A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

22Mar/174

¿EN DÓNDE NACIÓ DALMACIO VÉLEZ SÁRSFIELD?

Por Prudencio Bustos Argañarás

Días atrás, La Voz del Interior comentó que en el pedestal de la estatua que recuerda al autor del Código Civil, se consigna que había nacido en la ciudad de Córdoba, lo que se contradice con la versión corriente, que fue en la localidad de Amboy, departamento Calamuchita. Esta segunda versión fue lanzada por Abel Cháneton, quien en el tomo primero de su famosa Historia de Vélez Sársfield (Buenos Aires 1938) sostuvo que ello respondía a una tradición familiar, según la cual a su madre, siendo viuda, se le precipitó el parto al pasar por dicho pueblo, cuando se dirigía desde la ciudad “camino de la finca solariega”.

El mismo Cháneton advierte lo poco probable que una mujer que portaba un embarazo avanzado abandonara la ciudad en pleno verano para hacer un viaje de varios días por fragosos caminos serranos, poco más que huellas. Por ello plantea la hipótesis de que el viaje se habría realizado en realidad en sentido contrario, es decir, con destino a Córdoba, lo que también suena poco verosímil.

Pero la tradición oral suele sufrir serias distorsiones a lo largo del tiempo, en el caso de marras, casi un siglo y medio. La prueba de ello es que la versión de Cháneton contiene errores fácilmente comprobables, como el afirmar que el padre de don Dalmacio había muerto en Calamuchita en 1799, varios meses antes del nacimiento de su hijo homónimo.

En el libro 3° de defunciones de la Catedral, a fojas 34 vuelto, vemos que el maestro don Francisco Javier Argüello acompañó el cuerpo de don Dámazo (sic) Vélez para ser sepultado en la iglesia de La Merced el 27 de junio de 1800, “con entierro mayor cantado de españoles adultos”, y que había muerto “con los santos sacramentos que le administró el cura rector interino, doctor don Manuel Mariano Paz y bajo de testamento cerrado otorgado en diecinueve de dicho mes y año”.

Y en el libro 6° de bautismos de la Catedral verificamos, a fojas 28 vuelto, que el licenciado don Pedro Guzmán le administró óleo y crisma el 19 de setiembre de 1800 a Dámaso Simón, de ocho meses de edad, a quien “bautizó de socorro el Dr. don Tomás de Aguirre, hijo legítimo del finado don Dalmacio Vélez y doña Rosa Sarfiel, vecinos de esta. Es decir, nació en febrero de 1800, cuando su padre aún vivía.

La tradición no resulta un elemento confiable cuando ha transcurrido tanto tiempo y, en todo caso, si de tradición se trata parece más razonable preferir la que prevaleció al construirse la estatua, en 1897, cuando aún vivían algunos de los hijos de Vélez Sársfield, que la que recibió Cháneton cuarenta años más tarde. O mejor aún la que consignó en 1875, el año de la muerte de don Dalmacio, su contemporáneo Domingo Faustino Sarmiento, en su Bosquejo de la biografía de don Dalmacio Vélez Sársfield, en donde sostiene que “nació en la ciudad de Córdoba el 18 de febrero de 1801”, añadiendo que la fuente fue el propio biografiado. “Hemos recogido de boca del señor Vélez mismo algunos hechos que venían como por accidente, recordados al hablarse de cosas pasadas”, dice.

Pero estas afirmaciones no hacen sino confirmar la falibilidad de las tradiciones orales, aún bajo las circunstancias anotadas, pues además de errar en el año de nacimiento de don Dalmacio, incurre Sarmiento en otras falsedades, tales como llamar doctor y abogado a su padre, quien si bien era un hombre de vasta cultura, no había pasado por las aulas universitarias, según él mismo relata en su testamento. O fantasear respecto a los supuestos orígenes de su familia materna, a lo que el ilustre sanjuanino era muy proclive.

Como siempre, lo mejor es buscar las fuentes documentales contemporáneas y, de ser posible, la palabra del propio personaje. En el caso que nos ocupa, nos proporciona esa información el libro de bautismos de la parroquia porteña de San Nicolás de Bari que abarca los años 1824 a 1836, en cuya foja 54 consta que el 18 de marzo de 1825 fue bautizada Vicenta Plácida de los Dolores, nacida nueve días antes, “hija legítima de don Dalmacio Velis, natural de la ciudad de Córdoba y de doña Paula Piñero, natural de esta”. Creo que esto aclara debidamente el punto, pues sin duda el sacerdote registró los datos que el propio Dalmacio le proporcionó.

Resulta curioso advertir que estos errores en torno a sus nacimientos se han provocado también en relación a otros dos próceres cordobeses contemporáneos de Vélez, el gobernador Juan Bautista Bustos y el deán doctor Gregorio Funes. También me tocó en suerte demostrar el error que se venía repitiendo acerca de que el primero había nacido en Santa María de Punilla, siendo que lo fue en esta ciudad, y el que afirma hasta hoy en una placa que el deán vio la luz en la esquina de Rivera Indarte y 9 de Julio, lo que también es falso.

Otra vinculación los une y es la existencia de lazos de parentesco entre ellos. O mejor dicho, Bustos era pariente de los otros dos, pues su madre era prima segunda de Vélez Sársfield y él era primo tercero del deán. Curiosidades de la Historia.

Fuente: La Voz del Interior

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17Mar/171

El país que sueña el peronismo

Por Fernando Iglesias

En el país que sueña el peronismo reina la unanimidad. La unanimidad peronista, desde luego. Porque peronistas somos todos, como dijo el General. "¡Quieren reabrir la grieta!", exclama indignado el peronista apenas oye una crítica, añorando los bellos momentos de unidad nacional que caracterizaron los fines de ciclo peronistas en 1955, 1976 y 2015. Presentar un dato, nunca. Discutir un argumento, jamás. La ideología peronista se basa en imágenes. La Plaza de Mayo colmada del 17 de octubre, que nunca ocurrió. La sidra y el pan dulce expropiados a una empresa o pagados por el Estado entregados por un hada en nombre de la dignificación. Y el vuelo interestelar que iba a unir Anillaco con Tokio. O el tren bala, que terminó incrustado en un andén de Once junto al gobierno que lo prohijó.

Hay muchas ramas en el peronismo. Para todas, la crítica es un ataque y nace del odio, no de la razón. Cinco minutos después de descalificarlas como complot, el peronista promete renovarse. ¿Para qué quieren renovarse, si jamás cometieron un error? Porque los malos gobiernos peronistas -que son todos- no fueron verdaderamente peronistas. Desde que algunos radicales y socialistas apoyaron la Revolución Fusiladora, su acción ensombrece para siempre a sus partidos: criticar al peronismo es avalar los bombardeos de la Plaza de Mayo a pesar de que el golpe del 55 contra Perón lo dieron las mismas Fuerzas Armadas que habían dado el golpe del 43 con Perón. Pero si dirigentes peronistas que fueron intendentes, diputados, senadores, gobernadores y presidentes en las listas del justicialismo, con sello del PJ en la boleta y marcha peronista en cada acto, dejan el país en ruinas después de gobernar 24 de 26 años, el peronismo es inocente. Eran infiltrados, dirá el peronista. Neoliberales, aquéllos. Montoneros, los de más acá.

