A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

17dic/141

La clase social que Marx olvidó

Por Marcos Aguinis.

Es verdad, sus estudios e investigaciones fueron realizados con la ambición de un científico que anhela ser objetivo pese a los escollos de la subjetividad. Pero ocurre que la ciencia es un laberinto empedrado de misterios y teorías que parecen inobjetables y pueden ser más adelante corregidas, refutadas o complejizadas. La ciencia no es dogma, aunque muchos marxistas cometieron el error de convertir sus investigaciones y sus sueños en una teología. Hoy Marx sigue siendo respetado, pero también es merecedor de críticas honestas.

Entre sus aportes se distingue la lucha de clases como el motor de la historia. Fue inspirado por la dialéctica de Hegel y en su espíritu oscilaba el anhelo profético de la redención mesiánica, que encarnó en la multitudinaria clase del proletariado industrial. Para Marx, la clase social es una forma de estratificación que ata a un grupo de individuos por el hecho de compartir características comunes que los vinculan social, cultural o económicamente, sea por su función productiva, su poder adquisitivo o por la posición que ocupan dentro de la burocracia. Estos vínculos pueden generar o ser generados por intereses o motivaciones que se consideran comunes y que tienden a reforzar la solidaridad interpersonal.

En otras palabras, la sociedad de clases constituye una división jerárquica basada principalmente en las diferencias de ingresos, riquezas y acceso a los recursos materiales. Pero -esto es muy importante- las clases no son grupos cerrados y un individuo puede moverse de una a otra. Para Marx, la adscripción a determinada clase está determinada básicamente por criterios económicos, lo cual marca una diferencia con otros tipos de estratificación social, como los basados en castas, etnias, jerarquías litúrgicas u otras razones que, en principio, no son económicas, aunque la adscripción a un determinado grupo pueda conllevar condicionantes económicos.

Para Marx, las clases sociales también se entienden por su "conciencia de clase", basada en la creencia de que tienen una comunidad de intereses. Aparecen así como estructuras antagónicas en un contexto histórico de conflicto. En sus textos, ha efectuado una minuciosa descripción de las clases sociales que cobraron relevancia a partir de la Revolución Industrial, el gran ascenso de la burguesía y la multiplicación demográfica del proletariado. Pero no alcanzó a visualizar otro grupo de individuos provenientes de diversos sectores, con historiales variopintos, enlazados por comunes intereses económicos, una singular hipocresía ética, largas uñas para apoderarse de los aparatos burocráticos y convertir el Estado en un instrumento de sus ambiciones. Para ser claro, opto por llamarla la clase social de los delincuentes.

Esta clase social crece y prospera donde flaquean las leyes de la democracia. Se apodera de los recursos que, con enorme esfuerzo, fue construyendo la civilización desde los fundacionales tiempos de Hammurabi, Moisés y los genios de las antiguas culturas griega y romana. Destroza los instrumentos de la igualdad ante la ley y no esquiva ninguno de los recursos que proveen los instintos perversos. La clase social de los delincuentes quiere todo el poder y toda la riqueza. Siempre "va por todo".

Prospera con rapidez en los regímenes totalitarios, de derecha o de izquierda. Con afeites apenas convincentes, también emerge en los regímenes sólo autoritarios, casi siempre se agrupa en torno a una figura central, ante la que se arrodilla y obedece de forma acrítica, completamente sometida, sin dignidad ni vergüenza. Esta clase de los delincuentes conforma una elite a la que se le permite cualquier desaguisado. Suele tejer alianzas internas y externas de todo tipo, entre las que no se les tiene asco al crimen, la mentira, la droga u otros tizones del infierno. Gracias a su anatomía piramidal y el tejido de estrechos vínculos que genera el intercambio de privilegios y favores -además del secreto en que deben mantenerse ocultas sus fechorías-, se brindan un apoyo interno recíproco, impúdico y calculado. En nuestra vapuleada Argentina hay casos por demás evidentes, como la indeclinable protección a Amado Boudou, Ricardo Jaime, Lázaro Báez y otros cuyos nombres hasta producen sarpullido en muchos adherentes del partido oficialista. Pero así funciona esta clase social que Marx no alcanzó a incorporar en sus obras.

Muchos casos del extremo a que ha llegado esta clase han existido en las monarquías absolutistas, la Italia fascista, la Alemania nazi, el régimen colaboracionista de Vichy, las cavernas del maoísmo, los asesinatos de Pol Pot, las historias criminales del castrismo y, con edulcorantes apenas operativos, en el autoritarismo "inmaduro" de Venezuela y la semidictadura de Nicaragua. ( en algunos países han logrado poder repetir mandato indefinidamente, caso Venezuela, Bolivia, etc.,  o sea hacerle una zancadilla al Sistema Democrático de recambio de autoridades para lograr el absolutismo de la perpetuidad en el poder)

Manipulan los fondos públicos de forma indiscriminada. Por esa razón crece la desigualdad social, una minoría de empresarios "amigos" se apropian de las obras públicas, escasas decisiones se ajustan a la ley y prevalecen los caprichos del que está un escalón más cerca del ídolo. El enriquecimiento ilícito de quienes integran la clase social de los delincuentes no es objeto de investigaciones serias ni penalidades justas, sino de maniobras que garanticen su impunidad. Como dijo Karl Marx, están hermanados por la forma de adquirir sus rentas y tener una clara "conciencia de sí misma".

Otro dato mayúsculo es su defensa del Estado como garantía de la justicia, la inclusión, la productividad y el bienestar de las mayorías. Mentira.

El Estado es el instrumento del que se apropia la clase social de los delincuentes para narcotizar al pueblo y hacerle creer que trabaja en su favor. Pero no es así. Trabaja a favor de quienes integran esa clase llena de codiciosos con cara de ángeles. Sólo a favor de esa clase. Manipula y distorsiona la información, tergiversa las estadísticas, hipnotiza con eslóganes y no cesa de enriquecerse a costa de todos. Por esa razón siempre quieren que el Estado, en vez de ser el controlador ecuánime del mercado, sustituya al mercado, para que el grueso de las riquezas caiga sobe sus cabezas como una lluvia de oro.

La democracia se jibariza bajo el dominio de esta clase social hasta el extremo de quedar reducida sólo a las elecciones, ya que los poderes Judicial y Legislativo son objeto del mayor sometimiento posible. Incluso el Poder Ejecutivo queda en manos de pocos o de sólo uno. La clase social de los delincuentes tampoco deja que las elecciones sean puras. Impone el fraude mediante los aparatos de propaganda facciosa permanente que paga el conjunto de la sociedad. Además, utiliza el soborno mediante el disfraz de los subsidios. En efecto, no aspira a resolver el drama de la pobreza, la desocupación, los "ni-ni", el descrédito mundial ni la peste de la inseguridad, sino a mantenerlos mediante subsidios inacabables y corruptores, con máscaras de falsa solidaridad.

Ojalá Karl Marx hubiera vivido en estos tiempos para agregar algunas páginas que describan mucho mejor que este artículo las pústulas de esa clase social que en sus tiempos no llegaba a los niveles del strip tease que ahora exhibe.

Fuente: diario La Nación de Buenos Aires

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11dic/140

Estrategia y construcción política

Por Ricardo Lafferriere.

