A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

27Abr/171

¡ESTOY MUY CABREADA!

Por Pilar Rahola

Perdonen, pero debo preguntarlo: ¿alguien les paga? ¿Les dan petrodólares bajo mano, les prometen bellas huríes, viajes de ensueño, hoteles de mil estrellas? No sé, cualquiera de las maravillas estratosféricas que se compran con el rutilante oro negro y que, en lenguaje terrenal, llamaríamos corrupción. Por supuesto, es una pregunta al azar, uno de esos caprichos del pensar mal, que siempre tienden a la impertinencia. Al fin y al cabo, es preferible imaginar que se trata del vil dinero que de un ataque de locura o una epidemia de indignidad.

Ojalá que lo que ocurre en la ONU sea el fruto de una corrupción sistémica porque al menos tendríamos una explicación, sucia, perversa, delictiva, pero explicación, al fin y al cabo. Pero si no es eso, si no se trata de corrupción, o de tráfico de influencias, o de intereses espurios indecibles, ¿cómo se explican los despropósitos que acumula la venerable institución, antaño sueño democrático y hoy un agujero negro, donde se blanquean y legitiman las peores dictaduras? Y donde las decisiones que se toman superan los más extravagantes delirios del surrealismo. La última es de traca, y sería de carcajada si no fuera porque es un insulto a las víctimas de la brutalidad misógina: Arabia Saudí ha sido elegida –en sesión de voto secreto– como miembro de la comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer, el principal órgano mundial dedicado a la lucha por la igualdad. Y su elección se ha producido un mes después de que creara su primer “consejo de mujeres”..., exclusivamente con representantes masculinos. Es decir, se ríe de las mujeres en plena cara del mundo y la premian con formar parte del organismo que tiene que velar por ellas. Lo mejor ha sido el panfleto de presentación de su candidatura donde se aseguraba que la charia –que obliga a las saudíes a la segregación social, a la tutela masculina de por vida e incluso a la lapidación si hay delitos de “honor”– es la garantía de la igualdad de género. No es extraño que Hillel Neuer, el director de United Nation Watch, haya asegurado que han ele­gido “a un pirómano como jefe de bomberos”.

Esta aberración llega después de otra anterior: cuando la misma ONU eligió a Arabia Saudí como miembro de la comisión de derechos humanos, en las mismas fechas en las que el reino ejecutaba a un opositor político. Si sumamos la decisión de la Unesco de negar toda relación del pueblo judío con el Monte del Templo de Jerusalén, y las decenas de resoluciones arbitrarias contra Israel, tenemos el circo completo.

Pero ¿qué les pasa a estos tipos? ¿Cómo tienen la vergüenza de legitimar la represión de tiranías brutales? ¿Cómo tienen la indignidad de reírse así de las mujeres y de las víctimas? Esto apesta, huele a mierda. Y lo que es peor, convierte a las Naciones Unidas en cómplices de los horrores que sufren las mu­jeres saudíes.

Lo dicho: huele a mierda.

Fuente: La Vanguardia de Barcelona

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24Abr/171

Los unos y los otros

Por Edgardo Moreno

Andaba por esos suburbios, vacilante. Sin animarse del todo a disparar el adjetivo. Merodeaba jugueteando con la piedra entre los dedos, pero no se atrevía a lanzarla, por temor a los vientos cambiantes.

Al final, jugó su carta: Horacio González, quien alguna vez fatigó la misma biblioteca de Jorge Luis Borges y Paul Groussac, buscó en los resabios de su pólvora rancia, cargó el más barroco de sus trabucos y opinó: estamos viviendo el momento del neofascismo.

Se había cuidado durante años de usar el exabrupto. No lo admitió ni siquiera cuando confesó su culpa por la designación de César Milani al frente del Ejército. Una culpa que luego fue licuando hasta abandonarla como un brebaje aguachento.Milani –justificó cuando ya había pasado el momento de golpearse el pecho– fue una de esas cosas que se le escapan a los gobiernos en estado de revolucionario alboroto. Un pecado menor que se coló en la Casa Rosada mientras sus patios distraídos albergaban una estudiantina feliz que cada noche y por cadena nacional convocaba a la edificante tarea de degollar gorilas.

Ahora González dice que marchamos hacia una novedosa concepción de la ley: “Es la ley encarnada por el Carro Blindado Antipiquete con Cañón Hidrante. Este artefacto no se halla dentro de la Constitución, sino al revés. La Constitución es su estropajo, su harapo para el guardabarros”.

¿Hablaba de la provincia de Santa Cruz?

No. En su noche triste, Cristina Fernández y Alicia Kirchner no usaron agua para dispersar protestas. La cabeza sangrante de un reportero gráfico lo explica mejor. La policía de Santa Cruz usó balas de goma.

González dice que el neofascismo imperante sólo concibe violencia protocolizada que hostiga cuerpos. Por encima de la ley común, relata, hay protocolos como el referido a los piquetes. Un principio rector que actúa al margen de los andamiajes 
normativos de una trama heredada, “imperfecta pero ligada a la idea de hombres sociales libres”.

¿Se refería acaso a Venezuela, con el jefe militar del régimen, 
Diosdado Cabello, mostrando en televisión las tarjetas de persecución, con foto, nombre, señas particulares y domicilio de los opositores, la antipatria a la que la Guardia Nacional Bolivariana y los comandos paramilitares irían luego a buscar como perros de presa? ¿Será ese el neofascismo del que habla González? Tampoco.

Cuando el numen de Carta Abierta se lanzó al agua de las definiciones, creyendo encontrar en Mauricio Macri la encrucijada tenebrosa donde se cruzan los horrores de Adolf Hitler y de Jorge Videla, un huracán caribeño y un frío temporal del sur llegaron sin previo aviso.

Venezuela y Santa Cruz. ¿Empezamos a hablar de neofascismos?

Hay, sin embargo, una vertiente más sibilina de la misma idea. Aquella que pone en pie de igualdad a los ciudadanos venezolanos con los paramilitares que los persiguen. A los ciudadanos santacruceños que han padecido el saqueo de su provincia, con los saqueadores que devastaron ese pozo petrolero del país.

Es una lectura confortable. La grieta lo explica todo. Siempre habrá lugar para ubicar a los unos y los otros.

