A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

16jul/143

La sentencia de Griesa que destapó el vínculo de la logia P2 con Perón

Por Carlos A. Manfroni.

Michele Sindona, que llevó a la quiebra al Franklin National Bank, integraba el grupo masónico de Licio Gelli, fuertemente vinculado a la Argentina.

Todos hablan de Thomas Griesa, el juez federal de Nueva York que dispuso que la Argentina debe pagar la totalidad de la deuda que mantiene con los fondos buitre. Casi nadie recuerda, sin embargo, que este magistrado, nacido en 1930 y designado en su cargo en 1972 a propuesta del presidente Richard Nixon (¡eso sí que es estabilidad!), ya había intervenido en otro caso de resonancia internacional que provocó un escándalo en Italia y, más tarde, en la Argentina.

En junio de 1980, Griesa impuso a Michele Sindona una pena de 25 años de prisión, una vez que el jurado lo encontró culpable de 65 cargos vinculados con la quiebra fraudulenta del Franklin National Bank, de Nueva York.

La quiebra del Franklin fue considerada la más grande en la historia de los Estados Unidos, ya que ese banco era el número 20 por su tamaño. Sindona había tomado el control de la institución gracias a una transferencia ilegítima de 40 millones de dólares que había recibido desde Italia, su país de origen, donde manejaba otras importantes entidades financieras.

La pena impuesta por Griesa fue la más dura conocida hasta ese momento para un delito “de cuello blanco”, y el juez declaró que había tomado en cuenta, para fijarla, la muy alta posición que Sindona había alcanzado en la comunidad de negocios internacional y la utilización de su influencia para propósitos delictivos. Pero el asunto no terminó ahí. Mientras el juicio se tramitaba en Nueva York, Sindona, que ocupaba un departamento en el hotel Pierre –cinco estrellas en la 5ª Avenida–, desapareció por dos meses y regresó denunciando que había sido secuestrado.

Los fiscales probaron ante Griesa, por medio de impresiones dactilares y otras evidencias, que no sólo el secuestro era una mentira, sino que Sindona había viajado a Europa con nombre simulado. El banquero, después de algunas escalas en Austria y en Grecia, se alojó en la casa de dos famosos integrantes de la mafia siciliana, a la que Sindona también pertenecía, y eludió así los controles de Estados Unidos y de Italia. Fue durante ese juicio cuando Thomas Griesa escuchó –quizá por primera vez– el nombre de Licio Gelli, una de las personas que habían ayudado a Sindona a ocultarse durante su breve fuga.

Tiempo después, trascendió que Sindona pertenecía a una poderosa logia italiana denominada Propaganda Due, también conocida como P2, que había conseguido captar, como miembros, a varios ministros e, incluso, primeros ministros de Italia, 43 legisladores del Parlamento, 54 funcionarios civiles de alta jerarquía, 183 oficiales de alto rango de las fuerzas armadas –incluyendo treinta generales y ocho almirantes–, 19 jueces, abogados, periodistas y jefes de los diversos servicios de inteligencia. La lista de la logia, con casi mil nombres, incluía al coronel Antonio Viezzer, jefe de la Secretaría de los Servicios Secretos de Inteligencia de Italia, también acusado por su complicidad en la fuga de Michele Sindona –junto con Licio Gelli– y por el asesinato del periodista Mino Pecorelli, quien poco antes de su muerte estaba por revelar asuntos de resonante importancia. Esa nómina había sido encontrada durante un allanamiento en la mansión de Gelli, considerado el jefe máximo de Propaganda Due.

Gelli, un ex militante fascista, había sido funcionario en el primer gobierno de Juan Domingo Perón, cuyo retorno había gestado, y viajó con el líder justicialista en el famoso vuelo de regreso de Alitalia. Después de eso, fue condecorado por el propio Perón con la Orden del Libertador y designado agregado económico de la embajada argentina en Roma, un puesto que mantuvo aun tras el golpe de 1976.

Si esto último parece increíble, podemos agregar que la publicación de la lista de Propaganda Due, en 1981, incluía los nombres de varios argentinos, entre ellos, el almirante Emilio Eduardo Massera –que luego del golpe controló la Cancillería–, el general Carlos Guillermo Suárez Mason, José López Rega y el presidente de la Cámara de Diputados durante el gobierno de Isabel, Raúl Lastiri.

Estos son algunos de los que se conocen. El propio Gelli declaró en una oportunidad que su logia tenía 2.400 miembros, y fuentes muy autorizadas han dicho, también, que el verdadero jefe de P2 era Giulio Andreotti, ex primer ministro de Italia y uno de los que más protegieron a Sindona en su propio país.

En realidad, la P2 era un triángulo trazado entre Italia, la Argentina y Libia, como cabeza por entonces del terrorismo islámico, al que Kadafi financiaba con los dólares procedentes del exorbitante precio que el petróleo había alcanzado en esos años.

Los negocios entre esos países estaban enfocados hacia el petróleo, el tráfico de armas y las finanzas. En Libia convergían Massera, López Rega y los montoneros, que entrenaron allí para su contraofensiva de 1979, bajo el visto bueno de Kadafi, algo que difícilmente hubiera sido posible sin la complacencia de Massera, quien mantenía buenas relaciones con el líder libio. Y se movían en Italia con absoluta impunidad, con armas, explosivos y pasaportes falsos.

Michele Sindona no llegó a cumplir la pena impuesta por el juez Griesa. A los tres años de su encarcelamiento, fue envenenado en su celda. Su sucesor en los negocios financieros en Italia, Roberto Calvi, apareció en 1982 colgado de un puente en Londres.

Sería bueno que los negociadores argentinos que intentarán conversar en los próximos días con Thomas Griesa tomaran en cuenta que este hombre no empezó su carrera judicial con los bonos de Argentina; tampoco parece guiarse por meras apariencias ni inquietarse por ideologías o palabras altisonantes. Ha visto demasiado.

Fuente: Perfil.com. El Observador

Archivado en: Actualidad 3 Comentarios
11jul/140

Pasión K por la economía retro

Por Ramón Frediani.

