A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

9Ago/170

Un nuevo galardón a la U.N.C.

Gabriela González grabó una capacitación “on line” sobre las “ondas gravitacionales”. El material estará disponible en la plataforma edX que fue fundada por Harvard y el MIT.

La Universidad Nacional de Córdoba (UNC) formará parte de un selecto grupo de casas de estudios que ofrecen capacitación de acceso libre a través de la plataforma de cursos más prestigiosa del mundo. Y lo hará con la publicación de un curso sobre “ondas gravitacionales” dictado por una de las personas que más sabe de ellas en todo el mundo: Gabriela González.

Esta científica, egresada de la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación (Famaf) de la UNC, es una de las personas más requeridas hoy en los ambientes académicos por su participación en el proyecto Ligo, que verificó la hipótesis enunciada hace 100 años por Albert Einstein sobre la existencia de “ondas gravitacionales”.

Entre el lunes último y ayer, de visita en Córdoba para recibir el doctorado honoris causa , González grabó un curso entero, en video, sobre su especialidad.

Y en los próximos meses, luego de que el material sea editado y trabajado por expertos de la UNC, se “subirá” a la plataforma edX (www.edx.org) un sitio fundado por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y la Universidad de Harvard, para hospedar cursos en línea de nivel universitario. No cualquier casa de estudios es aceptada por ese consorcio que reúne a varias de las mejores universidades del mundo.

Un honor

Ayer, en diálogo con La Voz , Gabriela González señaló que “es un honor poder contribuir con la Universidad Nacional de Córdoba en este proyecto de capacitación de acceso público y gratuito”.

Contó que es su primera experiencia en el dictado de un curso con esta modalidad, y que una de las cosas que la llevaron a aceptar el desafío es que “en la plataforma edX hay muy pocos cursos en idioma español”.

Precisó algunos contenidos de la capacitación: “Hablaremos de la teoría de Einstein sobre las ondas gravitacionales, de las fuentes astrofísicas que producen estas ondas, de los detectores que se han utilizado para el proyecto Ligo y del futuro de este campo de estudio”.

Las autoridades del Campus Virtual de la UNC informaron que el curso tendrá una duración de cuatro semanas, con módulos cortos, con tutorías y consultas en las que colaborarán docentes conocidos por González.

El acceso será público y gratuito, pero quienes deseen que se les certifique el cursado deberán abonar un monto para la gestión y la elaboración del diploma.

Cuando se le consultó a González sobre la distinción que recibirá mañana, respondió: “Es un honor grandísimo recibir el doctorado honoris causa de mi universidad: me emocioné cuando recibí la noticia y seguramente voy a emocionarme el jueves”.

Doctorado “honoris causa” y disertación. En la actualidad, Gabriela González es profesora de Física y Astronomía en la Universidad de Luisiana (Estados Unidos), pero obtuvo su licenciatura en Física en la Famaf. Mañana, luego de la distinción, brindará una conferencia abierta.

Fuente: La Voz del Interior

26Jul/171

El populismo es el germen de la tiranía

Por Roberto Cachanosky

Voy a empezar esta nota con una frase que va a escandalizar a más de uno: el endiosamiento del voto ha destruido la república y los derechos individuales, llevando a los países a la pobreza y la tiranía.

¿Por qué semejante frase? Es que los políticos, periodistas e “intelectuales” de izquierda han tomado el cuidado de resaltar la palabra democracia y ponerla por encima de la república. Al mismo tiempo, para ellos democracia significa que el que más votos tiene recibe el poder para hacer lo que quiere. Recuerdo a Cristina Fernández diciendo en 2008, cuando se produjo la crisis con el campo, que a pesar de tener el 45% de los votos, iba a mandar el proyecto de la 125 al Congreso como si su decisión fuera un favor que su graciosa majestad le otorgaba a los plebeyos en vez de un mandato constitucional.

Como he dicho en otras oportunidades, la democracia se ha transformado en una competencia populista, es decir, teniendo en cuenta que el poder se consigue no por la fuerza de las armas como hacían los antiguos reyes, sino por la cantidad de votos, el truco para ganar la competencia populista consiste en obtener la mayor cantidad de votos. Para eso lo primero que hacen los populistas es dividir a la sociedad (lo que hoy se conoce como grieta) y convencen a la gente que unos son pobres porque otros son ricos, por lo tanto, si lo votan al político populista, él hará justicia quitándole a los ricos para darle a los pobres.

En términos económicos el político populista trata de maximizar la cantidad de votos que va a recibir con un costo menor de los votos que va a perder por prometer aumentarle la carga tributaria a un sector reducido de la sociedad. Esquilman a un 20% de los votantes para repartir el fruto del robo legalizado entre el 80% de los que reciben los recursos del robo legalizado.

La cuenta que hacen es: ¿cuánto me cuesta en pérdida de votos aumentarle la carga tributaria a un sector de la población y cuántos votos gano repartiendo el dinero ajeno? ¿A qué sector de la población puedo expoliar perdiendo pocos votos para financiar mi política populista y repartir ese dinero ajeno entre una mayoría amplia?

Por eso es importante para el populista destruir el concepto de gobierno limitado e instalar la idea que el voto mayoritario da derecho a violar los derechos individuales de sectores minoritarios. Si tengo más votos no tengo límites, y si el Congreso o el Judicial me ponen límites entonces los otros poderes se están levantando contra la voluntad popular que es “sagrada”.

La realidad es que en una república la voluntad popular no es sagrada. Una mayoría circunstancial no tiene derecho a violar los derechos individuales de una minoría, por más minoritaria que sea esa minoría. En una sociedad libre, el voto solo sirve para elegir a un administrador que temporariamente manejará la cosa pública pero con poderes limitados, entendiendo por poderes limitados que el monopolio de la fuerza que se le otorga no puede ser utilizado para violar los derechos a la vida, la libertad y la propiedad.