El historiador griego Tucídices, que se animó a incursionar por primera vez en la historia de la humanidad en el relato de lo pasado sin pretensiones de novelar o poetizar sino buscando narrar los hechos como sucedieron, en su “Guerra del Peloponeso” definía a la estrategia como el conjunto de decisiones que debía tomar un general, teniendo en cuenta el objetivo de la guerra, la naturaleza de las fuerzas con que cuenta y las fuerzas del enemigo.

Machiavelo volvería, muchos siglos después, sobre el mismo concepto: los límites de la estrategia del Príncipe no son sus deseos, sino sus posibilidades. El Príncipe debe tomar sus decisiones entre las opciones que le presenta cada situación, las que responden a realidades que escapan a su voluntad. Es, por así decirlo, preso de su momento.

Carlos Marx, por último, nos diría –hace poco más de un siglo y medio- su recordado concepto: a la historia la hacen los hombres, pero eligiendo sobre las realidades que se le presentan. No tienen libertad absoluta, sino relativa. Son cautivos de límites que no establecen ellos, sino que vienen definidos por la realidad en la que se desenvuelven.

Los tres, en épocas tan disímiles como la antigua Grecia, el Renacimiento y la segunda Revolución Industrial reflexionarían, en última instancia, sobre la naturaleza del poder y el entramado social en el que se ejerce.

Los liderazgos tienen, obviamente, márgenes de acción. Esos márgenes, sin embargo, responden a las características de la sociedad en la que se generan, pero también a la naturaleza y cantidad de la fuerza que poseen, la que deriva del entramado de relaciones que los sostiene. Y por otro lado, de su capacidad de defender a sus representados frente a sus rivales en cada momento, lo que impone los otros imperativos a sus decisiones.

Tucídices sostiene en este sentido la inexorabilidad de determinadas decisiones por parte de los líderes. Éstos no tienen todo el poder del mundo, sino que representan realidades. Se deben a ellas, porque para eso han recibido su reconocimiento de liderazgo. Si no actuaran como sus liderados esperan de ellos, serían superados –por los rivales-, o removidos -por sus propios representados-.

Veinticinco siglos de historia hacen mucho para definir estas pocas verdades en su fuerte dimensión antropológica, aunque la historia de la cultura las incorpore, pulidas y racionalizadas, a la sociología y a la política.

Los liderazgos responden a un entrelazado de relaciones que necesitan determinadas decisiones, frente a otras relaciones que necesitan otras. El traje del dirigente puede ser de un modelo u otro –igual que el color de sus ojos, su porte o su elegancia-. Lo que ninguno puede hacer ni hará es tomar decisiones que enfrenten a sus representados.

Desde esta perspectiva, para predecir las decisiones que eventualmente tomarán los liderazgos en pugna por el poder, es necesario conocer los límites que impondrá el escenario -global y local- en tiempos de sus gobiernos, pero también la composición del “centro de gravedad” de su acumulación política, sus “representados” principales.

El peronismo tiene en la política argentina tres pilares decisivos.

El primero de ellos es su entramado relacional en el conurbano. Se expresa en “los intendentes”, aunque no se agota en ellos. Incluye complicidades extralegales e ilegales, policía y justicia, redes de corrupción y nacrotráfico, clientelismo y negocios –lícitos o ilícitos- atados al Estado.

El segundo es su soporte económico en el empresariado rentista, protegido y vinculado a decisiones públicas. Su existencia depende de un país cerrado, de la obtención de rentas extraídas de otros sectores productivos y de la prolongación de la vigencia del “modelo autárquico”, desvinculado de los condicionantes internacionales, de la productividad global e incluso de los sectores tecnológicos de vanguardia del mundo actual.

El tercero es el aparato sindical burocrático, cuya vigencia depende más del reconocimiento estatal que de la expresión libre y transparente de sus bases, apoyado en la clientelización de sus relaciones con los trabajadores –a través de las Obras Sociales y demás beneficios que administra en forma semiforzosa- y en la exclusión de dirigentes ajenos a sus reglas de juego tácitas y expresas.

Con estas realidades, parece claro que la propuesta política del kirchnerismo, así como la que con uno u otro matiz (Scioli, Randazzo, Rossi, Uribarri) pueda presentar el peronismo oficial serán, con los cambios estilísticos que requiera el escenario que viene, más o menos los seguidos hasta ahora por los Kirchner. No son muy diferentes –aunque parezcan las antípodas- a los que exhibió la gestión menemista, a la que le tocó un escenario global de euforia por los mercados abiertos y la moda descarnada del “Consenso de Washington”, pero que no descuidó ni a los Intendentes del conurbano, ni a los empresarios protegidos, ni a los sindicalistas a los que convirtió en mega-empresarios de servicios estatales privatizados y del Estado desguazado.

¿Y Massa? Parece diferente. Ha convocado a peronistas, radicales, C. Cívicos, independientes… Pero… ¿dónde está el centro de gravedad de su acumulación? ¿Con quiénes consulta sus propuestas? ¿En quiénes jerarquiza su construcción política?

Adelanto que no creo que exista vinculación narco en su persona. Ni siquiera creo que conscientemente apunte a un país cerrado, clientelar y prebendario. Pero no parece posible decir lo mismo sobre el entramado de relaciones sobre los que construye su base política-electoral. Tampoco de sus equipos, virtualmente idénticos a los que organizó, en su momento, el kirchnerismo en su etapa fundacional. Con otros nombres, Intendentes, sindicalistas, empresarios y equipos no son cualitativamente diferentes a los del peronismo oficial. El minué de Insaurralde tal vez sea la mejor demostración de la íntima identidad política de ambos “espacios”.

Ni bueno, ni malo. Sólo que para quienes estamos convencidos que el camino posible de la Argentina es el de su imbricación virtuosa con el mundo global, en la necesidad de potenciar el sector emprendedor,que la economía sólo crecerá apoyada en el fuerte desarrollo de su capacidad de innovación, que la limpieza de la vigencia institucional plena es un componente esencial e ineludible de la ecuación del país posible, que a la reproducción de clientelismo debe oponérsele construcción de ciudadanía, y que la decencia debe volver a reinar en el ejercicio de la función pública, la fuerza –socio política y cultural- que está edificando el Frente Renovadorse ubica claramente en un andarivel diferente.

Ello no quiere decir que debamos plantear la diferencia en términos de enemistad, y mucho menos de conflicto irreversible. Porque también hemos sostenido que la Argentina tiene dos vertientes con imbricaciones recíprocas, la “nacional y popular” –organicista, con tendencias autoritarias- y la “democrática republicana” –abierta, tolerante y plural-. Hoy, la primera no tiene posibilidad alguna de conducir el país hacia un renacimiento exitoso, porque enfrenta su esencia, supera sus límites y perjudica a sus “beneficiarios”.

Su modelo está agotado porque llegó al límite de sus posibilidades. Sin embargo, debe estar presente y participar en el debate grande porque es esencial, tanto como la otra, para la convivencia en paz. El país incluye a ambas y hemos tardado demasiado tiempo en comenzar a advertirlo. Algunas políticas deben ser compartidas, porque el país así lo requiere. En otras, las diferencias son amplias.

El diálogo siempre es bueno.Sólo que para tener una democracia madura, no podemos confundirnos, ni mucho menos confundir a nuestros compatriotas con mensajes difusos. Para que el diálogo sea exitoso, debe plantearse desde posicionamientos claros. Lo contrario será seguir sembrando frustraciones.