Luego de seis años y medio como presidenta, Cristina Fernández ha alcanzado lo que hasta ahora ningún Premio Nobel de Física con sus investigaciones y prácticas en laboratorio: el enigma de dominar una de las dimensiones del Universo, el tiempo, ya que logró el misterio de trasladar la economía del país del presente hacia el pasado.

Así, este año la producción nacional de automóviles será de entre 550 mil y 600 mil vehículos, el nivel que ya habíamos alcanzado siete años atrás, en 2007 (570 mil unidades).

Las reservas del Banco Central están ahora en 29 mil millones de dólares, un nivel incluso inferior al que teníamos 17 años atrás, pues en diciembre de 1997 estaban en 31.270 millones de dólares.

En materia de pobreza, que según diversas estimaciones fluctúa en torno del 25 por ciento de la población total, es un nivel que ya existía en el país a mediados de la década de 1990, en plena época menemista (tan cuestionada por los autodenominados progresistas) y que también se observaba a mediados de los ’80, durante la gestión de Raúl Alfonsín. De manera que la montaña de subsidios concedidos en los últimos años no ha logrado reducirla en lo más mínimo.

En desocupación, la tasa actual de 7,5 por ciento ya existía durante la hiperinflación de julio de 1989.

Asistimos a 22 años de involución en producción de petróleo, pues estamos en 31 millones de metros cúbicos por año, el nivel que ya producía Argentina en 1992.

A modo de comparación, ya en 1999 el país había alcanzado el récord histórico de extraer 49 millones de metros cúbicos por año. En gas, estamos en 41 mil millones de metros cúbicos por año, el nivel que ya teníamos en 1999, aunque el máximo de 52 mil millones de metros cúbicos anuales se había alcanzado en 2004.

En stock ganadero, tenemos 51 millones de vacunos, que era el volumen alcanzado en 1997, pero 10 millones debajo del máximo de 60 millones de 1978.

La última cosecha de trigo finalizada en diciembre pasado fue de 8,2 millones de toneladas, igual a la de 1975 (¡40 años atrás!).

Actualmente, el total de la deuda pública, en todas las monedas emitidas (pesos, dólares, euros y yenes), equivale a 236 mil millones de dólares, volumen superior al máximo histórico de 2004, que fue de 191 mil millones. Recordemos que en el momento del default de diciembre de 2001 estaba en 145 mil millones.

En cuanto a inflación para 2014, nos aproximamos a la velocidad de la luz a un 40 por ciento anual, porcentaje que ya padecíamos en 1972, 42 años atrás.

Y si el próximo 31 de julio alcanzamos –Kicillof mediante– un nuevo default , ¿no habremos retornado a la noche del 23 de diciembre de 2001, cuando en el Congreso Nacional todos los legisladores exultantes, de pie, a los gritos y aplaudiendo a rabiar, lo declararon como si el país hubiera alcanzado con ello un patriótico orgasmo nacional y popular?

En síntesis, si imaginamos a la Argentina como una nave espacial, estamos en ella viajando de manera acelerada hacia el pasado.

Y no podría ser de otra manera, ya que eso es fruto de persistir caprichosamente en el diseño y la adopción de políticas públicas irracionales y pasadas de moda –para colmo, ejecutadas sin profesionalismo y con mala praxis– que se ensayaron en otras oportunidades y fracasaron sin excepción. Nos resta preguntarnos, para aportarle a esta pasión por esta economía retro una pincelada de humor: en los próximos festivales de música popular, ¿escucharemos temas de Mario Clavel, Pedrito Rico y Xavier Cugat? ¿Vendrá de gira por Córdoba la cantante brasileña Carmen Miranda, con su peinado lleno de coloridas frutas?

Dada la actual crisis energética, ¿reemplazaremos nuestras estufas y calefactores a gas por un programa social de la Anses de distribución de bolsas de agua caliente para todos y todas?

En los días de intenso frío, ¿reaparecerán los olvidados sabañones? Para combatir la gripe, ¿el Ministerio de Salud repartirá en las escuelas bolsitas de alcanfor para uso obligatorio en las camisetas de los niños?

En materia de modas, ¿los hombres volverán a la gomina y a calzar galochas los días de lluvia y las mujeres a usar enaguas, hombreras y ligas?

En casos de desnutrición, ¿los médicos retornarán a recetar aceite de hígado de bacalao?

Es surrealista imaginar que estas cuestiones risueñas vuelvan a ser realidad. Pero así como vamos, todo es posible en la dimensión desconocida de la involución a que nos transportan quienes hoy, desde el máximo nivel político, se autoproclaman salvadores de la patria.

Fuente: La Voz del Interior

8jul/142

La figura de Perón al trasluz de la historia

Por Loris Zanatta.

Cuando murió Perón, hace 40 años, el entonces padre provincial de los jesuitas Jorge Mario Bergoglio dirigió una carta al "pueblo de Dios",  huérfano de su líder y con necesidad de consuelo. El país estaba en situación calamitosa y el episcopado venía de recordarlo: su "unidad y seguridad" estaban al borde del colapso. Perón no había logrado controlar los demonios evocados para llegar al poder: el peronismo era todo un llanto de mártires, un jurarse venganza entre sus militantes. El Estado de Derecho restaurado en marzo de 1973 era ya un lejano recuerdo. Si Perón había sido la última playa, el precipicio se abría ahora frente al país. No se puede decir que Bergoglio no lo entendiera: llamó a la unión y a la paz ante la inminente "catástrofe nacional". Y amonestó a "los delirantes de la solución rápida", los revolucionarios: la historia tiene sus procesos, les recordó, y la unidad de la nación es más grande que todos los conflictos.

El lenguaje de Bergoglio era el de un peronista que hablaba a otros peronistas: el pueblo de Dios al que se dirigía era el pueblo peronista, el mismo que había amado a Perón. Como si en la Argentina no hubiese otra cosa más que peronistas, porque ese pueblo era para Bergoglio el custodio exclusivo de la catolicidad del país y el peronismo, la casa donde vivía el "ser nacional". En las palabras de Bergoglio, se reflejaban así tanto el triunfo histórico como la tragedia de Perón. El triunfo, sí, porque había logrado imponer la idea de que el peronismo era más que un partido: era una religión, la nación misma, el núcleo de una identidad superior a las divisiones causadas por su odiado enemigo, la civilización liberal. Perón había derrotado a la democracia liberal, la división de poderes, el Estado de Derecho, en pos de la unidad nacional. Como decía socarrón: hay radicales, conservadores, socialistas, pero más allá de esto, los argentinos somos todos peronistas.