Para esa mirada, Santa Cruz no es el estallido de una crisis más que anunciada. Es el territorio de batalla de macristas ambiciosos y kirchneristas resilientes. Y la sangrienta crisis de Venezuela no es el destino lógico del autoritarismo que compró como modelo el progresismo más venal y mercenario del que tenga memoria América latina. No, dicen. Son los unos y los otros. Es la grieta expuesta como si fuese cubismo bolivariano.

Son los extremos útiles que ajustarán latitudes en el GPS de la progresía para que pueda apoltronarse en el mullido sofá del medio. Pero esa lectura de apariencia equidistante choca con la realidad de las víctimas.

Frente a pifias como las de González e hipocresías que todo lo explican por la santa grieta, el gobierno de Macri camina en un desfiladero. No debe ceder a ninguna violencia. En especial la que pueda afectar a sus opositores. 
No debe entrar en la provocación.

Para entender la trama, nada más gráfico que Cristina acumulando sillones frente a su puerta. No porque fuesen a ingresar los vándalos para agredirla en su casa (la gobernadora ya había ordenado que intervenga la policía y a la expresidenta la iban a sacar en helicóptero), sino porque un oficial de Justicia, en cualquier momento, la puede sobresaltar tocando el timbre.

Fuente: La Voz del Interior

19Abr/172

Huelgas, piquetes e impunidad, la ruta hacia el fascismo

Por Raúl Faure.

Escuelas y hospitales que no imparten enseñanza ni asisten a enfermos. Constante supresión de servicios esenciales. Usurpación de espacios públicos. Amenazas y agresiones de patotas contra los empleados que quieren ir a trabajar para honrar sus funciones.

La intimidación, las extorsiones y hasta el sabotaje son los medios que utilizan elementos antisociales para someter a la población a los rigores de un verdadero estado de sitio. Una peste azota al país.

Son procedimientos que el Código Penal tipifica como delitos. Ejemplos del ejercicio abusivo de ciertos derechos, grave lesión al orden jurídico y moral ya contemplado en la anterior redacción del Código Civil (artículo 1.071) y que fue reiterado en el actual artículo 10: “... la ley no ampara el ejercicio abusivo de los derechos...”.

Las constituciones tanto Nacional como local garantizan libertades básicas. Y califican como actos sediciosos los que cometen quienes participen de “fuerzas o reuniones de personas que se atribuyan los derechos del pueblo y peticionen en su nombre”.

Y todas las convenciones internacionales suscriptas por nuestro país y que, por ello, revisten jerarquía constitucional, declaran que toda persona tiene derecho a circular libremente, que las reuniones sindicales deben ser pacíficas y que las sociedades democráticas deben observar leyes destinadas a sostener el orden público y las libertades de todos sus ciudadanos.

De modo que sobran disposiciones legales para preservar los derechos constitucionales. Entonces, ¿por qué la voluntad de un grupo de individuos se impone sobre el resto de la población? ¿Por qué se suprimen servicios esenciales? ¿Por qué se recurre a la violencia para coartar la libertad?

No se trata de privar a nadie del derecho a peticionar. Pero no reviste carácter de derecho absoluto, como no lo tiene ninguno de los derechos constitucionales. Esto significa que la huelga no puede afectar, disminuir ni menos suprimir derechos de terceros.

Asambleas, retención de servicios y paros que impiden prestaciones mínimas para el público son infracciones que atentan contra el orden jurídico.

Los sindicatos declaran que pertenecen al peronismo, que constituyen la “columna vertebral” del Partido Justicialista. Pues bien, ¿por qué entonces no honran la memoria de Juan Domingo Perón, quien estableció que los participantes en paros que afectan servicios públicos cometen un delito? ¿Por qué recurren a la huelga cuando Perón la calificaba de patología que afecta la paz y el orden?

Estas inconductas, infracciones y delitos podrían ser sancionados si el Estado cumpliera con sus obligaciones. La Constitución le confiere al Ministerio Público la función de “preparar y promover la acción judicial en defensa del interés público y los derechos de las personas”.

¿Qué es este Ministerio Público que no integra el Poder Judicial y cuyos funcionarios –llamados fiscales– carecen de la independencia que tienen los jueces, desde que sólo pueden actuar observando las instrucciones que imparte su jefe, denominado fiscal General?

Según los convencionales, con excepción de dos, se trata de un “extra poder”. No integra el Poder Judicial ni el resto de los poderes constitucionales. Es un planeta que orbita en los arrabales del universo, sin que nadie conozca su rumbo, o sea “las políticas de persecución penal” que debe fijar, según dispone el artículo 171.

La administración pública trabaja cuando la habilita el sindicato, el transporte funciona cuando los delegados gremiales así lo deciden, las calles y demás espacios públicos pueden utilizarse cuando los piquetes levantan el bloqueo. No se explica la inactividad del Ministerio Público, a menos que haya motivos secretos que le impidan actuar.

En tanto, la sociedad, en algunos episodios, estalla de indignación; en otros, se resigna sometiéndose a la voluntad de los extorsionadores.

Robert Paxton es profesor emérito de la Universidad de Columbia. Publicó su investigación sobre los orígenes de los totalitarismos modernos bajo el título de Anatomía del fascismo .

En su interpretación, Benito Mussolini en 1922, en Italia, y Adolf Hitler en 1933, en Alemania, llegaron al poder luego de haberse cumplido un proceso durante el cual sus legiones (los camisas negras del fascismo y las camisas pardas del nazismo) cometieron toda serie de desmanes para intimidar a la población, doblegar a sus adversarios y demoler las instituciones democráticas.

A esos episodios, a la violencia que se practicaba a diario, les llamó “radicalización acumulativa”. En nuestro país, asistimos a una radicalización que, más temprano que tarde, hará estallar la paz social.

Ni las autoridades administrativas, ni la Justicia, ni el Ministerio Público ni el único partido democrático que aún sobrevive, la Unión Cívica Radical, parecen darse cuenta del peligro.