Por eso los populistas son enemigos de una sociedad libre. Porque el poder limitado les impediría explotar a un sector de la sociedad en beneficio de un grupo más amplio que le aporte un mayor caudal de votos. Lo primero que tiene que hacer el populista es romper el concepto de límite al gobierno para poder usar el monopolio de la fuerza y violar derechos individuales expoliando a aquellos que le van a financiar su permanencia en el poder, que no son otros que los contribuyentes.

El primer paso es generar lo que hoy se llama grieta: decir que determinado sector de la sociedad (el sector al que se lo va a explotar impositivamente) es el culpable de que otros sean pobres. Con eso se crea el clima para iniciar la expoliación y justificar el uso del monopolio de la fuerza para violar los derechos de terceros. Una vez abierta la puerta que permite usar el monopolio de la fuerza para violar los derechos individuales en nombre del bien común, ya no hay límites para el populista que termina transformándose en tirano.

Al comienzo la gente lo aplaude, pero a medida que van desapareciendo las inversiones, cae la producción, escasean los bienes y servicios a los que puede acceder la población y aumentan sus precios por el déficit fiscal debido mayor gasto público producto de la redistribución del ingreso, entonces el populista redobla sus críticas a los supuestos conspiradores y aumenta el enfrentamiento. El camino que elige es decir que las cosas andan mal porque hay sectores que conspiran contra el modelo.

Sectores ocultos que buscan perjudicar a pueblo trabajador. Con esto justifican el aumento del uso de la fuerza para violar los derechos individuales, incrementan la presión impositiva, estableciendo controles, regulaciones, etc. El estado va adquiriendo un mayor control sobre la vida de los habitantes para, supuestamente, defenderlos de los enemigos.

Como el sector expoliado se va achicando porque huyen las inversiones, para sostenerse en el poder, el populista tiene que aplicar impuestos a sectores que antes no pagaban. Va ampliando el campo de expoliación impositiva hasta que llega un punto en que buena parte de la población siente el efecto del populismo y el balance de votos ganados y votos perdidos empieza a diluirse.

Cuando la crisis económica llega a límites insospechados y la gente ya no tolera más la situación puede ser tarde y queda presa del populista que se transformó en tirano. Pasó con el Perón de los 40 y 50, con Chávez y Maduro y aquí no ocurrió porque la gente reaccionó a tiempo y le puso un límite al vamos por todo que no era otra cosa que establecer una tiranía. El tirano, que empieza como un simple populista, nunca anticipa su objetivo final de tiranía. No lo hizo Fidel Castro, ni Perón, ni Chávez, ni tantos otros tiranos.

Lo cierto es que ese populismo inofensivo va avanzando hasta generar pobreza, violar crecientemente los derechos individuales y finalizar destruyendo el sistema republicano para establecer una tiranía. El ejemplo chavista con Maduro ahora a la cabeza es el ejemplo categórico al respecto.

En síntesis, a la tiranía se llega con un primer paso: cuando el político enfrenta a un sector de la sociedad con otro sector de la sociedad. Acusa a unos de ser responsables de la pobreza de los otros. El segundo paso es poner la mayoría de los votos por encima de los derechos individuales. El que más votos tiene puede hacer lo que quiere. Es como si la sociedad eligiera a sus propios tiranos. El tercer paso es expoliar a determinados sectores productivos para financiar la “compra” votos vía el gasto público. Y el último paso es llevar al extremo la violación de los derechos de los derechos individuales. Para eso tiene que destruir la república y establecer una tiranía.

Y de las tiranías solo se sale cuando los pueblos se levantan contra el tirano.

Fuente: Economía para todos.

24Jul/173

¿Se apropia la Nación de nuestros recursos?

Por Prudencio Bustos Argañarás

Tras medio siglo de guerras civiles nuestro país logró en 1853 sancionar, con la sola ausencia de la Provincia de Buenos Aires, una Constitución federal. Ella prohibía expresamente a la Nación el cobro de impuestos indirectos y solo le permitía percibir los directos por excepción, en casos de gravedad institucional y por tiempo limitado. El golpe de estado de Mitre, en 1861, dio por tierra con el sistema federal y pronto la Nación, identificada con la nueva capital, se fue apropiando indebidamente de esas facultades fiscales.

Las leyes de coparticipación federal nacieron con el objeto de devolver a las provincias una parte de lo que la Nación les quitaba ilegalmente, pero el atropello se legitimó y adquirió rango constitucional con la reforma de 1994, al reconocerle esos derechos que se había arrogado, como una “facultad concurrente con las provincias”.

Lo más grave es que esos recursos de los que la Nación se apropia, son destinados en su mayor parte a pagar lujos y extravagancias de la ciudad capital. Ya en la década de 1980 más de la mitad del presupuesto nacional se consumía dentro de los límites de la ciudad de Buenos Aires, en donde vive el 7,5% del total del país. El gasto nacional per cápita en ella quintuplicaba al de Córdoba y la Municipalidad porteña pagaba apenas el 40% de los servicios que recibía, con el agravante de que en su territorio (el 0,007% de nuestra superficie continental) se absorbía el 70% del producto bruto industrial.

Durante la “década ganada” la situación se agravó notoriamente. El presupuesto de 2007 destinó al “interior”, en donde vive el 92,5% de los argentinos, el 41% de los recursos. El 59% restante fue a parar a donde habita el 7,5%. Ese mismo año, lo recaudado por el gobierno nacional –el 25,4% del producto bruto interno, que sube al 37,2% si se computa el impuesto inflacionario– se distribuyó de tal manera que cada porteño recibió 5,6 veces más que cada cordobés y tres veces más que el promedio nacional.