Pero en el triunfo yacía la tragedia, que en julio de 1974 estaba ante los ojos de todos: violencia política y descalabro económico. Si el peronismo era todo y todos luchaban enarbolando la bandera y las palabras de Perón, ¿cómo evitar la implosión del peronismo? ¿Y cómo hacer para que su implosión no fuera la implosión del país entero? De hecho, no era ya Perón el que mandaba, sino los varios peronismos que se enfrentaban para apropiarse de su figura y su doctrina, la única fuente de toda legitimación. Más: si el peronismo era la religión de la nación y Perón su divinidad, era inevitable que las suyas no fueran luchas políticas sino guerras de religión, donde no habría mediación posible entre bien y mal, verdad y error, lealtad y traición. Así es que cuando su ataúd pasó entre la muchedumbre, nadie lloraba a Perón: cada uno lloraba a su Perón. Así como Bergoglio lloraba, por ejemplo, al Perón pacificador, el obispo Podestá lloraba al Perón revolucionario. Se les escapaba que al pretender plasmar todo a su imagen y semejanza Perón era un hombre que dividía en nombre de la unidad, sembraba odio en nombre del amor, inhibía la convivencia pluralista en nombre de la unidad de fe (peronista, claro).

Perón había tenido en su momento intuiciones brillantes y decisivas. La más importante, la que le abriría paso en la historia, había sido entender, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, lo que se le escapaba a la mayoría de sus compañeros de armas: que su ideario populista y antiliberal no podría consolidarse a través de formas corporativas e instituciones dictatoriales como había sido hasta entonces la norma. En el nuevo mundo que ya se vislumbraba, no le sería posible darle a esa reacción antiliberal la forma que Vargas le había dado en Brasil, Franco en España o Mussolini en Italia: debería legitimarse a través de elecciones, crearse una base popular, amoldar su ideario a las formas de la democracia representativa. La pretendida excepcionalidad peronista, esa unicidad que sus integrantes suelen reivindicar, reside en esto: el de Perón fue el primer populismo que, al tomar el poder en Occidente cuando triunfaba el constitucionalismo liberal, tuvo que hibridarse con él, vivir en su seno, vestir su ropa aunque no le gustara ni le cayera bien.

Pero ahí termina la excepcionalidad. En la cotidiana tensión entre la arquitectura liberal del Estado y su pulsión populista a reducir la pluralidad a la unanimidad Perón privilegió siempre la segunda. Tanto que su régimen, nacido en 1946 de forma constitucional, evolucionó hacia un totalitarismo que de esos vestigios democráticos ya no conservaba nada a comienzos de los años 50. ¿Perón habría tenido el consenso popular para gobernar de forma democrática? Por supuesto. Tan impregnado estaba el ideario organicista y antiliberal de anteguerra, sin embargo, que nunca abandonó el sueño de imponer al país el monoteísmo peronista. Tales eran el sentido y el origen de su idea de comunidad organizada. Que ésta fuera reconocida durante toda su vida como la matriz ideal de Perón lo confirma que nunca renunciara a verse a sí mismo como fundador de civilizaciones. Ni faltó quien lo ensalzara en ese sentido: "Se asemeja más a un fundador de religiones que a un político", le escribía el sacerdote Hernán Benítez. De ahí la ilusión de aglutinar en torno a sí, en la posguerra, la civilización católica amenazada por liberales y comunistas; la pretensión de universalizar su figura y su régimen al crear una doctrina "original", el justicialismo, a través de la cual exportar su modelo; de ahí también, años después, los desvaríos de aquellos que quisieron hacer de él el líder del socialismo nacional o de los que vieron en su retorno la antesala de la Argentina potencia. En realidad, su familia política estaba en los populismos, en la reacción antiliberal basada en los fundamentos de la catolicidad latina, en cuya reivindicación veía la misión histórica argentina. Por eso a los ojos del mundo Perón nunca dejó de ser la cola de los totalitarismos de entreguerras. Hoy mismo, quienes en el mundo rescatan su experiencia -muy pocos, en realidad- suelen identificarse con la derecha social, por un lado, o la izquierda nacionalista, por el otro, mancomunados por su odio a la civilización liberal.

Sería injusto y simplista emitir juicios lapidarios sobre Perón. Ni creo que le corresponda al historiador erigirse en juez o sacerdote que absuelve o condena: la historia y sus protagonistas son demasiado complejos como para ser reducidos a categorías tan maniqueas. Más importante es señalar la herencia que dejó, porque ahí está, más allá del juicio sobre la persona, su legado histórico más duradero. Por un lado, su éxito en conducir la integración de las masas en la vida social argentina tuvo como consecuencia que, sin la participación de su movimiento, no fuera posible gobernar. Pero la pretensión de encarnar a la nación misma en su totalidad llevó al peronismo a la intolerancia y a trasladar a todo el país la pesada carga de sus peleas internas. Ésta fue la ecuación sin solución de la política argentina legada por Perón: sin él no había orden legítimo; con él tampoco, pues la mayoría imponía su dominio y el país implosionaba.

Así era el panorama nacional al morirse el líder: él había confiado siempre en que podría equilibrar los opuestos apoyándolos a todos, para mantenerse así como cabeza única de la nación y de su movimiento, pero la realidad demostraba que la viveza criolla no era un buen sustituto de la democracia y tanto el país como el peronismo se venían abajo.

Mirado desde el presente, se diría que a menudo se han interpretado como éxitos de Perón lo que en realidad fueron fracasos: de la economía a la política internacional, del obsesivo nacionalismo a la pretensión de custodiar un pensamiento nacional, una quimérica esencia del ser argentino. Se entiende así cuán alto es el riesgo de repetir los desaciertos pasados como si hubieran sido triunfos. El riesgo de seguir cultivando la misma pulsión populista del pasado, de usar a Perón como si fuera una eterna presencia y no un protagonista clave de la historia sobre el cual reflexionar con la cabeza fría. Olvidando al pasar que si Perón fue una fábrica de orgullo nacional y nacionalista, la excepcionalidad tantas veces gritada se volvió marginalidad y la unicidad, aislamiento.