Los gobiernos peronistas han sido tan buenos que los propios peronistas dicen que no fueron peronistas. Inmediatamente luego de afirmarlo, el peronista verdaderamente peronista dirá que sólo el peronismo puede gobernar la Argentina; como hizo el último gobierno peronista verdadero: el de Isabel Perón; ejemplo de concordia entre los argentinos y gobernabilidad nac&pop.

El peronista es así y lo aprendió de Perón, a quien se le infiltraba medio mundo en el Movimiento y el entorno le manejaba todo, pero después escribía libros sobre el arte de la conducción. El peronista es así y ha inventado dos categorías para correr a quien no comulga con la doctrina oficial de la patria: la de "gorila", que acomuna al que critica al peronismo con el que quiere el hambre del pueblo, y la de "antiperonista", que nadie sabe qué quiere decir ya. ¿Qué quiere decir "antiperonista"? ¿Criticar al peronismo es ser antiperonista? Si es así, nada más antiperonista que los peronistas, que apenas se abre la interna del PJ corren por las pantallas de TV a acusarse de traidores y de narcos; lo que no deja de ser un progreso respecto de los gloriosos tiempos de Montoneros y la Triple A.

"Nos meten a todos en la misma bolsa", claman los que nunca vieron nada. "Nunca fuimos K", agregan después. Pero fue Menem quien le dio a Néstor los fondos de Santa Cruz para que empezara su campaña. Y fue Duhalde el que le dejó el país, para que Néstor se lo dejara a Cristina. Y fueron los muchachos renovadores los integrantes del elenco ministerial K. "Compañeros, shekendengue, siempre fuimos compañeros"; el viejo tema de Donald merece reemplazar la marcha como himno del peronismo real. Porque durante doce años el FPV y el PJ votaron juntos en el Congreso para que los Kirchner hicieran lo que hicieron y porque siguen unidos en el Club del Helicóptero, firmando juntos el pedido de juicio político a Macri y protegiendo fueros para que ningún compañero vaya preso, faltaba más.

Significativo es que quienes nos recordaban que "los pueblos que olvidan su pasado..." exijan que se hable del futuro. "¡Banelco!", exclaman; pero hasta en el episodio emblemático de la corrupción radical las coimas se las llevaron los senadores justicialistas. Por eso, como no pueden defender la propia honestidad, se esfuerzan tanto en insinuar que todos roban. Cristina, Néstor y Menem, de este lado; De la Rúa, Alfonsín e Illia, del de allá.

Y sobre todo, a como dé lugar, los peronistas menemistas no se van a hacer cargo de las barrabasadas kirchneristas, los peronistas kirchneristas no se van a hacer cargo de las barrabasadas menemistas y los verdaderos peronistas no se van a hacer cargo de las de ninguno de los dos. Ni de ninguna otra cosa. Ni de la barbarie montonera ni de los exilios y las primeras desapariciones que la siguieron; ni del primer gran shock regresivo de nuestra historia, el Rodrigazo 1975; ni del mayor shock regresivo de nuestra historia, el Duhaldazo 2002, en el cual el que depositó dólares recibió papel picado y la pobreza subió 50% en un año; hazaña que en países sin peronismo sólo se logra con un tsunami o una guerra civil.

El peronismo es el inventor de la posverdad. Por eso es autor de leyes sociales que sancionaron otros antes, y que en su caso datan de 1945; es decir, no del peronismo, sino de la dictadura militar de la que surgió. La posverdad decreta también que los días más felices hayan sido peronistas: los primeros años de Perón, Menem y Kirchner, terminados en días más infelices por culpa de la cipaya ley de gravedad, que establece que todo lo que sube sin sustento termina por caer.

El peronismo ha inventado también el cambio sin autocrítica, sin evolución de ideas y a cargo de las autoridades del desastre anterior. Renovación, la llaman. Nació en el balcón de la Semana Santa de 1987 en el que Cafiero salvó la democracia. Se olvidan de que el comandante carapintada Rico era peronista y fue intendente en las listas del justicialismo, y de que es el mismo balcón de las Felices Pascuas. Es que lo que para algunos es una mancha, para otros puede ser un honor. "¡Los 30.000 desaparecidos peronistas!", replican, pero no hay pruebas del número ni de la afiliación. "¡Los 38 muertos de De la Rúa!", retrucan. Pero 25 de los 38 caídos en diciembre de 2001 fueron abatidos en provincias gobernadas por el peronismo. Para no hablar de las más de veinte muertes en los saqueos de 2013, ocurridas en provincias peronistas mientras la presidenta bailaba con Moria Casán. De ellas, no se acuerda nadie. Ni el número se sabe, ya que los ciclos peronistas terminan en tragedias cuyas víctimas no se pueden ni contar.

En el país que sueñan los peronistas sólo ellos pueden gobernar y nadie los critica; como la Argentina entre 1989 y 2015. "Será por algo que la gente vota el peronismo", objetan como único argumento, y están en lo cierto: razones siempre hay. Que esa razón sea que han gobernado bien es otra cosa. Basta ver los distritos donde arrasan: el conurbano devastado, la Patagonia transformada en desierto persistente, el Norte pobre y feudal. "Está en marcha una campaña de desprestigio contra el peronismo", se inflama el peronista, y acierta de nuevo. Pero sus impulsores no somos los tres gatos locos que nos animamos a gritar, como el niño del cuento de Andersen, "¡El rey está desnudo!", sino la oligarquía peronista que prometió acabar con todas las oligarquías y lo hizo mucho peor que todas las demás.

Fuente: diario La Nación

 

15Mar/170

Populismo: ¿se elimina cambiando la oferta o la demanda?

Por Roberto Cachanosky

El gobierno de Macri ya terminó su luna de miel y la gente lo sigue apoyando por miedo a la vuelta del kirchnerismo. La política que hasta ahora vienen mostrando el gobierno es un poco la política de la extorsión: lo mío no es bueno pero es esto o vuelven los k. Habrá que analizar si existe esa posibilidad realmente.

Lo que sí se ve bastante claro es la intención k de desestabilizar al gobierno. Sabemos que el peronismo, en sus diferentes versiones, no se banca estar fuera del poder. El peronismo nació golpista con Perón participando del golpe de 1930 contra Yrigoyen, luego en el de 1943, naciendo a la vida política cuando escaló posiciones dentro de ese gobierno militar.

En esta oportunidad varios k saben que si transcurre el tiempo con ellos fuera del poder pueden terminar detrás de las rejas luego de 12 años de corrupción desenfrenada y abuso del poder. Iban por todo y se quedaron complotando para ver si pueden zafar de los casos de corrupción que siguen saltando.