Al año siguiente la distribución global de fondos recaudados por la Nación (coparticipación más subsidios), alcanzó un nuevo récord: la ciudad de Buenos Aires absorbió el 73,5%, es decir 16.355 millones de pesos. Limitando los valores a los subsidios que distribuía graciosamente Julio de Vido, la Capital embolsó ese año 5.375 pesos por habitante, 116 veces más que los cordobeses y los sanluiseños, que recibieron 46 y 45 pesos per cápita respectivamente. A partir de entonces dejamos de tener estadísticas confiables, pero si ese porcentaje se proyecta a 2014, en que la presión impositiva llegó al 38% del PBI y la participación del estado nacional al 21,6%, la distorsión alcanzó dimensiones monstruosas.

Esa realidad, que de suyo implica la destrucción del federalismo fiscal –condición sine qua non del federalismo político–, sumada a la distribución caprichosa e inequitativa de los recursos que la Nación se guarda para sí, fue creando un abismo entre los niveles de desarrollo de la Capital y del resto del país.

En 2010 dicha ciudad –reitero que con el 0,007% del territorio y el 7,5% de la población– acumulaba el 25,67% del Producto Bruto Geográfico (PBG), que calculado per cápita en pesos de 1993, alcanzaba allí a $23.000, mientras que el promedio nacional era de apenas 7.100.

El presupuesto de 2011 destinaba a la Capital, en concepto de coparticipación y leyes especiales, $38.726 por habitante, a Santa Fe le asignaba 8.457, a Mendoza 8.124, a Córdoba 8.109 y a Misiones 7.704. En otras palabras, para el gobierno nacional un porteño valía entonces 4,56 veces más que un santafesino, 4,76 veces más que un mendocino, 4,77 veces más que un cordobés y cinco veces más que un misionero.

Ese año el poder central concentró el 84,4% de los recursos públicos recaudados, dejando al conjunto de las provincias y municipios el 15,6% restante. Ello a pesar de lo dispuesto por la ley 23.548, según la cual las provincias deben recibir no menos del 54,66% de la masa coparticipable. En el artículo 7° ordena que “el monto a distribuir a las provincias, no podrá ser inferior al 34% de la recaudación de los recursos tributarios nacionales de la administración central, tengan o no el carácter de distribuibles por esta ley”.

A ello deben sumarse los recursos que el gobierno nacional sustraía anualmente a las provincias mediante sucesivas detracciones de la masa coparticipable neta (15% para el sistema de jubilaciones y pensiones y el Fondo Compensador de Desequilibrios Fiscales, 11% del IVA, 36% del impuesto a las ganancias, 70% de los monotributos y 70% de los impuestos a los créditos y débitos bancarios). Para 2014 se estimaba en 130.000 millones de pesos.

En el presupuesto de ese año la distribución geográfica de los gastos del estado nacional (inversiones en obras públicas o gastos de capital, más gastos corrientes) exhibía otro grosero agravamiento de los privilegios de la ciudad de Buenos Aires. Medidas las asignaciones por habitante, por cada porteño el gobierno nacional erogaría  $90.915, por cada mendocino 12.898, por cada jujeño 12.291, por cada cordobés 11.266 y por cada misionero 10.064. En otras palabras, un habitante de la ciudad más rica recibió 7 veces más que un mendocino y que un jujeño, 8 veces más que un cordobés y 9 veces más que un misionero.

El gobierno actual muestra claras señales de querer corregir estas aberrantes distorsiones, pero no debe reducirse a gestos de generosidad por parte del presidente, sino lograr una reversión profunda de este sistema fiscal perverso que permite que una ciudad viva en la opulencia a expensas del resto del país. Por ello cobran inusitada actualidad las palabras de Juan Bautista Alberdi, para quien ya en el siglo XIX existían “dos países bajo la apariencia de uno solo: el Estado metrópoli, Buenos Aires, y el país vasallo, la República. El uno gobierna, el otro obedece; el uno goza del tesoro, el otro lo produce; el uno es feliz, el otro miserable; el uno tiene su renta y su gasto garantidos, el otro no tiene seguro su pan”.

Fuente: La Voz del Interior

16Jul/172

El comportamiento irresponsable de la izquierda en el conflicto de Pepsico

Por Maximiliano Bauk

El día 13 de julio se desalojó la planta de PepsiCo en Vicente López de la mano de la policía de la provincia de Buenos Aires, por encontrarse usurpada por un minúsculo número de ex empleados, alrededor de un 12% del total, que exigía la reapertura de una fábrica que no era de su propiedad.

Dos mundos totalmente diferentes fueron visibles este día: el de las instituciones y el de la ley de la selva. Según el primero, la ley debe respetarse independientemente de nuestros gustos o nuestras conveniencias; ante un conflicto, los desacuerdos se resolverán en la Justicia teniendo en cuenta este marco de legalidad. Bajo la lógica del segundo, la ley se respeta o no teniendo en cuenta si el viento sopla a favor o en contra; a partir de allí, el marco legal será utilizado como argumento o bien se convertirá en un simple listado de sugerencias que bien puede ser ignorado.

Vayamos a los hechos. La planta cerrada era propiedad privada, por lo que las causas de su cierre no interesan siempre y cuando cumplan con la ley. Así, de los 535 empleados, 154 aceptaron ser relocalizados en las plantas de Mar del Plata y en el área administrativa en la Ciudad de Buenos Aires, 312 aceptaron indemnizaciones que según el Ministerio de Trabajo son del doble de lo prescrito por la ley del contrato de trabajo y oscilarían entre los 600 mil y los 3 millones de pesos. Quedan al final unos 69 empleados que optaron por usurpar la propiedad ajena, que es un delito.