© LA NACION

Archivado en: Historia 2 Comentarios
5jul/141

Desmesurada complacencia

Por Alberto Medina Méndez.

La sociedad se enfada a menudo con la política. La corrupción crónica, la impericia serial, las permanentes contradicciones discursivas, la ausencia de ideas para gobernar, las internas despiadadas, los reiterados exabruptos, la abundancia de privilegios y el despilfarro de los dineros públicos, son solo parte de una larga nómina de detestables cualidades que molestan, con sobrados méritos, a buena parte de la ciudadanía.

Eso no podría darse sin la complicidad de una comunidad que se enoja, pero no lo suficiente, que se incomoda pero no reacciona jamás. La bronca dura poco, para luego naturalizar lo inadmisible y aceptarlo todo como parte de una realidad que duele pero se soporta.

En algunas democracias más maduras, simples actitudes individuales incorrectas de los líderes políticos o meras declaraciones inapropiadas, dejan fuera de la carrera política a cualquiera que pretenda postularse a un cargo. En esas sociedades los niveles de exigencia son muy elevados.

Hay que hacerse cargo de que no todo lo que acontece es exclusiva responsabilidad de la política. Si la sociedad tolera la corrupción, con liviandad, no puede esperar que esta se extinga por arte de magia. Cuando los mecanismos más básicos no funcionan mínimamente, no es razonable creer que algo cambiará. Eso ya no es culpa de la política, sino de la patética conducta cívica de absoluta pasividad frente a cada despropósito.

Es importante asumir el presente, no solo para recriminarse la acción u omisión, sino para intentar modificar el futuro actuando en consecuencia. Una sociedad que no despierta, que prefiere la apatía, que se queja sin eficacia y no utiliza las herramientas que tiene a mano, es cómplice y no un mero observador externo.

Los ciudadanos son participes necesarios de mucho de lo que acaece. Los políticos de hoy no identifican estímulos suficientes para obrar correctamente. Cuando desvían fondos del Estado para hacer proselitismo o para su propio patrimonio personal, lo hacen no solo por su inmoralidad manifiesta, sino también porque no existe sanción efectiva por cometer esos delitos. No solo no responden ante la justicia por sus faltas, sino que tampoco pagan costos electorales, ya que muchos de ellos permanecen en el centro de la escena por décadas siendo nuevamente apoyados por ciudadanos que conociendo sus atributos e historias, los vuelven a votar.

Es posible que esta realidad tenga que ver con la carencia de opciones. La ciudadanía cree que todos son iguales y se siente empujada a elegir entre dirigentes corruptos e ineptos. Todos los sistemas que restringen la competencia promueven esta escasez de alternativas y eso impacta sobre la cantidad y calidad de la oferta política, debilitando el porvenir.

Para disponer de mayores alternativas resulta imprescindible que las barreras de acceso sean las mínimas. Sin embargo, la legislación vigente consagra con categórica convicción el monopolio de los partidos políticos.

Esto no es casual. La corporación política ha cerrado las puertas de modo intencional. No quieren contendientes en su camino. Desean forzar a los ciudadanos a seleccionar entre los que ya están en el juego, a los que diseñaron estas reglas a su medida, justamente para que el estándar de exigencia sea diminuto y puedan alcanzar sus propios objetivos personales.

Las leyes imperantes establecen múltiples restricciones para crear un nuevo partido político, bajo la perversa visión de que es mejor para la democracia tener pocos y fuertes, que muchos y débiles. Las normas complican además la chance de mantener activo un partido, dejándolos al borde de la precariedad formal, con la indisimulable intención de eliminar alternativas viables para los votantes.

El financiamiento de la política es un capítulo que se agrega, ya que más allá de lo dice la legislación, a la hora del ejercicio cotidiano, la evidencia demuestra que, el que controla la "caja" estatal, la usará sin disimulo, para hacer política con absoluto descaro e impunidad y sin rendir cuentas.

La inexistente transparencia en el funcionamiento del sistema, favorece a los más inescrupulosos e invita insolentemente a ser parte de la cofradía para así acceder a los espacios de poder. Un ciudadano cualquiera, por capaz, honesto, e inteligente que sea, no puede postularse como candidato a un puesto público si no pertenece a un partido político o, al menos obtiene previamente una convocatoria y aval de una agrupación para hacerlo.

Es paradójico que estas formalidades se cumplan con tanta rigurosidad, mientras no funciona del mismo modo cuando un funcionario se apropia del dinero de los contribuyentes apelando a indisimulables prácticas.

Lo que sucede en el presente tiene muchas explicaciones. Pero también queda claro que, gran parte de lo que ocurre se produce porque una ciudadanía bastante hipócrita lo respalda con una desmesurada complacencia.

Fuente: Fundación Atlas para una Sociedad Libre

Archivado en: Actualidad 1 Comentario
25jun/145

La Patria, los buitres y el enano nacionalista

Por Luis Alberto Romero.

El mes de junio parece ser un mes fatal para nuestro orgullo nacional. El 15 de junio de 1982 se rindió la expedición militar que dos meses antes había ocupado las islas Malvinas, que volvieron a llamarse Falkland. El 16 de junio de 2014 un fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos colocó al país al borde del default. Lejos quedaron los días de vino y gloria: el golpe al imperio pirata primero y luego la triunfal batalla del desendeudamiento, que llegó a su clímax con el portazo al Fondo Monetario, tirándole un fajo de billetes a la cara. Puede agregarse un episodio intermedio, menor pero ilustrativo: en junio de 1994 le "cortaron las piernas" a Maradona -en palabras más pobres, lo sancionaron por doping- y troncharon lo que debió haber sido la conquista triunfal de un nuevo título Mundial de fútbol para la patria.