Se sabía que el gobierno que siguiera al de Cristina Fernández iba a enfrentar una situación económica muy delicada. Es decir, a los 70 años de políticas económicas decadentes se le agregaba un campo minado dejado especialmente por el kirchnerismo para complicarle la vida al que viniera atrás. Y Marcri compró el discurso de onda zen que le vendió Durán Barba, junto con letra que le dan Marcos Peña y Alejandro Rozitchner donde criticar no es constructivo. Según sus propias declaraciones, inteligente es poner entusiasmo y optimismo, como si todo se lograra con dos palabras mágicas en vez de usar la ciencia para resolver los problemas. Lo mismo decía Alfonsín en la campaña electoral de 1983: con la democracia se come, su cura y se educa, y terminó su mandato 6 meses antes en el medio de una hiperinflación.

Insisto, el PRO decidió encarar la herencia populista con una política progre. Si uno observa la política económica hay avances respecto a los disparates que hacían Kicillof y Moreno, pero no es tan diferente a políticas económicas anteriores que igual fracasaron.

Ejemplo, en el gobierno de la Rúa no había cepo cambiario, se podían comprar libremente dólares. Tampoco había controles de precios ni persecuciones de la AFIP. Pero había un gasto público consolidado que representaba el 35% del PBI versus el 48% que representa hoy y sin embargo en aquél momento no pudo financiarse indefinidamente con deuda externa. Cuando se acabó el crédito externo todo fracasó por no hacer reformas estructurales para poner orden fiscal. Recordemos que a Ricardo López Murphy lo echaron del gobierno por querer bajar el gasto público, el equivalente a U$S 3.000 millones y luego Duhalde hizo un desastre con la devaluación y la llamarada inflacionaria. Además de no pagar los intereses de la deuda por el default declarado por Rodríguez Saa.

Lo que quiero decir es que todos respiramos con alivio de no tener más a los k, pero no nos engañemos, el cambio de gobierno solo evitó, por ahora, llegar a ser la Venezuela chavista. Estamos muy lejos todavía de haber entrado en una política económica de crecimiento de largo plazo. El gasto público sigue disparado, la presión impositiva asfixiante y ni por asomo tenemos un plan económico para enfrentar la herencia recibida.

Claro que cuando uno propone algunas medidas como las mencionadas, bajar el gasto, los impuestos, reforma laboral, etc. más de uno dice que no se puede, que te incendian el país, que no es el momento y mil argumentos más para no hacer las cosas. Es como aquel que le dicen que tiene que bajar de peso y dice que no se puede. Si está convencido que no se puede, entonces no va a hacer nada para bajar de peso. Si todos estamos convencidos que no se pueden hacer cambios, entonces tampoco se van a hacer los cambios y seguiremos en el tobogán de la decadencia.

Viendo que la democracia se ha transformado en una competencia populista donde el que más barbaridades ofrece más votos saca y que, al mismo tiempo parece haber una demanda por populismo, uno podría llegar a la conclusión que Argentina es irrecuperable. Que como el que está excedido de peso, no va a bajar unos kilos porque no se puede. Este sería el peor escenario.

Otro es pensar que sí se puede cambiar. El gran interrogante es por dónde hay que empezar. Siempre estuve convencido que había que convencer a la oferta, los políticos, que modificaran sus discurso para que educaran a la gente. Sin embargo cada vez me convenzo más que los políticos no quieren un cambio. La política se transformó en un negocio que requiere de mucho gasto público, puestos burocráticos innecesarios pero que le den lugar e ingresos a la tropa de militantes que, cuando llegan las elecciones, tienen que trabajar en la campaña. Los partidos políticos ahora se financian con un estado sobredimensionado. Se financian con la plata del contribuyente y para eso necesitan ofrecer populismo. Luce tal vez utópico intentar cambiar la oferta considerando que es como tratar de convencer a un industrial que disfruta de un negocio cautivo gracias al proteccionismo y se le proponga competir. Ningún político va a querer dejar el “negocio” cautivo. Todos luchan por tener el poder del estado que les da caja para mantener su tropa, en consecuencia no tienen estímulos para bajar el gasto, los impuestos y generar competencia.

Me parece que la solución pasa por el lado más difícil, cambiar la demanda. Que la gente empiece a no demandar populismo y comience a demandar orden fiscal, gasto público bajo, impuestos reducidos, apertura de la economía para poder acceder a bienes de mejor calidad y precios más bajos y todo lo que tiene que ver con una economía abierta.

Para intentar cambiar la demanda se puede hacer desde la política, desde los medios, con fundaciones, las redes sociales, etc. En definitiva, se requiere de un grupo organizado dispuesto a actuar con audacia en propuestas que hoy nos dicen que son políticamente incorrectas. Falso, no son políticamente incorrectas, son propuestas que no le convienen a la política actual. A los políticos no les conviene perder el negocio de la política dado que el poder da lugar a muchos buenos negocios. Y para retener el poder hace falta tener gasto público.

En definitiva, creo que nos queda un largo camino por delante. Un camino difícil. Como el que está excedido de peso y dice que no puede bajar un kilo, lo que tenemos que lograr es romper esa inercia negativa pensando que no se puede cambiar nada y empezar a hacer el esfuerzo de cambiar la demanda. En la medida que se produzca un cambio en la demanda, la oferta, es decir los políticos, van a comenzar a cambiar también porque ellos “venden” lo que la gente demanda. Van a adecuar su discurso para no quedar fuera del negocio.

En definitiva, es cuestión de empezar a tratar de cambiar la demanda aunque parezca difícil, porque la peor gestión es la que no se hace.

Fuente: Economía para todos.

12Mar/172

Jared Taylor es un racista estadounidense que promueve la supremacía de la raza blanca y ha sido un importante colaborador en la campaña presidencial de Donald Trump. Vale la pena escuchar el reportaje, que muestra con elocuencia cómo piensan los votantes de Trump. Echar a ciudadanos estadounidenses por su raza o su religión  implica renunciar a uno de los postulados más importantes del sistema republicano, la igualdad ante la ley, de cuya defensa y ejercicio los EE.UU. han sido abanderados. Es además un brutal atropello a la libertad, otra de la piedras basales de nuestro sistema político y un valor moral irrenunciable para cualquier persona de bien.

¿Qué va a ser de Occidente si la nave insignia de la democracia republicana claudica de esa manera?

 

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10Mar/170

La prioridad no es mejorar la distribución de ingreso

Por Roberto Cachanosky.

Uno de los temas que suele preocupar a políticos y economistas es el de la distribución del ingreso. El famoso coeficiente Gini que pretende medir la distribución del ingreso es citado en trabajos científicos y en artículos periodísticos como la palabra de Dios y en rigor, en mi opinión, cómo se distribuye el ingreso no es tan relevante como el nivel de ingreso y de pobreza.

Veamos un ejemplo. Supongamos que en el momento 1 los sectores que menos ganan tienen un ingreso de 100 y los que más ganan tienen un ingreso de 1000. La diferencia entre el que más gana y el que menos gana es de 10 veces.