Ante esto y sumado a la orden judicial que dispuso el desalojo inmediato de la fábrica obstruida, la policía acudió para cumplir con su labor, que se complicó debido a la violencia de los infractores que dejaron como consecuencia a unos quince policías heridos, entre ellos, a una mujer con una fractura expuesta. Pero los manifestantes no eran sólo algunos ex empleados, sino que se encontraban acompañados por políticos de izquierda, de los mismos que sin haber creado un empleo jamás en su vida exigen un salario mínimo de 25 mil pesos y una jornada laboral de 6 horas máximo, quienes paradójicamente se postulan a legisladores aunque no se entiende con qué finalidad lo hacen, teniendo en cuenta que las leyes que potencialmente puedan crear serán dejadas de lado por personajes que, como ellos mismos en esta ocasión, ven en el conflicto una mera oportunidad para brillar. Qué sentido tiene ser el creador de algo que ni uno mismo respeta.

Vayamos un poco más lejos y supongamos que la orden judicial o el derecho de fondo eran injustos. ¿Acaso eso amerita la violencia? No, ante ello existen diferentes mecanismos para solucionar el conflicto, de lo contrario, ¿cuál es el límite?, ¿la guerra civil?

"¡No compren productos de PepsiCo!" gritan ahora los frustrados políticos oportunistas de las desgracias ajenas. Claro, de todas maneras las miles de personas que viven de esta empresa y que quedarían en la calle si su pedido fuera escuchado no serán más que una nueva herramienta de propaganda.

La izquierda dice luchar por los que menos tienen pero, al mismo tiempo, sus propios diputados alientan a quebrar las normas, que son las reglas del juego dentro de las cuales los que realmente ponen lo suyo en juego, su dinero, saben que serán respetados. Sin obediencia a las normas no hay confianza, sin confianza no hay inversiones, sin inversiones no hay generación de empleo y sin generación de empleo nunca terminaremos con la pobreza que padece casi un tercio de los argentinos, así de simple.

Por primera vez en décadas conseguimos un gobierno que como mínimo haga respetar las leyes sin importar los votos que pueda perder al hacerlo. Personalmente, aplaudo esta actitud y les propongo a los legisladores a los que no les guste que presenten un proyecto al respecto, ese sí es su deber.

Fuente: Infobae

14Jul/174

Contradicciones

Carta de lector a La Voz del Interior

(La parte en cursiva no fue publicada)

Leo en el suplemento VOS una nota de Alejandro Mareco sobre la muerte de Jorge Marziali, ocurrida en Santiago de Cuba después de un recital. Nos cuenta el autor de la nota que en su última presentación, Marziali le cantó a la libertad y a la justicia y que le rindió homenaje a Ernesto Che Guevara, al que bautizó como “el niño de la estrella”.

Lo leí varias veces para convencerme de que no había entendido mal y luego de verificar que no había error, comencé a formularme algunas preguntas. ¿Puede haber mayor contradicción que cantarle a la libertad en Cuba exaltando la imagen de un asesino serial que ayudó a construir allí mismo una monarquía dinástica, que desde hace más de medio siglo tiraniza a su pueblo y lo sucumbe en la miseria después de haberle arrebatado todas sus libertades? ¿A qué clase de justicia se le canta enarbolando la efigie de alguien que mataba a sangre fría a sus semejantes, sin juicio ni defensa, por pensar diferente o por ser homosexuales?

Nunca terminaré de entender cómo funciona el doble patrón de moral de quienes se proclaman defensores de la democracia y de los derechos humanos y enemigos de las dictaduras, y al hacerlo exhiben como modelos a dictadores que atropellaron y atropellan aún los derechos humanos de todo un pueblo, luego de haber instaurado una brutal dictadura de partido único, en la que disentir con el gobierno se paga con la cárcel o la muerte.

El mundo civilizado enfrenta hoy una brutal embestida de grupos terroristas que matan a personas inocentes en cobardes atentados. Y en Argentina, hay personas que evocan con añoranza ese mismo terrorismo que padecimos años atrás y rinden pleitesía a quienes ejecutaron esos monstruosos crímenes. Pero ¿qué digo? Si hasta hace poco era ministro de Relaciones Exteriores un terrorista que en 1975 puso una bomba en un bar, asesinando a varias personas, y ahora se presenta de candidato a senador en la provincia de Buenos Aires.

Decía Albert Einstein que la locura consiste en repetir una y otra vez las mismas acciones esperando resultados diferentes. ¿No aprenderemos nunca?

Prudencio Bustos Argañarás

9Jul/170

Macri y las delicias del capitán Simonini

Por Edgardo Moreno

Cuando el escritor italiano Umberto Eco imaginó al capitán Simone Simonini, el personaje de su novela El cementerio de Praga, su país estaba gobernado por Silvio Berlusconi. Un populismo del que Italia se avergonzó cuando ya era tarde.

Simonini es un falsificador al servicio de los poderosos que requieren de su pluma documentos apócrifos para apropiarse de lo ajeno y difamar enemigos. Ofrece el arte imprescindible de la noticia falsa. Jamás faltará el exaltado que conspire, conviene sacar provecho de su ambición.

En la novela, termina contribuyendo a la elaboración del libelo que alimentó como ninguno el antisemitismo en Europa, los protocolos de los sabios de Sión. Una mentira folletinesca considerada real durante años sombríos.

Eco siempre se declaró sorprendido con una curiosidad histórica: en el momento en que se demostró la falsedad de ese libelo es cuando con más intensidad se asumió como verdadero. La prueba esgrimida por los fanáticos para decir que eran auténticos era que la prensa aclaraba que eran falsos.Al presentarnos al capitán Simonini, Eco sabía que estaba escribiendo sobre un pasado actual, en el que vivimos rodeados de falsarios. Y se reía porque su novela fue exitosa: o sus lectores estaban locos –de lo cual era constatación suficiente el voto a Berlusconi– o estaban viendo en el libro cosas que todavía suceden. Una época de verdades apócrifas y falsarios profesionales.