Fuente: La Voz del Interior

9Abr/171

Suecia: el fin de la mayor utopía progre del siglo XX

Por Manuel Llamas.
Hasta hace escasos años, el país nórdico recibía las pleitesías y más grandes alabanzas de la socialdemocracia europea como ejemplo de desarrollo económico y social. Sin embargo, para desdicha de la izquierda, el "modelo sueco" ha muerto. Suecia se ha embarcado en un intenso y creciente proceso de liberalización sin parangón en el Viejo Continente. La nueva deriva emprendida por la clase política de aquel país ha puesto punto y final al último gran mito de la economía planificada en Occidente.
La obra de Mauricio Rojas Reinventar el Estado de Bienestar, editada por Gota a Gota, desgrana los grandes cambios sociopolíticos que se han producido en Suecia. Desde mediados de los años 90, en ese país se aboga por la cesión al sector privado de un amplio abanico de servicios sociales que hasta hace poco manejaba exclusivamente el Estado, tales como la educación, la sanidad, la atención a la tercera edad, el sistema de pensiones o las prestaciones por desempleo y enfermedad, por citar sólo unos pocos.
Tras casi treinta años de férreo control público, Suecia sucumbió a una grave crisis económica, a principios de los 90. Entonces, la red estatal en la que tanto confiaban sus ciudadanos se vino abajo como un castillo de naipes, poniendo así al descubierto una de la mayores falacias políticas de la segunda mitad del siglo XX: el bienestar social.
Hasta 1950 Suecia había logrado un relevante desarrollo económico gracias a la escasa intervención pública y los bajos impuestos. Sin embargo, veinte años más tarde (1970) alcanzaba su cenit en cuanto a expansión estatal e impositiva se refiere, lastrando con ello los avances logrados hasta el momento. Rojas, economista y diputado del Partido Liberal, recuerda que entre 1950 y 1973 el crecimiento sueco fue el más lento de Europa Occidental, excepción hecha del británico.
Por entonces Suecia había emprendido la "vía socialdemócrata al socialismo". Rojas explica cómo los Gobiernos del país, en lugar de socializar los medios de producción, se incautaban de los recursos económicos de las empresas y los ciudadanos para, a través de unas onerosas cargas fiscales, "socializar los ingresos y, con ello, el consumo". Así, la presión tributaria se duplicó entre 1960 y 1989, pasando del 28 al 56% del PIB.
Con tal capacidad recaudatoria, no es de extrañar que el gasto público pasara del 31 al 60% del PIB entre 1960 y 1980. Había nacido el modelo sueco. El Estado monopolizaba un amplio sector de servicios de bienestar "totalmente politizado y herméticamente cerrado" tanto a las preferencias de los usuarios como a la competencia de las empresas privadas, que se consideraba desleal e ilegítima. El sistema, basado en una elevada confiscación de salarios y beneficios empresariales, aseguraba a todos los suecos un considerable nivel de ingresos y beneficios sociales mediante la función redistribuidora propia del poder político.
Eso decía la teoría. En la práctica, las cosas eran bien distintas. Entre 1960 y 1990 el empleo aumentó un 81% en EEUU; en Suecia, un raquítico 25% (menos de un 1% anual de media). El crecimiento del PIB se ralentizó, y los suecos perdieron poder adquisitivo frente a los estadounidenses.
Como ya hemos comentado, la libertad de elección y decisión de los suecos se vio severamente restringida por la coacción estatal. Así, Rojas detalla cómo el Estado intervenía en materias circunscritas al ámbito estrictamente privado, tales como la formación de la familia (Suecia aplicó durante décadas un amplio programa de esterilización selectiva de individuos) o la elección de vivienda (con políticas que combinaban las ayudas sociales con unas cargas tributarias elevadísimas).
Llegados a este punto, huelga decir que la educación básica, la sanidad o los servicios asistenciales eran también, en su inmensa mayoría, de titularidad pública. Y el ciudadano apenas podía, cuando podía, elegir.
El sueño keynesiano llegó a su fin en la primera mitad de los 90. Suecia entró en recesión: con el PIB estancado, el paró alcanzó el 13% en 1993, y la crisis fiscal que hubo de hacer frente el país fue de enorme magnitud. A la sustancial caída de los ingresos tributarios se sumó una cifra récord de gasto social, que llegó a representar el 72,4% del PIB. El elevado déficit y el endeudamiento público tuvieron por consecuencia el colapso del sistema de bienestar... y el consiguiente renacimiento del pensamiento liberal, firme detractor del paternalismo estatal imperante.
La reforma del modelo consistió, básicamente, en la sustitución del monopolio estatal de los servicios públicos mediante una creciente privatización de la gestión de los mismos. Suecia implantó los denominados vales de bienestar; es decir, se optó por transferir recursos a los ciudadanos para que éstos escogieran libremente entre una amplia oferta de servicios sociales privatizados. De este modo, por primera vez en décadas los padres podían elegir, sin costo extra, la escuela de su preferencia, ya fuera dentro del sector público o entre las denominadas escuelas independientes. Lo mismo ocurrió en materia de salud y atención médica, o en lo relacionado con el cuidado de los niños y los ancianos. A través de un sistema de licitaciones a cargo de los gobiernos provinciales y municipales (Suecia cuenta con un modelo político ampliamente descentralizado), las empresas pudieron ofertar servicios de bienestar en igualdad de condiciones y en directa competencia con el sector público.
En la actualidad, el país nórdico cuenta con cerca de 1.000 escuelas independientes, a las que asisten más de 135.000 alumnos. Mientras, casi el 35% del gasto público en salud se consume en la provisión privada de servicios médicos, aunque dicho porcentaje varía en función de las distintas regiones. Por lo que hace a los ancianos, disponen de vales o cheques públicos para cubrir diversas (cursos, terapias, entrenamiento físico específico, residencias, etcétera).
Asimismo, el Gobierno sueco apostó por la capitalización parcial del sistema público de pensiones, lo cual posibilitó, en gran parte, la reducción del abultado déficit del Estado. Además, en los últimos años se ha aplicado una sustancial rebaja de impuestos relacionados con el trabajo. Así, cada asalariado dispone hoy de 110 euros más al mes –de media– que hace apenas dos años, al tiempo que se ha reducido la carga tributaria en la contratación laboral.
Por último, cabe destacar la reforma del sistema de seguros de desempleo y enfermedad. Se han eliminado prestaciones y se han endurecido los requisitos exigibles para acceder a este tipo de servicios. Como consecuencia, quince años después del inicio de este ambicioso plan de reestructuración, Suecia se ha colocado nuevamente a la vanguardia del crecimiento económico entre los países más avanzados.
En términos generales, la carga tributaria que soportan los suecos se ha reducido de media un 15% desde 1990, al tiempo que el gasto y la deuda pública han caído un 20 y un 43%, respectivamente. Según Rojas, Suecia ha pasado del Estado de Bienestar clásico a un nuevo "Estado Posibilitador", en el que la gente cuenta con una mayor libertad de elección a la hora de consumir servicios sociales.
Así pues, el gran mito del movimiento progresista ha muerto. El intervencionismo público ha fracasado una vez más. Ahora bien, pese al desmentelamiento del monopolio estatal en múltiples sectores, Suecia sigue teniendo un Estado de gran tamaño. En esencia, la reforma sueca ha dado lugar a un nuevo modelo: el "capitalismo del bienestar", que dice Rojas. El objetivo es que las empresas, sin dejar de lado el aspecto comercial, "formen parte integral del sistema de prestación de servicios públicamente financiados", escribe este diputado liberal de origen chileno.
La regla general sigue siendo la financiación pública directa (vía asignación presupuestaria o pago público a la firma licitadora) o indirecta (a través de los denominados vales o cheques de bienestar) de los servicios básicos. De este modo, en Suecia la carga tributaria sigue siendo elevada, pues sigue siendo el erario público quien mantiene la red asistencial del país. Se trata de un sistema mixto, basado en la colaboración entre los sectores público y privado, que, si bien ha demostrado un mayor grado de eficiencia que el anterior, el del monopolio estatal, no parece pensado para dar el paso definitivo hacia la privatización total.
Suecia ha empezado a transitar la senda de la liberalización, pero aún le queda mucho camino por recorrer. La obra de Rojas arroja un rayo de luz y esperanza sobre las reformas emprendidas por la sociedad y la clase política de este paradigmático país nórdico. Al menos, para consuelo de aquellos que se hacen llamar liberales, el mito progre del "modelo sueco" se ha desvanecido entre las tinieblas del intervencionismo público más retrógrado y déspota que ha conocido Occidente tras la caída del Muro de Berlín.
Fuente: Libertad Digital