Ciertamente son cosas muy diferentes, por su naturaleza y su envergadura. Lo de Maradona es apenas grotesco. El posible default es un problema serio y la Guerra de Malvinas, con derrota o sin ella, fue una tragedia. Pero un hilo subtiende los tres episodios: en cada uno de ellos el orgullo argentino sufrió un cachetazo, un golpe de realidad, y afloró el nacionalismo traumático enraizado en nuestra cultura política. Pues quien más, quien menos, todos tenemos un "enano nacionalista" sumergido que emerge cuando es interpelado adecuadamente o cuando un sacudón inesperado conmueve nuestras seguridades.

Nuestro nacionalismo patológico se ha caracterizado por combinar la soberbia y la paranoia: los argentinos podríamos ser los mejores del mundo, pero lo impiden nuestros enemigos, de afuera y de adentro. La soberbia deriva de un razonable orgullo inicial, acuñado en tiempos mejores para el país, cuando la economía crecía y competía con las más dinámica del mundo, las instituciones estaban sólidamente arraigadas, la sociedad lucía expansiva, móvil y democrática y un Estado potente y experto podía decidir qué rumbo quería tomar. En algún momento del siglo XX -puede discutirse cuándo-, las certezas se tornaron en incertidumbres y luego en frustraciones crecientes. Entonces el orgullo se transformó en soberbia y a la vez en paranoia. Alguien -nunca nosotros- debía ser el responsable de que nuestro destino de grandeza no se concretara. Sospechamos de los países vecinos, que querían quedarse con parte de lo nuestro, y sobre todo de Brasil y su maquiavélico Itamaraty. Culpamos a Inglaterra, que, según descubrimos en 1930, siempre nos había explotado. Posteriormente cambiaron las ideas y, con ellas, los culpables: el imperialismo, el comunismo, el Fondo Monetario, la subversión, los grandes poderes mundiales y sus socios y agentes locales. Pero siempre hubo un responsable para concentrar la furia: una jefa de gobierno británica, tan nacionalista como los nuestros, un técnico de laboratorio que hizo un simple análisis de orina o un juez norteamericano que se tomó en serio su tarea. Todos "nos cortaron las piernas".

Nuestro nacionalismo nació a fines del siglo XIX, entre los intelectuales obsesionados por descubrir el "ser nacional", y creció en el siglo XX. Lo acunaron el Ejército, autoproclamado custodio de los valores supremos de la Nación; la Iglesia, que definió a la Argentina como una "Nación católica", y el peronismo, que transformó sus "veinte verdades" en Doctrina Nacional. Las definiciones eran diferentes, pero coincidían en una visión unanimista e intolerante que moldeó el sentido común nacional. Para quien puede manipularlo, su utilidad política es enorme, pues sirve para convocar a la unidad nacional cuando las papas queman y para colocar los problemas del país bien lejos, más allá de cualquier responsabilidad local.

Así ocurrió en 1982 cuando el gobierno militar, corroído por luchas intestinas y asediado por la protesta social, encontró una salida en las invasión a las Malvinas. En lo inmediato su éxito fue abrumador y Galtieri se arrulló en el balcón de Perón con los vítores de la plaza. Las consecuencias de ese acto insensato eran previsibles para cualquiera que pudiera abstraerse de la pasión nacionalista. Pero no fueron muchos, pues, como decían los griegos, los dioses ciegan a quienes quieren perder. En este caso, cegó a los gobernantes militares, principales responsables, pero también a los argentinos en general. Los jefes militares ya fueron condenados por sus errores. Para el resto de los argentinos no hubo juicio ni autocrítica: quienes aclamaron a los militares se limitaron a denostarlos, probablemente por no haber triunfado.

En ese momento, pareció que la lección había sido suficientemente dura. Pero luego de la crisis de 2001, que conmovió las recientes y poco consolidadas certezas democráticas y pluralistas, la vieja cultura nacionalista volvió a aflorar de la mano del kirchnerismo, su práctica y su discurso. A lo largo de estos trece años nos regocijamos atacando al enemigo de afuera: humillamos al presidente Bush, nuestro invitado; nos liberamos del Fondo Monetario; amonestamos a los poderes mundiales con lecciones de economía política; tomamos distancia de Brasil y del Mercosur, y pusimos en su lugar a Uruguay. Salió un poco caro, pero los réditos políticos lo justificaban. Con el mismo brío, enfrentamos a las corporaciones locales, la oligarquía rural, la Justicia, la oposición y en general a los "antiargentinos", que sintieron el rigor de un gobierno verdaderamente nacional. Así llegamos hoy a la más reciente expresión de los enemigos de la patria: los fondos buitre.

El discurso oficial es insostenible por donde se lo mire. El Gobierno tiene buitres en su periferia y en su centro mismo. Los problemas que enfrenta no se deben a la hostilidad del mundo -en general, poco interesado en nuestras cosas-, sino a su impericia e improvisación. Los supuestos enemigos internos -un juez, un empresario de medios- se parecen bastante a otros sujetos similares, pero amigos. Estos argumentos podrían ampliarse y ejemplificarse, pero difícilmente convencerán a quienes miran el mundo con los ojos de la fe y cuya convicción sólo vacila en el instante del cachetazo. Sólo un instante, pues de inmediato se activa la paranoia, se individualiza el chivo expiatorio, se convoca contra él a la Nación, unida para gritar.

En eso consiste el famoso "pensamiento nacional": imaginar una nación con una doctrina, una bandera y un líder, enfrentada con la antipatria, con los godos de 1810 o los buitres de 2014. El mal está afuera, y un poco adentro también, pues existen colaboracionistas infiltrados y otros obnubilados por ideas cosmopolitas o liberales. Todos contra la patria.

Néstor y Cristina Kirchner descubrieron la utilidad del antagonismo y de la apropiación facciosa de la Nación. Pero el mayor problema no está en ellos, sino en quienes los escuchan y se reconocen en ese discurso. Su éxito muestra, como ocurrió en la plaza de Galtieri, lo arraigado de la patología nacionalista. Está presente en quienes los siguen con fe y convicción, y no se inmutan ante el reculaje de estos días. Pero también existe en quienes los respaldaron masivamente y hoy empiezan a tomar distancia, sin terminar de despegarse. Incluso está presente entre sus opositores, vacilantes cuando se invoca a la Nación amenazada por los "fondos buitres", un nombre que todos usan y que nadie se ha detenido a examinar y cuestionar.