¿Quién sabe lo que diría Umberto Eco al ver el reciente encuentro de Donald Trump con Vladimir Putin?

El presidente estadounidense ha patentado una fórmula para maquillar la mentira. Cuando una verdad es evidente, pero no le conviene, dice que hay que considerar los “hechos alternativos”. Un adúltero filmado en flagrancia puede argumentar fidelidad alternativa.

Putin cultiva el mismo estilo. En su país, ya saben que no es tan grave lo que miente, sino el valor nulo que le asigna a la verdad.

Berlusconi era el mandamás de una corporación mediática. Trump es una mutación más evolucionada. Se sube al ring de los titanes para castigar a un falso reportero –un reportero alternativo– de la cadena de noticias CNN. Con cada movimiento que hace, el liderazgo estadounidense coquetea con el ridículo. El orgulloso pueblo norteamericano eligió para sí mismo el tiempo de la vergüenza.

Tampoco los personajes actuales con los que se deleitaría el capitán Simonini se restringen al exclusivo hospedaje del Grupo de los 20. En Corea del Norte hay un autócrata que juega con misiles y en Venezuela un dictador esotérico dialoga con los pájaros mientras silbando bajito envía fuerzas de choque al Parlamento.

Pero es en el club privilegiado de los 20 donde le acaban de entregar la llave maestra por unos meses al presidente de Argentina, Mauricio Macri.

El año que viene, el G-20 estará en Argentina. El rol de Macri, en representación del país, no será solamente el de organizador. Al anfitrión también se le permite opinar sobre la agenda.

La diplomacia argentina ya deslizó que la presidencia en el G-20 tendrá como ejes temáticos el trabajo y la educación. Suenan como enunciados incontrovertibles pero esconden un debate dramático: el más reciente capitalismo, en especial aquel que ya alcanzó mayores niveles de desarrollo, ha dejado de proveer la ilusión del pleno empleo. Precisamente porque el avance educativo, científico y tecnológico se adelantó a mayor velocidad que el diseño de nuevas herramientas de equidad social.

Trump es el emergente más notorio de las frustraciones sociales que engendra esa contradicción.

Cuando el personaje de Umberto Eco buscaba argumentos en los folletines del sombrío fanatismo de su época para elaborar su diatriba antisemita, llega a una definición terrible: es necesario darle un enemigo al pueblo para devolverle la esperanza. Y debe ser reconocido y cercano. Debe estar en el umbral de la casa.

Con el renovado auge global de esas pasiones deberá lidiar la presidencia argentina del grupo de países más importantes del planeta.

Con una solitaria ventaja. Dicen que pertenecer, también tiene sus privilegios. Obtener inversiones, abrir nuevos mercados, importar la innovación. No es Macri sino el país el que ahora asume el desafío de transformar esa frase publicitaria en un hecho comprobable.

Porque cuando al club lo presidían Barack Obama y Angela Merkel, Argentina se alineó con Hugo Chávez y Mahmoud Ajmadinejad, dos feligreses confesos de la gran conspiración mundial cuya persistencia actual sorprendería –aunque sin espanto– al capitán Simonini.

Fuente: La Voz del Interior

6Jul/172

¡Felices 444 años, mi ciudad!

Argentina es mi país y Córdoba es mi patria

Por Gonio Ferrari

En este cumpleaños y aunque pasen los siglos, ¡salud, mi ciudad, patria de siempre!

Debo jurar, por si es necesario, que pasan los años y en nada cambia mi homenaje de cada 6 de julio a esta ciudad donde nací, crecí, me malcrié protestando, trabajé y pienso despedirme de ella ni un minuto antes de lo establecido por el dueño de todos los relojes.

Desde que me acuerdo, y no son pocos años, lo digo desde el alma y con orgullo porque así lo siento: Argentina es mi país, pero la ciudad de Córdoba es mi patria.

Crecemos amando a la ciudad como es: anárquica y sensual; desordenada y doctoral; con humor de sobra para exportar y malhumor social para atender.

Ciudad aporreada por la desidia de los que dicen que mandan y por la anarquía que permiten esos mismos, los que creen que la gobiernan.Aquí en Córdoba anidan el orgullo de las raíces, la histórica arrogancia de sus luchas, la humildad mediterránea y las industrias del humor, del apodo, de los yuyos, del fernet y del cuarteto.

Y porque somos sus hijos, amamos a esta Córdoba magnética, romántica, mágica y soberbia, aunque la arruinen los que debieran mimarla y hermosearla.

Amamos a la ciudad avasallante que ejerce idéntica atracción en sus hijos adoptivos, en los que la visitan para después quedarse y en los que se aquerencian con el pretexto de estudiar.

Córdoba tiene la protectora calidez de una mamá.

También asume su condición de genuina madre sustituta.

Ciudad símbolo, ruidosa, altiva, insegura y sorprendente, quiero abrazar ese poco prolijo laberinto de tus barrios; los rumorosos bares de cada esquina; la estridencia de tus avenidas, los colores de tus clubes; el malo y caro transporte urbano; los candados de tus conventos; la pasión de tus políticos, la dañina insolencia de tu río cuando crece; la intemperie de tus villas; la sonoridad de tus campanas; el catálogo de tus baches; la penosa sorpresa de los cortes de luz; la casi permanente asamblea de los municipales; la golosa redondez de tus alfajores; la fiestera pachorra de tu Justicia; la inimitable contundencia de tu tonada; la frescura de tus estudiantes; la mentirosa solemnidad de tus doctores; la altivez de tus universidades; la columna vertebral de tu Cañada; la mugre sabatina de tu invadida peatonal; la añosa certidumbre de tus templos; tu maravillosa lozanía en el otoño; el silencioso abrigo del invierno...