Fuente: Notiar

Aclaración: Para quienes que no la conocen, la palabra conurbano es un neologismo inventado en Buenos Aires para aludir al área metropolitana de dicha ciudad. Probablemente deriva del sustantivo conurbación, que sí existe y alude a la fusión territoral de dos o más núcleos urbanos, que acaban formando una unidad funcional.

9dic/143

La arbitrariedad del régimen y la mentira del relato

Por Marta Velarde.

En nombre de la revolución inconclusa, el discurso oficial lanza denuestos contra el poder económico concentrado, como les gusta decir a los apologistas del régimen, pero promueve leyes para reforzar los monopolios en la búsqueda de mayor concentración de poder propio.

La nueva ley de telecomunicaciones que reforma la de medios lo corrobora, y muestra además de la falta de solvencia técnica de un Estado colonizado por militantes sin formación, una concepción reaccionaria, anacrónica y casi medioeval del poder. El relato es la lucha de la política contra las corporaciones, que en la práctica están más fuertes que nunca y sus dividendos crecen con cada medida del gobierno, según reflejan las cotizaciones bursátiles.

Jamás los sectores financieros ganaron tanto dinero, mientras los productores son sometidos a expoliaciones de todo tipo para financiar la creciente burocracia que fabrica expedientes en lugar de cosas útiles.

Que votemos cada dos años no es óbice para sostener que, traído de Santa Cruz, se pretende imponer a la sociedad argentina un sistema feudal y patrimonialista del Estado, como si el país formara parte del peculio personal del gobernante, a semejanza de lo que sucedía con los señores feudales o los reyes de la edad media, o lo que todavía soportan los pueblos de los emiratos de Medio Oriente, o las pseudo Repúblicas dinásticas de África y Asia.

En esos sistemas la riqueza o la pobreza individual dependen del favor o disfavor del dueño del poder, en lugar de provenir del esfuerzo, la iniciativa, y la capacidad de las personas.

Por eso la obsesión de convertir en empleados a legisladores y gobernadores, silenciar a los medios de comunicación donde aún es posible expresar el disenso, y terminar con la igualdad ante la ley consagrando la impunidad para los negocios de la familia gobernante y sus cortesanos.

El desarrollo en libertad es el camino a transitar para una Argentina moderna. El sometimiento de las instituciones a los intereses de quien ejerce el poder, el cambio de las reglas de juego de acuerdo a sus humores circunstanciales y el manejo del Estado a su antojo es parte del concepto vetusto con que se pretende dirigir el país que no debe ser.

Fuente: diario Clarín de Buenos Aires

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2dic/141

Néstor tenía razón

Por Enrique Avogadro.

"Ser inocente en el kirchnerismo es tan absurdo como la virginidad en el prostíbulo".

Julio Bárbaro

Desde sus mismos orígenes, don Néstor (q.e.p.d.) y su mujer, la noble viuda, tuvieron muy claro que, para acceder al poder y conservarlo, en la Argentina se necesita plata. Obviamente, no se equivocaron porque hace más de once años que el matrimonio accedió a la Presidencia y hoy el miembro supérstite continúa ejerciendo una importante cuota de autoridad y, sobre todo, capacidad de daño. Para lograrlo, dedicaron sus mayores esfuerzos a hacerse de montañas de dinero, sin límites morales ni políticos de ningún tipo.

Somos una de las sociedades más individualistas e hipócritas del planeta, amén de una de las más corruptas según todas las estadísticas mundiales. Quienes actúan en política a nivel nacional sostienen que, para llegar a la primera magistratura, se necesita hacer una campaña electoral que cuesta alrededor de cien millones de dólares; las lógicas obligaciones que los candidatos beneficiados asumen con los aportantes marcarán así el futuro de la gestión. Algo de eso debe haber, ya que Carlos Reutemann, cuando se le ofreció encabezar una alternativa al kirchnerismo, se negó argumentando que no podía, sin dinero, enfrentar a una verdadera asociación ilícita que disponía de fondos ilimitados, vía el saqueo del Estado, para obtener ese fin.

A pesar de haber soportado durante cuatro años y medio el modo tiránico de gobernar de don Néstor (q.e.p.d.), como a muchos nos iba razonablemente bien y el país crecía, a despecho de muchas irracionales medidas -como la desaparición de los fondos de Santa Cruz o la falsificación de las estadísticas del INDEC- no tuvimos ningún empacho en elegir para sucederlo, como él mismo se había propuesto, a su mujer; ésta, recuerdo, llegó a las elecciones de octubre de 2007 envuelta en declamaciones tales como que había sonado la hora de la institucionalización y del control del Ejecutivo.

Cuatro años más tarde, cuando confirmamos que su mandato era peor que el de su marido ya muerto y a pesar de habernos enterado que el narcotráfico había financiado su campaña electoral, que llegaban valijas voladoras en enorme cantidad desde Venezuela y que había desatado la loca guerra contra el campo, no solo insistimos en reelegirla sino que, nada menos, lo hicimos con el 54%. Le otorgamos así las amplias mayorías legislativos que le permitieron convertirse en la monarca absoluta que, a contramano de cualquier lógica, pudo destruir todos los fundamentos de la economía y, de paso, intentar hacer lo mismo con la prensa independiente y con el Poder Judicial; la última maniobra, previa a la sanción del nuevo Código Procesal Penal, por la que se intentó copar la Asociación de Magistrados, fracasó el jueves con el estruendoso triunfo de la lista que encabezaba el Dr. Recondo.

Pero claro, lo cierto es que a los Kirchner se les fue la mano. Nunca había sucedido que, como ahora y aún en ejercicio de su mandato, la mayor autoridad de la pseudo-república en la que nos hemos convertido fuera investigada por negociaciones incompatibles con la función pública y por lavado de dinero procedente de la más desaforada corrupción que hemos podido contemplar desde los albores de nuestra historia.

A la par de Venezuela, nos hemos convertido en el asombro del mundo. A la luz de lo sucedido en Brasil, con legisladores, altos funcionarios y empresarios presos por robar para la corona, o en España, donde la propia familia real y la cúpula del partido gobernante están soportando un enorme castigo por iguales razones, y recordando qué sucedió en Estados Unidos cuando la prensa independiente hizo renunciar a Nixon simplemente por mentir, la Argentina llama poderosamente la atención. Obviamente, y pese a los lemas oficialistas, no somos "un país en serio" ni, tampoco, "un país con buena gente".

No recuerdo otro en el mundo, y miren que ha habido algunos verdaderamente desastrosos en la materia, en que su Presidente y su Vicepresidente y montones de testaferros, cómplices, narcotraficantes y lavadores de toda laya estén siendo perseguidos, aquí y en varias otras naciones, por delitos tan graves y, sin embargo, la ciudadanía parece no ser capaz de reaccionar. Respecto a los de arriba, como dice Julio Bárbaro: "En nuestro país existe una clase dirigente que está hecha de esa madera: empresarios, sindicalistas y vencedores de todo tipo que no admiran el talento sino la viveza".

Repito algo que he dicho y escrito desde hace años: Báez no es socio de los Kirchner, es simplemente un empleado y, como tal, responde a las instrucciones que sus jefes -antes Néstor, hoy Cristina y Máximo- le imparten. En esa misma categoría entraba Rudy Ulloa, por ejemplo, mientras que los demás -Cristóbal López, Ferreyra (Electroingeniería), los Eskenazi- parecen sí ser asociados a los K, aunque éstos fueran mayoritarios. Es decir que, en la investigación que está llevando a cabo el Juez Bonadío, a quien verdaderamente se está mirando fijo es a la propia Presidente y a sus hijos.

