela 1989 y 2014

Recomiendo ver el siguiente video, en el que se combinan imágenes actuales y del "caracazo" de 1989, con la voz de Chávez defendiendo este movimiento. Pone de manifiesto el doble patrón moral del extinto dictador y de sus actuales cómplices. Se registran también frases del papagayo venezolano, dignas de incluirse entre las más célebres de la historia por su profundo contenido, tales como "no hay nada más lleno de pasado que el presente".

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