Quiero, más que nada, confesarte cuánto te amo.

Por la generosa hospitalidad de tu tierra.

Por el linaje de esas cadenas que me atan a tu historia, a tus luchas, a tus días y a tu gente.

En este cumpleaños y aunque pasen los siglos, ¡salud, mi ciudad, patria de siempre!

Fuente: La Voz del Interior

5Jul/172

Cómo los gremios generan pobreza y desocupación

Por Eduardo Barbera

Todas las democracias sólidas y modernas tienen garantizados los derechos de los trabajadores en sus constituciones, buscando asegurar un salario digno, condiciones de trabajo y horarios aceptables y la libertad de agremiación para defender los derechos de quienes se desempeñan en relación de dependencia.

Pero como todo derecho, no es absoluto. Es relativo y los límites son el bien común y los demás derechos de la comunidad que los trabajadores integran. Por tanto, esos derechos están reglamentados, y las medidas de fuerza, paros y manifestaciones deben ser un último recurso luego de sortear todas las instancias previstas en las leyes.

En Argentina con el correr de los años, los gremios se consolidaron como una estructura de poder, tanto o más fuertes que las estructuras formales del Estado, a tal punto que pueden condicionar a gobiernos democráticos. Su actuación excede la protección de los derechos de sus representados como lo indica su mandato formal, para usar su poder para militar en política, proponer candidaturas, presionar por pautas presupuestarias y orientar políticas públicas según sus conveniencias partidarias.

Esto es más evidente aun en los sindicatos en las órbitas vinculadas a la administración pública, empresas estatales y servicios públicos. El reciente paro prolongado del transporte de la Ciudad de Córdoba fue un ejemplo claro del pensamiento predominante de muchos gremios, no sólo el del gremio del transporte.

No fue un caso aislado de un grupo díscolo de sindicalistas locales. Esta metodología de apriete y coerción, con los usuarios como rehenes indefensos, se repite en todo el país. El largo conflicto docente originado en la Provincia de Buenos Aires es otra muestra de manipulación política gremial.

El estado de conflicto permanente que se manifiesta en la Municipalidad de Córdoba con su sindicato que castiga a usuarios de servicios municipales sin piedad integra la larga lista de abusos del rol que debe cumplir el gremialismo serio y responsable.

Pero estos abusos no hubiesen sido posible si por años no hubiesen existido acuerdos de toma y daca con el sector político y la tutela complaciente y silenciosa del sistema judicial. Si no sería inexplicable que los principales dirigentes de los mayores gremios a nivel nacional no tengan ningún pudor en exhibir bienes y estilos de vida imposibles de justificar con su actividad gremial. Se trasforman en empresarios y estancieros con capitales cuyo origen no puede ser otro que el uso en beneficio propio de los mandatos que les asignan sus representados. Se mantienen en el poder por décadas. Aunque haya elecciones, no hay renovación posible contra semejante despliegue de poder e impunidad.

Este entramado de intereses cruzados entre la política, los gremios y la Justicia es percibido desde el exterior como la corrupción estructural y endémica de Argentina. Un esquema que fija reglas de juego que luego afectan el rendimiento cuando deben modelizarse posibles inversiones y se las comparan haciendo la misma modelización en otros países. Argentina queda muy atrás, aun respecto de países de la región en Latinoamérica.

El costo laboral en Argentina es alto, pero no por los que los trabajadores reciben en sus bolsillos, sino porque todas estas “supuestas conquistas sindicales” hicieron que el costo impositivo, tanto para el empleador como para el trabajador, sea tan oneroso que empuja al trabajo en negro. Se suma a ello el riesgo de los juicios laborales fraudulentos y el consecuente impacto en los costos.

Aunque en términos periodísticos resulte más espectacular ver los bolsos de José López arrojados en un convento o los dólares de Lázaro Báez en la Rosadita o los hoteles atribuidos a la expresidenta Cristiana Fernández, desde el punto de vista de la corrupción eso resulta anecdótico. Es mucho más grave para quien tiene que arriesgar su capital para generar nuevos puestos de trabajo saber que el tándem gremios-política-Justicia forman un eje que prioriza sus intereses por sobre los de la comunidad.

Y esto no sólo es válido para las grandes empresas extranjeras que el presidente Mauricio Macri busca convencer en sus visitas a distintos países. El desaliento a la inversión también lo padece una pequeña empresa familiar. Su temor a tomar nuevos empleados es por la misma causa. Mas del 70 por ciento del empleo en el país es generado por Pyme. Son ellas las que harían descender el índice de desempleo para reducir los actuales niveles de pobreza e indigencia. Pero los desempleados no tienen gremios que los representen y a la corporación sindical eso no le interesa.

Fuente: La Voz del Interior

2Jul/170

En el transporte de pasajeros, la brecha de fondos se mantiene

Por Rubén Curto

En el servicio de transporte, el enmarañado sistema de subsidios nacionales consolidó en los últimos años, tal como ocurre con otras tarifas (combustibles, electricidad), fuertes diferencias e inequidades sobre lo que pagan los usuarios de la provincia de Córdoba respecto de los precios acomodadísimos de sus pares del denominado Amba (ciudad de Buenos Aires y alrededores).

Esa brecha, expuesta en números, habla por sí misma. En marzo último, los colectivos del Amba recibieron un 38,5 por ciento más de subsidios que los de Córdoba. Por cada coche del área metropolitana, la Nación aportó 130.582 pesos, mientras que acá fueron 94.257 pesos por unidad.