El 15 de junio de 1982 muchos argentinos tomaron conciencia de que habían apoyado y alentado una empresa desastrosa, que sólo podía terminar en derrota y desastre. Por un tiempo se escucharon otras voces y se siguió a otros dirigentes, y el desahogo de las malas pasiones se limitó al fútbol. Hoy el enano volvió para legitimar otra batalla perdida. En su nombre el Gobierno y sus seguidores se rebelan contra el destino adverso y también en su nombre lo aceptan, sin confesar una renuncia a sus principios. Hay muchos argentinos sensatos que, si se empeñan, podrían volver a controlar al enano. Pero me temo que su neutralización definitiva está más allá de nuestras modestas posibilidades.

Fuente: diario La Nación

Archivado en: Actualidad 5 Comentarios
18jun/140

El país seducido por la cuadratura del círculo

Por Adrián Simioni.

Doce años después de la declaración de default aplaudida por el Congreso de la Nación, Argentina vuelve a encontrarse a las puertas de una cesación de pagos. Como en 2002. Argentina sigue tanto o más dividida que entonces. Sus elites políticas ni siquiera logran compartir un diagnóstico para explicar el misterio que nos lleva a ser un país con tanta vocación por la excepcionalidad.
Pero no todo es igual a 2002. La infraestructura del país está más obsoleta que entonces. Si en aquel momento se exportaba energía, hoy se importa.

El Estado no es más eficiente ni capaz de lo que era entonces. Una proporción de la población parecida a la que entonces estaba desempleada hoy sobrevive con subsidios y no logra ganarse la vida.

La presión impositiva es récord. No hay demasiado margen para devaluar: Cristina Fernández acaba de hacerlo, sin que eso generara un rebote como en 2002 sino algo muy parecido a una recesión.

Y no hay en la gatera el milagro de un nuevo salto espectacular en los precios de los granos, como sucedió justo después de aquella declaración de default .

Es una espiral descendente. Un argentino de 50 años de edad experimentó estos descensos ya tres veces, si se cuenta desde la Guerra de Malvinas, en 1982. ¿Esta será la cuarta?

Una década de un gobierno triunfalista y soberbio terminó ayer con los adherentes al “proyecto”, en las redes sociales, escupiendo un maniqueísmo inútil e ignorante: “Los que festejaban el embargo de la fragata Libertad son los mismos que ayer se regodearon con la decisión de la Corte de Estados Unidos”.

Infinidad de mensajes iguales: “Los que x, son los mismos que z”. Como si eso sirviera para cancelar deudas y no expresara, a duras penas, la frustración en que desembocan las teorías erradas.

Nadie se regodea. Lo que hubo fue mucha gente formada, especializada, que advirtió que nos íbamos a comer las vacas, que terminaríamos con déficit energético, que tomar por asalto el Banco Central 
–primero para quitarle las reservas y después para obligarlo a imprimir– era sólo una forma de ocultar el brutal déficit de un gasto público desbocado y sin otro destino que financiar la vocación hegemónica de un gobierno de mala praxis.

Estamos todos medio cansados, agobiados por este país de excepcionalidades que hemos ido armando. Un país seducido por la búsqueda de la cuadratura del círculo, que ninguna sociedad más o menos desarrollada busca. Ya todos saben que no existe. Menos nosotros.

Ante cada frustración, inventamos previsibles teorías conspirativas sobre un mundo externo “con aliados internos”, decidido a frustrar nuestro destino de potencia.

Buscapié

Somos una sociedad cuya amplia mayoría de políticos creyó que la imposición de una quita de 75 por ciento a los acreedores y un corte de mangas a quienes no se resignaron a esa poda iba a ser gratis.

No sólo Néstor Kirchner, sino también Roberto Lavagna, entonces ministro de Economía, y un amplio abanico de la “dirigencia” creyeron que ese buscapié que quedaba con la mecha encendida no iba a encontrar nunca nuestras patas.

Cuando seis años después del canje el cohete empezó a acercarse, la Presidenta volvió a plantear la excepcionalidad: la Justicia de Estados Unidos no se animaría a condenarnos, porque eso conmovería los mercados mundiales y las reestructuraciones de deuda por toda la posteridad.

Mentira. Ayer ni se mosquearon los mercados internacionales. No somos tan importantes.

De concretarse, este será el octavo default soberano de la Argentina desde 1827.

Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Panamá, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú, Uruguay, no han tenido ninguno desde 1990. 24 años. Argentina está en riesgo de deslizarse en su segunda cesación de pagos en 12 años, sin haber terminado de arreglar la anterior.

¿Y si probamos con ser normales, como decía Néstor?

Fuente: La Voz del Interior

17jun/144

Palabra de Honor en el blog de Domingo Cavallo

Domingo Cavallo subió a su blog un comentario muy elogioso sobre nuestro programa Palabra de Honor. Lo comparto con ustedes.

Palabra de Honor, un programa de TV que merece ser visto

Posted: 06 Jun 2014 03:05 AM PDT

“Palabra de Honor” es un programa de televisión conducido por Prudencio Bustos Argañarás y Eduardo Ibañez Padilla que comenzó a trasmitirse hace poco en Canal C de Córdoba. Se trata de un canal de cable local, que aún no se trasmite en Buenos Aires ni en otros lugares de Argentina. Se puede acceder a él a través de internet porque todas sus ediciones han sido subidas a Youtube.

Prudencio Bustos Argañarás es un eximio historiador Cordobés que me acompañó en mi actividad política en el partido Acción por la República luego de militar exitosamente en el Partido Demócrata y la UCEDE de Córdoba. Eduardo Ibañez Padilla es un escritor, poeta y conferencista, que ha merecido importantes reconocimientos académicos.