El aeropuerto de Anillaco o "La Rosadita" parecen moneditas al lado de los hoteles del Calafate, los pisos en Puerto Madero y Nueva York, las represas del río Santa Cruz, el 25% de YPF o las rutas que no llevan a ningún lado. La familia Kirchner ha batido todos los records en la materia, ya que Menem, que robó mucho pero sólo dinero, fue superado por la codicia de estos delincuentes, que se hicieron de empresas y actividades enteras, como la obra pública, el petróleo, el juego, la generación y distribución de energía, el transporte, la importación de gas, las exportaciones a Venezuela, los medios de prensa, etc. El flujo de plata ha sido tal -la razón de ello debe buscarse en la voracidad de don Néstor (q.e.p.d.) por juntar billetes de € 500 -aún cuando estuvieran manchados con la sangre de los 51 muertos y 700 heridos de Once- que les ha sido necesario montar sofisticadas soluciones para reinsertar ese dinero en los mercados "blancos"; Báez, Cristóbal López, Elaskar y Fariña fueron sólo algunos de los instrumentos que estos verdaderos gangsters usaron.

La reacción de la Presidente, en el discurso de cierre de las jornadas de la Cámara de la Construcción y en la catarata posterior de tuits, demostró que, tal como preveíamos, se trata de una fiera acosada y que está aterrada ante la probabilidad de que sus hijos terminen recorriendo los tribunales argentinos y extranjeros. Los corifeos habituales, encabezados por el falsario Jefe de Gabinete, salieron a hablar de irregularidades formales en la sociedad, pretendiendo que ignoremos el verdadero trasfondo de la cuestión: a través de Hotesur, se blanquearon millones de pesos por la vía de alquileres ficticios de habitaciones en los hoteles presidenciales, dinero que ya estaba en el patrimonio de los Kirchner por las enormes coimas que recibieron desde la Secretaría de Transporte, por ejemplo, y que no podían justificar.

Nuestra autotitulada -¿recuerda su presentación en Harvard?- exitosa abogada no puede explicar el pasmoso crecimiento patrimonial que reflejan sus declaraciones juradas, porque no les cierra el "blanco", pese a que obviamente no incluyen la plata "negra" oculta en paraísos fiscales, que muchos ya calculan en decenas de millones de dólares. Por lo demás, alguna vez imaginé -ver "¿Son eternos los diamantes?"- que la verdadera razón del viaje de Cristina a Angola, cuando se puso a aletear como un pollo, había sido trocar containers de dinero en efectivo por esas piedras, de las cuales el país africano es uno de los primeros productores.

Un detalle no menor: el inefable Julián Álvarez, Secretario de Justicia, reconoció que Boudou podía estar bien procesado; ¿estará el kirchnerismo soltando lastre para intentar sobrevivir al inevitable temporal cambiando figuritas? ¿Será verdad que está ofreciendo la cabeza de Oyarbide contra la de Bonadío?

Por supuesto, rápidamente también comenzaron los fuegos artificiales, con el anuncio de cuatro mil cuentas de argentinos descubiertas en el HSBC suizo, y denuncias ridículas por enriquecimiento ilícito contra Stolbizer, la iniciadora de la causa contra doña Cristina, o por infracciones formales contra el mismo Bonadío, en un triste remedo de las falsas acusaciones contra Enrique Olivera, cuando era candidato a Jefe de Gobierno. Obviamente, si este Juez, de fama de corajudo, y la Diputada actuaron como lo hicieron fue porque no tienen nada que les pueda ser enrostrado por la gigantesca maquinaria de espionaje que comanda el Tte. Gral. Milani o por la AFIP, el otro gran organismo de apriete de los Kirchner.

Pero, básicamente, lo que debemos cambiar es nuestra propia conducta como sociedad. Tenemos que terminar en forma drástica con nuestra tolerancia frente a la corrupción, sea ésta de los políticos y empresarios, sea la propia de cada individuo. Si no lo hacemos, y dada la magnitud de recursos de los que dispone el narcotráfico para comprar voluntades de todo tipo, pronto seremos México.

Fuente: Total News Agency

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24nov/143

Vuelta de Obligado

Hay que adecuar la idea de soberanía al mundo de hoy

Por Luis Alberto Romero.

La conmemoración del Día de la Soberanía Nacional renueva las discusiones sobre el Combate de Obligado de 1845 y el mito que ha generado. Pero además, el énfasis que el gobierno actual pone en la recordación de esa fecha y los argumentos que esgrime, llevan a otra pregunta, no ya sobre el pasado sino sobre el presente y el futuro: ¿qué significa en el siglo XXI la soberanía nacional?

Hay un mito con el combate de la Vuelta de Obligado. No fue una victoria sino una derrota. Para detener a la flota inglesa, Rosas cerró con cadenas el río Paraná e instaló dos baterías. Los ingleses cortaron las cadenas, hubo cañonazos de ambos lados, algunos muertos ingleses y varios centenares entre los soldados bonaerenses. Muertes inútiles, pues los buques llegaron hasta Corrientes. Tampoco es completamente cierto que Rosas defendió los intereses nacionales contra la agresión imperialista. Esto último es correcto, pero los supuestos "intereses nacionales" son algo muy discutible. Por entonces no existía un Estado argentino unificado, sino provincias en guerra, alineadas en bandos políticos y divididas por cuestiones económicas. ¿Dónde estaba la Nación? Corrientes quería comerciar directamente con los británicos y Rosas defendió el monopolio comercial porteño. El antiimperialismo fue acotado, pues el episodio no enturbió una larga historia de relaciones entre Buenos Aires y Gran Bretaña, mutuamente beneficiosas. En 1852, caído Rosas, todas las provincias aceptaron el principio de la libre navegación de los ríos, incorporado a la Constitución.

Este mito de la Vuelta de Obligado, creado por el revisionismo histórico, forma parte de la nueva "historia oficial", difundida de manera sistemática y abrumadora en la escuela y en los medios. En 2010 se estableció el Día de la Soberanía Nacional, con feriado móvil. Pero además, las consignas revisionistas ocupan un lugar importante en los discursos de la Presidenta, tan abundantes como contundentes. Más allá de la crítica fácil, sus argumentos merecen consideración, pues hablan también sobre quienes la escuchan y la votan.

La Presidenta acude frecuentemente a ejemplos históricos, elegidos de manera un poco desconcertante: para un historiador no es fácil vincular a Monteagudo, Artigas, Dorrego y Rosas, pues en su tiempo casi todos se detestaron. Pero esta desordenada evocación no pretende organizar un discurso histórico. A diferencia del peronismo militante de los años 60, que se colocaba en la culminación de un largo proceso de luchas nacionales y populares, el kirchnerismo no se considera heredero de nadie, ni siquiera de Perón. Son fundadores, y el pasado sólo les interesa como un depósito de hechos memorables que, adecuadamente interpretados, operan como presagios de su llegada y su pasión. En el caso de Obligado aparecen los grandes poderes de siempre conspirando en contra de la Argentina y de su jefe, como hoy lo hacen los buitres. Los cañonazos que entonces dividieron al país son similares a los que hoy separan a los defensores de la nación de sus enemigos. La gesta de Obligado ilustra sobre una lucha eterna, en la que una derrota ocasional anuncia la victoria final.