Ahora bien, imaginemos que en ese país se aplica una adecuada política económica que genera un gran crecimiento, aumento del ingreso real de la población y la pobreza tiende a cero, pero el que menos gana tiene un ingreso de 1500 y el que más gana de 18.000, el coeficiente Gini va a dar que empeoró la distribución del ingreso porque el que más gana ahora tiene un ingreso 12 veces mayor que el que menos gana. Si antes la diferencia era de 10 y ahora de 12, según esta visión de la economía la gente está peor porque aumentó la brecha entre el que más gana y el que menos gana. Sin embargo, el que menos gana ahora, gana más que el que más ganaba en el momento 1.

Antes el que más ganaba tenía un ingreso de 1000 y ahora el que menos gana tiene un ingreso de 1500. A pesar de la mayor brecha entre el que menos gana y el que más gana, el que menos gana pasó a estar mucho mejor que el que más ganaba en el momento 1, con lo cual la distribución del ingreso es un gran verso populista. Basta con ver el período kirchnerista en que sus funcionarios pasaron a ser multimillonarios pero se llenaban la boca con la distribución del ingreso y dejaron a un tercio de la población sumergida en la pobreza.

El punto que quiero resaltar es que no debería interesar si algún sector tiene un ingreso muy alto respecto a los que menos ganan, sino que los que menos ganan, ganen lo suficiente como para tener una vida con todas sus necesidades más elementales bien satisfechas, capacidad de ahorro, de tomarse buenas vacaciones, acceso a buena educación, salud, etc. Lamentablemente al poner el acento en el tema de la distribución el paso siguiente es aplicar políticas de redistribución del ingreso. Se ve como moralmente correcto que los políticos le cobren más impuestos a los que más ganan para transferírselos a los que menos ganan. La famosa justicia social.

Es que quienes así piensan conciben la riqueza de la economía como algo estático. Por ejemplo, piensan en una pizza y consideran que la única manera de que alguien pueda comer una porción adicional es quitarle una porción a otro que come más porciones. Sin embargo cuando se aplican políticas económicas que incentivan el crecimiento, la riqueza no es un stock determinado que el burócrata tiene que repartir. En una economía eficiente, para seguir con el ejemplo de la pizza, no hay una pizza en la economía para repartir entre todos. En una economía eficiente hay cada vez más pizzas con lo cual el que comía una porción ahora podrá comer más porciones sin que otro tenga que entregar parte de sus porciones.

Quienes hablan de distribuir el ingreso para terminar con la desigualdad terminan con la desigualdad pero haciendo que todos, salvo los políticos oportunistas, sean pobres. Igualan en la pobreza.

La razón es muy sencilla. Si la solución está en aplicar más impuestos para redistribuir el ingreso, entonces se espanta la inversión, cada vez hay menos puestos de trabajo, menos productividad y más pobreza y desocupación.

Si la aplicación de mayor carga impositiva fuera la solución a la pobreza, entonces en Argentina no tendría que haber un tercio de la población pobre. En la década del 30 se creó el impuesto a los réditos. Era un impuesto de emergencia. El impuesto a los réditos es el actual impuesto a las ganancias. Hace 80 años que estamos en emergencia. El IVA fue aumentado transitoriamente en 1995 del 18 al 21 por ciento en forma transitoria. Todavía seguimos con la transitoriedad. El impuesto al cheque, creado en 2001, también era transitorio. Llevamos 16 años de transitoriedad. Esto demuestra que en vez de bajar la pobreza con más impuestos para disminuir la desigualdad en el ingreso, cada vez hay más desigualdad, más pobreza y más impuestos.

En definitiva, siempre desconfíe de aquel que le propone como política terminar con la desigualdad de los ingresos porque es muy posible que lo logre a costa de hacer que todos sean pobres. En cambio confíe en aquél que se preocupa por terminar con la pobreza. No importa que un señor gane U$S 40.000 millones al año, igual no va a poder consumir todo ese ingreso. Lo que importa es que haya inversiones, más puestos de trabajo mejor remunerados vía el incremento de la productividad y que no haya pobreza.

Tiremos al diablo el coeficiente de Gini y concentrémonos en el nivel de pobreza para reducirlo, porque con lo que hay que terminar es con la pobreza y no estar mirando cuál es la diferencia entre el que más gana y el que menos gana. Esto último solo sirve para incentivar la envidia, el resentimiento y la cultura de la dádiva, el gran negocio de los políticos, pero que no sirve para terminar con la pobreza.

7Mar/171

El Papa y el capitalismo

En una reciente entrevista al diario El País, de España, el Papa Francisco  cuestionó al capitalismo, manifestando que América latina "está sufriendo los efectos de un sistema económico en cuyo centro está el dios dinero" y de "políticas de exclusión" por "un fuerte embate de liberalismo económico", al que culpa de aplicar una economía que "mata de hambre y mata de falta de cultura". Días después, en una audiencia concedida al grupo Economía de Comunión, el Papa reclamó un cambio completo en el orden económico-social y volvió a criticar al capitalismo, identificándolo con el afán por el dinero, "culto idólatra, sustituto de la vida eterna". Según Francisco, "el principal problema ético de este capitalismo es la generación de descartes para después tratar de ocultarlos o de curarlos para que no se vean".

La humanidad lleva siglos tratando de realizar cambios completos en el orden económico y social, desde las utopías románticas al socialismo científico, acumulando fracasos por ignorar la raíz compleja de la naturaleza humana. El mayor progreso ocurrió cuando las llamadas "revoluciones burguesas" terminaron con los absolutismos al limitar el poder de los gobernantes, emergiendo los estados nacionales con bases constitucionales.

Al adoptarse el Estado de Derecho, se advirtió la potencia creadora del derecho de propiedad, la división de poderes y las libertades individuales. El liberalismo permitió el desarrollo del capitalismo, su hijo dilecto. La irrupción de la burguesía fue acompañada por un estallido de inventos y de sus aplicaciones prácticas, como el vapor y la electricidad. La riqueza estática del feudalismo, fundada en la tierra, la esclavitud y las conquistas, fue sustituida por la creación industrial de bienes en escala impensada, impulsando el comercio para evitar las guerras, la división del trabajo y el dinero como medio de cambio. La clave consistió en haber encauzado en forma productiva el natural instinto humano de supervivencia, combinando solidaridad con egoísmo. No se intentó cambiar al hombre, inventando un "hombre nuevo", sino, como lo enseña el arte del yudo, aprovechar la fuerza del interés individual para crear riqueza en beneficio del conjunto.

Esa potencia, que en el capitalismo se denomina "fuerzas del mercado" está presente en cualquier sociedad, sólo que, cuando no existe derecho de propiedad, las mismas fuerzas operan en el mercado político, creando otros privilegiados y otros excluidos, en un contexto de miseria generalizada por el desinterés que suscita el trabajo colectivista.