Acabo de ver el último programa en el que además de excelentes editoriales de los dos conductores, Carlos Sanchez es entrevistado para hablar sobre su nuevo libro titulado “Instituciones, Educación y Desarrollo”, recientemente publicado por Editorial Brujas. Carlos Sanchez, un prestigioso profesor de Economía de la Universidad Nacional de Córdoba, me acompaño junto a Aldo Arnaudo, Edmundo del Valle Soria, Carlos Givogri, Aldo Dadone, Carlos Vido Kessman y Amalio Humberto Petrei en la creación del IERAL de la Fundación Mediterránea en 1977 y fue Viceministro de Economía entre 1991 y 1996 y Secretario de Industria en 2001, cuando yo me desempeñé como Ministro de Economía. Además fue Director del IERAL y Rector de la Universidad Siglo XXI. Ha dedicado su tiempo en los últimos años a escribir este libro, un aporte realmente valioso a la comprensión de las causas del retroceso Argentino.

Recomiendo a los visitantes de mi blog que vean este video. Comenzarán a conocer un genuino producto cordobés de primerísima calidad. Me gustaría que insituciones de Córdoba que nuclean a su empresariado, como la Fundación Mediterránea y la Bolsa de Comercio, unieran esfuerzos para lograr que este excelente programa televisivo de canal C, sea proyectado en los cables de alcance nacional. Sería otro importante aporte de Córdoba a la cultura y el progreso de la Argentina.

http://youtu.be/h0M716XIuxc

Archivado en: Actualidad 4 Comentarios
12jun/142

Pensamiento nacional para todos y todas

Por Raúl Faure.

Tenemos fútbol, salud, felicidad e inclusión para todos y para todas. Y a partir de la designación de Ricardo Forster como secretario de Estado, tendremos “pensamiento nacional”, o sea el catecismo teológico del kirchnerismo para los fieles y los réprobos. Las promesas teatrales de nuestra Presidenta no tienen límites.

Sin embargo, la iniciativa no es original. Todos los regímenes autocráticos buscaron y buscan en la instalación de mitos la fuente de su dominación. Y cuando se tornan más inescrupulosos, más sectarios y más desorbitados, recurren a nuevos señuelos.

Lenin, el constructor de la cruel dictadura soviética, y Stalin, su continuador, recurrieron a quienes tenían condiciones para domesticar a las masas, a los “ingenieros de almas”.

Una década después, ya bajo el régimen nazi, Carl Schmitt, uno de sus teóricos. declaró que la ley y el derecho eran nada más que la voluntad de Adolf Hitler y que “el mito más fuerte reside en lo nacional”.

No era necesario recurrir a esos antecedentes. Bastaba con citar los nuestros.

Al parecer, nadie advirtió a la Presidenta que el propósito de fijar canónicamente el “pensamiento nacional” fue iniciativa del presidente Juan Domingo Perón, en 1954. En ese momento, hizo sancionar al Congreso la ley 18.184, que definió a la doctrina nacional como la doctrina peronista, porque “tiene por finalidad suprema la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación”.

No fue una declaración retórica. Esa ley impuso a empleados públicos la humillación de afiliarse al partido oficialista como condición para conservar sus empleos. Y en noviembre de ese año, Felipe Pérez, ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación al frente de la intervención al Poder Judicial de nuestra provincia, declaró sin avergonzarse: “Uno de los requisitos básicos para el desempeño del juez es el de estar totalmente identificado con la doctrina nacional”; es decir, con la doctrina peronista.

Para los cortesanos de esa época, quienes no adherían explícitamente a la doctrina nacional no podían considerarse argentinos.

Antes, Eva Perón, con su dulce y tierno lenguaje, había amenazado: “No quedará ladrillo sobre ladrillo que no sea peronista”. Y resumió su profunda filosofía política en estos términos: “Los que no son peronistas son oligarcas”.

Palabras más, palabras menos, son las utilizadas recientemente por Forster en su “Carta Abierta” número 16: “Los opositores pertenecen a un realismo imbuido de razones que provienen de los condicionamientos internacionales... sin vestigios de conciencia autonomista y emancipadora, cada vez más despojada de la venerable idea de plena ciudadanía modelada evidentemente por la doctrina antiestatista de los medios...”.

Entonces, para que todos tengamos conciencia autonómica y emancipatoria y no sigamos intoxicados por las doctrinas importadas, dispondremos del catecismo que preparará la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional.

Secretaría que se parecerá, como una gota de agua con otra, al Ministerio de la Verdad, la ingeniosa creación de George Orwell en su celebre novela 1984, ministerio encargado de uniformar las creencias de los súbditos de la dictadura ejercida por el Gran Hermano.

Se trata de una decisión tardía. Este gobierno tiene fecha de vencimiento. Son muchos y visibles los signos que revelan que se agotó la paciencia de quienes hasta ayer consintieron las graves irregularidades cometidas por quienes se adueñaron del patrimonio nacional como si fuera un botín de guerra.

La indiferencia cedió paso a cuestionamientos que hasta ponen en duda la infalibilidad que hasta hace poco se atribuyó a la Presidenta.

Como ocurrió con los anteriores gobiernos peronistas, el modelo cuya apología se hace a diario desde los despachos oficiales y desde la prensa adicta, sostenida con fondos del Estado, contiene dos historias.

Una, de carácter policial. O sea la que registra el derroche de subsidios, la transferencia de activos hacia paraísos fiscales, las licitaciones con sobreprecios, el enriquecimiento ilícito de funcionarios y familiares de los jerarcas, el manejo sin control de los recursos presupuestarios.

La otra, esa “que tiene carácter escénico, hecho de necedades y fábulas para consumo de patanes”, en palabras de Jorge Luis Borges escritas en diciembre de 1955.

Forster ha quedado a cargo de la redacción de otro capítulo de esta segunda historia, de la historia “de carácter escénico”.

Fuente: La Voz del Interior

Archivado en: Actualidad 2 Comentarios
9jun/145

La exaltación de la violencia

Por Prudencio Bustos Argañarás.

Con satisfacción leí, en la edición del 30 de mayo de este diario, un artículo firmado por Daniel Gentile (http://bit.ly/SuOnl1) en el que analizaba con espíritu crítico la celebración de un nuevo aniversario de los hechos violentos que padeció nuestra ciudad el 29 de mayo de 1969, conocidos como “el Cordobazo”.