Parada en el presente, la Presidenta invita a adecuar idea de soberanía a las luchas de hoy. La nación soberana ha de sobrevivir en un mundo que se derrumba, del cual debemos mantenernos saludablemente separados. La economía soberana debe dar inclusión, empleo y prosperidad a los argentinos. La soberanía ideológica consiste en consolidar la unidad de los argentinos y protegerlos de las ideas foráneas, otro instrumento de la gran conspiración.

Todos estos tópicos forman parte de un conjunto discursivo y simbólico compacto y enterrado en nuestro subconsciente, al que la Presidenta interpela con éxito, como lo hicieron tantos otros antes que ella. La soberanía ideológica alude a la conocida "cultura nacional", más postulada que definida. En realidad, todos nuestros productos culturales, hasta el pericón, son resultado de una mezcla, o una adecuación local de lo foráneo. Nuestros pensadores nacionales, igual que los llamados cosmopolitas, leyeron y adaptaron libros que también leían los franceses o los alemanes. La misma idea de una cultura nacional es una traducción del nacionalismo romántico alemán del siglo XIX. En definitiva, las ideas ignoran las fronteras políticas.

La soberanía económica -vieja idea del mercantilismo- fue una aspiración común en el mundo de las guerras mundiales. La autarquía entusiasmó a los planificadores económicos y a los militares. El país debía contener todo lo que necesitaba y cerrarse al mundo, siempre hostil; así, el "hecho en la Argentina" justificó sacrificar la eficiencia y los beneficios del intercambio. Es sabido que desde la segunda posguerra el mundo marcha por otro lado. Las economías crecen sobre la base de la interdependencia y la integración, y el "made in" ha perdido todo sentido. La idea cerril de la soberanía económica cultivada por el Gobierno no aporta nada para facilitar la integración en un mundo donde todos dan y reciben, ni para pensar cuáles son hoy las cuestiones específicas donde un interés de la comunidad nacional debe ser defendido.

Tampoco la soberanía política es hoy un valor absoluto, como lo fue en el pasado. Desde la creación de las Naciones Unidas, esta idea es revisada y matizada por quienes quieren construir instituciones y regulaciones supraestatales, una empresa tan noble como llena de dificultades. Para quienes vivimos en la Argentina, la cuestión de la soberanía estatal tiene una dimensión más acuciante, pues nuestro Estado de Derecho retrocede ante gobiernos arbitrarios, que arrasan con todo lo que los limita. Ante estos avances, las limitaciones y controles internacionales, que el gobierno actual desafía en nombre de la soberanía, constituyen el último recurso de quienes no encuentran amparo en la justicia local. Esto incluye a la Corte de La Haya o a la de Costa Rica, y hasta al modesto juez de Nueva York, que desconoce nuestros folklóricos usos de la justicia.

Todas estas cuestiones sobre la soberanía, que debemos discutir, derivan de la idea de nación. ¿Qué es la nación? No tenemos un conocimiento directo y experiencial. Creemos en ella, afirmamos que es de una cierta manera y construimos representaciones, con palabras o símbolos. Pero a diferencia de una religión, no hay un texto sagrado que consagre una verdad al que remitirse. Se trata de una cuestión opinable, que es de la más alta importancia. Por ejemplo, algunos creen en una nación plural y diversa, tolerante e institucional, y otros, con igual convicción, en una nación homogénea y unida, que se expresa en un liderazgo fuerte.

Esta segunda creencia ha predominado en la Argentina en el siglo XX. En ella confluyeron las ideas del nacionalismo, la Iglesia integrista, las Fuerzas Armadas y los movimientos nacionales y populares. Todos coincidieron en que cada uno de ellos representaba a la nación unida y soberana, y que fuera de ella solo había enemigos, externos e internos, consagrados a conspirar contra la nación. Algo de eso decía Rosas en 1845, cuando convirtió la defensa de intereses sectoriales en una gesta nacional, en la que estaba en juego la soberanía. Es lo mismo que hace el gobierno actual, apelando a la unidad, sobreactuando sus conflictos con parecida intensidad, y con mucha menos preocupación por la coincidencia entre sus dichos y sus prácticas reales.

Mientras existan comunidades nacionales, la soberanía será siempre una cuestión muy importante. Pero también es importante adecuarla a la integración en un mundo cada vez más interdependiente, pues "vivir con lo nuestro" es condenarnos a la mediocridad y la miseria. Sobre todo, es fundamental no separarla de la garantía de los derechos personales frente a gobiernos que utilizan la soberanía como instrumento de disciplinamiento interno. No se trata de negar su valor esencial sino de reconsiderar sus formas, sus símbolos, sus discursos y adecuarlos a una democracia institucional y plural. Quizás entonces elijamos otra fecha para celebrarla.

Fuente: diario La Nación

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21nov/145

Carta abierta a Julio Bárbaro

Sr Julio Bárbaro:

 

Ud. insiste con encomiable pertinacia en la exégesis laudatoria de un hecho que, si bien ha sido y es histórico, no lo es solamente en el sentido bonachón que Ud. pregona. El advenimiento de Juan Domingo Perón al poder trajo una transformación social positiva importantísima, es cierto, pero la suma de perversiones con que la acompañó arruinan largamente el efecto final. Lo peor de todo es que aún hoy los argentinos seguimos mirándonos desde las orillas de la fractura que ese líder construyó y sus seguidores mantuvieron, casi sin excepción.

Es curioso que Ud. mencione el abandono de modelos europeos; lo montado aquí por ese carismático líder no fue sino una copia modificada del fascismo imperante en la Italia que él había visitado en misión militar. Violó cuanto concepto existe de democracia auténtica y propulsó cuanta medida favoreciera la concentración de poder y la sofocación o eliminación de opositores. Montó una central obrera absolutamente adicta y monopólica cuyas conductas mafiosas se hicieron regla y cuya tradición ha sido enriquecer a sus popes (hoy los llaman eufemísticamente "los gordos"). Volteó la Suprema Corte para forzar la gestación de una nueva, adicta. Reformó la Constitución para generar una que permitiera su eternización en el poder, inaugurando lo que es un clásico en casi todo gobierno peronista. Persiguió y anuló diarios no complacientes, invadió el ámbito de la educación de los niños con libros impregnados de mensajes lava-cerebros que los maestros emponzoñados de entonces complementaban gustosamente...... En fin, todo el rosario de perversiones que el actual régimen va haciendo aflorar como yuyos venenosos en una secuencia desgraciadamente esperable.

Las más que verificables mañas manipuladoras del fundador del “movimiento” hacen que uno pueda dudar de la sinceridad del abrazo con Balbín en 1973 así como de la apertura de los micrófonos a voces opositoras en 1955. ¿Cómo no dudar de quien apenas meses antes del abrazo había apañado a las "formaciones especiales" para después, cuando no las necesitaba, echarlas de la Plaza?  ¿Qué bienestar de la Nación es deducible del pensamiento de quien puso como compañera de fórmula a Isabelita, quien por más buena persona que pueda ser estaba absolutamente incapacitada para gobernar esta Nación? ¿Qué puede Ud. macanear respecto a la inclusión de López Rega en el gabinete de ministros, pero con un poder tan especialmente distinguible respecto de sus pares? ¿Qué seriedad pretende que se le asigne a un gobierno que ascendió a López Rega desde sargento a comisario general, pagándole todos los "salarios devengados"?  ¿Ud. espera, Sr Bárbaro, que la repetición de sus exégesis al peronismo nos haga olvidar la hecatombe de sangre y horror devengada del accionar de las fuerzas que J.D.Perón había apañado (“Perón o muerte”, era uno de los lemas legibles en banderas y pancartas; si lo desea, le enviaré fotos) y a cuyos integrantes, aún hoy, debemos soportar enquistados en el gobierno de la Nación, reinvindicados y “resarcidos” monetariamente por ese gobierno y por el partido que lo aportó, partido que no sé si Ud. está enterado de cual se trata?