Sin capitalismo no hay progreso material, ni empleos de calidad, ni forma de financiar la salud y la educación, ni inclusión de los excluidos, ni protección de los más débiles. Sin embargo, aun cuando carga sobre sus espaldas un Estado cada vez más gigante para cumplir con derechos sociales en expansión, el capitalismo suscita críticas por la desigualdad entre los más ricos y los más pobres. Ante la vara igualitaria, de nada vale que estos últimos sean mucho más prósperos que antes, al mejorar sus ingresos, ampliar sus derechos y acceder a servicios públicos gratuitos. Parecería que es mejor la igualdad en la miseria, como en Venezuela, Haití, Nicaragua o Malí, que la desigualdad con mayor bienestar para los más pobres y movilidad social para todos.

¿Cómo crear riqueza para tantas necesidades, manteniendo los incentivos del capitalismo y priorizando también la igualdad, sin dañar aquellos? Este interrogante pone de manifiesto la dificultad de dar soluciones perfectas a dramas humanos que no pueden resolverse con voluntarismo. Como el populismo, que sin mayores pruritos intelectuales se desentiende del largo plazo, incinerando en la hoguera del voto inmediato y del robo "para la Corona" el futuro de las generaciones venideras.

Desde la publicación de la encíclica Rerum Novarum por León XIII, en 1891, quedó básicamente definida la línea de pensamiento económico y social de la Iglesia Católica. Con ligeras variantes, aquellos conceptos siguen manteniéndose. Recogemos en ellos una visión crítica de la economía de mercado que nace, paradójicamente, en los fundamentos de su buen funcionamiento. En efecto, éstos dicen que la maximización del beneficio individual, en condiciones apropiadas de competencia, optimiza el resultado para el conjunto de la sociedad. Si bien la búsqueda del lucro es una actitud natural del hombre, puede ser interpretada como opuesta a la virtud de la generosidad con el prójimo y el desprendimiento personal. De ahí la prevención tradicional de la Iglesia Católica respecto del capitalismo o si se quiere, del liberalismo económico. Pero, por otro lado, hay un reconocimiento de que la creación de capital en propiedad privada es esencial para generar crecimiento y creación de empleo.

La Doctrina social de la Iglesia reconoce que la protección del derecho de propiedad y la competencia son necesarias para que haya ahorro voluntario e inversión eficiente. También, para lograr avance tecnológico. Sostiene estas relaciones y rechaza el colectivismo en su máxima expresión, el comunismo, por su negación de la propiedad privada. Este rechazo se extiende a expresiones del socialismo que restrinjan sensiblemente la disposición de la propiedad privada y la libertad política.

El capitalismo puede resultar en una distribución del ingreso menos igualitaria o más concentrada de la que muchos desearían. Ha sido esto motivo de disconformidad y crítica de segmentos de la jerarquía católica, incluyendo al papa Francisco. Pero no por ello han dejado de reconocer que el comunismo. al intentar igualitarismo, inevitablemente llevó a gobiernos totalitarios que necesitaron suprimir no sólo la propiedad privada, sino también la libertad. Quienes han tenido que vivir bajo esos regímenes saben del sufrimiento y de la pobreza consecuente. Quienes no han vivido el comunismo y sólo lo han visto desde lejos, están más propensos a magnificar los defectos de la economía de mercado.

Una bien fundada formación económica facilita la comparación correcta entre capitalismo y colectivismo. La insuficiencia de capacidad de análisis económico para comparar esas alternativas puede explicar muchas veces las críticas al capitalismo. Tal vez haya también algo de esto en Francisco. Su falta de vivencia dentro de un régimen comunista podría explicar la diferencia de sus críticas al capitalismo con las más moderadas y equilibradas de Juan Pablo II, nacido en la Polonia comunista.

Existe un ámbito inmenso donde la prédica moral de la Iglesia fortalece el capital social construyendo lazos de solidaridad que han de diferenciarse de las utopías que alientan posiciones extremas o dan sustento a demagogos cuyo interés es el poder y no los pobres.

Parafraseando a Winston Churchill: "La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre con excepción de todos los demás", podríamos emplear el mismo dicho, pero cambiando las palabras "democracia" por "capitalismo" y "gobierno" por "sistema económico".

Fuente: diario La Nación de Buenos Aires.

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5Mar/173

La siguiente es una carta abierta a Miguel Bonasso escrita por el ex Montonero Marcelo Vagni con motivo de lo que no le dejaron decir en  un programa de televisión porteño llamado Intratables.

CONMIGO NO, BONASSO - CARTA ABIERTA.
Fui invitado, hace unos días, al programa Intratables para intentar participar de un debate sobre los años 70. Pretendía aportar al mismo desde mi experiencia personal, por haber sido secuestrado en 1977, a los 15 años, por mi militancia secundaria (primero dentro de la UES, Montoneros y luego en la Juventud Guevarista, expresión juvenil del PRT-ERP). Por otra parte, durante treinta años, entre 1984 y 2014 inclusive, he sido convocado en numerosas oportunidades por la Justicia para declarar en calidad de testigo en varias causas por delitos de lesa humanidad desde mi vivencia personal de ex-desaparecido y ex-preso político.
Digo bien, “intentar participar de un debate”, porque mi intención y la de la producción del programa de TV quedaron solo en eso, en un deseo, un intento. Sucede que mientras hablaba fui interrumpido agresivamente y descalificado por Miguel Bonasso, también presente en el estudio.”Contanos para quién trabajás…”, inquirió primero. ”Con vigilantes no discuto”, me acusó luego en el aire.

Hasta esas interrupciones sólo había alcanzado a decir que, visto a la distancia y con la serenidad que permiten los años, sentía que mi reclutamiento a los 13 años de edad, las actividades que se me ordenaba llevar a cabo (a mi como a tantos jóvenes de mi edad), la actitud que se me convenció debía adoptar a partir del golpe de estado de marzo de 1976 (“Se impone al pueblo argentino...afrontar con heroísmo los sacrificios necesarios y librar...la victoriosa guerra
revolucionaria de nuestra segunda y definitiva Independencia”, El Combatiente, 31 de Marzo de 1976), nos puso tanto a mi como a muchos más en una situación de riesgo de vida de la que solo tome conciencia dentro de un calabozo oscuro, orinado, muy lastimado, seguro de queiba a morir, y pensando en mi mamá y mi papá antes que en la guerra revolucionaria.
Dije textualmente en el programa: “Soy una víctima de la represión militar pero antes de eso fui una víctima de la guerrilla que me reclutó a los 13 años, para convertirme a los 14, en un miliciano de la guerra revolucionaria”.
Respecto de aquella historia trágica de los años 70, estoy convencido de otra cosa: que a los efectos de nuestros objetivos y planes (los de la guerrilla) no importaba que estuviésemos viviendo en democracia, bajo un gobierno que -pese a sus características por todos conocidas-, había sido elegido por una enorme mayoría en 1973.