 

25Mar/174

Víctimas invisibles

Editorial del diario La Nación de Buenos Aires del 24 de marzo de 2017.

Lograr una pacificación que deje atrás años de violencia política supone acceder a la verdad de lo ocurrido en la década del 70

La negación y la falsificación de la historia son una de las peores herencias recientes con las que el pasado insiste en condicionar el presente. Después de 12 años de un tan sugestivo como lamentable silencio, cuando no un discurso distorsionado y falaz, en las últimas semanas nuestra sociedad parece haber comenzado a reconocer que la terrible violencia que caracterizó la trágica década del 70 no tuvo que ver sólo con la desplegada desde el Estado, sino también con la acción igualmente violenta de los distintos grupos terroristas que no vacilaron un solo instante en apuntar contra civiles inocentes.

Parecería que así se comienza a corregir, lentamente, una tan desgraciada como deliberada omisión que no reconoció el profundo drama personal ni los daños que afectaron a las víctimas absolutamente inocentes de una injustificable violencia desplegada por aquellos movimientos revolucionarios. Hablamos de un número elevado de argentinos, hombres, mujeres y niños, a los que hasta ahora se ha ignorado, como si no fueran sujetos de derecho de ningún tipo. Son los que fueron asesinados, mutilados, heridos, secuestrados y hasta torturados en las eufemísticamente llamadas "cárceles del pueblo". Cómo no reconocer que nos habíamos olvidado de ellos, de sus respectivas familias, abandonándolos en el más completo desamparo, sin consideración alguna, injustificadamente despreciados e incluso criticados. Para ellos no hubo homenajes, ni monumentos, ni indemnizaciones, ni programas de contención, ni amparo alguno. Sólo recibieron silencio. Han sido, hasta ahora, víctimas realmente invisibles, de las que ni siquiera se hablaba.

El primer paso previo al adeudado reconocimiento debería ser identificarlos, conocer sus nombres, saber quiénes fueron y son nuestras víctimas abandonadas. El camino pasa seguramente por repetir una experiencia nacional que resultó muy valiosa: la de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (Conadep), creada en 1983, durante la presidencia de Raúl Alfonsín. Es oportuno recordar que estaba integrada por miembros destacados de nuestra comunidad que, con seriedad y coraje, hicieron una labor histórica meritoria, investigando y registrando a los desaparecidos por acciones ilegales de las que fueron responsables algunos de nuestros militares que hoy cumplen condenas impuestas por la Justicia. Un primer gran paso en esta dirección fue el brindado por el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (Celtyv). Utilizando material de difusión pública exclusivamente basado en los diarios de época, contó el número de víctimas del terrorismo asesinadas, heridas y secuestradas entre 1969 y 1979. Arribaron a la conclusión de que los terroristas causaron 17.382 víctimas de todo tipo de delitos, de las cuales 1094 fueron asesinadas. Esta cifra debe complementarse con la información en poder del Estado, de manera que ciudadanos cuyas historias no fueron relevadas por la prensa de aquellos años también puedan ser reconocidos como víctimas del terrorismo.

Es hora de comenzar a pensar en la necesidad de conformar un organismo similar a la Conadep para identificar cabalmente a las víctimas de la acción de los distintos grupos armados a fin de darles el lugar que, en justicia, les corresponde en nuestra historia.

Esta incontrastable información sobre las víctimas del terrorismo debe incluirse en los planes escolares y grillas de contenidos de historia de aquella penosa década, con imparcialidad, de manera que las nuevas generaciones puedan tomar conocimiento del baño de sangre que envolvió a nuestro país y aprender que la violencia no ha de ser jamás instrumento para defender o sostener los propios ideales, como tampoco puede justificarse para ello la interrupción del orden constitucional. Abordar los hechos históricos de nuestro pasado más reciente con un enfoque global encierra un desafío a la madurez de la sociedad argentina respecto del relato sostenido en la última década, que invisibilizó cualquier vestigio de las víctimas del terrorismo y negó la responsabilidad de las organizaciones armadas en la tragedia de los años 70.

Desentrañar la verdad es lo que reclama nuestra dignidad nacional para desenmascarar todo lo sucedido en una de las etapas más tristes de nuestra historia. Sin dejar capítulos en blanco, en aras de la transparencia y de justicia. Luego de 33 años de democracia, el pueblo argentino merece conocer su historia, sin interpretaciones que la distorsionen a la luz de conveniencias políticas o ideológicas, con magnanimidad y capacidad de asignar justamente las responsabilidades por los hechos cometidos, de manera que la ley se aplique a todos por igual para que quien haya delinquido responda por ello. Es hora de dar visibilidad y justo reconocimiento a quienes, hasta ahora, sólo fueron testigos invisibles e inocentes, desestimados y castigados por la indiferencia y el olvido de sus propios compatriotas.