Sr. Bárbaro, por favor no insulte nuestra inteligencia con los consabidos “esto no es peronismo” o “esta gente está traicionando a Perón”, como lo está haciendo últimamente respecto de los virus venidos de nuestro extremo Sur. Muchos estamos saturados de esas frases exculpatorias esgrimidas cada vez que algún peronista o grupo de peronistas cometen (muy predeciblemente, le comento) actos reñidos con la democracia pura y también con la honestidad pura.  La cruda realidad es que casi todo gobernante salido del peronismo (o justicialismo, si gusta), va a incurrir con total predictibilidad en actos de perversión completamente incompatibles con una auténtica DEMOCRACIA REPUBLICANA (las mayúsculas, adrede).

¿Cómo pretende Ud. que aceptemos el 17 de Octubre como un aniversario de todos los argentinos cuando aún hoy la mitad del país le escupe “gorilas” y “cipayos” a la otra mitad? ¿Cómo aspira Ud. a esa unión si aún persisten la apropiación totalitaria de fechas y símbolos netamente nacionales, como ocurrió en Rosario para el Bicentenario de la creación de nuestra Bandera? ¿Cuántas más efigies de Evita en edificios ministeriales? ¿Cuántas más Dianas Contis proclamando que al peronismo no le preocupan las instituciones sino el poder? ¿Cuánto más patoterismo de la peor clase, como nunca se observó en un funcionario del Estado que, oh casualidad, canta férvidamente la marcha peronista? ¿Cuánto más de confusión entre Estado, gobierno y líder en detrimento de la República y su Democracia? ¿Cuánto más, Sr. Bárbaro?

Carlos A. Galvalizi

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15nov/143

Visiones sobre Roca

Por Roberto Azaretto.

La irrupción de Julio Argentino Roca en la política nacional conmocionó a la opinión porteña, que aspiraba a que un hijo de Buenos Aires fuera presidente luego de dos mandatarios provincianos: Sarmiento y Avellaneda. Buenos Aires debía imponer al sucesor.
Porteños recalcitrantes creían en el derecho a tutelar al país, se negaban a federalizar la ciudad de Buenos Aires y sostenían, como el gobernador Carlos Tejedor, que los territorios ganados en la Conquista del Desierto eran de su provincia.
El gobernador de la provincia contaba con más recursos que la Nación.
El diario La Nación, entonces la expresión de un partido, el de Mitre, describía a Roca como un jefe de fronteras que, en sus ratos de ocio, se dedicaba a “varear caballos”.

No mejor parte llevaban los jóvenes de los patriciados provincianos que formaban los cuadros dirigentes del Autonomismo Nacional: “Ahí viene Roca con sus cabecitas negras” se escribía en la prensa de la gran aldea, setenta años antes de que ese calificativo se aplicara a los pobres del Norte argentino que venían al cinturón industrial de Buenos Aires.
Sarmiento, cuando Roca propuso la Campaña al Desierto, pronosticó que era imposible solucionar ese problema en por lo menos un siglo. Cuando se logró el éxito en menos de dos años dijo que fue “un paseo”.
Los porteños que apoyaron al joven general de 37 años soportaron un clima hostil e incluso algunos se apartaron. Por cierto la capitalización de Buenos Aires y el respeto al resultado electoral se logró sobre los cadáveres de tres mil argentinos.
Cuando Roca y Mitre acordaron una salida a la crisis política del noventa que le da dos décadas de estabilidad y las más altas tasas de inversión y crecimiento de la economía nacional en toda su historia, La Nación ve en Roca a un estadista al servicio del país.

El propio Mitre, que le toma el juramento como presidente provisional del Senado en 1898, cuando concluye el estadista norteño su segundo mandato, lo visita para decirle: “Ha cumplido con su juramento, lo felicito”.
Roca y su política han concitado la adhesión de figuras de la política y el pensamiento de corrientes disímiles que exceden el campo de las fuerzas liberales conservadoras que proclamaban sus sucesores.
Jorge Abelardo Ramos, en su libro “Del Patriciado a la Oligarquía” que integra su famosa obra “Revolución y Contrarrevolución”, presenta a Roca como el estadista que representa la voluntad y los intereses de las provincias interiores y logra romper con la hegemonía porteña imponiendo el poder nacional sobre la Provincia que pretende controlar al país todo.

Para Abelardo Ramos, el general Roca es el constructor del Estado nacional, el modernizador de la Nación, explica y justifica la Conquista del Desierto y destaca el origen federal de la mayor parte de sus partidarios.
Alfredo Terzaga escribió dos tomos sobre el general Roca, obra que culmina en 1880, por la muerte del historiador cordobés, adscripto a la corriente del llamado socialismo nacional.

Para Terzaga, Roca encarna las aspiraciones de progreso de las provincias que no aceptan la tutela y la subordinación a los intereses de Buenos Aires; es el vengador de Pavón, batalla en la que participara a los 19 años como oficial artillero de Urquiza.
Arturo Jauretche, en su libro de 1959 “Ejército y Política”, señala que Roca lidera la reconstrucción del Ejército nacional, heredero del de San Martín, remplazando al que denomina “ejército faccioso” de Mitre, y ese liderazgo surge con la victoria de Santa Rosa (Mendoza).

Aprueba la Conquista del Desierto y la construcción del Estado argentino y resalta que se recuperó el concepto del “Espacio” y cierto proteccionismo.
Oscar Alende, en su libro “Marcha al Sur”, señala que las actividades de las tribus indígenas eran el robo y describe la “Ruta de los Chilenos” la rastrillada que partía de Olavarría marcada por centenares de miles de vacas que todos los años eran robadas desde los campos pampeanos para ser engordados en los alfalfares de los grandes hacendados chilenos, con la tolerancia y la complicidad de las autoridades de ese país.
El socialista Nicolás Repetto dice en la Cámara de Diputados (en una de las cuatro sesiones) que en 1930, comparando la crisis del momento con la del Noventa, en cuya revolución participara: “Menos mal que Roca impidió nuestro triunfo. Su destreza y fortaleza impidieron la presidencia revolucionaria de Alem, que hubiera retornado el país a la anarquía y la guerra civil”.
Desde el nacionalismo, Rodolfo Irazusta junto con su hermano Julio, exponentes del nacionalismo rosista, dirá: “Fue la del general Roca la personalidad más vigorosa que ha tenido el país después de Rosas”.
El desarrollista Carlos Florit, ex canciller en el gobierno de Frondizi, escribe: “Hacía falta un líder que diera contenido a la organización constitucional del país, que estructurara un poder político en función de la Nación y que tuviera habilidad y energía para consolidarla. Roca cumplió esa función”.
Natalio Botana, coautor con Ezequiel Gallo de “ El Orden Conservador”, destaca el temperamento de Roca que ejercía la autoridad pero no el autoritarismo, en un cuadro institucional en el que imperaba el respeto a los derechos civiles, la independencia del Poder Judicial, la libertad de expresión y con una idea gradualista en cuanto al pleno ejercicio del sufragio. Los autores definen el período como el de “la democracia posible”.
Félix Luna llevó hace veinte años al gran público la figura de Roca en su libro “Soy Roca” en el que hace escribir una larga carta al personaje. Dejó en los lectores establecida la imagen de un constructor deseoso de convertir a la Argentina en un gran país.