Tanto la organización de la que yo participaba como la organización Montoneros (de la que Bonasso era un importante dirigente, un “jefe”), llevamos adelante acciones contra los gobiernos de Perón e Isabel, desconociendo la voluntad popular y asumiendo que esa voluntad la expresábamos nosotros mismos, como “vanguardia lucida”, como “destacamento de avanzada”. No nos preparaban entonces para las próximas elecciones. Nos preparaban para los próximos combates revolucionarios.
Por eso a la interrupción con gritos e insultos de Bonasso la interpreté claramente como un “No cuentes, no digas nada, nadie se tiene que enterar de eso”. Tal actitud solo confirma mi idea de que se pretende manipular esa porción de nuestra historia contando lo que no pasó. Y no contando lo que efectivamente sucedió.

Yo había llegado a Intratables por propia voluntad, a expresar mi rechazo a un proyecto de ley que impulsa la diputada Nilda Garré, que busca poner una mordaza legal a un debate que viene siendo contado de manera falsa y tendenciosa. Para hablar en
contra de este intento de imponer una mentira de prepo. Una cosa que por la dinámica del programa –y debido a la interrupción de Bonasso- ni siquiera llegué a esbozar. Bonasso, visiblemente enojado, expresó que mi discurso reavivaba la teoría de los dos demonios.

Ni siquiera conozco en profundidad esa teoría, ni intento emparentar nada con nada. Si acuerdo con denominar “demoníaca” -si se quiere- a la salvaje e ilegal represión que viví al igual que miles de argentinos (aunque no todos, ya que hubo
excepciomes, como Firmenich y Bonasso por ejemplo).

Pero yo en no estoy hablando de la dictadura. Estoy hablando de
nuestro accionar (del entonces adulto Bonasso y del mío propio, que era casi un niño) en los años previos al Golpe de Estado.

¿Qué palabra podríamos encontrar para denominar ese accionar, con su secuela de muerto y el enorme daño que le provocó al país? ¿Si no fue “demoníaco”, qué fue? ¿Angelical? ¿Justo? ¿Necesario?

Conmigo no, Bonasso. Simplemente porque yo estoy hablando de mi experiencia personal: yo la viví. Vos también la viviste: fuiste uno de los jefes de una organización que no dejó gobernar a Perón, que lo atacó sistemáticamente, y solo porque pensaban que el proyecto que debía imponerse en la Argentina no era el de Perón (que acababa de ganar las elecciones con más del 60% de los votos) sino el de ustedes.

Por eso le advirtieron que no iban a dejarlo gobernar y asesinaron a Rucci solo dos días después de su triunfo electoral. Y lo siguieron enfrentando hasta que los echó. Y pasaron a la clandestinidad en plena democracia e intensificaron el accionar armado.

En aquellos años, solo algunos, como usted Bonasso, tuvieron la
ventaja de la clandestinidad y acceso a mecanismos para eludir o enfrentar la represión. Los miles de jóvenes que creían en ustedes, en las facultades, en las escuelas, en las fábricas y en los barrios, tuvieron que seguir ocupando sus lugares, “escrachados” y “quemados”, claramente identificados por la represión.

Una mayoría de nosotros siguió haciendo, valiente o inconsciente del riesgo, hasta que la Triple A o la dictadura los secuestró y los asesinó. Conmigo no, Bonasso. Hubiera sido más digno que me interrumpieras para reconocer aquellos tremendos errores, o para contarles a los jóvenes de hoy que hay que vivir en democracia y cuidar de ella, y que te equivocaste cuando la atacaste. Hubiera sido genial que dijeras que para imponer ideas hay que convencer a los demás, no asesinarlos ni secuestrarlos.

Y decirle a los peronistas que cuando Perón ya no enfrentaba ni al Almirante Rojas, ni a Aramburu, ni a Lanusse... aparecieron ustedes –los jovenes de vanguardia- y se constituyeron en su principal enemigo en sus últimos años. Aquellos últimos años en los que justamente Perón se abrazaba con Balbín y nos decía que “para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino”.

Me vi obligado a responderte de este modo Miguel Bonasso, por escrito, porque durante el programa no me dejaste hablar ni decir estas cosas. Vos tenés una enorme posibilidad de contribuir a la verdad histórica no ocultando datos, no falseando hechos, sin engañar a las nuevas generaciones, que tienen derecho a saber qué sucedió realmente en la Argentina de aquellos años. Y, además, pidiendo perdón por todo el daño y sufrimiento causados.

MARCELO VAGNI

14Feb/172

UNA LECCIÓN DE FASCISMO EXPLÍCITO

Por Raúl Faure

En la página 6 de la edición del pasado 9 de este mes de La Voz del Interior puede leerse una importante nota del periodista Luis Kempa, quien trascribe en ella declaraciones del Sr. Daniele, secretario del sindicato municipal SUOEM. Y la ilustra con una composición fotográfica de antología: su autor “instaló” al mencionado Sr. Daniele sentado sobre el techo del edificio que es sede de la administración municipal y símbolo del gobierno civil.

Esa imagen fotográfica reproduce una impresión generalizada desde hace tres décadas, sencillamente, que la antigua y altiva ciudad de Córdoba ha sido convertida en una colonia domesticada por el Sr. Daniele y su gremio.

Son ellos quienes deciden la oportunidad y el alcance de los servicios que presta la municipalidad, quienes usurpan los espacios públicos, quienes utilizan la violencia, la agresión, la intimidación y hasta el sabotaje para imponer sus reclamos. Y quienes mediante la impune utilización se esos medios ilegales obligan a miles y miles de honrados y eficientes empleados a comportarse como un rebaño. No ignoraba que el Sr. Daniele es licenciado de profesión, según comentarios, licenciado en Economía y que ingresó como empleado superior a la municipalidad allá por 1977. Pero lo que ignoraba, hasta que leí la nota del periodista Kempa es que también es sociólogo de primer nivel. Utilizando solo un puñado de palabras describió la naturaleza corporativa y anti- social de su sindicato al explicar que actúa como una secta que pone por “encima de los derechos de los ciudadanos”, los que denomina “nuestros derechos”.

Y para que no guardemos dudas sobre sus aviesas intenciones agrega que a su secta, ese comportamiento “no le importa qué consecuencias puede tener sobre la población”.

En una palabra, explicó la raíz fascista del sindicalismo argentino que mantiene una matriz totalitaria desde 1945 a la fecha y que, con desprecio por la ley y la paz social, mantiene atemorizada a la población.

Se admitió, pues, que los procedimientos y objetivos del sindicato municipal violan lo dispuesto por el artículo 10 del Código Civil- “…la ley no ampara el ejercicio abusivo de los derechos…” y por el inciso 12 del artículo 38 de la Constitución local, reproducido en el articulo 12 inciso 10 de la Carta Orgánica Municipal que, como se sabe, imponen a “toda persona” la obligación de “actuar solidariamente”.

El Sr Daniele reconoce que su corporación sindical, como todos los gremios de los empleados del sector público (y muchos empresarios que utilizan iguales o parecidos métodos)  anteponen sus intereses sobre los del resto del país, transformando en una expresión retórica las bases programáticas de la Nación, contenidas en el preámbulo de la Carta Magna “… consolidar la paz interior, proveer de la defensa común, promover el bienestar general…” .