22Mar/179

¿EN DÓNDE NACIÓ DALMACIO VÉLEZ SÁRSFIELD?

Por Prudencio Bustos Argañarás

Días atrás, La Voz del Interior comentó que en el pedestal de la estatua que recuerda al autor del Código Civil, se consigna que había nacido en la ciudad de Córdoba, lo que se contradice con la versión corriente, que fue en la localidad de Amboy, departamento Calamuchita. Esta segunda versión fue lanzada por Abel Cháneton, quien en el tomo primero de su famosa Historia de Vélez Sársfield (Buenos Aires 1938) sostuvo que ello respondía a una tradición familiar, según la cual a su madre, siendo viuda, se le precipitó el parto al pasar por dicho pueblo, cuando se dirigía desde la ciudad “camino de la finca solariega”.

El mismo Cháneton advierte lo poco probable que una mujer que portaba un embarazo avanzado abandonara la ciudad en pleno verano para hacer un viaje de varios días por fragosos caminos serranos, poco más que huellas. Por ello plantea la hipótesis de que el viaje se habría realizado en realidad en sentido contrario, es decir, con destino a Córdoba, lo que también suena poco verosímil.

Pero la tradición oral suele sufrir serias distorsiones a lo largo del tiempo, en el caso de marras, casi un siglo y medio. La prueba de ello es que la versión de Cháneton contiene errores fácilmente comprobables, como el afirmar que el padre de don Dalmacio había muerto en Calamuchita en 1799, varios meses antes del nacimiento de su hijo homónimo.

En el libro 3° de defunciones de la Catedral, a fojas 34 vuelto, vemos que el maestro don Francisco Javier Argüello acompañó el cuerpo de don Dámazo (sic) Vélez para ser sepultado en la iglesia de La Merced el 27 de junio de 1800, “con entierro mayor cantado de españoles adultos”, y que había muerto “con los santos sacramentos que le administró el cura rector interino, doctor don Manuel Mariano Paz y bajo de testamento cerrado otorgado en diecinueve de dicho mes y año”.

Y en el libro 6° de bautismos de la Catedral verificamos, a fojas 28 vuelto, que el licenciado don Pedro Guzmán le administró óleo y crisma el 19 de setiembre de 1800 a Dámaso Simón, de ocho meses de edad, a quien “bautizó de socorro el Dr. don Tomás de Aguirre, hijo legítimo del finado don Dalmacio Vélez y doña Rosa Sarfiel, vecinos de esta. Es decir, nació en febrero de 1800, cuando su padre aún vivía.

La tradición no resulta un elemento confiable cuando ha transcurrido tanto tiempo y, en todo caso, si de tradición se trata parece más razonable preferir la que prevaleció al construirse la estatua, en 1897, cuando aún vivían algunos de los hijos de Vélez Sársfield, que la que recibió Cháneton cuarenta años más tarde. O mejor aún la que consignó en 1875, el año de la muerte de don Dalmacio, su contemporáneo Domingo Faustino Sarmiento, en su Bosquejo de la biografía de don Dalmacio Vélez Sársfield, en donde sostiene que “nació en la ciudad de Córdoba el 18 de febrero de 1801”, añadiendo que la fuente fue el propio biografiado. “Hemos recogido de boca del señor Vélez mismo algunos hechos que venían como por accidente, recordados al hablarse de cosas pasadas”, dice.

Pero estas afirmaciones no hacen sino confirmar la falibilidad de las tradiciones orales, aún bajo las circunstancias anotadas, pues además de errar en el año de nacimiento de don Dalmacio, incurre Sarmiento en otras falsedades, tales como llamar doctor y abogado a su padre, quien si bien era un hombre de vasta cultura, no había pasado por las aulas universitarias, según él mismo relata en su testamento. O fantasear respecto a los supuestos orígenes de su familia materna, a lo que el ilustre sanjuanino era muy proclive.

Como siempre, lo mejor es buscar las fuentes documentales contemporáneas y, de ser posible, la palabra del propio personaje. En el caso que nos ocupa, nos proporciona esa información el libro de bautismos de la parroquia porteña de San Nicolás de Bari que abarca los años 1824 a 1836, en cuya foja 54 consta que el 18 de marzo de 1825 fue bautizada Vicenta Plácida de los Dolores, nacida nueve días antes, “hija legítima de don Dalmacio Velis, natural de la ciudad de Córdoba y de doña Paula Piñero, natural de esta”. Creo que esto aclara debidamente el punto, pues sin duda el sacerdote registró los datos que el propio Dalmacio le proporcionó.

Resulta curioso advertir que estos errores en torno a sus nacimientos se han provocado también en relación a otros dos próceres cordobeses contemporáneos de Vélez, el gobernador Juan Bautista Bustos y el deán doctor Gregorio Funes. También me tocó en suerte demostrar el error que se venía repitiendo acerca de que el primero había nacido en Santa María de Punilla, siendo que lo fue en esta ciudad, y el que afirma hasta hoy en una placa que el deán vio la luz en la esquina de Rivera Indarte y 9 de Julio, lo que también es falso.

Otra vinculación los une y es la existencia de lazos de parentesco entre ellos. O mejor dicho, Bustos era pariente de los otros dos, pues su madre era prima segunda de Vélez Sársfield y él era primo tercero del deán. Curiosidades de la Historia.

Fuente: La Voz del Interior

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17Mar/171

El país que sueña el peronismo

Por Fernando Iglesias

En el país que sueña el peronismo reina la unanimidad. La unanimidad peronista, desde luego. Porque peronistas somos todos, como dijo el General. "¡Quieren reabrir la grieta!", exclama indignado el peronista apenas oye una crítica, añorando los bellos momentos de unidad nacional que caracterizaron los fines de ciclo peronistas en 1955, 1976 y 2015. Presentar un dato, nunca. Discutir un argumento, jamás. La ideología peronista se basa en imágenes. La Plaza de Mayo colmada del 17 de octubre, que nunca ocurrió. La sidra y el pan dulce expropiados a una empresa o pagados por el Estado entregados por un hada en nombre de la dignificación. Y el vuelo interestelar que iba a unir Anillaco con Tokio. O el tren bala, que terminó incrustado en un andén de Once junto al gobierno que lo prohijó.