No conozco a Gentile, pero aplaudo la valentía con que salió al cruce del intento de elevar a la categoría de efeméride gloriosa acontecimientos que deberían avergonzarnos. Actos vandálicos contra la ciudad y sus habitantes, con el doloroso e irreparable saldo de más de 20 muertos, automóviles, ómnibus, comercios y edificios públicos incendiados, la ciudad arrasada y pérdidas materiales equivalentes a la mitad del presupuesto municipal, no parecen resultados dignos de ser celebrados.

Por otra parte, las dolorosas experiencias que vivimos los argentinos en la segunda mitad del siglo 20 y las profundas heridas que nos dejaron deberían habernos hecho comprender que el uso de la violencia como instrumento de acción política –además de ser éticamente inaceptable– sólo conduce al caos, el desencuentro y la decadencia.

Se nos dice que gracias a esos desmanes cayó el gobierno militar que había derrocado a un presidente constitucional y gobernaba a espaldas de la Constitución. Pongo en duda esa afirmación, habida cuenta de que Juan Carlos Onganía renunció más de un año después y que el gobierno de facto se extendió por tres años en manos de otros generales.

Pero aun cuando aquella hubiese sido la intención de los que cometieron los desmanes –intención que sin duda compartiría–, no puedo admitir el argumento maquiavélico de que el fin justifica los medios y redime los excesos cometidos en su consecución.

Cabe además preguntarse: ¿por qué esa violencia se ejercía en contra de Córdoba y los cordobeses, que no éramos responsables de los atropellos de los usurpadores? ¿A qué lógica responde la destrucción de la ciudad para protestar en contra de un gobierno?

Lo cierto es que la manifestación de los empleados de IKA Renault en contra de la ley 18.204 –que eliminaba el llamado “sábado inglés”– sirvió de excusa para que hicieran una demostración de su capacidad destructiva las bandas terroristas que se estaban gestando y que poco después desatarían un baño de sangre que 
aún no podemos borrar de nuestra memoria.

Llámese a esto teoría de los dos demonios o como se quiera, pero lo cierto es que mientras no seamos capaces de reconocer los propios errores y controlar nuestras pasiones, no lograremos erradicar la violencia del seno de nuestra sociedad.

El crimen es repudiable cualesquiera sean la víctima y el victimario. No hay crímenes buenos y crímenes malos, salvo a la luz de un doble patrón moral, según el cual la violencia ejercida por los que se consideran propios es digna de aplauso, mientras la de los adversarios se repudia con idéntica pasión.

Así, mientras los crímenes perpetrados por estos constituyen abominables delitos de lesa humanidad, los que cometen aquellos acceden a la categoría de gestos heroicos, lo que lleva a la conclusión de que a quienes así razonan no les repugna el crimen sino el delito de pensar diferente.

La respuesta a la nota de marras apareció en el diario al día siguiente, pero, lejos de rebatir los argumentos vertidos en aquella, se ciñó al intento de descalificar a su autor desde la óptica marxista de la lucha de clases, con un indisimulado sesgo de resentimiento social.

Soy liberal, tributo a todos los pensamientos el mismo respeto y celebro que hoy gocemos de la libertad de poder debatir sobre temas como este. Pero sería saludable que lo hiciéramos sin rencores y con altura, no viendo en el que piensa diferente a un enemigo sino a alguien que busca el bien común por otro camino.

*Escritor, historiador

Fuente: La Voz del Interior

Archivado en: Actualidad 5 Comentarios
5jun/141

Filosofía del poder

Por Adrián Simioni.

Tanta epistemología y teoría de la deconstrucción para nada. Cuando asuma su cargo y estampe su firma, el filósofo de Carta Abierta, Ricardo Forster, terminará dando por sentado, con todo el poder institucionalizante y decidor del Estado, que ya no caben dudas: existe un pensamiento nacional y es posible coordinarlo estratégicamente.

“Lo que se entiende por pensamiento nacional supone los procesos de construcción y confluencia que le dieron forma a la vida intelectual y política de nuestro país y la región”, intentó explicar Forster ayer a la agencia estatal Télam. El nombre de la secretaría parece elegido por sus enemigos.

Muy probablemente, su nombramiento sea la forma que encontró Cristina Fernández de agradecerle su estoicismo, sobre todo en el último año, en que sus seguidores en Carta Abierta debieron “bancar los trapos” del modelo. Milani. Saqueos. Devaluación. Tasas recesivas. Endeudamiento externo. No faltó nada.

Teorías a la Carta

Fue Forster, por ejemplo, el que no dudó en referirse a la última devaluación de los salarios como una “interesante paradoja”, resultante de que “las grandes corporaciones le torcieron el brazo al Gobierno” hasta obligar al ministro de Economía, Axel Kicillof, a hacer “lo que no quería”. Pobre Kicillof.

Es muy curioso. El faro intelectual de Carta Abierta fue el que inventó el eslogan K “Volvió la política”, en referencia a la primacía de la voluntad política que habrían conseguido Néstor Kirchner y Cristina Fernández para imponer la fuerza del Estado al mercado, a la economía.

“Desde ese lugar”, como gusta decir el argot progresista, los Forster de este país aplaudieron a rabiar a la Presidenta cada vez que ella se atribuyó las mejoras en el empleo, por ejemplo. En los años en que el modelo tenía aspectos positivos que mostrar, todo fue atribuido a una especie de emanación de la voluntad de quien ha dicho sentirse “un poco madre de todos los argentinos”.

En la última misiva de Carta Abierta, esos supuestos teóricos ya han desaparecido. Es que, si lo que aparece ahora no son empleos sino suspensiones, los filósofos del poder no pueden atribuirlo a la voluntad presidencial. Ella jamás podría ser tan odiosa.

Entonces, las suspensiones, la pérdida de poder adquisitivo del salario, la caída del consumo, son aludidas como catástrofes naturales o bien como resultado de la megarrecontraconspiración de siempre contra los gobiernos populares.

“Volvió la economía”, podría titularse esta etapa en que a Carta Abierta se le han quemado algunas solapas.

Pero no será así. Seguramente ahora refucilarán más seguido todavía verbos como “invisibilizar”, adjetivos como “emancipatorio” y sustantivos como “articulación”. Forster tiene un año y medio para darse el atracón de su vida.

Fuente: La Voz del Interior

Archivado en: Actualidad 1 Comentario