El corporativismo sindical se sostiene porque goza de un privilegio anti- republicano e inconstitucional, la “personería gremial”, que se utiliza como “patente de corso” para intimidar, amenazar y extorsionar a un Estado débil, en todos sus niveles, incapaz de hacer cumplir el precepto contenido en el artículo 14 bis de la Constitución que acuerda a cualquier asociación libre y democrática el derecho de representar a los trabajadores mediante ·” una simple inscripción en un registro especial”.

Los “propietarios” del privilegio de contar con “personería gremial” son dirigentes elegidos a perpetuidad en gremios herméticos que no permiten la representación de grupos que sostienen criterios antagónicos. De modo que no debe sorprender que haya dirigentes que hace cinco décadas que gobiernan sus gremios como monarcas y otros que puedan presentarse a una decima segunda re-elección.

Las monarquías sindicales declaman que defienden “los derechos” de los afiliados y amenazan con extorsiones si esos “derechos” no son satisfechos. Son seudos derechos, verdaderas canonjías anti- republicanas que se arrancan a gobiernos que en la mayoría de los casos ceden para evitar que se altere la paz social y se dañen los bienes públicos.

El sindicato de los empleados municipales, como en general todos los que representan a empleados públicos o de empresas del Estado, están habituados a imponer el “estado de sitio” en la ciudad y, de ese modo, la población no puede ejercer los derechos que garantiza la ley. Lo hizo ciento de veces y lo seguirá haciendo, en tanto el Ministerio Público y la Policía entiendan que no deben intervenir y los poderes del Estado omitan cumplir con su obligación primera que es la de asegurar “el interés general”.

Ciertamente, son muchos y antiguos los factores que han contribuido a la descomposición y atraso del país. El sindicalismo fascista es uno de esos factores. Si no el principal.

Fuente: Gentileza del autor

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12Feb/171

La historia que nadie quiere volver a oír

Por Jorge Fernández Díaz

"Desde octubre de 1975, bajo el gobierno de Isabel Perón, nosotros sabíamos que se gestaba un golpe militar para marzo del año siguiente. No tratamos de impedirlo porque al fin y al cabo formaba parte de la lucha interna del movimiento peronista." La frase pertenece a Firmenich, es una admisión pública de que la conducción de "la juventud maravillosa" prefería los militares de la dictadura a la represión ilegal de su propio partido y también de que hasta entonces los 70 eran leídos principalmente como una monstruosa interna armada entre "compañeros". Se trata de una confesión periodística, y por lo tanto algunos kirchneristas folklóricos podrían aducir que es otra mentira de la prensa hegemónica. Hay un problema: el periodista que entrevistó entonces a Firmenich era Gabriel García Márquez, y consta en la página 106 de su libro Por la libre.

La flagrante falsificación de la historia de aquellos años fue anterior al kirchnerismo, y en esa operación cultural de la negación estuvimos casi todos involucrados. Mi generación anhelaba el enjuiciamiento de los terroristas de Estado que a partir de 1976 habían organizado una cacería repugnante, y fue entonces porosa a la idea de no revolver la prehistoria para no justificar a los represores, cuyo plan sistemático ya está en los anales de la aberración universal. Raúl Alfonsín, con su mira en la gobernabilidad, tampoco quiso ir a fondo con las responsabilidades que le tocaron al peronismo. Cualquier crítica a la guerrilla era galvanizada bajo el insulto de "la teoría de los dos demonios", y así fue como con el correr de los años se instaló una serie de mentiras inconmovibles: Perón nada tuvo que ver con la Triple A ni con la criminal escalada contra la izquierda peronista, y murió perdonando a los que mataron a Rucci; las acciones de su secretario privado, su esposa y sus amanuenses sindicales y políticos fueron independientes, fruto de sus propias iniciativas. Y los setentistas eran pibes tiernos que dieron su vida para cambiar el mundo y además lumbreras de la política nacional.

Durante doce años, los Kirchner no hicieron más que montar una siniestra glorificación de aquella "gesta", mientras impulsaban algo necesario: el castigo judicial a los responsables del Proceso. Hoy la inmensa mayoría de esos jerarcas están condenados y asoma por primera vez la posibilidad de un revisionismo sin miedos ni prohibiciones.

Marcelo Larraquy, un historiador incontaminado de cualquier narrativa de encubrimiento, prepara un libro monumental sobre la violencia política y ya anticipó en Los 70, una historia violenta algunos datos que habían sido cuidadosamente sustraídos de la memoria. No sólo demuestra las demenciales y homicidas faenas de la JP montonera y las ideas calamitosas de una camada que siempre se ha autoproclamado como la más brillante del siglo XX, sino que pone el dedo en la llaga al recordarnos qué hizo Perón cuando se le rebelaron.

La primera reacción ocurrió el 1º de octubre de 1973. Dictado por su propio líder, el Consejo Nacional del PJ elaboró un documento que decía: "El Movimiento Justicialista entra en estado de movilización de todos sus elementos humanos y materiales para enfrentar esta guerra. Debe excluirse de los locales partidarios a todos aquellos que se manifiesten en cualquier modo vinculados al marxismo. En todos los distritos se organizará un sistema de inteligencia al servicio de esta lucha". Quien firmaba el texto era a un mismo tiempo presidente electo y máxima autoridad del órgano partidario.

A partir de su directiva comenzó un impiadoso operativo de "depuración", que consistió en una feroz persecución de los "infiltrados". Perón obligó al justicialismo a entrar en combate y delación, dio luz verde para que el sindicalismo ortodoxo hiciera "tronar el escarmiento" y batallara a sangre y fuego al gremialismo clasista en las fábricas, instruyó a López Rega para que armara un grupo parapolicial dentro del Estado; le dio amplios poderes al comisario Alberto Villar, que llevaría a cabo la represión ilegal, y ascendió a los hombres fundamentales de lo que sería la Triple A. Enseguida sobrevendrían la primera lista de "condenados" a muerte y los atentados con metralleta y explosivos, y una serie de golpes destituyentes a gobernadores legalmente elegidos en las urnas, pero con simpatías por la Tendencia Revolucionaria: Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Salta y Santa Cruz.

Por televisión, Perón pronuncia en esos días la palabra "aniquilación". Luego dice: "La decisión soberana de las grandes mayorías nacionales de protagonizar una revolución en paz y el repudio unánime de la ciudadanía harán que el reducido número de psicópatas que va quedando sea exterminado uno a uno para el bien de la República".

El mensaje hacia adentro y hacia afuera no podía ser más contundente. Bandas compuestas por policías y delincuentes comunes, pesados de la GGT y las 62 Organizaciones, y dirigentes justicialistas de grueso calibre actuaban bajo las consignas del momento: macartismo, espionaje, purga, guerra, exterminio y aniquilamiento. La crónica de esos sucesos se entrelaza con la carnicería montonera, que vengaba cada muerto con fusilamientos y bombas. Los setentistas, a posteriori, intentaron dos camelos: separar a Perón de la persecución ilegal presentándolo como un hombre enfermo y manipulable, y luego relativizar la inquina que les había tomado. Es que pretendían seguir usufructuando el mito, y verdaderamente lo lograron, a pesar de toda evidencia. Perón tuvo lucidez plena hasta tres días antes de su muerte, expiró odiando con toda su alma a los "estúpidos e imberbes" y dejó como misión borrarlos del mapa. No otra cosa hicieron su viuda y su secretario, que continuaron su política.