Hay muchas ramas en el peronismo. Para todas, la crítica es un ataque y nace del odio, no de la razón. Cinco minutos después de descalificarlas como complot, el peronista promete renovarse. ¿Para qué quieren renovarse, si jamás cometieron un error? Porque los malos gobiernos peronistas -que son todos- no fueron verdaderamente peronistas. Desde que algunos radicales y socialistas apoyaron la Revolución Fusiladora, su acción ensombrece para siempre a sus partidos: criticar al peronismo es avalar los bombardeos de la Plaza de Mayo a pesar de que el golpe del 55 contra Perón lo dieron las mismas Fuerzas Armadas que habían dado el golpe del 43 con Perón. Pero si dirigentes peronistas que fueron intendentes, diputados, senadores, gobernadores y presidentes en las listas del justicialismo, con sello del PJ en la boleta y marcha peronista en cada acto, dejan el país en ruinas después de gobernar 24 de 26 años, el peronismo es inocente. Eran infiltrados, dirá el peronista. Neoliberales, aquéllos. Montoneros, los de más acá.

Los gobiernos peronistas han sido tan buenos que los propios peronistas dicen que no fueron peronistas. Inmediatamente luego de afirmarlo, el peronista verdaderamente peronista dirá que sólo el peronismo puede gobernar la Argentina; como hizo el último gobierno peronista verdadero: el de Isabel Perón; ejemplo de concordia entre los argentinos y gobernabilidad nac&pop.

El peronista es así y lo aprendió de Perón, a quien se le infiltraba medio mundo en el Movimiento y el entorno le manejaba todo, pero después escribía libros sobre el arte de la conducción. El peronista es así y ha inventado dos categorías para correr a quien no comulga con la doctrina oficial de la patria: la de "gorila", que acomuna al que critica al peronismo con el que quiere el hambre del pueblo, y la de "antiperonista", que nadie sabe qué quiere decir ya. ¿Qué quiere decir "antiperonista"? ¿Criticar al peronismo es ser antiperonista? Si es así, nada más antiperonista que los peronistas, que apenas se abre la interna del PJ corren por las pantallas de TV a acusarse de traidores y de narcos; lo que no deja de ser un progreso respecto de los gloriosos tiempos de Montoneros y la Triple A.

"Nos meten a todos en la misma bolsa", claman los que nunca vieron nada. "Nunca fuimos K", agregan después. Pero fue Menem quien le dio a Néstor los fondos de Santa Cruz para que empezara su campaña. Y fue Duhalde el que le dejó el país, para que Néstor se lo dejara a Cristina. Y fueron los muchachos renovadores los integrantes del elenco ministerial K. "Compañeros, shekendengue, siempre fuimos compañeros"; el viejo tema de Donald merece reemplazar la marcha como himno del peronismo real. Porque durante doce años el FPV y el PJ votaron juntos en el Congreso para que los Kirchner hicieran lo que hicieron y porque siguen unidos en el Club del Helicóptero, firmando juntos el pedido de juicio político a Macri y protegiendo fueros para que ningún compañero vaya preso, faltaba más.

Significativo es que quienes nos recordaban que "los pueblos que olvidan su pasado..." exijan que se hable del futuro. "¡Banelco!", exclaman; pero hasta en el episodio emblemático de la corrupción radical las coimas se las llevaron los senadores justicialistas. Por eso, como no pueden defender la propia honestidad, se esfuerzan tanto en insinuar que todos roban. Cristina, Néstor y Menem, de este lado; De la Rúa, Alfonsín e Illia, del de allá.

Y sobre todo, a como dé lugar, los peronistas menemistas no se van a hacer cargo de las barrabasadas kirchneristas, los peronistas kirchneristas no se van a hacer cargo de las barrabasadas menemistas y los verdaderos peronistas no se van a hacer cargo de las de ninguno de los dos. Ni de ninguna otra cosa. Ni de la barbarie montonera ni de los exilios y las primeras desapariciones que la siguieron; ni del primer gran shock regresivo de nuestra historia, el Rodrigazo 1975; ni del mayor shock regresivo de nuestra historia, el Duhaldazo 2002, en el cual el que depositó dólares recibió papel picado y la pobreza subió 50% en un año; hazaña que en países sin peronismo sólo se logra con un tsunami o una guerra civil.

El peronismo es el inventor de la posverdad. Por eso es autor de leyes sociales que sancionaron otros antes, y que en su caso datan de 1945; es decir, no del peronismo, sino de la dictadura militar de la que surgió. La posverdad decreta también que los días más felices hayan sido peronistas: los primeros años de Perón, Menem y Kirchner, terminados en días más infelices por culpa de la cipaya ley de gravedad, que establece que todo lo que sube sin sustento termina por caer.

El peronismo ha inventado también el cambio sin autocrítica, sin evolución de ideas y a cargo de las autoridades del desastre anterior. Renovación, la llaman. Nació en el balcón de la Semana Santa de 1987 en el que Cafiero salvó la democracia. Se olvidan de que el comandante carapintada Rico era peronista y fue intendente en las listas del justicialismo, y de que es el mismo balcón de las Felices Pascuas. Es que lo que para algunos es una mancha, para otros puede ser un honor. "¡Los 30.000 desaparecidos peronistas!", replican, pero no hay pruebas del número ni de la afiliación. "¡Los 38 muertos de De la Rúa!", retrucan. Pero 25 de los 38 caídos en diciembre de 2001 fueron abatidos en provincias gobernadas por el peronismo. Para no hablar de las más de veinte muertes en los saqueos de 2013, ocurridas en provincias peronistas mientras la presidenta bailaba con Moria Casán. De ellas, no se acuerda nadie. Ni el número se sabe, ya que los ciclos peronistas terminan en tragedias cuyas víctimas no se pueden ni contar.

En el país que sueñan los peronistas sólo ellos pueden gobernar y nadie los critica; como la Argentina entre 1989 y 2015. "Será por algo que la gente vota el peronismo", objetan como único argumento, y están en lo cierto: razones siempre hay. Que esa razón sea que han gobernado bien es otra cosa. Basta ver los distritos donde arrasan: el conurbano devastado, la Patagonia transformada en desierto persistente, el Norte pobre y feudal. "Está en marcha una campaña de desprestigio contra el peronismo", se inflama el peronista, y acierta de nuevo. Pero sus impulsores no somos los tres gatos locos que nos animamos a gritar, como el niño del cuento de Andersen, "¡El rey está desnudo!", sino la oligarquía peronista que prometió acabar con todas las oligarquías y lo hizo mucho peor que todas las demás.