También la de un guerrero que privilegiaba la paz por sobre los laureles recogidos sobre cadáveres y la destrucción. Vale la pena contar que Luna tenía en su juventud animadversión por su biografiado, pues uno de sus antecesores no llegó al Senado nacional en representación de La Rioja por la oposición del dos veces presidente.
Vicente Massot, en su libro “Las ideas de estos hombres”, compara a Roca con el general e ingeniero Agustín Justo y el general Perón, en cuanto a tres militares que fueron hábiles políticos y con sentido de la estrategia y la geopolítica.
En estos años se ha desatado una campaña contra Roca, siendo su principal ideólogo Osvaldo Bayer quien ha sostenido que la Patagonia no debería ser argentina ni chilena, y plantea el disparate de un genocidio banalizando la palabra y su significado.

Bayer es un anarquista, es lógico que pretenda mancillar el recuerdo del prócer, pues fue el constructor del Estado, institución que la corriente que integra el escritor ha pretendido destruir recurriendo a todo tipo de crímenes en otros tiempos.
Los Kirchner, a pesar de un discurso de reconstrucción del Estado, han tomado parte de los puntos de vista del autor de la Patagonia Rebelde, porque pretenden borrar toda idea de una Argentina que fue exitosa.

Ante el fracaso de su modelo, a pesar de los inmensos recursos en divisas e ingresos fiscales percibidos, gracias a los altos precios de la producción agropecuaria, se obsesionan con mostrar la historia nacional como la de un fracaso hasta que ellos llegaron desde el sur. Por cierto la ignorancia de Cristina en historia es tan ostensible como su desconocimiento del mundo.
Julio Argentino Roca falleció el 18 de octubre de 1914, año del tercer censo nacional. El contraste con el país de 1880 es impresionante.
En 1914, ocho millones de habitantes, de los cuales tres millones eran inmigrantes que vinieron tan pobres e ignorantes como la inmensa mayoría de los criollos, vivían en una nación pujante con sus ferrocarriles, puertos, obras sanitarias, ciudades espléndidas, una educación pública que fomentaba la movilidad social y con su democracia perfeccionada con la Ley Sáenz Peña en vigencia.

Una parte de esos criollos e inmigrantes ya eran de clase media y los pobres tenían la igualdad de oportunidades que da la escuela de calidad.
Eso que hoy añoramos ante el fracaso de los detractores de Roca que se ufanan del crecimiento de las villas miseria y del desastre de la educación pública argentina.

Fuente: diario Los Andes

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12nov/143

El actual desprecio argentino por el mérito

Por Laura Sesma*

La equidad es la cualidad que mueve a dar a cada uno lo que se merece. Y el mérito, resultado de las buenas acciones que hacen digna de aprecio a una persona, aquello que hace que tengan valor las cosas.

La sociedad argentina debe recuperar imperiosamente el valor del mérito, que fue lentamente dinamitado a partir de la demagogia y el populismo como formas de gobierno.

No sólo el peronismo en el poder como concepción y práctica errónea de la justicia social, sino sectores que se autodenominan progresistas han asimilado el mérito a una idea de elite y de discriminación. Por ejemplo, creer que es más “justo” un sorteo que brindar instrucción para un examen de ingreso a una escuela es tan absurdo como mezquino. Nada más alejado del progreso y de la justicia.

Negar la capacidad de superarse, de esforzarse aun en condiciones difíciles, es negar nuestra esencia, nuestra condición humana. El humanismo y la libertad son la contracara de los totalitarismos de izquierda o de derecha que siempre negaron a la persona como individuo.

La exigencia basada en la creencia de que el otro puede, como la oportunidad justa, nos obliga a potenciar lo mejor de cada uno. Por el contrario, cuando se iguala para abajo, cuando se borran las diferencias esenciales, cuando no se contraponen obligaciones a los derechos, cuando no se demanda esfuerzo colectivo o personal para mejorar, se condena a una sociedad pobre e ignorante a seguir siéndolo.

La permisividad suele asociarse a la comodidad o, lo que es peor aún, a la necesidad de ganarse el apoyo o simpatía sin importar los resultados.

La mayoría de las políticas públicas de esta última década –algunas importantes– han estado teñidas de esta nefasta concepción, porque el objetivo ha sido usar y no empoderar al ciudadano.

El ingreso universal, los subsidios, las políticas educativas, las políticas gremiales, el uso de los espacios públicos, la vida universitaria, las políticas de derechos humanos, todo ha sido utilizado y manoseado como medios para conseguir poder y una supuesta legitimidad que sólo es real cuando se basa en el ejercicio de la autoridad justa, en la coherencia, en la verdad y en el ejemplo, principios ausentes en quienes han tenido la alta responsabilidad de gobernar el país por más de 20 años desde 1990.

La permisividad maliciosa y la corrupción deben ser combatidas. Es tanto o más importante en el futuro inmediato del país consensuar medios que fines, porque recuperar la decencia, la esperanza y la confianza es nuestro principal desafío.

El próximo gobierno deberá promover el mérito y el premio a las buenas prácticas, en primer lugar entre sus funcionarios y en el funcionamiento del propio Estado, para luego poder exigir a la sociedad los esfuerzos necesarios para reconstruir valores y niveles de convivencia basados en la tolerancia, el respeto a la diversidad y la responsabilidad individual por acción u omisión.

*Subsecretaria de Capacitación y Formación de Recursos Humanos de la Municipalidad de Córdoba

Fuente: La Voz del Interior

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17oct/143

El gran arquitecto de la República

Por Raúl Faure.

Julio Argentino Roca fue el primer presidente de la República definitivamente organizada luego de que se declarara a la ciudad de Buenos Aires como capital, tras siete décadas de enfrentamientos entre porteños y provincianos.

Para que las jóvenes generaciones comprendan el significado histórico de la designación de Buenos Aires como capital y asiento de las autoridades nacionales debe decirse que en las batallas libradas en junio y julio de 1880, entre los partidarios de su nacionalización y los partidarios de su autonomía, murieron más compatriotas que durante todos los años que insumieron las guerras por la independencia de la corona española, entre 1810 y 1824.

La significación política y moral de su gobierno, Roca la explicó brevemente ante la Asamblea Legislativa que le tomó juramento con estas palabras: “El secreto de nuestra prosperidad consiste en la conservación de la paz; puedo deciros, sin jactancia, que mi divisa será paz y administración”

No pretendió ser, ni lo fue, un gobernante providencial. No em­baucó a la población con fábulas autorreferenciales ni con falsos relatos, no fue jefe de un clan rentado por el Estado, y jamás utilizó la mofa para humillar a sus adversarios. Solo prometió paz y administración. Y cumplió.