Los conceptos públicos de Perón serían luego utilizados y perfeccionados por las Fuerzas Armadas. Montoneros no hizo nada para frenar el golpe; por lo tanto, también fue cómplice de la noche más larga y oscura. El justicialismo cometió crímenes de lesa humanidad, que nadie se atrevió a juzgar: hubo en ese período cerca de mil desaparecidos y más de mil quinientos muertos, y el financiamiento de esa masacre surgió del erario. Casi todos son culpables en esta historia de clisés e infames falacias que nadie quiere volver a escuchar.

Fuente: diario La Nación

8Feb/176

La silla de Galileo

Por Edgardo Moreno

Acaso sintiéndose obligado a ofrecer un contraste a la nueva política que ha ganado la cima del poder global, el papa Francisco adscribió días atrás a la teoría según la cual existen dos clases de populismo: uno malo, cuyo emblema es Donald Trump, y uno bueno, que el jefe de la Iglesia Católica ubica en América latina.

Al primero, lo puso en la misma línea de acechanzas que se podía entrever en la Alemania de 1930 y el surgimiento de Adolf Hitler. Al segundo, lo definió como el “protagonismo de los pueblos”, lo asimiló a la organización autónoma de los movimientos populares y lo contrastó con los cipayos, aquellos que “venden la patria a una potencia extranjera”.

Tal vez sea esta la primera vez que la palabra cipayo es usada en la doctrina papal.

El término es de origen persa. Francisco sólo lo atribuye de manera brumosa a un gran poema nacional que, puede presumirse, sería el Martín Fierro . Aunque en tal caso la cita resulte harto dudosa.La palabra evoca a los soldados de origen nativo reclutados por el Reino Unido para pelear contra su comunidad de origen. Secuaz a sueldo, resume la Real Academia.

Francisco desgranó estas definiciones en un momento crítico de su papado. A cuatro años de su elección, nadie cuestiona su voluntad reformista en la Iglesia Católica, pero son tibios los resultados.

Los cambios prometidos para la pastoral familiar no consiguieron el consenso en dos sínodos consecutivos y el Papa tomó el riesgo de su propia executive 
order al sugerir de puño y letra una actitud distinta, en la exhortación apostólica Amoris laetitia .

Si tenemos en cuenta la milenaria resistencia a los virajes que caracteriza al acorazado vaticano, ese texto, y la drástica modificación de la gestualidad eclesiástica, ya le podrían asegurar a Jorge Bergoglio un lugar entre los grandes transformadores que hicieron de la Iglesia una institución más misericorde.

Al parecer, el Papa lo estima insuficiente. Desde su visita a los refugiados de Lampedusa, pero en especial a partir de su mediación en Cuba y la histórica visita al Capitolio norteamericano, Francisco se cree llamado a aportar una doctrina alternativa al debate político global.

Lo cual, es obvio, forma parte de la idea de magisterio que reivindica la Iglesia.

Menos evidente, en cambio, es que esa doctrina tenga que ser –necesariamente– la misma idea de populismo, con una supuesta variación de izquierda.

Huelga consignar el intenso impacto político que estas definiciones de Bergoglio tienen en Argentina, donde a cada gesto suyo los políticos han resuelto asignarle la magnitud de una tormenta solar. Y se atropellan para reivindicarse referentes del pueblo y señalar al enemigo cipayo, cavando trincheras en nombre de la cultura del encuentro.

Intelectuales de vertientes diversas y aun antagónicas, como Moisés Naim o Chantal Mouffe, entienden que el populismo no es una ideología sino un modo de hacer política, adaptable a diferentes contenidos programáticos y regímenes políticos. Podría ser de derecha, como el de Trump y los líderes del “Brexit”, o de izquierda, como el declamado por Hugo Chávez y Podemos en España.

Otros investigadores, como Loris Zanatta, coinciden en que hay una descripción de rasgos comunes en las construcciones políticas de Fidel Castro o Benito Mussolini. Pero advierten que, cuando el populismo entra en juego, la contradicción de izquierda o derecha cede ante una disputa mayor: la que se presenta entre el autoritarismo y la libertad.

Zanatta no duda en calificar a Bergoglio como un papa populista. El populismo del Papa no tiene nada de original, salvo la proyección global que su cargo le confiere, sostiene. Las últimas declaraciones políticas de Francisco le otorgan la razón.

Incluso sus ásperas declaraciones sobre el cipayismo han venido a avivar las ideas de una política esencialmente antagónica (y algunos agregan: dudosamente evangélica) que los estudios laclausianos le aportaron a la ola populista, ahora en repliegue en Latinoamérica.

Antecedentes

Quienes dicen conocer en detalle la formación teórica de Bergoglio recuerdan que, en los tiempos de auge de la Teología de la Liberación, adscribió a una vertiente cercana, aunque no 
basada directamente en el análisis marxista.

El nombre es arquetipo de la cosa: era la “teología del pueblo”, impulsada por Lucio Gera y Juan Carlos Scannone, entre otros, que utilizaba como insumo los análisis sociológicos y culturales del revisionismo histórico argentino.

El desafío que está asumiendo Bergoglio es postular como alternativa al populismo de Trump la experiencia de movimientos populares que ya accedieron al ejercicio del poder en América latina, con resultados conocidos.

Odebrecht le puso el precio de base a esa experiencia: 3.500 millones de dólares, sólo de multa por sobornos. Con cupo privilegiado para el populismo de Lula da Silva y el del matrimonio Kirchner.

Y el consejo de Diosdado Cabello al Vaticano (que se ocupe antes de sus pederastas que de la crisis en Venezuela) enrostró el fracaso de la Iglesia en su intento de apaciguar al “populismo bueno”.

El domingo próximo se cumplirán 35 años de un hecho clave en la teología latinoamericana: el franciscano Leonardo Boff tomaba la iniciativa de enviar a la Congregación para la Doctrina de la Fe la respuesta a los cuestionamientos a su libro Iglesia, carisma y poder . Comenzaba la etapa más ríspida del proceso canónico que condenó al silencio a Boff. Su inquisidor era Joseph Ratzinger. El mismo que, al ser luego el papa Benedicto XVI, eligió para sí el silencio en el que vive hoy.

Según Boff, en aquel juicio tuvo que absolver posiciones sentado –literalmente– en la silla en la que fue indagado Galileo Galilei.

Pese a aquella derrota, su generación logró, tres décadas después, ubicar a un Papa afín a su teología. Una de sus vertientes es ahora poder real en el Vaticano. ¿Ha resuelto sentar en la silla de Galileo a la débil idea de la democracia liberal, la misma que instauró en la historia la laicidad del Estado y la universalidad de los derechos del hombre?

Fuente: La Voz del Interior

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