Fuente: diario La Nación

 

15Mar/170

Populismo: ¿se elimina cambiando la oferta o la demanda?

Por Roberto Cachanosky

El gobierno de Macri ya terminó su luna de miel y la gente lo sigue apoyando por miedo a la vuelta del kirchnerismo. La política que hasta ahora vienen mostrando el gobierno es un poco la política de la extorsión: lo mío no es bueno pero es esto o vuelven los k. Habrá que analizar si existe esa posibilidad realmente.

Lo que sí se ve bastante claro es la intención k de desestabilizar al gobierno. Sabemos que el peronismo, en sus diferentes versiones, no se banca estar fuera del poder. El peronismo nació golpista con Perón participando del golpe de 1930 contra Yrigoyen, luego en el de 1943, naciendo a la vida política cuando escaló posiciones dentro de ese gobierno militar.

En esta oportunidad varios k saben que si transcurre el tiempo con ellos fuera del poder pueden terminar detrás de las rejas luego de 12 años de corrupción desenfrenada y abuso del poder. Iban por todo y se quedaron complotando para ver si pueden zafar de los casos de corrupción que siguen saltando.

Se sabía que el gobierno que siguiera al de Cristina Fernández iba a enfrentar una situación económica muy delicada. Es decir, a los 70 años de políticas económicas decadentes se le agregaba un campo minado dejado especialmente por el kirchnerismo para complicarle la vida al que viniera atrás. Y Marcri compró el discurso de onda zen que le vendió Durán Barba, junto con letra que le dan Marcos Peña y Alejandro Rozitchner donde criticar no es constructivo. Según sus propias declaraciones, inteligente es poner entusiasmo y optimismo, como si todo se lograra con dos palabras mágicas en vez de usar la ciencia para resolver los problemas. Lo mismo decía Alfonsín en la campaña electoral de 1983: con la democracia se come, su cura y se educa, y terminó su mandato 6 meses antes en el medio de una hiperinflación.

Insisto, el PRO decidió encarar la herencia populista con una política progre. Si uno observa la política económica hay avances respecto a los disparates que hacían Kicillof y Moreno, pero no es tan diferente a políticas económicas anteriores que igual fracasaron.

Ejemplo, en el gobierno de la Rúa no había cepo cambiario, se podían comprar libremente dólares. Tampoco había controles de precios ni persecuciones de la AFIP. Pero había un gasto público consolidado que representaba el 35% del PBI versus el 48% que representa hoy y sin embargo en aquél momento no pudo financiarse indefinidamente con deuda externa. Cuando se acabó el crédito externo todo fracasó por no hacer reformas estructurales para poner orden fiscal. Recordemos que a Ricardo López Murphy lo echaron del gobierno por querer bajar el gasto público, el equivalente a U$S 3.000 millones y luego Duhalde hizo un desastre con la devaluación y la llamarada inflacionaria. Además de no pagar los intereses de la deuda por el default declarado por Rodríguez Saa.

Lo que quiero decir es que todos respiramos con alivio de no tener más a los k, pero no nos engañemos, el cambio de gobierno solo evitó, por ahora, llegar a ser la Venezuela chavista. Estamos muy lejos todavía de haber entrado en una política económica de crecimiento de largo plazo. El gasto público sigue disparado, la presión impositiva asfixiante y ni por asomo tenemos un plan económico para enfrentar la herencia recibida.

Claro que cuando uno propone algunas medidas como las mencionadas, bajar el gasto, los impuestos, reforma laboral, etc. más de uno dice que no se puede, que te incendian el país, que no es el momento y mil argumentos más para no hacer las cosas. Es como aquel que le dicen que tiene que bajar de peso y dice que no se puede. Si está convencido que no se puede, entonces no va a hacer nada para bajar de peso. Si todos estamos convencidos que no se pueden hacer cambios, entonces tampoco se van a hacer los cambios y seguiremos en el tobogán de la decadencia.

Viendo que la democracia se ha transformado en una competencia populista donde el que más barbaridades ofrece más votos saca y que, al mismo tiempo parece haber una demanda por populismo, uno podría llegar a la conclusión que Argentina es irrecuperable. Que como el que está excedido de peso, no va a bajar unos kilos porque no se puede. Este sería el peor escenario.

Otro es pensar que sí se puede cambiar. El gran interrogante es por dónde hay que empezar. Siempre estuve convencido que había que convencer a la oferta, los políticos, que modificaran sus discurso para que educaran a la gente. Sin embargo cada vez me convenzo más que los políticos no quieren un cambio. La política se transformó en un negocio que requiere de mucho gasto público, puestos burocráticos innecesarios pero que le den lugar e ingresos a la tropa de militantes que, cuando llegan las elecciones, tienen que trabajar en la campaña. Los partidos políticos ahora se financian con un estado sobredimensionado. Se financian con la plata del contribuyente y para eso necesitan ofrecer populismo. Luce tal vez utópico intentar cambiar la oferta considerando que es como tratar de convencer a un industrial que disfruta de un negocio cautivo gracias al proteccionismo y se le proponga competir. Ningún político va a querer dejar el “negocio” cautivo. Todos luchan por tener el poder del estado que les da caja para mantener su tropa, en consecuencia no tienen estímulos para bajar el gasto, los impuestos y generar competencia.

Me parece que la solución pasa por el lado más difícil, cambiar la demanda. Que la gente empiece a no demandar populismo y comience a demandar orden fiscal, gasto público bajo, impuestos reducidos, apertura de la economía para poder acceder a bienes de mejor calidad y precios más bajos y todo lo que tiene que ver con una economía abierta.

Para intentar cambiar la demanda se puede hacer desde la política, desde los medios, con fundaciones, las redes sociales, etc. En definitiva, se requiere de un grupo organizado dispuesto a actuar con audacia en propuestas que hoy nos dicen que son políticamente incorrectas. Falso, no son políticamente incorrectas, son propuestas que no le convienen a la política actual. A los políticos no les conviene perder el negocio de la política dado que el poder da lugar a muchos buenos negocios. Y para retener el poder hace falta tener gasto público.