Una obra singular

Era Argentina, entonces, una vasta extensión ubicada en los confines australes, desgarrada por el desierto, las distancias y la incomunicación entre sus diversas regiones. Al cabo de los seis años que duró su mandato, aun hoy la obra ejecutada causa asombro y admiración.

Se duplicó la extensión de las vías férreas que, de 2.500 kilómetros (km) pasaron a cinco mil kilómetros y se tendieron seis mil km de líneas telegráficas para conectar entre sí y con el litoral a las provincias del interior y se protegió la soberanía nacional sobre los confines de la Patagonia y las zonas limítrofes con Chile, Paraguay y Bolivia, en los actuales territorios de Misiones, Chaco, Formosa y Neuquén.

Roca utilizó los únicos recursos básicos con los que se contaba, en esa época, para impulsar la producción, incorporando capitales y mano de obra europea y los más modernos adelantos tecnológicos bajo el amparo de las leyes y el honor nacional. Para tener una idea de la magnitud de esos aportes, debe decirse que el 40 por ciento de las inversiones del Reino Unido en el exterior fueron destinadas a nuestro país, y que se radicaron medio millón de inmigrantes.

En 1878 importábamos trigo y harina. En 1880 logramos auto­abastecernos. Y en 1886, las 100 colonias agrícolas fundadas en Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba ya pro­ducían granos para exportar. En Cuyo, las bodegas nativas produ­jeron más vino que las de España y Francia sumadas.

En la llanura, escenario de malones y depredaciones que destruyeron familias de colonos y poblaciones levantadas junto a los viejos fortines, se fundó la pampa gringa. James Scobie, el historiador norteamericano que consagró parte de su vida al estudio de esa época tituló uno de sus más ­célebres libros Revolución de las pampas para poner de relieve las hondas transformaciones y el progreso que convirtieron al país, en solo dos décadas, en una potencia mundial.

Educación, salud y cultura

La unificación del sistema monetario, el crédito bancario dirigido a la producción rural, las leyes que garantizaron la libertad de cultos, la enseñanza primaria obligatoria, laica, gratuita y la divulgación de ciencias aplicadas en las universidades, entre otras medidas adoptadas por el gobierno de Roca, permitieron que Argentina se convirtiera en un “crisol de razas”.

El Estado tomó a su cargo de la edición de las obras de Sarmiento, de Alberdi, de Mitre, de Vicente López y de los científicos europeos que investigaron la geología, la geografía, la botánica, y la zoología y se sancionaron las leyes de procedimientos penales y civiles en reemplazo de los códigos heredados de 
la colonia.

En la ciudad portuaria, ahora sede de las autoridades nacionales, se realizaron obras de salubridad, se abrieron nuevas calles y avenidas, se modernizaron plazas y paseos, se inició la construcción del nuevo puerto y se habilitó el Hospital de Clínicas, el primero y más avanzado de América del Sur. La vieja ciudad virreinal dio paso a una metrópoli pujante, que contaba con servicios desconocidos aun para muchas ciudades europeas. Al cabo de dos décadas Buenos Aires fue bautizada como “la París del Plata”.

Y se acometió la proeza de edi­ficar una nueva ciudad diseñada por urbanistas europeos, para sede de las autoridades bonaerenses, la ciudad de La Plata, orgullo de los argentinos.

El legado

Con excepción de los profesionales contratados por el actual gobierno para falsear y desfigurar nuestra historia, todos los investigadores objetivos de nuestra historia coinciden en que Roca fue el presidente que necesitaba el país en su etapa fundacional.

Recibió una nación en ciernes y dejó una nación verdadera. Con imperfecciones y errores, como toda obra humana. Pero con cimientos firmes. No impuso su autoridad a los golpes ni se rodeó de genuflexos ni de adulones.

Al concluir su mandato, el 12 de octubre de 1886, no necesitó hablar durante horas, ni recibir aplausos forzados para hacer su balance. Dijo serena y sencillamente: “Concluyo mi gobierno sin haber tenido que informar de guerras civiles, de intervenciones sangrientas, de levantamientos de caudillos, de empréstitos gastados en contener desórdenes y sofocar rebeliones, de depredaciones de indios, de partidos armados contra la autoridad de la Nación, sin haber decretado, un solo día, el estado de sitio, ni condenado a un solo ciudadano a la proscripción pública”.

Roca nació en San Miguel de Tucumán en 1843 y murió en Buenos Aires el 19 de octubre de 1914.

Fuente: La Voz del Interior

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12oct/141

El guiñol

Por Pilar Rahola
Como todo país de sustrato mediterráneo, Argentina tiene tendencia al histrionismo. Es cierto que esa característica ha sido, para el mundo de la creación, una fuente inagotable de talento, no en vano el exceso tiende a la creatividad. Pero, y en igual proporción, ha sido históricamente letal para la política porque ha producido algunos engendros de difícil digestión.
El último espectáculo histriónico, y quizás el más guiñolesco, es el que perpetra desde hace años la presidenta Cristina Fernández, cuya derivación hacia el absurdo está llevando al país hacia el vacío. Hace muchos años, en su casa de Montevideo, la mente incisiva de Sanguinetti respondió con munición cargada a mi poco inocente pregunta.
"¿Hacia dónde va Argentina, presidente?", y el notable pensador me dijo: "Querida, Argentina no va a ninguna parte".
Si esa ácida respuesta fue verdad en algún momento, ese momento es ahora, con un país al borde de la quiebra económica, pero sobre todo, en quiebra política, democrática y moral. Quizás Sanguinetti se equivocaba y Argentina iba hacia algún lugar, pero sin duda es un lugar inhóspito.

¿Cómo es posible que un país tan importante, con tanto capital humano, tantos recursos naturales y tanto empuje haya caído en manos tan simples y sórdidas? Lo último, en medio de una crisis político-judicial de gran envergadura, es el sainete folletinesco de doña Cristina Fernández avisando de complots yanquis para matar a su ínclita persona.
En una derivación bolivariana al uso, la presidenta ha montado un circo con espías americanos, conspiradores argentinos e intentos de magnicidio.
Como era de esperar, los norteamericanos aún intentan vislumbrar si se trata de un tango con mala letra, una estrategia a lo bestia para ganar enteros en el mercado del populismo, o sencillamente se ha vuelto loca.
Y todas las hipótesis están abiertas, porque siguiendo el recorrido de sus amigos venezolanos y cubanos-modelo hacia el cual viaja, a pasos acelerados, Argentina-, nadie tiene la certeza de si el mejunje ideológico de la presidenta no contiene los tres elementos.

Sea como sea, lo peor del Gobierno argentino, el peor de la historia, no son los errores de bulto, que han llevado a su economía al borde del abismo; ni sus planteamientos maniqueos, que intentan dividir al país entre buenos y malos ciudadanos; ni sus persecuciones políticas, cada vez menos disimuladas; ni la lista de sus aliados preferentes, donde parece estar lo mejor de cada casa; ni tan sólo lo peor es el deterioro sistemático de la democracia argentina.
Lo peor de lo peor es que este país tan orgulloso de su imagen está perdiendo, Cristina mediante, el sentido del ridículo. La historia asegura que nadie, en el mundo, hizo más el ridículo que Calígula cuando nombró cónsul a su caballo. Quizá sea cierto, pero Cristina Fernández se está entrenando mucho para superar cualquier ridículo histórico. ¡Qué triste, para un país tan digno!
Guiñol= Representación teatral por medio de títeres movidos con las manos.

Fuente: La Vanguardia.com

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