El reparto desigual también se refleja en las proporciones: 77 por ciento de los subsidios totales va al Amba y el resto se gira al interior del país.

Otra forma de medir esa disparidad es mediante la porción de costos operativos del sistema que cubren los subsidios. En Buenos Aires, esa participación llegó a ser del 80 por ciento y en 2016 se redujo un poco: bajó al 68 por ciento, debido a la duplicación de tarifa que dispuso el Gobierno, al llevarla de los irrisorios tres pesos de entonces a los seis pesos que aún tienen vigencia.En Córdoba, los subsidios solventan alrededor de un 35 por ciento de los costos. Esa incidencia se considera “razonable” en función de referencias internacionales de países donde está blanqueado al subsidio estatal al transporte privado.

Es algo lógico, aceptable. Lo irracional es lo del Amba, donde la tarifa es poco menos que simbólica y todo funciona en base a subsidios”, apunta un empresario local.La disparidad tiene su reflejo inmediato en lo que pagan los usuarios. En Córdoba, el servicio urbano tiene una tarifa plana de 12,55 pesos (el doble del Amba). La plata de Nación apunta cada año a “calzar” los aumentos acordados en la paritaria de los choferes nucleados en UTA.

Más coches, menos plata

Las inequidades no se agotan en los montos de los subsidios. Hay otras aristas. Por ejemplo, la vigencia de una resolución de 2012 que literalmente “congeló” el universo de coches alcanzados por los subsidios, impidiendo así la actualización de la nómina por renovación e incremento de flota.

Ese ítem pegó con particular dureza en el caso de la ciudad de Córdoba, uno de los pocos distritos donde hubo licitación del sistema e incorporación de unidades. La situación derivó en un absurdo: las jurisdicciones donde hay inversión y se suman más unidades pierden.

Un tercer elemento distorsivo en el esquema de subsidios es que en Córdoba están fuera de ese beneficio, desde 2010, los coches interurbanos que cubren recorridos mayores a 60 kilómetros. Son 311 unidades que reciben “cero” aporte nacional.

La situación recién está por revertirse ahora, con la incorporación de ese segmento del sistema al grupo subsidiado.

El esquema de subsidios superconcentrados en Buenos Aires no nació ayer. Creció y se consolidó de la mano de la estrategia del kirchnerismo de apuntalar su clientela electoral porteña con tarifas a precio de regalo, solventadas por el resto del país.

Tal como le pasó en otras áreas (por caso, el gasto público), la declarada vocación de Cambiemos de corregir las distorsiones se quedó a mitad de camino.

La primera señal del actual Gobierno nacional fue un anuncio respecto de que iba a congelar la masa total de subsidios al transporte, y empezar a equilibrar la balanza, con tarifas más lógicas en el Amba.

Otra vez, los números. Desde 2014 a la fecha, la tarifa del urbano en Córdoba pasó de 5,30 pesos a 12,55 pesos (136,8 por ciento de incremento). En este caso, la secuencia inflación-costos-tarifa siguió su lógica implacable, al no aumentar los subsidios nacionales, ni haber aportes municipales.

En el Amba, en cambio, en 2014 la tarifa estaba a tres pesos –recorrido de hasta tres kilómetros– y en 2016 saltó a seis pesos. Fue un incremento del 100 por ciento, pero como excepción en medio de casi una década de tarifa “planchada”. De hecho, aún hoy implica la mitad del costo del viaje en Córdoba.

Freno de mano

Ese primer intento macrista por sincerar tarifas en el transporte metropolitano y acercarlas aunque sea un poquito a los costos reales tuvo luego un contrapeso.

Se amplió la denominada tarifa social, por la cual unos tres millones de usuarios pagan el viaje a 2,70 pesos, esto es, 30 centavos menos que la tarifa plana vigente antes de 2016.

Reciben ese beneficio los jubilados, titulares de Asignación Universal por Hijo, Jefe de Hogar, veteranos de guerra y monotributistas sociales. Lo hacen a través de la tarjeta Sube, que la Nación extendió también a distritos como San Juan, Catamarca y Corrientes, pero no así a grandes urbes como Córdoba, Santa Fe y Mendoza.

No lo hacen acá porque les crecería muy fuerte la cantidad de beneficiarios de tarifa social”, se quejó un funcionario de la provincia.

Los enormes beneficios de los usuarios del Amba, comparados con sus pares del interior, no se agotan en el costo de las tarifas. Tienen otras ventajas comparativas muy fuertes: mayor cantidad de flota, alto índice pasajero/kilómetro y recorridos cortos, que por lógica hacen más competitivos los servicios en esa jurisdicción.

Esto sin considerar la existencia de otras opciones de movilidad, que en Córdoba no existen, tales como trenes y subte, también fuertemente subsidiados por la Nación.

No hay que aumentar los subsidios en el interior. Lo que urge es desarmar esa lógica de seguir poniendo plata donde el sistema menos lo necesita para ser sustentable, como ocurre con el Amba”, graficó el titular de una prestataria urbana de Córdoba.

Fuente: La Voz del Interior

25Jun/173

Durán Barba, el momento Waldo y el gorila invisible

Por Edgardo Moreno

Ahora que Jaime Durán Barba ha conseguido que Cristina Fernández –nada menos–  
imite su formato de campaña electoral, a hora que la dirigencia política acude a leer con menos prejuicios sus reflexiones sobre la política en el siglo 21, tal vez convenga juzgarlo menos por sus declaraciones y más por sus publicaciones.

El más reciente manual de Durán Barba y Santiago Nieto no es un manual. Porque el gurú ecuatoriano es más que un gurú: es un apasionado por la conversación como estilo y método y cautiva con aquello que él mismo admira en el espíritu científico, la sed de maravillas.