En definitiva, creo que nos queda un largo camino por delante. Un camino difícil. Como el que está excedido de peso y dice que no puede bajar un kilo, lo que tenemos que lograr es romper esa inercia negativa pensando que no se puede cambiar nada y empezar a hacer el esfuerzo de cambiar la demanda. En la medida que se produzca un cambio en la demanda, la oferta, es decir los políticos, van a comenzar a cambiar también porque ellos “venden” lo que la gente demanda. Van a adecuar su discurso para no quedar fuera del negocio.

En definitiva, es cuestión de empezar a tratar de cambiar la demanda aunque parezca difícil, porque la peor gestión es la que no se hace.

Fuente: Economía para todos.

12Mar/172

Jared Taylor es un racista estadounidense que promueve la supremacía de la raza blanca y ha sido un importante colaborador en la campaña presidencial de Donald Trump. Vale la pena escuchar el reportaje, que muestra con elocuencia cómo piensan los votantes de Trump. Echar a ciudadanos estadounidenses por su raza o su religión  implica renunciar a uno de los postulados más importantes del sistema republicano, la igualdad ante la ley, de cuya defensa y ejercicio los EE.UU. han sido abanderados. Es además un brutal atropello a la libertad, otra de la piedras basales de nuestro sistema político y un valor moral irrenunciable para cualquier persona de bien.

¿Qué va a ser de Occidente si la nave insignia de la democracia republicana claudica de esa manera?

 

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10Mar/170

La prioridad no es mejorar la distribución de ingreso

Por Roberto Cachanosky.

Uno de los temas que suele preocupar a políticos y economistas es el de la distribución del ingreso. El famoso coeficiente Gini que pretende medir la distribución del ingreso es citado en trabajos científicos y en artículos periodísticos como la palabra de Dios y en rigor, en mi opinión, cómo se distribuye el ingreso no es tan relevante como el nivel de ingreso y de pobreza.

Veamos un ejemplo. Supongamos que en el momento 1 los sectores que menos ganan tienen un ingreso de 100 y los que más ganan tienen un ingreso de 1000. La diferencia entre el que más gana y el que menos gana es de 10 veces.

Ahora bien, imaginemos que en ese país se aplica una adecuada política económica que genera un gran crecimiento, aumento del ingreso real de la población y la pobreza tiende a cero, pero el que menos gana tiene un ingreso de 1500 y el que más gana de 18.000, el coeficiente Gini va a dar que empeoró la distribución del ingreso porque el que más gana ahora tiene un ingreso 12 veces mayor que el que menos gana. Si antes la diferencia era de 10 y ahora de 12, según esta visión de la economía la gente está peor porque aumentó la brecha entre el que más gana y el que menos gana. Sin embargo, el que menos gana ahora, gana más que el que más ganaba en el momento 1.

Antes el que más ganaba tenía un ingreso de 1000 y ahora el que menos gana tiene un ingreso de 1500. A pesar de la mayor brecha entre el que menos gana y el que más gana, el que menos gana pasó a estar mucho mejor que el que más ganaba en el momento 1, con lo cual la distribución del ingreso es un gran verso populista. Basta con ver el período kirchnerista en que sus funcionarios pasaron a ser multimillonarios pero se llenaban la boca con la distribución del ingreso y dejaron a un tercio de la población sumergida en la pobreza.

El punto que quiero resaltar es que no debería interesar si algún sector tiene un ingreso muy alto respecto a los que menos ganan, sino que los que menos ganan, ganen lo suficiente como para tener una vida con todas sus necesidades más elementales bien satisfechas, capacidad de ahorro, de tomarse buenas vacaciones, acceso a buena educación, salud, etc. Lamentablemente al poner el acento en el tema de la distribución el paso siguiente es aplicar políticas de redistribución del ingreso. Se ve como moralmente correcto que los políticos le cobren más impuestos a los que más ganan para transferírselos a los que menos ganan. La famosa justicia social.

Es que quienes así piensan conciben la riqueza de la economía como algo estático. Por ejemplo, piensan en una pizza y consideran que la única manera de que alguien pueda comer una porción adicional es quitarle una porción a otro que come más porciones. Sin embargo cuando se aplican políticas económicas que incentivan el crecimiento, la riqueza no es un stock determinado que el burócrata tiene que repartir. En una economía eficiente, para seguir con el ejemplo de la pizza, no hay una pizza en la economía para repartir entre todos. En una economía eficiente hay cada vez más pizzas con lo cual el que comía una porción ahora podrá comer más porciones sin que otro tenga que entregar parte de sus porciones.

Quienes hablan de distribuir el ingreso para terminar con la desigualdad terminan con la desigualdad pero haciendo que todos, salvo los políticos oportunistas, sean pobres. Igualan en la pobreza.

La razón es muy sencilla. Si la solución está en aplicar más impuestos para redistribuir el ingreso, entonces se espanta la inversión, cada vez hay menos puestos de trabajo, menos productividad y más pobreza y desocupación.

Si la aplicación de mayor carga impositiva fuera la solución a la pobreza, entonces en Argentina no tendría que haber un tercio de la población pobre. En la década del 30 se creó el impuesto a los réditos. Era un impuesto de emergencia. El impuesto a los réditos es el actual impuesto a las ganancias. Hace 80 años que estamos en emergencia. El IVA fue aumentado transitoriamente en 1995 del 18 al 21 por ciento en forma transitoria. Todavía seguimos con la transitoriedad. El impuesto al cheque, creado en 2001, también era transitorio. Llevamos 16 años de transitoriedad. Esto demuestra que en vez de bajar la pobreza con más impuestos para disminuir la desigualdad en el ingreso, cada vez hay más desigualdad, más pobreza y más impuestos.

En definitiva, siempre desconfíe de aquel que le propone como política terminar con la desigualdad de los ingresos porque es muy posible que lo logre a costa de hacer que todos sean pobres. En cambio confíe en aquél que se preocupa por terminar con la pobreza. No importa que un señor gane U$S 40.000 millones al año, igual no va a poder consumir todo ese ingreso. Lo que importa es que haya inversiones, más puestos de trabajo mejor remunerados vía el incremento de la productividad y que no haya pobreza.

Tiremos al diablo el coeficiente de Gini y concentrémonos en el nivel de pobreza para reducirlo, porque con lo que hay que terminar es con la pobreza y no estar mirando cuál es la diferencia entre el que más gana y el que menos gana. Esto último solo sirve para incentivar la envidia, el resentimiento y la cultura de la dádiva, el gran negocio de los políticos, pero que no sirve para terminar con la pobreza.