Durán Barba ha recorrido un camino intelectual vasto, en el que recogió especialmente las derivaciones latinoamericanas de la ideología que marcó a su generación. La de Marx, Lenin y Gramsci, adaptada a la realidad regional.

Pero la constatación de la aceleración del cambio en el nuevo siglo es la novedad que presenta con todo el énfasis de un descubrimiento. Porque observa atónito cómo la política todavía la ignora.Que entre 2014 y 2016 la humanidad haya creado tanta información como toda la que pudo acumular desde la Prehistoria hasta 2014 no es un dato que la política esté en condiciones de desconocer sin pagar enormes costos.

Para Durán Barba estamos ante una bisagra histórica, que demanda la misma revolución del conocimiento que desencadenó Cristóbal Colón, quien “no sólo encontró nuevas tierras, sino que produjo un terremoto conceptual cuando descubrió la ignorancia, principio básico de la ciencia”.

A los políticos incapaces de percibir la intensidad de los cambios los compara irónicamente con 
Leo Allatius, el teólogo, astrónomo y custodio de la biblioteca del Vaticano, un monje como el venerable Jorge que imaginó Umberto Eco.

Un siglo después de Copérnico, Allatius sostenía que en el momento de la ascensión de Jesús a los cielos su santo prepucio, circuncidado cuando niño, se extravió, chocó con Saturno y se convirtió en sus anillos.

Esos políticos actúan como el califa Omar cuando ordenó incendiar la biblioteca de Alejandría: si las ciencias sociales que investigan la política coinciden con su propia doctrina, no sirven para nada porque repiten. Y si disienten, no tiene caso estudiarlas.

El mundo es completamente distinto del que vivimos en nuestra propia infancia, dicen Durán Barba y Nieto. Cuando se extingue un paradigma no se vuelven a discutir sus conceptos porque pierde sentido la polémica sobre su corrección. El oráculo que defienden con apasionamiento son las encuestas y sondeos de opinión pública. Todo allí se explica. Las estadísticas son la llave científica que puede ayudar a resolver el conflicto político.

Ocurre que esta inclinación por los estudios de opinión pública choca con una tendencia sobre la cual alertó William Davies, en un artículo publicado por el diario inglés The Guardian , a principios de este año.

La declinación de la autoridad de las estadísticas y de los expertos que las analizan está en el corazón de lo que se ha dado en llamar la posverdad”, afirmó Davies. Las estadísticas modernas nacieron con las democracias modernas. Con William Petty y John Graunt, tras la rebelión inglesa de Oliver Cromwell. Y con la obsesión por la medida de los jacobinos franceses. En esa obsesión se jugaba la idea de un gobierno centralizado y una sociedad igualitaria.

Davies señala que los esfuerzos para representar los cambios sociales en términos simples y con indicadores reconocibles están perdiendo legitimidad. Porque en el nuevo mundo –el mismo del Big Data que deslumbra a Durán Barba– los datos son capturados primero y las preguntas para investigar llegan después. Es un paso más allá de las encuestas que analizaba en sus orígenes el PRO, donde cada porteño era una cruz de multiple choice , fileteada a la vuelta del Obelisco.

Durán Barba profesa su fe política en los siguientes términos: “La democracia funciona cuando reemplazamos las verdades eternas con hipótesis que están siempre expuestas al escrutinio y a la posibilidad de ser desbaratadas cuando contradicen la realidad”.

¿Qué ocurre cuando esos cambios en los estados de opinión se aceleran hasta el vértigo? ¿Es suficiente con el deslumbramiento y la casuística electoral? ¿O conviene pensar nuevas teorías de la representación y la democracia?

Durán Barba no ensaya una respuesta. Dice que la gente es pragmática y no se interesa en teorías. Recomienda escribir programas escuetos. Que son necesarios para gobernar, no para mostrarlos en campaña. Porque los nuevos electores no se despolitizaron. Nunca estuvieron politizados.

En ese discurso navegaba la Argentina en la década de 1990 cuando la sorprendió la narración ideológica del kirchnerismo.

Para explicar los comportamientos grupales, Durán Barba alude al experimento del “gorila invisible”, de Christopher Chabris y Daniel Simons, dos psicólogos de Harvard. Ellos seleccionaron voluntarios para que viesen un juego de básquet en un video. Les pidieron que cuenten con precisión los pases de unos a otros, en cada equipo. Y filtraron con disimulo en el video una persona disfrazada de gorila. Concentrados en el recuento, la mayoría de los voluntarios no se percataron del gorila.

Durán Barba reclama la máxima atención a las encuestas. Pero la falta de desarrollo teórico es el gorila que aparece y no se alcanza a ver.

En la serie de televisión inglesa El espejo negro , los guionistas imaginan un futuro distópico, donde la tecnología arruina aquello que ya estaba peor.

En uno de sus episodios, aparece un personaje virtual, un dibujo animado, un oso azul. Se llama Waldo y es agresivo y procaz. Waldo no sólo tiene su propio show de televisión. Conecta con lo popular en las encuestas y los productores lo proponen como candidato: “No necesitamos a los políticos. Todos tenemos smartphones . Cualquier decisión que haya que tomar, la ponemos on line . Dejemos que la gente vote. Pulgares arriba, pulgares abajo. Eso es una verdadera democracia”. Waldo hace campaña desde una pantalla gigante montada en un camión. 
Le aparece de improviso al candidato oficialista, cada vez que sale a la calle a intentar un timbreo. Es la política en “el momento Waldo”.

Como concluye Davies, la batalla de largo plazo no será entre una política de hechos dirigida por élites y una política populista de sentimientos. “Sino entre aquellos que todavía están comprometidos con el conocimiento y la argumentación pública, y aquellos que sacan provecho de su continua desintegración”.

Fuente: La Voz del Interior